Orgullo crítico y disidencias sexuales

Parece inevitable abordar un artículo en la línea de un orgullo crítico LGTBI+[i], sin mencionar Stonewall y los albores de las reivindicaciones de los colectivos disidentes de aquello que hemos denominado heteronormatividad[ii]. El motivo de que mundialmente se haya fijado la fecha del 28 de junio para la visibilización de estos colectivos se remonta a 1969, cuando en el conocido pub de Stonewall Inn, situado en el barrio neoyorquino de Greenwich Village, la comunidad LGTBI+ utilizó la autodefensa activa contra la policía estadounidense en una de sus frecuentes redadas, amparadas en un sistema legal hostil contra las disidencias sexuales[iii], relacionales y de género.

Ante esta situación intolerable, se establece una rebelión abierta que estalla en forma de numerosos disturbios contra la policía en los días siguientes. En pocas semanas, los residentes del barrio se organizaron en grupos de activistas para esforzarse en construir espacios de seguridad de la comunidad LGTBI+ sin miedo a ser arrestados. Estos colectivos de Nueva York hicieron frente a obstáculos de carácter generacional, de clase y de género para formar una comunidad cohesionada y reivindicativa desde sus bases.

«¿Cuándo has visto que un maricón contraataque?… Ahora los tiempos estaban cambiando. El martes fue la última noche de sandeces… Predominantemente, el tema era, ‘¡esta mierda tiene que parar!»

— Participante anónimo de los disturbios —

Es importante recordar aquellos hechos, pues a partir de entonces se ha conmemorado la respuesta que llevaron a cabo conjuntamente mujeres, hombres y personas no adscritas al binarismo de género[iv]. Y esta comunidad estadounidense que se ha llevado la fama desde entonces, y que lo hizo francamente bien porque consiguió calar a toda la sociedad, recogía todo un recorrido histórico de lucha contra las violencias y desigualdades por no querer asumir un modelo estructural impositivo en torno a la heterosexualidad y los géneros dominantes.

Para profundizar en la cuestión de las disidencias sexuales y de género, me gustaría citar a Monique Witting, que a través de su breve texto “El pensamiento heterosexual”, nos acerca la heterosexualidad no como una práctica sexo-afectiva, sino como una estructura de creencias y mandatos que organizan la vida social. De esta manera, la heterosexualidad no se reduciría a una etiqueta definida por las personas con quienes mantenemos relaciones sexuales, sino que sería todo un conjunto de actitudes y valores que ordenan socialmente desde lo más pequeño hasta lo más grande. Esto es, la manera de entender el mundo, nuestras realidades y ficciones, y nuestras formas de proyectarnos tanto en el espacio privado como en el público. Por lo tanto, también formarían parte de este pensamiento heterosexual, por ejemplo, la búsqueda de una vida familiar y en pareja que resulte ser la base de todo un sistema económico, asumir los mitos en torno al amor romántico, o la consecución de equiparaciones jurídicas con el régimen heterosexual. De esta manera las disidencias sexuales abandonan paulatinamente su raíz reivindicativa y transformadora, siendo asimiladas en forma de concesiones sociales y espacios de libertad asumibles por el sistema heteronormativo. Se reducen así las diversas experiencias y activismos sexuales de resistencia a este orden socio-político, a simples opciones de apertura  entendidas como un progreso social positivo.

En lugar de aprovechar las disidencias sexuales para dar una patada definitiva a categorías tan limitadoras como los roles de género y todas las construcciones sociales en torno a esta estructura, y pensarnos colectivamente desde otros lugares e imaginarios, actualmente la pelea se enfoca hacia recuperar nuestro sitio en el pensamiento heterosexual. No somos pocas las personas que no queremos encasillarnos en una etiqueta excluyente, que defina con palabras hacia dónde se dirige nuestro deseo sexual en el marco de un mundo heteropatriarcal. Nuestras experiencias sexo-afectivas y una nueva manera de socializar merecen ser construidas sobre la práctica pedagógica, no teorizando en un terreno que no nos pertenece como disidencias sexuales y de género, o que nos ha sido secuestrado para dirigirlo premeditadamente en beneficio del origen estructural del problema.

Retomando la línea sobre la que comencé hablando de Stonewall, el orgullo crítico es, por lo tanto, aquella revuelta de 1969, la conmemoración posterior de aquellos hechos ha sido secuestrada, como es habitual con las reivindicaciones de género, clase y raza, por el capitalismo de cara más amable y que sabe que su triunfo está en desvirtuar toda lucha política convirtiéndola en un evento de consumo de masas. Por ejemplo, la configuración y potenciamiento de barrios estereotipados bajo la marca reduccionista de barrio ‘gay’ en algunas ciudades, no son más que la comercialización y utilización de una etiqueta para llevar a cabo estrategias urbanísticas de gentrificación, como por ejemplo, en el barrio madrileño de Chueca. O bien en otros países poco respetuosos con las diversidades sexuales, que sirva la publicidad de estos barrios para limpiar su imagen de discriminación mundialmente.

Este año 2017 se celebra a finales de junio en Madrid el denominado WorldPride, la máxima expresión internacional de esta eliminación del carácter reivindicativo de los colectivos LGTBI+ y la mercantilización de la lucha por la diversidad sexual. ¿Y por qué afirmar que, aparte de lo explicado sobre la desvirtuación de esta lucha, también se ha mercantilizado y ha perdido su potencial de clase trabajadora? Es evidente que desde hace ya bastante tiempo, la celebración del «Orgullo» cada año sirve para aumentar los beneficios de un  lobby de empresarios/as bajo el paraguas de la etiqueta arcoiris, y de otros muchos intermediarios/as y administraciones públicas, que si bien les importa bien poco el movimiento LGTBI+, aprovechan para cubrirse con la bandera del color del dinero, la única que entienden como propia.

Porque esta estrategia es puramente neoliberal, y a las disidencias sexuales pertenecientes a la clase trabajadora nos relega al exilio nuestras propuestas reivindicativas desde la base, y entorpece la lucha contra la violencia hacia la comunidad LGTBI+ desde un nivel político, social y económico. Una línea que ya viene siendo criticada desde hace tiempo por algunos activistas, como el ya fallecido Shangay Lily, dando a conocer el término “Gaypitalismo” o la creación de la marca gay para vender un producto desprovisto de ideas transformadoras verdaderamente. Además, este lucrativo beneficio privado se encuentra también en manos de grandes asociaciones que controlan todos los eventos creados bajo esta marca, y que en el fondo subyace también el control de los cuerpos y las sexualidades por el sistema.

Que se multipliquen las agresiones contra aquellas personas que no proyectan una actitud y un sentir acorde a la heteronormatividad, significa que realmente no existe un compromiso social y político, ni se entiende como un problema ideológico y cultural profundamente arraigado en la hegemonía heteropatriarcal. De la misma manera que nos hacen creer el mito de la igualdad respecto de las relaciones de socialización entre hombres y mujeres, también nos hacen creer el falso mito del respeto hacia las disidencias sexuales, acabamos cayendo en la errónea idea de convivir en una sociedad tolerante y respetuosa solamente porque nos ceñimos a ejemplos subjetivos o legalistas, que poco tienen que ver con una mirada hacia la violencia estructural de un sistema que no permite desviaciones.

Para apoyar una lucha a favor de las disidencias sexuales y de género, desde las reivindicaciones de clase contra el sistema heteropatriarcal y capitalista, hace poco más de una década que estas posturas se engloban en el conocido como ‘Orgullo Crítico’, que organiza actividades y talleres durante todo el año, y una manifestación reivindicativa cada 28 de junio. Este año en Madrid la convocatoria de manifestación será a las 19h. en la Plaza de Cabestreros (Pza. de Nelson Mandela) en Lavapiés, queriendo reivindicar nuevamente que disidencia es resistencia, y que la lucha de la comunidad LGTBI+ debe ser inclusiva verdaderamente de todos los activismos sexuales y de género, y por supuesto no mercantilizada.

[i] Lesbianas, gais, transexuales, bisexuales, intersexuales y otras formas de diversidad sexual. Sin querer entrar en el debate de la sopa de siglas, debía elegir algún acrónimo para la denominación del conjunto de grupos y movimientos en torno a las cuestiones de la diversidad fuera de la norma heterosexual, aun sabiendo que esta no recoge plenamente la riqueza de experiencias y activismos en su totalidad.

[ii]Estructura ideológica, social, política y económica que impone los vínculosheterosexuales mediante diversos mecanismos de coerción culturales, educativos o jurídicos, como único modelo válido de relaciones sexo-afectivas.

[iii] Todas aquellas expresiones culturales y movimientos políticos de la afectividad sexual que no están alineados con la norma socialmente impuesta de la heterosexualidad.

[iv]Es la clasificación del sexo y el género en dos formas opuestas y diferenciadas de masculino y femenino., sobre la cual se construye una estructura ideológico-cultural de desigualdad.

 

Neoliberalismo, autoritarismo y el auge de la extrema derecha

¿Cómo se alimenta y hacia dónde nos dirige la extrema derecha?

 

Resulta ya evidente que el crecimiento de la desigualdad en el mundo desarrollado a partir de los años ochenta, y más aún desde la crisis de 2008, ha creado descontento social y desestabilizado los regímenes políticos. Ya lo predijo Karl Polanyi: bajo la economía de mercado la libertad degenera “en una mera defensa de la libertad de empresa” que significa “la plena libertad para aquellos cuya renta, ocio y seguridad no necesitan aumentarse y apenas una miseria de libertad para el pueblo, que en vano puede intentar hacer uso de sus derechos democráticos para resguardarse del poder de los dueños de la propiedad”. Por eso la visión liberal utópica sólo puede sostenerse mediante la fuerza, la violencia y el autoritarismo. “El utopismo liberal o neoliberal está abocado, en opinión de Polanyi, a verse frustrado por el autoritarismo, o incluso por el fascismo absoluto”[i].

La respuesta ante el resquebrajamiento del consenso social ha sido a menudo un incremento de la coerción. En EEUU a partir de los años ochenta los gobiernos neoliberales iniciaron reformas penales de carácter cada vez más represivo que cuadriplicaron el número de reclusos entre 1980 y 2008, y junto con los efectos del racismo han llevado a que uno de cada doce varones afroamericanos de entre 25 y 54 años se encuentre en prisión. Los gobiernos de Francia y Reino Unido respondieron a sus revueltas urbanas de 2005 y 2011 respectivamente con un endurecimiento de la represión hacia los jóvenes de los barrios pobres y guetificados. El gobierno español reaccionó a las movilizaciones sociales a partir de 2011 con cuatro reformas del código penal -una de ellas la Ley Mordaza-. Más recientemente, el gobierno francés ha aprovechado los atentados islamistas para establecer un estado de excepción “temporal” que renueva cada tres meses, lo que supone una fuerte restricción de las libertades.

Éste es el contexto en el que toman fuerza las opciones políticas de extrema derecha en muchos países occidentales. Por un lado, aprovechan que el incremento de la desigualdad y el descontento social han desgastado notablemente a los partidos que se turnaban en el gobierno. Por otro lado, su discurso sobre la necesidad de imponer seguridad encaja bien con el sentido común securitario y nacionalista promovido por las autoridades en las últimas décadas. Por ejemplo, en Francia las posiciones islamófobas que exhibía el Frente Nacional en los años ochenta se fueron poco a poco extendiendo a todo el arco político, institucionalizándose como “consenso republicano” con la prohibición del velo en las escuelas públicas en 2003, la extensión de la prohibición a todos los funcionarios públicos, la prohibición del velo que cubre el rostro en 2010, las polémicas sobre las estudiantes que intentan llevar el velo en la universidad o en las escuelas privadas, o el intento de prohibición del burkini el verano pasado. En 2012 inició la escalada de atentados terroristas ejecutados por ciudadanos franceses islamistas que pretenden estar haciendo la “yihad”. En el ambiente de terror y creciente represión que siguió, Marine Le Pen ha podido vender más fácilmente las posiciones del Frente Nacional como “laicas” y “republicanas”. El partido que hace veinte años era visto como enemigo de la República se presenta hoy a sí mismo como el más eficaz valedor de “los valores republicanos” y de la seguridad de la patria. De modo similar, la extrema derecha británica del UKIP desarrolla en buena medida el populismo tory nacionalista de Margaret Thatcher, y su programa está a su vez siendo aplicado en buena parte por el gobierno de Theresa May[ii].

La experiencia estadounidense como indicador

Es difícil adivinar lo que deparan los gobiernos de extrema derecha, pero algo ya se puede conocer por la experiencia estadounidense. Contrariamente a lo que afirmó Zizek, las declaraciones racistas y misóginas de Trump no eran simplemente muestras de “mal gusto” discursivo que rompen la “corrección política”. Tanto durante su campaña como en los meses que lleva de presidencia han tenido ya efectos materiales muy evidentes, como la proliferación de agresiones neonazis o racistas contra personas afroamericanas, el incremento de influencia de los portales de noticias neonazis, o el incremento de amenazas y bullying en las escuelas contra alumnos hispanos por parte de sus compañeros de clase. El discurso de Trump no es meramente “vulgar” o “de mal gusto” de acuerdo con unos parámetros estéticos dados -como es fácil opinar desde la perspectiva de un varón blanco-, sino que tiene efectos muy considerables porque legitima prácticas sociales que refuerzan sistemas de dominación[iii]. Asimismo es un discurso que -como ocurrió con el fascismo de entreguerras- trata de dividir a la clase trabajadora para construir una solidaridad interclasista entre empresarios capitalistas multimillonarios como Trump, capas medias acomodadas -que fueron sus principales votantes- y un sector de las capas populares.

Otra característica de este discurso -que lo acerca al fascismo de entreguerras- es su apariencia antielitista. Dado que no pretende alterar la acumulación de riqueza por parte de la élite de millonarios de la que forma parte, el discurso antielitista de Trump se dirige contra las élites culturales. Así construye retóricamente una oposición entre un vago “establishment” en el que no se incluye y el pueblo llano. La posesión de capital cultural es un indicador probable de cercanía a las élites políticas y económicas, pero el significante es aquí confundido con el significado hasta reemplazarlo: el problema no son quienes concentran el poder económico y político sino quienes concentran capital cultural y son así de algún modo “privilegiados”. El desplazamiento del malestar de clase hacia los trabajadores de la industria cinematográfica y los medios de comunicación permite presentar a los empresarios multimillonarios -como Trump- como padres benévolos. Las fuerzas de extrema derecha en otros países siguen un procedimiento similar, que puede llevar en algunos casos incluso a procesamientos aislados de personas poderosas. Así por ejemplo en España el sindicato ultraderechista Manos Limpias se enfocó en la lucha contra personajes poderosos corruptos ante la opinión pública, al tiempo que practicaba la extorsión como modo de financiación interna.

La política de gestos simbólicos de Trump se puede encontrar también en su fetichización de la soberanía a través de su insistencia en la construcción de un “gran muro” en la frontera con México.  En el Reino Unido se ha analizado cómo las reivindicaciones de soberanía por la extrema derecha, que tanto contribuyeron al Brexit, parecen responden a una nostalgia por una ciudadanía que antes otorgaba derechos y que bajo el neoliberalismo se ha vaciado de su contenido económico y social. La extrema derecha añora la vieja ciudadanía, pero más que reivindicar los derechos sociales y económicos da vueltas alrededor de la propia noción de “ciudadanía que otorga derechos” (entitlement) considerándola un fin en sí mismo; para simbolizarla se dedican a una política de señalar a un «Otro» no perteneciente a la nación.

Trump se refiere obsesivamente a su muro porque lo utiliza como un símbolo de la protección de un “nosotros” frente a los “otros”, al igual que las deportaciones de indocumentados. Del mismo modo que los políticos de extrema derecha de Reino Unido o Francia, Trump centra su proyecto en alabar (en su lenguaje, “devolver la dignidad”) al “nosotros” frente a aquellos que constituyen una amenaza externa y/o interna. Aquí radica una diferencia crucial con proyectos progresistas a veces denominados “populistas”, que no intentan dividir discursivamente a la clase trabajadora. El desprecio por el principio liberal de tolerancia, acompañado de la exigencia de asimilación para las personas de orígenes étnicos diferentes, constituye una forma de disciplinar y “normalizar” a un sector amplio de las capas populares y se relaciona hasta cierto punto con el aumento de la represión interna. En el caso de Francia, por ejemplo, ha aportado una gran cantidad de trabajadoras entusiastas y dóciles al sector del telemárketing, que es casi el único donde todavía pueden encontrar trabajo las mujeres musulmanas con velo.

El discurso de Trump se ha acompañado ya de un conjunto de medidas políticas neoliberales, racistas y misóginas. Entre las medidas neoliberales destacan el intento por desmantelar el seguro social o el cierre de agencias gubernamentales que suponían límites al libre mercado, como la agencia de medioambiente. Entre las medidas racistas, la prohibición de entrada a los Estados Unidos de ciudadanos de varios países musulmanes en los que Trump no tiene intereses empresariales. Entre las medidas misóginas, las medidas tomadas para recortar la financiación del derecho al aborto. Supuestamente Trump busca disminuir el desempleo de las capas populares a través del proteccionismo arancelario -un impuesto al consumo que pagarán los consumidores estadounidenses de productos baratos made in China-, y mediante el abandono de tratados internacionales de libre comercio. Esto último es difícil que pueda tener efectos estadísticos sobre el desempleo porque no se acompañará de ninguna redistribución de riqueza en el seno de las empresas.

Las medidas más racistas y misóginas de Trump han despertado fuertes protestas entre un sector de la población estadounidense. Sin embargo, las medidas de proteccionismo económico o la prohibición de entrada a ciudadanos de varios países musulmanes también han generado la respuesta indignada de algunas grandes empresas que vean afectada su mano de obra, como Facebook, Google o TripAdvisor, entre otras. Se produce de este modo un conflicto entre distintos sectores del gran capital, que pueden buscar alianzas entre sectores de las capas medias y de las capas populares según líneas de fractura étnico-raciales.

Nuria Álvarez

Blog personal: https://latercarealidad.wordpress.com/

[i]     David Harvey, Breve historia del neoliberalismo, Ediciones Akal, Madrid, 2007, página 42. Se basa en Karl Polanyi, The Great Transformation, Beacon Press, Boston, 1954.

[ii]    Javier López Alós, “Más allá de UKIP: el populismo en el Reino Unido, 14/12/2016. Disponible en: http://ctxt.es/es/20161214/Politica/10015/Brexit-populismo-UKIP-Farage-Thatcher.htm

[iii]   Como ya explicó Bourdieu, los efectos performativos de un discurso se derivan fundamentalmente de la posición social del emisor de ese discurso.

La desbrutalización de la política

Vamos a permitirnos empezar con una cita muy larga, pero magnífica para introducir el tema. En su biografía de Joseph Fouché –destacado personaje de la Francia revolucionaria, luego de la imperial y luego de la absolutista– escribió Stefan Zweig lo siguiente:

Este es uno de los secretos de casi todas las revoluciones y el destino trágico de sus caudillos; sin tener sed de sangre, verse obligados a derramarla. […] Robespierre, que puso su firma bajo miles de decretos fatales, combatió dos años antes, en la Asamblea Constituyente, la pena de muerte, y condenó la guerra como un crimen. Danton, a pesar de ser hechura suya el terrible tribunal, llegó a gritar estas palabras de desesperación con el alma atribulada: «Ser guillotinado antes que guillotinar». Hasta Marat, que pide públicamente desde su periódico trescientas mil cabezas, hace todo lo posible para salvar a los que están sentenciados a caer bajo la cuchilla. Todos los que más tarde han de aparecer como bestias sangrientas, como asesinos frenéticos, ebrios con el olor de los cadáveres, todos detestan en su interior (lo mismo que Lenin y los jefes de la revolución rusa) las ejecuciones. Empiezan por tener a raya a sus adversarios políticos con la amenaza de muerte; pero la simiente del dragón del crimen surge violenta del consentimiento teórico del crimen mismo. No pecó por embriaguez de sangre la revolución francesa, sino por haberse embriagado con palabras sangrientas. Para entusiasmar al pueblo y para justificar el propio radicalismo, se cometió la torpeza de crear un lenguaje cruento; se dio en la manía de hablar constantemente de traidores y de patíbulos. Y después, cuando el pueblo, embriagado, borracho, poseído de estas palabras brutales y excitantes, pide efectivamente las «medidas enérgicas» anunciadas como necesarias, entonces falta a los caudillos el valor de resistir: tienen que guillotinar para no desmentir sus frases de constante alusión a la guillotina. Los hechos han de seguir fatalmente a las palabras frenéticas. Así se inicia la desenfrenada carrera, en la que nadie se atreve a quedar atrás en la persecución de la aureola popular. Siguiendo la ley irresistible de la gravitación, viene una ejecución tras la otra; lo que empezó como juego sangriento de palabras, se convierte en puja feroz de cabezas humanas. Se hacen así miles de sacrificios, no por placer, ni siquiera por pasión, y mucho menos por energía, sino simplemente por indecisión de los políticos, de los hombres de partido, que carecen de valor para resistir al pueblo; por cobardía, en último término. Por desgracia, no es siempre la Historia, como nos la cuentan, historia del valor humano; es también historia de la cobardía humana. Y la política no es, como se quiere hacer creer a todo trance, guía de la opinión pública, sino inclinación humillante de los caudillos precisamente ante la instancia que ellos mismos han creado e influenciado. Así nacen siempre las guerras: de un juego con palabras peligrosas, de una superexcitación de las pasiones nacionales; y así también los crímenes políticos; ningún vicio y ninguna brutalidad en la tierra han vertido tanta sangre como la cobardía humana.

Al menos desde 1990 se oye hablar de brutalización de la política, término que incluso ha dado nombre a un libro. El término es bastante claro y se referiría sobre todo a generaciones pasadas, especialmente a la década de 1910, rica en confrontación y violencia: la primera guerra mundial, la revolución rusa, el endurecimiento de luchas que en parte se hacen eco de ambas («años de plomo» italianos, españoles y argentinos, ocupaciones de fábricas y fincas también en estos estados, intentos revolucionarios en Alsacia, Brasil, Berlín, Baviera, Hungría, …), etc.
Sin embargo, la acción de sindicatos y demás grupos de trabajadores de la época también nos suscita a menudo mucha simpatía y nos inspira una mezcla de ganas de ser dignas de su legado con bochorno por el estado en que se encuentra hoy: un movimiento proletario escaso y tendente a la apatía, el sectarismo y la desorganización. Y no obstante, ¿es aquel movimiento el modelo de lo que queremos llegar a ser, aunque sea como etapa para aspirar a más (siempre a más)? ¿Hay algún aspecto al menos en que estemos haciendo las cosas igual de bien o mejor? Nuestra hipótesis es que sí hay un aspecto en que lo estamos haciendo mejor, de manera un tanto espontánea y que más nos valdría ser conscientes de ello y pulirlo. Nos referimos a una cierta desbrutalización de la política.

Antes de ir más lejos, nos parece importante aclarar la diferencia entre dos cosas. Existen al menos dos tipos de actitudes distintas que han tendido a echarse a perder con el tiempo y que tendemos a mezclar al pensar. Una es la que podríamos llamar seriedad (firmeza, constancia, una moral propia independiente de la del Enemigo) y otra es la agresividad. Como quizá se note, la una nos parece positiva y la otra, negativa. Aclaramos desde ya que no nos parece negativa desde una idea abstracta (y generalmente frívola) de condena-de-la-violencia. Muchas acciones pueden ser violentas en su contexto y, sin embargo, preferibles a otras aún más graves o, al menos, comprensibles o instintivas; no por deseo de paz vamos a hacernos pacifistas. Sin embargo, como voluntad general, podemos aspirar a relacionarnos con las demás tendiendo a evitar la violencia tanto como nos sea posible –postura que estamos defendiendo con este texto– y manteniéndola, cuando la defendamos o practiquemos, en esos cauces humanistas. Por otra parte, también podríamos asumir una visión nihilista-liberal (misántropa) según la cual la violencia es eso que hacen las demás porque son idiotas, el ser humano es malo por naturaleza, etc. o incluso la visión fascista según la cual la violencia entre personas no sería sólo inevitable, sino que se volvería positiva al ser utilizada militar o paramilitarmente en beneficio de la nación o la raza.
Pero descartadas estas posiciones esbozadas –rechazo moralista genérico, indiferencia apática o entusiasmo antihumanista–, volvamos al binomio seriedad-agresividad. Ambas actitudes nos parecen muy relacionadas con el modelo tradicional de virilidad, con la importancia que tenía y con aquella que ha perdido. El estereotipo (exagerado, que no ficticio) es que un militante, un hombre, tenía que ser serio: cumplir con sus compromisos, con la palabra dada, con las opiniones vertidas. Ahora bien, la brutalidad no empezaba en trincheras, tiroteos ni barricadas. Empezaba cualquier día al azar en la vida de un trabajador. ¿Cuánta violencia hay en levantarse para ir a trabajar en algo que una no disfruta ni valora, cuánta en hacerlo viendo constantemente a compañeras enfermar por las condiciones de trabajo, cuánta en ver accidentes laborales que hacen estragos? ¿Cuánta violencia hay en volver del trabajo sabiendo que mañana será igual y así todos los días de todas las semanas de todos los años? ¿Cuánta en ver lo mucho que gana la empresa y lo poco que gana quien trabaja para ella, lo ajustado de la economía de la propia familia? ¿Cuánta en ver el jornal robado por otro vecino, más o menos igual de miserable, o gastado en alcohol para intentar hacer más llevadera esa vida? Así las cosas, sometido a un ataque brutal todo el día, todos los días, una persona trabajadora sólo podía o bien interiorizar esas ideas y asumirse como una máquina que intenta no ser muy infeliz –muchas lo hicieron, no nos engañemos, y más son las que lo hacen hoy, en condiciones menos malas– o acusar recibo de esa declaración de guerra y, sí, asumir la lucha de clases como una guerra que ya le estaba costando la vida. Las ganas de desquite eran palpables y comprensibles y así, no sólo los magnicidios y otros atentados eran aplaudidos o comprendidos, sino que los sindicatos fueron a menudo batallones, las revueltas, combates apocalípticos («agrupémonos todos en la lucha final») y los enemigos –burgueses, pero también policías, curas o esquiroles–, carne de linchamiento o ejecución.

Desde entonces, al menos tres procesos han avanzado en paralelo: 1) la desbrutalización de las condiciones de vida de los trabajadores de muchos países (configurando, en gran medida, el llamado «estado del bienestar», bajo ataque estos últimos años), 2) el desmantelamiento de la industria, incluida la clase obrera, en beneficio del sector servicios y 3) la desbrutalización y desmantelamiento (parciales) del macho como concreción del varón en una cultura patriarcal (varón resolutivo, duro, heterosexual, etc.) que se ha visto, además, cada vez más acompañado de mujeres en el puesto de trabajo.
El papel de la violencia en la sociedad, no sólo en la conflictividad de clase, está ahora mucho más limitado y menos aceptado y generalmente las personas trabajadoras del sector servicios, así como las autónomas, ni siquiera tienen una cultura laboral propia –salvo sectores y empresas concretas–. La falta de vida colectiva lleva a relaciones puramente individuales con la empresa y con el mundo del mercado. Este escenario, en principio bastante catastrófico, ha favorecido que la poca organización que ha habido no fuera en torno a una violencia que además habría ido en su perjuicio como grupos en principio aislados y muy minoritarios, todo lo cual ha permitido desarrollar un concepto de esa seriedad activista que no tiene que ver con la violencia, sino con la firmeza. Más aún en el contexto post-15M, donde el nuevo movimiento de clase (PAH y demás grupos de vivienda, sindicatos de barrio, etc.), a su vez más feminizado que el tradicional, ha hecho bandera de su no-violencia, entendiendo que esta, para colmo, dejaba en mayor evidencia la violencia sistémica, empezando por la policial, cuando se vuelve visible.

Si este ya es el escenario, ¿qué es lo que proponemos?
En primer lugar, aceptarlo y hacer bandera de ello. No nos gusta la violencia, no nos gusta jugarnos la libertad, ni el físico propio o el ajeno. Tampoco necesitamos entrar en provocaciones para sentirnos más machos, ni más militantes, ni más nada. Nuestra épica es la de evitar crímenes –generalmente legales– y conseguir rescatarnos unas a otras de un mercado destructivo y unas instituciones públicas arbitrarias, una recuperación de la épica del esfuerzo, el compromiso, la convivialidad, el apoyo mutuo, la ética, la buena fe.
En segundo lugar, no pretender pasar por pacifistas. Que no nos guste la violencia no quiere decir que renunciemos a defendernos, mucho menos que vayamos a dedicarnos a emitir declaraciones de condena si entendemos que una de las nuestras ha recurrida a la fuerza sin necesidad. Estamos con nuestra gente, como diría la periodista socialista Séverine (1855-1929), «siempre; pese a sus errores, pese a sus faltas, ¡pese a sus crímenes!».
En tercer lugar, un buen equilibrio entre todos los elementos. La verborrea incendiaria y violenta es un calmante para la impotencia. Los discursos del cambio sonriente y la ilusión son una táctica de marketing electoral en sí misma incomprensible. Entendemos que existe un enfado profundo y bastante difundido que no debe ser negado, ni encajado a martillazos en otros moldes, sino convertido en energía de exigencia ante las promesas incumplidas de un sistema como el liberalismo, claramente fracasado, energía ante la necesidad de victorias parciales (cuantas más y cuanto más profundas, mejor) y de una seriedad como la que antes mencionábamos, a la altura del enorme desafío que tenemos entre manos.

A propósito de Manchester y Londres: La Ritualización Informativa

El sábado 3 por la noche al llegar a casa me encontré con la noticia del último atentado en suelo europeo, habían atropellado y apuñalado a numerosas personas en Londres. Como era de esperar la noticia rápidamente se proyectó en todas las cadenas, con una cobertura en directo que narraba cada segundo de los momentos posteriores escudriñando cada plano del lugar del suceso. No tardaron en aparecer las primeras reconstrucciones virtuales de lo sucedido, las teorías, las interpretaciones y los héroes/victimas anónimas que sufrieron en sus carnes la masacre. Nadie podía haber predicho que iba a suceder un atentado, pero sin embargo todo el mundo sabía lo que iba a venir después; las condolencias de los líderes políticos, los grandes discursos sobre las libertades en occidente, y el twett de Trump cargando contra los inmigrantes. Todo parecía formar parte de un ritual repetido de forma continuada desde que se produjeran los atentados del Charlie Hebdó.

Dentro de esta lógica, durante los días y semanas posteriores a este tipo de ataques terroristas, es como si el tiempo se detuviese y no importase ninguna otra noticia más en el mundo. Sin embargo en contraposición lo que se nos muestra desde los Mass Media en este ritual informativo, el mundo sigue moviéndose; siguen las guerras en Siria o Yemen, siguen sucediendo crímenes, sigue habiendo una grave crisis económica, continua el paro, los recortes… y sobre todo, los fanáticos responsables de lo sucedido en Londres, Mánchester o París, siguen cometiendo actos terroristas. Durante esta misma semana un doble atentado en Teherán causaba 17 muertos, mientras en Irak el ataque a un mercado dejaba otros 30, diez días después de que un atentado en Kabul provocase la muerte de doscientas personas ¿Oísteis hablar algo de ellos? Si observáis detalladamente ambos tienen un elemento común, no se han producido en suelo occidental. Si nos paramos a pensar tanto en la cantidad de víctimas como en el número de ataques evidentemente lo sucedido en Europa, parece que tiene una cobertura mediática completamente desproporcionada. Llegados a este punto es cuando cabe preguntarse ¿A caso valen más para los medios las vidas de Londres que las de Mosul?

La realidad es que no se puede responder con una palabra a este interrogante. Para ello tenemos que volver nuevamente al ritual mediático del que hablábamos antes con relación a los atentados. En paralelo a la ultravisibilización que reciben los fenómenos de terrorismo europeo, los actos cometidos por Al-Qaeda primero y por ISIS y sus filiales después han sidodel todo normalizados cuando se producían en Oriente Medio. Desde la invasión estadounidense de Irak los atentados suicidas se han convertido casi en una sección más del telediario de apenas unos segundos pero siempre presente. Esta sistematización ha generado una forma de ritual en paralelo a la que describíamos al hablar de Londres pero a la inversa. En ella se ha banalizado hasta tal punto la violencia sobre la población iraquí o siria, que apenas somos conscientes de su envergadura. Sabemos que existe y está ahí, pero a la hora de la verdad hemos sistematizado la forma de interiorizarla por efecto de los medios.

Cuando ponen una bomba en una mezquita que deja doscientos muertos o un coche bomba en un mercado de Bagdad, en el telediario se nos muestran imágenes igual de cruentas que podrían ser las de escenarios como Charlie Hebdó o los atropellos de civiles en suelo francés. En ellas se ven los cuerpos tendidos de las personas asesinadas, las caras de pánico en los supervivientes y los relatos de terror narrados por viandantes anónimos. Sin embargo es como si el color sepia del paisaje oriental, el polvo y la arena de estas latitudes, nos impidiesen sentir lo mismo que cuando algo así sucede en Europa. No hay ninguna opción en Facebook para que podamos poner como filtro en nuestra foto de perfil la bandera de Siria o Irak, en los edificios oficiales las banderas no ondean a media asta y los políticos callan ¿Qué sucede? ¿Por qué ocurre esto? Los muertos en el mercado de Bagdad o en Siria, no son de los “nuestros”, son el “otro” al que temer.

Este “Otro” no se diferencia en nuestra cosmovisión por una cuestión religiosa, pues además de que en territorios como Siria hay una amplia variedad de cultos, la forma en que se procesan estos difiere bastante (en el caso de los musulmanes destaca especialmente el cisma entre suníes y chiíes) o los distintos niveles de religiosidad presentes en estas sociedades. Tampoco podemos hablar de que el “otro” pertenezca a un mismo grupo étnico, o a un único contexto geográfico. En contraposición este “Otro” se expresa como un abanico amplio de individuos que puede ir desde el yihadista de ISIS que secuestra una universidad en Kenia, hasta los refugiados que atraviesan el Mediterráneo procedente de Libia, pasando por la niña a la que intentan asesinar los talibanes en Afganistán por ir a la escuela. Aquí es donde la ritualización informativa que se da frente al terrorismo juega su papel principal; situar en un mismo plano cultural a las víctimas y a los verdugos no occidentales.

Esta equiparación sumada a la división “nosotros” y “ellos” (el otro), atiende a diversos objetivos. En clave geopolítica busca principalmente legitimar las acciones y posiciones occidentales en el contexto de oriente. En este sentido el ejemplo claro más allá de justificar las intervenciones e injerencias internacionales en terceros países, es como está la ritualidadinformativa a la que antes aludíamos ha conseguido emborronar el origen y las causas del fenómeno yihadista que se remontan al surgimiento de los talibanes en Afganistán y a la invasión de Irak en 2003 respectivamente. Dos acontecimientos en los que Estados Unidos y otros países europeos tuvieron un protagonismo indiscutible, como muestra aquella famosa recepción de Ronald Reagan en la Casa Blanca a los líderes talibán tildados de “luchadores por la libertad”. Sin embargo es quizás en clave interna, dentro de propias sociedades occidentales donde este discurso de “los otros” juega un papel más importante.

Como subrayábamos antes, no existe una distinción del todo clara que caracterice a “los otros” en un sentido amplio. En este grupo podíamos encontrarnos con personas de creencias religiosas diversas, de distintas ideologías, de distinto origen… y también residentes en diferentes latitudes. De este modo no solo nos encontramos con “el otro” al otro lado de las vallas de Ceuta y Melilla, o en las costas de Turquía esperando para embarcar con destino a Europa, también se encuentran en los suburbios de París o las afueras de Londres. La frontera que antes parecía lejana entre el occidente de progreso y el tercer mundo de los bárbaros e incivilizados, ahora se encuentra dentro de las capitales y ciudades Europeas en forma de inmigrantes pobres procedentes de ese horizonte “incivilizado”. Esta visión que sitúa al diferente como la gran amenaza, es la que día a día se modela en los medios de comunicación cada vez que sucede un atentado en suelo europeo. El efecto de la cobertura informativa que ofrecen las principales cadenas de información más allá de ofrecer hasta el último detalle de lo ocurrido, es generar miedo y terror entre la población.

El pánico que se genera entre la población provoca una conciencia colectiva no solo de rechazo hacia el “otro” visibilizada con el auge de la extrema derecha, también genera una necesidad histérica de protección de nuestra integridad física. En este sentido hay una sensación generalizada de sospecha y temor, como si en cualquier esquina pudiese aparecer un yihadista dispuesto a cometer un atentado, o como si cualquier mochila extraviada pudiese ser un potente artefacto explosivo. Eso por no hablar de las cadenas de wasap y otras redes, en las que se difunde información “totalmente fidedigna”, en la que se avisa de un inminente ataque terrorista en los próximos días. Es como si el Titanic se estuviese hundiendo y todo el mundo gritase a la vez – ¡Que cunda el pánico!, ¡Gritar y correr! –. Sin lugar a dudas es justo lo opuesto a lo que indican los manuales de seguridad y evacuación en caso de accidente, y por extensión también es justo lo contrario a lo que nuestros representantes políticos promulgan una y otra vez – El terrorismo no va acabar con nuestro modo de vida, con nuestro sistema, con nuestras libertades y derechos, etc. – mientras que a la par firman acuerdos y promulgan leyes para subir el nivel de alerta, sacar a los militares a la calle y endurecer los códigos penales. Unacuestión realmente paradójica si tenemos en cuenta que esta batalla se libre contra un enemigo suicida, que no espera sobrevivir a sus acciones y por extensión ser juzgado y condenado a prisión. De este modo se dan declaraciones tan contradictorias como las que escuchábamos en boca de Teresa May esta semana, en las que defendía cambiar aquellas leyes que protegen los derechos humanos para combatir el yihadismo, que en si mismo viola estos derechos.

La respuesta de May no es en absoluto fruto de una respuesta en caliente o una reacción pasional ante el suceso, se encuentra dentro de una estrategia política cuidadosamente estudiada por Naomi Klein. Según sus investigaciones acontecimientos como los de Manchester o Londres provocan un profundo shock en las sociedades de occidente, lo que sirve de pretexto para introducir toda una serie de medidas impopulares que en otro contexto serían difíciles de aprobar sin una gran oposición social. Este es el caso del endurecimiento del código penal propuesto por May, pero también entrarían dentro de esta lógica la aprobación de recortes en gasto público o la destrucción de distintos servicios y prestaciones sociales. Mientras todos se encuentran frente a sus televisores viendo una y otra vez las mimas imágenes del atentado, los mismos discursos, las fotos de condolencia en Facebook… los políticos no desperdician ni un minuto para iniciar su ofensiva social y económica, amparados por el gran telón de de los atentados que oculta cualquiera de sus maniobras.

Sin embargo este telón esconde además otra realidad más dura aunque menos evidente, la incapacidad de los estados. No hablo de la incapacidad para hacer frente a los ataques terroristas, sino de su carencia a la hora de garantizarnos una seguridad. Es decir garantizarnos unas mínimas condiciones de vida, una sanidad y una educación, una vivienda digna, o un mercado laboral que nos permita llegar a final de mes. E aquí donde se halla el problema principal de nuestras sociedades. Esta es la verdadera amenaza a la que vamos a tener que hacer frente en el futuro, la realidad de un sistema profundamente individualista e insolidario, completamente protegido por niveles de alerta 4, 5, 6… o 1.000, pero incapaz de proteger nuestra salud, nuestro futuro material o garantizarnos una vivienda y unas condiciones laborales mínimas. Es esto lo que se esconde tras el telón, es esto lo que hay día a día tras el ritual informativo.

Guille GC

Ayutla de los Libres se regirá sin partidos políticos y por la autonomía; es hora de que los pueblos se autogobiernen

 Demián Revart

Un boom por la autonomía

Parece que hay un boom en la vindicación de las comunidades indígenas y pueblos originarios por elegir a sus propios representantes, no bajo la ya conocida regla de “votemos y a ver qué resultados nos dan” sino de que estos emanen desde el núcleo del pueblo para resolver las circunstancias más innatas y cotidianas que se les presentan. ¿Cómo se le puede pedir a un funcionario de traje que arregle los problemas del campesino si sus manos se empecinan más en acomodar papeles y no los surcos de la tierra? Diría el escritor y poeta John Keats: “el paisaje humano es muy bueno, pero la naturaleza humana es más fina”.

El empujón que llevó a las 140 colonias y comunidades de Ayutla de los Libres a orientarse por esta vía fue que 8 de los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa en septiembre de 2014 son originarios de este municipio, por lo que allí se vivió uno de los procesos más fuertes de toda la coyuntura de las movilizaciones, tanto por la exigencia de su presentación con vida, las mejoras sustanciales en la seguridad del municipio, así como en una nueva –y armoniosa- forma de organizarse más allá de las marchas y los mitines.

El 30 de noviembre de 2014, integrantes de la CRAC-PC, maestros de la CETEG, padres y madres de Ayotzinapa, respaldados por un gran sector activo de la población, decidieron tomar el “Narco-Ayuntamiento” y proclamaron públicamente regirse por un Concejo Popular Municipal, debido a que “el narco ya penetró a todas las instancias de gobierno y sólo así evitaríamos otra masacre y las constantes desapariciones forzadas que se viven día con día” [1]. Ese movimiento autonomista se extendió también a los municipios de Tecoanapa, San Luis Acatlán y Tlapa de Comonfort (cercanos geográficamente) y en menor medida en Acapulco de Juárez.

Uno de los principales referentes del movimiento por la autodeterminación, Manuel Olivares Hernández (secretario técnico de la Red Guerrerense de Organismos de Derechos Humanos) dejó para la historia accional el siguiente mensaje: “estamos en el ejercicio del narcopoder, que ha dejado decenas de fosas, incluso Guerrero es un gran cementerio clandestino, por eso con los concejos municipales se va a reemplazar a las autoridades municipales que no garantizan el derecho a la vida y a nuestro patrimonio” [2].

A partir de esa fecha, la fórmula autonomista se ha venido trabajando hasta llegar al Instituto Estatal Electoral de Participación Ciudadana (IEPC) del estado de Guerrero y a la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) para validar la realización de una consulta popular los pasados sábado 10 y domingo 11 de junio en el centro del municipio.

Es hora de que los pueblos se autogobiernen

Nos elevaríamos en idealismos si deducimos que este proceso va corriendo como Usain Bolt en una carrera de pista sin obstáculos. En la contienda persiste una gran contracorriente partidista y conservadora que se ha opuesto a la elección por usos y costumbres desde una asamblea consultiva realizada en octubre de 2015. Como sucede en muchos movimientos sociales, estos son marcados por las huellas de una fuerte polarización entre estratos –quienes tienen más y quienes carecen de ello-, en este caso, entre los pueblos originarios y rurales –mayoritariamente de raíces na’ saavi y me’phaa- en antagonismo con las colonias de la cabecera municipal. A mayor dinero en el bolsillo, mayor exclusión de los sin rostro.

No obstante, el resultado de la reciente consulta fue convincente y decisivo; 7,178 pobladores votaron por el modelo de asamblea comunitaria, mientras que sólo 5,965 votaron por la elección de planillas [3] (en su mayoría, militantes de la tríada corrupta PRI-PAN-PRD y sus partidos satélites, e incluso hizo una participación sigilosa la actual alcaldesa priísta Hortencia Aldaco Quintana).

Es vital decir que “la consulta no fue tan fácil, ya no que ni siquiera habían consultado a los pueblos indígenas que existiría ese informe sobre cómo elegir a sus representantes” nos comenta un poblador ayutlense, y en efecto, unas 100 personas se tomaron las instalaciones del IEPC el pasado 25 de mayo de 2017 para exigir que fueran consultados “mixtecos, tlapanecos, mestizos (…) ya que la asamblea es la máxima autoridad donde se toman las decisiones”.

Los resultados obtenidos estos 10 y 11 de junio reafirman el hecho de que a pesar de ciertos amañamientos e intereses disfrazados por fuera de lo que en realidad es la democracia comunitaria, tergiversándola para hacerse extraoficialmente de los territorios más volubles dentro de su billetera política, son las mayorías quienes reivindican los usos y costumbres.

De igual forma, “diversos partidos políticos han intentando convencer con regalos y dinero a los comisarios para que no se presentaran a las juntas (…) diciendo también que los programas sociales como “Prospera” desaparecerán si los partidos son expulsados”.

El Sebastopol [4] de la autonomía y el autogobierno va a continuar ganando posiciones estratégicas y un gran apoyo local-nacional ante el bando partidista-empresarial.

De estar out a la reivindicación colectiva

Ayutla es considerada como la cuna del Ejército Popular Revolucionario (EPR) nacido en mayo de 1994, por lo que se imaginarán las redadas, vigilancia desorbitante y los asesinatos extrajudiciales que realizaron tanto el Ejército mexicano como la policía con el pretexto de capturar a los guerrilleros.

(…) según el último reporte del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), de 2010, en Ayutla de los Libres el 88% de los habitantes vive en pobreza y la mitad de sus habitantes no tiene recursos suficientes ni siquiera para comer.

Una tercera parte de sus pobladores tiene rezago educativo y no tiene acceso a servicios de salud, mientras que el 78% no tiene acceso a los servicios básicos de vivienda (…), [5]

Ese mismo año surgiría la Organización del Pueblo Indígena Me’phaa (OPIM) con una gran y primordial participación de mujeres indígenas. En 2016 denunciaron que tan sólo en ese año fueron ejecutadas 20 mujeres originarias en conjunto con el municipio vecino de Acatepec. Su trabajo antimilitarista les ha provocado el asesinato de 16 integrantes y personas cercanas a su labor de defensa comunitaria, 7 más fueron detenidos y unos 107 han recibido amenazas directas (gobierno, políticos, narcotráfico, policías… ¡ya a ni quien apuntarle!).

La pobreza es un factor determinante (aunque no un pretexto minóico) para la organización interna de las localidades de Ayutla, ya que:

por lo que el desarrollo económico desde lo-local es también un argumento para la autogobernanza.

Vuelvo a una de las primeras preguntas que plasmé en las líneas iniciales de este texto: ¿cómo pedirle al Estado que acreciente los niveles económicos cuando éste los administra –a través de la violencia y la estratificación- facilitándo las ganancias capitalísticas a una sola clase social?

Comunitarios de la CRAC-PC realiazan inspección y vigilancia en las entradas del municipio.

La seguridad es otro punto a tratar. Fue en 2010 que los ayutlenses se integraron a la CRAC-PC de la Costa Chica para instalar retenes y reducir los niveles de inseguridad. Con el tiempo –y las infiltraciones- en el proyecto comunitario de la misma CRAC, se hizo una ruptura de la que emergió la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (UPOEG) que no precisamente ha tenido un historial blanco como grupo armado. ¡Esto no pareciera cierto! (pero sí lo es). La voluntad popular en Ayutla ha sido la que afianzara la participación de ambos grupos en el seno de la seguridad, a pesar de las diferencias mixofílicas y una confrontación política -incluso armada y desmedida- que aún persiste en otras regiones guerrenses.

El gobierno empezaba a temblar a inicios de enero de 2013 que los grupos armados oficializaron ante los medios de comunicación su incidencia en Ayutla. Los mensajes ‘por debajo de la manga’ desde la cúspide gubernamental llegaban asiduamente a sus respectivos dirigentes, pero los retenes y acciones “por fuera de la ley” no se interrumpieron ni un sólo día.

El jueves 31 de enero de 2013 en la comunidad de El Mezón, unas 500 personas realizaron el primer juicio popular a 54 delincuentes capturados que han sido vinculados al crimen organizado.

Estas iniciativas desde el seno interno de los pueblos y barrios –ya que todos los integrantes de la CRAC-PC son elegidos por asamblea comunitaria- provocaron intensos disgustos y rabietas por parte del gobierno estatal. El 21 de agosto del mismo año, el Ejército mexicano intentó desarmar en una emboscada a los comunitarios de la CRAC-PC de la Casa de Justicia “El Paraíso” en el poblado del mismo nombre, dando como desenlace la captura de seis de ellos (Bernardino García Franciso, Ángel García García, Florentino García Castro, Eleuterio García Carmen, Ambad Ambrosio Francisco y Benito Morales Justo).

Tendrían que pasar 3 años hasta su liberación el 13 de mayo de 2016…

Integrantes de ambos grupos armados retienen a 54 delincuentes vinculados con el crimen organizado. En asamblea, se decide postergar las sanciones en una nueva reunión en el municipio de Tecoanapa.

Autoconstrucción y algunas conclusiones para el futuro

La relevancia de admirar la democracia comunitaria practicada a través de los usos y costumbres no es como tal a la forma que representa el cambio de paradigma en la toma de decisiones, sino, en los siguientes contenidos:

A) La expulsión definitiva de los partidos políticos, por tanto, la confrontación constante –que muchas veces no es aparente- con la estructura del Estado moderno.

B) La abolición de una figura presidencial y la erradicación futuro-temporal de las jerarquías políticas, al conformarse concejos integrados por pobladores de cada uno de los barrios o comunidades que son elegidos por el servicio e interés en el desenvolvimiento colectivo de un territorio y quienes lo habitan, no por jugarretas partidistas o de provecho vanguardista para organizaciones ya conformadas.

C) La autonomización total y antisistémica del territorio tras la sólida conformación de una economía cooperativa y el fortalecimiento de la autodefensa comunitaria, dejando de lado las dádivas de los tres niveles de gobierno.

No hay que ser soez (y a eso me dirijo con el segundo inciso de estos argumentos). En el proceso de elección por usos y costumbres puede existir también la intención de organizaciones y ambiciones personificadas en representantes autoritarios para obtener cargos políticos “independientes” que demeriten la intervención de la gente interesada en el bien común.

Las conclusiones tendrán que derivarse de un serio y constante ejercicio deliberativo y de limites-alcances desde –y para- las comunidades en donde las rivalidades o la ambición de ser-autoridad prevalezcan.

¡QUE LA TOMA DE DECISIONES RESIDA DESDE LO MÁS DEBAJO DE LOS PUEBLOS!

¡SOLIDARIDAD CON LAS COMUNIDADES DE AYUTLA DE LOS LIBRES RUMBO A LA AUTONOMÍA!

¡NUNCA MÁS UN GUERRERO SIN LOS DE ABAJO!


Notas y referencias

[1] Conversación con pobladores de Ayutla en el XXI Aniversario de la CRAC-PC, celebrado en la comunidad de Horcasitas en San Luis Acatlán, Guerrero. Octubre de 2016.

[2] “Forman consejos populares en Ayutla de los Libres y Acapulcopor Sergio Ocampo y Héctor Briseño, La Jornada, 30 de noviembre de 2014, p. 7. (http://www.jornada.unam.mx/2014/11/30/politica/007n1pol)

[3] “Gana en Ayutla el modelo de elección por usos y costumbres en asambleas” por Jacob Morales Antonio, El Sur: Periódico de Guerrero, 14 de junio de 2017. (http://suracapulco.mx/1/gana-en-ayutla-el-modelo-de-eleccion-por-usos-y-costumbres-en-asambleas/)

[4] Buque de guerra utilizado por marineros anarosindicalistas en la Rebelión de Kronstadt en 1921.

[5] “Ayutla de los Llibres, el lugar donde los civiles ejercen la justicia” por Daniela Rea, CNN México, 1 de febrero de 2013. (http://expansion.mx/nacional/2013/02/01/ayutla-de-los-libres-el-lugar-donde-los-civiles-ejercen-la-justicia)

Publicado el 16 de Junio de 2017 en:

http://rupturacolectiva.com/ayutla-de-los-libres-se-regira-sin-partidos-politicos-en-julio-de-2018-es-hora-de-que-los-pueblos-se-gobiernen/

Microracismos: una movida

El racismo es una cuestión de privilegios que se extiende en el tiempo desde todas las personas blancas hacia aquellas que no lo son, independientemente de su lugar de nacimiento. Incluso en aquellos países donde existe una mayoría no blanca, la mayor parte de las responsabilidades de poder está en manos de hombres y blancos. Naturalmente, todo ello es fruto de los privilegios que el racismo dota a las personas blancas de unas aptitudes que les posiciona en un lugar relevante en la sociedad, relegando a ciudadanos de segunda a todas las personas no blancas. Así, cuando una persona no blanca llega a su mismo nivel en la jerarquía se les aplaude, no por la meritocracia neoliberal, se le aplaude haber llegado a ser un blanco. Puro paternalismo racial.

Una acción racista, o macroracista por hacer una disimilutd terminológica, sería la discriminación directa de una persona por su color de piel, esgrimiendo diferencias xenófobas o culturales. El macroracismo se refiere a comportamientos de alta intensidad, visibles y de un impacto profundo. Por ejemplo, la Federación SOS Racismo sacó a la luz este vídeo como parte de un experimento social. Simulaba la existencia de un supuesto concurso para asistir a un spa, mientras una persona rellenaba las papeletas, se acercaba una de las actrices, una chica con velo sobre su cabeza y acento foráneo, mostrando su deseo de participar en dicho concurso. La otra actriz, quien está recogiendo las papeletas, le dice que no puede concursar, porque que es «para personas normales».

A lo largo del vídeo salen a la luz los prejuicios y estigmatizaciones en los que se basa el racismo. El racismo, entre otras cosas, se basa en la ignorancia. Ignorancia y dominación suelen ir de la mano, se domina lo que se desconoce. En realidad, y si lo pensamos bien, el machismo tiene las mismas bases: los roles de género son, al fin y al cabo, estigmatizaciones y prejuicios, lo que se espera de alguien por ser hombre o mujer.

En contraposición, las acciones «micro», sean micromachismos o microracismos, son acciones de baja intensidad, modos de dominación suave y que al estar tan integradas en nuestra sociedad, pasan absolutamente desapercibidas. A veces se ocultan bajo el manto de bromas o chascarrillos. Los microracismos no agreden directamente a la persona, no la matan, pero mantienen y perpetúan la segregación racial.

Canal Sur sacó en su momento un grupo de vídeos de teórico contenido social, haciendo también algo así como experimentos sociales. Más allá del morbo que puedan tener y de lo poco que aportan, estos pseudo-experimentos sociales han ayudado a ensalzar la figura de la persona no blanca pasiva, callada e indefensa, en oposición a la gallardía y valentía de las personas blancas. Para muestra el siguiente vídeo en el que un hombre increpa a un chico negro en una parada de autobús de Granada. Ambos actores crean una situación extrema en la que el chico en vez de protestar ante su agresor, pasa a una situación de sumisión absoluta, y cabizbajo soporta, estoicamente, los improperios del hombre blanco. Lo ideal sería mejor mostrar un experimento social en el que la persona no blanca se empodera y se enfrenta a su agresor, sería curioso ver la reacción de las personas blancas. No es por ser desagradecido, y es bueno saberse arropado y apoyado, puesto que esto empodera muchísimo, pero no nos hacen falta caballeros de blanco corcel y reluciente armadura.

La gran mayoría de las personas no se consideran racistas, como tampoco se creen machistas, pero las vejaciones son habituales y comunes en ambos casos. El vídeo anterior, por ejemplo, ya es una prueba de microracismo. Probablemente ese canal televisivo lo hiciera con toda su buena intención, quizá quisieran visibilizar esta problemática, pero les ha faltado una buena reflexión.

Hay extrañeza y hasta miradas de soslayo cuando un no blanco habla perfectamente español o incluso cualquiera de las otras lenguas del estado. ¡Hasta te felicitan por ello! Mi casera, a la que lejos calificaría de homófoba (también se podría tratar el tema de la microhomofobia) o racista, la primera vez que me conoció se sorprendió por lo bien que hablaba el idioma. No sabe que el español es mi lengua materna. En realidad lo que a ella le pareció fascinante era mi pronunciación meseteña.

¿Pero qué son comportamientos microracistas? El blog afroféminas da la siguiente lista de microracismos:

  • Que te pregunten si te quemas si te da el sol, como si los negros en lugar de piel tuviesen cartón.
  • Los hay que consideran gracioso llamar Baltasar a un negro, entre otros.
  • Llamar morenito a un negro para no ofenderle, como si ser negro fuese una ofensa. Peor aún pudiendo llamarle simplemente por su nombre.
  • Que te digan que AUNQUE seas negra, eres guapa porque tienes rasgos suaves.

A ellos me gustaría añadir los siguientes de experiencias personales:

  • Asumir que sabes bailar ritmos latinos porque tienes orígenes latinoamericanos. Aquí cámbiese por cualquier otro baile y/o comida, etc.
  • Que la segunda pregunta que te haga una persona al conocerte sea indagar acerca de tus orígenes.
    Conectando con lo anterior, preguntar de dónde te sientes.
  • Decir que tienes unos apellidos muy raros. Como si García o Fernández en Corea del Sur fueran lo más corriente y habitual. O todo lo contrario, ser no blanco y que se extrañen ante lo hispano de tus apellidos.
  • Dar por hecho una serie de elementos solamente por tener otro color de piel, como características físicas, etc.

Y junto a estos ejemplos, muchos otros que bailan entre el microracismo y el macroracismo y que, en realidad, depende del enfoque que se le de. Por ejemplo, la invisibilización histórica del genocidio llevado a capo por españoles, portugueses, ingleses, franceses y holandeses perpetuados en América Latina, probablemente el mayor genocidio de la historia de la Humanidad. La negación perpetúa de todos estos hechos en el pasado no hacen más que mantener la infravaloración de las personas no blancas en el presente.

También vale la pena mencionar el famoso Test de Bechdel, el cual valdría la pena adaptar a la segregación racial. El Test de Bechdel mide, a través de unos parámetros, si toda producción artística o audiovisual cumple con unos requisitos mínimos para evitar la discriminación de género. Básicamente ha de cumplir tres reglas:

1 – En la película aparecen, al menos, dos personajes femeninos
2 – Estos personajes hablan entre ellos en algún momento
3 – La conversación trata de algo distinto a un hombre.

Además, dichos personajes femeninos deben tener un nombre. Podemos cambiar femenino por persona no blanca y hombre por blanco. Obtendríamos resultados muy similares a los hechos para analizar la presencia femenina en estas obras. Casi toda la literatura fantástica queda descartada, o quedaría relegada a apariciones anecdóticas.

Está claro que aún queda mucho por hacer, también debemos ser nosotros y nosotras quienes tomemos la iniciativa y tomemos el espacio social, cultural y político que nos corresponde por ser personas. Si no nos lo ceden, lo tendremos que tomar. También llamar la atención y hacer pedagogía acerca de estos comportamientos. Aún sigue existiendo un límite de lo que significa comportarse como un blanco y lo que es comportarse como un no blanco, con elementos negativos asociados al migrante.

Estereotipos integrados en nuestra sociedad que hay que derribar, y esto empieza por los microracismos, tan relevantes como los macro. Porque aunque estos no sean agresivos para la persona, sí resultan dañinos y ocultan un problema grave de racismo, y si queremos crear una sociedad horizontal, libre de privilegios, tendremos que continuar poniéndolos de relieve para poder acabar con ellos y, de paso, toda práctica segregadora para todas.

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