Viejas y aburridas contradicciones del capitalismo

La lucha «sindical» (y meto en esta tanto la que ocurre en el centro de trabajo como la que defiende el salario «diferido» -pensiones, sanidad, educación, bibliotecas o demás servicios sociales-), además de influir desde sus inicios en una contradicción fundamental del capitalismo, la de capital-trabajo, resulta cada vez más esencial. Una parte del anticapitalismo, influido por la necesidad de incorporarse constantemente a nuevas modas militantes, pretende argumentar que dicha contradicción se encuentra superada e incapaz de generar conciencia revolucionaria. Frente a esta idea, defiendo la plena vigencia de la lucha sindical (entendida de la manera amplia que señalo arriba) como una forma de hacer política en el día a día. Una acción que es esencial (y lo va a ser cada vez más) dentro de cualquier estrategia revolucionara anticapitalista y libertaria.

Como revolucionarios anticapitalistas, debemos exponer las contradicciones generadas por el capitalismo en sus procesos principales de extracción de beneficios. Estos son fundamentalmente dos, la explotación del medio y de las personas.

Respecto a la primera, empezaré enunciando en términos clásicos la vieja contradicción (tan vieja como el propio capitalismo) entre capital y trabajo: los resultados de la producción no pertenecen a quienes en realidad son sus creadores (los trabajadores) sino a ciertas personas, los capitalistas, que concentran toda la riqueza social no interés de la sociedad, sino en obtener beneficios privados. Con el objetivo de aumentar sus ganancias, los capitalistas amplían la producción hasta un volumen enorme e intensifican la explotación de los trabajadores. Como resultado de esto, el capitalismo es incapaz de proveer de bienestar a una mayoría social, de modo que esta se ve cada vez más explotada y privada de aquello que ella misma produce. Sirvan como ejemplo los obreros de la construcción que, hoy despedidos tras la explosión de la burbuja inmobiliaria, no pueden pagar su hipoteca y se quedan en la calle.

Un análisis ecologista señala una segunda contradicción. Ese aumento de la producción y la aceleración del ciclo de producción y consumo, que permitió sostener durante años la farsa del bienestar capitalista en Occidente, supuso del mismo modo un aumento exponencial del gasto energético y de recursos. Las políticas neoliberales desreguladoras de las últimas décadas, que supusieron una huida hacia adelante del capital, ahondaron aún más en este problema ecológico, que lejos de solucionarse cada vez se manifiesta con mayor dureza.

Estas son también, por tanto, los centros principales donde ha de desarrollarse las resistencias contra el capitalismo: el terreno de la explotación laboral y el terreno de la explotación del medio.

Me gustaría a continuación argumentar por qué la cuestión sindical se va a tornar prioritaria en el futuro. No voy a repetir el argumento clásico de que resulta necesario mantener las condiciones de vida de hoy para poder, al menos, sobrevivir materialmente en el corazón del capitalismo, más que nada porque esto resulta evidente si no queremos caer en la exclusión y tener la posibilidad de afrontar luchas con capacidad (dar dinero a los colectivos, tener tiempo para la «militancia»…). Tampoco voy a repetir que esta lucha afecta, al igual que aquellas contra los proyectos desarrollistas, al capitalismo en sus procesos fundamentales de extracción de beneficios.

Sí voy a partir de este último hecho, la dependencia del beneficio capitalista de la explotación del medio y de los trabajadores, para argumentar la creciente importancia anticapitalista de la lucha por la reducción de la plusvalía en las dinámicas de explotación laboral.

Partiré para ello del análisis que realiza precisamente el ecologismo radical: El mantenimiento del medio material, ecológico, es esencial para poder construir cualquier futuro (ya no sólo revolucionario). El análisis que hemos realizado desde una visión antidesarrollista es que, por ello, resulta previsible que de aquí a unos años exista una reducción considerable en el consumo y una imposición de políticas ecológicas autoritarias. Aunque alcancemos el colapso, el capitalismo no se descompondrá sin más, el poder no se diluirá sino que tratará de adaptarse al contexto de escasez energética y de recursos. En definitiva, el desarrollismo como política de Estado va a entrar en crisis por un modelo acorde a las necesidades ecológicas. Esto indica que tarde o temprano pero inevitablemente y de manera creciente van a imponerse reducciones al consumo. Un descenso que llegará de cualquier modo.

¿No es este ya nuestro contexto inmediato? Ya vemos que algunos macroproyectos desarrollistas (puro despilfarro y destrucción) se van quedando sin realizar porque pertenecen a una planificación de otra época (y supongo que por eso vamos sumando noticias positivas sin apenas lucha, como el ejemplo de Eurovegas). Occidente va a ir abandonando el modelo desarrollista y de consumo que triunfó desde los 50 y también el modelo neoliberal financiero que permitió una economía ficticia basada fundamentalmente en la especulación (cuyas bases materiales eran, de nuevo, el desarrollismo urbanizador y el expolio de lo público). Por si esto fuese poco, se habla desde hace tiempo ya de que la crisis económica esconde en el fondo una crisis ecológica con base en la falta de petróleo. ¿Qué queda? El viejo primer capitalismo, declaradamente opresivo en la explotación laboral, que durante años se alejó de Occidente y se desplazó al tercer mundo. Es un hecho: Los recortes sociales y la escasez económica que vivimos (y que, sabemos, han venido para quedarse, hagamos lo que hagamos) están prefigurando una sociedad más desposeida y más docil; un modelo social más jerárquico y autoritario.

Mi primer punto es este: Si el análisis que hacía más arriba es correcto (la reducción del consumo, el abandono más o menos progresivo del desarrollismo sobre todo en occidente, etc.) se desprende de él que poco a poco el único medio de acumulación que va a mantenerse es aquel que caracterizó al primer capitalismo: la extracción de plusvalía en el mercado de mano de obra. Por ello afirmo que la vuelta a las luchas sindicales (tanto por el salario directo como por el diferido) serán fundamentales. Tanto más cuanto más se agote el recurso territorio como espacio de obtención de beneficio. Sabemos que esa tasa de beneficio va a caer, el consumo tampoco va a mantenerse y, por tanto, la ficción de libertad capitalista (que era permisible mientras la gente gastase su dinero en los productos que se les ofrecían) se acaba. Las medidas para robar a la gente serán cada vez más impuestas, aunque se disfracen de necesidades económicas, ecológicas o sociales. Y la explotación más brutal volverá (si no ha vuelto ya) al trabajo. Con esto no quiero decir que el modelo de explotación vaya a reproducirse y que debamos volver a viejas fórmulas. No. La globalización y la deslocalización de empresas, la separación lugar de vivienda-trabajo, la alternancia de periodos paro-trabajo, la inseguridad laboral congénita, la falta de comunidad… Son fenómenos que no eran propios del capitalismo original pero que probablemente sigan existiendo en este revival. Creo que el desafío está en afrontarlos, de algún modo que a mi también me cuesta enfocar. Negarnos la capacidad de hacerlo y negar, por tanto, la potencialidad que van a tener las luchas en el terreno laboral nos condena a la derrota.

Mi segundo punto es: La única resistencia con capacidad (no necesariamente con claridad, pero sí con fuerza) está en esa parte de la sociedad que se opone a estas imposiciones, a los recortes, a los despidos… incluso toda esa parte de la sociedad que defiende una vuelta al estado del bienestar se está oponiendo, sin conciencia de hacerlo, al capitalismo. Porque el capitalismo ha agotado sus cartas y ya no puede proporcionar ni siquiera el falso bienestar consumista de años atrás. Ese modelo nunca va a volver (y menos si aspira a generalizarse, con el crecimiento económico de China, Brasil o la India). Luego ¿Qué perdemos apoyando esas resistencias? Quizá sea una respuesta instintiva, pero es una respuesta desde la que construir conciencia. El bienestar futuro pasa por la construcción de un ecosocialismo libertario, la anarquía, que provea de bienestar a las personas. No el falso bienestar del consumo, sino el que puede aportar una sociedad justa, solidaria, libre y sostenible, donde la técnica vuelva a una escala humana y la economía se subordine a las decisiones políticas tomadas día a día de manera democrática.

Por la destrucción del mito

La vida que no-es-vida es puro y simple espectáculo. Éste se basa en ilusiones que, como sombras, se proyectan a todos los rincones de una habitación lúgubre. Las sombras ilusorias de la sociedad autoritaria y capitalista lo engullen todo, desde el suelo que pisamos hasta el aire que respiramos. También engullen lo que no es material: el pensamiento, las ideas, los análisis «científicos»… El espectáculo crea sombras, y las sombras se transforman en mitos bien hilados entre sí para sustentar, a su vez, el gran mito de la sociedad capitalista. Atacar, destruir, y desterrar esas sombras es la meta de la persona revolucionaria. Sin sombras, no hay mitos. Sin mitos, no hay espectáculo. El ‘gran mito’ del capitalismo sea, tal vez, el de la producción. La constante producción expansiva que nunca se sacia, que se expande hacia el infinito añadiendo cada vez nuevos horizontes que destruyen, a su paso, todo lo que habita este planeta. El mito tiene varias formas y consignas, pero todas ellas vienen a significar lo mismo:

Nace, estudia, trabaja, trabaja, descansa, trabaja, muere.

Trabajar, producir, realizarse como persona humana… Distintas palabras para la misma patraña burguesa-capitalista. Una patraña que, sin ir más lejos, se extiende al marxismo y al anarquismo. El primero la toma como distinción entre lo humano y lo natural: los seres humanos se diferencian de los animales por su trabajo (el trabajo no solamente te hace libre, ¡sino humane!) El segundo la toma en forma autogestionaria, no por ello erradicando el mito burgués de la producción. Producción es producción sea autogestionada o no. El espectáculo se extiende a todos los rincones, tanto materiales como inmateriales. Como diría Bonanno: un gato aunque se pinte de rojo sigue siendo un gato. Pero «el gato» de Bonanno adopta mil formas, y alguna más, en este siglo XXI (sin que ello signifique que las antiguas formas se puedan mantener en el tiempo. Algunas de hecho lo hacen). La sombra que tal vez haya que erradicar primero es la que el espectáculo proyecta en nuestro interior. O tal vez sea más preciso decir que nosotres, como productos del sistema, somos sombras que a nuestro caminar, a nuestro interaccionar con las cosas y seres que nos rodean, propagamos la ilusión del espectáculo que nos retiene.

La ruptura con el sistema no se puede producir si seguimos usando el vocabulario del sistema. Al igual que no se puede ganar un juego amañado si seguimos sus reglas, no podremos destruir la sociedad capitalista si seguimos encadenades a sus mitos. La producción, la ética del trabajo, el esfuerzo… sombras del capitalismo que bajo ningún concepto han de ser reproducidas en las individualidades (y sus agrupaciones) revolucionarias. No trabajes para producir. No te esfuerces si no te sale de dentro. No estés orgullose de tu producción. El trabajo no te realiza como persona. La producción te esclaviza sea autogestionada o no (la única diferencia es que compañeres que se dicen salvadores de les explotades pasan a ser tus nueves jefes). Trabaja para ti misme, satisfaciendo tu existencia humana, disfrutando de lo que haces, cuando quieras, con quien quieras, y cómo quieras. Lo mismo se puede aplicar a nuestra acción revolucionaria. Olvídate de sindicatos, federaciones, o plataformas que deifican su existencia convirtiéndola así en su única y última meta. Olvídate de los partidos revolucionarios, de las vanguardias de acción, o de les intelectuales que lideran tal o cual movimiento. Olvídate de les compañeres que te dicen que la autogestión de la producción, la toma de los medios de producción, será la salvación de la humanidad. El comunismo libertario no llegará jamás si no dejamos de lado la misma idea de producción (recuerda: un gato sigue siendo gato aunque esté pintado). Esto no quiere decir que no debas organizarte con otras individualidades revolucionarias. Hazlo y, sobre todo, disfrútalo. Pero recuerda que las sombras del espectáculo llegan allá donde haya seres humanes.

Contra la lógica tímida y cobarde de aquelles que siempre hablan en tiempo futuro, piensa si no es posible encontrar espacios libres en el presente más actual. Contra la lógica cuantitativa de la producción de masas, del levantamiento de masas, de la organización del pueblo, de la creación (producción) de poder popular (¡un gato sigue siendo gato aunque esté pintado!), piensa si no es posible actuar, destruir, y crear utopía en el mismo punto sobre el cual tus pies tocan la tierra. Piensa cuánto de espectáculo hay en todos estos discursos «populares.» Espera, reúne, trabaja, sacrifica, sufre. En definitiva: agacha la cabeza, obedece, relega al «intelectual»… muere. Todo esto para que en algún futuro incierto aquelles «mesías» del proletariado vean sus utopías hechas realidad. Usa la ciencia, la filosofía, y el conocimiento humano para analizar la situación. Pero no actúes hoy, ahora, porque nunca el contexto es «lo suficientemente maduro.» Hay que crear (producir) consciencia, análisis, momentos maduros, ¡masas! Hay que crear (producir) poder popular, que no es lo mismo que poder capitalista (un gato aun pintado…). Patrañas cobardes que no son más que extensiones pervertidas de las sombras del espectáculo. Te mirarán mal, te marginarán, e incluso te agredirán si dejas de lado la lectura de les clásiques, el estudio de la economía política, el alto debate filosófico. Pajas mentales para no actuar hoy. Pajas mentales para satisfacer mentalidades acomodadas y cobardes que sueñan ser revolucionarias para no caer en la aburrida monotonía de la vida-que-no-es-vida.

Es hora de destruir el mito a ambos lados de la barricada. Es hora de olvidar la lógica revolucionaria de los números, de las masas, y de los «tiempos maduros.» En definitiva, es hora de destruir la producción. Es hora de destruir el tiempo futuro para vivir de una vez el tiempo presente. Es hora de olvidar los diccionarios revolucionarios que te imponen qué significa tal o cual término. La anarquía es libre: tómala y úsala como mejor te haga disfrutar la vida. Es hora de dar la patada a les «compañeres» autoritaries que, bajo el nombre sacrosanto del «grupo» o del «partido», imponen y constriñen los deseos individuales de liberación. Es hora de querer usar el vocabulario del espectáculo para beneficio de la revolución social. Es hora de señalar a quienes le hacen el juego al sistema: polítiques profesionales, sindicalistas de pacotilla, jueces acusadores, policías represores…

Es hora de encontrarnos y actuar. Aquí y ahora.

Reflexiones sobre capital-trabajo

El siguiente texto solo pretende presentar de forma muy general, la teoría utilizada por un grupo procedente de Alemania ligada a las revistas “Krisis” y “Exit!” que creo puede ser relevante. Este grupo está encabezado por Robert Kurz y Anselm Jappe, desvinculados de la academia. No voy a explicar el meollo del asunto porque es complicado y prefiero dejar bibliografía recomendada para que si alguien quiere pueda hacer su propio estudio del tema. Me centraré más en implicaciones y consecuencias que tendría este análisis en caso de ser cierto.

Su análisis se basa en la teoría del valor marxiana y afirmara que el secreto real del capitalismo estaría oculto tras el fetichismo de la mercancía. Esto implica que si se profundiza en el análisis de la “doble naturaleza” de las mercancías, se llega a la conclusión de que trabajo y capital no serían antagónicos sino que serían dos cara de la misma moneda. El funcionamiento del capitalismo entonces estaría fuera del control tanto de capitalistas como de trabajadores. Los capitalistas no serían “los padres de la criatura” y el capitalismo sería algo así como una fuerza autónoma que rige la totalidad vida de sus participantes de forma inconsciente. Esta forma de funcionar llevaría inscrita también su propia destrucción.

¿Que implicaciones tendría esto?

La primera paradoja es que la lucha de clases sería un subproducto de la misma lógica del capital. Robert Kurz llega a afirmar que esta lucha de clases ayudaría, de hecho, a corregir los desequilibrios de esta lógica. Por lo tanto superar el capitalismo, aunque no implicaría abandonar la lucha de clases, pero si supondría una superación de esta, nuevas estrategias. Pongo esta paradoja como la primera por lo dura y triste que resulta.

El segundo punto sería que el peso de la lucha habría que volcarlo hacia el lado del trabajo, es decir, aboliéndolo de manera radical, ya que el trabajo abstracto sería la única forma de crear valor y el verdadero motor de esta lógica suicida. Además por supuesto, del carácter de embrutecimiento y explotación inherente al trabajo, pero esto también sería algo secundario.

El tercer punto hace referencia al carácter autodestructivo del capitalismo: llega un momento en que el sistema deja de crear valor, se estanca, tiene que despedir trabajadores y el beneficio ya no es posible. Este colapso total de la economía real habría llegado en la época Reagan-Tatcher, en la cual se estableció una economía basada en las promesas de beneficios futuros (especulación y crédito) que permitiría seguir funcionando el capitalismo aunque de forma ficticia.

Por lo tanto nuestra época sería la era del fin de esa falsificación especulativa y esta sería la última etapa del capitalismo, pero esto deja un panorama bastante gris (siendo generosos): el capital ya no necesita trabajadores así que el paro aumentará de forma exponencial, los que tengan trabajo soportarán cada vez más los esfuerzos que exige la situación y pese a la gran cantidad de recursos la gran mayoría de la población, al verse fuera del sistema mismo, no podría acceder a esos recursos ya que el trabajo sería todavía la única forma de socialización válida. Algo así como una huida hacia adelante devastadora con todas las horribles consecuencias. El capitalismo moriría de éxito, y después de él no tiene porque venir el socialismo ni mucho menos.

Hacer frente al desastre

Quiero recalcar el énfasis de la crítica al trabajo que hacen este grupo de teóricos y lo ilógico y destructivo que sería pedir más empleo como solución. Abogan por una ruptura con las categorías básicas del capitalismo: patriarcado, estado, mercado, valor, dinero, capital y por supuesto trabajo.

Para esta ruptura sería necesario la creación de espacios que puedan regirse con otras formas de socialización, formar una “contrasociedad”. El estado no tendría su papel en estas nuevas luchas, ya que según los autores, la lucha contra el trabajo sería naturalmente anti política. También critican todas las formas de personalización del problema (ya sea dirigido a plutocracias judías, banqueros o al 1%) ya que no solo erraría en señalar la raíz del problema, sino que podría tener consecuencias peligrosas.

Personalmente creo que esto deja de manifiesto la importancia de la reflexión y de la teoría, o lo que algunos llaman de forma despectiva “talleres de lectura” y replantearse seriamente las constantes movilizaciones como forma efectiva de lucha.

Repito lo que dije al principio: esto solo son brochazos de lo que yo entiendo por crítica del valor. Si a alguien le parece muy confuso le pido disculpas pero señalaré la idea principal que creo que se debe profundizar: la verdadera lógica del capitalismo estaría oculta tras el fetichismo de la mercancía, por lo tanto sería obligatorio el estudio de este concepto.

Dejo enlazado textos y referencias para aquellos que quieran entender esto de verdad.

Bibliografía recomendada:

-Manifiesto contra el trabajo: http://www.krisis.org/1999/manifiesto-contra-el-trabajo
-Crédito a muerte de Anselm Jappe
-El absurdo mercado de los hombres sin cualidades
-Dos ponencias sobre el tema muy clarificadoras: https://www.youtube.com/watch?v=nFWNx7hpvwY y https://www.youtube.com/watch?v=QhbiORA7qpA

Anónimo

Sobre Twitter y Facebook

Metamos el dedo en la llaga un rato, que siempre viene bien. O mejor dicho, como parece que no existe consciencia sobre tal llaga vamos a crearla con este texto para luego meter el dedo bien hasta el fondo más holgadamente. Empecemos con unos gráficos.

twitterstocksfacebookstock

Como os habréis dado cuenta, estos gráficos reflejan la cotización en bolsa de las acciones de Twitter y Facebook (en el caso de Twitter en NYSE y en el de Facebook en NASDAQ). Los gráficos muestran el precio de las acciones y el volumen de éstas para los períodos de tiempo observados. Lo que me interesa señalar no es lo bien o mal que estas dos compañías lo hacen en bolsa, ni el volumen de acciones que mueven, ni la fluctuación de los precios. Me interesa que veáis adónde van vuestros tweets y vuestros posts en Facebook por muy «activistas» que sean. Ahí van, al NASDAQ y al NYSE. Sigamos con los numeritos, que siempre tienen algo que decir. Los ingresos de Twitter crecieron un 116% desde el último cuarto de 2012 hasta el cierre del ejercicio de 2013. Los ingresos netos de Twitter en el último cuarto de 2013 fueron de 9,77 millones de dólares estadounidenses. Las ganancias provenientes de su publicidad en Internet incrementaron en un 121% en el año 2013 en comparación con el 2012. El 75% de estas ganancias vinieron por el uso de teléfonos móviles.[1] Aquí no se acaban los numeritos de Twitter. Os preguntaréis cómo siendo el servicio de Twitter gratis pueden generar este volumen de dinero. Bien, la publicidad, como ya hemos visto, es una gran fuente de ingresos. Otra fuente importante, y mucho más perturbadora, es la venta de la información que dejáis en Twitter cada vez que usáis su servicio. En los primeros tres cuartos de 2013 Twitter se embolsó 422 millones de dólares. En el primer semestre del mismo año la compañía se metió al bolsillo 221 millones provenientes de la publicidad, y otros 32 millones a base de vender la información de la gente que usa Twitter. En otras palabras, 8 de cada 10 dólares que Twitter ganó en 2013 provenían de publicidad y la venta de datos. [2]

Facebook también maneja una cantidad enorme de dinero siendo su servicio gratuito. En el segundo cuarto de 2013 la empresa reportó ganancias en valor de 1,81 billones de dólares, y unos 1,15 billones de usuaries actives al mes (que se dice pronto). Como pasa con Twitter, Facebook se embolsó mucho dinero mediante la publicidad y la información de les usuaries. 88% de lo que ganaron en ese segundo cuarto de 2013 vino de la publicidad.[3] Todo esto es posible gracias a la desorbitada cantidad de gente que usa Facebook. Al cierre del ejercicio de 2013, Facebook anunció que había ganado un 16% más de usuaries respecto al 2012, haciendo así 1,23 billones de usuaries actives por mes, y unas 945 millones de personas usaban Facebook en el teléfono (otra gran fuente de ingresos).[4] Más datos: en Facebook se publicitan 1 millón de empresas, lo que hizo que la empresa ganara en 2013 un total de 7,87 billones de dólares (creciendo un 55% en comparación al 2012). Un 53% de todo ese dinero vino por la publicidad en los móviles.[5]

Supongo que a muches no os sorprenderán estas cifras, pues es de sobra conocido que tanto Twitter como Facebook son dos grandes compañías capitalistas que se meten al bolsillo cifras astronómicas. Sin embargo, personas que se dicen anti-capitalistas siguen usando sus servicios para eso tan «hip» y posmoderno que se ha venido a llamar «ciber-activismo.» La incoherencia salta a la vista: el uso de Twitter y Facebook, aunque con fines anti-capitalistas, alimenta a la máquina que ya no es máquina sino monstruo. ¿A qué esperas para Twittear esto? ¿O prefieres darle al «Like»?

Más problemas

El uso de Twitter y Facebook conlleva más problemas si cabe. No solamente se alimenta a dos grandes compañías capitalistas, sino que les usuaries exponen sus datos personales a gobiernos y empresas. Dichos datos pueden ser usados para explotar económicamente a la población, para crear nuevas campañas manipuladoras para algún producto nuevo, o simple y llanamente para espiar y ejercer control social. Estados y gobiernos lo tienen fácil con Twitter y Facebook, quienes ante una orden judicial tienen que facilitar datos, conversaciones, fotos, etcétera. Te haces llamar ciber-activista, anti-capitalista, o lo que más te guste, pero sigues exponiendo tu vida y tus actividades ante hordas de gente que no conoces y, más peligrosamente, a la policía que ya circula, de sobra, por Internet. Otro gran problema serían las dinámicas que generan las redes sociales, las cuales vienen siendo estudiadas desde la sociología, la psicología, y la antropología de manera bastante extensa. Creciente narcisismo, egocentrismo, fijación con objetos y símbolos, reproducción de mecanismos capitalistas… la lista es larga.

Alternativas

Existen varias alternativas a Facebook y Twitter, algunas de ellas capitalistas pero minoritarias (así que desembocaría en la misma crítica), y otras anti-capitalistas, libres, o abiertas. No obstante, las redes sociales, desde mi punto de vista, solamente son útiles para la difusión a «desenganchades» (o típique ciber-activista que no se levanta del ordenador). Seguramente coincidas conmigo en que si una persona se mueve en algún grupo o milita en algún movimiento se entera de las cosas por el boca a boca, por reuniones, o por medios que implican una interacción real cara-a-cara. No obstante, Facebook y Twitter también pueden ser útiles para difundir con urgencia convocatorias de última hora. Pero volvemos a lo mismo: con su uso alimentamos el monstruo que queremos destruir. Además, ¿qué le pasó al email que ahora todo el mundo lo odia? Las cadenas de email siguen siendo útiles, y hoy por hoy si usas redes sociales en el móvil también puedes leer el correo. No hay excusa. Claro, que si lo que importa de Facebook y Twitter es el añadido del morbo, el narcisismo de las «selfies», o la obsesión por aumentar el número de «followers», entonces no tengo nada que decir.

Can Vies. Poder popular o insurreccionalismo

Recientemente, con la victoria del barrio de Sants en defensa del CSA Can Vies tras haber sufrido un desalojo y posterior derribo parcial del edificio un día después de las elecciones europeas, ciertos insurreccionalistas han salido justificando que es con la violencia insurreccional la que ha conseguido estos resultados. Sin embargo, esa justificación se queda muy corta y omite toda esa acumulación de fuerzas que dio como resultado esta respuesta. Además, la violencia revolucionaria no es exclusiva del insurreccionalismo aunque sea una táctica de acción directa principal en esta corriente. La violencia no es el único factor determinante ni decisivo en el éxito de una batalla, pese a que sin esta violencia revolucionaria, probablemente el desalojo de Can Vies hubiese quedado en derrota, ni hubiese saltado a las primeras planas en los medios tanto burgueses como independientes. Esto requiere un análisis más profundo que ver solo la intensidad de los disturbios.

Repasemos brevemente la historia de Can Vies. El edificio, construido en 1879, antiguo almacén de las obras del metro y posterior lugar para la reunión de los trabajadores del metro, fue ocupado en 1997 por un grupo de jóvenes del barrio de Sants en Barcelona por la falta de espacios donde realizar actividades culturales y políticas. Desde entonces, el CSA Can Vies ha sido -y lo sigue siendo hoy en día- un punto de encuentro entre distintos colectivos y movimientos sociales y personas del barrio, en el cual se realizan talleres, sesiones de teatro, debates, presentaciones de libros, cinefórums, comidas populares, etc. Todas estas actividades se realizan en colectivo y al ser el Can Vies un referente cultural, político y social para el barrio, se crea en Sants un tejido social vivo, politizado y solidario, algo muy diferente a los barrios muertos donde casi nadie se conoce y no hay ese tejido social. Este punto es clave para entender la contundente respuesta ante el desalojo, desatando una ola de solidaridad y protestas cuando se ejecutó la orden de desalojo.

¿Por qué la respuesta violenta tuvo más aceptación social? Precisamente por ese tejido social en el barrio. Diecisiete años creándolo da como consecuencia esa respuesta organizada, que a la vez desata la solidaridad de otras personas de otros barrios obreros que seguramente habrán pasado por Can Vies. No solo nos tendríamos que fijar en los disturbios al caer la noche, ya que bajo la luz del sol, numerosas calles de Barcelona fueron colapsadas por gente solidaria que acudieron a las convocatorias de manifestaciones. Incluso en otras ciudades del territorio español convocaron manifestaciones en solidaridad con Can vies. La idea de que unos cuantos gatos decidieron salir a liarla y le siguieron detrás otras personas llamadas por el fuego y la destrucción queda desmentida cuando vemos que detrás existe una rabia organizada, de gente que se ha hartado de sufrir la violencia estructural de este sistema. Podemos comparar la batalla ganada de Can Vies contra el alcalde Xavier Trías con la batalla ganada en Gamonal contra el alcalde de Burgos: el común denominador desde el cual se han articulado las protestas ha sido el tejido social y la organización popular. Incluso podríamos llegar más lejos al comparar la resistencia turca en defensa del parque Gezi.

El mural del poder popular en Can Vies ilustra perfectamente el tejido social que se ha creado ahí, el de un barrio empoderado que ha sido y es capaz de hacer frente al poder-dominio burgués y echar atrás sus ataques.

La violencia revolucionaria será una táctica efectiva en cuanto exista un tejido social y una organización popular que la articule. Esta violencia tiene que verse legitimada entre la clase trabajadora y no verse como algo ajeno a ella, reivindicada desde personas anónimas y colectivos desconocidos con poca o nula vinculación con los barrios. Por sí sola, practicada de manera aislada y fruto del espontaneísmo no daría ningún resultado positivo ya que, después de la calma, las experiencias en la lucha se van perdiendo y han de empezarse de cero cuando aparezcan situaciones similares que han causado esa respuesta violenta. Por eso, por muy adversas que sean las situaciones, por muy agudas que se vuelva la crisis, sin sentimiento colectivo, ni conciencia de clase, ni tejido social ni organización popular, no hay revolución posible por mucha violencia que se desate en las calles. Esta es la clave: el poder popular y no la vía insurreccional.

El campo de batalla

A estas alturas de la escalada capitalista, cuando la mercantilización del territorio en su conjunto es un hecho, parece poco acertado plantear la lucha antidesarrollista en términos de campo y ciudad, de medio rural y medio urbano. Tales ámbitos han ido perdiendo progresivamente su singularidad y acortando diferencias hasta convertirse en lo que observamos hoy: un único espacio interconectado real y virtualmente donde la simbiosis mercado-fábrica determina la configuración física y orgánica, así como las relaciones que en él se establecen. Un ejemplo es la degradación que ha sufrido la ciudad en su tránsito desde el modelo medieval y pre-industrial hasta lo que hoy conocemos como megaurbe.

Actualmente, los procesos de gentrificación y rehabilitación de los centros históricos, unidos a la expansión sin límite de las periferias urbanas, han acabado por difuminar, si no borrar, las líneas de ese espacio humano de cohabitación y organización político-social. Lo que queda es un lugar indefinido, inabarcable, irreconocible, donde la opresión y la desidentificación se anudan a una total dependencia de la población hacia las normas institucionales y las empresas que ejercen el control. Se trata, sin duda, de un modelo totalizador que prioriza el interés de la mercancía e insensibiliza a los seres (humanos y no humanos) adecuando el comportamiento de éstos a sus necesidades. Valores como la proporcionalidad, la comunicación, la utilidad pública o la salud del entorno han sido reemplazados por la megalomanía, la atomización, la insalubridad y la lógica del máximo beneficio al menor coste. El individuo solo, inhibido y hostil, extraño de sí mismo y de cuanto le rodea, medicalizado y reprimido es la expresión máxima de este modelo: la ciudadanía moderna.

Por supuesto, no todo son grandes metrópolis impracticables. También encontramos núcleos urbanos de tamaño medio esparcidos por todo el territorio y cuyo aspecto es muy parecido al de la antigua ciudad. ¿Son acaso supervivientes, residuos de un tiempo pretérito en pleno siglo XXI? Lamentablemente, no. Una ciudad no sólo la componen sus edificios y sus calles, sino también sus habitantes y su modelo de organización. En Calibán y la bruja, Silvia Federici refiere que en la Baja Edad Media la diferencia entre pueblo y ciudad residía en que ésta estaba dotada de consideración oficial y, sobre todo, de mercado1. Es decir, no era sólo el tamaño lo que daba a un núcleo poblado la categoría de ciudad, sino la naturaleza de las relaciones que tenían lugar en él. En esta línea, es posible afirmar que, hoy día, las ciudades ―y la ciudadanía― han sido  transformadas por el sistema dominante; el resultado son versiones más grandes o más pequeñas del ámbito metropolitano o megaurbano, puesto que las relaciones entre sus habitantes ―salvo honrosas excepciones― son decididamente capitalistas o ultracapitalistas.

Sin embargo, esta realidad no es exclusiva de las megalópolis, sino que es propia del espacio urbano en general, es decir, del conjunto del territorio que sufre la reconfiguración física y política en función de la plusvalía. En esta clasificación entra, desde luego, eso que llamamos campo o medio rural, de tal manera que sería más acertado hablar de medio urbano-rural o de áreas de deslocalización urbana, por seguir con la tendencia actual del modelo productivo. Cualquiera que conozca el medio rural sabe hasta qué punto se ha convertido en parodia de sí mismo, en mero sucedáneo. Si ya en la transición del feudalismo al capitalismo se situó en el punto de mira de quienes poseían la riqueza y los medios de producción, el ataque alcanzó su punto álgido a lo largo del siglo XX —sobre todo en el franquismo—, poniendo en práctica un proceso generalizado de desprestigio y criminalización. Hoy, como resultado de aquéllo, la vida en pequeñas localidades no se concibe sin dependencia del mercado, la maquinización y el crédito; los recursos están en manos de entidades privadas o de la burocracia administrativa ―en cualquier caso, fuera del control popular―; la mecanización del sector primario y la sistemática legislación contra el interés del campesinado ha expulsado a éste de las tierras o le ha atado de pies y manos; y quienes buscan su medio de vida fuera del ámbito agropecuario se ven empujados a un sector de servicios cada vez más precarizado, a mendigar en las bolsas públicas de empleo o a aceptar jornales en condiciones que rozan la esclavitud. Mientras tanto, los ayuntamientos y sus sucesivos equipos de gobierno dedican su esfuerzo a vender los bienes comunales, fomentar la destrucción de la fisonomía tradicional y poner en riesgo el medio ambiente.

A pesar de la situación de pobreza económica y de precariedad en que el último reajuste del sistema capitalista ha dejado a miles de personas en los últimos seis años, no se ha producido un “éxodo urbano”, en contraposición al llamado “éxodo rural” de mediados del pasado siglo; por más que nos pueda sorprender, la realidad sigue hablando de una huida en sentido inverso. Aún se escucha entre quienes migran el viejo argumento de la búsqueda de “mejores condiciones de vida”, de “oportunidades de empleo”, de “nuevos horizontes”, mientras que en la otra parte, entre aquellas que se quedan, se propaga la necesidad de adoptar un estilo de vida que recorte diferencias con la ciudad. En este sentido, la publicidad ha realizado una ingente labor de propaganda: promete distinción, pero bajo su dictado la homogeneidad es la norma.

Hasta hace no tanto tiempo, en muchos pueblos ―incluso en algunas ciudades pequeñas― eran posibles una economía, una política y unas relaciones sociales acordes a las necesidades de sus habitantes y no del poder macroeconómico de los grandes capitales o del poder macropolítico del Estado. Si bien estaba muy presente la religión, el caciquismo y diversas formas de oligarquía, las personas se reconocían mtuamente bajo la opresión, establecían lazos de solidaridad y de cooperación, eran capaces de crear espacios de libertad y a veces incluso fórmulas de rebeldía; podían, de alguna forma, sentirse parte de una comunidad y de un proceso colectivo. Hoy, en cambio, el referente comunitario ha dejado literalmente de existir. La interdependencia que trenzaba el equilibrio de un pueblo, que lo unía esencialmente (más allá de disputas y rencillas) y lo hacía funcionar como organismo vivo, autónomo y sustentable ha sido sustituida por la dependencia del mercado laboral, los subsidios, las prestaciones sociales y el turismo, hasta el punto de que muchas localidades son inviables económicamente si no albergan atractivos para atraer visitantes y empresas.

Pero quienes se marchan del pueblo, atraídos por el skyline que vislumbran en el horizonte y sus supuestas bondades, no encuentran la ciudad, sino la megaurbe; son migrantes de un lado a otro del ámbito megaurbano. Hacen suya la preceptiva de la disponibilidad y se ofrecen a la maquinaria empresarial practicando ese nomadismo tan propio del discurso capitalista: del “hay que ir donde está el trabajo” hemos pasado al “hay que ir donde está el consumo”; aunque la deslocalización ha cerrado las fábricas, los productos siguen necesitando compradores. Estas migrantes del capitalismo van donde les dicen que vayan, donde creen que está la vida real —porque lo vieron en la tele, porque se lo contó un amigo—, pero ciertamente ese lugar no es la ciudad; aunque usemos tal palabra para mantener la pretendida diferencia de espacios, lo cierto es que la ciudad no existe. “Ha existido efectivamente la ciudad antigua, la ciudad medieval y la ciudad moderna; no hay ciudad metropolitana. La metrópolis requiere la síntesis de todo el territorio […] es la muerte simultánea de la ciudad y del campo” (La insurrección que viene).

Esbozado ya el carácter ubicuo del capitalismo moderno y su colonización del territorio, ¿qué hay de la lucha contra el desarrollo, cómo y dónde plantear nuestra respuesta? Creo necesario partir de esta premisa: las alternativas que planteamos deben ser entendidas como estrategias parciales y temporales que permitan cierto grado de coherencia dentro del sistema hasta su destrucción. Son medidas urgentes de supervivencia. Y también caldo de cultivo y experimentación para ese nuevo modelo que las más optimistas vislumbran ya a la vuelta de la esquina y al que han denominado poscapitalismo. Dicho lo cual, cabe señalar la dificultad de construir esas alternativas en el ámbito al que denominamos “ciudad”, incluso de resistir y adaptarse, puesto que se trata de un espacio físico tremendamente opresivo, con un nivel de tensión ambiental extremo y un coste de la vida inasumible. Del otro lado, en el “campo”, a pesar de la aparente amabilidad del medio, la inevitable fricción con el sistema subyacente genera una confrontación fatal e impide, a largo plazo, la consecución de un proyecto alternativo no basado en el régimen de propiedad y en la producción de bienes o servicios de consumo, sobre todo si se carece de redes de apoyo (lo que cada vez es más habitual). Quizá la subsistencia resulte más cómoda, menos violenta y estresante, que permita un estilo de vida más satisfactorio, pero estará, en todo caso, lejos de constituir una resistencia eficaz contra el sistema y, más aún, de generar una alternativa a éste. No existe un afuera incontaminado de capitalismo, y, por más voluntad que le pongamos, la experiencia en este sentido nos habla de continuos fracasos.

Así las cosas, no debiéramos hablar de campo y ciudad como espacios de resistencia y construcción de alternativas, respectivamente, sino como el doble reflejo de una misma cara: la cara de la opresión capitalista. Si la vida en la ciudad se perfila como pugna desesperada, el horizonte rural no es mucho más alentador. Ambos medios, por tanto, requieren de la confluencia de las prácticas de lucha, del proceso destructivo y constructivo necesario para lograr la transformación, y es urgente comprender que tal objetivo sólo se alcanzará mediante la solidaridad y el empuje común. El éxodo urbano es negación de la megaurbe, pero también es creación del tejido capaz de reapropiarse del territorio y recuperar la autonomía en las ciudades, en los pueblos y en todas partes. Entender, pues, que sólo hay un frente de lucha —contra el capital y su modelo de desarrollo depredador y deshumanizador— es primordial para construir el mundo nuevo.

Juako Escaso

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