El marxismo que no nos contaron (III)

Si el triunfo de la revolución rusa había atraído y canalizado a distintos grupos y organizaciones, incluso a algunos que no simpatizaban con el marxismo por tener tendencias más libertarias, el malestar con la deriva soviética no será tan capaz de organizarse en un movimiento. Pese a ello, se irá conformando un sector marxista crítico a veces más distinguible de los sectores trotskistas (sobre todo al principio) y a veces menos.

En Francia, el ruso-francés Boris Souvarine o Suvarin (Boris Lifschitz, en realidad), dirigente de la Sección Francesa de la Internacional Comunista, luego PCF, se irá enfrentando al lobby del Kremlin en los años 1923-1925, hasta ser expulsado del partido. Lenin sigue siendo prácticamente incuestionable, casi sagrado, y desde el Círculo Comunista Marx y Lenin, Suvarin escribe contra lo que él llama «el leninismo de 1924», que considera una «caricatura [del comunismo]» y llega a hablar de la burocracia como clase explotadora en 1925 (lo comentaría Trotskiy, sin estar de acuerdo, claro, en En defensa del marxismo). Entre quienes siguen en el PCF, 1925 sería quizá el año clave en este conflicto, llegándose a publicar el «Llamamiento de los 250», donde más de doscientos cincuenta militantes y cuadros del partido criticaban la línea impuesta por la dirección: reuniones largas, ineficaces y mal dinamizadas (¿no nos suena?), falta de formación a las militantes, estructuración territorial ineficaz, torpeza estratégica y triunfalismo, y censura para acallar el fracaso de esas torpezas estratégicas; en el origen de todo esto, el hiperliderazgo de la dirección y la falta de implicación de las bases. Media decena de ellas confluirán en torno a la revista, aún existente, La Révolution prolétarienne (1925-1939 y desde 1947 en adelante) con Suvarin y todo tipo de antistalinistas que se consideran comunistas de una u otra manera: Albert Camus, Jean Maitron, Victor Serge, Daniel Guérin, Simone Weil y, por supuesto, Pierre Monatte, militante sindical y alma de la publicación.
Suvarin acabará alejándose más políticamente, pero durante años militará con figuras como Lucien Laurat (Otto Maschl, en realidad), Georges Bataille o, de nuevo, Simone Weil en torno a la publicación La critique sociale (1931-34).

Este tipo de posiciones, no obstante, estarán más patentes en el mundo de las ideas que en el activismo, de modo que, en la práctica, este marxismo humanista será totalmente eclipsado por el de la KomIntern, además de convivir mal que bien con el leninismo trotskista. Existe toda una corriente informal en este sentido, pero quedará como algo más bien testimonial. Hablaríamos, además de los citados, de los investigadores y profesores de la Escuela de Frankfurt (Theodor W. Adorno, Max Horkheimer, Herbert Marcuse, Erich Fromm), del grupo surrealista de París (principalmente, André Breton y, sobre todo, Benjamin Péret) y de uno de los principales nexos entre ambos, Walter Benjamin, personaje atípico que, por ejemplo, en 1929 defendía en una carta a las surrealistas que «el componente anarquista» de la acción revolucionaria era necesario sin por ello sacrificar la «preparación metódica y disciplinada de la revolución a una praxis que oscila entre el ejercicio y la fiesta».

En este contexto prebélico, la Francia de 1939 ve la publicación de dos libros de lo más interesante, ambos publicados por exiliados: Au pays du mensonge déconcertant («En el país de la mentira desconcertante») y La bureaucratisation du monde («La burocratización del mundo»). El autor del primero es Ante (a veces llamado Anton) Ciliga, croata, uno de los fundadores del Partido Comunista de Yugoslavia y antiguo secretario para los Balcanes de la KomIntern, que, después de enfrentarse al liderazgo del PCUS, se vio perseguido, encerrado en el «aislador» (prisión para disidentes, de régimen laxo, en medio de la estepa rusa) de Verjné-Uralsk y enviado luego al gulag. El del otro es Bruno Rizzi, uno de los miembros del Partido Socialista de Italia que se apartó para crear el PCI, también enfrentado a la dirección stalinista de la KomIntern y de su antiguo partido. Se trata de trayectorias paralelas también porque ambos se acercaron al trotkismo asqueados por los excesos del stalinismo, para acabar descubriendo la semilla de esos excesos en el propio leninismo.

Ciliga lo cuenta desde la experiencia personal (capítulo IX de su libro), como una terrible decepción que le sobrevino en Verjné-Uralsk al intentar distinguir el legado político de Stalin del de Lenin. Al mismo tiempo, fue sujeto y testigo de intensos debates en el seno de la KomIntern y luego en Verjné-Ouralsk, donde, más que anarquistas, la mayoría de las personas internas eran decistas o trotskistas (también estaba Serguei Tiyunov, simpatizante o miembro del Grupo Obrero). Cuenta cómo las decistas defendían el leninismo de El estado y la revolución contra las decisiones tomadas bajo el liderazgo del propio Lenin y cómo tanto ellas como las trotskistas, más enfrentadas al liderazgo soviético por cuestiones de formas, confianza y credibilidad que por una línea política clara –la del PCUS daba giros–, acababan desorientadas intentando encajar cada movimiento y cambio de coyuntura en las mismas categorías de análisis, encontrándose con debates o rendiciones por parte de trostkistas de centro, derecha o izquierdas, decistas, … Cómo, cuanto más se interesaba por los conflictos que hemos contado en el texto anterior y los posicionamientos de Lenin –ante el ascenso de la burocracia, Ulianov no recomendó, en uno de sus últimos artículos, buscar la participación popular, sino crear un departamento de especialistas en desbucrocratización (¡!)–, más veía en él al máximo responsable de la burocratización y su carácter de emergencia de una nueva sociedad de clases.

Rizzi, en una línea más cientificista y desapasionada, intenta hacer un retrato de la sociedad soviética y no puede menos que constatar que existe una clase dirigente, a cuyo servicio están el Estado como aparato represivo y la ideología dominante, y una clase dirigida y mayoritaria que, salvo excepciones, no aspira a socializar nada. El italiano lo engloba en un fenómeno histórico e internacional de ascensión de la burocracia como nueva clase hegemónica y, en ese sentido, lo relaciona con el nazismo, el fascismo o el New Deal estadounidense. Curiosamente, Ciliga cita a un preso decista, Volodia Smirnov, diciendo prácticamente lo mismo, cosa que le valdría ser expulsado del núcleo de presos decistas.
Bruno Rizzi estaba aislado de su propio partido, pero se puso en contacto con el movimiento troskista y captó la atención del propio Trotskiy, que lo rechazó como «ultraizquierdista», pero no quedó indiferente. De hecho, el trotskista estadounidense James Burnham, probablemente al corriente del debate entre Trotskiy y Rizzi, abandona en 1940 su organización (el WP o Partido de los Trabajadores) abjurando del marxismo y publica en 1941 La revolución de los técnicos, también traducida como La revolución gerencial, La revolución de los gerentes o La revolución de los directores, que retoma las ideas fundamentales de La burocratización del mundo, sin citarlo en ningún momento. Se sabe que George Orwell leyó a Burnham y rebatió varias de sus posiciones y no se sabe que hiciera lo propio con Rizzi o Ciliga, pese a lo cual es difícil leer sus respectivas obras sin pensar en 1984 y en Rebelión en la granja.

En 1940, Trotskiy es asesinado, el stalinismo ya ha hecho sus peores estragos en España y en la URSS y la segunda guerra mundial se encargará de reorganizar el mundo en dos polos: liberalismo estadounidense o leninismo soviético.

La tercera vía en el nuevo orden mundial

La visibilización de un imperialismo soviético en su área de influencia, la emergencia de nuevos regímenes leninistas a consecuencia de él y de la lucha de los partidos de la KomIntern en 1941-45, el progreso de la industrialización internacional, pese a todo, las tensiones coloniales y postcoloniales (raciales)… casi todo animaba a nuevos análisis. El trotskismo se va quedando progresivamente pequeño y, así, se separan de él autores como el sinólogo húngaro-francés István (o Étienne) Balázs, que publica en 1947 Qui succédera au capitalisme? o figuras como Cornelius Castoriadis o Claude Lefort, en torno a los cuales surge en Francia la revista Socialismo o barbarie, que aglutinará este nuevo marxismo humanista.

Entre medias (1946), Pannekoek publica Los consejos obreros, posiblemente la obra más contundente, pese a su brevedad, en cuanto a marxismo no dirigista. El astrónomo defiende las asambleas de trabajadores coordinadas en consejos o soviets como poder proletario emergente opuesto al Estado burgués y su capacidad para generalizarse hasta abarcar toda la sociedad (un poder que se vuelve absoluto, una dictadura, pero dictadura que, al completarse, hace desaparecer al estado), de modo que la dictadura del proletariado no es una dictadura transitoria de una camarilla que aspira al comunismo, sino una condición que aboliría la sociedad de clases al organizar a toda la clase trabajadora y obligar a la burguesía a integrarse como personas y desaparecer como clase o intentar una guerra en vano.

A la vez, la internacional trotskista o IV Internacional, ya sin su principal líder y con cada vez menos que perder, se permite, ya bajo el liderazgo de personas como Natalia Sedova-Trotskiy, girar a la izquierda y acercarse a este tipo de posiciones. La invasión de Hungría (1956), como después la de Checoslovaquia (1968), no harán más que reafirmar, cada vez más a la desesperada, esta necesidad de un comunismo humanista y, en última instancia, libertario: el profesor francés Henri Lefebvre (coautor en 1958 de El romanticismo revolucionario) influye a, y confluye con, la constelación de grupos (COBRA, Internacional Letrista) de donde saldrá la Internacional Situacionista; exiliados españoles vinculados al POUM como Pelai Pagès (Víctor Alba), Albert Masó (Vega) o el mexicano-español Manuel Fernández-Grandizo Martínez (Grandizo Munis) consiguen mantener el debate en esta difusa corriente internacional y la agitación intelectual llegará a concretarse en proyectos como el fugaz Fomento Obrero Revolucionario (Munis y Péret, entre otras) y su boletín Alarma o la llamada Tendencia Johnson-Forest en EEUU. Esta última, en torno a C. L. R. James (J. R. Johnson) y Raya Dunayevskaya (Freddie Forest), antes vinculadas a la corriente de James Burnham y Max Schachtman, publica Correspondence y News and Letters («Noticias y cartas»).

También entre estadounidenses, británicas, sudafricanas –a menudo, exiliadas– y alemanas del oeste se configura una corriente donde conviven promiscuamente consejistas, socialdemócratas de izquierda, trotskistas (Murray Bookchin, en aquel entonces) y otros buscadores de esa tercera vía en el llamado MDC Movement for a Democracy of Content (Movimiento para una Democracia de/con Contenido), que tiene sus publicaciones en inglés y en alemán, Contemporary Issues y Dinge der Zeit, respectivamente. Esta corriente, de todos modos, tendrá puntos débiles como tender a evitar elementos de análisis típicamente marxistas como la lucha de clases, pero también aspectos notables en su época como haber logrado participar en, y alimentar, campañas como el boicot a los autobuses de Alexandra (Sudáfrica) en 1957 o preparar debates como el del consumismo y la escasez por venir.

El marxismo que no nos contaron (II)

Bolchevismo antileninista (denominación de origen: la URSS).

La revolución llamada de octubre, ciertamente, fue una iniciativa de la facción bolchevique del POSDR, pero dentro y fuera de las filas bolcheviques y del partido se entendía que habían actuado como vanguardia y que la revolución entendía estar al servicio de toda la clase trabajadora del imperio ruso y aun del conjunto de la población en general. De la vanguardia al conjunto hay mucha distancia, bien lo sabemos, y pronto se vio que, aunque el levantamiento apenas había suscitado oposición violenta en el momento, existían sectores contrarrevolucionarios y un grandísimo sector sin participación política. Este sector, capaz de ver la revolución con actitudes muy distintas (simpatía, indiferencia, rechazo), todas ellas básicamente pasivas, es un gran ejemplo de cómo las mayorías silenciosas escriben la historia cediendo su responsabilidad a minorías. La vanguardia bolchevique tendría que gestionar la primera URSS condicionada por esa población ambigua, la oposición interior de sectores contrarrevolucionarios –puramente zaristas, simples conservadpres o bien nacionalistas antirrusos de distinas partes del imperio–, la oposición exterior (de la triple alianza germano-otomano-austrohúngara hasta el tratado de Brest-Litovsk y luego, de la entente franco-británica apoyada por Polonia, EEUU, etc.) y los cambios tácticos de sectores revolucionarios no bolcheviques, como las mencheviques, las social-revolucionarias (también llamadas eseristas) o las anarquistas.

Esto, dentro de la propia facción bolchevique llevaría a un sector a posicionarse contra Lenin y sus apoyos, no sólo por sus políticas, sino por la forma dirigista de llevarlas a cabo. Fue el caso, por un lado, de los llamados «centralistas democráticos», o «decistas» («leninistas contra Lenin», dirán algunas más tarde, como V. Smirnov, T. Sapronov o V. Obolenskiy-Osinskiy), por poner el énfasis en este principio, frente al liderazgo de personas como Lenin o a la liquidación de la iniciativa local en nombre del seguidismo con las propuestas del gobierno de Moscú. Por el otro, fue también el caso de la Oposición Obrera, de la que formarían parte en 1920-1922 activistas destacadas como Alexandra Kollontai, Sergei Medvedev y, sobre todo, Alexandr Shliapnikov. Este, obrero, veterano del POSDR y bolchevique de la primera hora, se encontró defendiendo en minoría, desde finales de 1919, un mayor poder para los sindicatos («Tesis de la Oposición Obrera», texto firmado por una treintena de cuadros medios) y una mayor presencia de trabajadoras en la dirección del partido, frente a la hegemonía de las intelectuales; igual que se encontraría en minoría en los IX y X congresos del partido (marzo de 1920 y de 1921, respectivamente). No obstante, sus tesis fueron publicadas en el diario oficialista Pravda de cara a este último y agitaron el debate interno en el partido.

Si estas corrientes se vieron sometidas a una hostilidad que se convirtiría luego en persecución, aún peor fue en el caso del Grupo Obrero. Aglutinado a comienzos de 1923 en torno a N. V. Kuznetsov, P. B. Moiseiev y, sobre todo, Gavril Miasnikov, su historia tiene mucho que ver con la trayectoria de este. Veterano y exaltado revolucionario, menos prominente que los líderes decistas o los de la Oposición Obrera, tanto por falta de un cargo similar a los de sus líderes como por su base provinciana (en los montes Urales), Miasnikov no quiso criticar a Lenin y cía. en el IX congreso, en el que participó, pero acabó haciéndolo al volver a su tierra.

No quiso alinearse con la Oposición Obrera, considerando que los sindicatos no habían superado sus tendencias negativas (economicismo, reformismo) y que lo necesario no era un mayor poder de los sindicatos, sino una reapropiación de los soviets por las bases, incluido el campesinado, respecto del cual la Oposición desconfiaba mucho. Quizá como castigo había sido destinado a Petrogrado –actual Sant Petersburgo–, donde acabaría hartándose del arribismo que percibía en el partido y la apatía entre la población (estamos hablando de 1920), como hizo saber al líder local (Zinoviev). Amenazado con la expulsión del partido, esto no hizo más que acentuar su defensa de la libertad de expresión, tema daría que hablar en la polémica que mantendría con el propio Lenin (verano de 1921).

Entretanto, en marzo de 1921 había estallado la rebelión de Kronstadt y el joven régimen, incluida su oposición, se vieron sometidos al dilema de cómo posicionarse. El orgullo de las revoluciones de 1905 y 1917, los marinos de la base naval de Kronstadt (véase la foto), no eran pese a todo muy representativos de aquella revolución vanguardista: generalmente de origen campesino, estaban muy politizados y en muchos casos eran estonios, letones o finlandeses, además de que una parte estaban allí en calidad de forzados por haber desbordado al Estado por la izquierda (majnovistas ucranianos, eseristas de izquierdas, etc.). Su programa de protesta, no lo olvidemos, reclamaba la uniformidad de las raciones de comida de toda la población (recientemente reducida, cosa que no perjudicaba tanto a los marinos de Kronstadt como a otros sectores), la libre producción de aquellas campesinas y artesanas que no tenían trabajadoras asalariadas y otras medidas de carácter más político: libre expresión para trabajadoras y revolucionarias, fin de la fiscalización política del partido sobre la tropa, el fin de la propaganda política del Estado, etc.

La vecina Petrogrado estaba viviendo la agitación de sucesivas huelgas y aquel levantamiento, condicionado precisamente por el rumor de que la represión de aquellas huelgas había sido más grave de lo que fue, no ayudaba. El paso de los marinos de presionar al partido a hacer prisioneros a aquellos que eran más fieles al partido que a sus compañeros convertiría el pulso en una insurrección; los líderes irían más allá de lo votado por la aplastante mayoría y esta no intentaría evitarlo, las anarquistas soviéticas intentaron mediar entre ambas partes, sin conseguir siquiera que las insurrectas confiaran en ellas.

Como a menudo ocurre en política, la apuesta fue a doble o nada: la rebelión de Kronstadt, sin casi apoyo de la población obrera, aislada por su posición geográfica y aislada políticamente por la falta de movilización organizada fuera del partido y por el rechazo de todo este, incluidas las decistas y la Oposición Obrera, recuperada para colmo por la propaganda contrarrevolucionaria, no facilitó una rebelión en Petrogrado que ampliara la revolución, así que la falta de reacción en esta ciudad facilitó la represión de Kronstadt, aislada del resto de la Unión, cosa que a su vez contribuyó a apagar las movilizaciones en Petrogrado.

Aplastada Kronstadt, pacificada Petrogrado, la oposición organizada se iría apagando y la espontánea nunca llegaría a ninguna parte. A principios de 1922, Miasnikov sería apoyado en su derecho a la libre expresión por la Oposición Obrera en la «Carta de los veintidós» a la KomIntern, pero dicha carta sería desautorizada, por recomendación de Clara Zetkin, Marcel Cachin y Vasil Koralov, como un «arma en contra del partido y de la dictadura del proletariado». Obviamente, no se trataba de otra cosa más que de la vieja concepción castrense, jacobina, anterior a Blanqui, de la revolución como obra de una vanguardia, minoritaria pero más ilustrada que el resto de la sociedad. Faltos de base social, los distintos grupos irían desapareciendo según la presión política en el partido y la presión represiva por lo demás neutralizaban a sus líderes, igual que la propia URSS desaparecería décadas después, demolida desde dentro. Así, a partir de 1922-1923, las decistas se unirían al polo trotskista (primero Oposición de Izquierdas, luego Oposición Unida, etc.), políticamente confuso, la Oposición Obrera se desactivaría y el Grupo Obrero, que precisamente en esta época se configuraba como tal, sería exitosamente aniquilado en la cuna con la persecución de Miasnikov: exilio, cárcel, confinamiento, …

Con la gran purga stalinista, no sólo sería asesinado Trotski en su exilio mexicano (1940), sino que los pelotones de fusilamiento darían buena cuenta ya antes, sobre todo en 1936-37, de los demás verdugos de Kronstadt (Zinoviev, Kamenev, Tujachevskiy), de la majnovshina y demás, igual que darían cuenta de las opositoras que persistían (todas, salvo Kollontai, que se había reciclado exitosamente como diplomática): Smirnov, Sapronov, Obolenskiy-Osinskiy, Shliapnikov, Medvedev, …

La posibilidad de un marxismo soviético fuera del «ordeno y mando» quedaba liquidada y la URSS seguiría cavando su propia tumba mientras sus dirigentes seguían maquinando unas contra otras (el mejor ejemplo sería la ejecución de Lavrentiy Beriia, tecnócrata represivo y mano derecha de Stalin, poco después de la muerte de este en 1953 y del llamado «juicio de Praga» o «caso Slánský»).

Enlaces del mes: Julio 2016

Como cada mes, recogemos aquellos artículos de otros medios que nos han parecido de interés para su lectura estas semanas del verano. Con el paso de los años corremos el riesgo de naturalizar situaciones sociales, principalmente en el ámbito laboral, que nunca debieran normalizarse. Porque vivir mejor es más eficaz, pero solamente posible con una verdadera democratización económica.

También hemos encontrado durante este mes algunos buenos artículos de análisis y opinión sobre las elecciones del 26-J. Es necesario centrarse en el posible efecto de despolitización introducida por este ciclo institucional. El problema no es de Podemos sino de todas y todos. Además, se ha organizado una dura polémica en torno a las recientes portadas de la revista satírica El Jueves.

La represión también nos ha sacudido este mes pasado, La ley Mordaza ha llegado ya a la Universidad, la ocupación del Rectorado de la UAB en 2013 ha tenido como consecuencia la petición de responsabilidades penales a estudiantes y docentes, además del destierro de la UAB por cinco años.

El mes de Julio está, además, marcado por la memoria histórica y prueba de ello son dos interesantes artículos, uno sobre los desconocidos brigadistas internacionales chinos en la Guerra Civil española. También un pormenorizado análisis del reconocido experto Agustín Guillamón sobre los comités de defensa y los órganos de poder en la Revolución social española.

Con el último atentado que sucedió en Niza (Francia) hemos vuelto a ver análisis de relaciones internacionales nada desdeñables, por ejemplo este de La Marea donde podemos deducir que aquello que tienen en común Daesh y los grupos xenófobos e islamófobos, es que los pueblos libres del continente europeo y el mundo islámico no se encuentren culturalmente. Por último, el pronunciamiento del movimiento kurdo sobre el golpe de Estado acaecido en Turquía.

El marxismo que no nos contaron (I)

Advertencia previa: la idea que tenemos del llamado «marxismo», entendido como el legado teórico y activista de Karl Marx y Friedrich Engels, está marcada por todas aquellas personas que se han llamado a sí mismas «marxistas», pero, sobre todo, por las más fuertes de ellas. Aquellas personas que han dirigido grandes organizaciones e incluso estados mientras se reclamaban marxistas han condicionado mucho más la manera en que entendemos este concepto que quienes, también reclamándose herederas de Marx y Engels, no han sabido, querido o podido poner a su servicio policías, ministerios y demás. Entre estas últimas destacan, a nuestro entender, una serie de figuras y grupos que no sólo no conquistaron el Poder con mayúsculas en ninguna parte, sino que defendieron un marxismo más o menos humanista que les supuso el rechazo del marxismo autoritario de Lenin y demás.

De estas últimas nos vamos a ocupar en esta serie de artículos en cuanto terminemos con una aclaración necesaria. ¿Qué es marxismo, preguntas, mientras clavas en mi pupila… ? No pretendemos entrar en farragosos debates sobre esto. En mi primer lugar, porque el propio Marx dijo aquello de «Yo no soy marxista» y hay pocas cosas más ridículas que ser más papista que el Papa. En segundo lugar, porque si existen debates de ese tipo es porque algo aportaron aquellos alemanes barbudos (tendemos a olvidarnos de Engels, como una especie de mero soporte para su socio), de modo que incluso las interpretaciones más diferentes tienen en común algunos puntos: la consciencia de que existen clases distintas en casi todas las sociedades, la de que existen intereses opuestos, concretamente, entre quienes tienen su capacidad o fuerza de trabajo y quienes tienen los medios con que aquellos pueden generar riqueza o la de que los explotadores tienen un interés en que las cosas continúen así, mientras los trabajadores (se paren a pensarlo o no), si utilizaran su fuerza numérica para parar el sistema de clases y establecer otro sin ellas, saldrían beneficiados –como mínimo, en términos de estabilidad económica y racionalización económico-política– y la de que la historia no necesita de ningún destino, providencia o dios: mientras no se demuestre lo contrario, ocurre aquello que hacemos o permitimos que ocurra.

Advertencia ortográfica: en esta serie de artículos hablaremos también de personas (sobre todo, rusas, aunque no únicamente) cuyos nombres se escriben en otros alfabetos. Hay diferentes convenciones a la hora de pasarlos al nuestro, nosotros hemos decidido evitar anglicismos o galicismos y no poner kh pudiendo poner j ni recortar el diptongo [i + i breve] (muy común en ruso) a i ni a y, sino iy, asi que leeréis «Trotskiy», «Kerenskiy», etc.

Estábamos avisadas.

La discusión, ya planteada desde fuera del marxismo antes de la revolución rusa (y por la sección belga de la AIT, que nunca fue netamente marxista ni proudhonista o bakuninista, ni libertaria ni autoritaria) se reproduce entre las filas marxistas inmediatamente después del triunfo de  la revolución de 1917.

Rosa Luxemburg y sus compañeras del grupo Spartacus (Karl Liebknecht, Clara Zetkin y Otto Rühle son las más conocidas) toman nota del creciente poder del liderazgo bolchevique y, desde el respeto por la lucha que este dirige contra las potencias extranjeras y las contrarrevolucionarias del interior, señalan –estamos en 1918– cómo la gestión de la revolución no está fortaleciendo a la clase trabajadora, sino a esa vanguardia dirigente. Puede parecer una cuestión de detalles, pero la propia Rosa aclara, desde la cárcel, que la ocasión que brinda la revolución es la de ofrecer a la clase un Poder cada vez más transparente y del que puedan responsabilizarse cada vez más. La práctica bolchevique irá en sentido contrario a esta necesidad de empoderamiento proletario, pese a lo que daba a entender su discurso anterior. Por «discurso anterior» nos referimos a los siete meses previos a la revolución llamada de octubre (noviembre, en nuestro calendario), en que tanto la publicación por Lenin de sus Tesis de abril como la consigna principal de la fracción bolchevique del POSDR («¡Todo el poder a los soviets!») apelaban al poder proletario y popular, en la línea más cercana al anarquismo jamás vista en el POSDR.

Existía una clara contradicción entre la práctica leninista y su anterior crítica del blanquismo –recordemos que Louis-Auguste Blanqui, como otros luchadores de su época, había sido un adalid de las revoluciones lanzadas por una vanguardia minoritaria, pero con decisión e ideas claras–. Se había criticado el blanquismo como un aventurerismo que, en lugar de hacer de los trabajadores un sujeto histórico vencedor, les convertía en carne de cañón de una minoría bienintencionada para con ellos. En la práctica, la política de Lenin parecía ser exactamente esa línea blanquista y algo parecido, con palabras más amables, fue lo escrito por Anton Pannekoek –prestigioso astrónomo holandés y probablemente el mayor exponente del marxismo de izquierdas, sobre todo del germano-holandés– en su artículo de 1920 «El nuevo blanquismo». Aquí el concepto marxista de «dictadura del proletariado» ya está claramente en el centro de la polémica: las dirigentes bolcheviques (el texto se dirige específicamente a Karl Radek, pero vale para todas, empezando por Lenin), por haber sido capaz de movilizar a más personas trabajadoras que nadie y de neutralizar casi sin resistencia al régimen burgués de Kerenskiy, creen ser –con cierta lógica– la vanguardia del proletariado ruso y creen, por extensión –con una lógica ya mucho más retorcida– ser el proletariado a secas y poder tomar sus decisiones. Lo que en el contexto de la guerra mundial y guerra civil podría ser un imperativo de tomar rápidamente decisiones enormes se convierte en una práctica política central en la política soviética y que durará tantos años como la URSS (más de setenta). El retorno a la apatía de un número creciente de trabajadores, su desmovilización y desencanto con las organizaciones surgidas de la revolución o en torno a ella, viene a decir Pannekoek, muestra, al contrario, que el liderazgo de esa vanguardia es cada vez menos el liderazgo de las bases y, por lo tanto, del conjunto de la clase trabajadora.

Los dirigentes soviéticos no eran ajenos a este debate y la mejor prueba es la réplica de Lenin en La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, de 1920. El debate, claro, continúa, mientras en torno al núcleo germano-holandés surgen el KAPD (Partido Comunista Obrero de Alemania) y el KAPN, cuyo eco en Bulgaria sería el Partido de los Trabajadores Comunistas de Bulgaria y del núcleo británico del periódico Workers’ Dreadnought, el CWP (Partido de los Trabajadores Comunistas). No está de más decir que la líder prominente de este grupo británico es Sylvia Pankhurst, conocida por su implicación en el movimiento sufragista que no siguió los pasos conservadores de su madre Emmeline o su hermana Christabel. Su hermana Adela, una de las fundadoras del Partido Comunista de Australia, también sería rápidamente expulsada del partido por sostener posiciones izquierdistas, pero ella no persistiría en ellas (al contrario, volvería a la socialdemocracia y, en sus últimos años, giraría hacia un nacionalismo australiano fascista). De hecho, el Workers’ Dreadnought era la versión rebautizada del periódico antes llamado Women’s Dreadnought. Hermann Gorter, otro destacado miembro del consejismo germano-holandés, miembro del KAPD y amigo personal de Pannekoek, escribiría una Carta abierta al camarada Lenin en respuesta a su diagnóstico que publicaría precisamente el Workers’ Dreadnought ya en 1921.

Las críticas de estos grupos, por duras que sean, se hacen siempre desde el respeto e incluso la simpatía hacia las organizaciones soviéticas, pero es cada vez mayor la dificultad de posicionarse en un tema sin traicionar ni a estas ni a quienes, al contrario, quieren hacer una revolución mejor. Acabarán por coordinarse en una Internacional Comunista de los Trabajadores que durará pocos años, atrapada entre la dificultad de crecer, el desgaste de sus grupos (también relacionado con polémicas internas) y, en casos como el búlgaro, la represión.

Este intento de cuarta internacional tendrá un eco sorprendentemente escaso en un país como Italia, que parecería propicio. Aquella tierra en cuyas ciudades industriales florecieron las asambleas de fábrica e incluso incipientes soviets (1919-1920) dará un PCI que se convertirá en un referente en el ámbito prosoviético, pero cuyos consejistas estarán particularmente desorganizados. Amadeo Bordiga, fundador del PCI, tardará años en decantarse en ese creciente dilema entre el espíritu de la revolución rusa y las gestoras de ese espíritu, hasta excluirse de su dirección (1924) y ser oficialmente excluido del partido, siendo entretanto sobrepasado por el leninista Gramsci, que sigue siendo considerado por muchas un leninista heterodoxo o incluso la figura de un equivalente italiano de Lenin, más que la de un seguidor o discípulo. Otro fundador del PCI convertido en heterodoxo y crítico del leninismo –quizá a su propio pesar– será Bruno Rizzi, de quien nos ocuparemos más adelante.

En la foto, la proclamación en Estrasburgo de la República de los consejos o soviets de Alsacia (9-22 de noviembre de 1918).

Los Pacifistas de la Revolución: Simone Weil y Melchor Rodríguez

“Un abismo separaba a los hombres armados de la población desarmada, un abismo semejante al que separa a los pobres y a los ricos. Se sentía en la actitud siempre algo humilde, sumisa, temerosa de unos, en la soltura, la desenvoltura, la condescendencia de los otros.” Simone Weil describió así la sociedad revolucionaría que se alcanzó el 19 de Julio en Barcelona y que pese a haber abolido la división de clases sociales en base al capital, mantenía una nueva división en base a quienes portaban las armas y  monopolizaban el uso de la violencia según su criterio.  Es una versión desconfiada y crítica de las milicias a las que perteneció y por las que admite que sintió un auténtico amor fraternal y espíritu de lucha por una causa sumamente justa, pues por fin tuvo oportunidad de ayudar a las capas despreciadas de la jerarquía social por las que siempre había sentido gran simpatía (desde una posición acomodada, eso sí), por fin les apoyaría en su legítima defensa.

Esta descripción viene dada por su misiva a Georges Bernanos, simpatizante del bando fascista que después de presenciar las matanzas a campesinos consentidas por la iglesia y los terratenientes, mostró su repulsa hacia los militares en Los Grandes Cementerios Bajo la Luna, esta lectura animó a Weil a escribir a Bernanos de manera que cada uno hace crítica de la violencia ejercida por su propio bando.  Aun así Weil deja ciertas inexactitudes que se explican al final de la carta. Inexactitudes que pretendían deshumanizar a Durruti.

Ella parte de un pensamiento similar al de Tolstoi que sin renunciar a la religión exige justicia social, el empoderamiento de la clase trabajadora y un pacifismo a ultranza. Su empatía con los pobres venía dada por una sensibilidad enorme ante el dolor ajeno. Se dice que rompió a llorar al enterarse de la hambruna que asolaba China.  Esta sensibilidad le llevó a incorporarse en asociaciones comunistas francesas y participar en la Revolución Social Española junto a las milicias anarquistas aunque no se atrevió a disparar el fusil, sí que sufrió el terror de los bombardeos fascistas. Fue un calvario para ella contemplar la guerra tan de cerca, también le disgustaba la violencia en la retaguardia y los malos tratos que recibieron algunos religiosos. Ella fundamentaba su moralismo en la religión aunque al igual que Tolstoi, se distanció de la iglesia y fue muy crítica con ella. “Si se fijara en las puertas de las iglesias un cartel diciendo que se prohíbe la entrada a cualquiera que disfrute de una renta superior a tal o cual suma poco elevada, yo me convertiría inmediatamente”.

Tuvo que volver a Francia tras herirse, no por la guerra  sino por un accidente bastante torpe con una sartén. Volvió con intención de regresar pronto para ayudar a sus compañeros pero abandonó esta idea al darse cuenta de que ya no era una guerra por la dignidad del pueblo español sino que se había convertido en una guerra entre Rusia, Alemania e Italia. Todos sabemos que tras la derrota el movimiento libertario quedó reducido a cenizas y Simone Weil nunca más tuvo contacto con él. Tuvo que huir de la ocupación nazi y ya sólo se dedicó a cuestiones de filosofía y teosofía que aquí no nos son relevantes. Con estas inquietudes murió de tuberculosis bastante joven sin llegar a ver la caída del nazismo. Aun así dejó textos de interés para nosotros como La Condición Obrera, La Supresión General de los Partidos y Reflexiones sobre las Causas de la Libertad y la Opresión Social.

 Por otro lado, en Madrid estaba Melchor Rodríguez ejerciendo de delegado de prisiones por mandato de Juan García Oliver, entonces ministro de justicia. Melchor siempre había luchado por los derechos de los reclusos, incluso los de ideología contraria. Desde que comenzó su militancia en la CNT consideraba esta lucha una prioridad para los principios libertarios, por ello sufrió largos años de cárcel en todos los regímenes que vivió. Durante la guerra aprovechó su cargo para detener las sacas de presos en las cárceles de Madrid y los linchamientos en la de Alcalá, permitió la huida de reclusos a territorio enemigo o les dio refugio y frenó las ejecuciones masivas de Paracuellos, todo esto le llevó a jugarse la vida en varias ocasiones y enfrentarse a los dirigentes comunistas que le acusarían de ser un traidor fascista. Tras la retirada en avión de estos que le acusaron de traición le tocó ser brevemente Alcalde de Madrid, último alcalde de la República y responsable de la rendición de Madrid.  Toda esta actividad le salvó la vida tras la derrota; el testimonio de la gente que había salvado, algunos de ellos importantes militares fascistas, le permitió eludir la pena de muerte y reducir sus años de cárcel. Le ofrecieron un puesto en el sindicato falangista y buenos empleos, pudo optar por los privilegios de la dictadura pero decidió vivir con austeridad y seguir su militancia «normal», esta vez defendiendo la vida de los presos de su propio bando, lo que le llevó de nuevo a la cárcel. Su funeral, aun bajo el franquismo, fue un hecho insólito en la historia; reunió a las dos Españas de forma pacífica, anarquistas y falangistas en el mismo lugar. Los vencidos cantaron A Las Barricadas y los vencedores le dedicaron una oración. Todo sin ningún incidente. Sobre su féretro dejaron una bandera rojinegra y un crucifijo.

A diferencia de Simone Weil, Melchor Rodríguez nunca fue religioso, fue obrero desde muy joven y no se interesaba por cuestiones teóricas o filosóficas, sino por la acción real. Es posible que nunca leyera a Tolstoi pero curiosamente puso en práctica las directrices morales y pacifistas que Tolstoi teorizó y no tuvo oportunidad de llevar a la práctica. «Sólo hay una manera de poner término al mal, y es el devolver bien por mal», «Se puede morir por las ideas, pero nunca matar por ellas«. Demuestra así que la integridad moral no depende de la religión ni tampoco de la erudición. Su pacifismo era real y no sólo de palabra, lo que le sitúa por encima de Weil, de Gandhi y del típico discurso de la piedad cristiana. Creo que no es exagerado considerar a Melchor el mayor pacifista de la historia. Su personalidad se ha ocultado durante demasiadas décadas pues no interesa romper el viejo mito del anarquista enloquecido que va lanzando bombas y quemando iglesias por ahí. No interesa dar a conocer una buena cara del anarquismo. Afortunadamente hay un documental reciente que ha transmitido su historia a un gran público y además el Ayuntamiento de Madrid ha decidido por unanimidad otorgarle una calle. Ahora que algunos partidos pretenden aprovechar esta figura histórica es importante reivindicar que era uno de los nuestros, un anarquista y de la CNT hasta el final. Es importante destacar estas personalidades como muestra del humanismo que siempre ha estado presente en el movimiento. Pues el anarquismo sin humanismo no sería más que una rabieta adolescente.

Algunas reflexiones en torno al poder y la institucionalidad a 80 años de la Revolución Española

Muchos compañeros caen en el error de considerar el movimiento como una escuela de propaganda en que se repiten los principios, y no como una oficina de investigación y experiencia, vuelta a la vida (…) Es necesario que todos los compañeros consideren el propio trabajo como un fecundo campo de observación y de reflexión…

(Camilo Berneri. “la Revue Internacionale Anarchiste” París, 1929)

Mucho se ha escrito, polemizado y reflexionado en torno a la gran gesta del proletariado español en estos 80 años desde sus inicios, pero la posibilidad que brindan los aniversarios “redondos” de retomar ciertas miradas, no sólo reivindicadoras o nostálgico-retrospectivas sino fundamentalmente crítico-analíticas es sumamente tentadora. Máxime cuando se trata de una experiencia tan rica y compleja que tanto tiene para aportar en función del desarrollo de una praxis emancipatoria para los tiempos que corren.

Este escrito intentará hurgar a modo de aproximación y desde una perspectiva libertaria amplia, sobre algunos temas que se desprenden del derrotero de la revolución española y en especial del proceder del anarquismo español y que pueden ser tomados como disparadores para analizar en nuestro contexto histórico actual. Cuestiones relacionadas a la composición y sustentación de los poderes contrahegemónicos y la relación entre institucionalidad dominante e institucionalidad de nuevo tipo, atraviesan este texto a modo de análisis, interrogantes e hipótesis, intentando generar algún aporte constructivo.

Del poder y sus configuraciones

Antes de meternos de lleno en el tema en cuestión, se nos hace necesario precisar algunas definiciones conceptuales a los fines de utilizarlas como insumo para el trabajo.

Si entendemos por poder a toda relación social que se ejerce entre sujetos o fuerzas sociales, que se presenta como dinámica, puesto que está todo el tiempo recreándose y que se manifiesta a través de prácticas sociales concretas, podemos concluir entonces, que toda práctica social que permite que el poder se construya y circule sin que sea apropiado o monopolizado opresivamente por nadie en particular y que extienda la reciprocidad de manera generalizada, constituye la base de lo que podemos denominar poder social. Por el contrario, prácticas sociales que impiden tal circulación, que concentran y se cristalizan en sujetos, instituciones, lógicas, mecanismos y dispositivos, que externalizan, alienan y producen asimetrías en las relaciones sociales, constituirían la plataforma de lo que conocemos como poder dominante o directamente dominio o dominación.

Estas nociones son importantes entre otras cosas para entender, repetimos, el carácter relacional del poder que determina a su vez, su carácter de ejercicio y no de objeto que se puede tomar o, dicho en términos foucaultianos, nos implica visualizar “la multiplicidad de relaciones de fuerzas inmanentes y propia del dominio en los que se ejercen y que son constitutivas de su organización.”[1] También para constatar su carácter productivo, estratégico y conflictivo y no meramente coercitivo, represivo y estático. Por supuesto no es intención de este trabajo agotar la profundidad de un tema tan multifacético, pero se hacía necesario dejar sentado, aunque sea a grandes rasgos, desde dónde nos vamos a situar para encarar las subsiguientes reflexiones.

Dicho esto, nos interesa ahora abordar las distintas configuraciones que se plantean desde la dimensión del poder social y ver cómo se manifestaron en la experiencia española, así como analizar a su vez, qué actitud tuvieron los anarquistas al respecto. Partiremos de tres categorías configurativas que nos parecen claves para entender los procesos revolucionarios, que vemos que pueden estar interrelacionadas, pero que a su vez tienen características distintas y específicas.

La primera de ellas es la de Poder Popular que implica la construcción por parte de las clases oprimidas y explotadas de su propia fuerza social alternativa y antagónica y que confronta al de las clases dominantes, instituyendo una cultura y una subjetividad, así como también, espacios, territorios, mecanismos y organismos que prefiguren y sustenten un proyecto de sociedad nueva, y libre… Así “el Poder Popular pone en marcha un nuevo ethos, un nuevo hábitat, una configuración alternativa de sentidos, significados, lenguaje, valores, normas y estructuras compartidas. En pocas palabras, este poder colectivo crea otro mundo posible, un mundo distinto que se enfrenta al que conocemos, al mundo de la mercancía y del dominio que genera miseria, exclusión, privilegios, discriminación, muerte. Por eso el Poder Popular es una praxis que en la misma medida en que va transformando los lugares de vida de las personas, crea un bloque contrahegemónico, un bloque que entra en confrontación directa con el orden imperante. Como proceso, el Poder Popular sabe que el camino es largo, pero tiene la fortuna de estar creando una nueva sociedad con cada conquista del pueblo.”[2]

Un aspecto importante a tener en cuenta es que el Poder Popular como tal, en tanto proceso, se constituye tanto antes, durante y después de un contexto de ruptura revolucionaria. Por lo tanto el Poder Popular o autogestivo en términos libertarios, acumula fuerzas, prefigura, disputa y construye un nuevo marco de relacionamiento y articulación social y se proyecta para intentar a llegar a ser lo más amplio posible, es decir para abarcar la totalidad social y no sólo ser un “islote de libertad”.

La otra configuración, la del Poder Local, resumidamente, se sostiene sobre la constitución de ámbitos concretos territoriales donde se desarrolle capacidad de autoactividad social de manera alternativa y en disputa con la institucionalidad dominante. Se trataría de las llamadas “zonas liberadas” pero que no se articulan a priori en tanto microespacio con un proyecto global contrahegemónico. En este sentido, podemos decir, que el Poder Local es abarcado por la idea de Poder Popular, pero como vimos, éste último, no se limita sólo a una localización territorial, aunque ésta sea importante.

Por último, el Doble Poder se nos presenta como el proceso en el que coexisten de manera conflictiva, transitoria e inestable dos estructuras de poder antagónicas e incompatibles que asumen para sí la legitimidad social y que entran en disputa, ahora sí, en una situación de crisis revolucionaria. Y justamente, por su carácter transitorio e inestable (dada la imposibilidad de coexistencia duradera y pacífica de las fuerzas y organismos en pugna) implicaría una resolución de corto plazo, sea por la reimposición del orden instituido dominante o por su desplazamiento por parte del organismo alternativo de las fuerzas revolucionarias. Podemos rastrear distintas experiencias de crisis sistémicas en la historia en donde se ha sustentado esta configuración de organismos antagónicos, aunque también distintas fueron las formas de su resolución.

Es importante agregar, al igual que lo hicimos con respecto al Poder Local, que el Doble Poder no es contradictorio al Poder Popular. El Doble Poder deviene o puede devenir de una construcción de Poder Popular previa, pero como dijimos, éste (el Poder Popular) abarca otros elementos y que en su constitución no necesariamente implica la conformación de un organismo articulador integral y totalizante, (desde otras corrientes y desde otras visiones de lo que esto implicaría, hablarían de Estado) aunque puede prefigurarlo, así como tampoco es necesaria una situación o crisis revolucionaria para su desarrollo.

Ahora bien, ¿para qué nos sirve visualizar estas configuraciones en el caso español? En principio para entender que todas, de manera combinada, se han manifestado de manera concreta, transitoria o en estado de latencia y que pocas veces se ha señalado su importancia conjunta a los fines de analizar de mejor manera los avatares que ha tenido esta experiencia, fundamentalmente en su etapa revolucionaria.

En esto tenemos que decir que históricamente el anarquismo ha tenido posiciones ambivalentes con respecto al tema del poder y sus derivados, aunque si nos remitimos a uno de sus clásicos referentes, bien vale señalar que se encuentra bastante en sintonía con lo que venimos esgrimiendo más arriba. Decía Mijail Bakunin: “es cierto que hay [en el pueblo] una gran fuerza elemental, una fuerza sin duda alguna superior a la del gobierno y al de las clases dirigentes tomadas en su conjunto; pero una fuerza elemental no es, sin organización, un poder real. Sobre esta innegable ventaja de la fuerza organizada respecto de la fuerza elemental del pueblo se basa el poder del Estado.”[3] Y en otro texto agrega; “sin una organización preparatoria, los elementos más poderosos, se vuelven impotentes y nulos.”[4]

Claramente Bakunin, con estas afirmaciones, no sólo toma en consideración la cuestión del poder, sino que además esboza una posición con respecto a la importancia estratégica de la organización y de la construcción de Poder Popular para una proyección revolucionaria.

Ahora, yendo al caso español, ¿tenían los anarquistas españoles una definición y una estrategia de este tipo? A pesar de lo que han indicado ciertos analistas e historiadores, diremos que sí la tenían, nada más que no la llamaban de esa manera. Efectivamente el anarquismo español, en años de construcción y lucha a través de su organización de base proletaria, la CNT, “logró que su cosmovisión, su cultura, fuera aceptada por grandes capas de la población obrera de la época. Y así fue creando una contrahegemonía, que la gente de la época entendía como una “sociedad paralela”, una sociedad en construcción, un pueblo en movimiento. Esta sociedad nueva se basaba en la acción sindical y social de los sindicatos y sociedades obreras, en la acción cultural de los ateneos y escuelas racionalistas, en la incansable propaganda de su prensa y sus revistas (…) que crearon un magma enorme de iniciativas libertarias”. [5]

Y todo esto sumado a las intensas luchas y movimientos insurreccionales que alborotaron todo el período previo al contexto de 1936 (enero de 1932 en Alto Llobregat y Cardoner, enero de 1933 en Casas Viejas, Noviembre de 1933 en Aragón, Rioja y Zaragoza, 1934 en Asturias) en donde en muchos casos se intentaron ensayos de comunismo libertario que fueron duramente reprimidos. Eduardo Colombo señala que: “Las luchas de este período refuerzan el arraigo popular, obrero y campesino del anarquismo pero al mismo tiempo polarizan contra él tanto a las instituciones de la República como a las clases dirigentes. (…) [Esto] determinará o al menos influirá fuertemente el destino del movimiento revolucionario que comienza el 19 de julio de 1936. (…) Así las realizaciones revolucionarias de los trabajadores españoles fueron el resultado del arraigue ideológico y organizacional del anarquismo. El pueblo en armas comienza a poner en acción un “proyecto” al cual el largo período insurreccional – lo que se llamó la “gimnasia revolucionaria”- había dado la dimensión imaginaria favorable para su concretización.” [6]

Entonces, construcción, lucha y reflexión fueron la antesala de lo que finalmente se terminó desarrollando en el contexto revolucionario que siguió a la derrota primaria del levantamiento golpista de las fuerzas fascistas. De hecho la CNT (a diferencia de lo que han planteado algunos autores) tenía un programa aprobado en un Congreso Confederal celebrado en Zaragoza dos meses antes del levantamiento militar de Franco (mayo de 1936), y en donde se establecen ciertas resoluciones que tocan cuestiones relativas a un proceso revolucionario que se veía como venidero y en donde se elaboran radios de acción muchos de los cuales fueron desarrollados en la lucha siguiente así como otros fueron modificados en el transcurso de la contienda.

Derrotada la primera intentona reaccionaria y comenzada la etapa revolucionaria, emergen de manera más clara las distintas combinaciones de poder social y según las distintas perspectivas, las distintas formas de sustentación y resolución…”Allí donde la insurrección (de las fuerzas golpistas) fue aplastada, no resultó la única vencida. Entre su ejército rebelado y las masas populares armadas, el Estado republicano había saltado en pedazos. El poder se había literalmente desmoronado y, en todos los lugares en que los militares habían sido aplastados había pasado al pueblo, donde grupos armados resolvían sumariamente las tareas más urgentes. (…) Cierto es que el gobierno republicano existía, y que ninguna autoridad revolucionaria se levantaba como rival declarado de la suya en esa zona que los corresponsables de izquierda bautizaron muy rápidamente con el nombre de “zona leal”. (…) Sin embargo poco a poco, entre las gentes que se habían lanzado a la calle y el gobierno fueron apareciendo órganos de poder nuevo que disfrutaban de una autoridad real y se apoyaban, a menudo, tanto en el gobierno como en la fuerza popular. Éstos fueron los innumerables comités locales y, en la escala de las regiones y de las provincias verdaderos gobiernos. En ellos residía el nuevo poder, el poder revolucionario que se organizaba apresuradamente para hacer frente a las enormes tareas inmediatas y remotas, la realización de la guerra y la reanudación de la producción en plena revolución social. (…) Todos los comités, cualesquiera que fuesen sus diferencias de nombre, de origen, de composición, presentaban un rasgo común fundamental. Todos, en los días que siguieron a la sublevación, se apoderaron localmente de todo el poder, atribuyéndose funciones lo mismo legislativas que ejecutivas, decidiendo soberanamente en su región (…) [y su] autoridad se apoyaba en la fuerza de los obreros armados y a los cuales de buen o mal grado obedecían los restos de los cuerpos especializados del antiguo Estado.” [7]

Esta larga cita que transcribimos del importante trabajo de Pierre Broué y Émile Temime, nos parecen fundamentales en este caso para observar la configuración de los poderes locales en el inicio de la situación revolucionaria y como posibilidad de sustentación del doble poder, dentro de los cuales la CNT y su denominada minoría activa, la FAI, tuvieron un rol protagónico en muchas zonas (particularmente en Barcelona) habida cuenta del peso mayoritario que representaba la central anarcosindicalista con respecto a las otras fuerzas político-sociales. Ahora bien, prosiguen los mencionados autores: “Lo que era verdad a escala local ya no lo era totalmente a escala regional, donde se enfrentaban o coexistían poderes de origen diverso.” [8]

Efectivamente, el proceso iniciado había generado una situación de dualidad de poderes, uno real, el de los comités, el pueblo en armas y el de los distintos organismos sostenidos por las fuerzas proletarias. Y uno “legal” de los todavía y aunque prácticamente desarticulados restos del Estado republicano. Pero la posibilidad de constitución de una estructura articuladora de esas iniciativas locales a nivel regional y luego a nivel nacional que pusiera en jaque definitivo y terminal a las instituciones del régimen burgués y que cuajara en una definición de doble poder revolucionario y de carácter superador se vio truncada por las posiciones de ciertos referentes anarquistas. Si bien en algunas regiones, particularmente en Cataluña se habían generado organismos que se podrían caracterizar como constitutivos de poder dual, por caso el Comité Central de Milicias Antifascistas (CCMA), después de un período corto de inestable equilibrio conflictivo, terminó amoldándose a una coexistencia “reconocedora” de la Generalitat ( de ahí que Broué y Temime lo caractericen como un organismo “hibrido”) que prácticamente determinó una semi integración con ésta última, para luego directamente terminar disuelto, fortaleciendo nuevamente el aparato estatal.

Dice Jesús Aller que en Cataluña “se da una situación paradójica de que los que controlan las calles y podían tomar el poder en sus manos rehúsan a hacerlo, mientras que los que anhelan gobernar carecen de medios para ello. Esta incongruencia se resuelve con un pacto que da lugar a la creación del CCMA formado con participación de todos los partidos y sindicatos, y destinado a encarar los graves problemas planteados. Desde el primer momento este organismo arrastra la tensión de ser considerado por unos un gobierno revolucionario y autónomo, y por otros un mero instrumento de la Generalitat. Ésta que sobrevive al estallido conserva atribuciones (…) y comienza a maniobrar para recuperar el poder. (…) La situación entraba en un callejón sin salida, (…) a finales de agosto [del `36] un pleno del movimiento libertario catalán admite participar en el gobierno y liquidar el CCMA, [que finalmente se concreta el 10 de setiembre]. (…)[Pocos días después] comienza a plantearse también la posibilidad de que la CNT entre en el gobierno de Madrid, [que se consumaría en noviembre con Largo Caballero] lo que refuerza los pasos que se daban en Cataluña. (…) Lo que en la prensa libertaria se publicita entonces como un golpe definitivo al Estado, que habría pasado a ser una simple fachada, significará en realidad el comienzo del fin, un estrangulamiento progresivo del poder de los comités y un robustecimiento paralelo de la maquinaria gubernamental”. [9]

Las líneas precedentes nos dan pié para formular nuevamente la idea de que si bien existió una construcción previa de poder popular confirmada en años de organización y lucha, que se sustentó en el contexto revolucionario con el poder de los comités locales, que a su vez configuraron una situación latente de doble poder, que para algunas regiones estableció la competencia conflictiva entre organismos adversarios; lo que no se logró (y particularmente ciertos referentes anarquistas no permitieron) fue resolver esta situación en los términos de la desarticulación de la estructura dominante y la puesta en dinámica de una nueva articulación instituyente de carácter revolucionaria e integral. Alguno, desde una perspectiva simplista diría, “no se tomó el poder”, ahora, si como venimos argumentando, sostenemos una visión no instrumental del poder y si no reducimos el poder simplemente a los aparatos del Estado, lo que podemos decir es que lo que no se resolvió finalmente fue la configuración superadora del ejercicio disperso de los poderes que efectivamente se ejercían en acto, en los hechos y de hecho como dijimos, a través de los comités, colectividades y otros organismos revolucionarios. Y esto no implicó una simple claudicación sin más, esto denotó, entre otras cosas, una mala caracterización del proceso que se estaba gestando así como una errada conceptualización por parte de los dirigentes cenetistas y faístas de la compleja relación entre poder e institucionalidad.

De la institución y las instituciones

Toda relación de poder implica, dijimos, su manifestación en determinadas prácticas sociales. Y esas prácticas instituyen formas, lógicas y mecanismos. También dijimos que de acuerdo a cómo se manifiesten o una vez más, a cómo se instituyan esas prácticas, sus formas y contenidos pueden hacer lugar a la posibilidad de un poder colectivo no monopólico ni opresivo o por el contrario puede configurar una instancia regida bajo los cánones de la dominación.

Ejemplos de la primera opción podrían ser los consejos y comités que fueron surgiendo al calor de las jornadas que se sucedieron a partir del 19 de julio de 1936 en España, así como la forma federativa de articulación, histórico bastión propuesto por el anarquismo. Y seguramente el ejemplo paradigmático de la segunda opción sea el Estado. Al respecto dice Eduardo Colombo: “El Estado existente, real e institucional, no es reducible (solamente) a la organización o al conjunto de los “aparatos de Estado” que lo componen.(…) Para existir el Estado exige la organización del mundo social y político sobre su propio modelo o paradigma que a su vez supone una cierta idea de poder como causa.(…) La sociedad se instituye como tal elaborando un mundo de significaciones en un proceso circular por el cual “el hacer” y el “discurso”, la acción y el símbolo, se producen mutuamente. En esta perspectiva, la organización del poder social bajo la forma Estado delimita el espacio de lo social en función de una “significación imaginaria central” (que nunca es neutra ni inerte) que reorganiza, redetermina, reforma una cantidad de significaciones sociales ya disponibles (en un contexto histórico determinado) y con esto mismo, las altera, condiciona la constitución de otras significaciones y acarrea efectos sobre la totalidad del sistema”. Y concluye: “Con la alienación del poder nace el poder político dominación que es, en realidad, el resultado de la expropiación de la capacidad simbólico-instituyente (del todo social) por una minoría, clase o grupo especializado. La instancia política se autonomiza”. [10] El Estado está ahí.

Tomando en cuenta esto, podemos llegar a los siguientes razonamientos; que toda relación de poder en tanto se manifiesta en prácticas sociales, instituye, de acuerdo a su configuración, determinadas formas sociales. Porque instituye, configura institución, por lo que, así como no podría existir sociedad sin poder (o sin relaciones de poder) porque éste es intrínseco e inmanente a lo social, tampoco existiría sociedad sin institución. Y a su vez, así como no toda relación de poder configura dominación per se, no toda institución configura necesariamente Estado.

Profundizando, dice Cornelius Castoriadis: “Lo que mantiene unida una sociedad es su institución, la compleja totalidad de sus instituciones particulares (en tanto instituciones explícitas de poder), lo que yo denomino la “institución de la sociedad como un todo”. El vocablo “institución” tiene aquí el sentido más amplio y más radical: normas, valores, lenguaje, útiles, procedimientos y métodos para afrontar cosas y para hacerlas, así como para hacer al individuo mismo desde luego”. [11] En otro texto agrega: “El ser social de la sociedad está constituido por las instituciones (en tanto creación social-histórica del colectivo anónimo) y las significaciones imaginarias sociales que esas instituciones encarnan y a las cuales dan existencia social efectiva”. [12]

Ahora, esto no necesariamente indica que una sociedad esté condenada a enajenarse en sus propias instituciones (como puede llegar a suceder con el Estado). Un proyecto revolucionario que se sostenga sobre una idea de una sociedad autogestiva en sus más amplias dimensiones, que rompa con el status quo de la dominación, implica, entre otras cosas, “la aspiración a una sociedad que sea capaz de renovar permanentemente sus instituciones (…) una sociedad que se autoinstituya explícitamente, de manara continua y no de una vez y para siempre”. [13] Y para eso, debe poner siempre en tensión la dimensión instituida y la dimensión instituyente de las configuraciones que lo constituyen, sin que una predomine sobre la otra, así como también la unión y tensión de la historia ya hecha y de la que se está haciendo.

En sintonía con esto podemos decir que el anarquismo (amén de lo que digan muchos de sus críticos e incluso también algunos anarquistas) nunca subestimó la necesidad de instituciones aunque claramente no desde un formato y una lógica que cristalice lo instituido y sea productor y reproductor de dominio como es el Estado. Sin ir más lejos, allá por 1924, Errico Malatesta decía lo siguiente: “La revolución es la creación de nuevas instituciones, de nuevos agrupamientos, de nuevas relaciones sociales, la revolución es la destrucción de los privilegios y de los monopolios; es un nuevo espíritu de justicia, de fraternidad, de libertad, que debe renovar toda la vida social, elevar el nivel moral y las condiciones materiales de las masas llamándolas a proveer con su trabajo directo y consciente a la determinación de sus propios destinos”. [14] Y unos años antes Bakunin ya planteaba que “las revoluciones siempre han sido preparadas por un largo trabajo de descomposición y de nueva formación”. [15]

Nuevas formaciones o nuevas instituciones de las cuales el anarquismo ha sabido dar algunas propuestas. Seguramente, como hemos dicho más arriba, el federalismo, desde un punto de vista socialista y revolucionario, haya sido uno de los aportes con el que más han insistido, tanto para una etapa prefigurativa, como para el momento de constituir una nueva forma de articulación social posrevolucionaria que coarte o limite lo máximo posible el desarrollo de la dominación en todas sus facetas. Federalismo que no comprende la mera descentralización fragmentaria como plantean sus críticos, sino que pone en relación dialéctica ésta dimensión, con la necesaria centralización organizativa a los fines de un proyecto común y orgánico y de una operatividad lo más óptima posible en el marco de una sociedad que se autoinstituye.

Todas estas referencias teórico-políticas, nos sirven para afirmar que el anarquismo en tanto corriente de praxis emancipatoria, si bien no comprende un corpus teórico-práctico uniforme, homogéneo y lineal, sí ha desarrollado a lo largo del tiempo y comprometido con éste, una serie de lineamientos que claramente lo distinguen de otras corrientes políticas. Y esos lineamientos por los cuales hemos intentado bucear, no fueron los que comprometieron el derrotero de la revolución española, como tampoco creemos que hayan sido los del anarquismo español en particular tomado en su conjunto. Claramente, reiteramos, ponemos el énfasis sobre la responsabilidad de ciertos referentes del anarquismo español sobre los caminos tomados que conllevaron al ocaso de una de las experiencias más importantes de posibilidad revolucionaria llevada adelante por las clases oprimidas y explotadas, teniendo al anarquismo como corriente hegemónica. Por supuesto que no somos necios, y sabemos bien que no fueron los únicos, y que otros factores y otros responsables (tal vez mayores) incidieron en los hechos; pero este trabajo, como planteamos en su principio, trata de indagar en las cuestiones relacionadas con el poder y la institucionalidad y el rol que los anarquistas (y en este caso algunos de ellos) han tenido con respecto a estas problemáticas.

Entonces, volviendo al proceso español, decíamos que los referentes cenetistas y faístas, partieron de presupuestos y caracterizaciones erradas y ello determinó en gran parte sus posicionamientos. En principio, una mala visualización sobre el carácter de la situación latente de doble poder y de su complejidad, dado que además del antagonismo entre el bando militar antifascista y el bando republicano, existía otro dentro de las fuerzas republicanas. Como dice Wayne Price: “La maquinaria del Estado oficial había sido dejada virtualmente sin poder alguno mientras que las organizaciones populares combatían al fascismo y dirigían la economía. La cuestión principal de la revolución era la relación entre las organizaciones populares y el Estado republicano. (…) Una situación de doble poder se debe resolver de una manera u otra”. [16] Derrotado el primer foco de la sublevación militar y cuando tuvieron cara a cara al Estado prácticamente hecho pedazos, se optó por dejarlo con vida a pesar de que tenían todo para desarticularlo e imponer en su lugar la confluencia unificada de los otros organismos que iban surgiendo. En palabras de García Oliver: “La elección era entre Comunismo Libertario, que significaba una dictadura anarquista y democracia, que significaba colaboración”. [17] Y efectivamente optaron por la colaboración, no entendiendo que el peso hegemónico no necesariamente podía constituirse en una dictadura si se optaba por la coordinación democrática con las otras fuerzas revolucionarias proporcionalmente al marco de influencia de cada organización.

Por otro lado la caracterización del contexto, también implicó serios reduccionismos, no coherentes con toda la construcción previa en términos multidimensionales y del análisis complejo del Estado y de los procesos histórico-sociales, cuando se afirmaba desde un boletín de la CNT-FAI en setiembre del `36: “Damos por descontado que la expropiación económica en vías de realización, acarrearía de hecho la liquidación del Estado burgués, reducido por asfixia”. Nada de eso sucedió, de hecho fue todo lo contrario. El Estado fue recuperando paulatinamente sus fuerzas, subordinando cada vez más a los organismos proletarios e integrando a los anarquistas dentro de su dinámica, mientras en paralelo, el proyecto revolucionario iba perdiendo densidad bajo los términos de la guerra sin más. El anarquista italiano Camilo Berneri que fue combatiente en el frente y luego ocupó importantes tareas en la retaguardia, en abierta discrepancia con las políticas llevadas adelante por la cúpula de la CNT-FAI decía en noviembre del `36: “Es necesario ganar la guerra. Pero no se ganará la guerra limitando el problema a las estrictas condiciones militares de la victoria. Es necesario antes que nada, tener cuenta de las condiciones político – sociales de la victoria. (…) Yo me he esforzado por conciliar las consideraciones actuales inherentes a las necesidades del momento histórico con las líneas de tendencia que no parecen apartadas de estas necesidades. (…) La política tomada en su acepción pura tiene sus necesidades propias, y el momento impone a los anarquistas españoles la necesidad de estudiar una política propia y adecuada. (…) Conciliar las necesidades de la guerra, con la voluntad de la revolución y las aspiraciones del anarquismo: he ahí el problema. Es necesario que este problema se resuelva”. [18]

Los referentes de la CNT-FAI, no sólo desatendieron estos lineamientos, sino que, como dijimos, por su caracterización del proceso, coartaron la posibilidad de transformar la situación latente de doble poder en la sustentación de un poder popular autogestivo con organismos diametralmente opuestos a la lógica instituida dominante. Y con esto fueron socavando el ímpetu y la efervescencia revolucionaria hasta llegar a los sucesos de mayo del `37 en Barcelona que muchos puntualizan como marco simbólico-práctico de entierro final del desarrollo emancipatorio y libertario para dar lugar a la guerra ya del Estado republicano prácticamente rearticulado y las fuerzas fascistas, que culminaría con el desenlace victorioso de las huestes del general Franco en 1939. “Sabíamos que no era posible triunfar en la revolución sino se triunfaba antes en la guerra, y sacrificamos todo por la guerra. Sacrificamos hasta la revolución, sin darnos cuenta que ese sacrificio implicaba también el sacrificio de los objetivos de la guerra”, [19] plantearía autocríticamente tiempo después, uno de los referentes de la CNT-FAI, Diego Abad de Santillán.

La mayoría de la militancia cenetista no estaba de acuerdo con las decisiones que venían tomando la cúpula confederal y por supuesto que ejercieron presión, pero como dice Josep Antoni Pozo González “esas presiones no tuvieron la fuerza suficiente”. [20] Y así, las decisiones de “arriba”, salvo por algunos decididos oponentes, terminaron llevándose puesta a la confederación entera. En este sentido, Gastón Leval señala el fiasco de la cima, de los “hombres conductores”: “Hablo de los militantes anarquistas notorios, de los que en el lenguaje corriente son llamados líderes. El anarquismo español los tenía, (…) estos militantes no han desempeñado ningún papel en la obra [constructiva revolucionaria]. Desde el principio fueron absorbidos por cargos oficiales que aceptaron pese a su tradicional repugnancia por las funciones de gobierno. La unidad antifascista les dictaba esta actitud. Era necesario acallar los principios, hacer concesiones transitorias. Permanecían al margen de la gran empresa reconstructora en la que el proletariado encontrará enseñanzas preciosas para el porvenir. Por cierto, les habría sido posible aportar algunos consejos útiles, exponer normas generales de acción y coordinación. No lo hicieron. ¿Por qué razón? Es que ellos fueron, sobre todo, demoledores. (…) No se improvisa una mentalidad constructiva capaz de discernir entre las contradicciones de una realidad fragmentada y armonizarlas con una visión de conjunto. (…) ¿Entonces cómo fue posible, a pesar de todo el éxito? [De las realizaciones revolucionarias, mientras duraron]. La razón (…) estuvo en la inteligencia positiva del pueblo. (…) Desde hacía largo tiempo los problemas de la reconstrucción social estaban a la orden del día. (…) La problemática de los hechos reales y la crítica de los sistemas económicos y políticos habían inducido permanentemente a la reflexión, en la que maduraban poco a poco ideas claras de revolución. (…) De todas estas actividades, de la lucha permanente que exigía hombres y mujeres llenos de voluntad para actuar, nació la capacidad del pueblo que ha permitido realizar la maravillosa obra de las colectividades agrarias y de las organizaciones industriales. En consecuencia, capacidad del pueblo. Es decir, inteligencia más voluntad, he ahí el secreto”. [21]

Una vez más suenan aquí los ecos, independientemente del nombre, de la idea del poder popular autogestivo como praxis autoinstituyente a la que el anarquismo español no le fuera esquivo. Sin embargo, y a través de las posiciones tomadas por sus “conductores” al decir de Gastón Leval, éste quedó sin resolver en términos de una nueva formación social de carácter integrador frente al alicaído Estado burgués en el contexto revolucionario iniciado el 19 de julio, planteando aquí también el déficit de cuadros revolucionarios de carácter integral.

¿Pero tenía la CNT algún lineamiento previo en este sentido? A pesar del ocultamiento en algunos casos y la ignorancia en otros, de parte de algunos investigadores, debemos decir que sí, y para eso nos remitimos a algunas de las resoluciones del ya mencionado programa de Zaragoza del 8 de mayo de 1936: “Hemos de pensar todos que estructurar con precisión matemática la sociedad del porvenir sería absurdo, ya que muchas veces entre la teoría y la práctica existe un verdadero abismo. (…) Al esbozar las normas del Comunismo Libertario, no lo presentamos como un programa único, que no permita transformaciones. Éstas vendrán, lógicamente, y serán las propias necesidades y experiencias quienes las indiquen. Aunque tal vez (…) creemos preciso puntualizar algún tanto nuestro concepto de revolución y las premisas más acusadas que a nuestro juicio pueden y deben presidirla”. Y luego de formular ciertas proposiciones tanto para un contexto revolucionario como para un nuevo marco de convivencia social establece: “En conclusión proponemos: La creación de la Comuna como entidad política y administrativa. La Comuna será autónoma y confederada al resto de las Comunas. Las Comunas se federarán comarcal y regionalmente, fijando a voluntad sus límites geográficos, cuando sea conveniente unir en una sola Comuna, pueblos pequeños, aldeas y lugares. El conjunto de estas Comunas constituirá una Confederación Ibérica de Comunas Autónomas Libertarias. Para la función distributiva de la producción y para que puedan nutrirse mejor las Comunas, podrán crearse aquellos órganos suplementarios encaminados a conseguirlo. Por ejemplo: un Consejo Confederal de Producción y Distribución, con representaciones directas de las Federaciones Nacionales de Producción y del Congreso anual de Comunas”. [22]

Se podrá estar o no de acuerdo, se podrá analizar sus posibilidades materiales, pero no se puede negar que programa había y resoluciones sobre cómo proceder ante una eventual situación revolucionaria y de qué manera instituir una nueva forma de articulación social también. Los anarquistas españoles tenían fuentes, simplemente sus referentes no las tomaron en cuenta. De hecho, acontecidos los sucesos que comenzaron a partir del 19 de julio (dos meses después de las resoluciones del Congreso) los anarquistas españoles, fundamentalmente en las zonas de su influencia, y en muchos casos conjuntamente con los trabajadores enrolados en la central obrera socialista UGT, fueron poniendo en ejecución parte de sus postulados aunque con algunas modificaciones, fruto de las características particulares del proceso y de las síntesis convergentes con otras líneas de intervención del mismo anarquismo español. Así “la socialización de la tierra y de la industria que siguió a la victoria revolucionaria del 19 de julio habría de apartarse sensiblemente de aquel idílico programa. Aunque en él se repetía continuamente la palabra “comuna”, el término adoptado para designar las unidades socialistas de producción fue el de colectividades. No se trató de un simple cambio de vocabulario (…)”. [23]

Efectivamente, “el principio jurídico de las colectividades era enteramente “nuevo”. No era el sindicato ni la alcaldía, en el sentido tradicional del término, como tampoco el municipio del Medioevo. Aún así, ellas estaban más cerca del espíritu comunal que del sindical. Las colectividades habrían podido llamarse con frecuencia comunidades (…) pues constituían realmente un todo en el que los grupos profesionales y corporativos, los servicios públicos, los trueques, las funciones municipales, quedaban subordinadas al conjunto, gozando no obstante de autonomía en su estructura, en su funcionamiento interno, en la aplicación de sus fines particulares. Pese a su denominación, las colectividades eran prácticamente organizaciones libertarias comunistas que aplicaban la regla: “de cada uno según sus fuerzas, a cada uno según sus necesidades”, fuese por la cantidad de recursos materiales asegurados a cada uno allí donde abolía el dinero, fuese por medio del salario familiar allí donde el dinero era mantenido. El método técnico difería pero el principio moral y los resultados prácticos eran los mismos. Esta práctica existía sin excepción en las colectividades agrarias; por el contrario, era poco frecuente en las colectivizaciones y socializaciones industriales debido a que la vida de la ciudad era más compleja y el sentido de la sociabilidad menos profundo. (…) La unificación comunal se completaba con la regional, de donde surgía la federación nacional”. [24]

Entonces, existió un programa, que sufrió algunas variables para llevarse a cabo, algo que incluso el mismo programa promovía cuando establecía que “no lo presentamos como un programa único, que no permita transformaciones. Éstas vendrán, lógicamente, y serán las propias necesidades y experiencias quienes las indiquen”. [25] Y así fue que materialmente fueron surgiendo colectividades y comités de diverso tipo, todo un abanico de construcciones instituyentes de poder revolucionario con distintos grados de integración, según el caso, dentro de una perspectiva general. Y sin embargo se optó por reforzar a la institucionalidad dominante y con ello sepultar las posibilidades de una nueva estructuración social. ¿Pero se plantearon otras alternativas?

Primero habría que puntualizar una característica específica del proceso español en la que concuerdan algunos analistas. Daniel Guérin dice que la revolución española, “a diferencia de la rusa, no tuvo necesidad de crear enteramente sus órganos de poder [soviéticos], La elección de soviets resultaba superflua debido a la omnipresencia de la organización anarcosindicalista (aunque podríamos agregar del sindicalismo en general), de la cual surgían los diversos comités de base”. [26]

Desde otra perspectiva, aunque coincidiendo en este punto, uno de los líderes del POUM, Andreu Nin, polemizando con sectores del trotskismo español y con León Trotsky en particular, planteaba en 1937: “En Rusia, con la creación de los soviets apareció la dualidad de poderes. De un lado los soviets, del otro el Gobierno Provisional. La lucha entre los dos poderes se terminó mediante la eliminación del Gobierno Provisional y la conquista del poder por los soviets. (…) La dualidad de poderes [en Rusia] apareció como resultado de la experiencia de unos soviets que, de simples comités de huelga que eran al principio, se convirtieron a causa de circunstancias particulares y específicamente rusas, en órganos embrionarios de poder proletario. ¿En qué consistían fundamentalmente estas condiciones particulares y específicas? En que el proletariado ruso, que no había pasado por una etapa de democracia burguesa, no poseía ninguna organización de masas, y por lo tanto, una tradición de ese tipo. Los soviets fueron los órganos creados por la revolución, en los que los trabajadores se agrupaban, y que se convirtieron automáticamente en un instrumento de expresión de sus aspiraciones. (…) En España la situación concreta es muy diferente. Los sindicatos gozan de un gran prestigio y una gran autoridad entre los trabajadores; existen desde hace muchos años, tienen una tradición y son considerados por la clase obrera como sus instrumentos naturales de organización. Esta circunstancia explica en gran medida que la revolución no haya creado organismos específicos de vitalidad suficiente para convertirse en órganos de poder. Por costumbre y tradición, el obrero de nuestro país se dirige al sindicato tanto en las situaciones normales como en los momentos extraordinarios. ¿Esto es bueno o malo? Es en todo caso la realidad. (…) Conviene señalar por fin que, incluso en los momentos de mayor esplendor de los comités, los sindicatos continuaron jugando un papel preponderante. No era [por ejemplo en Cataluña] el Comité Central de Milicias, sino los comités de las Centrales sindicales quienes trataban en primer lugar, las cuestiones más importantes”. [27]

Si bien estas definiciones dejan mucha tela para cortar, debemos decir que en España no podía vislumbrarse la posibilidad de constituir un organismo revolucionario que dispute y desplace al Estado al “museo de las antigüedades” sin tener en cuenta el arraigo de los sindicatos en la realidad del proletariado. Pero tampoco puede tenerse una visión mecánica en este sentido y dejar de lado cierta configuración dinámica por lo pronto en lo que respecta a las características de la CNT; siguiendo nuevamente a Daniel Guérin: “La doble base, industrial y rural, del anarcosindicalismo español, orientó el “Comunismo Libertario” por el propagado en dos direcciones un tanto divergentes, una comunalista y otra sindicalista (…) cuya simbiosis distaba de ser perfecta”. [28] De ahí, tal vez la heterogeneidad de los organismos que fueron surgiendo, fundamentalmente las colectividades.

Con respecto a estas últimas es interesante el análisis que hace el sociólogo francés René Lourau: “Las colectivizaciones constituyen un ensayo dinámico, un proceso de desinstitucionalización de la sociedad estatal por la acción de una forma alternativa que apunta a lo político a través de lo económico. (…) Desisnstitucionalización no es entonces sinónimo de un vacio, de una ausencia, de una carencia y aún menos de una renuncia a la lucha. Es la acción que apunta a la fuerza desnuda o arropada en legalismo de estado, a las formas creadas o garantizadas por la fuerza del Estado, y eso no “utilizando las armas del adversario”, sino forzando al Estado a aceptar las formas que destruyen al Estado: las formas de la socialización como proceso generalizado del conjunto de la vida social”. Aquí Lourau roza de alguna manera el concepto de poder popular autogestivo que venimos esgrimiendo, desde una idea de autogestión como hecho social general del que las colectividades en tanto institucionalidad alternativa, o como “contrainstitución” como él las denomina, serían su sustento; “la definición de contrainstitución se desprende de esta puesta en perspectiva histórica. Alternativa a las formas sacralizadas del orden existente (sagrado porque estatal), la colectivización gana en ímpetu al ser dirigida simultáneamente contra el capitalismo y contra el Estado. No es solamente una contrainstitución política, (…) tampoco es reductible a una unidad económica de base, (…) no es solamente ni principalmente municipalista o comunalista. (…) La colectivización se distingue no sólo por su amplitud macro-social, sino también por su carácter ofensivo, de ninguna manera pacifista. Las circunstancias, además no lo hubieran permitido”. Es cierto que en el corto plazo de su duración no lograron trascender todas las contradicciones inherentes al sistema capitalista pero “todo parece demostrar que las colectivizaciones eran en efecto, la respuesta ofensiva al desafío fascista, respuesta no ideológica o militar o económica o política en el sentido especializado de estas palabras, sino respuesta global, a la vez política, económica, militar e ideológica. La prueba más flagrante no es la desaparición de las colectividades a medida del avance del ejército fascista, sino la expedición destructiva de las tropas estalinistas del general Líster”. Y remata; “La desaparición gradual del Estado (…) bien puede afirmarse que no ha sido jamás constatada empíricamente. (…) La autogestión, por su parte, tiene el mérito de haber existido en forma de esbozo, como proyecto racional o movimiento revolucionario. Los dos conceptos que se han de confrontar no están entonces en pie de igualdad. (…) La desaparición gradual del Estado es, hablando en la vieja jerga filosófica, un concepto nominalista, que no hace existir la cosa por el simple hecho de ser producido intelectualmente. La autogestión en un concepto realista, existe, yo me he topado con ella”. [29] Lo concreto es, nuevamente, que estas construcciones (junto con las otras que fueron surgiendo) que pudieron haber prefigurado una situación de doble poder, no lo consolidaron al no haberse instituido un organismo de carácter general que las articule y que dispute claramente con el Estado republicano a los fines de su supresión y de la instauración de un organismo de nuevo tipo.

Ya para 1938 la organización “Los Amigos de Durruti”, agrupamiento iniciado por ex miembros de la columna Durruti, que fueron excomulgados del movimiento anarquista oficial por oponerse a la militarización de las milicias populares y por denunciar las políticas colaboracionistas de la cúpula de la CNT-FAI, lanzó un programa que se conoció como “Hacia una nueva Revolución” y que entre otras cosas establecía la constitución de una Junta revolucionaria o Consejo Nacional de Defensa en donde sus miembros serían elegidos democráticamente en los organismos sindicales, y que se encargaría de coordinar las milicias y las patrullas obreras para dirigir la guerra y de mantener relaciones internacionales, y siempre con control de las asambleas sindicales. Los sindicatos y sus federaciones a su vez se harían responsables de coordinar las actividades económicas a través de un Consejo Económico, así como se articularían con Municipios Libres que se encargarían de las funciones sociales que escapen de la órbita de los sindicatos.

Estos lineamientos, si bien toman en cuenta la primacía de los sindicatos como plantean Guérin y Nin, tratan de mixturar con planteo municipalista, aunque no deja de ser, según algunos analistas, todavía demasiado “sindicalista”. Así y todo al decir de Wayne Price, [30] es suficientemente cercano al programa de los consejos de obreros y campesinos que levantaba León Trotsky y los trotskistas españoles, (con los cuales Nin polemizaba aunque por cuestiones tácticas, no de fondo) pero con una gran diferencia. La defensa de Trotsky de los consejos/soviets era puramente instrumental, como herramienta para derrocar al Estado existente e imponer el “Estado de los trabajadores” (con todo lo que ello implica si tomamos en consideración la experiencia rusa donde los soviets terminaron totalmente subordinados a la lógica estatal sin que efectivamente se constituyeran en un organismo proletario posrevolucionario de nuevo tipo y para finalmente terminar desmantelados en los hechos) y no como la base para una nueva configuración social. En cambio Los Amigos de Durruti proponían una estructura democrática popular, no un Estado-Partido. Pero hacia 1938 ya era muy tarde. La revolución había sido derrotada políticamente y era sólo cuestión de tiempo hasta que los fascistas derrotaran a las fuerzas armadas republicanas en el campo de batalla.

Algunas conclusiones

Sea como fuere, lo que parece quedar claro, luego de todo el recorrido que intentamos hacer, es que el anarquismo español tuvo la posibilidad en tanto movimiento hegemónico, de torcer el rumbo del derrotero revolucionario hacia un panorama victorioso, si hubiera seguido sus propios paradigmas, contemplándolos de manera dinámica, de acuerdo a las circunstancias específicas de cómo se fueron desenvolviendo los hechos.

Dijimos que la CNT había elaborado un programa en el Congreso Confederal de Zaragoza de mayo del `36, en donde instituía como forma social de nuevo tipo una Confederación Ibérica de Comunas Libertarias. Dijimos además, que precipitados los hechos, luego del 19 de julio, el proceso revolucionario fue dando lugar a distintos organismos de poder que relegaban la idea unitaria y tal vez un tanto idealista de las Comunas Autónomas, proliferando en su lugar una heterogénea gama de colectividades, columnas milicianas, comités y consejos obreros-populares. Pero también vimos que a su vez, estas configuraciones instituyentes de poder social, no lograron sortear lo local o en el mejor de los casos lo regional, por lo que la situación latente de doble poder no pudo articularse en una real situación de dualidad, inestable, antagónica y efectivamente superadora de una institucionalidad estatal que se arrastraba por el piso.

Los anarquistas españoles, fundamentalmente sus referentes, pudieron haber echado mano de sus propios paradigmas y proyecciones en lo relacionado a la formación federativa, tomando el programa de Zaragoza y adaptándolo a las características del desarrollo del proceso, promoviendo una Confederación de Organismos Revolucionarios con representación democrática de acuerdo a la capacidad de influencia de las organizaciones que claramente buscaban una salida revolucionaria y que sienta las bases de una institucionalidad no estatal estructurada de abajo a arriba. Lamentablemente esto no ocurrió y ya vimos algunos de los por qué.

Lo que seguramente podremos extraer, luego de vislumbrar luces y sombras de esta gran gesta, y sobre todo para aquellos que en nuestros días nos situamos desde perspectivas libertarias de construcción y lucha emancipatoria, es la importancia de la confluencia entre la idea de construcción de poder en sus distintas combinaciones y de la materialización de ese poder en formas instituyentes, entendiendo que ni poder, ni institución son términos exclusivamente asociados a la dominación per se. En tanto ejercicio de relaciones sociales y en tanto constitución socio-histórica, no son escindibles de nuestro quehacer social. Por lo que para diseñar estrategias de intervención política con un horizonte transformador, necesariamente debemos articular estos conceptos y englobarlos en una praxis no dominante en donde subjetividad, imaginarios, acumulación de fuerzas y estructuras formen un todo coherente, de acuerdo al las claves del contexto del que se trate.

Para terminar y a modo de homenaje hacemos nuestras aquellas bellas palabras que en 1938 y ya promediando el desenlace de la guerra, exclamaba Emma Goldman: “La colectivización de las industrias y de la tierra se nos aparece como la más grandiosa realización de todos los periodos revolucionarios de la historia. Además, aunque Franco venza y los anarquistas españoles caigan exterminados, la idea que ellos han lanzado, seguirá viviendo”

Y tal es así que hoy, a 80 años, todavía seguimos levantando su legado como bandera.

Diego Naim Saiegh

Notas

[1] Michel Foucault. “Historia de la sexualidad 1. La voluntad del saber”. Siglo XXI Editores. Madrid, 1984.

[2] CILEP (Centro de Investigaciones Libertarias y Educación Popular) Colombia. “Anarquismo y Poder Popular” Extraído de anarkismo.net article/12227 (2009)

[3] Mijail Bakunin. Citado en “La filosofía política de Bakunin” de G.P. Maximoff. The free press, Glencoe, Illinois, 1953.

[4] Mijail Bakunin. “Oeuvres”, tomo VI, publicado por P.V. Stock. París, 1895/1913.

[5] “Sobre la hegemonía y la estrategia. Guía de acción para un colectivo anarquista” (M.G.) artículo aparecido alasbarricadas.org, Octubre 2013.

[6] Eduardo Colombo. “Historia del movimiento obrero revolucionario” (Compilación), Libros de Anarres, Buenos Aires, 2013.

[7] Pierre Broué y Émile Temime. “La revolución y la guerra en España” Fondo de Cultura Económica, México, 1973.

[8] Pierre Broué y Émile Temime. Op Cit.

[9] Jesús Aller. Reseña de “Poder legal y poder real en la Cataluña revolucionaria de 1936” de Josep Antoni Pozo extraído del portal rebelión.org el 2-09-2015

[10] Eduardo Colombo. “El Estado como paradigma de poder”. Revista Utopía, Buenos Aires, 1985.

[11] Cornelius Castoriadis. “Los dominios del hombre: Las encrucijadas del laberinto”, Barcelona, Gedisa, 1988

[12] Cornelius Castoriadis. “El avance de la insignificancia”, Buenos Aires, Eudeba, 1997.

[13] Cornelius Castoriadis. “La sociedad burocrática”, Barcelona, Tusquets, 1976.

[14] Errico Malatesta. “Pensiero e Volontá” 15 de junio de 1924. Reproducido en “Malatesta. Pensamiento y acción revolucionarios” Vernon Richards (compilador), Ed. Proyección, Buenos Aires, 1974.

[15] Mijaíl Bakunin. “Carta a los compañeros de la federación de las secciones internacionales del Jura (1872)” Reproducido en “The life of Michael Bakunin (…)” Max Nettlau, Edición Privada, Londres, 1896-1900.

[16] Wayne Price. “La abolición del Estado. Perspectivas anarquistas y marxistas” 1º edición. Buenos Aires, Libros de Anarres, 2012.

[17] Juan García Oliver, citado en “Enseñanzas de la Revolución Española” de Vernon Richards. Madrid, Campo Abierto, 1977.

[18] Camilo Berneri. “Cuidado con la curva peligrosa” articulo del 5 de noviembre de 1936 aparecido en la publicación “Guerra di clase”, Barcelona, 1936.

[19] Diego Abad de Santillán. “Por qué perdimos la guerra”. Buenos Aires, ed. Imán, 1940.

[20] Josep Antoni Pozo González. “Poder legal y Poder real en la Cataluña de 1936. El gobierno de la Generalitat ante el Comité Central de Milicias Antifascistas y los diversos poderes revolucionarios locales” Ediciones Espuela de Plata. Barcelona, 2012.

[21] Gastón Leval. “Ni Franco ni Stalin. (Las colectividades anarquistas españolas en lucha contra Franco y la reacción estalinista)”, Instituto Editorial Italiano, Milán, 1952.

[22] CNT. Congreso Confederal de Zaragoza, mayo de 1936. CNT, Toulouse, 1973.

[23] Daniel Guérin. “El anarquismo”, Ed. Proyección, Buenos Aires, 1973.

[24] Gastón Leval. Op. Cit.

[25] CNT. Op. Cit.

[26] Daniel Guérin. Op. Cit

[27] Andreu Nin. “Los órganos de poder y la revolución española” en Revue internationale du POUM, Nº 1, Barcelona-París, julio de 1937.

[28] Daniel Guérin. Op. Cit.

[29] René Lourau. “El Estado y el inconsciente. Ensayo de sociología política” Ed. Kairós, Barcelona, 1977.

[30] Wayne Price. “Por qué los anarquistas españoles perdieron la Revolución Española” Respuesta a “La Tradición Revolucionaria Anarquista” de Chris Day. Publicado en Love and Rage, Octubre/Noviembre de 1996. Traducción de José Antonio Gutiérrez D.

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