Los trenes de la unión popular

La sumisa ciudadanía del Estado español expresó su soberanía como pueblo en las elecciones del 24M-2015. Las papeletas con los votos se introdujeron en las urnas, las cuales fueron posteriormente abiertas y recontadas. Los resultados nos trajeron en muchas regiones del Estado español una dinámica de pactos entre diferentes agrupaciones políticas, que tras sus tira-y-afloja dieron lugar al nuevo mapa político. Los periódicos se llenaron de infografías y mapas coloridos con viejos y nuevos colores demarcando las distintas regiones de nuestra geografía.

Las elecciones también nos dejaron otras perlas que pasarán a la historia de la política del Estado español. Esperanza Aguirre infundiendo miedo: «que llegan los soviets, ¡ojo, pactemos con el PSOE y C’s para impedirlo!» O Rajoy intentando convencer a sus votantes que el PP había sido el partido ganador a todas luces. ¿Y qué me decís de Pablo Iglesias moderando su discurso político a la vista de ganar más votos? ¿O de toda la basura desplegada por la derecha y la supuesta «izquierda socialista» sobre Guillermo Zapata? Pues eso, perlas que quedan para la historia.

Pero de entre todas estas joyas me quedo, sin duda, con los lastimeros discursos de «unión popular» de Alberto Garzón y con las ansias de poder de Podemos (que quieren unión popular siempre y cuando Pablo Iglesias y su «marca» Podemos lleguen a la Moncloa). A esa sumisa ciudadanía, estos personajes (y más), le hablan de hacer «nueva política.» ¡Eh, que la casta se cae, llegó la nueva política! También le hablan de «procesos históricos», de «aceleración histórica», de «cambios sistémicos.» Parece que antes del 24M-2015, para estas personas, la historia no se movía, ¡ahora avanza a pasos de gigante! ¡Gracias, Podemos!

Pero lo cierto y verdad es que la historia se movía y a buen ritmo. Y lo seguirá haciendo al mismo ritmo tras las elecciones de Noviembre, gane quien gane el circo electoral. Y es que nos intentan colar, de nuevo, que la socialdemocracia funciona, que el Estado si está controlado por «buenas manos» funciona de maravilla. Lo que hace falta es buena gente sentada en los despachos de importancia. Manuela Carmena, una jueza en el pasado, haciendo «buena política» en la ciudad de Madrid. De Madrid al cielo, o más bien de Madrid a la «verdadera democracia.»

Pero como dicen en Grecia, «perro viejo no muere pronto.» Como tampoco lo hacen las ideas viejas por mucho que se maquillen de novedad y cambio. Quieren cambiar las formas para mantener el contenido, y si es necesario confundir formas con contenido, pues se confunde (y a lo grande, que para eso todos estos personajes tienen espacio suficiente en los medios de comunicación). Lo más triste de todo, dejando de lado el «buenrollismo» de Garzón y compañía, es que esa ciudadanía soberana del Estado español se terminará creyendo, una vez más, que estamos ante un momento histórico de gran envergadura. Todo cambiará, o todo «puede» cambiar, pero solamente si vamos a las urnas con la papeleta acertada en mano.

Claro, que también está aquella persuasiva idea de que estos partidos políticos de la «nueva política» solamente hacen que llevar a las instituciones las voces de la calle. Que si las mareas en Galicia, que si las asambleas de Madrid, que si los círculos de Andalucía… todas esas voces tendrán cabida en el nuevo gobierno de la nueva política. Pero recordad, solamente si vamos a las urnas con la papeleta correcta en las manos. Depositemos nuestra confianza en que otras personas pueden hacerlo mejor desde las instituciones, que todo esto es un problema de gestión y corrupción. El bipartidismo está podrido, y la salida está en introducir nuevos partidos, con nuevas voces y nuevas caras. Lo nuevo es bueno. Pero qué os voy a contar, estamos ante una «aceleración histórica» que conllevará un cambio sistémico.

Ciudadanía del Estado español, ¿cuántas decepciones más os tenéis que tragar para empezar a pensar que tal vez el problema no son las personas gestoras del Estado sino el Estado en sí? ¿Cuántas tonterías más tenéis que escuchar para empezar a creer que no necesitáis líderes y lideresas? Y hablando de tonterías, al parecer Manuela Carmena dijo hace unos días que durante la campaña electoral ella se sintió más «renovadora» que el activismo de calle, el cual está anclado en viejas ideas que no se mueven. Vamos, que es terco como un burro viejo. Y esto lo dice una jueza, esas personas que aplican las buenas leyes del Estado para encarcelar a gente en operaciones como la Pandora o la Piñata. Ciudadanía del Estado español, vives en una absurda realidad administrada gota a gota a través de las pantallas de tus televisiones. Y ahora que te han dado las asambleas y los círculos piensas que la historia se acelera. ¿Y hacia qué lugar nos lleva esta historia acelerada? Porque si el destino final es un lugar gobernado por ex-jueces e intelectuales de universidad yo casi que me bajo del tren aquí mismo, me da igual que esté acelerado y en marcha que yo igual me tiro.

No obstante, tened claro que existen trenes alternativos que corren por raíles muy distintos. Puede que el servicio a bordo no sea de 5 estrellas como los trenes de la institucionalidad, como también puede que el billete salga más caro (algunas personas lo pagan con sus huesos en la cárcel). Pero por existir existen y se aceleran cada vez que los otros trenes incluyen más vagones en sus rutas hacia la toma del Estado. En estos otros trenes la locomotora no está comandada por tipos con coleta o hijos de ex-jueces, y los trayectos no discurren en la calma lineal tan típica de los raíles institucionales. Las rutas, aquí, cambian segundo a segundo, unas veces yendo más despacio y otras yendo más rápido. El destino tampoco está muy claro, pero con seguridad no es el Estado ni sus instituciones.Y esto no preocupa al pasaje. Exacto, no preocupa porque lo que se valora es la experiencia de convivir, de crear vínculos estrechos, de saborear emociones intensas repletas de amor y odio a partes iguales. Se valoran los espacios libres de tonterías discursivas y de promesas vacías, y es así porque a las palabras se le dan su justa importancia para que no dejen nunca ciega a la acción. La acción de vivir con otras personas de manera intensa, de experimentar la vida con personas dispuestas a subirse ellas mismas a la locomotora y olvidarse del vagón-cafetería.

Electorado del Estado español, no vives más en comunidad por ir de la mano a votar. Y desde luego poco vas a cambiar de esa forma. Las urnas y los despachos de importancia quedan muy lejos de donde la vida emana, de las calles, de los barrios, de los problemas y de las alegrías que nos dibujan sonrisas en la cara.

Electorado del Estado español, no estás más vivo ni eres más libre por decidir. El decidir nunca hizo libre a nadie. El hacer, en cambio, movió y moverá montañas. Y solamente en servidumbre otras personas hacen por ti lo que tú puedes hacer por ti mismo. Que no te dé miedo a cambiar de tren. Como dijo con acierto el Comité Invisible, el cambio no estaba en las asambleas del 15M, sino en los campamentos donde la vida se encontraba, una vez más, así misma.

Anarquía a pie de calle (I)

Dos anarquismos

“El anarquismo no es una fábula romántica, sino un duro despertar […]” (Edward Abbey, A Voice Crying in the Wilderness [Vox Clamantis en Deserto], 1990).

Periódicamente las dicotomías entre “anarquismos” se suceden. A finales del siglo XIX era entre colectivistas y comunistas, organizadores y anti organizadores, individualistas y sindicalistas, sindicalistas puros y anarcosindicalistas, etc. Actualmente esta reyerta teórica, que parece desarrollarse de forma cíclica, se ha establecido entre insurreccionalismo y anarquismo social.

En tiempos decimonónicos algunos anarquistas quisieron desatar el nudo gordiano hablando de “anarquismo sin adjetivos”, y ya avanzando el siglo XX de “síntesis”. Hoy día apremia evolucionar.

Las disputas, si no se enconan y enquistan, son positivas; el debate teórico es sano; lo que es insalubre y suicida es que el debate sustituya a la militancia. Ciertos anarquistas no tienen más problemas militantes que el propio anarquismo: o vigilar sus esencias o ponerlo al día, pero la disputa sigue fijándose en un marco erróneo, igual que en el XIX.

Sí, la disputa entre colectivistas y comunistas nos ayudó a vislumbrar cómo una parte del anarquismo de la época seguía ligado a cierta concepción de propiedad privada y salario y cómo otra quería transcender de eso y ser generosa; también cómo una parte trataba de ser realista y práctica y cómo otra podía pecar de optimismo exacerbado. Era una cuestión de fondo que dibujaba maneras y actitudes. Pero también era una disputa por algo que aún no se había producido: una revolución social que pusiera la economía en manos de los trabajadores. El debate quizás pudo ayudar a perfilar mejor lo que sucedería en situaciones revolucionarias como la del 36, pero el debate por el debate, sin transcender del plano teórico, puede dibujar el mejor de los futuros, pero no deja de ser una especulación, un discurrir sobre la nada, cuando falta crearlo todo. Puede también que el debate sobre las distintas concepciones sindicalistas tuviera una dimensión más práctica, pero seguía basándose en una premisa errónea: transformar la praxis ajena. Sólo nos es dado cambiar nuestra propia actividad; si algo no te gusta trabaja en sentido contrario y que la práctica demuestre si andas errado o acertado. En consecuencia, el debate no debe fijarse más –no desde luego prioritariamente– en el terreno ideológico; la validez de una idea debe medirse en el terreno práctico, en el terreno de los hechos.

No se puede discutir cual o tal teoría es mejor sobre el papel, cuál satisfará mejor nuestras necesidades sin transcender de la hipótesis; debe comprobarse empíricamente y que los resultados hablen. ¿Pero qué requiere esto? Trabajo de campo, duro trabajo de campo. Y es eso, y no otra cosa, lo que divide a los anarquismos en liza. Basta ya de supuestas divergencias en base a acuerdos, congresos, pensadores y modelos imaginarios.

Desde mi punto de vista sólo hay dos anarquismos: el contemplativo y el combativo. Ya pueden recibir el nombre de insurreccionalismo o anarquismo social, cualquiera de los dos puede representar a alguna de las dos tendencias en algún momento.

El anarquismo contemplativo vive a través de vidas ajenas, su terreno es el debate centrípeto. Se sienta a analizar y a discursar, a anatemizar enzarzado en eternas luchas internas. Su campo es el de la teoría y el quietismo, sea de comité, de asamblea, de manifestación, de red social o de quema de contenedor (un teórico del molotov no es menos contemplativo que un teórico de despacho). El inmovilismo como modus vivendi; la pontificación como modus operandi. Charlas y difusión de ideas es su terreno natural, el ambiente donde se siente cómodo; incapaz de transcender de ese hábitat y saborear los adoquines o el bancal. El propio anarquismo en su campo de batalla, su objeto de disección, el sujeto de su militancia. El anarquismo contemplativo es la etapa infantil e inmadura de la ideología anarquista; por muy seria, respetable y vetusta que parezca.

El anarquismo combativo, el que defendemos y practicamos desde la FAGC, es el anarquismo que se faja, el que está a pie de calle, el que lucha. Sea tensionando en una manifestación para evitar que la gente quede impasible ante una carga policial, sea forzando las circunstancias para que un conflicto laboral no acabe en armisticio. Es el anarquismo que se moja, el que se arremanga y se mancha las manos. El que lucha en la fábrica, en la asamblea de barrio, en la calle. Gamonal y Can Vies son ejemplos de esto, la Comunidad “La Esperanza” también. Es el que ha sobrepasado los límites de las tertulias y la militancia oral. Ya no cree que verbalizando algo se consiga cambiarlo. Su actividad es centrífuga, no va dirigida a complacer a los “iniciados”, a convencer a los “convencidos”; el circuito de los compañeros se le queda estrecho. El discurso de consumo interno se le antoja cacofonía. No milita para los anarquistas; milita para llevar la anarquía al suelo, para llevar la anarquía al pueblo. Diseña sus tácticas y su estrategia, su hoja de ruta, definiendo bien qué quiere y cuándo lo dará por conseguido, para poder avanzar a la siguiente etapa. Su hábitat es el barrio, la chabola, el parque, el tajo, el terreno abandonado, la casa expropiada. Es el anarquismo entendido como ideología adulta, por osada y audaz que sea su actitud, por nuevos que parezcan sus planteamientos.

En mi experiencia en estos últimos cuatro años en la FAGC, y especialmente en los dos últimos en la Comunidad “La Esperanza”, he llegado a concebir el anarquismo en esos términos, como una ideología adulta. El idealismo es necesario, pero no basado en irrealidades ni quimeras, sino en la capacidad real de aplicar las ideas pertinentes para transformar el entorno. Hay que descifrar los límites de los propios mitos, sean ideológicos, teóricos o de cualquier clase; descubrir la falsabilidad de los pensadores de referencia y tratar de aplicar las propias ideas teniendo en cuenta que por muchos antecedentes que tenga lo que te propones, y por más jugo que le saques a experiencias pasadas (la historia debe entenderse como pista, no como remanencia), la realidad es que esta experiencia, esta concreta, nadie la ha intentado antes; sólo tú y los que te acompañan. El discurso exclusivamente autorreferencial se diluye y queda la dura realidad. Es dura, pero es tuya.

Esta realidad lo es porque se asienta en algo tangible. En los siglos XIX-XX existía un anarquismo de fábrica, y esa fue su gran fuerza. Existió también en ese periodo fini/primisecular un anarquismo cultural que dotó de soporte teórico y literario la obra muscular. Nosotros proponemos un anarquismo de calle, un anarquismo callejero, de barrio, de exclusión social. El obrero salido del siglo XX y que despierta al siglo XXI se da cuenta, después de haber sobrevivido a la coartada capitalista de la crisis, que de obrero cualificado que fabricaba casas para otros ha pasado a ser un sin techo. Personas abocadas a la marginalidad porque sin apenas transición han sufrido un cambio: obreros ayer; indigentes hoy. Algunos no han mutado; de forma endémica han nacido condicionados socialmente para ser carne de asfalto. El discurso anarquista les complace en su utilidad: les es natural la hostilidad a la policía y el rechazo a la sacralidad de la propiedad privada; les es imprescindible sobrevivir a través de ciertas formas de apoyo mutuo, por lo menos en determinados estadios. Si este discurso se convierte en la práctica en un modelo eficiente de necesidades básicas plenamente satisfechas entonces la anarquía funciona, es útil para ellos, y con eso, sin necesitad de hacerse anarquistas, les basta.

No hace falta que se nos encuadre en el insurrecionalismo por nuestra radicalidad o el anarquismo social por nuestra labor. Somos anarquismo de combate y las etiquetas de ese tipo se nos quedan estrechas. Hemos recibido un baño de realismo y hemos descubierto que la anarquía llevada a la práctica funciona, que puede gestionarse una micro sociedad de 250 personas de manera eficaz siguiendo ese modelo. Pero también sabemos que ayudar a alguien no cambia necesariamente su mentalidad, y esto ya lo expondré en un futuro artículo.

Lo que importa ahora es saber que un anarquismo de barrio, sumergido en la marginación social, trabajando en el ghetto, es imprescindible; un anarquismo implicado en los problemas reales de la gente. Es imprescindible no porque suponga por sí mismo la “conversión de la gente”, sino porque es la mejor, si no la única, forma de llegar a ella. Para llegar a la gente no queda otra que tocar sus intereses y necesidades.

Pero si para esto no funciona la provocación vacua, que al menos remueve el avispero, menos funciona el discurso de reformar instituciones. En un momento en el que la gente está más desapegada de la política que nunca, nuestra misión es forzar la ruptura, no invitar a la conciliación con nuevas maneras dentro de las mismas estructuras. La situación es proclive para relanzar la organización popular desde abajo, para movilizar a la gente (movilizarnos con la gente) en base a sus necesidades y exigencias primarias, para estructurar el subsuelo, para dotar de cuerpo y músculo a los que no tienen (tenemos) nada. Enredarlos en promesas electorales, en aspiraciones de políticas locales, en la creación de instituciones, es un suicidio: primero, porque nunca se han sentido tan distantes de ellas; segundo, porque por fin son capaces de hacer otras cosas. A un enemigo herido que tiene que reestructurarse a toda prisa no se le refuerza, se le remata. Las instituciones deben ser vistas como el adversario al que se le arrebatan cosas por la fuerza, a través de la presión y el desgaste; el contrincante al que se mina hasta que se le pierda el temor y el respeto. No como el arma que es buena o mala en función de quién tenga la empuñadura. Más allá del maquiavelismo y el oportunismo de la hipótesis, tengo una cosa clara: también los ratones antes de ser devorados imaginan estar jugando con el gato. Eso es jugar a la política: creer que le estás dando cuartelillo al que está apunto de fagocitarte.

Yo no juego a juegos donde las reglas las imponen otros. Y hay un anarquismo que tampoco. Ese anarquismo sabe dónde está su lugar natural para incidir en la vida social, se aleja de las peleas de capilla y se une a las aspiraciones del pueblo para punzarlas, hostigarlas, y ver si pueden ir más lejos. Este anarquismo no se establece en unos parámetros de superioridad moral (y lamento si mi retórica lo da a entender, pero no es mi intención repartir sopas con hondas), no lo propongo porque sea “la última palabra” en revolución social; lo planteo por una simple cuestión de supervivencia. O nos abocamos a la endogamia de “la anarquía para los anarquistas” (cuando la anarquía debe ser para la gente de a pie) o nos dejamos matar metiéndonos en estructuras de poder que nos comerán y excretaran antes de darnos cuenta. Hasta ahora esas parecían ser las únicas opciones: o cerrarse en banda o entregarse con armas y municiones. No puede ni debe ser así, nuestra supervivencia y la de nuestro mensaje está en el combate, está en la calle, está en las necesidades más instintivas del pueblo. Es necesario detectar qué necesita, ver si nuestra praxis puede proporcionárselo, adaptar nuestras herramientas al momento, elaborar un programa que dé soporte teórico a nuestras conquistas y, una vez alumbrado el camino, compartir dichas herramientas y colectivizarlas (sabiendo cuándo hacerse a un lado).

No me importan las caricaturas; lo de “anarquismo barriobajero” o “anarco-lumpen” no es la primera vez que lo oigo. Me importan los resultados. El anarquismo callejero ha proporcionado la mejor carta de presentación de nuestra práctica en años. La mayor ocupación de inmuebles del Estado español no la ha conseguido un partido, una coalición electoral ni una organización pro-sistema; la ha iniciado una organización anarquista a través de herramientas anarquistas y haciendo funcionar un modelo anarquista sin necesidad de que los implicados lo fueran. Ese anarquismo de barrio ha dado 71 viviendas a 71 familias que equivalen a más de 250 personas. No habla la teoría; hablan los números, hablan los hechos, habla la tozuda realidad.

Ruymán Rodríguez | Federación Anarquista Gran Canaria

Lee aquí la segunda parte.

Makhno, el insurreccionalismo y comedores veganos

«Si Makhno levantase la cabeza, os daba a las insus unas cuantas collejas.»
«El insurreccionalismo ibérico sigue siendo literatura incendiaria, riotporn y comedores veganos.»

Estos comentarios, a priori desafortunados y cuya autoría reivindico, fueron vertidas en las redes sociales por mí hace no demasiado tiempo que encendió la ira de ciertos personajes que se declaran insurreccionalistas. A estas alturas, muchas sabréis que soy muy crítico con esta tendencia dentro del anarquismo, ya que veo en el actual anarquismo insurreccionalista errores estratégicos garrafales. No obstante, que sea crítico no implica que quiera aportar una crítica con rigor al asunto, cosa que quiero dedicar en este artículo al margen del típico flame de Internet (comentario muy subido de tono y cargado de insultos, ad hominems y críticas destructivas). Sin querer caer en mitos e idealizaciones sobre el insurreccionalismo, aquí voy a aportar otra mirada que sirva para la crítica constructiva.

La tendencia insurreccionalista básicamente parte de tensionar los conflictos sin importar la coyuntura en que se encuentre ni cómo estén articulados las fuerzas sociales y políticas en el escenario, generando pequeñas insurrecciones cotidianas que se vayan extendiendo entre la población y que llegue finalmente a lograr una insurrección de masas. No obstante, aquí cabría distinguir entre insurrección e insurreccionalismo (la tendencia que propone las insurrecciones como estrategia), y que una insurrección no siempre es de caracter revolucionario. La propia definición de insurrección nos da unas pistas: un levantamiento violento contra el orden establecido. Esta definición abarca un gran abanico de tipos de levantamientos, que pueden tener detrás diversas tendencias políticas. Así pues, podemos hablar de levantamientos con carácter popular o levantamientos reaccionarios de tipo fascista, por ejemplo. De hecho, el insurreccionalismo no es exclusivo del anarquismo, sino que también esta táctica la pueden adoptar el marxismo-leninismo, como veremos más adelante.

Comenzando a aclarar el insurreccionalismo anarquista, miremos por un momento a Néstor Makhno. Las ideas de Makhno seguramente chocarían mucho con el pensamiento insurreccionalista actual, pues Makhno era un gran estratega y apelaba básicamente a la disciplina voluntaria, y la unidad teórica y de acción, valores con los que levantó un ejército bien estructurado en cuyas filas solo estaban formadas por combatientes de clase trabajadora (campesinos y obreros). Muy lejos del informalismo y los pequeños grupos de afinidad que pregonan hoy el actual insurreccionalismo. Makhno también encabezaría un movimiento que llevaría su nombre y su Ejército Negro era un ejército insurreccional que combatió entonces a la reacción aristocrática de la época, la naciente burguesía, también a la pequeña burguesía y al Ejército Rojo cuando trataron de liquidar el movimiento makhnovista. Sí, Makhno fue insurreccionalista, los guerrilleros y guerrilleras que combatieron en las filas del Ejército Negro también lo fueron. No obstante, el movimiento makhnovista no logró ser tal por la adoración al fuego de la revuelta y el caos, ni lo dejaron todo a la improvisación ni tuvieron como base los discursos incendiarios que acostumbramos ver en el insurreccionalismo actual, no. El movimiento makhnovista era la expresión de las masas campesinas por conquistar la organización de sus vidas en base a la libertad y la cooperación. El Ejército Negro era pues la fuerza armada que defendía esas conquistas.

Volviendo la mirada hacia casos más actuales, podemos ver que el insurreccionalismo del MIL (Movimiento Ibérico de Liberación) y los grupos autónomos se distancian de la rama nihilista actual de, por ejemplo, el FAI/FRI (Federación Anarquista Informal/Frente Revolucionario Internacional), ya que desde el MIL por ejemplo, sí buscaban una base social de apoyo en la clase trabajadora a través de acciones como expropiaciones de dinero a bancos para financiar las huelgas.

Luego, entre el insurreccionalismo de corte marxista-leninista encontramos a las Brigadas Rojas (Brigate Rosse) que operaron en Italia entre los años 1969 y 1987, y el MIR (Movimiento de la Izquierda Revolucionaria) fundado en 1985 en Chile y que actualmente siguen existiendo. En concreto el MIR, a parte de la lucha armada, siguen la estrategia del poder popular para tener bases sociales. Posiblemente existan otras organizaciones marxistas de cariz insurreccionalista, pero menciono estas a modo de ejemplo.

Como acabamos de ver, el insurreccionalismo puede tener detrás diferentes tendencias ideológicas, lo cual, no se puede hablar de insurreccionalismo como tendencia en sí. Respecto a los errores estratégicos en el insurreccionalismo, uno de los principales errores son el descuido de las base social al desvincularse de las luchas sociales, lo que en ocasiones llevaría a adoptar posturas vanguardistas, pretendiendo adelantarse a los procesos sociales que se dan en una determinada coyuntura. Sin embargo, este caso no es la regla, puesto que en el caso del MIR, su estrategia del poder popular les permitió sobrevivir, mientras que las Brigadas Rojas no pudieron al verse empujados hacia el terrorismo únicamente —sin olvidar que en aquella época en Italia la OTAN saboteó el auge del comunismo mediante atentados atribuidos falsamente al Partido Comunista—, lo cual hizo que se desvinculasen de las bases sociales y terminasen aislados y neutralizados. Otro de los grandes errores son sus análisis de la coyuntura, que tienen más de literatura que de información sobre la realidad material sobre el cual trabajar en la transformación social. Además de esto, la apuesta total por la improvisación y la destrucción en el ahora, sin tener estrategia política alguna ni hojas de ruta ni objetivos marcados y más o menos concretados más allá de la máxima de la libertad, así como la entrega total a la volatilidad de los grupos de afinidad informales, hacen que ciertas insurreccionalistas acaben invirtiendo muchas fuerzas para acabar yendo forzadas por la coyuntura tirando del «acción-reacción».

A pesar de estos errores, tengo que reconocer que el insurreccionalismo nacido de los años ’70 y ’80 fue una respuesta contundente y necesaria, como un toque de atención y una salida hacia delante ante la derrota generalizada de las izquierdas a la izquierda de la URSS, entre las cuales se incluye el anarquismo, estancadas en el burocratismo, incapaces de innovar y de adaptarse a la coyuntura de un neoliberalismo naciente. Es en aquella época en que el insurreccionalismo y las subculturas como el anarkopunk permitieron, de alguna manera, la supervivencia del anarquismo. No obstante, mucho ha llovido desde aquellas décadas de finales del siglo XX. Unos 30 años después, la coyuntura cambió y está cambiando rápidamente y estamos asistiendo a una época en que las subculturas están siendo asimiladas por el capitalismo y la reestructuración capitalista que no es más que otra vuelta de tuerca del neoliberalismo siempre a la ofensiva, además del acecho del fascismo como tendencia para captar sectores descontentos de la población. Por ello, nos urge cambiar de estrategias. Nos toca realizar de nuevo los análisis de coyuntura y articularnos como alternativa política seria que plante cara al neoliberalismo y se supere la mera resistencia para poder pasar a la ofensiva, pero no una ofensiva de disturbios y pequeñas insurrecciones, sino una ofensiva a partir de un proyecto de mayorías, del poder popular como fuerza política revolucionaria.

Volviendo al hilo, en cuanto al insurreccionalismo anarquista, hay casos y casos. En el caso de la región española, la afirmación de que el insurreccionalismo aquí no es más que literatura incendiaria, riotporn (darle más importancia a los disturbios y pajearse con el fuego, obviando el trasfondo de un conflicto social en cuyos acontecimientos hayan disturbios) y comedores veganos acierta bastante de lleno si lo comparamos con Atenas por ejemplo, donde las anarquistas insurreccionalistas, incluso de la rama nihilista, hacen cosas por el barrio liberando espacios (okupas), manteniendo a raya a la policía, los fascistas, el tráfico de drogas y protegiendo a la población inmigrante que ve en Exarchia un barrio seguro, así como la fuerte solidaridad que desatan por las militantes presas. A pesar de todo, hay que decir que no toda residente en Exarchia es anarquista, sino personas no expresamente ideologizadas que se volcaron hacia la autogestión como respuesta a la aguda crisis económica griega. En cambio, aquí en el Estado español siquiera podría decirse (según algunas compañeras) que existe el insurreccionalismo. No hace falta indagar mucho para encontrarnos con textos incendiarios en cualquier página web o en un panfleto insurreccionalista en el Estado español, ni qué decir de la estética del encapuchado, el fuego y las barricadas que acompañan a los textos y sus espacios. ¿Y qué hay de acciones más allá de montar comedores veganos para conseguir algo de financiación, que en vez de parecer medios, parecen convertidos en fines? Desde luego que no puede compararse con las compañeras insurreccionalistas griegas. Ni Gamonal ni Can Vies tienen que ver con las insurreccionalistas puesto que, en el caso de Gamonal, las respuestas fueron articuladas desde las asambleas vecinales y la victoria fue posible no gracias a los disturbios, sino a la movilización del pueblo y la solidaridad desatada en todo el territorio español. Y en el caso de Can Vies es similar, con más de 17 años de historia creando barrio y con diversos colectivos sociales y políticos articulando las protestas. Así que, que no se cuelguen medallitas solo porque hayan sido protestas violentas, que parece ser además lo único que valoran, obviando el tejido social creado. He aquí las razones por las cuales publiqué las frases aquí expuestas al principio del texto, pues además el pensamiento de Makhno dista mucho del imaginario insurreccionalista actual en el Estado español.

Como conclusiones finales  y apartir de todo lo dicho, puedo decir que el insurreccionalismo solo podrá tener cierto éxito si consigue tener una base social de respaldo (que permitiría resistir los golpes represivos que fácilmente neutralizan la actividad insurreccional al aislarla de la sociedad), que le dé contenido político y constituya así una fuerza real revolucionaria. De hecho, incluso desde el anarquismo social se tendrá que adoptar la estrategia insurreccional cuando nos hayamos constituido como fuerza política real, como pueblo articulado políticamente, cuando hayamos realizado nuestro proyecto de mayorías, y llevemos el conflicto de clases al nivel político-militar (revolución social o guerra popular), como está pasando en Rojava y como ha pasado con el movimiento makhnovista. Dicho de otra manera, las estrategias tienen que adecuarse en cada coyuntura. No se puede adoptar una estrategia insurreccional sin tener apenas inserción en movimientos sociales y populares amplios, sin haber un alto grado de conflictividad social en el cual estén en marcha procesos de creación de poder popular y, por tanto, su articulación política; ni tampoco podemos apostar únicamente por la estrategia de inserción social, estrategia que en la coyuntura inmediata es más que acertada pero que no lo será cuando se construya un contrapoder popular y haya que pasar a la ofensiva.

Y, ¿»Ahora Madrid», qué?

Y ¿»Ahora Madrid», qué?. Esta pregunta se nos repite a muchas tras lo vivido en la última fiesta de la democracia, y muchas aún tenemos una resaca que nos aturulla a causa de tanta propaganda de garrafón.

El domingo 24 del pasado mes salieron de paseo, de nuevo, nuestro supuesto libre albedrio de poder tomar decisiones sobre lo concerniente a la política, que de una manera u otra se piensa que va afectar a este país. Y qué gran verdad es, que esto no es así, en este juego que se repetía esta vez, había nuevos participantes.

Hace cuatro años en este Estado se estaban viviendo momentos de verdadera convulsión política, verdadera porque en esta ocasión, y mal que le pese a muchas, nosotras éramos las protagonistas de algo que siempre debería haber sido nuestro, pero que nos ha sido usurpado poco a poco. Éramos las protagonistas y hacedoras de una política de verdad, en el sentido más amplio de la palabras. Estábamos siendo capaces de llenar calles, plazas y cualquier situación cotidiana de política, dándonos cuenta que hasta la decisión mas simplista del día a día es política, empezando a entender que lo personal, es político también.

Si de algo nos dimos cuenta en esos días es que el hacer política no era algo destinado a carteras, maletines, cómodos sillones y falsas palabras y gente .supuestamente, selecta. En esos días nos empezamos a dar cuenta que éramos capaces de que nosotras, en comunidad  y sin unas más que otras, estábamos marcando el rumbo de algo que a todas nos pone el corazón en un puño y la piel nos eriza: es la idea de prender la llama que queme esto, teniendo todas, además, un denominador común que nos unía y que nos une, mal que les pese a algunas. A todas nos juntaba la idea que tanto se repitió y que tanto nos sigue llenando a muchas, mal que le pese, la idea de que NO NOS REPRESENTAN.

En este sentido, muchas, entre las que me incluyo fervientemente, nos dimos cuenta que: ¿por qué era necesario articularse en un partido?, ¿por qué era necesario entender la política de una sola manera?, ¿por qué siempre en una postura de tercera persona?, ¿por qué no jugar en primera persona?,¿por qué no participar y hacer del debate algo tuyo/nuestro?. De esta manera, muchas supimos responder a gran cantidad de inquietudes que nos estaban asaltando en plena adolescencia y empezábamos a encontrar las respuestas a tanto porqué. Tras estos cuanto años, yo, una de esas muchas sigo creyendo en las mismas respuestas, y por eso, tras este tiempo sigo en las asambleas de base de la universidad, en la de mi pueblo y rechazando todo lo que se aleje de nosotras y de lo que intente representarnos y suplir de manera muy paternalista nuestro poder de hacer política.

En el lapso de tiempo que se desarrollaron todas estas ideas y que aún ,afortunadamente, se siguen repensando, mal que les pese, se pusieron en común y en colectividad un conjunto de ideas que empezaron a conformar un «contrato» ante un desarrollo de ideas que creíamos que eran fundamentales y que al fin y al cabo nos representaban a todas, aunque, este «contrato», al final es ficticio y sólo existente en la reflexión de cada uno, distinto en cualquier persona, pero que tenía un conjunto de factores comunes.

La transformación que muchas hemos sufrido (y menos mal) a raíz de estos cuatro años es que en colectividad, el aprendizaje sobre cualquier cosa,  se potencia y todas avanzamos en unidad y en común. Justo es en este punto donde me pregunto y ,¿»Ahora Madrid», qué?

Como es lógico y asumiendo la coyuntura social, no nos queda otra que seguir combatiendo los devenires políticos, donde el reproche a la situación, desde mi posición personal, no tiene cabida ya que en cierta manera estos mismos devenires estatistas nos van aclarando con quién «Podemos» contar y con quién no y empezar a repensar nuevas estrategias.

A pesar de esto, y  haciendo un papel de abogado del diablo, mis compañeras de asamblea, que tras cuatro años de sábados seguidos, aún habiendo decidido tomar este camino, siguen al pie del desahucio, al pie de la calle y pelándose el culo en el suelo de una asamblea. No sé si serán los más, o los menos, pero mientras esto se mantenga, no tengo ninguna duda que estas personas seguirán siendo mis compañeras y las que quiero que sigan a mi lado.

Pero hay algo que no puedo pasar por alto, hay algo que muchas notamos como una puñalada trapera que nos escama y nos duele. En estos cuatro años, si algo se ha conseguido verdaderamente, más que todos los logros que se han alcanzado, ha sido el crear este tejido social de que para mí, por muy «refor» que suene, gozamos ahora, y este tejido, lo construimos entre todas, bajo consensos, bajo horas interminables de asambleas, a base de nuevas relaciones entre personas, y lo más fundamental al margen de todo lo que pretendía contaminar esta construcción de algo nuevo y sacar rédito de todo esto que es nuestro que es de todas. Ahora esto ha cambiando, a mi juicio, que no sé si me equivoco, todas las herramientas que creamos en su día, todas las dinámicas de trabajo que nos han enriquecido tanto y lo siguen haciendo, todos los «contratos» amables que habíamos adoptado entre todas, me da la sensación que han sido utilizados con un fin que no era el que perseguía cuando empezamos a construir todo esto. Ha sido usurpado de la gente que no entendíamos esta vía de lucha  y que habíamos participado en su formación, ha sido usurpado del «todo» para unos que lo entendían distinto. Los conceptos sobre algo expuestos a lo colectivo, nuestras visiones y juicios expuestos a lo colectivo, incluso nuestros sentimientos y miedos expuesto a lo colectivo han sido recogidos y usado con un fin que no era el de todas, y esto no lo paso por alto, y esto a algunas sí que nos irrita.

Al fin y al cabo una cosa sí que tengo y tenemos muchas algo claro. Votes o no votes, organicémonos el resto del año para acabar con todo lo que nos mata. Siempre y «Ahora Madrid» organízate y lucha en confluencia pero también a su margen.

A las presas, que sólo nuestra solidaridad y nuestra lucha las hará libres y así lo podremos ser todas…

Los mitos y las experiencias (I)

Empiezo mi colaboración en este espacio con una serie de artículos que surgen más como una necesidad personal de poner en orden vivencias y reflexiones, que como respuesta a la coyuntura político-social actual. Y aunque sean reflexiones personales, viscerales, incluso lleguen a incomodar a algunas, espero que sirvan para una reflexión más compartida, conjunta y colectiva.

Aclarar también, que uso el femenino en algunas formas no como género si no como forma resumida de personas.

Hace unos meses, en un interesante debate en un local de Madrid, surgió una línea de discusión que quiero recuperar aquí. Y básicamente se centraba en diferenciar entre mitos y experiencias. Me pareció una conversación ya vivida y con posicionamientos muy diferentes, pero significativos. Desde quien se aferra, de forma consciente, o no, al mito y quien quiere profundizar en la experiencia.

¿A qué nos podemos referir con «mito» y con «experiencia»? En este caso pretendo hacer un breve repaso por algunos mitos que he ido recogiendo dentro del anarquismo. No de forma sistemática ni ordenada, más bien visceral y vivencial. Basada en conversaciones, textos, debates, etc. Y diferenciarlo de la experiencia, elemento valioso para la acumulación de voces y pensares que expliquen las victorias y derrotas, y que éstas sirvan para avanzar en la transformación social.

No pretendo desarrollar cada mito en esta introducción, tendrás que leerla más como una lista que me hago para en posteriores artículos intentar, en la medida de mis pocas y limitadas posibilidades, ir desgranando cada uno de esos recuerdos y vivencias, que me han llevado a formular esta lista. Y, advertencia: aunque algunas sentencias suenen a caricaturescas, las he vivido o escuchado en entornos anarquistas, y aquí sólo están sintetizadas y resumidas.

 Intento de compendio de mitos:

la infalibilidad del anarquismo: si fracasó algo fue porque «los otros» hicieron…

Ésta puede ser la típica reflexión que se desprenda de algunos de los más cansinos debates sobre el 36, Revolución Rusa o Kronstad; por citar algunos episodios ampliamente recordados por el imaginario anarquista. En que se construye un malo maloso que nos llenó el camino de zancadillas, y pudo tumbarnos a pesar de lo buenos que fuimos y lo bien que íbamos para conseguir la victoria. Vamos, una discusión a la altura de las que se suelen escuchar sobre un partido de fútbol con un arbitraje, digamos, dudoso.

Pues bien, el uso de este mito, como recurso, es típico de discusiones sin ningún objetivo constructivo, pero que además lo único que construyen es una caricatura. Desfigurando toda posibilidad e intento de aprendizaje o la posibilidad de debate, impidiendo estrujar la experiencia hasta el punto de ver la humanidad y los errores en su contexto. Siendo todo esto un posible reflejo, como dice un compañero, de una carencia, de no querer enfrentarse a ciertas contradicciones, y utilizar el mito como refugio cómodo, casi podríamos decir infantil.

Cualquiera que se haya molestado en leer actas y textos que se salen de los ampliamente difundidos, o incluso de los difundidos pero poco leídos escritos en el momento histórico se puede dar cuenta de los matices, contradicciones y cuestiones importantes que intentaban desgranar ya en ese momento histórico. Que parezca casi imposible en ciertos momentos hacer lo propio a 80 años vista nos debería hacer reflexionar. Estoy pensando en algunos textos de Peiró o de los Amigos de Durruti, para poner ejemplos concretos. Textos muy críticos con cuestiones que normalmente se obvian: la cuestión de la toma del poder, y las que usan la revolución como un paraguas para sus desmanes. Textos que hay que leer, entiendo yo, como cualquiera,  en su contexto, intentando no caer en un enfoque presentista que nos nuble e impida beber de la experiencia de otras.

– las anarquistas no participan en política

Este mito es bastante curioso, ya que por un lado presupone que «la política» sólo se hace desde ciertos órganos de poder, y que lo que hacen los movimientos sociales, populares o las organizaciones político-sociales es, simplemente, otra cosa. Hay muchas maneras de hacer política, desde la creación de instituciones populares propias hasta incidir en cambios legislativos en un marco de democracia representativa convencional. Por poner dos ejemplos fáciles de comprender.

Por otro lado, tiene otra connotación que a mi me resulta bastante «dolorosa». La connotación casi canónica, que determina qué hacen y qué no hacen las anarquistas.

A lo largo de la historia, hay unos cuantos ejemplos de participación táctica en instituciones copadas por la clase social opuesta (burguesía-capitalistas). Así de memoria, y sin entrar en detalles me vienen a la cabeza Proudhon, Salvochea y Fanelli. Pero sin duda hay muchos más, me consta que en ciertos momentos históricos los anarquistas en algunas localidades colocaban a gente afín en instituciones, cuando no, compañeros destacados que se ponían al servicio de los intereses del movimiento social local para ser usados como cabeza visible en una candidatura a la alcaldía. Y así poder disputar algunas cuestiones a la burguesía en su terreno, o simplemente tener mejores escenarios en su localidad o zona de influencia. No como libertarios, si no como personas destacadas en la sociedad, es decir lideres o personas que infundían respeto, y que se ponían al servicio de ese movimiento en ese complicado equilibrio entre las fuerzas populares y las instituciones de gestión propias de la otra clase social.

Contra el anterior párrafo he escuchado: en aquel momento no era anarquista. Que resume muy bien a lo que me refería con los cánones de las anarquistas. La imposibilidad, o negación, de que pudiese existir una persona-herramienta al servicio de una táctica concreta, inserta en el monstruo institucional, en un momento muy específico, e impulsado por gentes anarquistas se escapa a toda lógica que base sus preceptos casi en exclusiva en principios filosóficos y no en relaciones líquidas y cambiantes de hacer política según el momento. Es decir: imposible, eso no puede ser, eso no es anarquista. Prefiriendo negar a plantear y estudiar experiencias, no para repetirlas de forma mimética, si no para entenderlas y aprender de las mismas.

Y para no caer en ejemplos históricos lejanos, sólo hay que acudir a revisar un poco la revolución de Rojava, tan en boca de muchos círculos anarquistas últimamente. Con su dualidad de democracia directa y popular, compaginada con partidos políticos y elecciones convencionales. Buscando copar todos los espacios políticos posibles: instituciones populares, convencionales y la calle.

Un inciso: no me gustaría que se interpretasen mis palabras como una defensa de esas tácticas institucionales y menosprecio de otras tácticas, o viceversa. Insisto, separar tácticas, herramientas, estrategias, etc de cada contexto es, para mi, crear una cultura política libertaria universal e infalible que me resulta más un refugio frágil y torpe, que una verdadera herramienta de transformación.

– el anarquismo es una filosofía personal

Lo que nos lleva a este mito, la transformación personal, la opción filosófica, o de vida. No voy a ocultar aquí cierto hartazgo cuando me han hecho planteamientos encorsetados en filosofías new age que inundan a los movimientos supuestamente alternativos y de izquierdas; y que alcanzan también, como no podía ser de otra manera, al anarquismo. Vale decir que en los orígenes liberales del pre-anarquismo había bastante de ese componente filosófico, pero hace tiempo que esa búsqueda personal ha pasado de transformadora, gracias a la sociedad de consumo, a unas formas que individualizan de tal manera esa energía potencial en frenos, huidas o refugios. Que en definitiva desactivan la potencialidad que podrían tener en una cultura política social-colectiva de transformación.

Cuando todo se vuelve una filosofía personal o en una manera de estar en el mundo, y no en una herramienta colectiva de transformación; es fácil para la sociedad consumista transformar esa búsqueda en un objeto de consumo más. O en la necesidad de cubrir, mantener satisfecha esa filosofía en necesidades espirituales (vacíos existenciales) típicos de las sociedades de consumo occidental que se alimenta en gran medida de esos vacíos. Llegando a puntos que para mí tienen en algunos aspectos componentes de hobby, fase vital, tribu-urbana, y nada de fuerza transformadora.

– las anarquistas no se deben organizar/colaborar con otras corrientes

Este mito está conectado con el primero, visto que las experiencias en que siempre estuvimos «a punto de ganar» y por causa de las «malas compañías» o «los enemigos» no lo conseguimos. Conclusión definitiva y lapidaria: mejor no juntarse con nadie que no sea anarquista. Esto trae consigo la necesidad de alejarse de cualquier participación en movimientos que no tengan un sesgo ideológico con un marcado ideario finalista de tintes anarquistas.

Por suerte, esta opción es cada vez más minoritaria, o quiero pensar que es así, ya que se ve la auto-encerrona que supone para un supuesto movimiento que intenta transformar la sociedad, y que se aleja, o se aísla de ella, al mismo tiempo.

Otro componente curioso es que se puede entrever cierto punto de sentimiento de inferioridad. Siempre existe el peligro de ser copado o dirigido por otros (de nuevo ese enemigo todo poderoso). Parece que no se plantea ni la más remota posibilidad de que pueda ser al revés, que «los otros» caigan en la permeabilidad de prácticas libertarias.

La necesidad de crear movimientos sociales, pero netamente anarquistas, tiene un punto identitario que nos puede remitir a esa auto-afirmación de tribu, que tiene toda su lógica en fases de resistencia o, en una sociedad de consumo, como vía de escape, y filosofía personal compartida por un grupo. Pero que carece de proyección social por si sola, y en si misma, y mucho menos poder de transformación más allá del circulo grupal de convencidas.

– la asamblea como forma natural y horizontal de relacionarse de las anarquistas. «la asamblea es el espacio de decisión natural de las anarquistas.» todo ha de pasar por la asamblea

NOTA: Para acabar este primer artículo, y no hacerlo más largo de lo que ya es, me quiero detener en el que es mi mito favorito de estos tiempos: la asamblea.

Un compañero me regaló hace tiempo un enlace a un texto de Andrew Flood que me pareció muy inspirador, y que apuntaba alguna cosa que había compartido con algunas compañeras y se basa en el mito de la asamblea. Este mito se ha caído para algunas cuando han vivido un empacho en 2011 de asambleas inoperantes y nada resolutivas. Mezclando debate con toma de decisiones, misturando planteo de líneas estratégicas con decisiones rutinarias, etc.

Por suerte, a algunas se les ha caído ese mito, como decía, y se han planteado que hay que desmitificar las herramientas, y usarlas, que si las conviertes en mito se pueden volver en tu contra. Ser esclava de la herramienta, porque esta se convierte en un referente en si mismo, en lugar de un método de trabajo colectivo. En definitiva, hay que buscar las herramientas para cada momento y situación, por su eficacia, y no por el supuesto halo de horizontalidad que desprenda.

Volviendo al término, asamblea tiene un componente religioso, basta con buscar el término para que te salgan unos cuantos nombres de algunas iglesias, del estilo «asamblea de dios». Y es que este método de reunión, fue altamente difundido en movimientos antimilitaristas por los quackers y que impregnaron a los movimientos alternativos de los 60′ y 70′, llegando a nuestros días, como por arte de magia, junto a autogestión, como términos que siempre fueron anarquistas. No voy a discutir si la incorporación de nuevos términos es buena o mala, ya que no veo problema alguno, señalo lo curioso de que, a veces la misma «norma» sirva para un término pero no para otro según convenga.

En algunos espacios, si las decisiones, por nimias que sean, si no pasan por la asamblea se convierten en una suerte de alta traición. Pivotando la asamblea entre una reunión de grupo, una toma de decisiones, una terapia colectiva, o un elemento socializador del mismo grupo. Todo mezclado. Haciendo que un grupo, en una búsqueda natural de equilibrio tienda a su auto-afirmación, o encierro en si mismo. Y aparezcan todo tipo de jerarquías informales que se encargan de mantener, de forma consciente, o no, ese equilibrio. O la búsqueda del mismo. Hay literatura feminista muy interesante en este aspecto y que te invito a buscar.

La asamblea como método de decisiones no está reñido con el voto a mano alzada, un sub-mito dentro de éste. Son maneras de desbloquear tomas de decisiones, ni más ni menos. La búsqueda del consenso no puede ser un dogma, porque puede convertir al grupo en prisionero de falsos consensos: por agotamiento, por mantener el equilibrio del grupo, etc. Hay que aprender a ganar, perder, experimentar y replantear las decisiones pasado un periodo determinado, y no en cada asamblea. Volver al método científico básico y abandonar la mística.

Y es que, para un desarrollo eficaz de reuniones considero que tener una visión de conjunto, del bien común, es primordial, pero tener unos objetivos claros, no sólo las finalidades últimas siempre bañadas de tintes ideológicos/filosóficos, si no de las tareas y objetivos marcados para cada periodo; es esencial. Al igual que huir de la fiscalización constante a las personas que se encargan de tareas, dando un voto de confianza que se sopesa con los resultados al finalizar dicho periodo establecido, y en la posible revocación en cualquier momento de las personas encargadas. Porque si no, estamos estableciendo un ambiente de desconfianza constante y permanente que poco tiene de transformador, y si de tribal.

Por último, a esa gente que me he topado a lo largo de estos años y que denomino «guardianes» de la supuesta «tradición» anarquista les invitaría a dar un repaso a actas de reuniones de hace unos cuantos años. Así mismo, a las fanáticas de «lo nuevo» les diría que lo nuevo no es «bueno» ni eficaz persé. La humanidad ha transformado su entorno, para bien o para mal, a base de experimentar.

Una herramienta, o conjunto de herramientas, para la transformación social, como considero que debería de ser el anarquismo, no puede quedar secuestrado por metodologías que lo desactivan en toda su potencialidad o lo convierten en esclavo de la sacralización de términos, dogmas o prácticas supuestamente democráticas, antiautoritarias o como se las quiera denominar.

(Continuaré con más mitos…)

Crédito de la imagen: https://www.flickr.com/photos/nestorespinosa/5738000859

Repensar la Anarquía

Consciente de que la teoría anarquista es fundamental para el impulso y difusión del movimiento libertario(y más ahora que vivimos una nueva oleada de represión y criminalización contra el anarquismo), Carlos Taibo escribió en 2013 su cuarta obra: Repensar la Anarquía, una compilación de teorías que aportaron importantes anarquistas del pasado junto con las propuestas e iniciativas y análisis de los nuevos movimientos sociales.

A pesar de los muchos cambios que hemos percibido estos dos últimos años; alejamiento y dispersión del 15M, reducción de convocatorias a huelga y manifestaciones con menos seguimiento, así como la aparición de dos partidos emergentes para absorber el “voto indignado” tanto de la izquierda como de la derecha reduciendo así la voluntad de reivindicación social desde las calles y encima nos cae le represión policial y difamación mediática con las operaciones Piñata y Pandora; con todo ello, el pensamiento libertario ha ascendido notablemente y sus ideas están de plena actualidad como afirma Taibo al comienzo del libro.

A lo largo de ocho capítulos expone conceptos e ideas ya conocidas por todos los que nos interesamos por el anarquismo, no faltan las citas de grandes autores ni viejos aforismos, lo que hace de este libro un rápido repaso de las diversas fórmulas o de introducción para dar a conocer el anarquismo.  No es una lectura imprescindible pero es un buen análisis de la evolución de todo lo relacionado con el mundo libertario hasta la actualidad. La única aportación novedosa de Taibo está en la conclusión, las cinco últimas páginas en que critica rápidamente la coyuntura actual siguiendo con un párrafo de Emma Goldman para cerrar la reflexión.

Empieza definiendo el anarquismo, sus características, corrientes y desarrollo, su compatibilidad con la naturaleza humana, su matiz utópico y diferencia sus dos adjetivos principales: anarquista y libertario. También segrega la tendencia individualista de la colectivista. En segundo lugar, diferencia la democracia representativa de la democracia directa y habla sobre las elecciones. En el tercero, critica el estatismo y el fracaso de los estados del bienestar.  En el cuarto capítulo, denuncia el capitalismo y propone cómo combatirlo. En el quinto, expone la creación de espacios de autonomía y sus posibilidades de futuro. En el sexto, repasa algunos procesos históricos, especialmente las colectividades de la CNT, el desarrollo del marxismo, la URSS, el fracaso de la socialdemocracia, y los nuevos modelos latinoamericanos. En el séptimo, las corrientes actuales; antimilitarismo, feminismo, ecologismo, decrecentismo y la perspectiva de colapso del capitalismo. En último lugar, trata el anarquismo en las naciones del sur.

En cuanto a la redacción, está especialmente dirigido a quienes comparten su ideología por lo que el lenguaje resulta un poco exclusivo no terminando de explicar ciertos términos y pensamientos. El único error importante que yo considero es haber utilizado demasiados conectores (y acotaciones) innecesarios, algunos un poco extraños. Esto ralentiza la lectura y da impresión de que muchas palabras se han puesto sólo para rellenar texto, aunque sin estas expresiones el libro quedaría reducido quizás un 30%, yo las quitaría todas.

Queda a decisión de cada uno si comprar el libro o no. En cualquier caso, Carlos Taibo expone su contenido en charlas que convoca desde sus redes sociales  en diferentes ciudades. Yo diría que habla bastante mejor que escribe, aun así no viene mal tener este libro para ojearlo cuando se necesite.

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