Las razones del anarquismo social

He prometido dar una respuesta a la altura de las circunstancias y espero dar la talla en este aspecto. Este artículo es una respuesta a las críticas al anarquismo social del compañero La Colectividad en este artículo y en éste otro, y aprovecho para dejar claro que este artículo no representa al anarquismo social en general, sino mi concepción del mismo apoyado en otras lecturas. Encuentro un cierto paralelismo en este debate con el que se dio hace un siglo aproximadamente, cuando sobre la mesa se planteaba la inserción del anarquismo en el sindicalismo. Al respecto, Malatesta ya en los años ’20 del siglo XX ya defendía la idea de que los y las anarquistas en todo momento no deberíamos separarnos del pueblo, y aunque tales movimientos no sean expresamente antiautoritarios, nuestro papel debería ser el de tratar de que sí lo sean demostrándolo mediante el ejemplo, o al menos hacer de las luchas lo más antiautoritarias posibles. Desde esta premisa parte el anarquismo social.

Orígenes y definición

El anarquismo social se desarrolló en América Latina por parte de la FAU (Federación Anarquista de Uruguay), la FARJ (Federación Anarquista Río de Janeiro), la FEL-Chile, entre otras, hace unos años y fue de reciente importación al Estado español. Entre algunos autores influyentes podemos destacar a Murray Bookchin, Felipe Correa, Frank Mintz y Wayne Price, teniendo influencias también de personajes históricos como Nestor Makhno, Rudolf Rocker, Malatesta, entre otros. El anarquismo social se podría definir como una corriente que pretende ser una vía política que incida en la realidad social, material y política a través de los movimientos populares, y a partir de allí, crear nuevas estructuras sociales que se traduciría en la articulación del poder popular y la acentuación de la lucha de clases llevada por la clase trabajadora misma sin necesidad de partidos. El anarquismo social aspira a ser un actor político que no solo ofrece respuestas ante los problemas inmediatos, sino también construir proyectos de futuro, siendo una fuerza política revolucionaria sobre la cual se lleva a cabo la lucha de clases encaminado a la revolución social y la construcción de una sociedad libertaria. Para ello, se fundamenta sobre los pilares de la organización de los y las anarquistas a dos niveles: social (frente de masas e inserción social) y político-ideológico (articulación de organizaciones específicas anarquistas y creación de programas políticos). Por supuesto, desde el anarquismo social defendemos la necesidad de participar en las luchas sociales que se dan en lo inmediato, sea en asambleas de barrio, en asambleas de parados, en el tajo mediante el anarcosindicalismo, en el movimiento estudiantil, en la defensa de los servicios públicos, etc… pero con ello no pretendemos imponer un método, sino aportar las herramientas que permitan mantener las luchas activas, estructuras horizontales, acumular experiencias en el curso de las luchas, conectar con otros sectores en lucha, mantener su autonomía, así como radicalizar los conflictos y definir proyectos de futuro. En definitiva, construir comunidad a partir de las luchas presentes, sabiendo que si no somos capaces de arrancar victorias en el presente, menos podríamos lograr objetivos futuros.

Como he señalado antes, en el Estado español es una corriente bastante reciente, lo cual es falso decir que es la corriente mayoritaria. La que sí es mayoritaria, es el anarcosindicalismo representado en la CNT y la CGT, incluido ciertos aires de romanticismo por la revolución del ’36. Aun así, con el poco tiempo de implantación del anarquismo social aquí, podemos ver reflejado sus características desde una parte el movimiento estudiantil. Tal es el caso del ELS (Estudiantes Libertarios de Sevilla), el CEL (Colectivo Estudiantil Libertario) con presencia en A Coruña, Compostela, Vigo y Ourense, FES (Frente Estudiantil y Social) en Zaragoza, por mencionar las más destacadas, que comenzaron hace pocos años a andar y siguen la estrategia de la inserción social. Ahora mismo, en verano se reunieron en un congreso en Madrid y fundaron la FEL a nivel estatal. Tampoco nos olvidamos del Procés Embat, un proceso para levantar una organización anarco-comunista a nivel de Catalunya como actor político anarquista de cara a la construcción del poder popular.

Social o antisocial. Normal o anormal

Respecto a las críticas al anarquismo «antisocial» desde el anarquismo social, sobra decir que desde el anarquismo social defendemos la libertad individual, pero no una libertad individual como excusa para rehusar de la responsabilidad colectiva y la asunción de compromisos, una suerte de egocentrismo que sirve solo como autocomplaciencia, sino una libertad individual lograda a través de la libertad social. Esto se puede resumir en un párrafo de Piotr Arshinov que dice así: «La teoría anarquista de la libertad personal, lejos de estar aún suficientemente esclarecida, deja un vasto campo a los malentendidos. Evidentemente los hombres [y mujeres] de acción, que poseen una voluntad firme y un instinto revolucionario fuertemente desarrollado, verán en la idea anarquista de la libertad personal ante todo la idea de respeto hacia la personalidad ajena, la idea de la lucha infatigable por la libertad anarquista de las masas. Pero los [y las] que no conocen la pasión de la revolución y los [y las] que piensan en primer lugar en las manifestaciones de su propio ‘yo’ comprenden esa idea a su modo. Cada vez que se discute el problema de la organización práctica, de responsabilidad, dentro de la misma organización se escudan en la teoría anarquista de la libertad personal y fundándose en ella, tratan de sustraerse toda responsabilidad. Cada cual se retira en su oasis y practica su propio anarquismo. Las ideas y los actos de los [y las] anarquistas son pulverizados así en átomos mínimos.» Esta crítica está contextualizada en las experiencias del movimiento makhnovista, claramente marcado por la organización en la disciplina voluntaria, la unidad teórica y de acción.

Ciertamente debo admitir que lo «social» está siendo tan utilizado como «democracia», en el cual diferentes corrientes políticas han utilizado estos términos para su favor y camuflar populismos bajo el paraguas de lo «social». Sin embargo, que sea utilizado para esos fines no quiere decir que por ello les demos vía libre. ¿Acaso aceptamos anarquismo como caos, desorden y barullo porque así lo describe la RAE y la mayoría de la gente lo toma así? ¿Vamos a dejar que sigan creyendo que el anarquismo es caos y destrucción? Lo «social» de esta corriente del anarquismo viene por la necesidad de articular, de forma colectiva, un movimiento anarquista organizado como actor político y referente en la lucha de clases y contra todas las opresiones, diferenciándose de las tendencias individualistas que apuntan a la liberación personal en vez de la liberación social, en en el estilo de vida y no en una vía política, en las alternativas de huida (desentenderse de los problemas actuales y marcharse al monte) en vez de las alternativas de confrontación (enfrentarse al sistema dominante y aspirar a derrocarlo construyendo el socialismo libertario). Recuperar el significado de lo «social» como sinónimo de comunidad, lazos de solidaridad y cooperación entre las personas no es para nada descabellado.

Lo «social» aquí no significa tener una visión idealizada de la sociedad, sino en defender la acción colectiva y la autoorganización del pueblo trabajador. Obviamente, pretender abarcar toda la sociedad es, hoy por hoy, idealista, lo cual, sí somos conscientes de la inercia de la mayoría de la gente hacia las posturas revolucionarias y antiautoritarias y que a la mayoría no le interesa la política. Así que en lo que se enfoca el anarquismo social es en los movimientos sociales/populares y conflictos inmediatos que surgen en el día a día, en otras palabras, el anarquismo social pretende ser una herramienta útil para llevar adelante las luchas presentes dando unas respuestas ante los problemas inmediatos. Ya de paso, incluso se nos ha llegado a acusar de idealizar a la clase trabajadora, pero cuando se parte de análisis erróneos se llega a conclusiones erróneas, tal es el caso de partir de la confusión entre conciencia de clase y condición de clase. La condición de clase son las condiciones materiales objetivas de un individuo o grupo social, pero no expresamente va ligada a la conciencia de clase. La conciencia de clase es tener conocimiento de la situación material y la realidad que lo rodea, y saber que dicha realidad puede ser transformada. La conciencia de clase se adquiere de una manera u otra, no se nace con ella, sin embargo, las condiciones de clase, vienen en muchas ocasiones, dada. Las condiciones de clase no determinan la conciencia de clases, aunque puedan ejercer cierta influencia. Por tanto, no creemos que por ser clase trabajadora se es santo o santa. Lo mismo que un obrero puede ser liberal y de derechas, una mujer puede reproducir actitudes machistas o una persona no blanca puede reproducir actitudes supremacistas blancos. Y no, no pretendemos poner a las personas pertenecientes a colectivos socialmente oprimidos como víctimas y santos de devoción con una moral y ética muy cultivadas, sino como personas que por sus condiciones materiales se encuentran desfavorecidos en una estructura social autoritaria, racista, heteropatriarcal y clasista.

En cuanto a los interese de clase, habría que diferenciar entre intereses personales e intereses comunes. Todas tenemos nuestros propios intereses personales independientemente de la clase social a la que pertenecemos, no obstante, podemos compartir intereses comunes con el resto de personas. En particular, los intereses de clase no son inherentes a cada clase, aunque, al igual que la conciencia de clases, las circunstancias materiales influyan en mayor o menor medida. En la misma clase obrera, pueden haber intereses diferentes, como por ejemplo, ganar más dinero, levantar el país, gozar de más derechos o aspirar a realizar una revolución. En ningún momento creemos que por ser clase trabajadora ya aspiren a realizar la revolución, porque si fuese verdad eso, ya estaríamos viviendo en socialismo libertario. La clave aquí es que a través de las luchas, consigamos extender los intereses a realizar una revolución social expropiando y autogestionando los medios de producción, en detrimento de los intereses inculcados por el sistema capitalista.

Pero ni la conciencia de clases ni las ideas anarquistas ni el feminismo ni el antirracismo caen del cielo, se adquieren por influencia externa y no por revelación divina. Preguntémonos cómo hemos llegado a ser lo que somos y hallaremos las respuestas. Es por eso que tenemos que saber comunicar nuestro mensaje demostrando que este mundo lleno de injusticias, explotación y autoritarismos puede cambiarse radicalmente. Por tanto, si el anarquismo se aparta de la sociedad, y más concretamente de las luchas sociales y de clases, el único sitio que le quedaría sería el olvido y el ostracismo, o la más absoluta marginalidad. Otra cosa a tener en cuenta es que incluso siendo anarquista, no se es mágicamente feminista, antirracista o anti-homófoba, lo que quiere decir que no basta solo la conciencia de clases, sino también deconstruirnos. Así que pregunto, ¿dónde ves la idealización?

Hemos sido en el pasado lo que ahora, una vez politizados y politizadas, llamamos «gente normal». Es idealista pensar que por ser anarquista se es mejor que los y las demás, y por ello, los y las anarquistas estén desligados de las circunstancias materiales. Nada más lejos de la realidad, las circunstancias materiales nos afectan como a cualquier otro mortal. Del mismo modo, de cerca, nadie es normal, aunque socialmente esa normalidad sea lo que tú has descrito: autoritarismos, sexismo, racismo, insolidaridad, e incluso el propio individualismo. Rechazo estos valores como parte de la normalidad, no la normalidad en sí porque ¿y si la normalidad fuese todo lo contrario, que las ideas extendidas sean el feminismo, el antirracismo etc? Claro, para que eso fuese así, tendríamos que construirlo, no solo destruir los valores ya existentes. «Solo se destruye lo que se sustituye», esto es, extender los valores de la solidaridad, el apoyo mutuo, la cooperación, etc, para sustituir los vicios de esta sociedad. Sacar a relucir clichés estéticos como que el anarquista es aquella persona que solo rompe cosas, vive del pillaje y la okupación, no se relaciona con la gente considerada normal, no trabaja ni estudia ni se preocupa de los problemas sociales, etc; no es sino buscar la marginalidad en el desesperado intento de creerse especiales siguiendo el «no me gusta, pues cojo y me voy» en vez del «no me gusta y aspiro a cambiarlo y que la gente en mis mismas condiciones materiales trate de comprenderlo». Hay que destruir estos clichés y no tanto rechazar una normalidad para refugiarnos en estéticas destructivas de rebeldía adolescente. Hay que hacer del anarquismo una ideología política y práctica como herramienta para la emancipación social y no un juego de egos.

Estrategia y acumulación de fuerzas

El anarquismo en gran parte adolece de estrategia política, es por ello que desde el anarquismo social se pretende paliar este problema. La falta de una estrategia política clara nos lleva a actuar como una fuerza marginal, en muchas ocasiones, incluso sin llegar a ser una fuerza. En muchas ocasiones se repite el esquema del «todo o nada», sin haber antes analizado rigurosamente el entorno que nos rodea. El resultado es que al final terminamos en nada. Nada más idealista el pensar que podemos tomar el todo de un día para otro o en un período de tiempo relativamente corto, de un plumazo y por la acción de unas pocas personas que, declarándose completamente libres, van iluminando el camino mediante la destrucción del espectáculo capitalista, y que por ello se van uniendo cómplices. Sin embargo, la realidad material no es tan simple y todos los acontecimientos sociales son procesos en los cuales entran en juego multitud de factores, tales como: antecedentes (evolución histórica), causas del conflicto, tejido social y actores políticos. Entender estos procesos sociales nos lleva a jugar nuestro papel en el escenario político y social si realmente queremos aspirar a la revolución social y no quedarnos como fuerza marginal.

El compañero La Colectividad ha expuesto en un comentario un ejemplo sobre estrategia con el ajedrez. Bien, pero en el ajedrez no se trata solo de hacerle jaque al rey para luego dar el mate, sino que implica saber desplegar correctamente las piezas, encontrar flancos débiles o crear situaciones para desestabilizar las defensas enemigas, y a la vez, no descuidar las defensas de casa; hasta poder darle el mate. No obstante, una partida de ajedrez puede estar ganada incluso antes de dar el mate: quien haya conseguido una mejor posición respecto al enemigo, tendrá prácticamente la partida en su favor. En este caso, se podría decir que no siempre se gana por el jaque mate, sino también por quién haya obtenido una mejor posición con respecto al enemigo. Pero el ajedrez es insuficiente para explicar este tema porque se parte desde la igualdad de fuerzas, mientras que en la vida real, jugamos en desventaja. Para ello preferiría tomar el ejemplo en un juego de mesa de estrategia militar llamado Risk. En este tablero, cada fuerza política quedaría representada en una facción militar, con su territorio y sus efectivos, en los cuales se disputan el control de todos los territorios, la mayor parte de éstos o neutralizar a las otras facciones. Si partimos de una desventaja, tratar de combatir a un enemigo superior sería un suicidio, o en el mejor de los casos, un enorme desgaste de fuerzas. Esto nos lleva a adoptar otra estrategia. Tendremos que jugar a las alianzas: con quiénes sería más favorable aliarnos, es decir, qué facción o fuerza política es más afín y concuerda más con nuestros intereses inmediatos. Tendremos que ver quiénes son los enemigos potenciales (que serían una amenaza futura), quiénes los reales o inmediatos. Conocer cómo funciona, cuáles son sus movimientos y qué aliados tienen los enemigos. Qué territorios nos serían favorables, en dónde conseguir provisiones o tomar posiciones estratégicas… En definitiva, ganar fuerzas para tener mayores posibilidades para derrocar al enemigo o enemigos. Aquí es de donde parte la estrategia de acumulación de fuerzas.

Analizando la realidad material, nos encontramos en un escenario en el cual actúan múltiples fuerzas dentro de la misma sociedad. Volcando el ejemplo del Risk a la vida real, podemos observar que las fuerzas políticas dominantes buscan su perpetuación a través de la persuasión y la represión física, incluso dentro de las fuerzas políticas dominantes hay disputas entre, por ejemplo, una burguesía más progresista y liberal y otra más conservadora y autoritaria. Mientras, en las fuerzas de oposición están, desde las que buscan una conciliación de clase, hasta las que quieren imponer una dictadura fascista o «del proletariado». En este terreno, el anarquismo busca tanto la destrucción del sistema capitalista como del Estado para construir una nueva sociedad basada en la libertad y la cooperación. Si queremos que nuestras aspiraciones materiales se materialicen, hemos de construirlas en el aquí y ahora, impulsando los conflictos ya existentes y aportar alternativas políticas reales.

No obstante, aquí existe una bifurcación en las estrategias a seguir. Mientras que la propuesta insurreccional es mediante el combate directo con el sistema dominante contra toda autoridad y conquistar la libertad por la destrucción de este sistema mediante la revuelta armada; la propuesta del anarquismo social es la de la acumulación de fuerzas y la inserción social. Pero ¿por qué la estrategia de acumulación de fuerzas? Porque para derrotar a un enemigo superior militarmente que ejerce el poder a través de una estructura material, es inútil tratar de golpearle directamente sin tener una base social que articule las luchas. En este sentido, tratamos de crear esta fuerza necesaria a través de las luchas que se dan actualmente, aportando las herramientas adecuadas para la construcción del poder popular, que sería la fuerza para crear estructuras horizontales y autogestionadas que desafíen al poder burgués. Pero a diferencia del marxismo, entendemos poder popular como capacitación material del pueblo, el cual, a través de la autoorganización se construya un pueblo fuerte que no necesite partidos ni cuadros centralizados que lo guíe. Una estrategia de acumulación de fuerzas se basa en el constante análisis de la coyuntura y saber cómo incidir en la realidad material e impulsar cualquier lucha que nazca en el seno de la clase trabajadora, de manera que sea a través de la acción directa y la organización, el medio para conseguir victorias en lo inmediato. Y la inserción social es la parte de la estrategia de acumulación de fuerzas por la cual insertamos los métodos anarquistas en las luchas sociales, buscando puntos comunes y tratar de que se extienda la autoorganziación. Cada victoria podría ser insignificante, pero ayuda levantar la moral, ofrece experiencias y facilita los medios para que la gente que no esté involucrada en la acción política, pueda participar.

Los números y la orientación política

Nuestra posición no es la de hacer proselitismo y actuar como vanguardia ni actuar aislados de la realidad material preocupándonos solo de nuestra propia liberación, hacer una suerte de política asistencialista o caritativa desde una posición de superioridad moral, sino impulsar las luchas desde abajo «fomentando toda clase de organizaciones populares…» (Malatesta). La inserción social parte de este punto, de analizar la coyuntura teniendo en cuenta factores como el panorama laboral y sindical, el grado de presencia de movimientos sociales y las fuerzas políticas existentes, y actuar en el seno de la clase trabajadora en conjunto con aquellas personas que vean la vía de la lucha como opción de cambio, ofreciendo herramientas tanto para la organización popular como para conseguir victorias a través de ello, a la vez que vemos imprescindible la organización de los y las propias anarquistas y la definición de programas políticos anarquistas. No creemos por ello que la clase obrera sea per se revolucionaria, pero es la única clase social potencialmente revolucionaria«potencialmente» en sentido aristotélico, es decir, aquello que tiene posibilidad de materializarse, que permanece latente—, ya que el trabajo es la única fuente de valor y es la clase trabajadora la que realmente pone en marcha el sistema productivo y la que sería capz de gestionar la producción y reorganizarla. No obstante, que sea potencialmente revolucionaria no implica que inevitablemente se haga real. Esa potencialidad podría permanecer eternamente allí, a no ser que seamos capaces de impulsar y extender las luchas. Además, lucha de clases no sería completa si en ella no se incluye el feminismo, el antirracismo, el antiautoritarismo y el internacionalismo basado en el reconocimiento de la diversidad cultura de los pueblos, ya que todas las opresiones están relacionadas unas con otras.

Si aspiramos a la revolución social, debemos saber que la revolución no es precisamente un estallido violento surgido de la nada, sino que es el resultado de un proceso de acumulación de fuerzas a favor de las clases explotadas. Una revolución jamás se hizo porque al primer loco se le ocurrió que el sistema estaba mal y comenzó a atacarlo, jamás se hizo desde grupos clandestinos que practicaban el terrorismo y las guerrillas urbanas. Todas las revoluciones se hicieron, no porque fuese guiada por un grupo reducido de iluminados e iluminadas, sino, básicamente, porque las clases populares en masa se organizaron, crearon nuevas estructuras materiales y se lanzaron contra el sistema. Otra cosa sería el rumbo que tomase y quiénes terminen absorbiendo el descontento popular recuperándolo para sus intereses de clase, realmente opuestos a los de las clases populares. Estudiando la historia podemos ver, desde las insurrecciones campesinas en la Edad Media, la Revolución francesa (aunque fuese burguesa ya que cooptaron las luchas populares, realmente fue el pueblo llano quienes tuvieron un importante papel), la Revolución Rusa (no fue Lenin, sino gran parte del proletariado que se organizó en soviets antes del ascenso de Lenin para dirigir la revolución), la Revolución Makhnovista, la Revolución social del ’36, la Comuna de Shinmin… y la lista sería larga hasta llegar a la Revolución de Rojava o la insurgencia zapatista. El común denominador de todos estos acontecimientos revolucionarios siempre ha sido y es la base social, la comunidad, la organización popular y la presencia de uno o varios actores políticos revolucionarios.

Las luchas inmediatas, pese a sus marcadas limitaciones al ser éstas en su mayoría articulada desde estructuras volátiles, reivindicaciones cortoplacistas y únicamente defensivas en vez de posturas de avance; sí que a través de ellas se gestan los gérmenes que podrían llevar a una escalada del conflicto y articular una fuerza revolucionaria: la construcción de comunidad. La unión y el encuentro entre distintas comunidades en lucha formarían el tejido social y a partir de allí, se crean los movimientos sociales. Tales movimientos sociales no nacen de la conciencia de clases, sino de la puesta en común de los problemas cotidianos y la búsqueda de una solución a ellos mediante la lucha social. Pero ante la ausencia de actores políticos revolucionarios, serán propensos a caer en el reformismo y a ser extensiones de partidos para captar votos. Es por eso que debemos tener en cuenta este factor si queremos que no terminen recuperados y desmovilizados, tendríamos que ver en los movimientos sociales una oportunidad para el encuentro entre anarquistas con otras personas y colectivos en lucha para dar la posibilidad de pasar de la mera defensa de lo que tenemos, a poner sobre la mesa problemas comunes, análisis, posibles soluciones, etc, y perseguir objetivos más ambiciosos a medio plazo, tales como el control obrero o la autogestión de las empresas privadas, la gestión popular de la Sanidad, la Educación, etc, barrios autogestionados…

Se nos critica peyorativamente que sumar es malo, que el preocuparnos por la cantidad es absurdo, cuando en verdad, el número sí cuenta. Lo podemos encontrar en el mundo animal, en aquellas especies gregarias, las cuales son descritas por Kropotkin como las que más éxito en la supervivencia tienen y las cuales pueden defenderse mejor de depredadores más fuertes. En la lucha social sucede lo mismo: desde el simple acto de parar un desahucio o parar un desalojo de una okupa; hasta hacer retroceder a la policía en una manifestación, correr a los fascistas de nuestros espacios, llevar una huelga con éxito, impedir que la policía y los fascistas entren en el barrio, etc… Incluso para superar la represión es necesario tener una amplia red antirrepresiva y de apoyo a los y las presas políticas, que provendría desde las comunidades creadas a través de la lucha social, del tejido y las bases sociales creados. Aunque claro, evidentemente, esto tiene sus limitaciones y si nos obsesionamos por sumar nos podría llevar a perder nuestros objetivos a largo plazo. Por esta razón, es necesaria una orientación política. La orientación política no es más que aportar dentro de las luchas sociales. no solo las herramientas para mantener la autonomía y la creación de estructuras horizontales, sino también para dar la posibilidad de un salto cualitativo, de darle continuidad a las luchas y radicalizar los movimientos. En este sentido, las luchas presentes nos ayudarían a definir programas políticos acordes al contexto en el que se dan los conflictos. Dichos programas serían hojas de ruta no solo para mantener las luchas constantes, sino para que avancen cualitativamente.

La práctica del anarquismo social

«No debemos bajo ningún pretexto, separarnos del pueblo, pues no importa cuán atrasada o limitada puedan ser las personas, son ellas y no el ideólogo, quienes son la fuerza motor indispensable de toda revolución social» Amélée Dunois en una intervención del Congreso Anarquista de Amsterdam en 1907.

Recordemos que el anarquismo social aspira a ser un actor político revolucionario, ¿qué es eso? Ser actor político es ser una fuerza política referente para las luchas sociales y orientarlas hacia una vía revolucionaria, de transformación radical del sistema. A diferencia de la vanguardia leninista construida por un partido central y cuadros militantes satélites, una fuerza política anarquista sería aquella fuerza emanada desde la propia organización popular y de clase con sus múltiples colectivos y asociaciones según su ámbito de lucha: sindicatos de todos los sectores productivos, prensa, asambleas de barrio, ateneos populares, centros sociales okupados o no, organizaciones medioambientales, juveniles… y organizaciones políticas, las cuales serían las que mediante el análisis de coyuntura, definan programas generales y hojas de ruta para coordinar las distintas organizaciones de ámbito más específico. Éstos constituirían una red federativa o confederal desde donde se articularía el poder popular. Este modelo se dio en el Estado español del primer tercio del siglo XX y es el que permitió realizar la revolución social cuando se produjo el golpe de Estado fascista, y también comparte cierta similitud con el confederalismo democrático.

Podría teorizar hasta el infinito la inserción social, así que expondré dos ejemplos prácticos que conozco que resultaron bastante exitosos:

—El primer reconocimiento es para la Federación Anarquista de Gran Canaria (FAGC) por su labor en la lucha por una vivienda digna. Han llevado a cabo con éxito su programa de realojo de familias desahuciadas, así como en parar desahucios, y han permitido la creación de una comunidad de vecinos y vecinas conocida como la Comunidad La Esperanza. Pero lejos de buscar protagonismo, han recalcado que es la gente la que, organizada y a través de la acción directa, pueden lograr victorias. Otro aspecto importante es que han roto los falsos estereotipos dela anarquista que todo lo critica y se desentiende de las luchas sociales, dela anarquista que solo busca el caos y la destrucción.

—Otro merecido reconocimiento sería para el FEL-Chile, que a pesar de la deriva electoralista que tiene, han conseguido ser una fuerza anarquista estudiantil destacada dentro el movimiento estudiantil chileno. Comenzaron a andar hace más de diez años y ahora tiene fuerte presencia en las principales universidades chilenas, constituyéndose a la vez como uno de los referentes en la lucha estudiantil. De igual manera, también podría mencionar a las organizaciones estudiantiles del Estado español mencionadas al principio.

No terminaría sin mostrar casos del cómo mediante la construcción de comunidad y el aumento cuantitativo, se han permitido victorias en las luchas, también tiene su reflejo en la praxis, tanto históricamente como en los conflictos recientes:

—El ejemplo más visible es la defensa de Can Vies. De cómo el barrio de Sants pudo parar el derribo y conseguir que les dejaran en paz no se debe únicamente a la violencia desatada, sino a sus 17 años de presencia y actividades para el barrio. Hay que sumarle a esto que Sants ha tenido desde hace mucho más tiempo un tejido social mayoritariamente obrero.

—Las protestas por el parque Gezi en Turquía hace unos años es otro ejemplo de que la suma de fuerzas unida a la solidaridad y la organización popular, consiguieron defenderlo exitosamente. El mismo reflejo lo tendríamos en Gamonal.

—El conocido barrio anarquista de Atenas Echarxia no sería tal de no ser por la presencia de un tejido social construido muchos años atrás. No todas las que viven en ese barrio son anarquistas, sino gente cualquiera que ve en la autogestión y la cooperación social una solución real y efectiva.

—Las comunidades zapatistas y el movimiento de liberación kurdo del Kurdistán turco y sirio también son ejemplos vivos que tuvieron y tienen como base la construcción de comunidad en torno a una identidad colectiva cultural.

Si los números no cuentan, ¿no se debió el triunfo de Gamonal por la solidaridad que se desplegó en casi todo el Estado español? ¿Cómo se podría haber parado el derribo de Can Vies de no ser por las miles y miles de personas que bloquearon las calles durante el día y se enfrentaron con los mossos al caer la noche? Si el tejido social y la comunidad no son importantes, ¿cómo habrían conseguido los y las zapatistas lograr un territorio autónomo y el autogobierno? ¿Cómo en el barrio de Echarxia podría estar limpio de policías, tener parques autogestionados, numerosas cooperativas y hasta un centro de salud formado por personal sanitario voluntario? Es más, sin comunidad ni tejido social, no existiría en Chile un movimiento estudiantil tan extendido ni sobrevivirían las comunidades mapuche. Sin comunidad ni tejido social, la revolución social de Rojava no hubiese sido posible, ¡siquiera existiría el movimiento de liberación kurdo! De hecho, sin estos factores, no hubiese siquiera existido el movimiento obrero ni llegaríamos a conocer siquiera el anarquismo.

Desde el anarquismo social, pretendemos romper con la marginalidad en que está envuelta el anarquismo y volver a ser una fuerza política en la lucha de clases como lo fue antaño en las revoluciones sociales de la historia. Para ello, creemos necesario la reconstrucción del tejido social perdido en los barrios y las comunidades en lucha, potenciar el sindicalismo de clase en los conflictos laborales así como el movimiento estudiantil de base, etc, para extender los valores de la solidaridad de clase, el apoyo y mutuo y la cooperación, y sobre estas bases, articular un movimiento que no solo responda a las necesidades inmediatas, sino que tenga capacidad para aspirar a objetivos más ambiciosos. Todavía aquí en el Estado español la presencia no es muy grande pero demuestra ser esperanzador pese a los pocos ejemplos que hay. Llevamos desde la «Transición» muchos años sin levantar cabeza y reproduciendo discursos caducos, ya es hora de que volvamos a ser movimiento social y fuerza política.

Ejerciendo de cátedra. Crónica de un machista iluminado

“Hace veinte años, en esta facultad, los mismos profesores se paraban a mirarnos por debajo de la falda” Estas son las palabras que una de mis profesoras compartió conmigo este último año. Las estaba recordando mientras me dirigía a mi facultad pensando: “La verdad es que es una pena no volver aquí el año que viene”. La verdad es que la pena me duró nada y menos gracias a un – ¡Oh! ¡Sorpresa!- machito español que decidió invertir su tiempo en mí, no conmigo, en mí y en educarme.

Haciendo retrospectiva, pienso que en el momento mi reacción fue bastante pobre, aunque nunca pensé que un hombre fuese a perseguirme por el campus por el que me he paseado tranquilamente estos últimos cuatro años, a veces, en pijama. Yo me bajaba del tren bastante distraída, porque tenía un hambre calagurritana, y acababa de ver una máquina expendedora. Llevaba un rato pegada al cristal de la máquina dejando cercos de vaho, como los perrillos en las tiendas de mascotas, cuando me percaté de que tenía a un tío a veinte centímetros de mí mirándome fijamente. Con semejante espectáculo era bastante de esperar, por lo que fui a sentarme en el césped, hambrienta.

Cuál fue mi sorpresa cuando, estando ya sentada, observo que el tío ese se me va a acercando cada vez más. Primero se para delante de mí, luego pasa de largo, LUEGO SE ESCONDE DETRÁS DE UN ÁRBOL y, de repente, “espontáneamente” clama: “¿Qué lees?”. Decidí ignorar a mi acosador mientras me seguía leyendo un panfletillo de estos de “Grados, Doctorados y otros robos a mano armada”, pero él parecía muy decidido a sentarse a mi lado. Me quitó el papel de las manos mientras leía títulos de máster en voz alta hasta que dio con “Estudios Feministas” y decidió pararse en seco:

-¿Este te interesa?

-¿Por qué no?

-¡Uy! Pues si eres feminista nos vamos a llevar mal.

-Pues adiós.

Pero no, no fue el adiós, y a mí me había picado la curiosidad. Resulta que este sujeto no era nada menos que un flamante estudiante de Derecho: camisa blanca, maletín de piel… la flor y nata de nuestra universidad, en pocas palabras. El pobrecito se hallaba alarmado ante la situación que hacíamos pasar a los HOMBRES en este país (nótese que utilizo las mayúsculas para marcar el fervor cristiano con el que pronunciaba esta palabra). “Perdona, ¿quién está haciendo sufrir a los hombres en este país?” Pues, amigas mías, resulta que somos nosotras, las mismas que visten y calzan: las feministas.

Tal vez debía haberme levantado y dejar a ese pobre enajenado darse de golpes contra el árbol en el que antes se había escondido, pero ÉL me iba a explicar porqué yo estaba tan “equivocada”. Resulta que un millón y medio de HOMBRES españoles (datos ofrecidos por el sujeto este, para nada contrastados) han sido detenidos en estos últimos años por falsos testimonios de violencia machista. Al parecer se han impuesto penas de cárcel porque un hombre espetase a su pareja “Gilipollas”, lo cual está dentro de una conducta normal, según este señor. Y lo que es peor, han mandado a la cárcel a hombres que nunca habían atacado a sus parejas, lo que ocurría es que estas se aprovechaban de dichas penas para cobrarse una fría venganza. Me preocupaba bastante el hecho de que un estudiante de Derecho creyera que había habido alguna feminista redactando leyes de este tipo. Pues al parecer sí, resulta que todos los males de los HOMBRES en este país, son culpa de… Leire Pajín.

Me gustaría ser Simone de Beauvoir para apagarte el cigarrillo en un ojo. Me gustaría tener cigarrillos.

También debí haberme levantado en ese momento, pero por reírme bien a gusto, no por otra cosa. Sin embargo, decidí quedarme cuando este sujeto decidió proclamar a los cuatro vientos, y bajo la gracia de Dios, que los hombres estaban sufriendo APARTHEID. Nelson Mandela, perdónale, no sabe lo que dice. Es por ello que él y sus amiguitos de camisa blanca y maletín de piel habían decidido convertirse en machistas –Mamáááá, quiero ser machiiistaaaa- para luchar contra el predominio de la mujer y poder clamar: ¡BASTA DE ESCLAVITUD! ¡Nuestra venganza alimentará los anales de la historia porque ahora nosotros queremos ser superiores!

Palabras textuales de la cita anterior: “Ahora nosotros queremos ser superiores” ¡AHORA!

Pues sí, ahora, porque el enajenado este se acababa de afiliar al machismo, como si de un club de fútbol se tratase, al contemplar la destrucción de los suyos a manos de las feministas. El iluminado en cuestión no olvidaba el incumplimiento del artículo no sé cuantitos de la Constitución Española que estaba dirigiendo el sino de los HOMBRES a la fatalidad y la desgracia.

-Perdona, ¿Y también queréis subrayar el incumplimiento de los demás artículos?

-Bueno, vamos a dejarlo porque hay mucha gente que habla de la Constitución Española sin tener ni idea.

Oh, el HOMBRE y su inagotable sabiduría, estoy extasiada.

Dejé que me subrayase el hecho de que me estaba hablando a gritos y en tono de burla cuando yo respondía, al parecer lo hacía con la intención de defenderse de mi “violencia feminista” (para encontrar la ironía en estas palabras revisen los diálogos y cuenten mi número de intervenciones, gracias) puesto que ÉL, JAMAS EN LA VIDA ,habría pensado en hablar así a una mujer: “Y aún es más, ya ni si quiera me acerco a ellas como antes” Bueno, querido, te recordaré que me has estado observando desde aquel árbol hará cinco minutos y no ha parecido afectarte en lo más mínimo.

¿Qué pensáis? ¿Me estaría queriendo decir que era de esos que se te acercan por la noche y te dicen: “Nena, vámonos a un sitio oscuro” y te empujan contra la pared? Rezo porque en algún momento se le caiga el pene a pedazos.

Estaba empezando a conocer más al sujeto, así que decidí preguntarle un poco por su vida:

-Oye, ¿crees que la igualdad es una cuestión que podríamos ligar a la educación? Como no llamar a tu pareja “gilipollas”, por ejemplo, o no hacer a las mujeres sentirse incomodas en un espacio público, se me ocurre un campus.

-Venga, ¿ahora queréis educarnos en los valores de la feminidad?- dijo ÉL, que llevaba veinte minutos haciendo gala de sus dotes pedagógicas.

-Perdona, la feminidad no tiene nada que ver con el feminismo.

-Olvídate de los conceptos y las entradas de diccionario porque los conceptos cambian, y “feminismo” ahora es sinónimo de represión.

Y como lingüista que soy, lamenté no tener un diccionario de la RAE para hacerle tragar las hojas en las que se define la cualidad de “femenino” y la “feminidad”. Aunque sólo para hacérselas tragar, puesto que no comparto su interés por “educar” a desconocidos.

Mi móvil sonó y pude dejar a ese señor que, de repente, se deshacía en sonrisas y me despedía con la mano cual abuelita, en el césped donde una vez mis compañeras y yo pudimos sentarnos sin preocuparnos de que nos acosaran. Hace veinte años en esta facultad los profesores miraban por debajo de la falda a nuestras educadoras, mentoras, compañeras de lucha y amigas. Ahora cuatro iluminados van a perseguir a las feministas dentro del campus para que dejen de oprimirles y de hacerles Apartheid. La primera de estas persecuciones dio comienzo el año pasado, cuando aparecieron innumerables pintadas rezando: “Si a la vida”, “El aborto es un asesinato”, etc.

Voy a echar de menos no volver a mi facultad, pero cargada de palos y antorchas.

Buni

A Bandazos. Respuesta a La Colectividad

Empezaré diciendo que encuentro muy necesario el artículo que planteaba La Colectividad dentro de esta página web. Me considero heredero de una perspectiva anarcosindicalista, para situarnos en el debate que se plantea.

Primero estoy de acuerdo en que está existiendo una reconcepción del anarquismo, y es visible en tanto que se están formando muchos colectivos varios por el Estado, a la vez que algunos se están planteando organizaciones bastante grandes (FEL, FAC…). Pero dudo que el Anarquismo Social sea el mayoritario en el movimiento anarquista. Primero deberíamos definir bien qué es el “anarquismo social”, y luego deberíamos definir bien qué es el “movimiento anarquista”. Yo creo que ambas categorías serían difíciles de definir, y seguramente lo que encontraríamos sería una gran variedad muy heterogénea. Si tomamos de muestra esta página, sí encontraríamos una serie de discursos más o menos definidos, pero no creo que todas las críticas, actitudes y concepciones que entre las diferentes corrientes se puedan extrapolar al conjunto del movimiento anarquista. Parto de la idea de que no existe un discurso anarquista articulado (ni social ni anti-social) más allá de pequeños grupos y las pocas personas que les gusta escribir, y que entonces es difícil medir hasta qué punto existiría esa hegemonía.

En la reconcepción que explicaba al principio, sí que existen una serie de temas que se reproducen continuamente, el hecho de salir del gueto, trabajar con otros colectivos no anarquistas, etc. Si queréis, se le podría atribuir una etiqueta de anarquismo social, pero además de inadecuado, habría que diferenciarlo de un Anarquismo Social con mayúsculas, con una serie de aspectos más diferenciados (como puede ser la estrategia de la inserción social, la visión materialista que criticas, etc.) y con una diferenciación clara de lo que es. y en especial en contraposición a lo que no es (a veces llamado anarquismo personal, individualista, etc.).

Tenemos que contextualizar el porqué de esta configuración de un anarquismo así. En mi opinión personal, es en parte a la situación de crisis en la cual muchos nos preocupamos por defender unas condiciones de vida cada vez más precarias y con menos derechos sociales, a la vez que posiblemente sea una reacción al estancamiento, aislamiento y dogmatismo de los anarquismos anteriores (estén estos estancados, aislados, etc. o no). Si combinamos estos dos factores en el hecho de que como anarquistas da la sensación de que no tenemos una fuerte capacidad de intervención en el cambio social, es normal que la gente que compone el movimiento esté en este estado de autocrítica.

El segundo punto que plantea el artículo, es sobre la concepción social. La Colectividad, apunta en que el Anarquismo Social plantea que la única vía válida enfrente a proyectos individualistas son las luchas de masas a través de dar “orientación política”, dado un análisis concreto de la realidad. Empezaré sobre esto último, que creo que es la base que lleva a la estrategia.

Sobre el análisis social

Estoy de acuerdo en que el materialismo tiene sus limitaciones, y muchas. Cualquier explicación simplista sobre un hecho tan cambiante como la sociedad, tenderá a estar equivocada. Porque cuando se realizan enunciados generalizadores, siempre ocurre que “sí, pero yo conozco un caso…” y luego, estos casos son más habituales de lo que nos creemos, poniendo la norma social en total cuestionamiento. Como un día me dijeron, los siempre, todo, nunca, etc. no son amigos de la sociología. En el otro extremo encontramos el relativismo extremo donde nada es enunciable, existiendo tantas realidades como individuos.

Este hecho creo que seria falso, pues las personas como seres sociales, tenemos nuestras particularidades y visiones subjetivas, pero también una capacidad de comunicarnos que hace que existan realidades compartidas (más o menos homogéneas). La tensión entre el materialismo y el llamado “idealismo” (y otras dicotomías como sociedad/individuo, universalismo/particularismo…) es un conflicto continuo entre las diferentes ciencias sociales, políticas, ideologías, etc. que suele depender del contexto histórico, el cual hace girar la balanza a favor de uno u otro. Y tenemos la manía de ir a bandazos.

Ya sea en la concepción de la sociedad, en la teoría o en la práctica, vamos de lado a lado. De la efervescencia organizativa de la CNT al volver del franquismo, al Insurrecionalismo anti-organizaciones formales. Y ahora parece que vamos otra vez hacia el formalismo. Entender las teorías en su contexto creo que es vital para entenderlas. Quizás, sin el Insurrecionalismo y los movimientos contraculturales (punk, okupa, etc.) hoy el anarquismo seria aun más marginal, pues estos pudieron sacar el anarquismo fuera de los locales de sindicatos que se peleaban para erigirse como los verdaderos y acercarlo a la juventud. Aunque advierto que estoy explicando una historia que no he vivido, y que la construcción de esta es a partir de pequeños relatos que voy rescatando, pero al menos lo he llegado a entender así., Creo que sería muy necesario socializar un poco la historia de los años 90 a los 10 de este siglo, para comprender mejor dónde estamos y tejer puentes con gente que quizás dejó todo esto, a la vez que sería útil para aprender de sus errores y escuchar de sus debates.

Continuando con la concepción social, la distinción sociedad (pueblo, clase, etc.) contra el Estado es una distinción que no solo ha sido tradicional en el anarquismo, sino también de otras corrientes ideológicas y asumidas por la misma gente “de la calle”. Lo cierto que del mismo modo que me gusta entender las teorías sobre la sociedad desde una perspectiva integracionista de la dicotomía “materialista-idealista” como complementarios y no opuestos, lo mismo sucede con la mayoría de hechos sociales. (Esta) sociedad y el Estado, se entrelazan entre sí y se necesitan mutuamente. Por eso hay que cambiar esta sociedad para acabar con el Estado, porque dicha contiene elementos clave para la reproducción de este. Pero el hecho de separarlos también nos es útil para señalar que el Estado institucionalizada particular e histórica, y no un hecho insalvable. Lo que no se puede destruir es el hecho social que une a los individuos. Entiendo que haya anarquistas que se definan como anti-sociales, al hablar de destruir esta sociedad, pero siempre tiene que existir un tipo de sociedad, pues somos seres sociales. Y opino que aquí existe un error, que nos lleva a otro punto, el tema estratégico.

Sobre la estrategia

Creo que es un error comunicativo autodenominarse antisocial, o nihilista. Aunque pueda tener una argumentación al detrás en la cual puede estar de acuerdo en muchas cosas, no creo que sea efectivo a nivel de extensión de nuestro mensaje. Y sí, eso presupone parte de una de las concepciones donde se enfoca el anarquismo social. Algunos de los motivos que se me ocurren, de manera rápida, son los siguientes:

—Entendiendo el cambio social como un juego de tirar a la cuerda: Según el tiempo histórico, a veces un poco menos dominados, y otras veces más. No sé si algún día ganaremos la partida, pero es importante tirar porque están en juego nuestra capacidad de decisión sobre el entorno que nos rodea. En eso si estoy en desacuerdo en algún artículo de La Colectividad donde decía que la libertad no era cuantificable, pues hay cosas concretas que si se pueden medir. Que eliminen los domingos como días festivos o prohibían el aborto, son hechos que tienen un gran impacto sobre estas. El problema es que el bando de la dominación suele jugar muy bien en equipo, y a nosotras nos cuesta mucho más coordinarnos, y muchas veces tenemos objetivos diferentes.

—Para hacer más fuerza, hace falta gente. Cuanto más esté un discurso socializado, una práctica extendida, es más probable que esta praxis se materialice. Entonces, no veo ningún problema al intentar extender la praxis anarquista. Por otro lado, contamos con aparatos de control y propaganda que son muy difíciles de contrarrestar y hacen que la sociedad que rechazamos se reproduzca y tienda aún más hacia una más controlada. Por eso es muy importante cuidar el cómo, ya que los contenidos se pueden decir de muchas maneras, pero no todas resultaran efectivas al conectar con la gente. En ese aspecto, a partir de la autocrítica y una evaluación constante de lo que somos, hacia dónde vamos y qué conseguimos, es necesaria.

—Sobre “la inserción social”, es muy importante plantear el qué queremos decir con esto. Una cosa es trabajar con unos colectivos con los que puedes compartir cosas (como el realojo de una persona) con una perspectiva propia, pero otra seria el hecho de entrar en las llamadas organizaciones “heterogenias” con la intención de orientar políticamente estas. Creo que eso conduce a batallas internas ideológicas por la lucha del control de estas, además de ser perjudiciales para la gente a la que forma parte. Quizás el punto está en dotarse de estructuras propias, que trabajen mayoritariamente problemas propios. Estas estructuras pueden estar más orientadas a la resistencia dentro del capitalismo, como la construcción de alternativas limitadas por estar dentro del capitalismo. Obviamente ni hace falta que se reclamen como anarquistas, y deberían ser puestas al alcance de todo el mundo sin distinción ideológica.

Yo creo que como libertarios tenemos un proyecto propio y luchamos por él. En ese sentido. toda persona que se adscribe a una ideología establece una jerarquía de ideas y pensamientos, ya sea el anarquista social vs el nihilista, el antidogmático vs el vanguardista o el revolucionario vs el reformista. En ese punto, creo que no hay ningún problema. Creo que este está en el cómo se socializa, pues una cosa es aportar una perspectiva y otra cosa es mediante la toma de decisiones forzar a la mayoría a actuar bajo tus parámetros incluso cuando la mayor parte no está de acuerdo. Creo que hay que trabajar con los movimientos sociales en lo que sea necesario, pero no instrumentalizarlos. Ya veremos cuáles serán los frutos del anarquismo que hoy en día se está organizando.

Últimos apuntes

Si el Anarquismo Social se ha intentado definir en base a propuestas concretas, pediría un resumen de algunas de lo que no-sea-Anarquismo Social. Estas seguramente pueden ser debatibles en una escala donde lo cotidiano tiene un valor más cercano a la realidad. Y seguramente volveríamos a cuestiones abstractas pues práctica y teoría están ligadas.

En mis textos suelo añadir que no existen soluciones mágicas (aunque priorice mucho el tema de defender los servicios sociales). Finalmente me gustaría añadir, que nadie se escapa de la sociedad, incluso la gente que la rechaza. Relaciones de poder se establecen en todos lados, y formamos parte de lo que queremos cambiar. Reconocer que tenemos incoherencias, que existen términos medios, creo que es el primer paso para trabajarlos y cambiarlos. Del mismo modo que me dijeron que todo, siempre, nunca no son amigos de la sociología, la sociedad no se cambia radicalmente de un día a otro, por decreto. Reconocer que no somos perfectos y que el cambio es difícil, nos permite ir trabajando poco a poco para cambiar estos aspectos que rechazamos.

Si vamos de lado a lado, nunca podremos reconocer las aportaciones que nos ofrecen las diferentes perspectivas, yendo de un dogma (individual) a otro dogma (social) aunque el equilibrio es difícil. Espero haber aportado algo.

Víctor A

Lo normalidad social como traba a la libertad

Retomando lo escrito en A razón del anarquismo social, me gustaría seguir expandiendo la reflexión crítica sobre cómo la que seguramente sea la actual vertiente dominante del movimiento conceptualiza el concepto «social.» Para ello seguiré en la misma línea que esbocé en el primer artículo: 1) la «sociedad» y el «Estado» no son dos cosas separadas, y 2) la idealización de las relaciones sociales no tienen ningún fundamento empírico en la actualidad. En este artículo me gustaría incidir específicamente en la cuestión de la individualidad, algo que normalmente se trata negativamente en los escritos/discursos del anarquismo social asociándolo así con otras ideas como el egoísmo o el sectarismo. Adelantando la conclusión del artículo, se dirá que la individualidad no es solamente un elemento propio de todo animal humano, sino que puede jugar (y juega) un papel más importante en el proceso revolucionario del que el anarquismo social admite. Como a veces advierto, poco o nada de lo que podáis leer a continuación es novedoso, yo me limito a realizar una síntesis de ideas existentes y expresarlas desde mi propia comprensión/experiencia. La crítica del anarquismo anti-social lleva rondando por el mundo, al menos con fuerza marginal, desde hace una buena década. Así que si queréis ir a la «raíz» de todo esto, os sugiero un buen punto de partida: los panfletos anarco-nihilistas griegos.

Empecemos tomando a Pablo Iglesias como punto de partida (ya se verá el porqué). A menudo, cuando escuchamos/leemos sobre las «hazañas» de Iglesias nos refieren a esta persona con términos como «referente social», «oposición social al bipartidismo», «representante social», etcétera. Aquí, la palabra «social» no hace referencia a la interacción humana en un espacio/tiempo concreto. Jugar al fútbol es una actividad social. Ver la televisión con tu familia es una actividad social. La devolución inhumana de migrantes en Melilla también es una dinámica que se da dentro de lo social. Cuando nos dicen que Iglesias es un «referente social» nos están queriendo decir que Iglesias representa (supuestamente) la voz y deseos de un mayor número de personas (no solamente los suyos o los de su partido). Iglesias habla por la sociedad. Iglesias «lucha» por la sociedad. Él es el «representante social» de un Estado español controlado por «la casta.» Cuanto menos este uso de la palabra «social» resulta en un gran problema de base: cómo entendemos qué es la sociedad. Cuando dicen Iglesias es el «referente social» se está acotando el rango de inclusión de la sociedad a un determinado sector de la población. La gente de Podemos hace bien explícita esta demarcación: la casta y la ciudadanía. Lo social queda aquí reducido al conjunto de personas que no disfrutan de tarjetas «black», favores personales del gobierno, vidas de lujo, etcétera. Este discurso se puede encontrar también en los siglos XIX y XX pero con distintos rangos de inclusión. En el siglo XIX, les líderes políticos hacían referencia a la clase trabajadora, a la masa proletaria, a los ejércitos asalariados. En el siglo XX el discurso se amplió y pasó a incluir a trabajadores del sector público, profesionales de poco poder económico, pequeños autónomos… Es decir, el discurso incluyó a las clases medias, eso que hoy se llama de manera todavía más inclusiva «ciudadanía.» Así pues, Iglesias siendo el «referente social» es el representante de toda esa gente que más o menos malvive en el Estado español: desde la limpiadora de una oficina, hasta el ingeniero adjunto de la misma oficina.

El primer problema que encontramos es la separación entre «casta» y las personas que componen lo «social.» Los movimientos sociales, en el ideario común, representan las voces de éstas últimas: la gente «normal», la gente que sufre, la gente que pierde sus trabajos, en definitiva, la gente «de a pie.» Se traza así una línea demarcadora que separa «lo social» y «lo depredador.» Lo social se piensa como algo oprimido, explotado, esclavizado. ¡Hay que recuperar lo social! ¡Hay que luchar por los intereses sociales![1] Si encontramos un problema en este planteamiento es porque la idealización de lo social pasa por alto las relaciones humanas (sociales) que se dan en el propio seno de la sociedad. La «casta», por seguir usando la palabra tan de moda en el discurso ciudadano, lejos de ser un elemento extraño a lo social, es parte fundamental de la sociedad contemporánea. Les explotadores no son externos a lo social, sino que se mueven dentro de la sociedad dándole forma y sentido. Como el Estado, que no es una traba externa para la sociedad, sino un elemento intrínseco de la propia sociedad actual, la «casta» compone, articula, y reproduce las relaciones sociales de explotación y servidumbre. No es que haya una parte «social» trabada por una parte «no-social» que se beneficia de la primera, sino que ambas partes son en realidad elementos de la misma cosa: la sociedad.

La idealización de lo social que realiza el discurso ciudadanista de Podemos, así como el del anarquismo social, proyecta en colectivos humanos abstractos las relaciones sociales que se dan en el espectáculo capitalista. De esta forma, cosas como la explotación laboral, la compra y venta de influencias, la subyugación de la vida material, etcétera, son depositadas en actores abstractos a les que se le dan forma y pensamiento. Así se habla de «casta» y «clase popular» (o lo «social»). Esta proyección/creación abstracta de actores sociales, además, se jerarquiza y agrupa alrededor de colectivos tan o más abstractos, lo que posibilita referirse en discursos políticos a un enorme número de personas que, supuestamente, comparten los mismos intereses, deseos, y necesidades. Claro que Pablo Iglesias goza de un amplísimo poder para influir en las personas, ¡si le estamos llamando «representante social»!

El anarquismo social de los movimientos sociales, de las asambleas ciudadanas, de los Centros Sociales[2], etcétera, participa de esta misma lógica resultante de idealizar la sociedad (o como ya se ha explicado, de idealizar una parte de lo social, la que interesa a estas personas). Tal vez no se hable de «castas», pero sí que se habla de «ciudadanía», «poder popular», «orientación socio-política de las luchas»… Realmente me es difícil distinguir, muchas veces, el discurso de Podemos y el de ciertos grupos anarquistas. Con la excusa de que les anarquistas somos «gente normal», nos terminamos metiendo en las mismas dinámicas de resistencia anti-capitalista olvidando así que el capitalismo no es el problema fundamental, sino la autoridad y el poder (sustituimos de esta forma anti-capitalismo por anti-autoritarismo). El problema que deriva de esto es la moderación complaciente del discurso revolucionario, y por tanto, de la práctica revolucionaria. Pareciera que para el anarquismo social «hacer la revolución» es crear talleres de idiomas en el barrio, publicar periódicos de «interés ciudadano», y/o mostrar la bandera roji-negra en todas las manifestaciones posibles. ¿Por qué? Porque se está del lado de lo «social», porque todes somes «normales» y estamos hasta el gorro de esa gente, y de ese Estado, que nos pisan la cabeza con botas forradas con billetes de quinientos euros.

Cuando una persona se deshace de esa idealización de lo social empieza a tejer un análisis bien distinto. «Normal» es la explotación laboral; «normal» es el odio racial; «normal» es la discriminación de género; «normal» son las relaciones familiares autoritarias; «normal» son las parejas celosas y posesivas. Lo «normal», por definición, es lo que caracteriza de forma general a una sociedad. «Anormal» es cuestionar la autoridad de la policía; «anormal» es negar el poder del Estado sobre las personas; «anormal» es querer destruir las relaciones humanas basadas en la exclusividad emocional; «anormal» es, en definitiva, querer ver (y vivir si se puede ser) el final de esta sociedad opresora. Dado que la normalidad conforma las normas y reglas de comportamiento social en sociedad, y viceversa, las normas y reglas de la sociedad definen lo que es «normal», el anarquismo social mediante su discurso y práctica termina reproduciendo todo aquello por lo que dice estar luchando. ¿Por qué lucha el anarquismo social cuando dice involucrarse en las Mareas ciudadanas? Dice que lucha por los valores anti-autoritarios del anarquismo, pero termina practicando la complaciente y sumisa rebeldía legalizada por el sistema.[3] Dentro de esta normalidad social les opresores también juegan su papel, es decir, son parte de lo «social.» No hay oprimides sin opresores, pero sobre todo, no hay oprimides sin personas que gustan de serlo. Los movimientos sociales están llenos de este tipo de gente. Gente que el sábado por la tarde protesta contra los recortes sanitarios, pero que luego no quiere perder «poder adquisitivo»; gente que protesta contra las devoluciones de migrantes, pero que luego no se plantea quiénes hicieron los bloques de viviendas en los que vive; o gente que protesta contra la «ley del aborto», pero que luego fundamenta sus relaciones de pareja en la autoridad opresora de la exclusividad.[4] Esto sí que es lo «normal», y ante la normalidad de lo social una postura anti-social plantea cuestionar las cosas dos, tres, y cuatro veces. Sin idealizar ni sin conceder atributos abstractos a masas amorfas de gente.

No obstante, esta crítica al anarquismo social, sus ideas, y sus prácticas, no es tan soberbia como pudiera parecer. No me cabe duda que las personas que abogan por esta tendencia realmente quieren experimentar una vida en libertad. Por ello se dejan innumerables horas de sus vidas en los Centros Sociales, o se rompen la cabeza tratando con gente que tiene una experiencia política muy distinta a la anarquista. Sin embargo las buenas intenciones no vienen libres de críticas, y así debiera ser para todo el mundo. Lo que a mí me parece que está realmente desarrollándose aquí, es una visión anarquista alternativa de la sociedad y su funcionamiento. Una visión que a mi pesar bebe demasiado de análisis economicistas resultantes de plumas marxistas. O una visión que toma prestados conceptos de dudosa validez como el de «poder popular.» Sin esto, me es difícil dar explicación en mi cabeza a la idealización de lo social que se viene sucediendo en los últimos tiempos. Una idealización que está, por otro lado, llena de tabúes. Un ejemplo claro es el trato que se da a la población migrante por parte del discurso social de ciertos grupos anarquistas. En dicho discurso se habla del migrante como de una víctima pasiva de la sociedad capitalista, cuyo comportamiento muchas veces se justifica por la dureza de las condiciones de vida que ha de llevar (explotación laboral, aislamiento social, incomunicación emocional con su familia, etcétera). Solamente de una idealización de lo social puede nacer una visión tan polarizada de un colectivo humano. Queda como tabú decir que les migrantes también delinquen de múltiples formas contra otros seres humanos: roban, intimidan, asesinan, violan, extorsionan… Queda como tabú decir que les migrantes también explotan laboralmente a otras personas, o que complacientemente aceptan los valores del capitalismo: gana más, cuanto más mejor, aspira a tener un gran coche y dos televisiones de plasma, vete de vacaciones, etcétera. En el mejor de los casos, cuando ciertos grupos reconocen que les migrantes también son parte de esta normalidad social, les excusan diciendo una vez más que son víctimas del sistema, los eslabones más débiles de la cadena.[5] Pero dicha idealización social se desmonta cuando encontramos otres migrantes que se niegan a ser partícipes del espectáculo capitalista, de la misma forma que algunas personas «autóctonas» delinquen, y otras no.

De todo esto se deriva que lo social no produce normas colectivas, homogéneas, de comportamiento y pensamiento. No existe la idílica clase obrera del pensamiento marxista, como tampoco existe el idílico movimiento social. Cabe también dudar de la supuesta «re-orientación» libertaria de los movimientos sociales que el anarquismo social pretende mediante la creación de lazos y puntos de contacto. Si el problema es la sociedad y lo «social» que genera, entonces haríamos mejor en plantearnos cómo destruir esa normalidad opresora que nos impone el sistema. Y aquí es donde el concepto de individualidad entra con fuerza. Lejos de pensar que la revolución será un gran golpe de las masas oprimidas contra el sistema autoritario, parece más razonable pensar que si algo puede hacer cada cual es empezar a desterrar lo social (lo normal) de su propia forma de vivir. Esto no se refiere a estilos de vida anarquista o modas vacías de contenido revolucionario, sino que directamente pone en la palestra el potencial de la individualidad humana, su capacidad de tomar decisiones y comprometerse con ideas y prácticas ilegalizadas por el espectáculo del poder. Se ha repetido numerosas veces que si la explotación capitalista y la sociedad autoritaria se reproducen en el tiempo y espacio es porque masas de gente sumisa siguen agachando la cabeza, ya sea por comodidad, por consentimiento, o por gusto. Las decisiones de vida pueden analizarse de manera social, pero a fin de cuentas la última y definitiva responsabilidad de los actos de una persona residen en la propia persona. No podemos decir que tal o cual colectivo está forzado a vivir de tal manera («roban porque no tienen qué comer», «se tiran a la droga porque están alienades»), de la misma forma que tampoco podemos decir que tal o cual colectivo tiene unos objetivos intereses («la clase trabajadora es antagonista de la clase burguesa»). Dichos antagonismos, dichos actos (robar, consumir drogas) se dan en un espacio social conformado por el propio sistema autoritario, espacio en el cual opresores y oprimides pueden jugar al mismo juego. Lo social, lo normal, la sociedad según está conformada, es el campo en el que la autoridad y el poder tienen rienda suelta. Sin embargo, en la individualidad, en el «ego», existe la posibilidad de deshacerse del sistema (lo que no significa que se realice en todos los casos).

Pensar en la anarquía desde el «ego» es abrir la existencia propia a todo un nuevo abanico de posibilidades. Cabe decir que el «ego» no es ese elemento «egoísta» que obvia a las demás personas y mira solamente por su propio bien sin tener en cuenta nada más allá de sus propios intereses. Un ego revolucionario, quiero pensar, lleva a las personas a relacionarse intensamente con otras personas: para descubrir, para explorar, para jugar, para disfrutar al máximo de la vida en rebeldía. Sin embargo, dicho ego revolucionario es amenazado en las grandes masas ciudadanas que ni tan siquiera se han planteado la cuestión del poder y la autoridad. Trabajando desde el ego y desde la relación con otros egos revolucionarios, una persona puede avanzar en la eliminación de todos los valores autoritarios que nos inculca la sociedad. Dicho avance personal es necesariamente obtenido mediante la interacción humana, pues el carácter autoritario de la sociedad se da a través de relaciones sociales. De ahí que hable de anti-social, de anti-normalidad, como una manera de rechazar las trabas que el poder pone a nuestra libertad. El «ego», es decir, tú misme, termina siendo el ente que tiene la última palabra sobre su propia existencia. El hombre que viola a una mujer al amparo de la noche no lo hace por estar alienado, sino por formar parte de la normalidad autoritaria de nuestra sociedad patriarcal. La persona necesitada que se lanza al robo de otras personas económicamente explotadas no lo hace por necesidad material, sino por no haberse desecho de los valores de competitividad y depredación humana que nos enseña la sociedad actual (recordemos que las personas ricas también roban, y que si éstas no son atracadas a diario por el ejército marginal de lo que ellas llaman «barrios bajos», es porque la gente de estos últimos no se ha desecho del respeto al poder y a la autoridad).[6] A pesar de que a menudo se dice que la sociedad actual es muy individualista, pudiera pensarse también que lo social (la sociedad) mediante numerosos mecanismos (instituciones estatales, leyes, normas morales que determinan las relaciones humanas, etcétera) reprime la creación de un ego fuerte y seguro capaz de romper con todas las constricciones sociales impuestas en sociedad.

La atomización de las comunidades poco tiene que ver con desarrollar y cultivar un ego crítico y revolucionario. Pareciera que la tendencia social-anarquista olvidase que para que haya una guerra de clases tiene que haber personas combatiendo a ambos lados del campo de batalla. Hoy por hoy la realidad es más bien un matadero («lobos y corderos», que dirían otres), donde la única verdadera conciencia de clase es la de la clase burguesa (y el resto se contenta con imitar el estilo de vida de les poderoses). Ésta es la realidad social. Esto es lo social de nuestras existencias. Y la individualidad, el ego revolucionario, no sucede fuera de esta realidad social sino en su seno más profundo. Producto de la adquisición de conciencia a través de experiencias humanas en el espectáculo capitalista, una persona empieza a desarrollar una individualidad que explota el potencial humano cuando queda liberado de normas sociales: «robar en el súper» ya no es tal, sino que ahora es «expropiar a les que nos explotan»; «vandalizar la vía pública con pintura» ya no es tal, sino que es «difundir la rebelión reclamando el espacio público», y la lista como imagináis continúa para rato largo. Ahora es también cuando el ego puede experimentar al máximo sus relaciones sociales mediante la búsqueda de otros egos revolucionarios, mediante la corrupción/perturbación de esa «normalidad social» pone cadenas a nuestra libertad.

Ahora, pensemos de nuevo: ¿qué nos quieren decir cuando dicen que Pablo Iglesias es el «referente social»? Y más importante: ¿qué pensamos cuando dicen que el anarquismo debe ser el motor de los movimientos sociales?

Notas

[1] Conste que en estos discursos «social» se intercambia muy a menudo por «popular», pero tengo la sensación de que éste último término se está dejando lentamente en desuso porque no concuerda en el imaginario común con las visiones que se tienen de las clases medias profesionales. De ahí que, tal vez, se use más «social» o «ciudadano» para incluir todavía a un mayor número de personas en las arengas políticas.

[2] Aclarar que no tengo nada en contra de las «okupas» cuando éstas funcionan como un centro de contra-información e intercambio de ideas y experiencias. En este texto hago referencia a esos Centros Sociales que se pueden encontrar a lo largo y ancho de Europa (y otros continentes) los cuales ejercen más bien como Centros Culturales para el barrio, no creando así una experiencia revolucionaria y subversiva, limitándose a aliviar las tensiones sociales y «moderar» sus ideas/prácticas bajo la lógica de «atraer a cuantes más vecines posibles.»

[3] Recordemos que en la sociedad autoritaria actual el sistema siempre deja un margen más bien ancho de disidencia. Es el propio sistema autoritario el que dicta contra qué se puede rebelar (hoy por hoy prácticamente todo), pero también dicta cómo se debe hacer dicha rebelión regulada (es decir, nada de nada, palabras que se desvanecen en el aire junto a las miles de manos desnudas de les indignades).

[4] Con esto no quiero decir que esta gente (la ciudadanía, lo «social») no tenga buenas intenciones o sus intentos de cambio sean despreciables. Todo lo contrario, sus luchas y actos no han de ser despreciados por el anarquismo, pero al mismo tiempo debemos criticar la «foto» en todo su conjunto, sin idealizar a ciertos colectivos sociales (como la llamada clase obrera), ni sus quehaceres diarios.

[5] Quien vea racismo en este comentario es que no ha entendido nada de lo expuesto. Sugiero seguir leyendo el artículo.

[6] Este texto de por sí ya se está alargando demasiado como para debatir ahora si la emancipación del ego se da con mayor o menor facilidad dependiendo del contexto vital de cada cual.

A razón del anarquismo social

Desde el estallido de la crisis se ha acelerado el proceso de socialización del movimiento anarquista. Con «socialización» me refiero a algo muy específico, a saber, el proceso de acercamiento del movimiento anarquismo a la ciudadanía. Dicho proceso se ha dado gracias a una gran variedad de dinámicas que han establecido lazos entre las personas del movimiento y la ciudadanía. Este anarquismo social habla así de politizar a los barrios, de orientar a las marchas ciudadanas, de influir en las asambleas de barrio (o crearlas y fomentarlas), de sumar gente, de llenar de contenido libertario a las distintas protestas ciudadanas (de currantes, de estudiantes, de personas en paro, de migrantes, etcétera), y la lista continúa. Hoy en día, este anarquismo social, me atrevo a decir, es el predominante donde el movimiento anarquista existe. Esta predominancia no viene libre de inconvenientes para aquellas personas que no comulgamos con lo que propone lo que ya se llama abiertamente «la corriente social del anarquismo.» Como corriente predominante, el anarquismo social se impone en el ideario común de las personas como la opción más válida en términos tanto morales como prácticos (entiéndase de eficacia); se impone, en definitiva, como opción y no como alternativa, generando así todo un sistema de discursos que lo validan, justifican, y que excluye a otras formas de vivir la anarquía. Con este texto me gustaría resaltar uno de los puntos del anarquismo social con los que estoy más en desacuerdo: la concepción de lo social.

A menudo escuchamos/leemos que la revolución social llegará cuando las masas de gente se conciencien y levanten contra la opresión del sistema. Para ello, dicen algunes, hay que trabajar con la gente; hay que estar de su lado; hay que involucrarse en sus proyectos de lucha y resistencia. A estas actividades, entre otras, las denominan «sociales», quedando las demás calificadas (normalmente de manera despectiva) como «individualistas», «pequeño-burguesas», «nihilistas», «sectarias», etcétera. Desconozco si esta apropiación del concepto «social» se hace de manera consciente y/o malintencionada, pero termina resultando en discursos excluyentes y, en definitiva, de poca capacidad para la auto-crítica. Aquellas personas tachadas con palabras como «nihilista» o «individualista» no negamos la existencia de lo social, sino que entendemos, en pocas palabras, dos cosas: 1) que la sociedad no es meramente la suma colectiva de todas las personas que la componen, y 2) la libertad humana viene dada cuando la individualidad de cada persona es potenciada y experimentada. Esto supone negar, criticar, y combatir la idealización de la sociedad que realiza el anarquismo social, idealización que bebe notablemente de las corrientes de pensamiento marxista y obrerista de los siglos XIX y XX. Entre otras cosas, dicha idealización desemboca (en casi todos los casos) en el flirteo con posturas vanguardistas. Por ejemplo, cuando leemos que el movimiento anarquista ha de colaborar en el Estado español con las Mareas ciudadanas para dar «contenido político» y «orientación anarquista» a sus dinámicas, estamos leyendo entre líneas que estas personas anarquistas saben algo que el resto no sabe, y eso que saben es ineludiblemente más acertado y superior. Es decir, se establece una jerarquía de ideas y pensamientos que en el mejor de los casos deriva en casos más o menos agudos de paternalismo intelectual. Por mucho que leamos que todo esto tiene que ver con «salir del gueto», la verdad es que no se puede negar el componente de superioridad (ya sea moral, teórica, intelectual, y/o práctica) que este discurso conlleva.

Con todo, la crítica a la participación del anarquismo social en los movimientos sociales y ciudadanos no puede realizarse exclusivamente con lo mencionado en el anterior párrafo. Otras corrientes anarquistas, específicamente aquellas denigradas por el anarquismo social, aceptan y realizan tareas de comunicación social para difundir sus ideas, experiencias, y proyectos. Pero también lo hacen para compartir espacios comunes de reflexión teórica y práctica. Lo que distingue a las últimas de la primera es la concepción moral de sus valores e ideas: el anarquismo social pareciera que en sus discursos entrevé un único análisis objetivo y acertado de la realidad humana, mientras que otras corrientes niegan la posibilidad sistemática de absolutos universales. Cuando el anarquismo social, por ejemplo, critica al anarco-nihilismo griego o italiano de «sectario» y «vanguardista» demuestra una clara ignorancia de lo que critica (y no será por falta de escritos). Pero lo que personalmente más me preocupa no es la supuesta ignorancia del anarquismo social, sino que dicha ignorancia sea más bien una purga de las ideas críticas con las suyas propias (y la última vez que me replanteé los valores de libertad del anarquismo no encontré mención alguna a la censura y a la difamación). No obstante, sí que es cierto que de vez en cuando tenemos el privilegio de leer críticas bien argumentadas provenientes del anarquismo social hacia otras corrientes, pero no corresponde a este texto hablar de esto. Lo que sí que corresponde a este texto es cuestionar la idealización de la sociedad de la que hablaba antes.

Retomando lo que parece la concepción más aceptada de «social» en los escritos/discursos del anarquismo social, cabe mencionar que, resultante de la ya mencionada idealización, en la mayoría de casos se termina separando «sociedad» y «Estado.» De esta manera parece que la «sociedad» para el anarquismo social es una comunidad idílica de personas bien-intencionadas por naturaleza pero que el Estado (y sus instituciones) corrompe y envenena. Ante esto cabe cuanto menos plantearse cómo se dieron los Estados-nación en primer lugar: ¿cayeron del cielo sin más? ¿O se pensaron, impusieron, y reprodujeron desde el interior de la sociedad? ¿Es el Estado el único problema de la humanidad? ¿O lo es también la propia sociedad en sí? El anarquismo social con su discurso idealizado y ciudadanista[1] muchas veces cae así en el problema de contradecirse en la fluctuación que se da entre su teoría y la práctica.[2] Si aceptamos que la sociedad en sí está llena de comportamientos y valores repugnantes, y que todo esto no se mantiene solamente porque el Estado así lo dice mediante leyes y porrazos, sino que el espectáculo de la explotación se sustenta por masas de gente pasiva, sumisa, y complaciente con las migajas que el sistema les da, entonces no cabe la posibilidad de argumentar con coherencia que la participación social del anarquismo sea beneficiosa (y cabe también preguntarse cómo se puede pensar lo primero y hacer lo segundo sin sufrir una crisis de valores internos).

Como ya se ha mencionado, aquellas corrientes tachadas despectivamente de «individualistas» (como si hubiera algo malo en reconocer la individualidad de cada persona) no niegan la dimensión social de la vida humana. Todes hemos nacido en sociedad, nos han educado en sociedad, hemos crecido en sociedad, y seguramente moriremos en sociedad. Pero esto no quita para que vivamos en sociedad sin criticar, rechazar, y por qué no, impedir la reproducción de aquellas dinámicas y valores que tanto nos repugnan: racismo, sexismo, clasismo, conservadurismo religioso, etcétera. De ahí que algunas personas dentro del movimiento anarquista hablen de un pensamiento «anti-social», que no quiere decir que se niegue la actividad humana en relación con otras personas, sino que resalta la negación más contundente de la sociedad explotadora que fomenta cualquier sistema autoritario. Lo social resulta hoy que no es las comunas obreras viviendo en armonía y felicidad, sino personas de clase obrera que no dudan en condenar a las personas migrantes por todos los males que sufren. Lo social resulta hoy que no es las asambleas donde todo se decide por consenso pacífico, sino las reuniones donde se buscan soluciones intermedias para mendigar unos pocos centímetros más de cadena. Lo «social» con lo que tanto sueña el anarquismo social resulta que no se adapta a sus análisis de corte marxista, donde las condiciones materiales de existencia de cada persona (es decir, su clase social) determinan su comportamiento, sus ideas, y sus intereses. No habrá masas obreras que se levanten en nombre de la anarquía por mucho que levantemos las manos vacías en las Marchas de la Dignidad. No habrá asambleas libertadoras por mucho que intentemos autogestionar las miserias de este sistema productivo. He aquí la podredumbre de esta sociedad y su «social»: el poder y la resultante autoridad. Si lo «social» de nuestra sociedad pide mejores sueldos sin plantearse cambiar las relaciones de poder/autoridad en sus trabajos, en sus relaciones amorosas/familiares, y en sus amistades, entonces mejor estábamos sin la etiqueta de «social.» El poder y su autoridad están bien vivas en las asambleas del 15M, en las fábricas autogestionadas de Grecia, o en las mareas y movimientos sociales del mundo entero, si no se eliminan sus raíces y todas las diminutas ramificaciones autoritarias que se dan en la vida social cotidiana. Por ello hay que replantearse seriamente el concepto de «anti-social», no porque se niegue el aspecto colaborativo y comunitario del ser humano, sino porque no encontramos libertad en la sociedad actual.

Pero para seguir pensando y plasmando nuevas ideas en nuestro quehacer revolucionario hace falta querer escuchar y comprender a compañeres con ideas (y prácticas) distintas a las propias. El diálogo entre ideas es fundamental en el anarquismo, sino se tiende a caer en ortodoxias construidas sobre torres de marfil (y las torres de marfil están siempre defendidas por paladines de lo sagrado). Tener una actitud abierta sin soberbia ni pretensiones de universalidad es un buen camino para crear nuevas, dinámicas, y más eficientes formas de destruir la sociedad que nos oprime. Plantearse lo tabú, pensar en lo que no se suele pensar (por creer que ya está dado, como que el Sol sale por el este), y escuchar las experiencias de otres compañeres, son potentes armas contra el poder y la autoridad de esta civilización opresora. Sin que suene a recochineo el anarquismo social haría bien, aquí y ahora, en escuchar sin prejuicios a esas voces a las que que juzga y condena, porque en interés de muches está la destrucción de la autoridad. Y para esto necesitamos organización que desemboque en ataques eficaces contra el Estado y el poder.

Notas

[1] Ciudadanista porque termina participando de ideas y dinámicas propias de la ciudadanía actual, como las Mareas.

[2] Me consta (o quiero pensar) que solamente el rancio marxismo piensa que el Estado en manos de la burguesía es la única traba a la emancipación humana. Aunque es difícil pensar así cuando anarquistas hablan de autogestión obrera, empoderamiento popular, participación ciudadana, etcétera.

Madurar políticamente

Ya nos divertimos suficiente, es hora de ponerse las botas y desfilar. Hemos dejado de  ser críos y crías odiosas de la ESO, o saliendo de sus últimas etapas. Comenzamos a dejar atrás el irracionalismo y los impulsos, a controlar los vaivenes emocionales. La etapa adolescente es volátil, vivimos una vida intensa y dinámica, con aventuras y desventuras. pero todo fue efímero. O no. Hay ocasiones en que la fiebre adolescente perdura incluso pasados la mayoría de edad. Y ahí nos dicen que maduremos, que dejemos de llorar e idealizar mundos porque la realidad es así y tal pascual. No fallan, atinan de lleno cuando una y otra vez chocamos con muros de muy diversos materiales: la empresa, la precariedad, la familia, las leyes… Luego la realidad no es lo que imaginábamos ni que sería fácil saltar o derribar muros. No, la realidad es ésta y no la que nos imaginamos. La realidad material son muchas cosas pero solo hay una y es el entorno material que nos rodea, el tablero en donde nos movemos y quien no sabe jugar la partida, caerá al abismo, a la miseria, se baja o les bajan al subsuelo. Pues así pasa con la política. O espabilamos o nos comen.

Hace tiempo hice una serie de viñetas titulado ‘Infantilismo político’ en la cual hice una crítica a ciertas actitudes que impedían la construcción de movimiento, de hacer política racionalmente y de manera sensata. Sin embargo, queda incompleta en cuanto falta una crítica constructiva en general y es de lo que quiero tratar aquí, aprovechando también para añadir otras cuestiones más. Con madurar políticamente no me refiero a renunciar a las ideas revolucionarias, como nos suelen reprochar nuestros padres o madres o cualquier persona adulta para que las dejemos. No. Madurar políticamente es pensar con la cabeza y mente abierta, y no repitiendo consignas y clichés prefabricados; es dejar las abstracciones ideológicas y pisar la realidad material; es saber analizar el entorno y las dinámicas sociales, las situaciones económicas y políticas desde un punto de vista imparcial, y también saber dar unas respuestas a ellas, cómo afrontar situaciones presentes en esta realidad sin perder las aspiraciones futuras. Continuamente debemos estar repensando los conceptos y actualizar los puntos de vista, así como ampliar conocimientos. Por ello, temas como el de la violencia, las relaciones con la sociedad, otros movimientos sociales y otras corrientes políticos, la relación con otras ramas del conocimiento como las ciencias, en las cuales están incluidas las matemáticas, la física, la química, la biología, sociología, etc, deben tratarse con mayor profundidad. Comencemos:

El asunto de la violencia y no-violencia lo he tratado ya aquí y la conclusión no es solamente violencia ‘sí’, sino que las tácticas deben partir de la estrategia teniendo en cuenta factores como el grado de presencia de tendencias políticas y movimientos sociales, su historia, las reivindicaciones, y acorde a tales, optar por la violencia o no. Si no se mira más allá del estallido violento, correremos el riesgo de apoyar protestas liberales y neonazis.

Respecto a la relación con el resto de la sociedad. No somos ni deberíamos ser grupos herméticos, individualidades excéntricas y aisladas del resto de la gente corriente y moliente (léase personas sin una orientación política clara). Guste o no, vivimos en sociedad y nos relacionamos con gente cercana en nuestro entorno que no siempre comparten nuestras inquietudes. Hay que destruir los clichés, estereotipos y mitos que nos hacen como seres extraños que viven en su burbuja y solo viven del pillaje o de los padres. Somos mortales de carne y hueso, estudiamos, trabajamos, tenemos nuestros vicios y aficiones, etc, pero somos personas como las demás y no vivimos de ideales. Eso sí, con la diferencia de que tenemos cierta conciencia política aunque esto no quiere decir que podamos sentirnos superiores moralmente.

Respecto a otros movimientos sociales, pues más de lo mismo. Ni los movimientos sociales nacen anarquistas ni los y las anarquistas somos movimiento per se, ni somos la única fuerza política en el escenario político., y por supuesto, no podríamos hacer la revolución sin bases sociales, sin movimientos sociales y sin ser actores políticos. No hablo de zambullirnos en ellos y mezclarnos en las masas, sino de entender su desarrollo, trayectoria, reivindicaciones, perspectivas, etc para ver cómo podemos impulsarlos y dotarlos de orientación política a través de nuestra participación y aportación en las luchas que se den. Además, es necesario que nos organicemos a nivel político, y a la vez que caminamos junto con otros movimientos, construir nuestro propio movimiento y demostrar la utilidad del anarquismo como herramienta política y social transformadora.

Igualmente añado aquí algo con respecto a otras tendencias políticas dentro de las corrientes revolucionarias. Aquí hay que ver con quiénes podemos compartir acciones comunes o con quiénes mantenernos neutrales. Sería un error centrarnos en combatir un enemigo que no resulte una amenaza real para nuestro movimiento, ya que dicha amenaza viene del Estado y el sistema capitalista. En todo caso, las circunstancias dirán.

Por último, pienso que es importante tomar el tema de las ciencias con mayor rigor y seriedad. Es cierto que hoy en día la ciencia y la tecnología está al servicio del status quo, o, dicho de otra manera, que juega en favor de los intereses de la clase dominante, y podemos encontrar casos como la biología que justifica el darwinismo social o que justifica la dominación heteropatriarcal, la tecnología no respete el medio ambiente, la física se use para fines militares, las matemáticas para el cálculo del beneficio económico, etc. No obstante, es un grave error pensar que por el hecho de que las ciencias sirvan a los intereses de la clase dominante, las tengamos que rechazar y huir hacia las pseudociencias y el misticismo, al rechazo irracional del método científico aplicado al análisis social y político, al idealismo. Todas las ramas del conocimiento científico pueden servir a una clase social u otra dependiendo de cuál sea la dominante o hegemónica. Esto quiere decir que es otro espacio de disputa: la Ciencia.

Por tanto, las ciencias también están politizadas y la postura más acertada es intentar recuperarlas y ponerlas al servicio de la clase trabajadora y los productores y productoras. Así pues, mediante la biología podemos demostrar que es el apoyo mutuo el garante de la supervivencia de las especies, que el sexo no condiciona el género; que podamos desarrollar tecnologías no contaminantes; que podamos usar la física para fines no militares; que las matemáticas sirvan tanto para visibilizar las desigualdades económicas y sociales en el sistema capitalista, como para calcular la redistribución y reparto de la riqueza adecuadamente en una economía socializada, etc…

En resumidas cuentas, la política no es un juego de niños y niñas. Suena demasiado obvio decirlo pero parece que ciertas personas que se autodenominan anarquistas no se den cuenta de ello. La razón por la que los adultos nos tachen de infantiles es porque el anarquismo es visto por otras personas ajenas al movimiento, no como una alternativa política real como lo fue hace un siglo, sino como una estética de rebeldía juvenil. Si los y las anarquistas actuásemos en el seno de la sociedad como una alternativa política seria, construyendo e impulsando movimientos sociales autónomos, organizándonos en todos los ámbitos (social, sindical, barrial, político-ideológico), aportando propuestas políticas tanto inmediatas como futuras, conectando todas las luchas sociales, ganando pequeñas victorias en las luchas actuales, creando espacios autogestionados, etc; en vez de hacer adulaciones al caos y la destrucción o encerrarnos en abstracciones ideológicas y el ‘antitodo’, lo más probable es que bastantes personas dejen de tacharnos de soñadores inmaduros, con la excepción de nuestros enemigos y enemigas que estarán para infantilizarnos. Pero lo anterior es secundario, la clave está en convertirnos en un movimiento de clase diverso, autónomo y real, capaz de realizar cambios en la realidad material y acentuar la lucha de clases mediante una política anarquista. Aspiramos a la revolución social, pero no en los patios de recreo y en la perfección del mundo de las ideas, sino en el seno de la clase trabajadora siendo un actor político referente para todas las luchas.

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