Pero, ¿dónde está la madera?

Ganó Syriza las elecciones generales en el Estado griego y muches se preguntaron: «¿pero dónde está la madera?» Y es que el grupo de maderos anti-disturbios (armados hasta los dientes, incluyendo subfusiles automáticos) que «vigilaba» el barrio ateniense de Exarheia ha desaparecido de sus esquinitas. Se notan los aires de cambio, el renovado espíritu progresista que llevará a la humanidad a una sociedad justa e igualitaria. Votar a Syriza ha sido la mejor decisión de mi vida, pensarán muches. Syriza cambiará las cosas: eliminará las «nuevas» prisiones de alta-seguridad, garantizará derechos sociales a migrantes y explotades, mejorará la calidad de vida de las personas en Grecia. Votar a Syriza, en definitiva, fue lo mejor.

El capitalismo neoliberal y sus políticas de austeridad que ahogan a la gente ya son cosa del pasado. La banca alemana y los intereses burgueses internacionales han pasado a mejor vida. Les buenes gobernantes pueden cambiar las cosas, pueden darnos ilusión y ganas de participar en política. El capitalismo se va a humanizar a partir de ahora; el Estado del bienestar volverá a recobrar su misión original; la humillación será sustituida por la dignidad del pueblo libre. Y todo esto con tan poco como el pequeño esfuerzo de meter un papelito un domingo por la mañana. ¡Aquí viene el cambio! ¡Recobremos el futuro con dignidad! Yo confío en que les polítiques de Syriza aportarán lo mejor para la sociedad libre del mañana. Elles saben cómo hacer las cosas; elles saben más que la gente. Su mirada es limpia, y sus horizontes prístinos. Si han pactado con la chusma nacional-conservadora de Anel es por pura estrategia, un mal menor necesario para garantizar el cambio y la recuperación de la dignidad. Syriza mira por nosotres, si eso han decidido será por algo.

Pero, «¿dónde está la madera de Exarheia?» Tranquiles, ya no necesitamos anti-disturbios para vigilar a les rares que visten de negro. Las papeletas de las elecciones han hecho de cada votante un madero más comprometido con el sistema. No hay nada más efectivo que la esclavitud bien inculcada mediante disfraces de libertad. Hoy Syriza en el Estado griego, mañana Podemos en el Estado español. Por una sociedad sin maderos, por una sociedad de ciudadanes garantes del sistema explotador.

Movimiento Estudiantil, articulación y espacios comunes

Este es un texto escrito desde dentro del movimiento estudiantil universitario madrileño, aunque las ideas fuerza reflejadas entiendo que son comunes al resto de ciudades y pueblos, así como para el resto de luchas no estudiantiles.

El Movimiento Estudiantil (ME) actual se ha mostrado incapaz de ejercer un contrapeso a la batería de recortes y leyes que atacan de forma clara los derechos fundamentales relativos a la enseñanza. Desde las reformas universitarias (Bolonia, EU2015), la subida de tasas, la reducción de becas, la entrada de la LOMCE, la reducción de puestos de trabajo y sueldos… en definitiva un proceso de precarización de la enseñanza ante el cual el ME se ha mostrado como un actor incapaz de conseguir ejercer una respuesta clara y contundente. Las razones de esta incapacidad son varias, algunas son de raíz estructural (la implantación de Bolonia y la consecuente reducción de tiempo del estudiantado para organizarse, por ejemplo) pero vamos a centrarnos en las razones de puertas para dentro del movimiento, sin buscar excusas ajenas.

Ideologeización vs praxis, partidismo vs autonomía.

Que existen(imos) personas con ideologías varias dentro del ME es una realidad y las realidades se asumen, no se niegan ni ocultan. El problema es cuando se trata de imponer una ideología sobre otra o cuando se trata de imponer una ideología al conjunto del movimiento, el cual debe tener ideas fuerza, pero no una ideología, las ideologías son para las organizaciones políticas (partidos, sindicatos, federaciones…). Los movimientos amplios deben ser entendidos como espacios comunes a todas las familias que luchan por unos objetivos concretos, en nuestro caso contra la mercantilización y elitización de la enseñanza, por una educación gratuita y universal.

Por ello los espacios comunes no deben ser entendidos como espacios de disputa de las distintas corrientes, si no como espacios de puesta en común y trabajar codo con codo.

Y aquí es donde surge uno de los problemas. Las ganas de las distintas tendencias de arrimar el ascua a su sardina. Las estrategias dirigidas a convertir un movimiento en un chiringuito propio, siendo esta la estrategia más nefasta posible para todas, para el movimiento porque lo fragmenta y para la corriente porque se gana la enemistad y falta de confianza del resto.

Hay que luchar y trabajar por la autonomía de los movimientos amplios, autonomía de tendencias, partidos y organizaciones. No por una razón anti-partidos, si no por una cuestión pro-movimientos. Las organizaciones políticas y los movimientos se complementan, cada una tiene su espacio y deben ser respetados. Los movimientos sirven como espacio de confluencia, como imagen pública de unas reivindicaciones sectoriales, un espacio que construya su propio camino y no se vea limitado por agentes externos. ¿Luchamos por nuestras marcas, logos y banderas? ¿O luchamos por nuestras reivindicaciones? Tenemos que construir un pueblo organizado, tenemos que crear nuestras propias estructuras de contrapoder y nuestras organizaciones políticas deben acompañar dicho movimiento, no dirigirlo y coptarlo, pues entonces deja de ser movimiento para ser correa de transmisión, endogamia y derrota.

Participación vs especialización

Las asambleas son una herramienta de participación política cuyas características son la toma de decisiones colectivas, la igualdad entre sus miembros y el carácter abierto a quien esté interesado en participar. Esta base proporciona una potencialidad y proyección que ninguna otra forma organizativa de base da. Para crear movimiento este debe ser de masas y esto solo se logra haciendo a la mayor cantidad de gente posible partícipe de las decisiones, pues alguien que participa en la toma de una decisión, y todo el debate que conlleva, producen un empoderamiento individual y colectivo que se refleja en un movimiento vivo y proactivo. Las otras propuestas organizativas caen en el delegacionismo en las figuras de “los más entregados a la causa”, “los más militantes”, “los más…”, esto fomenta una micro-profesionalización de la política y reproduce las miserias de la sociedad de clases, es un método cuya intención de cambio se ve truncada cuando en el propio ejercicio de cambio se mantienen las premisas de la vieja sociedad capitalista. La política y nuestros derechos son algo demasiado importante como para que la tarea sea delegada en unas pocas personas. Vivimos momentos en los que se trata de trasvasar el asamblearismo hacia estructuras de profesionalización. Las asambleas no son perfectas y requieren de una participación activa de sus integrantes, pero la alternativa son estructuras y formas de hacer que ya conocemos a donde nos derivan. Además, ¿No entra entre nuestros objetivos la participación activa de las estudiantes en los asuntos que les afectan? ¿Como vamos a conseguir eso desde la profesionalización y el delegacionismo? ¿O es que acaso esos aguerridos militantes tienen miedo de que sus propuestas no le gusten al común de los mortales?

Organización vs informalidad

La tiranía de las estructuras, el gran problema sin resolver. Necesitamos estructuras que nos permitan dar respuestas rápidas a problemas urgentes, necesitamos estructuras que no nos quiten mucho tiempo de la acción cotidiana, necesitamos estructuras que tengan proyección pública, que se conozcan, que se hable de ellas, que sean tenidas en cuenta a nivel social. La informalidad (la falta de estructuras o la existencia de estructuras flexibles y no establecidas en el tiempo) es un lastre para un movimiento, lo que es una virtud para pequeños grupos de acción es una debilidad para un movimiento amplio y que abarca diferentes sensibilidades. La informalidad en espacios amplios crea jerarquías informales, quien más habla, quien mejor se expresa, quien más tiempo tiene, al final es quien/es tienen la capacidad de dirigir al movimiento. Por ello son necesarios espacios de coordinación y distintos ejes de trabajo, unos acuerdos de mínimos son siempre muy útiles, un programa a corto, medio y largo plazo quita muchas horas de discusiones estériles. Portavocías bajo mandato asambleario con capacidad para ceder ante otras opiniones, flexibilidad para crecer en común y unos objetivos claros por los que luchar. Aparcar las diferencias y luchar por lo común.

Proyección pública vs aislamiento

Nadie está de acuerdo con el trato que dan los grandes medios de comunicación de los movimientos políticos y sociales que plantan cara al régimen. Pero todos podemos estar de acuerdo en que es desde los grandes medios desde donde tenemos la posibilidad de expresar a un público amplio nuestras opiniones, una estrategia comunicativa bien pensada y trabajada siempre va a dar réditos positivos. La imagen de malas ya la tenemos y si seguimos en la lucha la mantendremos y sin necesidad de negarla, ¿Pero qué problema tenemos con aprovechar distintas oportunidades que nos van apareciendo? Tenemos que infligir miedo a quienes mandan y para ello lo primero que tenemos que hacer es perder nuestros propios miedos y echarle cara a la vida.

La (no)estrategia de no trabajar de cara a los medios (que no para los medios) nos aísla e invisibiliza para la amplía mayoría de sectores de la población, aíslados somos débiles y más fácilmente criminalizables. Además si no hablamos por nosotras mismas, ya se encargarán ellos de hablar por nosotras. Demos la cara y alcemos la voz.

El lastre del Sindicato de Estudiantes

Todas nos quejamos, y con razón, del aparente monopolio del Sindicato de Estudiantes (SE). Una organización fantasma en la mayoría de centros cuyos militantes hace años que dejaron los estudios y son auténticos profesionales de la política. Una organización que de cara a la opinión pública “son las estudiantes”, pero que todas sabemos que no tienen capacidad de movilización alguna y que las huelgas quienes las organizan son las estudiantes desde sus asambleas. El SE no es capaz por si solo de movilizar a más de 100 estudiantes en una manifestación en Madrid en sus mejores momentos, pero aun así ahí sigue ¿Por qué? Porque les dejamos, porque no les enfrentamos donde tenemos que hacerlo. Tratamos, sin éxito, de realizar un boicot físico, pero no trabajamos porque la estela del SE desaparezca. El SE tiene contactos con otros sindicatos, con AMPAS, organizaciones sociales… ¿Y nosotras? Quizás deberíamos empezar a trabajar por tejer redes de contacto con organizaciones que luchen dentro de nuestro propio sector y ganarnos sus simpatías. Para ello es obvio que se necesita de una estructura y una repartición de tareas, la organización siempre es la organización de las tareas ¿Qué hay que hacer?¿Como lo vamos a hacer?¿Quienes lo van a hacer? Aislar al SE de los movimientos políticos, ser nosotras, las asambleas de facultad, realmente el referente en el movimiento estudiantil y no solo las que nos curramos las huelgas y movilizaciones.

La propuesta

Tras este breve y escueto análisis vienen algunas propuestas. Lo primero, la asamblea de facultad/centro de estudio como espacio legítimo para la participación política y la movilización. La voluntad de todas las tendencias políticas de trabajar de cara, sin ocultismos, con respeto y en común por unos objetivos concretos. Que el trabajo de las asambleas esté orientado a la difusión de las problemáticas y a paliarlas, dejar en un segundo plano las discusiones meramente ideológicas y trabajar por la praxis, por ponerle solución a la miseria en la que vivimos. La coordinación de las asambleas, coordinaciones efectivas y ágiles, que las portavoces tengan una leve capacidad de movimiento para llegar a acuerdos satisfactorios entre todas las partes, no se pueden postergar las decisiones semanas, vivimos en momentos de auténtica emergencia social, cada día que pasa es un día perdido en la lucha social. Explorar herramientas telemáticas de coordinación, de manera que seamos capaces de trasladar propuestas de asamblea a asamblea sin necesidad de hacer una reunión para trasladar propuestas, que las reuniones sean para la toma de decisiones. Crear comisiones permanentes para las tareas técnicas, la difusión y la propaganda, que estas comisiones sean formadas por gente que se pueda comprometer a echarle tiempo a dicha tarea. Una imagen pública activa, redes sociales activas y una página web sencilla en la que se muestre quienes somos, qué queremos y cómo lo vamos a conseguir. Que todas las organizaciones políticas acompañen al movimiento, que las movilizaciones se convoquen a través del movimiento a modo de “marca paraguas” y las organizaciones apoyen, dando una imagen de fuerza y unidad de acción. La plataforma que cumple con la mayoría de estos puntos con sus respectivas carencias es Toma La Facultad, un espacio a potenciar y dotar de mayores herramientas. Cualquier otro espacio tiene los vicios de ser auténticas marcas blancas de organizaciones políticas, siendo por ello espacios no autónomos e ideologeizados y por tanto espacios no abiertos a todas las personas.

La enseñanza, sobretodo la universitaria, está cambiando a pasos agigantados, dentro de unos años (yo no le doy más de 5) la universidad será una auténtica escuela de élites, donde solo una minoría económicamente privilegiada podrá estudiar. Los problemas que tenemos delante son más mundanos que discusiones acerca de la toma del poder, la revolución o la toma de las armas, quizás también sean más aburridas, pero si no somos capaces de ponernos de acuerdo en cómo luchar contra una subida de tasas ni de evitarla ¿Cómo vamos a llevar a cabo la tarea de la transformación revolucionaria? La revolución es un proceso, no un acto heroico, estamos en tiempos de sentar los cimientos de la nueva sociedad, construir en común es nuestra tarea, sentemos las bases hoy de la sociedad de mañana.

@armin_tamz (miembro de la Federación Estudiantil Libertaria)

Cuando el límite de x no tiende a infinito

Un día cualquiera me encontré con una pregunta de una servidora de Madrid bastante curiosa. No era de matemáticas, sino de política y en concreto son cuestiones acerca de las las limitaciones ideológico-políticas del anarquismo. Más específicamente, haciendo un balance de las distintas aportaciones teóricas a la actual coyuntura y sus limitaciones. Por un lado, estas cuestiones exigen mucho seso, pero por otro, me sabría mal dejarla plantada, dejando además, muchas cosas clave en el tintero. He aquí que me haya decidido responder, y el título precisamente es una parábola a dichos interrogantes.

Para contextualizarnos mejor, nos remontamos a los tiempos convulsos de la reestructuración del régimen franquista, llamado comúnmente como «Transición a la democracia», allá por los años ’77 del siglo XX. En esa época, comenzó a resurgir la CNT una vez ya en la legalidad y poco a poco comenzó a asmoar la cabeza otra vez el movimiento obrero y junto a éste, el movimiento libertario. Sin embargo, no estaban exentos de divisiones internas y pronto las excisiones y el caso Scala terminó por desmoronar el movimiento. Represión, cárcel, terrorismo de Estado y torturas, eso fue la cara oculta de la historia reciente de este país que no sale en los libros. Tras haber neutralizado el movimiento obrero, la historia desde finales de los ’80 hasta hoy ha sido la historia de los partidos políticos. El pueblo había dejado de ser protagonista. En ese período el anarquismo continuó como movimiento marginal, con aires nostálgicos de aquel pasado glorioso del ’36. En los años ’90, comenzó a aparecer tendencias insurreccionalistas que pretendían romper con el inmovilismo de entonces, aunque a falta de hojas de ruta y estrategia política, acabaron desentendiéndose del resto de las luchas y terminando por caer en mera literatura incendiaria. La crisis del anarquismo se hizo patente en ese momento, y se notó cuando estalló la crisis allá por el 2008 por una ausencia casi total de respuestas sociales desde el anarquismo.

Pero llegó el 15M y de allí, el punto de inflexión Si bien el 15M no supuso un impulso real al movimiento libertario, sí que preparó el terreno para la escalada de la movilización social y a la vez, en ese momento se visibilizó la inoperancia del anarquismo en general en el Estado español. Una de las mayores limitaciones dentro del movimiento libertario fue la incapacidad para transmitir nuestros mensajes al resto de la sociedad, concretamente, a gran parte de la clase trabajadora. Junto a ello, la falta de proyectos políticos y económicos claros unido al hermetismo del propio movimiento que llevamos arrastrando desde que se desmoronó tras el Caso Scala, hace del anarquismo algo opaco al resto de la sociedad, una suerte de utopía para soñadores incansables. Estos factores pueden tener raíz en la propia esencia del anarquismo: la diversidad. El anarquismo tiene multitud de interpretaciones, y hay ocasiones en que la diversidad degenera en atomización, que es la fragmentación de las ideas anarquistas en átomos en los cuales cada individuo se forja su propia concepción y se cierra en su burbuja. Por otro lado, la diversidad puede ser un punto fuerte. Para que fuese así, esta diversidad debería ser dialéctica y dinámica, que supere los viejos esquemas siguiendo el método científico y se adapte a las coyunturas donde se dan; una diversidad que admita la unidad teórica entre la diversidad de opiniones y se construya socialmente.

De la diversidad surgieron también diversas corrientes o tendencias dentro del mismo anarquismo. Así pues, podemos distinguir aquellas relativas a la finalidad: anarquismo individualista, mutualismo, colectivismo y comunismo libertario. De las cuales, han bebido las corrientes relativas a la forma organizativa o medios empleados: insurreccionalismo/anarconihilismo, anarcosindicalismo, anarquismo social, etc. Como tratar de detallar cada tendencia daría para escribir muchos artículos, voy a centrarme en aquellos relativos a la praxis inmediata que están más de actualidad y más determinante para los tiempos que corren. Aquí no trataré sobre las corrientes finalistas.

Comenzando con el insurreccionalismo, hemos de señalar que no es una tendencia exclusiva del anarquismo, sino que también puede ser del marxismo revolucionario. El insurreccionalismo no es más que un método que pretende transformar la realidad presente a través de la revuelta y con un claro discurso que apunta a la realización de un fin revolucionario en lo inmediato. Obviamente, esto tiene una gran limitación y viene dado por la omisión de dos importantes factores que determinan la posibilidad de creación y avance de un movimiento revolucionario: las comunidades en lucha y la acumulación de fuerzas. Si bien el insurreccionalismo podría ser una salida al estancamiento, si se desentiende de las problemáticas sociales y de sus procesos de movilización perdiendo así unas posibles bases que amplíen al movimiento, estará abocado al fracaso. Así lo demuestra, por ejemplo, la diferencia entre el anarquismo insurreccionalista griego y el ibérico, por mencionar las más destacadas. Resulta irónico que ciertos insurreccionalistas critiquen la idea de comunidad y de acción colectiva, cuando realmente, las tendencias insurreccionalistas que podrían tener posibilidades de ser actor revolucionario de cambio, son las que han sabido conectar con los problemas sociales inmediatos y crear comunidades. Exarchia, conocido barrio ateniense tomado por anarquistas, no está formado única y exclusivamente por anarquistas, sino también por numerosas personas que ven la autoorganización y la autogestión como alternativas factibles al sistema capitalista. Incluso la pequeña victoria arrancada por Nikos Romanós al ponerse en huelga de hambre, ha sido también gracias a las redes de apoyo y a la solidaridad del tejido social creado en Atenas (y también del resto del mundo), cosa que sin ella, no habría podido llegar hasta este punto y poder aspirar a victorias mayores. En resumen, el insurreccionalismo no tendrá éxito si no es capaz de conectar con la problemática social inmediata ni crear la base social que articule el movimiento. De hecho, es gracias a esa base social la que otorga contenido político y sentido a las luchas.

Hablando del anarcosindicalismo, aunque en el primer tercio del s. XX en el Estado español el anarcosindicalismo haya podido ser una fuerza mayoritaria, hoy no tiene mucha influencia en el panorama laboral, incluso entre el sector de la clase trabajadora sindicada. La principal limitación es su propia naturaleza de ámbito específico: el laboral. El anarcosindicalismo sirve como herramienta para la organización de la clase trabajadora, al margen de su ideología política, en los centros de trabajo en la coyuntura del sistema capitalista. En este sentido, a través del anarcosindicalismo se pretende articular una organización de clase que permita responder a las agresiones de la patronal, y que a su vez, sirva como punto de partida para la concienciación de la clase trabajadora, demostrando además, que mediante la acción directa podemos resolver los conflictos a nuestro favor y defender nuestros intereses inmediatos No obstante, el propio sindicalismo no va más allá de las luchas económicas al ser de ámbito específico y sectorial. Otro problema del anarcosindicalismo, al menos en el Estado español, ha sido la sobreideologización que ha obstaculizado y ha ocasionado que, en algunos casos, ciertos anarcosindicatos (no voy a tratar aquí ninguna sigla en concreto) se conviertan en ghettos y no en herramientas funcionales. Esto puede ser debido, en parte, a la influencia de lo que se podría llamar «anarquismo oficial», aquella corriente nostálgica con los años ’30 y que no supo conectar con la realidad social debido a la falta de análisis rigurosos y centrado únicamente en la pureza ideológica más que en una visión estratégica y de articulación de movimiento. En resumidas cuentas, el anarcosindicalismo debería, ahora más que nunca, constituir la alternativa real al sindicalismo de concertación y volver a impulsar el movimiento obrero de carácter autónomo.

Por último, no cerraría este artículo sin analizar el anarquismo social, de reciente importación al Estado español. La entrada de esta corriente supuso un soplo de aire fresco y una posibilidad real de salir del estancamiento y del estado languideciente del anarquismo actual en este país, para volver a levantar un movimiento libertario con capacidad para impulsar las luchas sociales a través de la organización popular. Otro punto importante a tener en cuenta es la necesidad de articular un movimiento libertario multisectorial, que conecten todas las luchas, tales como en el ámbito laboral-estudiantil, a nivel de barrio, comunitario y territorial, y a nivel político-ideológico. Posiblemente, la limitación residiría en la falta de tejido social en gran parte de la población de la península, tejido social que se perdió en el franquismo y por la «cultura de la Transición«. Aunque en estos últimos años, la movilización social ha ido in crescendo y, a falta de actores políticos revolucionarios que actúen fuera de las instituciones, podrían acaban como extensiones de partidos como Podemos y terminar vaciando las calles.

En general, al menos actualmente en el Estado español, al anarquismo le faltan proyectos políticos más concretos que apunten a finalidades cercanas nuestro alcance, que permitan el avance de las luchas inmediatas fortaleciendo la organización popular en vez de apuntar a la vía institucional y crear alternativas las cuales sean el propio pueblo trabajador y las clases oprimidas quienes sean los y las protagonistas. Una de las limitaciones son las pocas herramientas de análisis de coyuntura que tenemos, cosa que sí tiene el marxismo de los cuales nos podemos inspirar, y que nos permita conocer rigurosamente las distintas fuerzas políticas y sociales en el escenario político y determinar las estrategias adecuadas para impulsar la transformación radical de la sociedad. A pesar de todo, las experiencias históricas en las cuales se pudo materializar el anarquismo, así como las experiencias en Rojava, demuestran que es la única vía para la emancipación social y superar el sistema capitalista.

El eterno retorno de la social-democracia

En tiempos como los que nos ha tocado vivir es complicado sustraerse de una recurrente sensación de Déjà vu. Como si el eterno retorno nietzscheano tomara un tinte trágico y nos obligara en el breve lapso de una generación a repetir los mismos errores e ingenuidades políticas.

Que Podemos es un partido social-demócrata moderado es una realidad que ya ni ellos mismos se esfuerzan en ocultar. Hace un par de semanas podíamos escuchar a Pablo Iglesias, en la presentación del programa económico del partido, afirmar que: “Las propuestas que asumimos son las que hasta no hace mucho tiempo iba a asumir cualquier socialdemócrata”. Al menos, añadió, hasta la llegada del ex primer ministro laborista británico Tony Blair. Siendo así, ¿dónde queda esa ilusión que nos prometieron que recuperaríamos? ¿Acaso el sueño es volver a repetir una segunda transición que nos condene a otros treinte años de silencio y resignación? Aunque la historia nunca se repita de manera exacta, y nuestro país ha cambiado tanto que la situación es necesariamente diferente, el eco de la algarabía que produjo el ascenso al poder del PSOE de Felipe González resuena aún en este Podemos que promete que su asalto institucional cumplirá las expectativas de todos aquellos que se han situado a la contra del estado de cosas actual durante los últimos años. No olvidemos que dicha victoria tan sólo trajo una paz social injustificada, la devastación de los territorios y la desarticulación de formas de vida en la Península que sólo tiene parangón con la perpetrada por el franquismo durante la explosión desarrollista de los años 60.

Son muchas las preocupaciones que pueden surgir a la vista del meteórico ascenso de la formación de Iglesias. Desde el riesgo de desactivación de la protesta social (por desgracia no asociada a la consecución de sus objetivos políticos) hasta el peligro muy real de absorción de todo movimiento social en el seno del artefacto político de Podemos. Sin embargo por su gravedad y falta de miras me centraré hoy en los problemas asociados a la propuesta económica que, de mano de Juan Torres y Vicenç Navarro, Podemos hizo publica a finales del mes pasado.

Llevamos más de doscientos años inmersos en una catástrofe que no parece alcanzar su final. Desde que el proceso modernizador tomó impulso en el s.XIX, nuestro planeta ha sido testigo de una transfiguración generalizada que ha modificado territorios, formas de vida, valores e incluso deseos y sueños. Sería largo desgranar aquí las diferentes etapas de este proceso de expropiación generalizada, a la par que reivindicar a todas y todos los que se opusieron y oponen al mismo. En esencia se puede decir que el Capitalismo en su estadio actual ha olvidado, y necesita olvidar, que existen límites al crecimiento económico y material dados por la propia finitud del planeta Tierra.

Más de la mitad de la población mundial a día de hoy vive ya en ciudades. El impacto de esta realidad no debe ser en absoluto menospreciado, ya que lleva implícita el hecho de cada vez más seres humanos desarrollan su vida en un entorno basado en la movilidad permanente (elemento fundamental de las emisiones de gases de efecto invernadero), la total ausencia de producción de alimentos (que lleva como correlato la extensión y reforzamiento de la agricultura de corte industrial basada en los fertilizantes y pesticidas químicos confeccionados a partir de petróleo) o la mercantilización de todos los aspectos de la vida (el trabajo toma un papel central como garante de la satisfacción de todas las necesidades vitales, cada vez más asociadas a la esfera de lo económico) entre otros. Por otro lado, el proceso globalizador en gran medida culminado a lo largo de la última década, ha alumbrado un nuevo orden productivo en el cuál el consumo de los paises desarrollados descansa sobre la explotación humana y material del resto del planeta. La deslocalización de fábricas e industrias contaminantes ha permitido una ilusión de conciencia ecológica en los países occidentales, que en cualquier caso ha sido siempre hipócrita ya que no han dejado de situarse en ningún momento a la cabeza de los emisores de gases de efecto invernadero. De igual modo la carrera extractivista no ha dejado de tomar impulso, lo que se puede constatar dando un breve repaso a la enorme cantidad de luchas en defensa del territorio que se están desarrollando en toda Sudamérica frente a las grandes multinacionales energéticas, especialmente mineras.

No debería ser complicado darse cuenta de que todo esto es una gran locura. Desde que los valores de crecimiento económico, es decir trabajo y consumo a toda costa, comenzaron a subyugar a cualquier consideración de tipo político o moral hemos asistido al alumbramiento de una razón común que sólo se puede definir como delirante. Ante el ya manifiesto agotamiento de los combustibles fósiles nuestra sociedad se entrega en una desesperada huida hacia adelante a la extracción de casi cualquier cosa que se pueda quemar para producir energía (fracking, arenas bituminosas, etc.). Por otro lado el nivel de emisiones de gases de efecto invernadero no ha sido reducido en ningún momento, sino que ha seguido aumentado en las últimas décadas. Esto nos sitúa ante el horizonte de un seguro cumplimiento de las predicciones climáticas más pesimistas (subida del nivel del mar, desertización, caos climático, impactos en la producción de alimentos, etc.). A esta lista se podrían sumar la tecnificación generalizada de la vida, la contaminación química creciente, la desertización y agotamiento de los suelos por las malas prácticas agrícolas, etc.

Y todo esto es inseparable de la idea de que un crecimiento económico y material sin trabas es posible. Una concepción fundamentalmente ideológica que es condición de necesidad para que el Capitalismo pueda seguir teniendo pretensiones de constituir un discurso mínimamente creíble. Y asociado a este crecimiento va el problema del trabajo asalariado, que al ser una institución venerada e incuestionada obliga sin otra alternativa a la continuacióm de las dinámicas destructivas en las que nos vemos inmersos. Sólamente a través del trabajo es posible alimentar un consumo, a todas luces desmedido, que pueda dar algo de sentido a una vida en la que parece casi no existir nada, si acaso los sueños, que no pueda y deba ser comprado y vendido.

Y ante esto lo que Podemos viene a ofrecernos como alternativa es, por supuesto, más de lo mismo. Desde el momento en que el trabajo adquiere una prioridad total ante cualquier otro tipo de consideración y se entiende que acabar con la desigualdad social pasa necesariamente por la generación de más riquezas que puedan ser redistribuidas, la conclusión es esperable: reindustrializar nuestro país para que el tren del crecimiento pueda seguir su curso. Es en estos términos, en los de reindustrialización, es en los que Podemos se ha pronunciado en las últimas semanas al ser consultado sobre su plan económico para el país. En vez de cuestionar desde la base las necesidades y formas de vida que nos están abocando al suicidio, lo que nos han ofrecido es la clásica propuesta neokeynesiana de crecimiento más redistribución. La ilusión, muy en la línea de las propuestas de Attac (organización de la alguno de los ingenieros del plan económico son parte), es de nuevo que el enriquecimiento de los propietarios y empresarios a través de un nuevo proceso reindustrializador se transformará en un bienestar social generalizado a través del papel mediador del Estado como redistribuidor de la riqueza.

En primer lugar podríamos afirmar sin rubor que este escenario de perpetuación institucionalizada de la desigualdad es más que poco deseable, intolerable. Pero además de eso, es más que cuestionable que sea tan siquiera posible. Y no hablo aquí de una imposibilidad de tipo técnico como la que es enarbolada desde las filas de la derecha para intentar poner en tela de juicio la propuesta de Podemos. Más bien hablo de una imposibilidad material de volver a reactivar un proceso de crecimiento despilfarrador similar al que permitió al PSOE en la década de los 80 generar todo un entramado de bienestar. Dicho proceso ha devastado ya grandes extensiones de territorio que serán difíciles de recuperar. Por otro lado el ocaso de la energía y los materiales es una realidad. Seguir pensando que vamos a poder contar con energía barata y abundante, además de con recursos minerales de iguales características, para mantener una producción industrial en crecimiento es sólo una ilusión. Pero más allá de esta forma de determinismo energético técnico que suele ser habitual en las líneas de cierto ecologismo, es extremadamente relevante afirmar con rotundidad que nos oponemos a la perspectiva de continuar con la artificialización total del mundo sea esta o no posible. Si realmente nos planteamos una vida en la cuál la opresión desaparezca hasta los límites de lo posible, será necesario que el horizonte sea la conquista del mayor nivel posible de autonomía. En este sentido dicha autonomía debe mantener en mente no sólo la libertad de los actuales habitantes del planeta, sino que debe articularse de tal forma que no hipoteque la posibilidad de futura vida humana en la Tierra.

Pero para que dicha reformulación sea posible es necesario que dejemos de lado el trabajo asalariado como único mediador social y recuperemos un concepto más amplio de necesidad que se desacople del consumo. Si nos planteamos como horizonte el socialismo, este debe pasar necesariamente por la reapropación de las distantes facetas de nuestra vida para pasar a basarlas en la actividad comunitaria no monetaria. Se me puede tachar de iluminado, como ya hiciera Jorge Fonseca en el acto que Podemos realizó en la Universidad Autónoma de Madrid hace un par de semanas. Pero personalmente considero que, por mucho que queramos ser pragmáticos, lo anterior constituye un realidad que será una traba permanente para cualquier proyecto anticapitalista que no se sitúe con decisión frente a ella.

Para terminar me parece importante señalar que nada de esto resulta muy sorprendente. Al fin y al cabo al haber elegido Podemos la forma de partido político, y en ese sentido situarse en la conquista del poder estatal como terreno de batalla, sus límites estaban ya marcados de antemano. Recordando las reflexiones de Antonio Turiel en su articulo «Lo que no Podemos» la cosa es sencilla. Cuando la gran mayoría de la población no considera como problemáticas ningunas de las realidades de las que antes hemos hablado y nuestro único objetivo es conseguir la adhesión de dichas mayorías, ¿qué sentido tendría sacarlas a relucir?

Cronos

Nikos Romanós, la lucha sigue

Muchas cosas han pasado en Grecia en estas dos últimas semanas. Comenzando con la manifestación de estudiantes del 17 de noviembre, el ambiente ya se iba caldeando en relación a dos eventos de suma importancia. Uno de ellos era la situación del compañero Nikos Romanós, en huelga de hambre por un mes y con un deterioro físico muy notable. El otro evento, relacionado hasta cierto punto con el primero, era el asesinato a sangre fría de Alexis un 6 de diciembre de 2008. Del 17 de noviembre al 6 de diciembre las acciones anarquistas se sucedieron por todo el territorio del Estado griego. La solidaridad se expandió en múltiples formas: concentraciones a las afueras del hospital donde Romanós se encuentra, acciones contra cajeros automáticos, barricadas incendiarias en el barrio de Exarheia, varios compañeros presos se sumaron a una huelga de hambre solidaria con Romanós, etcétera. Hace unos días, un numeroso grupo de personas se concentró en Syntagma para pedir justicia. Aquella noche, el encargado griego de Justicia iba a hablar en el parlamento sobre la situación del compañero Nikos. Entre las personas que se congregaron aquella noche se encontraba el padre del compañero, Giorgos, quien instó a la gente a desplazarse a eso de la medianoche al hospital donde su hijo se encuentra preso. A pesar de las horas, y a pesar de la espontaneidad de toda la noche, un gran número de personas volvió a gritar a las afueras del hospital que «nuestro deseo de libertad es más fuerte que las cárceles.»

El día 10 de diciembre el gobierno conservador cedió: Nikos irá a la universidad con una de esas pulseras de seguimiento. La propuesta de la «pulsera» surgió de los grupos parlamentarios de izquierda. Aunque al principio el gobierno no la aceptó, finalmente el 10 de diciembre por la razón que fuera terminó por ser aprobada en el parlamento. La alegría se expandió entre los círculos anarquistas, aunque dudo que alguien piense que todo ha acabado. Para empezar, el compañero Nikos está por recuperarse de su larga huelga de hambre, quién sabe cuáles serán las consecuencias en el futuro de su lucha por un «aliento de libertad.» Las miradas siguen puestas en él, y la prensa (y las mentes esclavizadas de les estúpides en Internet) siguen vertiendo porquería contra la lucha anarquista. Segundo, numerosos compañeros siguen tras las rejas del Estado sufriendo humillaciones y torturas a diario, por lo que la lucha no acabará hasta que todos y cada uno de los tentáculos del Estado sean incinerados hasta sus mismos cimientos. La solidaridad desencadenada por Romanós y su lucha no es sino una minúscula parte de una lucha todavía más grande, más profunda, y más dura: la lucha por la libertad, la lucha anti-autoritaria contra el poder de la sociedad estatista.

La resistencia mostrada el 6 de diciembre deja claro una vez más que cierta gente no se deja doblegar por el Estado. Tras la manifestación en las calles del centro varias centenas de personas se concentraron en Exarheia para sacar a la policía del barrio. 296 personas detenidas fue el resultado de tal resistencia, de las cuales, si la memoria no me falla, 25 serán llevadas a juicio (solidaridad para ellas). No todo era cuestión de sacar a la policía del barrio, sino también sacar al Estado de nuestras individualidades adoctrinadas en sociedad. Era y es cuestión de crecer juntes en la experiencia revolucionaria, aprender juntes en el camino de la resistencia activa, devolviendo golpe tras golpe los embates del Estado y sus instituciones. Es así que se crea una individualidad revolucionaria que se ve reflejada en los grupos de solidaridad anarquista, una individualidad que tiende a la libertad sin dejarse influenciar por las palabras de les esclaves del sistema. Ahí esperanza, sobre todo cuando en el 6 de diciembre se pudo ver un gran número de adolescentes (entre 12 y 16 años) activamente participando en la destrucción de la sociedad que nos oprime. Algunes dirán que sólo son «críes» jugando a ponerse la «capucha», sin contenido político, sin consciencia crítica. Me da igual si es así. Me da igual si eses «críes» solamente vinieron el 6 de diciembre para romper cristales y tirar piedras. Me da igual porque eses chavales (niñas y niños) no se quedaron en casa jugando a la maldita Xbox o bebiendo en el parque. Eses «críes», con o sin política en sus mentes, ya han alcanzado algo que muches adultes nunca soñarán tener: la libertad espiritual de actuar contra la autoridad, porque participar en un disturbio requiere mucho más que política, requiere romper con todos los esquemas mentales en los que nos han adoctrinado desde la cuna. Bravo por elles.

Luego vinieron, y vendrán más, las voces que plantean la utilidad de todo esto, hablando de números y resultados, de estrategias y programas políticos… Hablando de teorías y planes idealizados sin tener la mínima experiencia. Es decir, hablando de ser revolucionarie en un futuro nada concreto sin aceptar que se puede ser une ya mismo. Esas voces ya no importan, o al  menos no creo que tengan una gran influencia en el movimiento anarquista griego. Quien quiere hacer, hace. Quien quiere hablar, habla. Los hechos siempre han tenido un mayor impacto que las palabras, y hechos no faltan en el Estado griego. Cada cual decide cómo vivir su vida, dónde poner los límites al Estado, y cómo expulsar al poder de nuestros cuerpos y mentes. Estas dos semanas de lucha han sido vitales para ver quién es quién cuando llega la «hora de la verdad.» Pero estas semanas han sido todavía más importantes para crear nuevos y renovados lazos de solidaridad, como también han sido fundamentales para revitalizar, en lo espeso del gas lacrimógeno, la confianza que se tiene en las ideas anarquistas puestas a funcionar. Aquí y ahora.

La dignidad se conquista

Los llamamientos a las jornadas de lucha por la dignidad del 24 al 29 de este mes nos hablan de la dignidad secuestrada para los trabajadores, nos muestran una situación de emergencia social marcada por el paro, el hambre, la exclusión, la corrupción… y menciona especialmente el TTIP, el tratado de libre comercio cuya amenaza silenciosa es precarizar aún más nuestras condiciones de vida. En definitiva, los llamamientos apuntan (y hacen bien) a la catástrofe social y ecológica hacia la que nos dirige el capitalismo.

El manifiesto acaba con un recordatorio de la capacidad de movilización masiva de la convocatoria del 22M, esperanzadora para cientos de miles de personas, y llama a volver a tomar las calles este 29N. Con todo, echo en falta lo más importante, un mensaje positivo que dónde podemos encontrar esa dignidad perdida y, sobre todo, cómo podemos recuperarla.

De sobra sabemos ya que no hay dignidad en el Estado del bienestar que precedió a esta crisis, porque el reverso del bienestar capitalista del que algunos disfrutaron era y será siempre la explotación (del medio y de las personas) y la crisis. La estrategia del consumo y el crecimiento ilimitado para reducir las tensiones sociales siempre acaba dando con sus límites naturales y, cuando eso ocurre, son siempre los engañados (con sus mecanismos de defensa y oposición destruidos) los que se ven obligados a pagar la factura. Si esa es la situación de hoy, no es más que una consecuencia de la de ayer.

El bienestar real es el que toma en cuenta la sostenibilidad con el medio y el desarrollo pleno de todas las personas y pueblos. Dicho bienestar solo puede encontrarse sobre la base de una sociedad libre, solidaria, a escala humana, que devuelva la economía a la política y la política a las plazas, a todas las personas. Porque la dignidad se conquista día a día, con la participación diaria de todos en los asuntos comunes. Las marchas son un faro en la niebla, un ejemplo que nos demuestra que hay un puerto tras años de mar y de tormentas, pero para llegar a caminar sobre tierra firme hacen falta planes de amarre.

¿Tomar las instituciones?

Buscando esa ilusión por el cambio es evidente que buena parte de las esperanzas de los movimientos sociales se han volcado hacia proyectos electorales. Dichos proyectos (esencialmente Podemos y los distintos Ganemos) se promocionan como partidos políticos democráticos, con gran capacidad de decisión en las bases. La realidad de los mismos es variable, pero muchas veces difiere de esta imagen promocional.

Lejos de intentar realizar aquí un análisis de los mismos, sí me gustaría apuntar que en tiempos de desembarco institucional es esencial tener algunas nociones muy claras. No hay transformación posible sin la implicación constante de las personas en la sociedad. Sin organización social autónoma que presione a las instituciones y que, llegado el momento, pueda sustituirlas. El papel de estas organizaciones no puede ser, en ningún caso, ejercer de correa de transmisión de los partidos en las instituciones. Los círculos de militantes de esos partidos políticos que hablan de nuevas formas de hacer política democrática deben ser conscientes de que la dinámica institucional, en su ilusión por alcanzar cumbres más elevadas, tiende a olvidarse de la importancia de los que malvivimos al pie de la montaña. No hay que mirar al futuro, al contrario, es algo que ya está ocurriendo con la estructuración de Podemos.

La lección más importante es que la organización social no debe en ningún caso ponerse al servicio de las tendencias políticas, menos aún de aquellas en el poder. Flaco favor hacen a la democracia y a cualquier causa transformadora los militantes que se entregan de manera ciega a la cúpula directiva de los partidos, defendiéndoles acríticamente.

Más allá de los grupos ciudadanos, son las agrupaciones de trabajadores las que cumplen un papel esencial en la infraestructura autónoma que debe modelar el cambio social. El anarcosindicalismo y las redes de solidaridad deben combinar su acción de manera coordinada para influir en la presión a la patronal y al gobierno. También las asambleas de barrio o centro de estudio tienen que tener su papel: La formación, la organización de aspectos económicos (difusión y apoyo de cooperativas socialistas o grupos de consumo) y la extensión de la resistencia autoorganizada. Por supuesto las cooperativas socialistas, organizadas en redes solidarias de autogestión que minimicen el lucro y atiendan a las necesidades de los usuarios. Es necesario también contar con las organizaciones feministas y ecologistas en la difusión de una conciencia que debe atravesar de manera transversal todos los aspectos de la lucha. Resulta prioritario, en el caso de las primeras, su trabajo en la consecución de una conciencia feminista en la mayoría social, que permita por ejemplo valorizar el trabajo doméstico y de cuidados, así como romper el sesgo de género en su realización. En el caso de las segundas, su oposición a las políticas que nos llevan al colapso ecológico es fundamental para mantener las condiciones materiales de una vida que vaya más allá de la supervivencia.

Espacio Libertario

Es responsabilidad de los libertarios, como revolucionarios, ser un actor más en la movilización anticapitalista. Como parte de la izquierda compartimos la lucha por la dignidad de los oprimidos y, por ello, me alegro de la convocatoria que realiza Espacio Libertario en Madrid. Esta coordinadora de grupos anarquistas madrileños muestra en su comunicado una apuesta decidida por la presión popular desde la organización autónoma, por fuera de las instituciones. Considero acertada su postura, pues ese es el espacio político de los anarquistas: la organización social frente al poder, la construcción de la política del día a día de manera horizontal y federalista.

Necesitamos un proyecto político que no se limite a la deriva voluntarista

Con todo, es también muestra la convocatoria de la debilidad organizativa anarquista. Echo en falta un proyecto político más concreto, más estructurado (que vaya más allá de la mera coordinación de grupos) y con un programa claro para los anarquistas de hoy. Necesitamos un proyecto político que no se limite a la deriva voluntarista de los últimos tiempos, dedicada en el mejor de los casos a secundar regularmente las campañas de otros. Una organización federal, libertaria, cuyas prácticas y objetivos a corto y medio plazo enganche con la voluntad popular de transformación. Con un programa que contemple, por ejemplo, la necesidad de impulsar y coordinar esos espacios de organización social autónoma de los que hablaba en el punto anterior (cooperativas, sindicatos, redes de apoyo…).

Los anarquistas hemos debatido mucho en los últimos años, pero hemos construido muy poco.

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