La panarquía, una aproximación

El término «panarquía» es un concepto que hunde sus raíces etimológicas en el griego («pan»; todo y «arquía»; autoridad, principio o gobierno) y que, empero, fue originalmente propuesto por el economista Paul Émile de Puydt como símil de competición pacífica entre gobiernos de distinta índole en su artículo «Panarchie», publicado en julio de 1860 en la Revista Trimestral de Bruselas [1]. A pesar de que se ha usado, y supongo se usa, también como «gobierno de todas», me centraré en la primera significación dada, que en cierta manera es la que tanto libertarianas*, no confundir con libertarias**, como las sedicentes anarquistas capitalistas han tomado e incorporado a su corpus teórico. (¡Pero no nos alarmemos, esto sólo es un dato accesorio!).

Abordando más profundamente su definición, tal como escribirá Émile de Puydt, la panarquía no sería sino «[…] la libre competencia en materia de gobierno»; es decir, la libertad que tendría una misma para elegir la forma de gobierno bajo el que querría languidecer, sea un día, sea toda la vida, en un régimen contractual un pacto entre la propia individua y el marco gobernativo; este contrato sería siempre revocable al instante, no pudiendo impedir u obligar en ningún caso a la persona a permanecer bajo su estela más tiempo del que su corazón, razón, o ambas, le indicasen. Así, el economista político nos dice que «[…] uno se encontrará a su gusto, pasando de la república a la monarquía, del parlamentarismo a la autocracia, de la oligarquía a la democracia e incluso a la anarquía del Sr. Proudhon». Sin embargo, no debemos pensar en este cambio de sistema sociopolítico como algo estático, como una mera migración a través de un territorio, sino como algo absolutamente voluble y disoluble; allá donde se encuentren un centenar de individuas con inquietudes similares se erige un sistema hecho a ellas mismas mediante un contrato revocable; ora se forma en aquel pedregal una república, ora una monarquía en aquel otro cenagal; por allí surge una anarquía y más adelante un sistema liberal, o un fascismo, según convengan; por supuesto, todos los gobiernos y Estados se diluyen con la misma facilidad con la que brotaron, o perduran a través de los años, si no siglos. La competencia entre los distintos gobiernos será la encargada de mantener los más prósperos en alza, así como de arrojar los más abyectos al abismo del olvido. Es, en fin, un mercado en toda su amplitud: un mercado que se autorregula, que no pone límite a la voluntad y a los apetitos vitales de las personas y que asienta todo su peso teórico bajo el conocido epígrafe liberal: «laissez faire, laissez passer» (literalmente: dejar hacer, dejar pasar). En efecto, el principio de no-agresión se torna piedra angular, inamovible, de este sistema; sin éste, todo el marco cae por su propio peso. Es así como el economista belga pretende solventar el problema que supone que gobiernos inherentemente imperialistas, expansivos, y nada respetuosos para con el resto de individuas o colectivos, tales como el fascismo, el comunismo estatista, la monarquía absolutista o la democracia liberal intenten anexionar, ocupar, explotar, etcétera., otros territorios libremente fundamentados.

En cualquier caso, sopesaré los principales inconvenientes, ya expuestos y contestados por el propio Puydt en el ensayo original, al cual podéis acceder más abajo, quizá en otro artículo. Ahora sólo pretendo bosquejar algunas trazas de esta idea, no tanto por rescatarla como panacea, sino como ejercicio que entiendo puede ser interesante para el replanteamiento del propio anarquismo.

Los intereses del belga al forjar este sistema son dos. Primero, extender la idea de libre mercado, a la que profesa mucha confianza, a los poderes políticos. Y segundo, eliminar cualquier atisbo revolucionario en el futuro. Pero por sobre todo es el segundo punto el que expone con más gusto: «Lo que es admirable en este descubrimiento [refiriéndose a la panarquía], es que suprime para siempre las revoluciones, motines, desórdenes callejeros y hasta las más mínimas emociones, la fibra política. ¿No está contento de su gobierno? Tome otro». La revolución y la rebelión son a ojos del economista algo execrable («detesto las revoluciones», afirma). El cambio no pasaría por una revuelta sangrienta, sino por un simple traspaso de competencias de un órgano social, gubernativo, a otro. «Pero si toda presión cesa; si todo ciudadano mayor es libre de elegir y no por una vez, como consecuencia de alguna revolución sangrienta, sino siempre y en todas partes, en el dédalo de los aspectos gubernamentales, los que corresponden a su espíritu y a su carácter o a sus necesidades personales; libre de elegir, entendámonos bien, pero no de imponer su elección a los demás: y todo desorden cesa, toda lucha estéril se vuelve imposible», dice más adelante. La estructura que se superpone y que cimenta todo esta doctrina es, reitero con la misma insistencia que de Puydt, la libre competencia entre gobiernos, la búsqueda original, individual, del orden que más case con las agitaciones intelectuales y emocionales de una misma; está sujeto, en fin, al libre examen de todas las personas, considerándose este modelo ley natural y sinónimo de progreso, de avance humano.

Max Nettlau, el Heródoto del anarquismo, fue uno de los que se sintieron atraídos por esta nueva cosmovisión del mundo. Si bien, como él mismo dice [2], no se identificaba con todas las premisas expuestas en las cuartillas originales de Émile de Puydt, quiero pensar que por sus connotaciones liberales, sí creía necesario al menos exponer la panarquía como idea ciertamente interesante. Y eso es lo que, humildemente y en mis limitaciones, he pretendido con este escrito. Si algún juicio personal se ha escurrido entre la tinta, lo lamento, pues no era ni mucho menos mi intención.

Ahora queda, ¡cómo no!, a juicio de cada una, en función a sus vicisitudes personales, el aceptar o no este modelo, el tomarlo como digno marco para el ideario ácrata, el renovarlo como molde de análisis, como sinónimo de libertad política absoluta; o bien al contrario: razonar que es imposible, que es una utopía contraproducente, reaccionaria, que podría llevar a sabe dios qué horrores y que, por todo ello, no merece ninguna atención, por lo que es mejor borrar todo lo leído y expuesto.

[1] Artículo de Paul Émile de Puydt.

[2] Artículo de Max Nettlau alrededor del mismo término.

*Para que no haya lugar a confusiones: me gustaría aclarar que en este artículo aquellas palabras que se refieran tanto a hombres como a mujeres (en este caso, libertarianos) serán escritas exclusivamente en la forma femenina. El motivo por el cual he decido llevar a cabo tal procedimiento es sencillo: visibilizar cómo el lenguaje es capaz de diluir o reforzar según qué actitudes y pensamientos. Espero, pues, que este uso impacte al lector y le anime a tener en cuenta el lenguaje inclusivo, o al menos que sea consciente de la importancia de éste. Si supone, por algún casual, un ejercicio demasiado arduo o un inconveniente de peso para una buena exégesis del ensayo, por favor, ruego se lo hagan mirar.

**Básicamente, los libertarianos, englobados en el más abstracto libertarismo, son liberales radicales que se están promulgando muy bien en según qué círculos de EEUU. Por contra, los libertarios son anarquistas socialistas.

Indómitos: una aproximación al islamismo yihadista. III

Salafismo yihadí: algunas nociones.

Lo que se ha dado en llamar “fundamentalismo islamista” propone algo tan simple como el retorno absoluto a los textos coránicos para la ortopraxia de la doctrina y la regulación de las sociedades regidas por gobiernos islámicos. Este literalismo no es exclusivo del salafismo: el amplio panorama de la resistencia islámica frente la permisividad de los regímenes árabes para con las potencias extranjeras, en el caso que nos ocupa los Estados Unidos (pero también la URSS en la época en que se inicia la gestación de al-Qaeda, cfr. supra), o la intrusión de valores políticos occidentales y democráticos tiene múltiples ramificaciones y tendencias interpretativas que consideran, cada una a su manera, la necesidad de atenerse de forma extricta a la Sharia.

Desde una perspectiva cronológica el salafismo yihadí surge como doctrina concreta en los años finales del siglo XX, como la denominación que los integrantes de los grupos paramilitares se dan a sí mismos. Los salafiyyah, “antecesores”, los primeros seguidores del Profeta, contemporáneos a su tiempo y compiladores de sus enseñanzas, son considerados los practicantes más estrictos del islamismo. Es este seguimiento disciplinado e incuestionable del Corán lo que se busca recuperar y para ello se pretende reactivar el sentido de la Yihad en su acepción de guerra santa y justa: son varias las ocasiones en que bin Laden hace, en los comunicados tras los ataques del 11S, mención al terrorismo que fomenta calificándolo como bueno, frente al terrorismo nocivo e intruso de los EEUU en la zona árabe y justificándolo como respuesta.

Tenemos, entonces, la fusión de dos conceptos: el retorno purista a la verdadera religión y el método para lograrlo, la Yihad. El producto que resulta de ello es un esfuerzo, sostenido por grupos minoritarios, para inculcar la lucha por el Islam, en su sentido más sangriento, a cada individuo de los que conforman la gran comunidad que es la Umma. Proclamada como deber personal, no es necesario que medie el dictamen de un gobernante musulmán de un estado democrático llamando a ella. Esta obligación religiosa –y por tanto sagrada– deberá abordarse con o sin el mandato explícito de un superior político y, si fuera necesario, en su contra: no apoyarla constituiría una herejía, una desobediencia a los mandatos superiores de Alá. En esta idea, difundida profusamente por el teórico Sa’id Qutb (cfr. infra) –intelectual egipcio, del que al Zawahiri se declara confeso discípulo– entre otros, se fundamenta la oposición de grupos como al-Qaeda a los regímenes de gobierno como el Saudí, que incurren en esta impiedad, en esta yahiliyyah: la ignorancia pecadora preislámica. En tanto que la soberanía de dios en la tierra es real y la única legítima, cualquier imposición de ley secular pretendida no sólo se ve como una intrusión del modo occidental –acicate también para los comunicados que justifican la lucha contra el invasor – sino que constituye una violación de la ley divina en toda regla, una muestra imperdonable de la arrogancia humana. Atenerse a la ley terrena constituye una ilegalidad conforme a la ley divina. Los precedentes para la conformación de este rigorismo, conocido como reformismo musulmán– en tanto que su objetivo es recuperar la legitimidad de los gobiernos mediante el retorno a la observancia de la Sharia–, son numerosos. Desde al-Afgani al propio Zawahiri, considerado el número dos de al-Qaeda y su principal teórico, un rosario de pensadores se asocian a esta corriente severa. Todas las inflexiones de esta línea intelectual distan entre sí en sus presupuestos. Es fundamental extraer la figura de Qutb y analizar su influencia, de enorme peso para la configuración y legitimación de los objetivos globales de la Yihad.

Sa’id Qutb, nacido egipcio, fue un miembro fundamental de los Hermanos Musulmanes1, ostentando su dirección durante la época de los sesenta y setenta, una de las más activas a nivel político –lo que equivale a decir una de las más violentas– de la organización, durante la cual tomó parte en diversos atentados en Egipto, fue prohibida y sus miembros sufrieron la persecución, encarcelamiento y muerte a manos del gobierno. Qutb destacó en su juventud por su laicidad y moderación: no es hasta su viaje a EEUU en 1948, en un envío especial del Ministerio egipcio de Educación para el que trabajaba, que descubre su profunda fe en el Islam y repudia las costumbres occidentales, atacando directamente el consumismo, el libertinaje y la vacuidad de sus sociedades. Es a su vuelta a su país natal dos años más tarde cuando abraza la religión de forma radical, deja su puesto en la administración civil y comienza su militancia en los HHMM. Sus prédicas contra todo lo considerado un valor occidental inmiscuido en las sociedades islamistas, entre lo que se contaban los gobiernos de los países árabes, el calibre de los ataques perpetrados por la guerrilla asociada a la ideología panislámica relacionada con la hermandad y su implicación en el intento de asesinato del presidente Nasser –enfrentado públicamente a los Hermanos pese a la fase inicial de su mandato, cuando estos apoyaron el golpe de estado que derribó la precedente monarquía, remanente de la autoridad británica colonial– fueron el motivo de su encierro en prisión, donde escribió su obra más influyente, y de su permanente tortura hasta su ajusticiamiento en el 66. Juzgo importante considerar las condiciones de penuria y sufrimiento extremo que sufrió el principal motor intelectual de la Yihad salafista para comprender su posicionamiento a favor de la violencia. Acérrimo defensor del retorno al islam como toda fuente legislativa, puede decirse que engendró el concepto de enemigo cercano, posteriormente matizado por al-Zawahiri, refiriéndose a aquellos dirigentes que, obviando el mandato divino, dirigían sus naciones a golpe de ley secular. Esto será lo que posteriormente impulse el empeño de bin Laden para deslegitimar la monarquía saudita, infiel, ignorante de la norma, y su declarado alejamiento del wahabbismo –enmarcado también en las doctrinas reformistas– adoptado oficialmente por esta.

El llamamiento ladenista contra el enemigo estadounidense se fundamenta, pues, en esta necesaria sumisión de la comunidad al mandato de Alá, que no es sino el primer paso para encarar posteriormente la lucha contra el enemigo lejano.

Frente a las interpretaciones de la violencia como un acto nihilista de destrucción y algo intrínsecamente ligado a las enseñanzas de las azoras hay quien defiende que se trata de un conflicto más político que religioso (Burgat, 2006) y plenamente justificado en términos de autodeterminación de los pueblos y de la resistencia frente a la opresión y al adoctrinamiento occidental –ese etnocentrismo estadounidense generado por la supremacía moral que la máxima potencia mundial en términos culturales, económicos y simbólicos, se arroga–. Entender el retorno al Islam como algo legítimo y sociopolítico, en reacción a la invasión de potencias extranjeras cuyos intereses en la región juegan en contra de la soberanía del pueblo, más que como un movimiento sectario no impide reconocer el carácter extremista de los grupos que, como al-Qaeda, al-Yihad o Hezbollah, pretenden la liberación de la opresión neocolonial mediante métodos igualmente totalitarios y destructivos.

J.

1Asociación de larga andadura, fundada en 1928 por el teórico Hassan al-Banna con propósitos comunitarios y de reunión en torno al islamismo, cuya deriva no es posible analizar en un marco tan escueto como este. Valga decir que la interferencia entre ella y los movimientos yihadistas ha sido enormemente fructífera: la radicalización de sus miembros ante la respuesta tibia que la hermandad sostuvo frente a las agresiones contra el enemigo espiritual en varios países, principalmente Egipto, donde se originó, hizo que muchos abandonaran para entregarse a una lucha más en firme. Entre los que dejaron la matriz se encuentra el ya mencionado Ayman al-Zawahiri.

Enlaces del mes: Abril 2013

Una nueva colección de enlaces con contenido interesante para los libertarios que pudieron leerse en Internet a lo largo del pasado mes:

Apuntes sobre El Capital VI: Capital constante y capital variable

Propiedad del trabajo de conservar valor creando valor

Hallamos en el valor de un producto el valor de los medios de producción consumidos. Por ejemplo, el valor del algodón y las brocas en los hilos. El valor de los medios de producción se conserva y se transmite al producto por medio del trabajo. Esta transmisión depende del carácter específico del trabajo, que produce bienes útiles determinados a partir de los medios de producción necesarios.

Pero en el producto encontramos también un valor añadido al que ya portaban los medios de producción. El trabajador añade este valor como trabajo en general (como gasto de fuerza humana) no porque el trabajo tenga esta o la otra forma útil particular, sino porque ha durado cierto tiempo.

El acto de añadir valor al objeto de trabajo y el de conservar el antiguo en el producto son dos resultados distintos que se obtienen en el mismo momento. Esto es debido al doble carácter del trabajo.

Este doble carácter aparece claramente cuando consideramos una invención que permite trabajar, por ejemplo, tres veces más rápido. Supongamos que tras esta invención, en 6 horas hilamos 5kg de algodón, lo que antes nos llevaba 18 horas. La cantidad de valor añadida por las 6 horas de hilanza sigue siendo la misma, solo que ahora producimos 15kg de algodón en lugar de 5kg. De tal manera que el valor por kilo que nuestro trabajo genera es tres veces menor mientras que el valor por kilo aportado por la materia prima se conserva.

El medio de producción solo transmite al producto el valor que pierde, perdiendo su utilidad inicial. Esto es claro en el caso de las materias primas y auxiliares. Para el caso de las herramientas, se puede calcular su desgaste diario en función de su duración media.

Esto indica que aunque dicha herramienta entra integramente en el proceso de producción de un bien útil, no entra más que parcialmente (su desgaste) en la producción del valor. Del mismo modo, un medio puede entrar íntegro en la producción de valor y solo en parte en la producción del bien útil. Por ejemplo, si sabemos que al hilar 115kg de algodón, de media se pierden 15kg inevitablemente como deshecho, el valor de esos 15kg se transmite a los hilos (ese valor perdido es condición de la producción) aunque no lleguen a formar parte del producto útil resultante.

No transmitiendo los medios de producción al nuevo producto más que el valor que pierden bajo su antigua forma, solo pueden añadirle valor si ellos mismos lo poseen. Su valor no se halla determinado por el trabajo en que entran como medios de producción, sino por el trabajo de donde se derivan como productos.

Valor meramente conservado y valor reproducido y aumentado

Es la fuerza de trabajo en actividad, el trabajo vivo, lo que permite conservar valor añadiendo otro valor. El capitalista debe a esta propiedad la conservación de su capital. Las interrupciones del trabajo y otras crisis, deterioran su capital (sus materias primas, utensilios, etc.) al mantenerlos inactivos.

Recordamos que el valor de los medios de producción se conserva bajo los cambios de forma, que los objetos sólo desaparecen para revestir una nueva forma útil, siempre en el ejercicio de la producción. Recordamos también que la fuerza de trabajo, al ser consumida, no sólo reproduce su propio valor sino que produce también valor de más.

En la producción, la parte del capital inicial que sirve para obtener los medios de producción (materias primas o auxiliares e instrumentos de trabajo) no cambia la magnitud de su valor. El acto de la producción solo transmite ese valor a un nuevo objeto útil. A esa parte la llamamos capital constante.

La parte del capital transformada en fuera de trabajo transforma el valor en una nueva producción. En ese acto, por un lado, reproduce su propio valor y, por otro, produce un excedente, una plusvalía mayor o menor. Esa parte del capital la denominamos capital variable.

La policía.

En apoyo a nuestros compañeros detenidos de forma premeditada el 25 de Abril a manos de la policía y del Estado totalitario al que sirven y obedecen.

Nuestra propia policía nos pega, nuestra propia policía nos desahucia. Desde que somos jóvenes. Nuestra propia policía nos reprime cuando señalamos la corrupción de aquellos a quienes ciegamente obedecen, de aquellos que les pagan el salario con nuestro dinero. Nuestra propia policía.

Nuestra propia policía es ciega, nuestra propia policía no distingue entre quienes solo tienen la legalidad artificial de ricos sobre pobres y quienes toda la legitimidad de igualdad entre iguales.

¿Por qué agredir a un ciudadanos es legal y contestar esa agresión es violencia?

Nuestra propia policía debe saber que, agredir a un ciudadano indignado, solo es legal porque alguien con más poder que ese ciudadano indignado lo escribió en un papel, pero es un acto carente de legitimidad y de racionalidad.

¿Se puede concebir algo más ilegítimo y retorcido que agredir a un ciudadano cuando está denunciando un robo que se ha cometido contra él? Bien, todo depende de quién sea el autor del robo. Si el autor del robo es el mismo que paga al policía agresor con el dinero del ciudadano agredido, entonces se dice que es legal.

Despierte nuestra propia policía.

Despierte nuestra propia policía y comprenda de una vez que su «trabajo» no puede consistir en agredir a sus conciudadanos. Pues esa actitud es una enfermedad y como tal deberá ser tratada.

Despierte nuestra propia policía y vea en el rostro del ciudadano a quien dispone a agredir: a su madre, a su padre, a su hermano, a su hija, al pueblo.

Despierte nuestra propia policía y sea consciente de qué principios deben preservar, de qué orden deben mantener, de a quién debe proteger y de quién debe protegerle.

Despierte de una vez la razón en ellos y repriman, en todo caso, al neonazi que bulle dentro de muchos de ellos.

Si nuestra propia policía no despierta, tarde o temprano será despertada por el ciudadano a quien pretende agredir para mantenerle atemorizado. Quizás despierte cuando el ciudadano les acorrale con su aplastante mayoría y con su aplastante argumento de querer vivir en paz. Quizás eso sirva para sacar al cobarde que lleva dentro nuestra propia policía.

Si nuestra propia policía no despierta a tiempo será una cuestión sencilla la que habrá que dilucidar: su sangre o la nuestra, será el final del camino, y no será la mayoría quien sucumba, pues no habrá suficientes balas ni porras para todos. No habrá legalidad en el mundo que ampare a la minoría opresora para quien trabaja nuestra propia policía, pues habrá llegado el tiempo de la legitimidad del ciudadano, el fin del reinado de su «legalidad» irracional.

Dótese el pueblo de su propia policía, en defensa de la legitimidad más absoluta de ayudar al débil y acabe ya el «orden establecido» de ayudar al poderoso dándole de beber la sangre de los débiles.

No de ni una vuelta de tuerca más nuestra propia policía, pues el hambre no tiene miedo, y el miedo no tiene freno. Y una vez que el final se desencadene, ya todo dará igual.

Retroceda nuestra propia policía por las buenas, ahora que todavía está a tiempo.

«De entre los esclavos, no hay más cobarde que aquel que protege al amo»

Radix

¿Solo 11 contra 11?

Hay quien define el fútbol, parafraseando a Von Clausewitz, como la continuación de la guerra por otros medios. Efectivamente, el fútbol no es más que la representación de un enfrentamiento entre oponentes, una batalla desarmada por lograr una victoria. Una representación que, sin embargo, supera con frecuencia el marco en el que se desarrolla para irrumpir con fuerza en conflictos mucho más tangibles y reales.

El ejemplo de la batalla en Port Said (Egipto) es paradigmático. En febrero de 2012, al término de un partido entre el Al-Masry (local) y el Al-Ahli (de la ciudad de El Cairo) los hinchas de ambos equipos de fútbol llevaron la batalla más allá del deporte. Los aficionados del Al-Ahli, visitante, luchaban como defensores de las revueltas árabes frente a los hinchas del Al-Masry, partidarios del régimen de Mubarak quienes asaltaron el campo tras la victoria de su equipo, con la permisividad de las fuerzas policiales. 74 personas murieron. Paradigmático fue también aquel partido que en el año 90 enfrentó al Dinamo Zagreb con el Estrella Roja de Belgrado y que acabó en una batalla sangrienta con trasfondo étnico, el enfrentamiento entre serbios y croatas.

El club de fútbol como símbolo propiamente político es una identificación que se ha vuelto natural con el tiempo. Vázquez Montalbán definió acertadamente al Barça como el «ejército simbólico desarmado de Cataluña» y hoy, la relación conceptual entre este club y buena parte del independentismo en Catalunya es innegable.

Tampoco extraña a nadie que la labor de Bukaneros, seguidores del Rayo Vallecano, tenga un claro componente político y social, muy ligado al barrio trabajador que da nombre al equipo. O que como resultado de tal compromiso, la represión a los grupos de izquierdas y revolucionarios en Vallecas se cebe especialmente con ellos. El ejemplo de Alfon, detenido durante la última Huelga General, es claro; así como el del resto de Bukaneros detenidos durante los últimos meses, con el único motivo de ser activos políticamente y parte de la izquierda.

Ken Loach también remarca esta relación de la clase trabajadora con el fútbol en Buscando a Eric. En ella, un cartero británico aficionado al Manchester United se apoya en su ídolo futbolístico, Eric Cantoná, para retomar las riendas de su vida. Más allá del equipo y del ídolo, el director nos recuerda la importancia del sentimiento comunitario que se genera en torno al fútbol. El mismo sentimiento que lleva a muchos chavales en su día a día a convertir un par de jerséis en una portería y un bote de refresco en una improvisada pelota.

Al otro lado del espectro son bien conscientes de la capacidad de este deporte como elemento propagandístico. A estas alturas resulta ya un lugar común repetir que el sentimiento españolista se ha multiplicado a raíz de las recientes victorias de la selección nacional. Por poner otro ejemplo, también muy claro, los grupos políticos más fachas y reaccionarios han sabido situar al Real Madrid como una institución de su entorno ideológico. Esto se deja notar tanto en el lenguaje que esgrime el club y sus mandatarios como, desde luego, en la actitud de la mayoría de sus aficionados. El franquismo dejó notar su influencia sobre un club que, en algún momento, llegó a ser una referencia para la izquierda. La imagen del Madrid republicano, con sus jugadores alineados puño en alto, refleja esto a la perfección. Sin embargo, tras la dictadura el ya de nuevo renombrado como Real Madrid queda retratado en la expresión atribuida a sus aficionados: «Yo solo creo en Dios, en Franco y en don Santiago Bernabéu». Tal cambio también se dejaría notar en su escudo, que perdería en 2001 el color morado de su banda (color que había adoptado en 1931 en representación de su origen castellano).

La capacidad simbólica del fútbol está, por tanto, más allá de toda duda. Anima conversaciones y debates, enfrentamientos y acuerdos imposibles, pasiones desatadas y rechazo absoluto. Sorprende aún que el fútbol reuniese, en plena guerra mundial, a los soldados de ambos frentes en la Navidad de 1914. Quizá influido por este relato real, el Atlético de Madrid realizó un anuncio televisivo en el que dos combatientes de la Guerra Civil, militantes de bandos contrarios, se encontraban en el bosque. Cuando ambos tenían ya los fusiles apuntados y poco antes de lanzarse a matar o morir, descubren que son los dos aficionados del atlético. Esto cambia el desarrollo de los acontecimientos y los dos combatientes, antes enfrentados, se reconocen ahora como personas afines. El fútbol tendiendo puentes a pesar de la brecha ineludible de la guerra. Aunque se trate de ficción, su fondo remite a una idea muy real: la importancia cultural del fútbol en la psicología y la personalidad de muchos.

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La más grande de las cosas pequeñas parece convertirse a veces en lo único importante. Una vía de escape que no soluciona nada, pero que ocupa (o malgasta) grandes cantidades de tiempo. Pero el fútbol, más allá del espectáculo de los grandes clubs, es también una expresión cultural, una forma de socialización y una manera de hacer deporte considerada de manera positiva por muchos.

Un análisis sobre el verdadero papel social de este deporte (de todo el deporte, en realidad) y de los valores que porta está aún por desarrollar. Un análisis que valore tanto sus aspectos negativos como los positivos, que no son pocos.

La crítica al espectáculo y al negocio del fútbol está presente en mayor o menor medida en el movimiento libertario; sin embargo, existen aún muchas implicaciones que no han sido exploradas ni discutidas. Habría mucho que decir, por ejemplo, de la cultura del fútbol desde una óptica feminista y contraria a la heteronormatividad. También está por explorar la función del deporte en la formación cultural de muchos chavales que pasan horas pegando patadas a un balón. Sirvan estos apuntes como caminos abiertos a la exploración y al debate.

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