La supremacía cultural

En relación a los últimos acontecimientos ocurridos en Gaza, donde la población está siendo masacrada sin piedad por el ejército israelí, y teniendo en cuenta el importante papel del racismo en este tipo de conflictos, me gustaría compartir mi reflexión al respecto.

La globalización, entendida como la expansión a escala planetaria del sistema de consumo capitalista, está produciendo una continúa homogeneización cultural al mismo tiempo que se nutre de ella, erosionando hasta la muerte las distintas identidades culturales que dotan a la esfera de su mayor riqueza. Esto implica una sustitución de los roles de las distintas culturas por otros ya establecidos por la cultura de masas (descendiente de la moral occidental judeocristiana), suprimiendo los positivos e intensificando o conservando los negativos según el caso. No supone bajo ningún concepto una disminución de los posibles prejuicios raciales de cada cultura, sino su intensificación y/o focalización hacia los grupos étnicos más molestos para los intereses de las grandes potencias.

Este hecho se ve perfectamente reflejado en los mass media y la industria del entretenimiento, (véase la ingente cantidad de superproducciones y videojuegos sobre las guerras de Vietnam, Iraq, la segunda guerra mundial etc) como ocurre con cualquier tipo de prejuicio, rol o estereotipo mínimamente beneficioso para el sistema de mercado. Es base indispensable de su funcionamiento, una muy eficiente herramienta tanto para legitimar las instituciones opresoras que le sirven de defensa (fuerzas policiales, jurídicas, estatales, militares etc), como para justificar la explotación y exterminio que llevan a cabo sobre las minorías étnicas o los pueblos más indefensos y, al mismo tiempo, mantener divididas y enfrentadas a las clases oprimidas en su lucha contra las clases opresoras.

Nos encontramos, pues, en la mayoría de los casos, con nuevas generaciones que, una vez perdido su sentimiento de pertenencia a la cultura de su país/región, conservan los prejuicios raciales de la misma y/o reproducen los promovidos por el capital, siendo cómplices inconscientes del paulatino empobrecimiento cultural humano, y, por tanto, de las atrocidades cometidas por las grandes potencias y corporaciones contra las desheredadas.

Israel con Palestina, China con el Tibet, Marruecos con el Sáhara, Turquía y sus amiguetes de Oriente Medio con Kurdistán y un largo etcétera. Denunciar las prácticas contra las naciones oprimidas debe significar denunciar la globalización. Socavar el monopolio capitalista de la cultura. Sólo así será posible acabar con cualquier actitud y práctica contra la igualdad de derechos del conjunto de la humanidad.

Violencia

«El temor de que el movimiento anarquista asentado en nuestro país retome su campaña de violencia ha crecido exponencialmente en los últimos días» – El Mundo (27/07/2014)

Asco de prensa burguesa que solamente busca perpetuar la dominación y explotación desde su tribuna podrida por tanta autoridad moral. Nada bueno puede salir de sus salones, así que no te fíes de sus (des)informaciones, de sus recomendaciones culturales, ni tan siquiera de sus recetas de cocina. Publicarán lo que beneficie a la clase dominante y su sistema de esclavitud. Hablarán de anarquistas terroristas o jóvenes peligrosamente armades (¡con cerebros, diría yo!). Hablarán de tal o cual proyecto de ley como si les polítiques y los Congresos pensaran en la gente que les vota (piensan en elles cuando se acerca la hora de meter el dichoso papelito en la urna). Hablarán de la policía como la compañía sacrosanta encargada de velar por la seguridad de todas las personas (me meo). En definitiva, te presentarán una realidad perturbadora, maléfica, y amenazadora de la que solamente el orden, la ley, y aquellas personas que velan por estas cosas son capaces de salvaguardarte (física y moralmente).

No dirán que la violencia genera familias desahuciadas, que la violencia vive en la esencia de las hipotecas bancarias y, con más visibilidad, en la acción física de les payases con placa y pistola que te tiran la puerta y te sacan a las malas. No dirán que la violencia se aloja en esa casa de bufones llamada Congreso, donde una elitista minoría elige a otra élite todavía más minoritaria que decide sobre el futuro y las vidas de millones de personas. No dirán que la violencia impregna todas y cada una de las letras de las firmas de eses bufones tan prestigioses que se ganan la vida a costa del sudor y sangre del resto. No dirán que los mismos leones que guardan el Congreso están hechos con un material que supura pura violencia. No dirán que el barrio en el que se decide gran parte de la política de esta parte de la Península respira el violento hedor de la gentrificación y el «desarrollo» capitalista. No dirán que los coches de gama alta que conducen esos gorilas con gafas de sol y pinganillos en las orejas han sido fabricados a base de violencia y explotación. Para qué hablar del material que los propulsa, extraído a base de violencia contra el planeta y el futuro de nuestra especie, incluso promoviendo absurdas guerras contra pueblos tan inocentes que une se pregunta si es que realmente les seres humanes son inteligentes.

Tampoco te dirán que la violencia adorna los estantes coloridos de los supermercados, tan llenos de marcas vistosas, productos novedosos, y ofertas mega-fantásticas. O que la violencia fluye por la megafonía comercial de los grandes almacenes para controlar tus deseos consumistas y dictarte el ritmo al que debes caminar. No dirán lo violento que es ver solamente a personas blancas en los telediarios de un país que debe tanto a personas de otras latitudes. No dirán que su lenguaje es asquerosamente violento para con las mujeres, como si lo general y positivo fuera de género masculino y lo negativo y lascivo de género femenino. No dirán que la publicidad de sus programas de televisión, o los anuncios impresos en las páginas de sus periódicos llevan integrada la violencia de un sistema que chupa la vida a personas explotadas. No dirán que poder escoger entre Pepsi y Coca-Cola no es ni libertad, sino esclavitud en botellas de plástico. No dirán que todo el entretenimiento estúpido al más puro estilo romano del «pan y circo» es violencia contra la dignidad de cualquier persona que se sabe medianamente inteligente. No dirán que la delgadez de les niñes de ciertos barrios es violencia, más todavía cuando se contrasta contra la obesidad barriguera del vino y marisco de ciertas personas que gustan de chupar cámara en televisión. No dirán que la violencia se aplica en las escuelas, institutos, y universidades, donde además también te enseñan a que te guste dicha violencia y a agachar la cabeza ante las personas que la sustentan. En definitiva, no dirán que este podrido mundo suyo se basa única y exclusivamente en la violencia que unas clases ejercen sobre otras para poder vivir fagocitando a seres humanes adiestrades para ser devorades.

Cuando la violencia se institucionaliza, cuando se vuelve estructural, sistémica, y hasta «esencia» de la humanidad, les explotades tienen dos alternativas, y escoger entre ellas depende última y definitivamente de elles mismes. Una es agachar la cabeza, decir a todo que «sí», y seguir comiendo la mierda que nos echan. La otra es decir «no, ya basta.» Violencia no puede ser el acto de resistencia. Violencia no puede ser el acto de supervivencia. A ver si es que los medios de (des)información no saben distinguir entre actos violentos y poemas escritos en botellas flamígeras.

Tenemos que ser como la patronal

No es noticia que a la clase trabajadora no nos va de maravilla precisamente. La cuestión sería cómo dar la vuelta a la tortilla. Desde aquí va una propuesta: seamos como la patronal. Como esta afirmación puede sonar rara a los lectores y lectoras de este blog, me explicaré.

El pasado 26 de marzo José Ángel Crego, jefe del Círculo Empresarial Leonés (CEL), conseguía sus cinco minutos de gloria al afirmar que los trabajadores y trabajadoras deberíamos pagar por ser despedidos: “Una empresa que da diez años de trabajo a una persona, ¿por qué además tiene que pagar? No podemos dar por válidos los axiomas de toda la vida. ¿Por qué el trabajador no le paga 45 días por cada año que la empresa le ha estado pagando un sueldo y le ha dado trabajo?”.

Crego se unía así a la retahíla de insultos y provocaciones que desde las burocracias capitalistas se dedica desde tiempos inmemoriales, pero con más intensidad en estos últimos años, hacia nuestra clase. Es cierto que algunos factores explican tanto sadismo. En el caso de Crego, la propuesta le vendría que ni pintada teniendo en cuenta que Telemark, subcontrata en la que Crego desempeña sus tareas de explotador, está inmersa actualmente en un ERE. En el caso de la CEOE, otra organización que realiza propuestas violentas día sí día también, es conocido que la escisión de la crème de la crème capitalista en el Consejo Empresarial para la Competividad en febrero de 2011 y el sinnúmero de casos de corrupción de muchos de sus responsables la han dejado algo marginada, por lo que el radicalismo verbal puede ser una mera táctica para no perder comba. Pero estos factores no explican todo. Para entenderlo hay que mencionar la admirable personalidad de la burguesía.

He escrito “admirable”, sí. No hay nada más deprimente que ver las ambiciosas propuestas capitalistas para reforzar su poder de clase y compararlas con las tristes y reaccionarias batallas jugadas por las organizaciones obreras, aspirantes sólo a conservar los escasos islotes de poder obrero que se consiguieron hace décadas (precisamente cuando la clase obrera no era reaccionaria sino valiente). Ya las conocemos: “no privaticen… -ponga aquí el servicio público que prefieras”, “no a la reforma laboral”, “no nos echen de nuestras casas”, etc. Sólo falta añadir: “Por favor”.

En cambio, la burguesía cabalga sin cesar a profundizar su poder en base a la “acumulación por desposesión” de la que hablaba Marx y ahora David Harvey. Desposeernos de los salarios, las prestaciones por desempleo, las pensiones, las viviendas, los convenios, los servicios gratuitos o baratos, etc. Antes de conseguir algo, ya están proponiendo lo siguiente. Con su arrogancia, restringen el debate público a los márgenes por ellos deseados, hasta que consigan que debatamos si debemos pagarles por hacerles ricos.

¿No es admirable esta ambición inacabable? Creo que sí, y es tan magnífica que deberíamos hacer lo mismo. Basta ya de entrar en sus debates y basta ya de pretender salvar unos muebles que, por cierto, se caen de viejos. Creemos nuestros debates. No sólo queremos que no privaticen los servicios públicos, sino que queremos expropiar todo lo perteneciente al Estado y al capital y gestionarlo de forma común y democrática. No sólo queremos que nos den cuatro euros por despedirnos, sino que vamos a despedirles a ellos, los capitalistas, porque son parásitos inútiles. No sólo peleamos por no irnos a vivir debajo del puente, sino que les vamos a quitar todos los inmuebles vacíos y sus mansiones y los vamos a repartir según la necesidad.

Los ricos nos dicen: “todo para nosotros, nada para vosotros”. Eso es precisamente lo que tenemos que responderles. Seamos valientes, seamos como la CEOE.

Eduardo Pérez

Las miserias de la marginalidad política

Antes que nada, aunque el título pueda parecer una respuesta al artículo de La Colectividad (aquí), en realidad no lo es expresamente. En este artículo pretendo expresar la necesidad de salir del estancamiento y el inmovilismo, causa además de que seamos una corriente ideológica marginal, que llevamos años arrastrándolo desde el desmoronamiento del movimiento libertario de los años ’70 y ’80 en el Estado español.

Cuando las aguas de un río se estancan empiezan a pudrirse. El mismo charco de agua que día tras día cambia de color y se hace más pequeño. Nadie le importará ese charco, salvo unos biólogos aficionados que van allí a recoger muestras. De esas aguas no beberá ningún ser vivo que no sean simples bacterias y algunos hierbajos. No así pasa con las aguas que fluyen, rápidas en las montañas y calmadas en las llanuras. Pero que constantemente fluyen y en ocasiones llegan a desbordar. Cada segundo se renuevan y en torno a ellas se nutren una gran variedad de seres vivos. ¿Qué demonios tiene que ver esto? Pues bien, una buena parte del anarquismo actual en el Estado español constituye uno de esos charcos malolientes que un día fueron riachuelos, arroyos e incluso grandes ríos de aguas bravas. Después de cuarenta años de dictadura franquista y un plus de más de treinta y cinco años de dictadura capitalista, todavía siguen esas aguas estancas que se niegan a fluir para seguir actuando de depósito de sedimentos de toda clase. Y desde ese montón de mierda reprochan a ciertos militantes que empiezan a navegar por aguas dinámicas, usando toda clase de improperios contra quienes formamos ríos.

Dejando de lado las metáforas, parece ser que no hemos sabido encajar las duras derrotas en el pasado siglo, cuando el movimiento obrero y el movimiento libertario estaba en su apogeo en el viejo continente. Ahora nos quedamos, por un lado, con resquicios de mitos y formas de hacer política anquilosadas que languidecen sin saber adaptarse a las nuevas dinámicas sociales, encerrándose en una suerte de «anarquismo oficial» únicamente con el objetivo de mantener su pureza ideológica y la organización por la organización. Y por otro, el insurreccionalismo que, pese a haber criticado esas viejas fórmulas anarquistas, no aportó realmente aires nuevos de cara a la lucha social, sino palos de ciego como muestra de desesperación e impotencia ante la incapacidad de sacar el anarquismo del anquilosamiento. Así seguimos erre que erre tropezando con la misma piedra y tirándonosla entre unas y otros mientras contemplamos desde los márgenes cómo crecen el ciudadanismo y la izquierda institucional ante la perplejidad, la confusión y desorganización de los movimientos revolucionarios, entre ellos el anarquista. ¿Por qué no estamos en primera línea desde que estalló la crisis capitalista? ¿Por qué una buena parte de sectores anarquistas siguen sin ser un movimiento social ni una fuerza política?

La teoría puede ser perfecta y pura donde todo puede marchar sobre ruedas en un entorno ideal, donde quienes la escriben pueden jugar a ser Dios determinando que a dicha estrategia le sigue tal consecuencia y si no es así, estará condenado a fracasar de antemano. Pero la praxis es bien distinta y muy condicionada por la coyuntura en que se desarrolle. Por eso aquí muchos y muchas resbalan. La incapacidad de conectar una teoría con una praxis, y que ambas se retroalimenten, que suponga salir de la marginalidad sin perder el norte es una gran debilidad por nuestra parte. Pero ya no es solo en la teoría, sino también en la praxis. En muchas ocasiones, no sabemos comunicar nuestro mensaje al resto de la sociedad, siquiera a nuestro entorno cercano ni a los movimientos sociales locales. Es más, nos autoaislamos tratando siempre de diferenciarnos del resto mirándoles por encima de sus hombros. Que ellos son reformistas y nosotros los revolucionarios y si no se nos unen es que son cobardes, ignorantes, reaccionarios o simplemente eso, reformistas.

Sin embargo, una mirada hacia otras partes del mundo nos aclarará quizá mucho las cosas y podamos tomar de ellas soplos de aire fresco para nuestras praxis en el aquí y en el ahora. Un repaso, por ejemplo, al anarquismo organizado en Latinoamérica podemos ver el grado de avance que existen en sus luchas y su presencia en las luchas sociales. Este es el caso de la FeL Chile como una importante fuerza estudiantil de inspiración libertaria, aunque actualmente, por desgracia, haya optado en parte por participar en las elecciones. No queda atrás tampoco el EZLN, que aunque no se declaren anarquistas ni sus formas tampoco tengan la aprobación de los guardianes de la pureza ideológica, son un paradigma de lucha muy respetable y su organización social y política evolucionó hacia el socialismo libertario. Cabe señalar igualmente la lucha pueblo kurdo, un pueblo sin Estado-nación de Oriente Medio y organizado bajo el confederalismo democrático que se inspira en el municipalismo de Bookchin y tiene bases socialistas libertarias, ecologistas y feministas.

También la historia está allí para que extraigamos de ella las lecciones más importantes y no para que la glorifiquemos o la olvidemos. Mencionaré principalmente los casos de la Revolución Rusa y la Revolución Social del ’36 por ser casos más conocidos y posteriormente extraeré de ellas las conclusiones:

-Caso de la Revolución Rusa.

¿Por qué los bolcheviques llegaron a ser la primera fuerza política en la revolución? En el período revolucionario comprendido entre febrero y octubre de 1917, los bolcheviques eran otra fuerza política más entre las otras que había como los mencheviques, los socialrevolucionarios de izquierda (SR) y los anarquistas. Los bolcheviques siguieron entonces una estrategia distinta a cuando llegaron a tomar el poder político y estuvieron organizando los soviets en base al lema «todo el poder para los soviets», mostrando además un cierto rechazo al Estado y favorable a la democracia obrera de los soviets, reivindicaciones que entrarían dentro del socialismo libertario. Cuando los mencheviques y el ala derecha de los SR salieron de la escena revolucionaria, quedaron los bolcheviques, el ala izquierda de los SR y los anarquistas. Éstos primeros, apoyados en los soviets y el haber estado más organizados que los anarquistas -que al estar fragmentados, no haber levantado una organización política y no construido una fuerza política entre los soviets, no tuvieron esa capacidad para saltar al escenario como fuerza mayoritaria- y los SR de izquierda, en el momento que derrocaron el gobierno provisional, pudieron los bolcheviques tomar el poder político con el apoyo de los soviets. Entonces, cuando comenzaron a organizarse los anarquistas, ya era demasiado tarde porque los bolcheviques ya tenían la sartén por el mango, comenzaron a reprimir a la disidencia y ganaron muchos más adeptos a su partido.

No nos podemos olvidar aquí de la makhnovitschina. Al contrario que los anarquistas rusos, parte de los y las campesinas del sur de Ucrania se levantaron contra el saqueo que se produjo por la entrada de los austro-alemanes a consecuencia del tratado de Brest-Litovsk. Desde entonces, comenzaron a organizarse destacamentos guerrilleros que posteriormente, formaron el Ejército Negro encabezado por Néstor Makhno, hijo de campesino que abrazó el anarquismo en la adolescencia. El movimiento makhnovista suscitó muchas críticas por parte de intelectuales anarquistas, que llegaron casos en que dejaron de apoyarlos por no verlos como anarquistas. No obstante, mucha población campesina que no tenía muchas afinidades con el anarquismo dieron su apoyo al makhnovismo. El peso militar, la organización del ejército y las pocas experiencias de construcción de una nueva sociedad podrían ser una de las razones por la cual ciertos anarquistas se mostraron escépticos. Sin embargo, la coyuntura de guerra constante que amenazaba la libertad de la población campesina y obrera libre obligaron a que el makhnovismo dedicase más esfuerzos en frenar a la reacción tanto monárquica, capitalista y bolchevique. Pese a la dureza de la situación, en los territorios liberados sí existieron labores constructivas de organización de la producción y creación de cultura popular, aunque se encontraban constantemente amenazadas y saboteadas por la reacción.

-Caso de la Revolución social del ’36

Como bien sabemos, a la llegada del golpe militar orquestado por los generales Mola y Franco, en zonas donde la CNT-FAI era la fuerza mayoritaria, el levantamiento militar fracasó. Esto se debe precisamente a un trabajo previo de más de 30 años en el ámbito sindical llevado a cabo por la CNT, sin olvidar el campo cultural, pedagógico y político que desarrollaron los y las anarquistas de aquellos tiempos. Pero en la CNT no se metían solo los y las anarquistas, sino simplemente trabajadores que vieron en la CNT un sindicato que realmente defendía los intereses de la clase trabajadora. Las colectivizaciones no hubiesen sido posibles de no ser por ese trabajo de base previo a la revolución social, de la organización a nivel social y la orientación política libertaria. Aun así, el grandísimo error que cometieron la CNT-FAI fue no abolir la Generalitat cuando llegaron a ser la primera fuerza política en Catalunya y no haber creado un programa político propio para no tener que colaborar con el gobierno burgués de la república.

Aunque la historia es historia, en ambos casos podemos extraer unas valiosas lecciones: el anarquismo necesita ser un movimiento social organizado para llegar a ser una fuerza política que dispute la hegemonía al resto de fuerzas políticas. En la revolución rusa, a causa de la desorganización del anarquismo, pereció y lo pagó bien caro. En cambio, no ocurrió lo mismo con el movimiento makhnovista, levantado principalmente por campesinos y campesinas en armas pero finalmente fueron derrotados por el bolchevismo; ni con la revolución social del ’36, aunque el error fundamental de los y las anarquistas del Estado español ha sido el de no abolir el Estado cuando pudieron y el no haber elaborado un programa político anarquista para profundizar la revolución social. Además, en aquellas épocas donde el anarquismo constituyó una fuerza revolucionaria y pudo por ello realizar la revolución, fue porque llegó a ser un movimiento de masas, pero no unas masas amorfas, homogéneas que conocemos en las sociedades capitalistas avanzadas sino unas masas conscientes que supieron organizar la vida social en libertad. De lo contrario, si estuviese fragmentado y desorganizado como lo estuvo en Rusia en 1917, o como lo está actualmente en el Estado español y similarmente en otros estados del mundo, siquiera llegaríamos a construir movimiento, mucho menos fuerza política y aún menos hacer la revolución, lo cual nos llevaría pues a la marginalidad, aislados y aisladas de la realidad social y política, lo que facilita además la represión del Estado y arrojarnos por ello al baúl de los recuerdos.

El anarquismo no es una bella utopía con la que soñar, ni revoluciones que han de esperarse en el sofá, ni teorizaciones de situaciones ideales y propicias para la revolución, ni un estilo de vida de tribus urbanas, ni aventuras desesperadas de ataques a los símbolos del Estado y el capital. El anarquismo debe servir como una herramienta teórico-práctica encaminada a la emancipación social de las clases explotadas y los pueblos oprimidos, que dé respuestas en las luchas inmediatas y tenga proyectos de futuro. En este panorama de crisis capitalista y agresiones neoliberales, seguimos teniendo mucho que aportar. Por suerte, cada vez más anarquistas estamos viendo que podemos incidir en la realidad material para salir de la marginalidad política y entrar en el escenario político y social, participando en cada lucha y celebrando cada victoria parcial lograda mediante organización popular y la acción directa. Cada desahucio parado, cada bloque de vivienda liberado, cada nueva okupación, cada abuso laboral frenado, cada despido anulado, cada empresa recuperada y autogestionada, cada barrio radicalizado, cada detenida liberada, cada huelga ganada, en general, cada lucha ganada en favor de las clases explotadas, son victorias que nos permiten avanzar y a partir de allí, hacer del anarquismo un movimiento social con fuerte presencia entre la clase trabajadora y a la vez, una fuerza política articulada desde las bases caminando hacia el socialismo libertario.

No prometemos futuros paraísos terrenales, los tenemos que construir día a día en la lucha social y en la lucha de clases.

La revolución será copernicana o no será

Y te preguntarás, ¿qué demonios es eso de que la «revolución será copernicana o no será»? Bueno, he de admitir que el título de este artículo lo pensé para llamar tu atención, porque la revolución, además de copernicana, es (y será) muchas más cosas. Otra cosa que has de saber antes es que este texto viene como respuesta al artículo de Lusbert «¿Por qué no hemos estallado?» que se publicó aquí en Regeneración hace unos días.[1] En lo básico concuerdo con el análisis que Lusbert hace en su texto: la sociedad capitalista de hoy día se caracteriza, entre otras cosas, por la indefensión aprendida, el individualismo liberal (que él llama burgués), y la falta de sentimiento colectivo. No obstante, creo que la causa final por la que seguimos manteniendo un sistema explotador y carente de libertad no es la falta de orientación política como Lusbert sugiere, sino algo mucho más profundo que no se articula del todo en su texto. Aquí es donde entra eso de «revolución copernicana.» Vamos a ello.

Indudablemente las personas que por casualidad nacieron «a este lado del mundo» son educadas y socialmente modeladas acorde con las normas y leyes del sistema de producción capitalista (al menos la inmensa mayoría de personas lo son). Desde que nacemos hasta que adquirimos las facultades necesarias para valernos por cuenta propia nos bombardean con todo un sistema de valores e informaciones que moldean nuestra visión del mundo. Esto es importante resaltarlo porque dichos valores no solamente informan nuestra perspectiva de la vida en términos de cómo es el mundo, sino que también lo hacen en términos de cómo ha de ser el mundo. Hasta aquí nada nuevo: la educación que recibimos desde la infancia condiciona el ser y el deber ser de la vida humana. Estos valores que son de naturaleza abstracta son sustentados y reforzados por la organización material de nuestra existencia. Por poner un ejemplo: no solamente nos enseñan a que la vida humana requiere de jerarquías y organizaciones verticales, sino que la organización material de la vida está diseñada para que así sea, y de esta forma tenemos profesores, jefes, policías (que representan la autoridad moral del Estado), etcétera. Otro ejemplo: nos enseñan a que la producción material de bienes y servicios es una de las metas últimas de la humanidad, y así queda reflejado en las estructuras de las organizaciones económicas y productivas que encontramos en las sociedades capitalistas.[2] De esto se derivan los elementos que mencionaba al principio: la indefensión aprendida como resultado de la aceptación de estos valores y formas organizativas, el individualismo liberal como resultado de la socialización humana en un sistema de valores depredador, la falta de sentimiento colectivo como resultado de la atomización proveniente de la organización capitalista de la producción, etcétera.

Lusbert señala en su texto algunas de las consecuencias nefastas más importantes: los sindicatos agacharon la cabeza ante la legalización de ciertas prácticas, las personas se contentaron con las concesiones que el Estado del bienestar concedió tras la Segunda Guerra Mundial, los sentimientos colectivos de identidad se destruyeron en los barrios al segmentar, especializar, y atomizar las relaciones humanas para que éstas fueran operativas en beneficio del sistema capitalista… Y más importante: la política pasó definitivamente a ser algo que una minoría elitista administra por un supuesto bien común de toda una comunidad. Ante estos problemas Lusbert sugiere una solución: más implicación política, más implicación en la organización de la vida humana. Razón no le falta: un cambio importante sería ver cómo las personas de las sociedades capitalistas adquieren un sentimiento colectivo de responsabilidad para con la organización de la vida. No obstante, como Octavio Alberola señala también en respuesta crítica-simpática con el texto de Lusbert, la articulación de la orientación política no tiene por qué resultar en la solución de nuestros problemas. [3] A lo que Alberola apunta es que las personas, por muy políticamente organizadas que estén, pueden seguir reproduciendo esos valores capitalistas que definen las prioridades de la vida humana. Él define una de estas prioridades como el deseo de conservar lo que se tiene. De su comentario se deduce que habla de lo que se tiene materialmente, aunque deja la puerta abierta para pensar que también las personas socializadas en el capitalismo puedan querer conservar lo que se tiene en abstracto. Como el propio Alberola señala, un buen ejemplo de esto es el partido político Podemos, el cual ha organizado un discurso político alternativo al del sistema dominante. La pregunta es obvia: ¿cambiará realmente algo?

Para entender eso de la «revolución copernicana» me tengo que poner un poco pedante con algunos conceptos filosóficos que pueden servir de ayuda a este análisis. Para ello tenemos que ir atrás en el tiempo hasta los tiempos de David Hume, importante filósofo escocés que defendió con muy buenos argumentos el empiricismo. Hume sugirió que todo conocimiento humano proviene de la experiencia, es decir, de lo que captamos con nuestros sentidos. Resumiendo grandes ríos de tinta filosófica, de esto se deriva que es imposible conocer la esencia de la naturaleza (de lo exterior, también se podría decir), que no sería nada más que algo existente en nuestros sentidos. Por fortuna, tras Hume vino al mundo otro filósofo de ideas muy distintas, Immanuel Kant, que propuso algo totalmente distinto: no todo conocimiento humano se deriva de los sentidos, sino que hay ciertas cosas que son a priori. Un ejemplo sencillo y algo absurdo pero que servirá: yo nunca he tirado un piano por la ventana, pero sé con certeza absoluta que si tuviera un piano en mi casa, y lo tirara por la ventana de mi comedor, el piano no volaría hasta terreno seguro para evitar ser destrozado sobre el asfalto de la calle. Hay algo en la esencia del piano que mi ser capta y me dice que no volará para ponerse a salvo, y éste es un conocimiento que viene antes de arrojar yo el piano por la ventana. De esta idea del conocimiento a priori Kant dedujo que la humanidad está llena de ideas que, de alguna forma, preceden a la experiencia de los sentidos. Y hasta aquí la pedantería filosófica.

Pasemos ahora a refrescar nuestro conocimiento histórico. Nicolás Copérnico, famoso astrónomo polaco, publicó  hacia mediados del siglo XVI en pleno Renacimiento geocéntrico su teoría heliocéntrica, es decir, su teoría de que la Tierra gira alrededor del Sol y no al contrario.[4] Lo que Copérnico hizo, aunque no tuvo grandes consecuencias inmediatas en la Europa de su época, fue una revolución de suma importancia, y de ahí que se hable de «revolución copernicana.» Si esto tiene importancia alguna es porque, como diría Kant, Copernico dinamitó por los aires todo un sistema de ideas y creencias que articulaban la vida humana de aquellos tiempos. ¡La Tierra no es el centro del universo! ¡La Tierra no es el centro de nada! Es decir, Copérnico demolió de una forma bella los a priori que estructuraban el mundo (ahora entiendes porqué empecé hablando por Hume y Kant). Lo más interesante de la revolución copernicana es que cambió todo sin cambiar nada. El mundo no cambió: con Copérnico o sin él la Tierra daba vueltas alrededor del Sol, pero los a priori dominantes de la época decían lo contrario. Al cambiar estas concepciones cambió toda una manera de ver el universo sin cambiar, materialmente, nada en absoluto. El Sol, la Tierra, y los demás planetas de nuestro sistema estaban ahí, dando vueltas tranquilamente. El problema era lo que pensaban las personas de la época, y por pensar de forma errónea el universo adquirió una forma que articuló muchas otras ideas: la importancia central de la Tierra, la explicación divina del universo y las relaciones humanas, la conservación del poder de la Iglesia Romana, etcétera.

De forma idéntica el capitalismo de hoy en día se reproduce generación tras generación. Estamos llenes de conocimientos a priori que informan nuestra visión túnel de la vida, y si digo «túnel» es porque estos a priori nos impiden con mucha frecuencia «salirnos del tiesto.» Cuando las ideas de producción, dominación, autoridad, y qué sé yo más se consagran en un sistema de valores, ideas, y organizaciones materiales entonces todo parece inevitable. La Tierra es plana y ya está. La Tierra es el centro del universo y ya está. El capitalismo y la autoridad son las mejores maneras de organizar a las personas y ya está. Da igual cuánta orientación y organización política tengamos si no rompemos con todo esto. De ahí que comparta la idea de que Podemos y cualquier otro partido político no solucionen nada: organizarán la política con discursos alternativos, ¡pero no rompen ninguno de los a priori esenciales que nos explotan a diario! Nos joden la vida y nos quedamos tan tranquiles porque así es como nos han ensañado a ver la vida. Las cosas son como son, y si te sales de este sistema de explicaciones vas por muy mal camino. Lo que Podemos y otra gente hace, para ponerlo sencillo, es decir: «no, puedes llegar al continente americano navegando hacia el oeste por el Atlántico, pero la Tierra sigue siendo plana, y si vas más allá te caes al vacío y te mueres, y no querrás morirte, ¿verdad?.» O en términos más realistas: «nosotres los de Podemos, que somos muy buena gente, vamos a cambiar este sistema explotador, pero vótanos y mantén la jerarquía dominante porque si no no conseguiremos nada.» Dicho y hecho.

La revolución social será copernicana o no será, porque no queda otra. Hay que romper con los a priori, estar en constante movimiento manteniendo la tensión crítica entre ideas y realidad material. Combatir con las ideas y los hechos para no quedarnos estancades en «sistemas geocéntricos.» Pero la revolución social también será copernicana porque cuando suceda, y todo cambie, nos daremos cuenta de que todo ya estaba ahí, esperando a ser dinamitado. La anarquía no es algo que se realizará en el futuro: la anarquía es algo que nace de las potencialidades que ya existen aquí y ahora. Si no lo vemos es porque no queremos o porque no nos dejan (que viene a ser lo mismo una vez que sabemos qué es la indefensión aprendida).

Esperar es morir.

Notas

[1] ¿Por qué no hemos estallado? Por Lusbert: https://reglib.anarquismo.social/por-que-no-hemos-estallado

[2] Queda fuera de lugar debatir aquí si es la organización material la que crea los valores abstractos o al revés. Obviemos por el momento esta pregunta de difícil respuesta.

[3] El comentario de Alberola se puede leer en http://www.alasbarricadas.org/noticias/comment/26092#comment-26092

[4] Cabe mencionar que Copernico no fue el primero en la historia de la humanidad en articular dicha teoría, aunque sí que fue la primera persona que presentó un modelo matemático que no dejaba lugar a dudas sobre la teoría heliocéntrica.

Las malas anarquistas

Hay quienes panfleto tras panfleto y fanzine tras fanzine hemos sido arrojados por la borda del anarquismo. Hemos oído una y otra vez a gente decirnos que no van a ir en nuestro mismo barco. Que somos malas anarquistas, que no merecemos el nombre, que somos más de lo mismo.

¿Malas anarquistas? ¿No será que simplemente no somos anarquistas?

Para obtener respuestas acertadas hay que plantear las preguntas correctas. Ser anarquista no puede tomarse como una esencia –se es o no se es- y aunque se intentara, un término tan eminentemente político no puede significar nada de cada una de nosotras si no se explica nuestro contexto. Vivimos en sociedad y en la sociedad no hay líneas ni compartimentos estancos, por lo que difícilmente se nos puede diferenciar de forma tajante frente al resto con un término que nos relaciona tanto con los demás.

La anarquía se ha formulado de mil maneras. Desde que Proudhon creó el concepto para aplicarlo sobre la política es difícil hacer un recuento de las derivaciones que ha tenido. Hubo gente que lo interpretó de forma mística, otra gente como una propuesta política, económica y social concreta, otra gente como una pulsión humana. El anarquismo vino después, a conformarse como movimiento y eso como era de esperar no fue uniforme ni en todos los tiempos ni en todas las culturas. Es comprensible que el anarquismo, en tanto que movimiento social se atenga a la realidad de las personas que lo forman. Es comprensible, por tanto, por qué en ese movimiento aparecen claras influencias de la cultura existente en la sociedad en que nace. Claro, la cultura de las sociedades con dominación reproduce la dominación, la extiende, la perpetua.

Entonces… ¿el anarquismo perpetúa la dominación?

Responder a esto necesita un largo rodeo sobre cómo se sintetizan y reproducen las ideas, para poder responder con rigor.

Muchos compas han apuntado ya a los vicios intelectuales del anarquismo decimonónico: determinismo, machismo, antropocentrismo, obrerismo, mecanicismo…Obvia decir que propios de su época. Cuando hay quién pretender rescatar 50 o 100 años después determinadas ideas tal cual se presentaron en su día, chocan con una realidad cultural distinta, en la que no se conciben igual ni los conceptos más básicos, como puede ser la idea de pueblo: de como se percibía en la génesis de lo libertario a cómo se concibe hoy hay un mundo, lo que lleva a que no produzcan el mismo impacto entre la gente. Sin embargo, ese anarquismo decimonónico, aunque sosteniendo cosas injustificables a nuestros ojos, supuso una ideología influyente para ciertos pueblos y una práctica útil para ciertos segmentos sociales.

Las corrientes ideológicas, las libertarias también, se construyen. No se inventan ni aparecen de la nada. Es por ello que la importación acrítica de ideas del pasado o de otras culturas suele producir un nulo efecto socia, precisamente lo contrario de lo que buscan las ideas transformadoras. La sociedad genera sus propias corrientes ideológicas, en función de infinidad de variables, algunas manejables y otras no. Por ejemplo, el ciudadanismo del 15M o las mareas, que ahora es el principal sostén del movimiento en torno a Podemos, no se ha inoculado así sin más por “grandes laboratorios culturales”, ni por “élites académicas”, ni por “la ignorancia de la gente”. El ciudadanismo es una corriente de inmenso peso en nuestro pueblo porque ha ido creciendo con él, con las condiciones materiales y culturales en las que se han desarrollado las últimas generaciones. Es normal que en un clima social en que el ciudadanismo es la ideología mayoritaria, quienes lo manejan y defienden se alcen como iconos de “el pueblo”. Pablo Iglesias lleva años cabalgando la ola ciudadanista, adaptando el lenguaje y las formas, y eso ha hecho de él un icono. Querer ver en las ciencias sociales linealidades o agentes que causan efectos de forma unilateral es un error, pues no funcionan así. La consecuencia directa del anterior error es pretender producir cambios sociales desde una “periferia”, ajena y alejada de las realidades que pretende transformar.

La realidad social, en ese sentido, es fractal. Hay dinámicas sociales que se repiten de forma semejante, no igual, a menor escala hasta llegar a la individualidad. De la misma manera que las sociedades construyen sus ideas hegemónicas en una dialéctica constante delimitada por su Historia, las personas vamos adoptando ideas, discursos y formas de actuar según nuestras condiciones, hechos significativos y nuestras propias decisiones. Por lo general los individuos somos situacionales, estamos más atados a nuestra situación que a nuestras decisiones. Confrontamos con la policía y creemos en la insurrección en un momento de revuelta, pero luego al volver a la normalidad tememos el conflicto y lo rehuimos, sean cuales sean nuestras ideas declaradas. Quienes militamos conocemos lo que es quemarse, pero también emocionarse y volver con ganas cuando nuestra situación cambia, aunque no lo hagan nuestras ideas. Pues la sociedad funciona a semejanza: la situación es fundamental para promover una u otra sensibilidad, sin perder de vista que en último término es la decisión -individual o colectiva, racional o emocional- la que va a inclinar la balanza.

Pero… ¿qué elementos de la dominación se han integrado en el anarquismo?

La ola post -postmarxismo, postmodernismo, postanarquismo, post…- nos ha dejado decenas de regalos, combinados muy discretamente con las cambiantes condiciones sociales, políticas y culturales. El relativismo, la disolución de “El sujeto social” en un mar de “movimientos” o la nueva teoría del poder como realidad indestructible sumados con el consumo y la derrota de toda disidencia organizada han dado pie a algunas dinámicas en la sociedad con las que los anarquismos no han sabido enfrentarse.

La diversidad identitaria es una de ellas. La subdivisión de la sociedad en una suma simple de compartimentos culturales y sociales sin aparente relación entre ellos-excepto las relaciones de mercado- ha calado tan hondo que hay quién ha creído que los movimientos sociales y los movimientos políticos se forman de la misma forma que las identidades culturales. Así como hay gitanas o heavys, hay anarquistas o quincemeros. Pero además no todo es nuevo mundo, por desgracia. Si a esta tendencia social le sumamos las inercias internas del anarquismo que se enfrentó a ello -perfectamente descritas en “La epidemia de rabia en España (1996-2007)”- nos encontramos con un “movimiento” acostumbrado a la excomunión heredada del Anarquismo Oficial de los 90 (CNT-FAI-FIJL) y a la improvisación permanente supuestamente importada de otras corrientes, como el insurreccionalismo. La reciente importación de la interpretación antiautoritaria de la estrategia del Poder Popular así como la importación de sus detracciones está evidenciando viejos vicios-excomuniones, sectarismo, tendencia a la atomización- combinados con polémicas teórico-prácticas legítimamente vigentes, todo ello dentro de un movimiento identitario–con sus símbolos, ritos, lenguajes, mitos- y cerrado -al que hace falta “entrar”-, que está lejos de ser tanto una fuerza social como un ghetto relevante. La conversión del anarquismo en una identidad cultural ha estancado su dinamismo, encerrando en sí mismas a varias generaciones de militantes. Ese encierro ha supuesto que las ideas y prácticas libertarias sigan en ese cajón del que la gente entramos y salimos según nuestros ciclos vitales mientras que las que han calado en el cuerpo social se hayan separado del movimiento, como el asamblearismo, del que un importante sector antiautoritario se ha desentendido como práctica propia precisamente cuando se generalizaba su uso para la acción social.

Otra dinámica social extraña a lo libertario y que no se ha encajado nada bien es la idea de “El fin de la Historia”. Aunque siempre se haya renegado de ella ha, ha calado muy profundo en toda nuestra sociedad, incluidos quienes militamos por supuestos cambios. Esto se suma a la confusión entre la “prefiguración de los medios de acción” y el eterno presente, esto es, confundir el hecho de que los medios tienen que ser coherentes con los fines con que los medios deben ser inmediatamente los fines y por tanto, que no futuro que construir. La extinción del horizonte revolucionario ha viciado los debates, centrándolos en el presente y en el pasado y sin intención alguna de ver más allá de los cambios que podemos crear. Hemos cambiado la revolución social por la insurrección y los levantamientos, por definición siempre condenados a extinguirse. Y eso en el mejor de los casos, cuando no estamos volcados en la “resistencia” y en la eterna espiral represiva, de la que no podremos salir sólo resistiendo. Tras 6 años de “crisis” mucha gente ha espabilado y ha entendido que la Historia ni mucho menos ha parado…pero esto no ha sido gracias a nuestra acción.

Ambos lastres teórico-prácticos mantienen en un movimiento cíclico a buena parte del movimiento . Y sin embargo se mantienen constantes las clásicas “Influencias burguesas”, que llamó Luigi Fabbri. La violencia verbal en los debates, meterse en el papel de malotes que la prensa nos adjudica, el sectarismo entre corrientes, la pureza, el elitismo ante la gente no-militante…

En fin. Las malas anarquistas, heréticas de los Principios, acabamos señalando al propio movimiento como una ficción de la que no podemos ser partícipes con el grado de implicación y coherencia que desde algunos púlpitos se nos exige para poder ser dignas de su solidaridad, tanto a nosotras como al resto de nuestra gente. Vemos con pavor esos textos en los que se nos acusa de traidores y vendidas por luchar a brazo partido y codo con codo con personas a las que respetamos y que nos respetan. Se pone por encima una catalogación -la de anarquista, que al parecer debe condicionar una realidad material ya bastante chunga -la de estudiante, vecina, precario, currante… Y no. Anarquismo no puede ser un cajón cerrado de modos de vida, discursos y prácticas. Anarquismo debe ser una tendencia en los modos de vida, discursos y prácticas existentes que los acerquen hacía la anarquía, aunque no la provoquen de inmediato.

Al final, las preguntas que nosotras nos planteamos son otras:

¿Cómo se está construyendo hoy “anarquismo”? Y ¿”qué” es lo que está construyendo el movimiento libertario?

@botasypedales

1 34 35 36 37 38 64