Resaca electoral

Los resultados electorales les ha beneficiado al PP, que ganó más de diez escaños con respecto al 20D. El sorpasso al PSOE por parte de Unidos Podemos finalmente no se hizo realidad, solo consiguieron arañar dos escaños más mientras que PSOE pierde cinco. Ahora a por las palomitas a ver qué circo montan… Aunque no deberíamos, pues no deberíamos caer en la política pasiva del «a ver qué hacen los otros». Sí, nos gustaría llevar las 5 de la PAH al congreso, las derogaciones de la Ley Mordaza, la LOMCE, la reforma laboral y muchas cosas más, pero eso ni con una mayoría de izquierdas se conseguiría a no ser que exista un fuerte movimiento popular que marque agenda en las movilizaciones y en los frentes de lucha. Y al parecer, tendremos otro gobierno del PP con el beneplácito del PSOE y C’s por 4 años más, así que más razones para pensar en la construcción del poder popular, propuesta ya desde unos años atrás y donde tocará movilizar.

Podríamos decir que Podemos ha servido para desplazar el centro de los debates políticos hacia la izquierda, que el PP siga siendo el más votado pese a los escándalos de corrupción, el llevar monjas y ancianas a las urnas y la fuga de capitales hacia Suiza y Panamá, que si abstencionistas, que si tal… pero echar las culpas a otros por no poder acabar con el bipartidismo es inútil. Estos años de elecciones se terminaron, el ciclo de movilizaciones del 15M también, pero aún nos quedaríamos con la PAH, las redes de economía social, algunos sindicatos y asambleas de barrio. Por mi parte, asumo que vamos a tener otros 4 años más de gobierno del PP y que éstos harán lo que les diga Europa de nuevo: más ajustes y recortes. Ahora, lo único que nos queda es construir una alternativa política fuera de las instituciones, que de nuevo ilusione y atraiga a la clase trabajadora, que hable de soberanía popular y articule un movimiento popular amplio. Pienso que ésto es la clave y que lo que queramos hacer gire en torno a esta cuestión como tema central en nuestros debates, más allá de los tópicos de siempre que quedan en discusiones abstractas.

Sin más, tenemos que mirar hacia cómo abrir un nuevo ciclo de luchas escribiendo las hojas de ruta y estrategias que nos permitan una escalada de movilizaciones y la configuración de un proyecto político socialista libertario, democrático, de soberanía popular, comunista libertario (o como se le quiera llamar). No es tarea fácil, pero a la vista de que tendremos que enfrentarnos a, posiblemente, una nueva ola de recortes y a una extrema derecha que está en auge en Europa y llegará tarde o temprano a España, si no somos capaces de construir una alternativa política desde la llamada izquierda revolucionaria y en concreto del anarquismo, se nos comerán con patatas. ¿Y cómo tiramos adelante? He aquí unas propuestas escritas antes del 20D.

Los mitos y las experiencias (II)

Retomando (perdón por el retraso obligado) la segunda parte (primera parte: aquí)de esta serie de artículos me he dado cuenta que parece que quiero “machacar” a las anarquistas. Nada más lejos de la realidad, de hecho, la mayoría de mitos sirven para anarquistas y activistas de movimientos sociales varios. Porque en el Estado Español, para la bueno y para lo malo, el activismo a bebido mucho del mundo libertario. Así que, salvo algunos mitos muy “identitarios” del anarquismo de esta zona del globo, en el resto de casos podéis cambiar el susodicho palabro por, por ejemplo activista.

Sin más, sigo con esta segunda parte.

Empezando, o continuando con:

– las jerarquías informales sólo se reproducen cuando no hay estructuras claras.

Ojalá fuese así, pero siento decepcionar a quien tiene muy idealizadas las estructuras orgánicas. Porque hay otras estructuras paralelas, informales, que tienen más que ver con la cultura política que mamamos desde hace…ni sabría ponerle una fecha. Dónde las propuestas de las asambleas, congresos, y reuniones varias, “se ganan” (sí, ganar, vamos a llamar las cosas por su nombre) mediante reuniones previas, encuentros “casuales” (o no tanto), en bares, pasillos, etc. Llamadas y correos más propios de comerciales de cualquier operadora de telefonía que de gente racional, crítica y comprometida con un programa/objetivo común.

Entrados en este juego, vale desde la vertiente marrullera típica de un congreso, ridiculizando otras propuestas o personas, jugando con el victimismo para forzar una cesión de posiciones por la otra parte, etc, etc, etc.

Es decir, la estructura no lo es todo sin un cambio de paradigma en las maneras de hacer, y la cultura política que practicamos. Si hacemos de la estructura un fetiche pero no cambiamos esa cultura: con formación y prácticas completamente diferentes, estaremos creando organizaciones con pies de barro.

– las anarquistas no siguen ninguna norma, sólo las que una misma se marca

A pesar de parecer muy fuera de lo común esta frase la he escuchado por gente que al mismo tiempo reclama, advierte, y persigue, hasta llegar al acoso, a quien se plantea posiciones diferentes o sigue tácticas/estrategias que no concuerdan con su pensar. Creando el paradigma de que nunca nadie cumplirá SUS normas, seguramente ni esa misma persona, pero a ella misma se lo disculpará. De hecho, es una realidad bastante común en los entornos “politizados”, o por lo menos esa es mi percepción, que cuando alguien desarrolla una práctica con la que no se concuerda, dependiendo si esa persona es “amiga” o “enemiga” se justifica o se minimiza, o por contra se ataca con toda la vehemencia posible. Demostrando una vez más hasta que punto importa poco la ideología y la política, y la percepción subjetiva de las personas o cosas.

En mi caso he defendido que, aún no coincidiendo con las ideas de otro, reconozco que: comunica bien, le está saliendo bien su estrategia, etc. Y eso no me pone de su lado automáticamente. La política no puede ser un todo o nada continuo; primero porque es imposible, y segundo porque es una fábrica de autoislamiento que corta el aprendizaje y el conocimiento de raíz.

– las anarquistas nunca han hablado de democracia siempre de revolución

Este mito es bastante especifico, por lo menos en su uso reciente, de la época de los 90′ en que todo era un “anti”. Y había que romper con todo para no dejar nada, y nada (o poco) fue quedando.

Por suerte, el abandono de términos para dejar la alfombra tendida a sus recuperadores se está dejando atrás, y se trata de devolver o impregnar de otros valores términos que son claramente identificados por cualquiera. Sin tener que inventar meta-lenguajes crípticos, muy habituales en ambientes universitarios y activistas embriagados de posmodernidad.

Las anarquistas han hablado de democracia no representativa, de democracia directa, de transformación social, revolución y no por ello son términos excluyentes. Y si usas uno eres, pongamos, “reformista”; y si usas otro eres “revolucionario”. Por cierto, palabras éstas que de tan gastadas si que han perdido su significado.

Por otro lado, el descartar un término u otro tendría que venir determinado por el contexto, uso y capacidad de disputa del mismo. Términos que son entendidos de una forma, de manera “natural” en la sociedad se pueden ir disputando para acercar su significado hacia postulados revolucionarios. Pero para eso requiere estrategia e incidencia.

– las anarquistas no se plantean etapas intermedias, van a por todas: revolución

Quizás esta frase sea una derivación de las “conclusiones” y “aprendizaje” del manido 36, que comentaba en el texto anterior. Pero no se puede ser medianamente serio en política (o en un juego, aprendizaje, o casi en cualquier cosa) sin plantearse escenarios posibles. En una partida de ajedrez no puedes realizar un movimiento sin plantearte cual será el siguiente.

Si alguien tuviese un interruptor, y pudiese apagar el sistema actual de capitalismo y estructuras de representación estatales; y acto seguido le diese al interruptor de activar la revolución, honestamente, me imagino un desastre copado por fuerzas bien preparadas, y estructuras de corte fascista, con simbología del tipo que fuere pero con prácticas netamente fascista. Porque al fin y al cabo el fascismo puede funcionar perfectamente como resorte protector del bloque en el poder, cuando el sistema pierde el control ideológico y las tensiones sociales se agudizan.

Vamos, una tragedia y una vuelta atrás enorme. Más, cuando, recuperando anotaciones de mitos anteriores nos dejamos guiar por percepciones subjetivas e impulsivas. Sin construir un discurso sólido y una cultura política que cambie el paradigma social, profundizando en más libertades y decisiones colectivas para el bien común, sin hacer que la realidad se ajuste a la idea, haciendo una construcción/proceso de esa transformación. En definitiva, generando escenarios propicios para el siguiente escenario, que lleve a otro más cercano a una ruptura y una transformación social real. El ser humano no es un animal que destaque por su rápida adaptación al medio, por nacer y ponerse a correr y trepar a los minutos de salir del vientre de su madre… Todo cambio, todo aprendizaje, toda transformación está envuelta de un proceso continuo. La diferencia más significativa es: ser capaces de darle unos objetivos y unas aplicaciones prácticas aquí ahora para llegar a donde queremos.

– en el anarquismo no hay lideres ni dirigentes.

Esta es buena, la negación de la realidad esconde, o pretende esconder, muchas miserias. Aunque creo que ya pocas niegan que existen liderazgos informales, todavía queda quien se empeña en negar que alguien pueda dirigir una acción, comisión, comité, asamblea, etc. Dile dirigir, dile orientar, ser la persona responsable, que centralice un poco la información, etc.

A veces, de hecho pretende ser negado por aquella(s) persona(s) que está(n) llevando a cabo ese rol. Lo cual hasta puede ser chistoso. Pero básicamente no interesa que se descubra claramente, en un ambiente supuestamente hostil a reconocer ese tipo de cosas, que aquello se escapa a ‘la Idea’. Ser descubierta(s). A veces es el colectivo de personas que forman parte de ese espacio quien niega, porque sería reconocer que están lejos de ese ideal precioso que rompería en mil pedazos la auto-estima del grupo o su ‘cohesión’ basada en premisas idealizadas.

El caso es que las personas con aptitudes de liderar procesos, grupos, etc existen. Y nunca fue problema dentro del anarquismo la existencia de esas capacidades. Diría que al contrario, se intentaba potenciar las aptitudes de cada persona para el beneficio común, entendido éste como aquello que propicie llegar a un escenario de ruptura o transformación social. Pero ahí seguirán quien el mismo día que te niega todo ésto publica frases con foto incluida de Emma Goldman, Berkman, Durruti, etc.

He visto en alguna ocasión una especie de ‘caza’ a quien destaca dentro de un grupo. Para mantener al grupo lo más uniforme posible, con un pensamiento único (no confundir con consenso).

O a quien se le asigna una tarea la asamblea y tiene que ‘comerse el marrón’ y además aguantar las zancadillas de las personas que conforman el grupo, o la presión de éste, cuestionando hasta la última coma. Una hiperfiscalización que llega al absurdo. Es decir, siempre se ha de fiscalizar a quien asume una tarea, pero no a cada segundo, minuto u hora. Esto mina la confianza y provoca que nadie quiera asumir responsabilidades (consciente o inconscientemente). Ah, pero también se puede caer en lo opuesto, el dejar hacer sin pautar o orientar la tarea, y esperar que la persona que ha asumido esa responsabilidad ya lo haga todo, y además que lo haga como ‘tú’ tenias en mente que debía de realizarse (‘tu’, en sentido de cada persona del grupo).

En definitiva, si hay liderazgo se persigue; y si alguien se lo curra demasiado se quema por no haber respaldo y recibir zancadillas constantes. Convirtiendo el participar en un colectivo/espacio/asamblea etc en una fábrica de personas quemadas, que en el mejor de los casos acaba dando apoyo de forma simbólica y distante, o irse para casa definitivamente.

Y estos procesos no se diferencian ni mucho menos de cualquier partido político al uso, parlamento, ayuntamiento, empresa, etc. Lo digo porque a veces se pretende que los espacios anarquistas, activistas, etc se ven así mismos como muy “especiales” pero pueden incluso ser peores a nivel de sentirse integrada, participe, apoyada y respetada.

Para mi, la solución es bien simple: hay quien diseña, quien habla mejor, potenciemos a esas personas, y formémonos el resto para no depender exclusivamente de los primeros. Además, como grupo proporcionemos unas pautas claras establecidas, unos protocolos que afiancen la confianza tanto de la persona que desarrolla la tarea como del resto del grupo, conociendo todas cuales son las pautas que se han marcado colectivamente; dejando margen y confianza para la improvisación táctica. Siempre hay tiempo, para más tarde, evaluar en que se ha errado, sin cargar a la persona, porque las decisiones fueron colectivas.

– en el anarquismo no se delega nunca.

A colación del punto anterior sobre liderazgo, habrá que dejar a un lado esto de que no se delega. Porque todo el rato se está delegando y dando la confianza necesaria para que una compañera o compañero realicen una tarea con tranquilidad. Porqué hacer todo, conjuntamente, al mismo tiempo…como qué no. Delegar, per se, no es negativo, y menos en tareas prácticas. Otra cosa es en cuestiones generales, de toma de decisiones. Ahí si que puede haber un tema de debate. Pero la realidad es que por operatividad se suele delegar las cuestiones diarias, siempre que exista un marco general. Unos acuerdos que actúen de marco en el cual tengan margen para los cambios, o ajustes tácticos. Esto se lleva a cabo en sindicatos, organizaciones políticas, y también en las informales. Aunque cuando conviene, a veces, alguien levanta la bandera de la “horizontalidad” para poder tumbar o cuestionar decisiones. Pero eso último cada vez “huele” más y va dejando de colar como forma de control social.

(Continuaré con más mitos…)

Nota: tenía pensando hacer sólo dos artículos de esta serie, pero una entrevista que estoy elaborando a ratos con un personaje que he conocido…y que transcribiré para publicar aquí, me ha llevado a extraer más mitos. Intentaré que sean tres y ya!

A mi el tema de votar como que me la sopla un poco

O no mucho. No voy a repetir otra vez a mis lectores y lectoras frecuentes y ocasionales mi postura sobre las elecciones, pero para quienes no la sepan, pues sencillamente me resulta poco relevante el hecho de acudir a las urnas o no, ya que lo relevante está en la política del día a día que hagamos, o sea, en qué fregaos estamos metidos: militancia en el ámbito antirrepresivo, sindical, estudiantil, medio ambiental, cultural, vivienda, servicios públicos, suministros, etc, además de desarrollar nuestro propio proyecto político. Yo votaría de nuevo sin que esto suponga sentirme como si entregase mi alma al diablo o mordiese la manzana prohibida. De hecho lo hice en las pasadas elecciones, y en las municipales. ¿Y qué? Vale, sí, he legitimado el juego democrático-liberal y todas esas milongas, pero en verdad, el sistema no adquiere legitimidad solo porque votes, sino que esta legitimidad viene, primero, de la hegemonía política del parlamentarismo que ha logrado imponerse como único sistema político posible, y luego, de la carencia de proyectos políticos posibles que respondan a problemas actuales por nuestra parte. Y la legalidad está hecha precisamente para blindar esa legitimidad, para casos en que esa letra nos la tengan que entrar con sangre. Una abstención del 100% es un sueño húmedo para utopistas, y una abstención del 80% tampoco haría que el sistema se tambalease porque simplemente no hay alternativas a él y se formaría gobierno con esa «mayoría» salida del 20% de votos.

En verdad, yo me canso de ver siempre la misma campaña por la abstención activa calcada de años anteriores sin ninguna propuesta interesante o programa más allá de no votar. Qué irónico que digan que la abstención activa se hace todos los días y solo hagan ruido con ella en tiempos de elecciones. No es inercia, qué va, es estrategia clave sin duda. No como la idea reformista del «votes o no, lo importante es que los derechos se consiguen luchando» o algo así. Porque lo revolucionario es no dar un palo al agua el día de las elecciones. Si vas a votar, dejas de serlo y pasas a ser un vulgar ciudadano borrego que hace cosas normales como trabajar, estudiar, jugar a la PlayStation, irse de bares a ver el fútbol, emborracharse, tener amigos y amigas normales… Y como ser normal es pecado, qué mejor que vivir «como anarquista» haciendo «cosas anarquistas» como autofelarse y verlo todo «desde la perspectiva anarquista». Y una mínima crítica a la postura abstencionista te convierte autómáticamente en ciudadano que delega sus responsabilidades.

¡Alerta spolier! Esta me la sé: pedir datos sobre qué haces en tu vida militante que no sea escribir en este sitio web. ¿En serio tengo que hacerlo como si fuese la declaración de la renta? Mi vida real no la tengo por qué contar por Internet así por así alegremente. Me la reservo para mis amistades en la vida real o para aquellas personas con las que haya establecido una relación de confianza recíproca.

Volvamos al hilo y con un poco más de seriedad. La gente no vota porque sí, como un acto involuntario o porque siga un rito. La mayoría de quienes deciden votar lo hacen porque están de acuerdo con el programa político de su partido o el que considere el más adecuado o vota nulo porque ningún partido les cae bien y meten un chorizo en el sobre. La cuestión por el cual Podemos está consiguiendo apoyos desde los movimientos sociales es que han sabido traducir ese descontento en programas políticos que contienen planes para mejorar la situación inmediata. Otra cosa es la vía en que hayan escogido para implementar su programa. (Aviso a navegantes: un programa político no tiene por qué ser electoral, simplemente es un documento que recoge una serie de objetivos a alcanzar por la organización política o partido que lo haya realizado) .Así pues, no tiene sentido repetir una y otra vez lo mismo de siempre sin tener detrás hojas de ruta, ni programa político ni estructura (diversas organizaciones que trabajan en diversos campos y niveles bajo un programa común). Si no tienes proyecto político materializado en un programa que marque las líneas estratégicas a seguir en aras de lograr imponerse como alternativa al neoliberalismo y llamas a la abstención, es como quienes se manifiestan en defensa de un concursante de Gran Hermano. Sin embargo, si tienes ese proyecto político y llamas a la abstención activa, tendrá sentido dependiendo de la coyuntura y las relaciones de poder entre las diferentes fuerzas políticas en el escenario, entre ellas la tuya. Y si llamas a votar a X coalición o partido, también dependerá de los factores mencionados, con posibles finalidades como desplazar el debate político más a la izquierda o contar con un mapa político del país más favorable a la construcción del poder popular, y por ende, para avanzar en la materialización de tu proyecto político. En todo caso, los análisis de coyuntura determinarán las líneas estratégicas a seguir acorde al proyecto que se desee implementar.

Sabemos de sobra que desde los parlamentos no se va a cambiar el sistema, prueba suficiente lo tenemos con Syriza, por ejemplo, pero no todo se reduce a la política paralamentaria. También habrá que tener en cuenta las influencias que tiene la configuración del mapa político parlamentario en los medios de comunicación y en la sociedad. Así pues, una victoria o un ascenso de partidos a la izquierda del PSOE podría desplazar el discurso centro-derechista hegemónico del país, lo que significa una oportunidad para empujar más desde abajo y a la izquierda. Por otro lado, en el caso de que se haya formado un gobierno progresista, existe el riesgo de la desmovilización al extenderse la idea de esperar a que cumplan los programas electorales en vez de continuar con la política del día a día. Y en el peor de los casos, que el caso del fracaso electoral de las izquierdas genere un ambiente de desilusión dando la sensación de que todas las esperanzas de mejora de las condiciones de vida de la clase trabajadora se desvanezcan y el fascismo sea el que recoja ese descontento. Estos puntos serían las posibles derivas y consecuencias de la ausencia de un proyecto político libertario como alternativa real a la Europa del capital, como proyecto que devuelva nuestra soberanía popular pisoteada por el capitalismo global y los Estados que lo imponen.

Personalmente, no haría campaña en favor de ningún partido, pero tampoco me interesa posicionarme como un amargado con su discurso anti-todo o repetir el mismo mensaje de los años ’90. Más que nada, porque necesitamos ahora mismo consolidar nuestro proyecto político y dejarnos de tonterías como la identidad, la pureza ideológica, de si es anarquista/revolucionario o no una cosa u otra, debates infinitos sobre cuestiones banales, mitología del ’36… para hablar de programas, líneas estratégicas, alianzas, soberanía popular, luchas sociales, hojas de ruta y todos aquellos temas que nos afecten como clase trabajadora de todos los géneros, de todas las edades, etnias, afiliación política/sindical/religiosa… Pues eso, que a mi lo de votar como que me la sopla un poco. Si me levanto vago un domingo o lo tengo ocupado o me queda lejos el colegio electoral, paso de votar. De lo contrario, si no tengo nada que hacer y me da por echar el voto, lo haría.

El significado de la Anarquía de ayer y hoy

Me gustaría contribuir al debate abierto por Lusbert en las páginas de Regeneración. Entiendo que desea sembrar polémica a propósito con el fin de que nos planteemos qué está haciendo el movimiento libertario en nuestro tiempo. Pero para ello deberemos entender la raíz de los conceptos.

Cuando un miembro de la Internacional del siglo XIX (la Primera) decía «Viva la Anarquía» se estaba refiriendo a una sociedad utópica en donde todas las personas eran iguales y vivían en libertad. Es decir, lo básico era tener una sociedad de iguales. La libertad vendría como consecuencia. Era esta «Anarquía» un concepto bastante similar al de «Comunismo» que utilizaban los marxistas. Lo que les diferenciaba eran las tácticas que utilizaban para lograr sus sociedades post-revolucionarias.

A partir de los años sesenta del siglo XX, cuando alguien decía (o dice) «Viva la Anarquía», se refiere a la «libertad total», una libertad que no requiere una revolución para darse, ya que la podemos obtener brevemente en numerosos instantes de nuestras vidas por medio de la ausencia de la autoridad. Es una libertad basada en la exaltación de la individualidad y como mucho aspira a instaurarse en pequeños grupos de personas.

Todo esto ocurre hablando a nivel general puesto que en el siglo XIX también había defensores del segundo significado, que eran sobretodo las tesis individualistas, sobretodo en aquel primer anarquismo de Estados Unidos. Y también en nuestra época hay defensoras de la primera concepción, sobretodo dentro del movimiento anarcosindicalista y también entre los marxismos libertarios y el anarquismo social. Aunque por ejemplo la «Autonomía» en los años sesenta era similar a lo que era el anarquismo del siglo XIX (querían el Socialismo) para los años noventa ya había adoptado, en general, también los rasgos del anarquismo de la época (la búsqueda de la libertad como motor de la acción). No puedo dejar de hacer notar el auge del liberalismo político en el seno de las tendencias socialistas. Su hegemonía es tal que incluso afecta a sus antagonismos.

Como vemos, el movimiento libertario tiene esta confusión en su ADN. Estamos llamándole anarquismo a dos cosas distintas. Debemos ser capaces de buscar una terminología correcta y explicar el significado de lo que defendemos y pretendemos construir, porque sino nos podemos perder por el camino.

Lusbert se sitúa en el anarquismo social que busca una sociedad de iguales. Esto hoy en día se puede denominar de muchas maneras: anarquismo, comunismo, comunismo real/completo/total, comunismo libertario, socialismo libertario, autonomía, comunalismo, democracia, confederalismo democrático, comunización, poder popular, etcétera.

En resumen, no es tan importante la etiqueta como lo que estamos definiendo, que es lo que se pretende crear.

@BlackSpartak

PD. El signficado de Anarquía=Caos, es común en las dos épocas a la concepción que tiene la burguesía del anarquismo. Para ella tanto la libertad total como la igualdad total es lo mismo que el terror, el desorden, la muerte de la autoridad y el privilegio. Hoy en día la rama nihilista también reivindica esta acepción, que o bien es para intentar meterles miedo en el cuerpo, o bien a modo de provocación.

Por qué no soy anarquista

Murray Bookchin en los últimos años de su vida llegó a romper definitivamente con el anarquismo ya que el panorama que vio en su entorno era horrible, pues era un anarquismo mayoritariamente de estilo de vida, contracultural e individualista. Sin embargo, sus obras fueron cruciales para el PKK y su cambio de paradigma para desarrollar el movimiento de liberación kurdo que está siendo la única fuerza política democrática en medio del conflicto en Oriente Próximo. No obstante, aunque el título dé a entender que a priori fuera yo a romper con el anarquismo públicamente, realmente no es expresamente así. Simplemente quiero aclarar que solo soy anarquista en cuanto a pensamiento político y al programa (aún por realizar) que me adscribo, netamente socialista libertario. Pero a nivel personal, soy como otro cualquiera que vive en la realidad material, con sus problemas, sus vicios, sus contradicciones… en definitiva, con sus pros y sus contras.

Por la forma en que nos expresamos, da la sensación de que «ser anarquista» significa «vivir pensando como anarquista» o algo similar, del estilo «soy anarquista, soy especial, wow, so different to other people, so cool, y como anarquista no voto, odio el fútbol, el cole, a la policía, a los carnacas, a la gente normal… solo tengo amigos anarquistas, me mola lo rural, mi huerto autogestionado individualmente es lo más y escucho punk…», vamos un tipo coherente con sus ideas y principios que parece vivir en un mundo paralelo ajeno a los problemas de la gente común en su día a día. Pues en ese sentido, no soy anarquista. O al revés, que esos que tanto reivindican su identidad anarquista en realidad solo sean egoístas que quieren mantener su moral limpia tras leer a los autores clásicos anarquistas. Posiblemente sea eso.

Parece ser que confundimos el anarquismo como una suerte de filosofía de vida bohemia, donde el mantener su moral limpia y lo más antiautoritaria posible sea el objetivo principal, y desde allí desarrollar una actividad política que no va más allá de la propaganda identitaria y netamente destinada para consumo propio. Dicen además que si votas, eres futbolera, comes carne, lees autores marxistas o cosas así, es que no eres anarquista. Sobre todo lo de votar, que parece que si echas la papeleta mágicamente dejas de ser anarquista. Pero yo no creo en la magia, no estamos en Hogwarts. ¿Hemos olvidado acaso la influencia del anarquismo en esas luchas obreras de hace unos cien años y las revoluciones que se han materializado tales como el makhnovismo, la del ’36, Shinmin… y ahora tomamos referencias en el movimiento de liberación kurdo? Si leemos acerca de todos esos acontecimientos históricos un poco más en detalle, veremos que el anarquismo fue una expresión política, en otras palabras, la entendieron como bases sobre las que levantar un movimiento revolucionario, un proyecto de sociedad que emancipe a la clase trabajadora de la opresión capitalista. El makhnovismo fue paradigmático en este caso, donde deja en evidencia la diferencia entre tomar el anarquismo como una filosofía y estilo de vida, y tomar el anarquismo como política revolucionaria. Arshinov lo describió muy claro en su libro sobre el movimiento makhnovista, criticando la falta de apoyos desde el anarquismo ruso a la causa revolucionaria y que en su lugar, estaban en sus ateneos discutiendo sobre cuestiones morales acerca de la revolución. Hasta en las memorias de Makhno se recogen relatos similares (si mal no recuerdo…).

Pues el caso es que no vivo como anarquista, ni tengo por qué interpretar la realidad con un filtro rojinegro delante. Ante todo, soy persona y vivo mi realidad, la que me ha tocado. Tengo mis problemas, mis vicios, mis debilidades y mil imperfecciones, puedo hablar de fútbol, de elecciones, de naturaleza, y miles de chorradas estando de tranquis con amigos y amigas. No soy especial, soy otro común mortal más. No me siento superior moralmente porque mi pensamiento político sea anarquista o socialista libertario, ni llevo el pensamiento político a nivel personal, ni miro por encima del hombro de nadie que no piense como yo teniendo en mente lo de «ciudadanos borregos» y similares. En definitiva, no soy anarquista como tal. Solo lo soy en cuanto a pensamiento político y es en lo que creo: que el anarquismo sea tomado como política revolucionaria, que nos sirva como base para construir un actor político impulsor de movimientos populares de caracter revolucionario que pelee por su soberanía frente al neoliberalismo, que se materialice en un proyecto político asentado en la realidad como respuesta ante la crisis, proponiendo alternativas reales a este sistema y vuelva a ser motor de cambios sociales radicales como lo fue antaño. Es una tarea pendiente, un camino difícil de recorrer, pero necesario en estos tiempos revueltos donde este mundo está virando hacia la derecha -y también hacia la ultraderecha- ante la retirada de las izquierdas. Y si no somos capaces de ilusionar ni de configurar un proyecto político que atraiga a las clases trabajadoras como sí está haciendo la derecha, el anarquismo acabará en el baúl de los recuerdos como una bella utopía para soñadores y soñadoras.

¿Por qué no hablamos de soberanía?

La Constitución española de 1978 establece que la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan todos los poderes del Estado. Y nos preguntaremos, ¿realmente, hoy, en la realidad y no sobre papel, reside esa soberanía que se comenta? ¿De verdad reside en el pueblo español? Sin duda, cualquier demócrata de traje y corbata respondería que sí, pero la realidad es bien distinta: la soberanía nacional solo es una ilusión en cuanto a que España está supeditada a la UE y obedece a sus dictados, como se ha demostrado con el gobierno de Rajoy. Ni tampoco hay signos de que esa soberanía resida en el pueblo español ya que tampoco tiene voz en los asuntos del Estado. En cambio, parece que los poderes del Estado sí emana de ese pueblo, aunque más bien a costa del pueblo, pues el Estado español claramente sirve a los intereses del gran capital tanto nacional como internacional.

Bien, ¿y qué os estoy contando? El tema de la soberanía resulta que no es baladí, sino una cuestión importante a la hora de tratar temas políticos, entre ellos, la parte que tiene que ver con la construcción de contrapoderes, movimiento popular y lo que vaya asociado a la capacidad de los pueblos y la clase trabajadora de tomar las riendas de su destino. Del mismo modo, cuando hablamos de soberanía alimentaria hablamos de la capacidad de decidir de los pueblos sobre la producción de los alimentos, que implica el modelo de producción agraria, la logística y las relaciones internacionales.

No obstante, así de primeras pensamos que la soberanía tiene que ver con la cuestión nacional. Así pues, ¿qué tendría que decir sobre el proceso soberanista de Catalunya? La política al final son como los gases. Tienden a ocupar todo el espacio posible, o sea, si una fuerza política abandona un campo del escenario político, otra fuerza la ocupará. Este es el caso del soberanismo cuya bandera la enarbola la derecha, sin olvidar a la Esquerra Independentista obviamente que quiere disputar su hueco en el mapa político catalán. La cuestión nacional, como he comentado en ocasiones anteriores a este artículo, puede tener detrás muchos trasfondos políticos, y dependiendo de qué fuerza política sea la principal impulsora de de tal movimiento de liberación nacional, podrá tomar un caracter popular, liberal o fascista. Cabría mencionar, ya que estamos, el tema de la patria, que aquí en España se suele asociar a la derecha y lo rancio de este país, pero que en Venezuela por ejemplo, hablen de patria y socialismo. En todo caso, cada situación debe ser estudiado antes que descartarlo a priori y no escudarse en un anacionalismo abstracto, sin tener en cuenta si existe oportunidad para tomar la cuestión nacional como un proceso de construcción de soberanía popular.

Si la cuestión nacional está estrechamente ligada a la soberanía es porque dicha soberanía se ejercerá en un espacio físico donde el pueblo tenga el poder real, y no la adminsitración de un Estado-nación capitalista o la metrópoli, sobre dicho territorio bajo control del pueblo soberano. El caso más paradigmático actualmente es Rojava, la región del norte de Siria que tiene su propia administración y en el que el pueblo kurdo junto con otras minorías étnicas adheridas al confederalismo democrático, tienen voz y voto a la hora de tomar decisiones políticas, económicas y sociales.

Y a pesar de su importancia, estas cuestiones se encuentran (al menos lo que he visto yo) ausentes en el anarquismo europeo contemporáneo y en concreto en el anarquismo a nivel de España, un asunto que, por ejemplo, en parte del anarquismo latinoamericano sí se menciona.

Vale, ¿pero qué es expresamente esa soberanía de la que hablo? La gran debilidad del anarquismo a la hora de tratar sobre las relaciones de poder nos lleva a que este tema, tan importante para el escenario político actual, sea prácticamente una senda intransitada y abandonada para que otras fuerzas políticas metan allí su discurso. Hablaremos de soberanía como cuasi sinónimo de poder popular, algo que va a referirse a la capacidad de los pueblos para decidir sus destinos y la independencia a la hora de tomar decisiones políticas, económicas y sociales trascendentales para sus destinos. Un pueblo soberano es aquel que tiene su proyecto político y lo puede implemenentar sin que ninguna fuerza política externa lo impida u obstaculice. Esta soberanía implica la independencia para establecer una administración propia, una economía socialista que garantice el reparto de la riqueza y el trabajo, así como un nuevo orden social basado en la libertad, la solidaridad, el feminismo, el internacionalismo y la igualdad. En otras palabras, lo llamaríamos soberanía popular, el cual engloba: la soberanía nacional (autodeterminación de los pueblos, independencia frente a Estados-nación), soberanía alimentaria (capacidad para producir sus propios alimentos), soberanía energética (capacidad para producir la energía sin necesidad de importarla), además de lo mencionado.

En resumidas cuentas, hablemos de soberanía como sinónimo de la capacidad de los pueblos para decidir su destino, como derecho a la autodeterminación, como independencia frente al neoliberalismo y como un objetivo a alcanzar por la clase trabajadora en pos de la emancipación como clase. La soberanía popular llevará implícita la construcción de un proyecto político socialista libertario, y será resultado de procesos de poder popular creados mediante la lucha social. Tendremos la responsabilidad de llevar a cabo tales procesos y, por lo tanto, poner sobre la mesa la cuestión de la soberanía como algo que engloba todos aquellos aspectos de la vida que nos atañen y sobre los que queremos decidir: vivienda, suministros, energía, medio ambiente, administración territorial, política económica, organización de la vida pública, trabajo/producción, etc.

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