¿Por qué no hemos estallado?

Atrás quedaron las grandes rebeliones, insurrecciones y revoluciones de carácter obrero y popular. Ya no volverán las viejas glorias de ambientes de alta crispación social, grandes centrales sindicales, huelgas masivas, autogestión obrera a gran escala… Hoy en los países capitalistas avanzados, encontramos frecuentemente protestas en los bares que pocas veces van más allá. Estamos actualmente ante un panorama caracterizado principalmente por la alta movilidad, la gentrificación, el consumismo masivo, grandes flujos de información, y la tercialización de la economía. Ahora con la crisis en la que, de nuevo, es la clase trabajadora quienes estamos pagando los platos rotos y no estamos respondiendo de manera contundente ante todos los atropellos de la clase dominante.

Y nos preguntamos ¿por qué no hemos estallado? ¿Por qué mucha gente se da cuenta de que le están robando pero sueltan un «qué le vamos a hacer» o diciendo vagamente que debamos sacar las metralletas y al final acaban aceptando resignadamente su situación? La primera respuesta, aunque muy corta, que se me viene a la cabeza es la pasividad generalizada. Luego, al profundizar un poco más, doy con la indefensión aprendida, este estado psicológico en el cual las víctimas aceptan su destino resignadamente creyendo ciegamente que no pueden hacer nada para paliar su sufrimiento ni cambiar su situación. No obstante, estas primeras respuestas quedarían incompletas si no tenemos en cuenta el predominio del individualismo burgués, y por consiguiente, la atomización, en esta sociedad. A ello le podemos sumar que frente a la problemática social y estructural, desde la clase dominante nos propongan soluciones individuales culpando a los individuos de ser culpables de su propia miseria, y por tanto, «que cada cual se busque la vida». En la práctica, esto se traduciría en un «sálvese quien pueda» en que la mayoría perece en el camino y muy poca gente, a base de pisotear al resto, consiga escalar puestos en esta sociedad de clases, perpetuando así el status quo.

Si continuamos indagando, daríamos con las claves determinantes que responderían más acertadamente a las preguntas serían: la destrucción del tejido social en la mayoría de los barrios obreros, la descomposición de los campos y, por consiguiente, la atomización e individualización de la sociedad. No nos olvidemos de la neutralización de los grandes sindicatos de la era industrial provocada por la tercialización de la economía en los países capitalistas avanzados que supuso una serie de reestructuraciones y reconversiones ocasionando las deslocalizaciones, la entrada de las ETT y el trabajo cada vez más temporal y precario en el sector servicios. Por otro lado, la implantación del Estado del bienestar y el asistencialismo terminaron por destruir prácticamente cualquier atisbo de organización obrera y revolucionaria. La mayoría de los sindicatos quedaron domesticados y convertidos en gestoras de conflictos laborales, así como muchas las asociaciones vecinales dejaron de ser herramientas para la reivindicación política en los barrios. De igual manera, el reformismo socialdemócrata y socioliberal tampoco deja de ser un sedante contra las ideas revolucionarias.

Pero no todo está perdido. Hay sectores de la población que se están dando cuenta de que sí hay posibilidades de cambio y comienzan a organizarse y luchar. Ante la crisis estructural del capitalismo, la sociedad comienza a polarizarse y ello implica un aumento de la conciencia política y la necesidad de articular respuestas de manera colectiva, superando el individualismo burgués y llevando a la práctica valores como el apoyo mutuo, la solidaridad y las estructuras asamblearias. Esto es algo positivo, aunque ideológicamente no se adscriban al anarquismo. Paralelamente, no podemos olvidar que también el anarquismo comienza tímidamente a salir de la marginalidad.

Pese al aumento de la protesta social, si no vemos en ella una manera de incidir en ella para radicalizarla, lo más probable es que dicha protesta derive en el reformismo estéril y asimilable por el sistema. Los y las revolucionarias y concretamente los anarquistas, deberíamos haber estado y estando en primera línea a pie de calle, organizándonos, creando o fortaleciendo estructuras asamblearias para la lucha de clases, etc. Ante este panorama, no sería muy acertado ir dando palos de ciego lanzándonos al espontaneísmo y la destrucción por la destrucción. Como en todos los acontecimientos históricos y sociales, todo tiene antecedentes, procesos y dinámicas sociales en medio que juegan un papel importante y que debemos comprender para poder caminar hacia una transformación social radical. Aun así, solo el crecimiento cuantitativo no ocasionaría un estallido social. Por supuesto, la creación de tejido social es esencial y necesario, como un primer paso para construir un movimiento revolucionario, pero falta la orientación política para permitir el avance en las luchas y que esas luchas tengan continuidad.

Aun con todo lo mencionado, queda una laguna por resolver. Ya han habido estallidos sociales durante la historia reciente. Cabe mencionar algunos como los disturbios en Francia en el 2005 por la muerte de unos menores de edad al escapar de la policía, el diciembre del 2008 en Grecia por el asesinado de Alexis Grigoropoulos a manos de la policía, Londres en 2012 por el asesinato policial de Mark Duggan, Gamonal en enero de este año o los disturbios por la demolición de Can Vies. ¿Fueron realmente espontáneas y sin haber un tejido social detrás? No expresamente. En todos esos acontecimientos hubo detrás una serie de antecedentes que ocasionaron el descontento generalizado, sea la marginación social, el racismo, la brutalidad policial, la miseria, el acoso del Estado, etc que junto con un sentimiento colectivo que unan a esas personas que sufren estos problemas, conformaron un caldo de cultivo inflamable, el cual, bastaba solo una chispa para que todo estalle. No obstante, algunos de estos estallidos sociales no han derivado en una situación de alta crispación social porque falta la articulación de una clara orientación política que lleven esos estallidos a ser puntos de partida para seguir una lucha continuada contra el capitalismo.

Las miserias del colaboracionismo

«Nosotros no estamos por una mayor libertad, una mayor libertad se da al esclavo cuando se le alarga la cadena, nosotros estamos por la abolición de la cadena, consecuentemente estamos por la libertad, no por una mayor libertad. Y la libertad quiere decir ausencia de cadenas, quiere decir ausencia de límites con todo lo que de esta afirmación se desprende.» – Alfredo M. Bonanno (La tensión anarquista)

No dejan de sorprender les que se ilusionan por esas cosas como las «plataformas ciudadanas» o las «mareas.» No sorprende cualquier, sino les que se dicen anarquistas, anti-estatistas, o anti-autoritaries. Entre Podemos y el 15M ya nos han dado dos (o tres) tazas de caldo. Que si «poder popular», o que si «empoderamiento de las masas»; que si «la política ahora se hace desde abajo», o que si «lo que se necesita es un frente de unidad popular»… Todo parece querer apropiarse del vocabulario más vacío e inútil, del vocabulario más oportunista y populista. Si algo aporta el pensar ácrata al análisis de la realidad social es la certeza de que la autoridad y el poder son dos cosas a erradicar, pues son dos elementos que generan y perpetúan situaciones sociales de explotación y opresión. De ahí que empiece con Bonanno: no tiene sentido alguno (en otras palabras, es una gilipollez máxima) querer más libertad, porque la libertad no se puede medir ni dosificar. Une es libre o no lo es, pero no se es más o menos libre (como si hubiera un mínimo y un máximo cuantificables). Por la misma razón un Estado no puede ser más o menos opresor: todo Estado es opresor (y por extensión su sistema de leyes, su entramado institucional, y por supuesto sus brazos armados).

Hasta aquí las pajas filosóficas, vayamos a lo que interesa que es la acción o el hacer (o más bien cómo el pensar y el hacer se entrelazan de maneras complejas e inseparables). Partiendo de la base de que la opresión, la autoridad, el poder, la libertad, etcétera, son conceptos que no tienen sentido ser cuantificados (aunque la gente y el sistema lo hagan), que alguien me explique la coherencia ética de une supueste libertarie que jalea a les compañeres para que se unan a tal «marea» o a tal partido político (todes tenemos el nombre en la punta de la lengua, ¿no?). Que alguien me explique también eso de «los frentes de unidad» y «el empoderamiento de las masas.» Todo esto me parece tan poco productivo como consecuente. Las «masas» difícilmente me representan (creo que nunca representaron a nadie más que a les charlatanes que van de guías espirituales del proletariado), y no estoy tan segure de si me gustaría colaborar con ciertas personas por algo que me imponen como «causa común.» Porque no creo que tengamos una causa común, vamos a decirlo de una vez alto y claro. No veo qué causa nos une con les marxistas-leninistas, con les socialdemócratas, o con le «ciudadane» de turno de buen hacer y mejor pensar. Mi causa, como ácrata, es la libertad; su causa, como no-ácratas, es la libertad falsamente cuantificada (o, para el caso, la libertad tutelada). Así que no sé yo qué gano (más que enfadarme y hacer a mi patata desgastarse más rápidamente) con las «mareas», con «los frentes de unidad», o con las «masas empoderadas.»

Si aceptamos que nuestras causas son distintas, tampoco veo el porqué de no aceptar que también somos tipos de personas contradictorias. A veces leo cosas, o escucho a compañeres decir cosas, que parecen más el discurso de una monja de beneficencia. ¿Hasta cuándo seguiremos creyéndonos eso de que las personas son buenas por naturaleza? ¿De que hay une ácrata en potencia en todes nosotres? Además que ciertos planteamientos suenan bastante elitistas: que si hay que trabajar en los barrios para enseñar a la gente cómo funciona la anarquía, que si hay que abrir los ojos a la gente, que si hay que esto, o que si hay que lo otro. Y con esto no quiero dar a entender que pienso que nacemos sabiendo. No, la idea de la anarquía y de la libertad nos llega de forma contextual: amigues que nos introducen al tema, vivencias individuales que nos hacen pensar y buscar, y también organizaciones (para que mentir) que nos muestran, nos desilusionan, o nos insinúan. En definitiva, sea la experiencia negativa o positiva, la idea de la libertad puede venir por muchos caminos. Pero quiero hacer ver la diferencia entre «llegar a la idea de libertad y anarquía» y «querer meter en las cabezas la idea.» Pero bueno, digamos que ese «trabajo de barrio» con el vecine secretamente racista, con le otre que se siente celose por los éxitos de su pareja, o con el que pasa de causalidad y no sabe muy bien si quiere montar su propio negocio u opositar a funcionarie, tiene más de «hacer llegar a la idea libertaria» que de «meter en la cabeza.» Aun así, trabajando en proyectos que no atacan directamente la raíz de los problemas (es decir, proyectos como la petición de una ley «más justa», unos precios «más baratos», etcétera), lo único que se consigue es agrandar el problema y perpetuar la causa originaria.

Con todo esto quiero decir dos cosas que resumo a continuación (porque a veces se me va y me enrollo demasiado). Una es que hay que trazar, de una vez por todas, la línea que separa a les que queremos libertad y anarquía, y a les que no quieren libertad (ya sea porque piensan en ella en términos cuantitativos, dosificados, o porque simplemente son unes fascistas). En este segundo grupo incluyo a les «progres» demócratas que con sus discursos envenenados de falsa tolerancia y paz social emponzoñan las mentes de las personas. Esta línea la creo necesaria, e implica admitir que no todo el mundo piensa (ni pensará) como nosotres, es decir: que la vida es conflicto y nunca paz, incluso entre nosotres y/o con nosotres mismes. De este conflicto nace la tensión de la que hablaba Bonanno en el texto que citaba al principio. La otra cosa que quería mencionar es que de dicho conflicto, de dicha delineación de posiciones, nace la identidad y la solidaridad, las cuales llevan a la organización revolucionaria. Sin líneas que demarquen todo vale, y si todo vale no somos más distintes que le demócrata populista de turno que un día da agua, y al otro veneno. No tenemos que amar a todes, ni tenemos que complacer a todes, porque la existencia de ciertas personas ponen en peligro nuestra idea de libertad y anarquía. Finalmente, de la organización y solidaridad revolucionaria nace la posibilidad de «llegar a la idea de libertad.» Y aquí enlazo con el «trabajo de barrio.» Es inútil integrarse en colectivos que no operan con la idea de libertad, porque al final se termina perdiendo el rumbo y diciendo cosas como «votad a Podemos» (y en casos extremos haciéndolo). La organización anarquista pienso que debe ser eso, anarquista. Que se acerque quien quiera, que se organicen «jornadas a puertas abiertas», ferias y eventos abiertos. Las personas al otro lado de la línea que pasen a éste otro si quieren (como hicimos nosotres en su día). Pero nadie podrá decir que colaboramos con las personas al otro lado de la línea o que nosotres nos pasamos allá para traer gente acá.

No os dejo en paz sin mencionar a todas aquellas personas que luchan, fuera y dentro de las cárceles, por una idea clara, sencilla, y cualitativa de libertad, siendo consecuentes hasta el final con la relación pensar-actuar. A les que actúan como piensan, salud y rebeldía.

Nicola Gai sobre la acción directa

Dejo un escrito del compañero Nicola Gai publicado en Cruz Negra, Anarquista Aperiódico Anarquista #0. La publicación es en italiano, por lo que yo me limito a enlazar la versión en castellano que se puede leer en páginas libertarias como Publicación Refractario o Instinto Salvaje. El texto trata sobre acción directa y proceder revolucionario. Creo que tiene bastante interés general y, sin duda, creará debate por sus opiniones directas contra ciertas acciones de carácter «poco revolucionario.» Para quienes no sepan quién es Nicola Gai dejo a continuación un pequeño resumen de los últimos acontecimientos en su vida.

Nicola Gai es un compañero libertario de la región de Turín, en Italia. Hacia finales de 2013 la jueza Annalisa Giacalone condenaba a Nicola a 9 años y 4 meses de talego (en el mismo caso, 10 años y 8 meses para nuestro compañero Alfredo Cospito) por el ataque contra Roberto Adinolfi, importante figura de Ansaldo Nucleare, empresa que construye plantas nucleares por Europa. Los compañeros Nicola y Alfredo dispararon contra la pierna de Adinolfi en Génova, hacia principios de mayo de 2012, sin consecuencias fatales. Los medios de (des)comunicación se cebaron con el movimiento anarquista, y la fuerza opresora del Estado italiano cayó de lleno sobre aquello que elles llaman «terrorismo.» Sin más, os dejo con el texto del compañero.

¡Libertad para todes les preses! ¡Fuego a la sociedad carcelaria!

Todo el resto es aburrido. Notas sueltas sobre la acción directa

Pensé en escribir estas notas porque me parece que, últimamente, incluso entre nosotrxs, lxs anarquistas, se está hablando demasiado poco (y también, por desgracia, practicándose demasiado poco…) de acción directa, privilegiando intentos de encuentro con las “masas”, más o menos indignadas. He decidido hacerlo en la Cruz Negra porque espero que pueda convertirse en un espacio de debate entre quienes consideran la acción como centro de su camino de lucha. Espero sinceramente que la Cruz Negra no se convierta en la reunión de las malas suertes carcelarias, sino el lugar en el que sacar y profundizar, sin pelos en la lengua, desde diferentes puntos de vista, en cuestiones que se consideran útiles para dar una mayor incisividad a la lucha contra la autoridad. Ciertamente, la acción directa es algo para actuar y no algo que pontificar, pero estoy convencido de que aclarar lo que cada unx de nosotrxs entiende realmente cuando usa estas palabras puede ayudarnos a afilar las armas para asaltar el presente.

Para abordar la cuestión sin perderme en inútiles giros de palabras, quiero primero aclarar lo que, para mí, no es acción directa.

Concentraciones, repartir panfletos, manifestaciones “determinadas y comunicativas”, tartas (pintura, escupitajos, etc.) en la cara del infame de turno, huevos con colores y todo este tipo de cosas no se pueden considerar acción directa. Soy consciente de que una lista del estilo atraerá hacia mí las flechas de lxs que sostienen que todos los medios tienen la misma dignidad en la lucha, que mi discurso podrá parecer esquemático, “militarista”, impregnado de una óptica eficientísima y bla, bla, bla… Pero nadie, honestamente, podrá negar que, en estos momentos, haciendo estas cosas se está más bien mimando la lucha, renunciando a vivirla realmente.

Estoy convencido de que se está afrontando la lucha con ligereza, con la sonrisa en los labios: no se trata más que de un juego, pero nada hay más serio que un juego donde las apuestas están representadas por la calidad de nuestras vidas y de nuestra libertad. Nadie puede negar que la correspondencia entre el pensamiento y la acción debería ser la característica fundamental de ser anarquista. Si pensamos que la destrucción de este mundo es necesaria, debemos actuar en consecuencia, no podemos recurrir a simpáticos e inofensivos trucos baratos para silenciar, engañando a nuestras conciencias hambrientas de libertad. Debemos tener el coraje de afirmar que la acción directa, o es destructiva o no es. Los muros que nos aprisionan no se caerán solos, sino solamente si son envestidos por la onda de choque de nuestra rabia. Es inútil que el listo de turno recuerde que la insurrección no es el resultado de la suma aritmética de los ataques realizados por lxs anarquistas, estoy hablando de otra cosa. Nuestra vida es demasiado corta para desgastarla en centenares de happening diseñados para despertar a las masas adormecidas, para que se presenten puntuales a la cita el día mágico: sólo cuando concretamente atacamos lo existente conseguimos arrancar pedazos de libertad, aunque sólo sea por unos pocos momentos, nos liberamos de las cadenas impuestas por la cotidianidad y por la ley.

Nuestra lucha debe ser violenta, sin compromisos, sin posibilidad de mediaciones ni vacilaciones: la acción directa destructiva, el único medio que deberíamos utilizar para relacionarnos con cuanto nos oprime. Pero las cosas, como sucede siempre en la realidad, son un poco más complicadas, por desgracia, la sola acción no es la panacea de todos los males que aquejan a nuestro movimiento. Aunque esté absolutamente convencido de que ningún acto de revuelta es inútil o dañino, pienso que es fundamental preguntarse sobre la proyectualidad que las generan y, sobre todo, sobre el significado que le dan aquellxs que las realizan. El acto mismo puede asumir significados muy diferentes si se concibe desde una óptica de ataque o de defensa. Voy a tratar de explicarme con un ejemplo práctico, en el Valle de Susa, el año pasado, asistimos a un incremento positivo de las prácticas del sabotaje en la lucha contra el TAV, perfecto, si en las intenciones de quienes han realizado tales acciones está el intento de afirmar claramente que no está en juego la simple construcción de una línea ferroviaria, sino la necesidad de atacar y destruir todo el sistema tecno-industrial que lo diseña. Otra cosa es si el sentido es el que se puede leer en algunos comunicados del movimiento NO TAV o, lo que es aún más desconcertante, en el Nº 5 de Lavanda, hoja redactada por algunxs compañerxs que participan en esta lucha. Tales acciones se podrían interpretar como el último recurso de un pueblo que ya ha utilizado todos los medios de presión posibles (y pacíficos…) sin obtener la atención de los que gobiernan. Estoy convencido de que tal interpretación banaliza cualquier aspecto positivo y revolucionario de tales actos, de hecho, sugiere que si el poder fuera más “razonable”, si estuviera más abierto al diálogo, existiría la posibilidad de “convencerlo” para mitigar sus aspectos más nefastos.

La acción directa expresa todo su potencial de liberación sólo cuando se concibe desde una óptica de ataque. No golpeamos al enemigo porque el disgusto por su última fechoría nos resulta insoportable, sino porque queremos ser libres aquí y ahora. No necesitamos justificaciones para golpear, simplemente no podemos aceptar vivir una vida carente de significado como simples engranajes de este sistema mortal. Debemos ser nosotrxs quienes dictemos los momentos de la lucha, hay todo un mundo que demoler y las posibilidades de derrotar al monstruo tecnológico se hacen cada vez más pequeñas en proporción a su desarrollo.

Cuando hablamos de acción directa hablamos de nuestra vida pues nuestro rechazo a lo existente no es una moda, sino algo mucho más profundo, en el que ponemos en juego toda nuestra existencia. Por este motivo, encuentro verdaderamente irritante cuando nos referimos a cualquier tipo de acción, diciendo que “era lo mínimo que podíamos hacer”. Estoy convencido de que no existe nada mínimo que se pueda hacer contra aquello que nos oprime, no podemos autoimponernos límites en la acción, esta debe ser sin restricciones como nuestra sed de libertad. Si nos encontramos frente a un explotador asesino con uniforme etc., y se decide mancharle el vestido con pintura, eso no es lo mínimo que se podía hacer, sino simplemente lo que nosotrxs hemos decidido hacer. Esto, probablemente, está dictado por una serie de análisis que, en lugar de dar mayor fuerza a nuestra acción, no hace más que minimizarla: “la gente no nos entendería, no debemos dar un paso más que los demás, se necesita empezar por acciones pequeñas que son fácilmente reproducibles”, etc.

Naturalmente, se trata de consideraciones que necesitarían un trato más profundo y espero que haya forma de volver a esto y discutir seriamente, lo que ahora quiero decir y a lo que debemos aspirar siempre es a hacer lo máximo que nos consientan nuestras habilidades. Cuando actuamos, deberíamos hacerlo esencialmente por nosotrxs mismxs y de la manera más resuelta, no somos distintxs a aquellxs que de manera innegablemente autoritaria llamamos “gente común”, cualquier cosa que hagamos la puede replicar cualquier persona, siempre que alimente nuestro propio deseo de destruir la autoridad. No debemos buscar convencer a las masas de la bondad de nuestra tesis, sino buscar cómplices que quieran participar en la obra de demolición. No tenemos que tener miedo de nuestro odio, sino lanzarnos a la acción conscientes de que el enemigo no duda ni un segundo en su guerra contra la libertad.

Estas notas están dictadas más que desde la aspiración a desarrollar quizás cualquier análisis teórico innovador, desde el simple deseo de tratar de compartir la idea de la necesaria centralidad, en la vida de todx anarquista revolucionarix, de la práctica de la acción directa destructiva. Todo cuanto acabo de decir sería sin duda obvio si no hubiera tantxs compañerxs que consumen sus fuerzas, dando vueltas como peonzas, en un activismo carente de toda proyectualidad realmente revolucionaria, marcado por las heridas del asistencialismo y del oportunismo. Sin embargo, ya existen antídotos para todo esto: organización informal, nihilismo, individualismo, rechazo de líderes más o menos carismáticos, rechazo de extra poder asambleario, comunicación a través de la acción. Se necesita volver a mirar lo que está sucediendo en todo el mundo igual que históricamente siempre han hecho lxs anarquistas, enemigxs de toda las fronteras, y nos daremos cuenta de cómo compañerxs de todas las latitudes están experimentando con nuevos modos de acción, liberémonos de los grilletes de las llamadas luchas sociales para lanzarnos sin frenos al asalto del existente. Tenemos que redescubrir la alegría de actuar, dejar de limitarnos a una búsqueda ilusoria del consentimiento popular; sin tantos… teóricos, nuestro objetivo debe ser, simplemente, el de destruir lo que nos destruye. Liberémonos de la política incluso en su declinación antagonista, debe quedar claro que no luchamos por un futuro brillante, sino por un vivir, aquí y ahora, la anarquía debería ser en primer lugar un hecho individual que afecte a toda nuestra vida: debemos conspirar, alimentar cada pequeño fuego que pueda incendiar toda la pradera, atentar con todos los medios contra el orden, civilizado y tecnológico, que el sistema trata de imponer. En esta lucha debemos utilizar todas las armas que tengamos a nuestra disposición, en primer lugar las que no faltan en el arsenal de cada anarquista: la voluntad y la acción directa destructiva.

Fray Nicola de Ferrara [Nicola Gai]
Cruz Negra Anarquista, Aperiódico anarquista, nº 0, abril de 2014 Pág. 2-3.

El «otro» racismo

Como muchas ya sabemos, el pasado 28 de junio se produjo una agresión racista en el metro de Barcelona, que fue grabado por dos amigos del agresor y posteriormente difundido por Internet. La noticia fue muy comentada en las redes sociales, y se consiguió identificar al agresor y a sus acompañantes, los tres de ideología neonazi. Tras su difusión, todas coincidieron en condenar la agresión, pero sin embargo, al igual que la izquierda no está exenta de reproducir actitudes machistas, muchas de ellas mostraron conductas racistas mientras manifestaban su rechazo (y también hubo algunos insultos homófobos hacia el agresor, pero no hablaré de ello debido a que solamente trataré del racismo). Éstas serán comentadas a lo largo del texto.

Para mencionar dicha agresión, muchas personas se refirieron al agredido como «el chino», aunque sea procedente de Mongolia; y al agresor como «el nazi», siendo este de origen ruso. En primer lugar, aunque ambos sean inmigrantes, se especifica la procedencia de la víctima (aunque mal), que no pertenece a la etnia caucásica dominante, a diferencia del agresor, a quien se le denomina por su ideología y no por su procedencia. Al igual que los medios de comunicación especificando la nacionalidad de una persona en casos de detenciones por los motivos que sean, parece que el origen de alguien es muy relevante si no es blanca ni occidental, por no decir que la expresión «el chino» ha adquirido un tono peyorativo, usado para insultar, como el caso de «el negro». Dicha expresión también es usada, de modo racista también, para nombrar establecimientos dirigidos en su mayoría por personas procedentes de China, como alimentaciones o bazares, mientras que nunca se dice «el europeo», por ejemplo. En segundo lugar, el agredido es de origen mongol, pero aun así se usa «el chino» para nombrarle. Al parecer, si alguien posee ojos rasgados es automáticamente calificado como «chino», aunque sea de Vietnam, Japón o Mongolia. Por estas razones, la expresión ha sido normalizada por la sociedad, y nadie ve reparos en utilizarlos en los casos mencionados, ya sea para nombrar a una persona de ojos rasgados o una alimentación, llegando incluso a ser molesto para las propias chinas solamente con oír el gentilicio. Por otra parte, si lo comparamos con otras agresiones y/o asesinatos cometidos por fascistas en donde la víctima era blanca y occidental, vemos que en ningún momento se alude a su procedencia. No se llama a Carlos Palomino «el español», ni tampoco a Pavlos Fyssas «el griego».

Sin embargo, tras señalar lo anterior se presentaron justificaciones por parte de blancas y occidentales (vaya, qué sorpresa). Veamos algunos:

– «Es relevante señalar la procedencia de la víctima, ya que sus rasgos fueron motivo de la agresión.» El más repetido. Al decir que golpearon a la víctima por sus rasgos, implícitamente se le está culpabilizando. Claro, él, que tiene unas características físicas que no ha elegido, provocó que el agresor le golpeara. Esta justificación, y no exagero, equivale a culpabilizar a una mujer violada por «haber ido provocativa». ¿Cuál fue la causa de la agresión entonces? La mentalidad racista dominante del agresor respaldada y alimentada por un sistema estructural de opresión racial. Tampoco es tan difícil, ¿no?

– Cito textualmente: «Una vez me llamaron sevillano y soy de Málaga, tampoco es para tanto.» Claro, no es para tanto para ti porque tú perteneces a la etnia dominante, que no has sufrido nunca la opresión racial. ¿Alguna vez alguien te ha insultado diciendo «sevillano»? Aquí se obvia el sistema de opresión racial existente, ya que pone a la misma altura la etnia dominante con una de las etnias oprimidas.

Otras personas simplemente ridiculizaban el hecho de que ciertas personas, a quienes posteriormente les tachaba de locas, les haga ver las actitudes racistas que han tenido. Cito textualmente algunos comentarios: «Es que si digo chino soy racista.» «He llamado chino a un oriundo de Mongolia. Soy la peor persona del mundo. En serio, déjalo…» «Déjala, no está bien, en serio… En su cabeza lo llamé así porque soy xenófobo, y lo hice porque al principio se dijo que era chino. De ahí a usar cualquier cosa que pasa en la vida para crear bulla nos demuestra que no está bien [de la cabeza]…»

Cabe destacar que en los medios se difundió la noticia denominando al agredido «un joven de rasgos asiáticos». En mi opinión, esto tampoco sería correcto, ya que no todas las habitantes de Asia tienen los rasgos parecidos. Por ejemplo, las características físicas de las personas de la India son muy distintas a las de las coreanas, y las primeras son tan asiáticas como las segundas. Asimismo, tampoco todas las personas con rasgos asignados a «lo asiático» proceden de este continente: los inuit, por ejemplo, viven en las zonas heladas de Alaska, Canadá y Groenlandia.

Todas hemos sido educadas en una sociedad racista, en donde se nos inculcan estereotipos desde la infancia que contribuye a perpetuar el racismo. No solamente por declararte anarquista, comunista o marxista vas a acabar con todo lo que has ido interiorizando desde pequeña, ya sean actitudes racistas, machistas, homófobas, tránsfobas o especistas: se exige un trabajo de revisión y deconstrucción de privilegios por parte de los colectivos socialmente opresores para acabar con el fin de toda opresión. Y para ello es necesario escuchar a quienes sufren directamente las opresiones: una blanca caucásica occidental no puede decir qué es correcto y qué no en lo que se refiere a racismo, pues la etnia a la que pertenece es socialmente opresora de las demás. Menos aleccionar y más escuchar.

Yelin

Los límites de la libertad de expresión

La libertad de expresión siempre ha estado y está presente en nuestras reivindicaciones y la defendemos como un derecho fundamental. Sin embargo, ¿hay límites en ella? ¿Todas y absolutamente todas las ideas se pueden expresar y tolerar? Así como la libertad social entendida por los y las anarquistas debe ir acompañada de responsabilidades tanto a nivel individual como colectivo, y que en ella no tiene cabida la libertad de explotación ya que la explotación supone la restricción de la libertad; en la libertad de expresión, ¿podrían tener cabida ideas que fomenten el odio o hagan apología de la opresión? Y es que la libertad de expresión no solamente apelamos a ello desde los sectores revolucionarios. En ocasiones, cuando de alguna manera ponemos trabas a la expresión de ideas contrarias, entre sectores reaccionarios también la van reivindicando y tratando de posicionarse como víctimas.

Pienso que para abordar este tema con mayor rigor debemos tener en cuenta las relaciones de poder¹, pues sin comprenderlas, podríamos llegar a poner al mismo nivel la censura de la clase dominante contra nosotras y nuestra «censura» hacia las ideas apologistas de la opresión. Recordemos que sino hay relaciones de poder equidistantes, no se pueden tratar usando la misma vara de medir. No obstante, censurar ideas que no concuerden con las nuestras es un acto autoritario y contradice con nuestros principios de libertad, además que la censura en ciertos casos puede producir el efecto contrario al deseado si se ha llevado unas campañas contra la censura y unos medios adecuados. Si tenemos argumentos sólidos para rebatir las ideas que reproducen las opresiones, sean clasistas, heteropatriarcales, racistas o ¿especistas? no tendríamos por qué impedir que se expresen. Pero sí que no las deberíamos tolerar en nuestros espacios ya que son las que combatimos. ¿Por qué tolerar las opresiones estructurales contra las que luchamos?

Los límites en la libertad de expresión están en que debemos defenderla frente a ideas que pretendan coartarla, reconocer las posturas victimistas que defienden las opresiones e impedir que, bajo el pretexto de la libertad de expresión, sean reproducidas en nuestros espacios. Pese a todo, en este artículo he decidido no dar nada por sentado y dejar un final abierto al debate. ¿Qué opináis al respecto?

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1- Para más información sobre las relaciones de poder, aquí.

Coherencia

Él era un anarquista curtido. Rondaba los cuarenta, y desde su juventud había participado en una infinidad de manifestaciones y acciones llamativas. También era conocido por sus escritos subversivos, incendiarios, abogando por la destrucción inmediata y completa del Estado y del capital. Él era sincero. Innumerables veces a lo largo de su vida había clamado contra la autoridad estatal, contra las relaciones de poder centralizadas y asimétricas y contra la imposición proveniente de toda jerarquía. Oponiéndose a cualquier tipo de tiranía política, siempre había sido fiel a la libertad y a la horizontalidad.

Él militaba en un colectivo formado por alrededor de treinta personas. Era específicamente anarquista, aunque entre sus integrantes había gentes de toda índole; estudiantes, okupas, trabajadores, feministas e incluso dos jubilados. Su principal objetivo era el de difundir la cultura ácrata, aunque los más jóvenes y aguerridos estaban constantemente en contacto con otras organizaciones afines para planear acciones, sobre todo en manifestaciones.

Él también tenía pareja sentimental. Aunque su pareja nunca se había declarado anarquista, era una persona lo suficientemente concienciada que entendía qué hacía él y por qué lo hacía. Con su pareja había tenido dos hijos, los cuales contaban con diez y once años. Hacía tiempo que él estaba en paro, de manera que aprovechaba todo el tiempo para dedicarlo a la causa de la anarquía.

No, Juan -dijo él-, eso no puede ser así. Las pegatinas y las pintadas deben de hacerse en el mismo momento que acontece la manifestación, no antes.

Pero si lo hacemos el día de antes disminuimos el riesgo a ser identificados, aparte de que al día siguiente, durante la manifestación, lo verían muchas más personas que si lo hiciésemos en el mismo momento de la manif…

He dicho que no puede ser así. Yo tengo experiencia. Sé de lo que hablo -dijo él-.

Yo también tengo experiencia en estas cosas, y te aseguro que…

Ya sabéis que yo no apoyo que se utilice el material urbano para hacer pintadas o poner pegatinas. No le veo la utilidad -replicó Javi-.

No empieces con eso otra vez, pesado. Si por ti fuese la revolución se haría pidiéndole por favor al que ostenta el poder -le respondió Sandra-.

Callaos, los dos -advirtió él-. Está decidido. Se hará durante la manifestación. ¿Estáis todos de acuerdo?

Vale… -respondieron al unisono los ocho integrantes que se encontraban ahí-.

Tras esta pequeña discusión y de haber tomado una decisión, él se marchó a casa para ultimar los últimos detalles respecto a lo que se proponían hacer en la manifestación. ¿Acaso no se daban cuenta que hacer las pintadas durante la manifestación era mejor? De esta manera la gente veía en vivo y en directo la acción, lo cual provocaba más impacto que lo que dijese el mensaje en sí. No entendían nada. Nadie entendía nada. Menos mal que él sabía cómo iban las cosas.

Al llegar a casa vio que sus hijos todavía estaban en el colegio -en esa maldita cárcel para niños-, y su mujer todavía tardaría un par de horas en llegar del trabajo. Así pues, se puso manos a la obra y empezó a trabajar con las pegatinas para tenerlas listas a tiempo.

Hola cariño, ya estoy aquí.

¿Dónde estabas? Has tardado más de lo habitual -inquirió él-.

Me he distraído un momento, no pasa nada.

¿Y dónde y con quién te has distraído? -persistió él-

Ay, cómo eres. El señor Ismael tenía una fuga en el grifo del tejado, y como él no puede subir debido a su avanzada edad, me ha pedido ayuda para que echase un vistazo, nada más.

Bien. Vamos a comer, que los niños nos esperan.

Esta mujer siempre desaparecía por una cosa u otra. Y siempre hablaba con todo el mundo.

¿Qué has hecho hoy en el colegio, Dani? -le preguntó él a uno de sus hijos-.

Hemos ido a ver una obra de teatro. Así que no tengo deberes.

Bien. Pues ahora te ordenarás la habitación y luego me acompañarás a pasear al perro.

No tengo ganas de pasear.

¿Qué? Tú vienes conmigo, aunque te tenga que llevar de la oreja.

Vale…

¿Y tú, Pedro? -preguntó a su otro hijo-.

Yo tengo deberes de matemáticas…

Pues tú me acompañarás otro día.

He recreado de forma muy breve lo que podría ser el día a día de cualquiera de nosotros. La vida cotidiana de alguien concienciado. Lo he hecho únicamente para que se entienda mejor y de manera más fácil lo que diré a continuación.

Llevo tiempo observando ciertos comportamientos dentro del ámbito libertario que, personalmente, no me gustan, y a veces hasta me asquean. Lo he presenciado sobre todo en las redes sociales, aunque también sé de primera mano otros casos fuera de las redes. No quiero generalizar, así que cada uno/a se sienta aludido/a si es el caso.

En muchas ocasiones son personas que han leído mucho, saben cómo se organiza la sociedad, poseen nociones generales sobre las estructuras y las relaciones de poder que imperan en nuestros días. Y de esta manera escriben y hablan sobre todo ello a grandes escalas. De manera macroscópica. Hablan del poder refiriéndose a la gran maquinaria del Estado, o critican duramente al patriarcado como estructura culturalmente determinada. Escriben sobre las relaciones sociales y de poder a grandes dimensiones, para comunidades o sociedades enteras. Sobre la libertad de todos. Sobre la organización y la horizontalidad de todos. Grandes estructuras, grandes relaciones de poder.

Pero de alguna manera olvidan las relaciones interpersonales, es decir, las relaciones de persona individual a persona individual. Olvidan, o ignoran, el tipo de interacción cotidiana entre nosotros y nosotras.

He presenciado muchos «debates» en los que poco les ha faltado para insultarse. Auténticas barbaridades por unas pequeñas discrepancias, totalmente nimias en comparación al resto de pensamientos e ideologías. He visto una cantidad ingente de intolerancia, más propia de ideologías autoritarias, y también mucha arrogancia por parte de gente que supuestamente rechaza la vanguardia profesional. Se llega a tales puntos de fanatismo que convierten en más grandes unas pequeñas diferencias que las enormes diferencias que nos separan de nuestros verdaderos rivales.

El hecho que subyace a este tipo de comportamientos es que reproducimos el mismo tipo de relaciones a pequeña escala que rechazamos a gran escala. En la historia que he narrado, he descrito a una persona que rechaza la autoridad del Estado, pero él es profundamente autoritario con sus congéneres. Alguien que escribiendo sobre la libertad de todos es sumamente intolerante con la opinión de unos pocos. Es alguien arrogante (por eso durante toda la historia le hacía llamar «él», para remarcar su supuesta unicidad), alguien que desprende chulería «porque tiene experiencia» o porque «ha leído esto». Alguien que siempre mira quién es más que quién, como si fuese una competición. Alguien dominador, posesivo. Todo esto a pequeña escala, en sus relaciones interpersonales, mientras que a gran escala clama todo lo contrario. Este hecho es completamente contrario a los principios anarquistas.

Lo descrito ocurría en un grupo reducido de personas, carente de influencia e importancia, un grupo que no tenía en sus manos la solución de ninguna cuestión de peso ni la decisión sobre asunto alguno de relevancia. Sucedía en un grupo de gente unida específicamente para hacer todo lo posible por la anarquía, es decir, para combatir las ficciones sociales, y para crear las bases de la libertad futura. Trasladar ahora el caso a un grupo mucho mayor, mucho más influyente, dedicado a problemas importantes y decisiones de carácter fundamental. Considerad a ese grupo encaminando sus esfuerzos hacia la formación de una sociedad libre. Y ahora decidme si a través de tal acumulación de pequeñas tiranías entrelazadas puede vislumbrarse alguna sociedad futura parecida a una sociedad libre o a una humanidad digna de sí misma.

La historia la he escrito como algo extremo, para remarcar lo que quiero decir. No creo que realmente ningún anarquista desarrollase tal grado de descaro.

No sé si este tipo de comportamientos son generalizados o excepcionales, pero sea como sea, independientemente de la frecuencia con que se den, es sumamente importante tener esto siempre en la cabeza. En nuestra vida cotidiana, junto con nuestras personas cercanas, debemos de recrear el tipo de interacciones que queremos en la sociedad futura. Sin puyas infundadas, sin intentar demostrar cuán equivocado es el supuesto del que parte el otro para verificar de esta manera el propio.

Que no se me malinterprete. No estoy diciendo con todo esto que no se tenga que debatir, al contrario, pero estos debates tienen que partir de la premisa fundamental del respeto mutuo. Sin arrogancias, ni chulerías, ni intolerancias. Tenemos que tener presente que diferencias siempre habrá (y es bueno que las haya, de hecho), y que es imposible hacer que todos concuerden en absolutamente todas las cosas. Aun así, todos nosotros compartimos unos principios básicos y comunes que nos sitúan dentro de la misma barricada. Hagamos de nuestra vida un ejemplo de lo que queremos en la sociedad, y no reproduzcamos los mismos esquemas de poder y las mismas conductas que decimos rechazar.

Una revolución en el exterior solamente será triunfante si anteriormente hemos revolucionado nuestros propios pensamientos, nuestras propias vidas, nuestra propia manera de relacionarnos con nuestros semejantes.

Radix

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