De victorias y derrotas: crónica del 29-S

Como respuesta a la represión sufrida el pasado martes 25 y miércoles 26 de septiembre, miles de personas nos desplazamos desde diferentes puntos del Estado a Madrid para rodear el Congreso, exigir la libertad de los detenidos y forzar la dimisión del Gobierno. ‘Hemos ganado’, exclamaron desde la organización. Esta es una crónica de esa victoria y de su irreal resultado.

La tercera jornada de protestas iniciadas por el movimiento Rodea el Congreso (uno de sus múltiples nombres) comenzó con los tintes habituales que caracterizan las movilizaciones masivas que desde mayo de 2011 se vienen realizando por todo el Estado español: plazas y calles adyacentes abarrotadas de individuos de heterogénea ideología, estética, extracción social, género y edad. El ambiente durante las primeras horas era un calco de otras protestas a las que ya estamos acostumbrados, pero que son visualmente muy diferentes a las de antaño. Apenas hay símbolos ideológicos, partidos políticos o banderas, más allá de algunas enseñas tricolores republicanas, y son muchas las pancartas y cánticos contra la clase política y la policía. No hay consignas tradicionales de lucha de clase y casi no se habla del capitalismo. Semióticamente esto también significa algo. El escepticismo de la postmodernidad puede respirarse entre una multitud que minutos más tarde abandonaría la Plaza de Neptuno dejando un reguero de latas de cerveza vacías por la acera.

El perímetro de vallado que rodeaba el Congreso se extendía desproporcionadamente, cortando las calles a gran distancia del que, a priori, parecía el objetivo de la concentración. El Paseo del Prado en dirección a Cibeles y a Atocha estaba rodeado de furgones policiales; en torno a unos 50 o 60 podían verse a simple vista. Donde no alcanzaba el mirar era seguro que había más. Hasta poco antes de que se pusiera el sol sólo provocaba la indignación de los presentes las apariciones cada quince minutos de un helicóptero que sobrevolaba Neptuno.

La gente seguía llegando en masa y la cantidad de horas de pie y de inactividad –más allá de los cánticos- daban pie a diferentes comentarios, la mayoría en torno a la conveniencia del uso de la violencia por parte de los manifestantes, así como a la posible presencia de infiltrados. Algunos de los congregados descansábamos sentados en el suelo e intermitentemente subíamos a las ventanas de los edificios colindantes para comprobar la afluencia. Por no disponer de telefonía con Internet, las únicas noticias “del exterior” las conocí a través de mensajes de texto: la policía amenazaba a los medios de comunicación advirtiéndoles de que debían abandonar la plaza ante la posibilidad de que se produjesen cargas policiales.

Una vez caída la noche, desde la megafonía de la coordinadora se desconvocó la manifestación. “Ya hemos ganado”, dijeron. Quienes resistiesen en la plaza lo harían bajo su responsabilidad. La medida se tomaba, según expusieron, para que no se repitiesen los altercados del 25 y del 26. En ese momento me pregunté: ¿Para qué he recorrido más de 500 kilómetros en autobús y he invertido parte de mi escaso salario? ¿Cuál era el objetivo político real de esta manifestación? ¿En qué momento puede finalizar un sitio al Congreso? ¿Qué es exactamente lo que hemos ganado permaneciendo cuatro horas de pie frente a una valla? ¿No nacía esta plataforma como un método de protesta indefinido? Todas estas cuestiones rondaban mi cabeza, defraudado, mientras comprobaba el poder de convicción de un megáfono. Aunque todavía seguíamos siendo legión, la mitad de los convocados abandonaron Neptuno. Algunos para cenar, otros a sus casas y un grupo de unas 150 personas a intentar realizar una patética cadena humana alrededor del Congreso atravesando la Calle Cervantes, con evidente e infructuoso resultado.

No es la primera vez que presencio cómo desde las organizaciones convocantes de una manifestación, cuando ésta empieza a tomar un cariz combativo, se anima a los asistentes a desmovilizarse. ¿Cuál es el objetivo de incitarnos a que tomemos una determinada actitud? ¿Por qué hay que coaccionarnos para que finalice un acto de protesta en el momento en que ellos elijan? Cuando esto ocurre sólo me queda sospechar que, en esos instantes, los convocantes están pensando más en la imagen de su plataforma y sus necesidades como organización que en los fines de la protesta.

A pesar del vaciado, como se ha dicho, todavía un nutrido grupo de personas ocupaba la plaza. Entonces ya eran abrumadora mayoría los jóvenes. Aparecían las primeras capuchas y verdugos, así como una mayor cantidad de personas con estética tradicional de izquierdas. Los cánticos contra la policía aumentaron. No podía ver lo que pasa en la bocacalle que orienta el tráfico hacia Cibeles, pero me constaba que había cierta provocación policial, aunque nada grave. Frente a la valla más próxima al Congreso comenzaron a volar los primeros objetos y algunos manifestantes fueron reprendidos. Se les acusó de estar infiltrados. Otros les defendieron. El ambiente se caldeaba y terminó de estallar con el lanzamiento de un petardo hacia el otro lado de la valla. Hubo mucha gente que no vio la trayectoria del explosivo y su detonación cogió por sorpresa a la mayoría de los asistentes, que huyeron al pensar que se había lanzado una pelota de goma. Algunos de los que vimos qué había pasado tratamos de arengar a quienes corrían para que se quedasen quietos, nos tapamos las caras y lanzamos botellas a los antidisturbios para evitar una posible carga al verles ponerse los cascos y cargar sus escopetas. Era absurdo pensar que los agentes podían agredirnos desde detrás de un triple vallado, pero las escenas de histeria colectiva y las carreras contagiosas se repitieron toda la noche.

Con este primer amago de carga se vació un poco más la plaza y volvió la calma. No obstante, quienes allí estábamos ya teníamos el convencimiento de que habría violencia, algo que no podía adivinarse con claridad horas antes. Más tarde, en un extremo de la plaza hubo movimiento, carreras, algún golpe seguro, pero desde donde me encontraba no podía verlo con claridad. Entre 6 y 10 furgones policiales subieron desde Atocha a Neptuno y entraron en el corazón de la misma, dividendo a los manifestantes en dos grupos. Uno orientado hacia Cibeles y otro hacia Atocha. Un pequeño colectivo permanecía todavía de cara al Congreso, en el centro. Parte de los manifestantes se situaron frente a las furgonetas para evitar que avanzaran. No sé qué ocurrió –más tarde lo vería por televisión- a los compañeros acorralados entre Cibeles y Neptuno, pero en la zona en la que quedé atrapado comenzó el lanzamiento de objetos. Un nuevo petardo, esta vez verde, estalló bajo los furgones. Los agentes bajaron de sus vehículos y corrieron hacia la multitud, que resistió como pudo y se refugió en la Calle Cervantes. Volcamos en la bocacalle algunos contenedores y se improvisó una barricada. Un grupo de policías aguardaba en la esquina del Palace y Cervantes, recibiendo el impacto de latas y botellas con una banda sonora antológica: El pueblo unido jamás será vencido. En el otro extremo de la plaza, aunque no pudimos verlo, le reventaron la cabeza a un joven que tuvo que ser hospitalizado y detuvieron a dos compañeros.

A partir de entonces todo fue un correcalles. En cada esquina en la que tuvimos que apostarnos tras retroceder levantamos una barricada, que al tiempo era sorteada por los agentes o bien por el mismo camino o por calles laterales. Poco a poco esto hizo que nos dividiésemos y que, por nuestra propia cuenta, acabáramos abandonando cualquier posibilidad de resistencia y de retomar Neptuno. Durante estas carreras recibimos algunos pelotazos de goma y varios destacamentos de agentes de la UIP entraron en locales de la zona amenazando a los clientes y golpeando a los manifestantes que se habían refugiado en ellos.

Según contaron los medios, después de desalojar a los manifestantes de Neptuno un grupo de pacifistas se apostaron, sentados, frente a la valla del Congreso. Allí permanecieron hasta que pactaron su salida sin consecuencias. Para haber ganado, como decían desde la coordinadora, el triunfo tuvo un sabor amargo.

Vídeo relacionado: http://www.youtube.com/watch?v=r1LYYaPk7zI

Anónimo.

La estafa de Syriza (Griega o Gallega)

El Chapa

El éxito electoral de la coalición griega Syriza produjo una esperanza en determinados sectores de la izquierda política, principalmente en el eurocomunismo y en la socialdemocracia a la izquierda del PSOE, pero también en gente más revolucionaria. El programa de Syriza, quienes negaban tener voluntad de salirse de la UE, vendría a representar el manido lema de esa izquierda antes nombrada de darle una salida social a la crisis. Ahora, con motivo de las elecciones autonómicas gallegas, una coalición de IU y Anova busca identificarse con esa marca griega yobtener así representación. Sin embargo, ¿es posible llevar a cabo el programa de la salida social a
la crisis?

El modelo democrático burgués respeta siempre, en última instancia, el sistema económico vigente, esto es, el capitalismo. A pesar de que es posible establecer diferentes condiciones por parte del Estado para suavizar los problemas sociales, ecológicos, etc. que genera la economía capitalista, la necesidad de desarrollar dicho proyecto político dentro del capitalismo hace imprescindible establecer unas condiciones de mercado favorables para la inversión. Esta ventaja competitiva en el trabajo es la que en última instancia va a crear empleo, y por lo tanto, la mejora de las condiciones laborales suponen también una pérdida de competitividad. La pérdida de competitividad en el mercado laboral que supone mejorar las condiciones de los trabajadores y el previsible aumento de los impuestos con vistas a fortalecer la asistencia social, sólo se puede compensar con medidas que requieren una gran financiación (mejora de las comunicaciones, por ejemplo) y en algunos casos también el paso del tiempo, como sería la mejora de la educación, que hasta que los alumnos que reciben esa mejor instrucción se incorporen al mercado de trabajo no va a ser efectiva. Esta mejora de la competitividad productiva necesita obligatoriamente una gran financiación para poder llevarse a cabo. De no poder realizarse esta mejora en la oferta de mercado, el capital y la producción se marchará a otros lugares más competitivos, generando paro y empeorando por lo tanto, en líneas generales, las condiciones de la clase trabajadora.

Llegados a este punto, es necesario comprender la situación en que se encuentra tanto Grecia como España. Ambos países se encuentran en los denominados PIGS, y esto significa, en resumidas cuentas, que carecen de una base financiera sólida. La incapacidad de poseer un mercado financiero estable hace que dependan de préstamos exteriores para no caer en el colapso, produciéndose por ello los planes de rescate y demás operaciones por las que los estados buscan aumentar su financiación. Obviamente, los préstamos que piden se hacen mediante unas condiciones, no ya obligadas por la UE como si fuese un organismo cuyo único propósito sea empeorar las condiciones de vida en la Europa del sur e Irlanda porque sí, sino que para conseguir dichos préstamos, los mercados requerirán que las condiciones de producción en esos países mejoren, y eso es algo que, de manera inmediata, sólo se puede hacer por la vía del recorte y la precarización. En resumen, un país que necesita crédito sólo lo obtendrá si establece unas condiciones en su mercado productivo favorables, de lo contrario cualquier financiación, que no deja de ser una inversión, será imposible.

Vemos por lo tanto cómo el “proyecto Syriza” se vuelve imposible desde el momento en que si quiere obtener financiación, la cual le va a ser imprescindible para poder realizar cualquier proyecto social, va a tener que aceptar la aplicación de una serie de recortes en servicios sociales y en materia laboral.

Esto, además, se ve agravado por la situación de que el modelo político social que defienden, el llamado Estado del Bienestar, pasa por que todo ciudadano tenga una gran capacidad de consumo que sólo se logra mediante préstamo. De lo contrario, la adquisición de bienes inmuebles, un coche, etc. se volvería inasequible para la mayor parte de la población. El Estado del Bienestar, por lo tanto, favorece la extensión del mercado financiero, ese mismo al que ahora le echan las culpas de la crisis y de todas las penas que nos llegan.

¿Cúal podría ser, por lo tanto, la solución a lo que nos está cayendo encima? Visto lo visto, en la actualidad sólo se reflejan dos salidas. Una es aceptar la dinámica vigente y continuar con la política de recortes hasta que el mercado se autoregule de nuevo y con ello comience un nuevo periodo económico de expansión, y la otra opción es negarse a estos recortes, pero eso sólo es posible si se está dispuesto a romper con el capitalismo, y por lo tanto sólo tenemos dos opciones: o recortes o revolución.

Siendo conscientes de que el anterior Estado del Bienestar se basaba en la complicidad del mercado financiero que ahora exige los recortes como paso necesario para ofrecer crédito, se aventura que todo proyecto revolucionario ha de ser decrecionista. Igualmente, la vía parlamentaria es imposible. Para empezar, ya se pudo comprobar qué ocurrió tanto en Grecia como en Italia con los presidentes que supusieron un obstáculo para la aplicación de los recortes, y después, que la propia lógica del parlamento y de las elecciones hace que para que un partido obtenga una mayoría electoral suficientemente amplia para poder realizar su proyecto político independiente de otros partidos (con lo que se evitaría la necesidad de cesión, que supondría la imposibilidad de la revolución y la continuación de los recortes), tenga que autocensurarse en sus líneas ideológicas y ofrecer un programa que abarque todos los intereses posibles, convirtiéndose en un denominado partido catch-all. La necesidad de ser un partido catch-all para ganar unas elecciones es incompatible con la revolución, ya que la necesidad de contentar al mayor número de electores posible, hace que los programas mantengan a grandes rasgos el status quo vigente, defendiendo la mayor cantidad de intereses inmediatos de los distintos sectores (diferentes tipos de asalariados, empresarios, etnias…) que pueda.

El ala izquierda de la revolución soviética (I)

La pasada noche emitía la televisión estatal española (TVE) unos documentales sobre la revolución rusa (que podéis ver aquí). A pesar de su excelente calidad técnica (remasterizando y coloreando las imágenes de la época y combinándolas con recreaciones actuales), el documental reproduce una serie de mitos sobre la revolución. Por otro largo, otorga una visión sesgada de ella, centrada en los grandes hechos y personajes y no en su realidad social.

Por ello, y como la informacion es también un frente de combate social y en la guerra hay que aprovechar la mínima oportunidad, me dispongo a publicar un pequeño trabajo que realicé sobre la revolución rusa vista desde la oposición de los grupos políticos a la izquierda de Lenin, para ofrecer una mayor comprensión de la realidad revolucionaria. Aviso al lector o lectora que es un mero trabajo de síntesis, en el que sin embargo se comenta una serie de obras que considero clave. Pero, para un mayor conocimiento, no dejo de recomendar ir a las obras originales, que dejaré para su descarga.

1. Justificación y fuentes.
Es habitual que, a la hora de comprender la revolución rusa, predominen dos versiones oficiales: La primera, dada por el partido bolchevique, hegemónico tras la revolución y la segunda, su opuesta, proviene principalmente de las potencias enemigas de la Unión Soviética durante la guerra fría. Sin embargo, estas dos versiones oficiales de lo que fue la revolución rusa ofrecen una visión que no atiende a la realidad de aquel periodo revolucionario.
Por ello, pretendo reflejar la pluralidad de visiones dentro del bando revolucionario, aspirando a una perspectiva más completa de la realidad social y política del periodo y, especialmente, de como lo vivió su principal protagonista: El pueblo ruso.
Considero que esta cuestión se ha dejado a menudo apartada, cayendo en una sobreestimación del papel, sea éste positivo o negativo, del partido bolchevique en la revolución.
He recurrido a testimonios y reflexiones de los principales líderes del partido bolchevique (Lenin y Trotsky) y, para realizar la tarea de contraste, de revolucionarios influyentes de otras formaciones izquierdistas. Los autores de estos documentos vivieron la revolución en sus carnes, pero no son fuentes directas, sino trabajos y análisis historiográficos elaborados tras la revolución, lo que les da una mayor perspectiva, aunque también reflejan una mayor parcialidad.

2. La revolución rusa: causas, protagonistas y consecuencias.
Antes de lanzarnos a la tarea que nos ocupa es necesario comprender que lo que entendemos por revolución rusa corresponde a un importante cambio político y social que se desarrolló en Rusia a principios del siglo XX, dividido en dos etapas principales: La revolución de febrero, producida por la alianza de fuerzas entre liberales y socialistas que acabó con el derribamiento del zarismo y la formación de un gobierno provisional democrático-liberal; y la revolución de octubre, segunda fase en la que las fuerzas de izquierda llevan a cabo una segunda revolución contra el gobierno liberal, acabando con el auge del partido bolchevique y la formación de la URSS.
Muchas son las causas de esta revolución, más valdría la pena enumerar las principales: La debilidad de un régimen atrasado de tipo feudalista como el del Imperio Zarista, la aparición de una burguesía contraria al absolutismo, de un incipiente proletariado industrial urbano, el desgaste producido por una larga y costosa primera guerra mundial y la llegada implantación de las ideas marxistas, especialmente entre el proletariado urbano y los soldados sin rango.
Esta conjunción de causas, junto al malestar general producto de un sistema de producción en clara decadencia que mantenía a las masas rusas en la miseria y la ignorancia fueron, más que la influencia de un grupo político particular, las principales causas de la revolución.
Es necesario repasar los principales protagonistas, las principales facciones políticas y sus liderazgos, así como su papel en la revolución:
Por un lado la facción que apoyaba al zar Nicolas II. Ha sufrido ya un intento de revolución en 1905 y, tras unas tímidas e insuficientes reformas, un frente desmoronado y una situación económica grave le hacen perder el apoyo de su Estado Mayor. Abdica y se deja detener el 20 de marzo de 1917, siendo asesinado en julio de ese mismo año.
En segundo lugar, el Partido Democrático Constitucional, representa de los intereses de la burguesía. Liderado por Pável Miliukov, será el partido creador y dirigente del Gobierno Provisional tras la revolución de febrero. Defensor de una república liberal al estilo occidental, su apoyo a seguir en la guerra lo hizo muy impopular.
Encontramos a los socialistas divididos en dos partidos principales: El Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, clásico partido marxista, se dividiría en 1917 en dos facciones, la menchevique, de Yuli Mártov (que apoyaba al gobierno provisional) y la bolchevique, encabezada por
Lenin, favorable a una revolución obrera y refundada en 1918 como Partido Comunista Ruso.
Y el Partido Socialista Revolucionario de Víctor Chernov, de implantación campesina y recogedor del populismo ruso. Los eseristas fueron los principales rivales de los bolcheviques durante la revolución de Octubre.
Por último, encontramos abundantes grupos anarquistas, aunque, como se lamentaban los más formados de ellos como Volin o Arshinov, muy fraccionados y desorganizados. A pesar de no haber sido capaces de levantar un anarcosindicalismo fuerte, darían un gran apoyo a los sóviets.
De entre todas estas tendencias acabaría por imponerse, tras las dos fases de la revolución, el partido liderado por Lenin. Antes de entrar a ver la visión de la oposición izquierdista veremos, en la próxima parte, que nos dicen los bolcheviques sobre la revolución en la que vencieron.

Va al siguiente.

Claves para entender el anarquismo II

En la primera entrega nos quedamos en la definición básica de anarquismo: qué puntos son comunes a las diferentes corrientes, y en qué se basan estos. En esta entrega, continuaremos definiendo nociones básicas sirviéndonos de la concepción proudhoniana de la sociedad. Además, dejaremos el terreno listo para entrar en la «entretenida» tarea de comprender el anarquismo filosófico.

Recordando…

Recordemos un momento que, en en la primera entrega, definimos al Estado como:

1) Una entidad soberana, la cual clama tener la absoluta y única autoridad para definir los límites de su territorio y los derechos de sus ciudadanes.

2) Una entidad obligatoria, la cual es impuesta a las personas de cualquier generación. La imposición de la existencia del Estado, además, implica la obligación de aceptar dicha existencia dentro de la legalidad vigente.

3) Una entidad monopolística, es decir, el Estado tiene el monopolio del poder y violencia (fuerza) dentro de su territorio.

4) Una entidad discreta, es decir, diferente y claramente diferenciable del resto de funciones y dinámicas sociales. En este punto se incluirían las relaciones y elementos relacionados con la burocracía, el ejército, la policía, les polítiques, etcétera.

También explicamos que estas definiciones se aplican a cualquier tipo de Estado, ya sea liberal o proletario, puesto que la crítica anarquista se enfoca en la propia existencia del Estado como elemento opresor, no en sus formas específicas.

Proudhon: Estado y economía

Una vez resumida la primera entrega, vamos a dar paso a la definición de Proudhon, quien a lo largo de su obra trata indistintamente Estado y gobierno, siendo esto algo problemático desde un punto de vista teórico. Pero vamos a obviar esto y pasemos directamente a la definición proudhoniana de Estado (Miller, 1984: 7):

1) El Estado es un cuerpo coercitivo que no busca el bienestar de las personas, sino su propia reproducción. No es ni necesario para la coexistencia humana ni propicia la libertad (la reduce).

2) Es un cuerpo punitivo que se excede en el uso de la fuerza sobre aquellas personas que se oponen a sus leyes [1].

3) Es un cuerpo explotador que  obliga a las personas a dar parte de su riqueza a las arcas del Estado que, para Proudhon, son en definitiva «los bolsillos de la clase dominante.» Esta transferencia de riqueza se daría mediante el pago de impuestos y otras regulaciones económicas.

4) Es una fuerza destructiva que produce guerras a gran escala entre diferentes países. Para Proudhon, y otros anarquistas de la época, un mundo sin Estados sería un mundo más pacífico, pues aunque los conflictos violentos no desaparecerían estos se darían en una escala mucho menor.

Sin embargo, a pesar de que los Estados son tan nocivos para la libertad humana, algún elemento positivo han de aportar para que la gente no se subleve de forma automática. Los primeros análisis anarquistas apuntaron, pues, a diferentes elementos como la protección física de la ciudadanía frente a otros Estados violentos, y a la organización a gran escala de las fuerzas productivas. Estos dos puntos ampliamente compartidos en el anarquismo, si se miran con mayor detenimiento, nos muestran un hecho interesante del anarquismo: que ciertas cosas en la vida humana han de ser organizadas de manera social o colectiva, lo que se opondría a la concepción más individualista dentro del anarquismo.

De esta manera, para Proudhon y otras personas anarquistas de la época, las instituciones sociales eran necesarias y válidas. No hay que confundir una institución con un Estado, diría Proudhon, pues en una sociedad anarquista las instituciones sociales serían puramente funcionales, es decir, servirían a algún fin social, pero nunca serían soberanas ni obligatorias (sino voluntarias). Además, estas instituciones estarían organizadas y dirigidas «por personas de a pie», no por un cuerpo de técniques de la burocracia, mucho menos por polítiques.

Para comprender mejor esta distinción entre instituciones deseables e instituciones indeseables, es útil mencionar la postura de muches anarquistas respecto a la religión. Para muches, la religión per se, en sí misma, no es un problema. De hecho, siendo consecuentes con el principio de autonomía individual que defiende el anarquismo, quedaría a disposición de cada cual el creer o no en una religión determinada. Sin embargo, a lo que se opone rotundamente el anarquismo es a la imposición religiosa; a la dominación social de jerarquías eclesiásticas. De la misma forma, las instituciones sociales en tanto que formas de organizar la compleja vida social de los seres humanos pueden ser malas o buenas, pero en sí, a diferencia de los Estados, no tienen por qué ser negativas.

Volviendo a los Estados, si bien es cierto que la oposición a cualquier forma de Estado es algo común a todos los anarquismos (ibid.: 9), para muchos anarquistas de la época de Proudhon (y de hoy en día también) la crítica al capitalismo no es tan obvia. Teóricamente hablando, no está muy claro si los Estados modernos son resultado del capitalismo burgués o si el capitalismo es resultado de los Estados modernos. Debido a este vacío teórico que difícilmente se puede llenar, muchas personas anarquistas conciben que las dinámicas capitalistas son explotadoras y negativas para la humanidad porque se dan en un contexto estatal. En resumen: para algunes anarquistas el capitalismo sería una forma óptima de organización social si tuviera lugar en un mundo sin Estados, pues son estos y no el capitalismo (según estas personas) los que crean las desigualdades sociales.

Ahora que ya hemos acotado los límites de «qué es un Estado,» hemos de pasar a la concepción básica que tiene el anarquismo sobre la economía en relación con los Estados. No obstante, es importante mantener en mente todo lo escrito hasta el momento porque en futuras entregas echaremos mano a esto que podemos llamar «nociones básicas de anarquismo.»

Así pues, en el terreno económico el anarquismo mantiene su disparidad teórica: hay anarquistas que defienden el capitalismo, anarquistas que defienden la propiedad privada de los medios de producción, anarquistas que abogan por la propiedad colectiva, etcétera. Para aquelles que defienden la propiedad privada el elemento clave está en distinguir la propiedad de las personas del monopolio injusto que supone el Estado, el cual concentraría en grandes cantidades el capital de una sociedad. El mejor ejemplo de monopolio estatal sería, sin duda, los Estados «socialistas» como el creado en Rusia. Proudhon ya identificó, mucho tiempo antes de la Revolución Rusa, elementos autoritarios en las ideas de Karl Marx, cosa que también haría Bakunin (ibid.: 10).

Siguiendo con Proudhon y la línea general del anarquismo de la época, es interesante destacar que según su concepción un cambio en el sistema económico no supondría ningún cambio en la naturaleza interna de los Estados, es decir: un Estado proletario es tan malo (o más) que un Estado en un sistema capitalista. A este respecto, Bakunin añadió que los Estados modernos, haciendo especial hincapié en el proletario, serían una brutal maquinaria de control social y opresión que convertirían a la ciencia en la nueva religión y a los científicos sociales en los nuevos sacerdotes.

De todo esto podemos concluir que el anarquismo, per se, no tiene un sistema económico consensuado. Como explica Miller, son tantas las personas que piensan de tan diversas formas dentro del anarquismo que se hace imposible establecer teoría general a este respecto (ibid.: 11). Sin embargo, todas las propuestas de organización productiva y económica que se han realizado desde el anarquismo tienen algo en común: que son propuestas descentralizadas y organizadas de abajo-a-arriba. Esto se mantiene en todas las corrientes anarquistas, defiendan la propiedad privada, la existencia de mercado, o  la propiedad colectiva de los medios de producción. Además, otro elemento que caracteriza a todas las propuestas económicas anarquistas es la voluntariedad, lo que significa que no son obligatorias ni impuestas.

Proudhon,  por ejemplo, realizó  una propuesta que se podría situar en el medio del espectro «propiedad privada VS propiedad colectiva.» Él distinguía entre distintas áreas económicas donde la propiedad sería organizada de diferente manera. Así pues, para las áreas rurales Proudhon hablaba de pequeños propietarios, para la esfera de la artesanía y la pequeña producción también hablaba de pequeños propietarios, aunque aquí introdujo la posibilidad de asociarse a pequeña escala. Y finalmente, la industria sería para Proudhon totalmente colectiva. Como vemos, la propuesta del francés se caracteriza por su flexibilidad dependiendo del contexto que se tenga en cuenta.

Ahondando un poco más en la teoría económica de Proudhon, para él los precios de las mercancías no se han de establecer por medio de los mercados, es decir, a través de la competencia, la oferta, y la demanda. Para Proudhon el precio de las cosas vendría dado por el coste de producción, esto es: compramos cosas al precio que costaron hacerlas. Pero, ¿cómo se establece este precio? Proudhon propuso, pues, que el precio de las mercancías fuera dado por las horas de trabajo necesarias para producir algo, las cuales se transformarían en vales o notas de cambio (no dinero) que se usarían para comprar todo tipo de cosas. Además, estas notas de cambio las produciría una entidad popular que él denominó como Banco de la Gente (Banco Popular), el cual también serviría para hacer préstamos sin intereses a les trabajadores.

No obstante, los intentos económicos de Proudhon fallaron estrepitósamente. De hecho, él mismo se arruinó intentando poner en práctica sus ideas. Entonces, ¿qué es lo que falló? Si se piensa detenidamente, la organización económica propuesta por el francés depende de un único elemento que, de fallar, echa a abajo todo el edificio teórico. Este elemento es la solidaridad (incluyendo dentro de ella la confianza). Para que una nota de cambio tenga un valor real, la persona que la acepta tiene que confiar en que la otra parte realmente ha trabajado esas horas. Es más, tiene que confiar también en que lo que está comprando ha requerido, realmente, esas horas de trabajo. Por otro lado, el fabricante no tiene que intentar estafar a sus compradores. Hoy en día se nos hace difícil imaginar un sistema de mercado bajo estas premisas: casi todo el mundo intentaría «inflar» sus notas de cambio exagerando el tiempo que ha costado producir algo. Esto nos llevaría a una crítica de la cultura y la ideología dominante como vehículo para la consecución de la sociedad anarquista, cosa que ahora mismo nos queda un poco lejos [2].

Por otra parte, habréis reconocido en la teoría de Proudhon uno de los elementos básicos de la teoría anarquista: el rechazo al Estado como elemento necesario. Bajo la organización proudhoniana de la sociedad, el Estado no sería garante del mercado ni de las dinámicas económicas, pues todo esto sería llevado a cabo por la propia gente agrupada en organizaciones libres (o de manera individual). Este rechazo hacia el Estado ha fomentado una línea antiparlamentaria dentro del movimiento anarquista, la lógica es evidente: si el Estado es la fuente de casi todos los males de nuestras sociedades, ¿por qué íbamos a querer ser partícipes de él? No obstante, algunas corrientes anarquistas, como señala Miller (ibid.: 11), han participado en el sistema en mayor o menor medida. La lógica anarquista dicta que el control popular del poder legislativo es imposible, pues es ineficaz y entraña grandes riesgos de corrupción, y he aquí la explicación para rechazar la organización social bajo partidos políticos. Malatesta nos diría al respecto que, la participación en el sistema, podría ser beneficiosa siempre y cuando se mantengan en mente metas revolucionarias a corto plazo, es decir: el anarquismo se podría beneficiar de una lógica más práctica, atendiendo a estrategias en el corto plazo que guíen el camino hacia un contexto social más proclive para la revolución.

Pero ya son muchas las cosas dichas en esta entrega, así que vamos a dejarlo aquí. La próxima semana hablaremos sobre uno de los temas más complejos dentro de la teoría anarquista: el anarquismo filosófico. Trataremos las posturas filosóficas de tres autores fundamentales para entender el movimiento anarquista, ellos son: Godwin (utilitarismo), Stirner (egoísmo), y Wolff (neo-kantismo). Una vez más, a modo de «deberes» que faciliten la comprensión de la próxima entrega, recomiendo leer:

William Godwin en la enciclopedia filosófica de la Universidad de Stanford [Inglés]

William Godwin en Wikipedia [Castellano]

Max Stirner: Mi Poder, páginas 61-65 (capítulo de El Único y su Propiedad) [Castellano]

Robert P. Wolff: Chapter 1. The conflict between authority and autonomy (en In Defense of Anarchism) [Inglés]

Como el tema de la próxima entrega será bastante complejo y abstracto, las lecturas recomendadas arriba son de gran ayuda para la comprensión del tema. Son lecturas cortas que no os supondrán más de 1 hora, por lo que son «asequibles» en esos términos.

Notas

[1] Miller hace una aclaración muy pertinente en este punto de su libro: el anarquismo no se opone necesariamente al castigo de las infracciones sociales, sino más bien se opone al abuso de poder coercitivo.

[2] El tema se tratará más adelante en esta serie de artículos. Si alguien tuviera interés en ir leyendo cosas sobre el tema, algún texto de Malatesta sobre acción anarquista valdría como buen comienzo, pues en muchos de ellos trata el tema de la formación, la educación, y la ideología.

¿Quién fue Santiago Carrillo?

Hoy, debido a una insuficiencia cardiaca, ha muerto Santiago Carrillo a los 97 años de edad en su casa mientras, según han informado los grandes medios, descansaba.

Nos cuentan, especialmente por la televisión, que Carrillo fue durante toda su vida un revolucionario que, por el buen desarrollo de la transición española, supo renunciar a intereses partidistas. Uno de los padres fundadores de nuestra democracia, de nuestra actual España. Pero como uno no es muy dado a tragar con versiones oficiales me gustaría profundizar un poco más en quien fue Santiago Carillo y en lo que significó, especialmente, para la izquierda española.

Este hombre nace en Gijón en 1915, de familia obrera e hijo del militante del sindicato UGT y del PSOE Wenceslao Carrillo. Por tradición familiar, Santiago se afilia a las Juventudes Socialistas poco antes de la llegada de la República, siendo todavía un adolescente. En el 1934 alcanza la secretaría general de la organización juvenil, promovido por el ala prosoviética (y entonces minoritaria) del partido. Ocupando este cargo participaría en la revolución de Asturias y en la breve República Socialista de Asturias, participación que le llevaría a la cárcel cuando la revolución fue reprimida.
Es liberado con el triunfo del Frente Popular, momento en el que se encargaría de encabezar el proceso de unificación de las Juventudes Socialistas del PSOE con las Juventudes Comunistas del PCE, dando como resultado la Juventud Socialista Unificada. Este hecho fue una de las causas de que el PCE dejara de ser un partido minoritario, al lograr absorver a unas colosales JJSS que contaban con 100.000 afiliados en unos momentos en los que el PCE no pasaba de los 30.000.
Durante la guerra civil participaría en la defensa de Madrid, estando después al cargo de la cárcel Modelo de Madrid, siendo en Paracuellos del Járama responsable de sacas y fusilamientos indiscriminados y que sobrepasan lo puramente necesario en un conflicto militar que se llevarían la vida de dos millares de presuntos fascistas sin juicio previo. Esta matanza solo sería detenida por la intervención del ministro de justicia Joan García Oliver de la FAI que pondría al mando de la institución penitenciaria a Melchor Rodriguez García «El Angel Rojo», también de la FAI.
En este conflicto Santiago Carrillo acaba por entrar a militar al PCE, rompiendo con las ideas políticas de su padre.
Durante el franquismo sería uno de los ejes vertebradores del PCE en el exilio, participando en el liderazgo, desde París, del movimiento guerrillero del maquis español, dirigiendo la quijotesca invasión del Valle de Arán en 1944, lo que costaría la vida a doscientos guerrilleros antifranquistas. Para posteriormente cambiar de política, abandonando a su suerte a los focos guerrilleros que no habían logrado salir de España. Esta nueva política fue la infiltración de núcleos comunistas en el sindicato vertical franquista, lo que derivaría en la construcción de las Comisiones Obreras.
En los años 60 alcanza la secretaría general del PCE, derivando sus posturas hacia un alejamiento de la línea oficial de Moscú, el eurocomunismo, de corte más similar a las posturas socialdemócratas.
En 1976 y con la muerte de Franco vuelve a España, no sin antes entrevistarse con gerifantes de la dictadura como Adolfo Suárez, el ministro Manuel Fraga o el príncipe Juan Carlos de Borbón. Tras pactar con estos oligarcas del régimen Santiago Carrillo acepta, y el PCE con él, la monarquía y la transición frente a la ruptura, lo que permitió un continuismo que hizo que las élites sociales del franquismo no solo no fueran nunca juzgadas, sino que incluso peremanezcan actualmente en el poder.
En 1977 el PCE, bajo su dirección, firma los pactos de la Moncloa, en la cual se adopta oficialmente una economía y estructura social liberal. Las únicas organizaciones de peso que lo rechazaron fueron los sindicatos CNT y UGT (si bien este último acabó por firmarlo más tarde), debido a lo que estos pactos suponían para la clase trabajadora española.
Participa en la elaboración de la conservadora, por no decir reaccionaria, constitución de 1978 que facilitaría la conversión de España en una monarquía de corte liberal perfectamente integrada en el mundo capitalista.
La debacle reformista a la que llevaba al PCE propició su expulsión por parte de un sector liderado por Gerardo Iglesias en 1985, ante la alarma de que Carrillo pretendiera convertir al PCE en una simple corriente dentro del PSOE. Carrillo funda el PTE como partido personalista, que sin éxito electoral, acabaría por integrarse en el PSOE.
Desde entonces se ha convertido en una figura meramente testimonial, participando en actos conmemorativos o programas televisivos donde se invita a las viejas glorias. Siempre, por supuesto, con su ducados en la mano.

Creo que ahora queda bastante claro por que los que dominan en la España actual sienten tanto agradecimiento hacia este padre de la democracia.

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