Chávez por cuarta vez

Hugo Chávez sale victorioso de nuevo con más o menos el 55% de votos. En un escenario de masiva participación (algo más del 80%), Chávez se asienta en la presidencia por cuarta vez: y ya van 14 años…

La prensa internacional se ha llenado, como era de esperar, de artículos a favor o en contra de Hugo Chávez. Yo aquí quiero tocar un tema mucho más sensible para aquellas personas que nos consideramos socialistas: ¿es la Venezuela de hoy en día una vía deseable para la sociedad futura? ¿Es deseable el socialismo de Chávez?

Los portales web de izquierda en castellano se han inundado de artículos eufóricos alabando la así llamada revolución bolivariana. Que Hugo Chávez no es un dictador está claro, por mucho que se empeñen los medios de derecha y del capital. Y esto es algo que les anarquistas debemos admitir: Hugo Chávez no es un dictador. Ha quedado claro que en Venezuela el sistema electoral funciona tan bien, o mejor, que en Europa. Además, tampoco se puede negar que tras 14 años de Chávez el país ha avanzado en ciertas materias como educación, sanidad, y atención social. No obstante, existen otras áreas que no se han desarrollado tanto (como la vivienda o el medioambiente), y otras que parecen ir a peor.

Una de estas «áreas negras» en Venezuela es el sindicalismo revolucionario independiente, el cual está amenazado y oprimido bajo el yugo del partido oficial y su representación sindical. Como cuenta el compañero anarquista venezolano Rafael Uzcátegui, incluso personas afines al partido de Chávez han sido encarceladas por perseguir mejoras laborales. Pareciera que la revolución bolivariana es justa menos cuando se realiza en empresas estatales: hagan ustedes la revolución pero no me toquen las empresas del Estado.

Admitiendo que los gobiernos de Chávez han tenido éxito en ciertas áreas, pero no tanto en otras, les anarquistas nos debemos preguntar si esta vía hacia el socialismo es realmente deseable. Volvemos al viejo dilema que hace malabarismos sobre la complicada línea que separa reformismo y revolución. Pero en el caso de Venezuela la cosa se complica mucho más, puesto que se puede argumentar fácilmente que la revolución bolivariana es una simple continuación del capitalismo anterior, eso sí, bajo una elaborada máscara socialista (socialismo petrolero, como dirían algunas personas). Bajo estos términos, la evolución bolivariana de revolución tiene bien poco, y se puede defender con relativa sencillez que ha asentado las bases capitalistas internacionales en un contexto fuertemente estatal (recordemos que el Estado venezolano mantiene relaciones comerciales con empresas capitalistas de Occidente, incluyendo Repsol).

Lo cierto y verdad es que las evidencias empíricas son poco favorables para el proyecto chavista, al menos desde una óptica verdaderamente socialista. Como anarquistas entendemos que la libertad sin socialismo es privilegio, y el socialismo sin libertad es esclavitud. Y en Venezuela tenemos de lo segundo (en buenas cantidades, además). El Estado no solamente es poderoso, y por lo tanto más opresor, sino que todo el movimiento bolivariano se basa en el show y carisma de un único hombre que, a veces socialista a veces petro-socialista, se encomienda a Dios para realizar la emancipación de la especie humana. Que las personas sean religiosas o no es lo de menos, lo verdaderamente peligroso es cuando la revolución social se estanca en las estructuras del Estado y muestran al mundo una suerte de pop-revolución-social que es televisada durante los grandiosos mítines y sermones del Presidente.

Pero todavía hay algo mucho peor: el atasco ideológico que deriva de este tipo de situaciones. Cuando dos bloques fuertes y bien diferenciados se enfrentan por el poder político, la sociedad tiende a separarse según estos dos bloques ideológicos. De esta forma, en Venezuela eres chavista o anti-Chávez, dejando de lado y marginando otras alternativas como la libertaria. El mundo queda definido en blanco y negro, en capitalismo o comunismo soviético durante la Guerra Fría; en Chávez o Capriles hoy en día, lo que hace todavía más difícil nuestra lucha por el verdadero socialismo; aquel sin Estado.

Por lo tanto: ¿es deseable tener un Chávez en Venezuela? Seguramente sea mejor tener a Chávez que a Capriles, pero está claro que estamos hablando de escoger el mal menor, y hablar de males menores es admitir que el mal existe. Considero que el anarquismo debe reconocer ciertos avances sociales del proceso bolivariano, pero precisamente porque se trata de «hermanos y hermanas socialistas,» debemos ser doblemente crítiques con elles.

No esperemos que el Estado solucione nuestros problemas; el Estado es el problema.

 

Claves para entender el anarquismo III

Seguimos con nuestra laboriosa tarea de comprender y analizar el movimiento anarquista. Recordemos que hay dos números previos: el primero trató la definición anarquista de Estado, mientras que el segundo introducía algunos elementos de la teoría de Proudhon. En este número introduciremos las premisas del anarquismo filosófico para dejar todo preparado para el siguiente número, el cual tratará sobre William Godwin.

Podemos argumentar que la teoría anarquista se basa, en líneas generales, en varios elementos como la oposición al Estado y a la autoridad coercitiva. No obstante, la teoría anarquista y las diferentes formas de vivir y practicar el anarquismo beben de diversas posturas filosóficas que, trascendiendo su carácter abstracto, han terminado por cristalizar y arraigar profundamente en la ideología anarquista (en un sentido amplio e inclusivo).

Así pues, tras la postura anti-Estado de les anarquistas hallamos una premisa filosófica mucho más trascendental: la negación absoluta de la autoridad política y moral de unas personas sobre otras, sea ésta legal o no bajo un sistema de leyes vigente (Miller, 1984: 15). De esta manera, el anarquismo filosófico ha de entenderse más como una postura intelectual que sirve de base para los desarrollos posteriores, y no tanto como una articulación teórica dirigida a la acción política.

Uno de los problemas de hablar sobre anarquismo filosófico (o filosofía anarquista) es que no es propiamente anarquismo, en tanto que el anarquismo filosófico no propone ni articula ningún modelo de organización social (como sí lo hacen las diferentes ramas anarquistas), ni ninguna receta para acabar con los Estados y sus opresión. El anarquismo filosófico, pues, es más una actitud intelectual vacía de acción política.

El anarquismo filosófico nos proporciona una distinción clave para entender la vida social: poder y autoridad no son la misma cosa (ibid.: 16). Al reconocer que los Estados tienen poder, es decir, la capacidad violenta de imponer determinadas cosas sobre las personas, no significa que estemos reconociendo su autoridad, que sería la aceptación del poder. El poder, que es normalmente violencia física (pero no siempre), se convierte así en autoridad cuando es aceptado por las personas. El poder del Estado español está claro: policías, ejército, armamento militar… Y este poder es reconocido como legítimo por muchas personas, esto es: muchas personas reconocen la autoridad del Estado español sobre eso que llamamos les españoles. El anarquismo filosófico diría: el Estado español ciertamente tiene poder, está claro, pero no tiene la autoridad moral de imponer nada sobre las personas.

No obstante, Miller lista tres diferentes formas de acatar órdenes sin tener que reconocer la autoridad de aquella institución o persona que emite esas órdenes. Pongamos un ejemplo sencillo: imaginemos que enfermamos y tenemos que ir a nuestra doctora de cabecera. Como enfermes podemos tomar dos posiciones:

1) Podemos aceptar las recomendaciones de nuestra doctora porque sabemos que ha estudiado medicina y sus conocimientos son de fiar (además de útiles).

2) Podemos aceptar que nuestra doctora tiene el derecho de recetarnos determinado antibiótico porque les doctores tienen un estatus social superior.

En el segundo caso estaríamos otorgando a nuestra doctora el derecho de mandar y dirigir la vida de otras personas, es decir, estaríamos sugiriendo que la doctora tiene el derecho de imponer (estaríamos reconociendo su autoridad). Sin embargo, en el primer caso estaríamos reconociendo su conocimiento como experta en una materia que nosotres mismes no dominamos y, en la cual, necesitamos ayuda. Pero hacer esto no significa reconocer la autoridad de nuestra doctora. ¿Se ve la diferencia entre aceptar la autoridad y aceptar una sugerencia/mandato?

El anarquismo filosófico nos dice en esta situación que cumplir una orden (tomarnos un medicamento recetado por otra persona) no supone necesariamente doblegarse ante el poder de esa persona, mucho menos reconocer su autoridad. Simplemente estaríamos admitiendo la posición ventajosa (ya sea moral, intelectual, técnica, etcétera) de otra persona más capacitada para hacer algo. Otro ejemplo: hoy en día la mayoría de Estados en el mundo prohíben matar a otros seres humanos. Nosotres, como anarquistas, seguimos este mandato no porque creamos en la autoridad del Estado, sino por razones morales.

Otra forma de aceptar mandatos sin reconocer la autoridad de otras personas o instituciones es, según el anarquismo filosófico, acatar las órdenes de un gobierno, por ejemplo, porque nosotres como individuos libres y racionales consideramos que no hacerlo sería más perjudicial para nuestra causa. En este caso estaríamos atendiendo a razones estratégicas. Otro ejemplo de esto sería la acción directa violenta: aunque estemos en contra del sistema financiero no vamos quemando sucursales bancarias por la calle, aunque así quisiéramos hacerlo. Podemos argumentar que, aunque queremos eliminar uno de los pilares del sistema capitalista, no lanzamos un cóctel molotov a la sucursal de nuestro banco porque esto llevaría al rechazo de nuestros vecines quienes, potencialmente, pueden sumarse a nuestra causa en un futuro.

Por último, existe otra manera de obedecer una orden o mandato sin reconocer la autoridad de la fuente. Supongamos, como dice Miller (ibid.: 17), que nos encontramos atascados en un inmenso accidente de tráfico. Los coches arden y se requiere evacuar rápidamente la carretera. Entonces, una persona espontáneamente decide tomar el cargo y empieza a dar órdenes: que si nos movemos para este lado, que si las mujeres con niñes pequeñes pasan primero, etcétera. Ante esta situación que requiere una solución urgente podemos obedecer las órdenes del hombre que nos grita, sin embargo, esto no implica que estemos reconociendo su autoridad para imponerse sobre otras persona. Sencillamente decidimos seguir sus órdenes de manera temporal porque pensamos que es la mejor manera de salvaguardar el bien común. En este caso estaríamos atendiendo a razones organizativas y racionales.

Es útil aclarar que en los dos primeros ejemplos estaríamos admitiendo la autoridad de determinadas personas, pero esta autoridad tiene un carácter muy especial: es una autoridad técnica, de conocimiento, o estratégica. El anarquismo filosófico aquí es tajante: admitir la autoridad técnica de nuestra doctora es válido, puesto que no estamos reconociendo una autoridad moral superior que permite a nuestra doctora imponerse sobre el resto. El anarquismo filosófico argumenta que las personas libres admitirían la autoridad técnica de la doctora en base a sus propias consideraciones morales, es decir: yo como enfermo me tomo lo que me receta mi doctora porque libremente he decidido que ella está más capacitada que yo para recetar medicamentos (hasta qué punto somos capaces de decidir libremente es otra cuestión que no toca tratar ahora).

Así que resumiendo tenemos que: el anarquismo filosófico afirma que nadie, ninguna persona en el mundo, tiene la autoridad moral para imponer cosas sobre el resto. Podemos aceptar ciertas órdenes en ciertos contextos especiales, pero nadie tiene el derecho moral para imponer. Reformulando esto en otros términos: nadie está obligado a obedecer, todes tenemos que tener la libertad individual para analizar por nosotres mismes las diferentes situaciones de la vida y tomar decisiones por nuestra propia cuenta.

Una vez dicho esto, hemos dejado el terreno preparado para estudiar los tres principales autores del anarquismo filosófico: William Godwin, Max Stirner, y Robert Wolff. En esta ocasión los «deberes» son las mismas lecturas recomendadas en el número dos de esta serie de artículos. En la cuarta entrega analizaremos el pensamiento utilitarista de Godwin y lo contextualizaremos dentro de la filosofía anarquista, identificando así sus puntos fuertes y sus debilidades.

Confío en el 29S

Tras el revuelo producido por el 25S me dispuse a emprender viaje, cámara en mano, junto con dos amigas a ver qué nos deparaba la manifestación del 29S.

Llegamos a Neptuno media más tarde de la hora convocada y la plaza estaba completamente llena, en ese momento mi grupo de amigas decidimos separarnos para poder así trabajar mucho mejor. La primera dirección que tomé fue la calle del Congreso cerrada por una extensa valla y un gran número de policías antidisturbios detrás. Lo primero que vi un gran número de fotógrafos apuntando con sus cámaras a la tristemente famosa Jill Love, hecho que me decepcionó bastante. Tras esto decidí ver el panorama general, por lo que escalé una de las ventanas del Museo Thyssen para tener una visión mucho más global. En la plaza ya no entraba casi nadie y casi todas las salidas de la plaza estaban cubiertas por furgones de antidisturbios salvo una, bajé y recorrí como pude toda la plaza, pudiendo ver manifestantes de todo tipo, desde adolescentes a señores y señoras ya entrados en años. Lo que imperaba en esta manifestación era el buen ambiente que se respiraba, que en muchas ocasiones me recordaba al del 15M en sus primeros días.

Manifestantes en Neptuno

Seguí caminando mientras recibía mensajes de amigos en mi móvil contándome la situación desde fuera y recogiendo con mi cara todo lo que podía hasta bien entrada la noche que decidí ponerme en primera línea junto con mis amigas. Se vivieron momentos tensos producidos sobre todo por individuos aislados que en todas las manifestaciones aparecen. Quizás el más tenso de estos momentos fue cuando alguien tiró una especie de bola de humo hacia la línea de antidisturbios, momento en el cual estos se pusieron en posición defensiva. Las lecheras iban entrando al interior de la plaza, todos los medios se detuvieron en uno en concreto, el cual en su interior estaba repleto con varias banderas de España. En unos segundos el caos se apoderó de la plaza, la policía comenzó a bajar de los coches y la gente enloqueció, unos escaparon, otros se enfrentaros y varios nos quedamos con nuestras cámaras fotografiando.

Antidisturbios en el Paseo del Prado

Pero esto poco duró, un grupo de manifestantes comienza a cargar y debemos escapar en dirección Cibeles, la única salida libre, donde gran número de “lecheras” nos estaban esperando. Esperé a que la situación se calmara y me fui en dirección Gran Vía mientras veía con asombro que varias de esas lecheras subían por la calle y se metían por unas de las callejuelas perpendiculares en dirección a Lavapiés. Para nada me esperaba que estos individuos fueran capaces de cargar de nuevo contra gente que ni siquiera estuvo en la manifestación. Estos últimos acontecimientos no los presencié en primera persona, ya me encontraba en la habitación de un hostal, editando las fotos y escuchando sirenas hasta bien entrada la noche.

Para finalizar he de decir que guardo muchas esperanzas en esta serie de actos y confío que el trece de octubre se consiga ese cambio que tanto se necesita.

Teresa Suárez Zapater.

Podéis ver el resto de fotos de Teresa en su cuenta Flickr.

El PP pretende modificar la ley que regula el derecho de manifestación

Que nuestro estimado gobierno del Partido Popular no es muy amigo de la gente que se manifiesta es algo conocido por todes nosotres. Que la señora delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, tiene una opinión peculiar sobre los derechos civiles también lo sabemos. Así que, por desafortunado que sea, que ahora intenten limitar el derecho de manifestación no nos sorprende. Pero sí que nos entristece.

Según comentan en Público, la señora Cifuentes hace poco que ha afirmado que la ley que regula el derecho de manifestación es muy permisiva (sic) y que debería ser modulada para racionalizar mejor el uso del espacio público. ¿Su argumento? Pues que en Madrid hay demasiadas manifestaciones (casi 2.200 en lo que va de año). Pero yo me pregunto: ¿se puede hablar de demasiadas manifestaciones? ¿No es acaso un derecho que tenemos les ciudadanes del Estado español? Nos manifestaremos cuando queramos y cuantas veces creamos convenientes, digo yo.

Pero ni el PP ni la señora Cifuentes parecen pensar de este modo. Para la señora delegada del Gobierno, el derecho a manifestarse ha de respetar el derecho que tiene el resto de ciudadanes a pasear tranquilamente por la calle (como si ahora ella fuera la defensora del pueblo, o  mejor dicho, la defensora de les viandantes). Pero va más allá, porque también aseguró que la ley que regula el derecho es muy vieja por ser de 1983 (y yo me pregunto, entonces, cómo de vieja es nuestra Constitución que permite la existencia de la Casa Real).

Eso sí, la señora Cifuentes se ha esmerado en dejar claro que su intención no es la de recortar los derechos civiles, sino modular un derecho que necesita ser racionalizado. Ella misma afirmó que el tema requerirá de un amplio consenso, aunque lo cierto y verdad es que para el Partido Popular la palabra consenso se limita a un color: el azul.

A vueltas con la cuestión nacional

«Trabajadores del mundo, ¡uníos!»
-El manifiesto comunista, Karl Marx

Vivimos en este país un auge de los nacionalismos: tanto de los llamados periféricos (como el vasco o el catalán) como del nacionalismo español y centralista. Es necesario examinar cuales son las consecuencias del fenómeno del nacionalismo para la clase trabajadora y qué intereses lo mueven.

Las candidaturas vasquistas, y aún las soberanistas, obtuvieron buenos resultados en las elecciones generales del año pasado, sumando entre el PNV y Amaiur más de 650.000 votos. De igual modo, este pasado once de septiembre, la «diada«, reunió a un millón y medio de catalanes en una convocatoria nacionalista de corte independentista. Pero ésta es solo una cara de la moneda, también crecen las posturas que desean una España centralizada y en la que no haya lugar para los nacionalismos periféricos.
Ante esta coyuntura, veo necesario realizar un análisis en profundidad del desarrollo del nacionalismo, del propio concepto de nación y de la postura obrera y libertaria al respecto de este movimiento.

¿Qué es nación?
Habitualmente se distingue nación de patria y nacionalismo de patriotismo.
Una nación se suele definir como un conjunto humano con una historia y cultura común, así como con unos intereses comunes. La patria suele denominar a la tierra natal de uno, aquella en la que se crió. Sin embargo, vemos que los llamados patriotas suelen reinvindicar con actitud nacionalista. Ese patriotismo español que defiende la unidad de España, su destino manifiesto, su lengua, sus tradiciones ¿En qué se distingue de lo que hemos dicho del nacionalismo? Consideraré pues que nacionalismo y patriotismo son términos perfectamente sinónimos, cuya única diferencia está en el uso político que se hace de ellos. Yo no soy patriota, soy nacionalista, dice el catalán. Yo no soy nacionalista, soy patriota, dice el español. Yo no soy patriota, soy abertzale (patriota), dice el vasco.
Quiero destacar que he dicho aquí que en la definición de nación suele incluirse que reune a un conjunto humano con unos intereses comunes. ¿Son los mismos intereses los del capitalista industrial catalán que los del obrero catalán? ¿Los del pescador gallego que los del patrón gallego? ¿Los del jornalero andaluz que los del terrateniente andaluz? No, en absoluto. El nacionalismo cumple aquí una función: La negación de la lucha de clases. Cuando capitalista y trabajador son reunidos bajo la misma bandera olvida el trabajador que pertenece a una clase con intereses contrarios.

El origen del nacionalismo.
Éste es un fenómeno de origen burgués. Se desarrolla en Francia durante su revolución burguesa con el objetivo de que las clases populosas supeditaran sus intereses a los de la burguesía revolucionaria, participando en sus procesos y en sus fuerzas militares «Aux armes, citoyens!». De tal forma, el político de la revolución Abate Sieyès consideraba que solo eran parte de la nación francesa los sectores no privilegiados (el tecer estamento: burguesía y clase trabajadora).[1] Así conseguía la burguesía que los trabajadores actuaran según los intereses de la nación, que no eran otros que los de la propia burguesía, dejando fuera a los estamentos privilegiados a los que se quería desplazar. Un fenómeno similar se daría en los Estados Unidos, donde la nación se crea durante su guerra de la independencia.
Durante las guerras napoleónicas el nacionalismo se desarrollaría como oposición al invasor, de nuevo para que los intereses de los trabajadores y campesinos se unieran a los de las oligarquías antinapoleónicas. Este es el caso por ejemplo de España, donde se dan procesos de construcción de una identidad española como oposición a «lo francés» (Si el francés era liberal, laico y republicano, el español debía ser tradicionalista, católico y monárquico).
Posteriormente se darían procesos de construcción nacional paralelos a la construcción de nuevos Estados. Es el caso de Alemania o de Italia. De nuevo encontramos aquí a un elemento popular participando de los intereses de la oligarquía de construir Estados desde los que explotar mercados nacionales.

Nacionalismo en España.
Hemos hablado ya de cómo surge el nacionalismo español como respuesta a la invasión napoleónica. Este nacionalismo iría evolucionando, teniendo como siempre al ejército español como garante, hacia una visión que ha podido ser, según variaba el componente dominante: liberal o conservador, monárquico o republicano, pero casi siempre centralista, pues a la oligarquía española nada le ha venido mejor que un Estado centralizado.
Pero no todo aquí es la oligarquía del centro de la península. Hay dos lugares donde se desarrollan rápidamente núcleos industriales: El país vasco y Cataluña. Es por ello que florece aquí una burguesía que, para defender sus intereses frente a la oligarquía española, se vuelve nacionalista y pretende construir naciones. ¿Quiere decir ésto que no existía la nación vasca o catalana antes de ello? Si, exactamente. Lo que si que existía era el pueblo vasco y catalán, con particularidades culturales y lingüísticas propias, pero como veremos posteriormente nación no es igual a pueblo.
En otros lugares como Galicia, Andalucía o Aragón se darían también estos procesos nacionalistas, aunque a una menor escala. El nacionalismo periférico llegaría a convertirse, a comienzos del siglo pasado, en el principal rival de las organizaciones obreras, enfocando a la clase trabajadora contra la burguesía española, en lugar de contra la burguesía en general.

Pueblos y naciones.
Decía Bakunin que el Estado había logrado confundirse con el pueblo, de tal forma que los intereses de un pueblo coincidieran con los del Estado.[2] Considero que decir esto es incompleto. Habiendo examinado los orígenes del nacionalismo no nos equivocaríamos si dijéramos que si el Estado es la herramienta de opresión estructural de la clase dominante, el nacionalismo o patriotismo es una herramientra de opresión ideológica de la misma forma que lo es la religión y que es utilizada por las clases dominantes de la misma forma.
Existen sin embargo formas culturales que podemos identificar como pueblos, y que en ocasiones coinciden con las construcciones nacionales. Así, por ejemplo, antes de que surgiera el PNV y el nacionalismo vasco, ya existía un pueblo vasco con una lengua propia, unas tradiciones propias y unas formas económicas y políticas propias, que abominaban de aquellos maquetos que venían de fuera a imponerles su idioma y legislación. Y ésto es aplicable a muchos otros pueblos.
Sin embargo, al contrario de las naciones, los pueblos no tienen fronteras. Las naciones, como construcciones ideológicas, son excluyentes y tienen unos límites marcados, que en el caso de los Estados-Nación corresponderán a los límites de esos Estados. Pero los pueblos, que son realidades culturales, no las poseen, pues la cultura posee graduaciones. ¿Tiene culturalmente más que ver un gallego con un portugués del norte o con un murciano? La respuesta para muchos es obvia y, sin embargo, el nacionalismo español quiere incluirlos en la misma nación. ¿Un habitante del valle de Arán, que habla lengua occitana, pertenece a la nación catalana o a la occitana? Es difícil decirlo, los pueblos no son compartimentos estancos y existe un intercambio cultural perpetuo entre ellos. Son los pueblos, y no las naciones, los que pueden hermanarse y llevar a cabo relaciones de igual a igual.
Queda clara con esto la diferencia entre los pueblos, producto de un desarrollo histórico, social y cultural, y las naciones, que son construcciones ideológicas.

Internacionalismo.
Identificando el problema de la división de la clase trabajadora en múltiples naciones, los padres del socialismo moderno (en sus vertientes marxista o anarquista) no tardaron en defender que la fuerza del proletariado radicaba en su unión internacional.
Marx participaba en 1864 en la AIT, primer proyecto de organización del proletariado mundial, en la que se defendía que «la emancipación del trabajo no era un proceso ni local ni nacional, sino social«[3] y que por ello comprometía a los trabajadores de todos los países. Bakunin, que también participó en la AIT, defendía por su parte que, al igual que los burgueses se agruparon internacionalmente (a través de la francmasonería) durante su periodo revolucionario, los trabajadores, la nueva clase revolucionaria, debían también unirse internacionalmente, superando el patriotismo local y alcanzando la fraternidad de los pueblos.[2][4]
Se crea pues la postura del internacionalismo proletario, que pone por encima de las naciones los intereses de la clase trabajadora internacional. El líder bolchevique Vladimir Lenin sostenía que, si bien es necesario realizar una lucha nacional, pues es a nivel de los Estados-nación como se organiza la burguesía, no deja por ello de ser igualmente necesaria la unión internacional del proletariado. Se hace de igual modo importante atender a las realidades nacionales de cada territorio, producto de «la correlación de fuerzas entre la burguesía y el proletariado locales [5]. Esto tiene especialmente relación con el fenómeno del imperialismo. Lenin analiza cómo el capitalismo, en sus últimas fases de desarrollo, se caracteriza por el surgimiento de la burguesía imperialista que derriba naciones para conquistar nuevos mercados a explotar[6], lo que provoca relaciones de sumisión económica de los pueblos que sufren el imperialismo por parte de aquellos que lo ejercen.
Llegados a este punto es donde entran en juego las luchas de liberación nacional, que no son otras que aquellas que buscan la liberación de estos pueblos del imperialismo que sufren. Sin embargo, estas luchas pueden estar encabezadas por la burguesía local, que impulsa a los trabajadores a seguir sus intereses. Es importante pues que éstas luchas de liberación nacional estén impulsadas por la clase trabajadora y vayan hacia la creación del socialismo. Destacarían, actualmente, la lucha de los indígenas de Chiapas encabezada por el EZLN o la lucha del pueblo kurdo que lleva el PKK y que ha adoptado los principios del confederalismo democrático, de inspiración libertaria.
Existe una postura que va más allá del internacionalismo proletario: el anacionalismo, también conocido por su nombre en esperanto: sennaciismo. Tal defiende que los trabajadores no deben atender a nacionalidades, sino únicamente a su hermanamiento como clase trabajadora internacional. Es una postura defendida clásicamente por el sector obrero del esperantismo[7], así como por ciertos anarquistas y otros socialistas.

Aquí y ahora.
Como decía a principios de este artículo, en España se están fortaleciendo las posturas nacionalistas (españolas o periféricas). Esto no es extraño si consideramos que vivimos en una época de reacción generalizada, en la que la burguesía está propinando fuertes golpes en forma de eliminación de las conquistas laborales y sociales.
Es muy conveniente para la burguesía catalana alzar la bandera de la independencia, presentando a España como el problema, consiguiendo que la clase trabajadora catalana, el pueblo catalán, olvide por un momento que su derecho a una sanidad pública es violado por esa misma burguesía. También le viene muy bien a la oligarquía española el señalar a Cataluña o a Euskadi, provocando odios xenofóbios entre los propios habitantes del Estado español (no hablar ya de su política contra los extranjeros) y la división de los trabajadores cuyas conquistas ataca a diario.
No debemos olvidar que pertenezcamos al pueblo catalán, vasco, aragonés o castellano nuestros intereses deben ser los mismos: La emancipación de los trabajadores como clase y que nuestra división es nuestra debilidad. Como dijo cierto personaje «debemos remar todos en la misma dirección» si, y esa dirección es justo la contraria a la que reman ellos.
En una época en la que la burguesía europea derriba las naciones (lo estamos viendo: la construcción de un nuevo Estado-nación europeo que ya ha absorvido al sur de Europa) construidas hace siglos, la división del proletariado en naciones solo puede ser contraproducente.

[1] SIEYÈS, J. Enmanuelle, ¿Qué es el Tercer Estado?, París, 1789.
[2] BAKUNIN, Mijail, La libertad, «Obras Completas», México, Grijalbo, 1972.
[3] Asociación Internacional de los Trabajadores, Estatutos provisionales, Londres 1864.
[4] BAKUNIN, Mijail, Sobre el patriotismo, «Le Progrès», Ginebra, Febrero-Octubre 1869.
[5] ILICH, Vladimir «Lenin», Notas críticas sobre la cuestión nacional, Moscú, Progreso, 1974.
[6] ILICH, Vladimir «Lenin», El imperialismo, fase superior del capitalismo, Pekín, Ediciones en lenguas extranjeras, 1975.
[7] Sennacieca Asocio Tutmonda (Asociación Mundial Anacional), http://www.satesperanto.org/

Resumen del 29S: Algo a recordar

La semana que ocurrieron los altercados del 25S hubo bastante revuelo en los medios de comunicación. Al estar en una carrera que gira en torno a éstos, es imposible no darle mil vueltas a lo que sucede en tu país. El jueves, curiosamente tras una clase de Derecho, decidimos dos amigas y yo ir a Madrid para vivir en persona el 29S

Una vez sábado, ya en la capital, fuimos dirección Plaza Neptuno, en la que a las 18:22 (miré el reloj justo al poner un pie allí) ya costaba entrar. Decidimos avanzar entre la gente hasta alcanzar la zona 0, las vallas situadas a las puertas del Congreso.

El principio fue un poco brusco. Para mi desilusión, nada más entrar me encontré de bruces a la famosa chica desnuda de las manifestaciones que se han dado a partir del 25S (chica que, en mi opinión, me parece la típica persona que se lucra de un momento culmen para hacerse famosa y ¡Oh! ¡Qué coincidencia! Es directora, actriz, y nadie hasta ahora sabía nada de ella. Hasta que se desnudó, claro) pero una vez pasado este momento, la cosa fue a mejor.

(Espero, nadie se ofenda más de lo debido por el comentario hacia esta mujer. No critico la calidad de su trabajo, sino su autopromoción)

La mujer desnuda

He de decir que me sorprendió el buen ambiente que en general se dio. Había una intensa lucha por mantener el orden, sin provocar a la policía y procurando que sus provocaciones no fueran retroalimentadas. En cuanto se veía a alguna persona con pasamontañas, capucha, pañuelo o cualquier cosa que usase para taparse la cara, se le avisaba de que aquello no era necesario y se le presionaba para que se descubriese la cara. Se descubrieron a su vez diversos policías infiltrados que no paraban de repetir que había que atacar las vallas, y que la violencia era el único modo de hacerse oír. Todo esto mientras, como en toda manifestación, se cantaba diferentes frases de reivindicación.

Por otro lado, quiero destacar la cantidad de personas mayores que había, nada de chavalería, no, hablo de personas de 60 y 70 años o más, que aguantaron allí hasta que pudieron. También sorprendió la presencia de varios bomberos, quienes se unieron a la manifestación.

Los dos bomberos, junto con los manifestantes

La cosa empeoró cuando alguien lanzó un petardo, lo que provocó que los antidisturbios, quienes llevaban inquietos largo rato, se pusieran alerta casco en cabeza y porra en mano. Hicieron el ademán de cargar con algunos gestos agresivos, aunque al final la situación se calmó de forma momentánea. Tras esto se armó algo de revuelo en la plaza, algunos pocos marcharon al darse cuenta de que todas las salidas estaban cubiertas por policía y antidisturbios. La verdad es que, cuando me percaté de esto, también me tembló el pulso: si por algún casual se diese alguna carga policial contra los manifestantes, apenas tendríamos salidas por las que escapar de los palos. Tras hablarlo con mis compañeras decidimos continuar en la plaza.

Se dieron diversos momentos de tensión en los que parecía que el ataque policial iba a ser inmediato, aunque finalmente se demoró, hasta que finalmente éstos decidieron entrar en Neptuno con gran parte de los furgones. La reacción ante esta provocación fue encararse a la policía, sin apartarse ni huír, gesto que me pareció magnífico y que demostró el poco respeto que nos obligan a tenerles con esa actitud que se gastan ante la ciudadanía. Incluso algunas personas se pusieron delante de los furgones, con las manos en alto y dni en ellas, recriminándoles la ausencia de su número de identificación.

Los antidisturbios rodearon la plaza hasta su totalidad, teniendo todas las entradas y salidas vigiladas. Este es un momento del que no me acuerdo demasiado bien debido a la cantidad de acontecimientos que se iban sucediendo. Solo sé que cuando quise quedar con mis compañeras en la que parecía la salida más despejada de Neptuno (subida al museo de El Prado) habían logrado agrupar a una grandísima parte de los manifestantes en una calle de… ¿cuánto? ¿25-30 metros de ancho por 100 de largo? Cuando te paras a pensar y te das cuenta de que durante toda la jornada esa había sido la única calle despejada de camiones antidisturbios, te das cuenta de que seguramente lo tuviesen planeado para acorralar a más de la mitad de los manifestantes en ese espacio para tenerles a tiro, ojalá me equivoque, pero es demasiada coincidencia. Vergonzoso.

Viendo el panorama de dicha vía, decidí ir por la carretera camino a Cibeles, ya que parecía el camino más despejado. Justo en esa calle en la que me había metido  por parecerme más o menos segura, fue por donde decidieron cargar de nuevo, por lo que tuvimos que correr hasta llegar a Cibeles, donde de nuevo siguieron las cargas policiales.

 Tras un largo rato, el conflicto pareció dispersarse y decidimos ir al Hotel en el que nos hospedamos, el cual estaba en Gran Vía. De camino aparecieron de nuevo los antidisturbios: durante toda la noche se están dedicando a cazar (sí, CAZAR) personas sin ningún tipo de criterio por el barrio de Lavapies. Los ven, los sacan de donde estén (bares, establecimientos, lo que sea) y sin más, les atacan. Penoso.

Policía antidisturbios momentos antes de cargar contra los manifestantes

He de decir que a nivel personal hacía tiempo que no vivía algo tan sumamente bonito, a pesar de los palos, los gritos, el dolor de espalda y las muchas carreras que me he tenido que hacer para huir de las porras. Hacía mucho que no encontraba ninguna esperanza para este país, pero viendo cómo están evolucionando las mentes, y que la gente poco a poco se está concienciando… tal vez no estemos enterrados en estiércol como yo creía.

En cuanto a fotografía, me ha ayudado a definirme algo más, yo creo. En gran parte fui para coger rodaje en temas de conflicto, vale, no es Kosovo, pero ahí está. No buscaba un resultado fotográfico espectacular, sino el trabajar bajo presión, rodeada de personas que te dificultan la movilidad, buscar continuamente por dónde poder escurrirte para que no te pille la policía, adaptarte a un ambiente en constante cambio tensión-relajación… y muchas más cosas que espero, vuelva a vivir, a poder ser en Madrid, y a poder ser este mismo mes que entra.

Confío en que sí.

Henar Domine.

Más cosas de Henar Domine en su blog y en su Flickr.

1 89 90 91 92 93 96