Apolíticos en el país de las maravillas.

El «apoliticismo» no existe, lo que si existe es la indiferencia que es una posición política en sí, por mucho que se pase de la política la política seguirá estando ahí porque en inseparable de la sociedad. La política es la gestión de las relaciones sociales, sin relaciones sociales no sería posible la vida en comunidad. Esas posiciones ultraindividualistas de negación de la política son abstracciones teóricas incapaces de materializarse.

La aceptación general que tiene este concepto se debe principalmente a que se confunde política con el parlamentarismo o el electoralismo y estos a su vez con la corrupción, no se tiene la visión social de la política que expliqué anteriormente. Esto es fruto (en el contexto del Estado español) de la dictadura (recordando a Franco y su «Haga como yo, no se meta en política»), de la «transición democrática» que se simplifica a un pacto entre élites y el derecho a participación de los ciudadanos queda reducido a meter un papel en una urna cada cuatro años,  y de los años que le siguieron hasta la actualidad donde esa identificación de la política con el ámbito institucional es una constante.

Otra de las causas que explican el rechazo de la gente común a la política es que la ven como algo demasiado complejo y lejos de su alcance, es uno de los argumentos que más se repiten entre quienes declaran su indiferencia, (la política es muy difícil, para entender eso hay que estudiar mucho…). Esto está relacionado con lo anterior ya que al concebir la política como la actividad institucional pues se considera la dificultad de la gestión pública burocrática, pero aún así es un argumento muy cuestionable vista la manifiesta incompetencia de gran parte de los que nos gobiernan.

Aunque cada vez más gente parece haberse dado cuenta de que si no haces política te la hacen y además en contra de tus intereses en la mayoría de los casos, aunque todavía sigue existiendo una mayoría silenciosa como se ha demostrado en las últimas movilizaciones a raíz de la abdicación del Rey, una gran masa popular salió a la calle a exigir que se respete su derecho a decidir y una ridícula minoría reaccionaria salió a defender un régimen caduco, pero el grueso de la población se quedó en casa, indiferente aunque probablemente se declaren a sí mismos como «apolíticos».

La «apolítica» vende, solo hay que mirar el interés que suscita cualquier iniciativa que se declare así. Los que manejan ese discurso no lo hacen de forma inocente ni por ignorancia, su intención es seguir manteniendo esa identificación y alejar a la política de su carácter social y potencial real de cambio.

Como conclusión, detrás del apoliticismo o la «antipolítica» se encuentra el elitismo, la negación en sí de la democracia. Perdamos el miedo a hacer política y a reivindicarla, ya sea desde las plazas o desde las instituciones quien pueda, hagamos política en defensa de los nuestros, del bien común, porque si no la hacemos seguirán haciéndola los de siempre y en beneficio de la minoría responsable del saqueo a gran escala al que estamos sometidos.

Y no seamos indiferentes (vista la imposibilidad de ser apolítico), como bien dijo Gramsci: la indiferencia es el peso muerto de la historia.

De zombies e insurrecciones

Lo sucedido al Centre Social Autogestionat Can Vies ha dejado ver, una vez más, lo «curioso» de la insurrección. En esta ocasión no se han podido leer/escuchar tantos comentarios críticos con la acción directa violenta que se desató tras la demolición del emblemático centro. La gente aplaudía la quema de la máquina que derribó aquellos ladrillos cargados de sueños y esperanza. La imagen se comentó mil veces en Internet, y parecía que reinaba (en las calles del Estado) un ambiente de gozosa subversión que ponía a todes al mismo lado de la barricada. Aquella escombrera nos hizo pensar de nuevo lo que ya habíamos pensados muchas veces: «estes cabrones se han pasado tres pueblos.»

Cuando «les cabrones» se pasan «tres pueblos» parece que la gente se anima a aceptar tácticas alternativas de resistencia (y digo alternativas por no ser las más comunes ni las más practicadas). Sin embargo, cuando «les cabrones» no llegan a los «tres pueblos» la quema de maquinaria y el ataque a los símbolos del sistema ya no se aceptan tan bien, como si tuviéramos que esperar a que tiren todos nuestros espacios liberados para empezar a defendernos. ¿No es acaso el Estado el mismo agente represor tire o no tire un centro social autogestionado? ¿No son los bancos, acaso, las mismas entidades explotadoras desahucien o no a una familia? ¿No es la policía la misma institución represora haya o no manifestación?

Los desastres hacen las cosas más fáciles, porque es en tiempos de crisis cuando las alternativas cobran una realidad más real (valga la redundancia). Cuando todo está echado a perder, cuando ya no nos queda nada de la comodidad que solíamos tener (por falsa que fuera), es cuando realmente nos creemos que las cosas «se pueden cambiar.» De ahí que tengamos tantas películas de zombies, de apocalipsis, y de catástrofes mundiales (y tantes seguidores de estas cosas). Como si vivir en un mundo cuasi-primitivo de zombies fuera una liberación material y espiritual: ¡por fin no tengo que ir a la oficina todas las mañanas! ¡Por fin no tengo que pagar la letra del coche! ¡Por fin no me tengo que preocupar de la universidad de los chiques! Mañana, siempre esperamos al mañana para que llegue ese apocalipsis liberador.

Pero sin zombies ni apocalipsis las fuerzas que derriban centros sociales autogestionados, las personas que reprimen y torturan a les que levantan la voz, o las instituciones que enchironan a les que se involucran, siguen estando ahí. No busques zombies o antidisturbios demoliendo centros okupados para comenzar a vivir tu aventura. No busques el apocalipsis para empezar a organizarte y actuar. La mayor catástrofe ya la estás viviendo, y se llama autoridad y capitalismo. Las pequeñas insurrecciones de la gente no tienen un sentido diferente si se dan tras el ataque a uno de nuestros espacios o en esos supuestos tiempos que llaman de «paz social» (pues la paz social todavía no ha llegado. por mucho que digan). Los motivos para organizarse siempre han estado ahí, esperando a ser llenados de motivación.

Motivos nos sobran, nos falta motivación.

Solidaridad con la compañera Tamara

Ya han pasado varios días desde la publicación en Contrainfo de aquel infame, acusatorio texto contra la compañera Tamara Hernández. Las réplicas han sido numerosas, y le autore o les autores originales no han vuelto a dar signos de vida. Como ya han señalado otres, todo esto huele bastante mal: el texto no va firmado, no se especifica a quién o quiénes supuestamente delató Tamará, ni las acciones que estas supuestas personas realizaron. Muchos supuestos que fácilmente se evaporan en el aire por falta de peso y pruebas. Todo huele a madera fascista.

Por otro lado, y también como otres han señalado, la cuestión de aceptar un indulto es harina de otro costal. Habrá compañeres que prefieran morir en las cárceles del mundo antes que aceptar un indulto. Habrá otres compañeres más dispuestes a usar las herramientas legales que el Estado opresor proporciona. Y habrá otres que según el contexto se decidan por una cosa u otra. Sea como sea, y dado que estamos hablando de una compañera que estaba encerrada por jugársela (que ya es mucho más de lo que muches dicen hacer), creo que nadie tiene derecho alguno a emitir juicios morales sobre les compañeres que han decidido pasar a la acción directa contra el Estado y sus carceleres. Quien está encerrade en la cárcel es porque realmente ha intentado dinamitar al Estado y sus «paladines», así que sea esta misma persona la que decida, desde la cárcel, qué quiere hacer con su vida. Al resto nos toca alegrarnos de 1) tener compañeres dispuestes a dar la vida por la anarquía y sus ideas, y 2) de verles, en caso de que salgan de la trena, y tenerles cerca para abrazarles, conversar con elles, y seguir luchando.

Quien decide pasar a la insurrección sabe que pone su vida y libertad en riesgo. ¿Y qué más preciado que la libertad para une libertarie? Aun así hay gente que decide sacrificar lo poco que tenemos para avanzar hacia un bien común al que algún día llegaremos. Sin conocer personalmente a Tamara, creo que éste es su caso. Ni somos quién para decirle a ella si aceptar un indulto fue lo acertado o no (de la misma forma que no fuimos quién para decirle si mandar aquél paquete fue lo acertado o no), ni somos quién para ir tirando acusaciones infundadas al aire. Desde el humilde espacio que Regeneración Libertaria me proporciona, me solidarizo con la compañera Tamara y todes les preses polítiques que sueñan desde las cárceles del mundo. A todes elles les deseo la más sincera felicidad. De la persona (o personas) que escribió el texto que dio origen a todo esto solamente espero que sea une perre del Estado al servicio de la opresión y de la tortura, porque si fuera une compañere ácrata estaríamos ante un día muy triste para les nuestres.

¡Muerte al Estado! ¡Fuego a las cárceles! ¡Preses a la calle!

Contra el elitismo revolucionario

Muchas veces hemos oído hablar que usar tal o cual término causa confusión, que éste u otro movimiento social es reformista y cómo tendrían que ser para dejar de serlo, que si es incoherente tal acción o táctica por contradecir una serie de principios, que si supone rebajar el discurso y caer en el «todo vale», etc, que todo ello parece llegar a conformar una suerte de ortodoxia, una burbuja aislada de la realidad social que se desentiende de los movimientos sociales y sus luchas, quedándose anquilosada e incapaz de responder ante la realidad cambiante. Esta es la suerte de ciertos grupos e individualidades sobreideologizadas que miran por encima del hombro al resto de mortales, posiconándose así como una élite con posesión de las verdades revolucionarias, las cuales se deben aplicar a rajatabla si realmente deseamos la revolución. Incluso hay quienes parecen pensar que la revolución estará a la vuelta de la esquina, anteponiendo por encima de todo, la coherencia ideológica a la necesidad de participar en frentes de masas. Craso error, pues la revolución está muy lejos ahora mismo y que no podemos realizar ninguna revolución social si nos desentendemos de la realidad que nos rodea y nos ceñimos en la coherencia.

Si bien es cierto que existía cierto movimiento anarquista después de su fallido intento de resurgimiento a finales de los ’70, cuando estalló la crisis del 2008, el anarquismo no respondió con contundencia y en mayo del 2011 nos sorprendió el 15M, en el cual, la gente salió espontáneamente a las calles ocupando las plazas de numerosas ciudades en el Estado español. Pese a su contenido ciudadanista y sus muchos peros, hemos de reconocer que el 15M supuso un punto de inflexión que abrió la posibilidad de hacer política en las calles, algo prácticamente impensable en una España con una clase trabajadora dócil. Al igual que con el 15M, están las mismas críticas hacia el resto de movimientos sociales como las mareas de todos los colores y la PAH, sin posicionarnos a favor de su fortalecimiento y radicalización ni plantear alternativas inmediatas desde un prisma libertario en las que poder avanzar. Sin embargo, lejos de tratar de entender los procesos, nos hemos dedicado a criticarles desde nuestras casas su pacifismo dogmático, sus reivindicaciones ciudadanistas y reformistas y miles de «peros», sin entender que el 15M nació con una estructura horizontal y asamblearia, que supuso así una ruptura con el pasotismo generalizado en política. Nadie se hace revolucionaria de la noche a la mañana y aquellas personas no poseían una buena formación política, pero sí comenzaron a cuestionarse el sistema y se han abierto espacios para hacer política desde las calles y los barrios.

Las proclamas maximalistas y el proselitismo en algunos mensajes anarquistas, que parecen encriptados para el resto de la sociedad y solo dentro de los círculos anarquistas entendemos, nos ha alejado del escenario político anticapitalista. Se repiten los típicos argumentos de siempre, que pese a que algunos puedan llevar razón, hay algunos que no atienden al contexto, como los hay críticas destructivas que no aportan nada más allá de la negación. Por eso, en ocasiones, en vez de aprovechar espacios abiertos de lucha, algunos y algunas priorizan el corpus ideológico frente a la necesidad inmediata de frenar los atropellos del neoliberalismo desde las bases, de conseguir victorias a corto plazo para ir extendiendo la lucha de clases.

Si el anarquismo carece de dogmas, significa que requiere una constante reflexión y análisis, a la vez que nos posicionamos y participamos en las luchas. Claro, supondría cargar con ciertas contradicciones, pero guste o no, son inevitables mientras sigamos viviendo en el sistema capitalista. Por tanto, hay que asumirlas e ir superándolas poco a poco, replantearse las consignas y repensar algunos términos. Entonces, si reclamamos lo público reclamamos lo que nos pertenece, que no pase a manos de los mercados y sean de gestión popular; si utilizamos un lenguaje más sencillo no implica rebajar el discurso, sino utilizar un discurso divulgativo intentando transmitir nuestras posiciones al resto de la clase obrera; si participamos en los movimientos sociales es porque tenemos mucho que aportar en ellos, al margen de si tiene o no una orientación política clara ya que dicha política ha de forjare en el día a día. No es ninguna renuncia a nuestros principios cuando luchamos por arrancar pequeñas victorias en la vida cotidiana, en las contradicciones del capital-trabajo y colaborar con colectivos afines, pues demostrar que los y las anarquistas también nos involucramos en todos los frentes de lucha es más que necesario. Recordemos que no somos ajenos y ajenas a los cambios que se dan en estos momentos, que no vivimos del cuento y que formamos parte de la clase obrera. Recordemos que no llegaremos a ningún lado yendo por nuestra cuenta, desorganizados y dados al espontaneísmo, o en la comodidad de nuestros grupos de afinidad y colectivos.

Que se disuelvan las élites que dictan cómo hemos de luchar y qué luchas son válidas midiéndolas con la vara de la coherencia ideológica y con la Biblia de los principios anarquistas en la mano. Aunque nos cueste, debemos ir saliendo de nuestras posiciones de comodidad, analizar los procesos sociales y entenderlos para poder incidir y aportar en la lucha social. A la vez, para salir de la marginalidad urge adoptar estrategias y acciones que sumen fuerzas y creen tejido social anticapitalista y horizontal, valorar las luchas en base a qué es lo que nos ayuda a crecer como movimiento social y políticamente, en definitiva, a empoderarnos y a inclinar la balanza de las relaciones de poder en favor de las clases explotadas. Menos altanería y más humildad, esto es lo que hace falta a ciertas personas que se declaran revolucionarias.

La abstención es un gesto activo: La política de la dignidad

Nota: ésta es una crítica simpatizante con el texto «La abstención es un gesto pasivo: La política del día a día», al cual me gustaría resaltar los argumentos que yo personalmente considero acertados, así como complementarlo con otras ideas que se alejan de lo escrito por el compañero Liberty Cravan. Por lo tanto, se recomienda la lectura del primer texto antes de proceder con éste.

La abstención, lejos de ser un gesto pasivo, es tal vez uno de los gestos más activos en política parlamentaria. Entiendo como abstención el mero hecho de no ir a votar por el motivo que cada persona quiera adoptar. Esto abre un gran abanico de motivos: algunas personas no votan porque no tienen tiempo. Otras personas no votan por que les da pereza levantarse un domingo de la cama. Otras no votan porque no quieren legitimar el sistema electoral. Y otras personas pueden no votar simplemente porque no les da la gana ese día. Algunos motivos tienen un trasfondo político, mientras que otros no. Algunos motivos nos gustan más, mientras que otros tal vez los rechacemos tanto como el ir a votar. Pero lo mire como lo mire, veo que todos los motivos para abstenerse son activos.

Cuando vives en una sociedad como la del Estado español donde la televisión, la radio, y la prensa te bombardean inhumanamente cada vez que hay elecciones para lo que sea, el decidir no ir a votar se me antoja como algo activo. Cuando todo discurso socio-político de responsabilidad ciudadana, dignidad humana, y buen comportamiento gira alrededor de concurrir a elecciones y ejercer nuestro «derecho» constitucional, entonces, el no ir a votar y abstenerse me parece algo muy activo. Más cuando ese discurso hegemónico, institucional, y profundamente socializado se impone de una manera tan brutal (desde el colegio hasta la universidad nos enseñan el valor de «ir a votar»).  Abstenerse de votar no solamente es romper con las reglas del juego que nos quieren imponer, sino también una manera activa de decir que nos importa bien poco lo que nos quieran imponer. ¿Hay algo más activo que la rebeldía contra lo impuesto?

Si votar es lo «normal» en un proceso electoral, entonces abstenerse es lo «anormal.» Y para ser une anormal hay que romper primero con la comodidad de la cultura dominante. Se abstenga una persona por el motivo que sea, aunque sea por pura pereza, ahí encontramos una valiosa fuente de actividad. Cuando la cultura política dominante estigmatiza a la persona que se abstiene, cuando nos llaman «irresponsables», o cuando nos culpan de todos los males electorales, entonces el no ir a votar se convierte en algo más que activo, pues implica una ruptura con toda normalidad establecida (y esto no se hace por pasividad). Que se lo pregunten a les católiques que les da pereza ir a misa un domingo: me da lata ir pero voy por lo que pueda decir el vecino, la madre del vecino, o el párroco. El ir a misa (en este ejemplo tonto) sería cumplir con la normalidad de la (sub)cultura dominante en tu contexto. El no ir a misa, lejos de ser un gesto pasivo, es un hecho activo en tanto que se decide romper con la presión social y cultural.

Ahora, el tema que propone Liberty Cravan no solamente es si la abstención es un gesto pasivo o activo. El compañero escribe que la abstención activa no conlleva, necesariamente, a un aumento de la lucha diaria contra el capitalismo, la autoridad, y todo lo demás. Y bien cierto es: la lucha en la calle, en los puestos de trabajo, en las escuelas, y en todo lugar no depende directamente de la abstención activa, pues ésta ni crea consciencia de por sí ni lleva a ningún tipo de milagro. Estas otras cosas caen en otro terreno que poco o nada tiene que ver con la política institucionalizada. Aunque los nexos existentes entre prácticas políticas no institucionalizadas e institucionalizadas puedan ser de gran interés, no explican (o no pueden explicar) el valor ético que es intrínseco a la abstención. Sí, lo que cuenta para el cambio social en importante medida es eso que Cravan llama «la política del día a día.» Pero abstenerse de votar no conlleva mal alguno. [1] Puede que no conlleve mejora alguna tampoco, pero al menos garantizamos que no haya mal (cosa que no pasa votando).

La lucha en el día a día es fundamental, necesaria, e imperativa siempre que existan elementos de autoridad. Pero no considero que el concepto de «abstención activa» merme u obstaculice nuestra lucha libertaria. De hecho, no tengo muy claro si el uso de otro concepto aumentaría la militancia en sindicatos, grupos de afinidad, o redes horizontales. Como tampoco tengo muy claro de qué manera exactamente la abstención activa dificulta «la política del día a día.» Yo diría lo contrario: animemos a la gente a luchar, organizarse, y vivir con dignidad. Pero también animemos el boicot de uno de los mayores circos de la humanidad. Te abstengas por el motivo que te abstengas, bien por ti.

Notas

[1] Escribo que «no conlleva mal alguno» puesto que abstenerse no legitima un sistema político injusto y opresor. Es más, abstenerse no legitima la autoridad de las instituciones burocráticas ni a los estados-nación. Abstenerse en masa puede llevar a que un grupo nazi consiga 10 escaños. Pero votar en esas mismas elecciones a Podemos (por ejemplo) implica la reproducción de la autoridad fáctica y simbólica de todo aquello que el anarquismo critica. Sopesad vosotres mismes qué es más ético y práctico teniendo perspectiva histórica.

La abstención es un gesto pasivo: La política del día a día.

La abstención es un gesto pasivo. Un no-hacer. Da igual que lo acompañemos del adjetivo «activa» porque, al final, sigue expresando un dejar de hacer, más que un hacer activamente. El gesto activo, en cambio, es la lucha anticapitalista diaria, la organización libertaria, el trabajo de base: anarcosindicalismo, defensa de los servicios sociales, construcción de espacios de socialización y alternativas económicas, resistencia frente a procesos destructores de medio, enfrentamiento político… Quiero poner en duda que, al defender la abstención, incluso al incluir ese adjetivo de activa, estemos consiguiendo de manera efectiva transmitir un mensaje movilizador, que llame a la población a activarse. Quiero ponerlo en duda porque, desde mi punto de vista, la defensa de la abstención eclipsa, más que dar luz, a esa defensa de la toma de conciencia que se expresa de manera constante. Ese que es, en definitiva, el programa de los libertarios respecto a la participación en los asuntos comunes.

Vaya por delante que soy abstencionista, por si la cuestión personal resultase relevante para el debate. Considero que es la posición más coherente entre aquellos que rechazamos este modelo de participación política, además de la más util a nivel estratégico en el contexto actual. Pero entre anarquistas esta ha sido siempre una cuestión estratégica más que de principios. Por ello, tampoco creo que la abstención sea la posición más útil en todo contexto, aunque sí en la mayoría (si no todos) los contextos electorales en que pueda verse inmerso hoy día cualquier lector habitual de este artículo.

Pero lo que me interesa cuestionar es lo siguiente: si lo que pretendemos es defender la lucha diaria y de base, ¿por qué lo ocultamos tras la idea de la abstención? ¿De qué forma nos beneficia hablar de abstención (incluso de abstención activa) en lugar de hablar de organización y lucha, de participación directa en política, de devolver esta a una escala local y federalista?

Vale la pena dar una vuelta a la diferencia abstención/abstención activa. El argumento mil veces repetido es que añadir el adjetivo activa cambia el carácter del gesto de una decisión pasiva a una decisión resultado de una toma de conciencia. Bien pero ¿es la abstención requisito o, más bien, resultado del proceso de toma de conciencia y movilización? Porque si se trata de lo segundo, como defiendo, me parece más estratégico trabajar por difundir una toma de conciencia y apelar a la movilización. De tal modo que es ese mismo proceso, más fundamental, el que se concretará en un gesto abstencionista.

¿Por qué defiendo que añadir el adjetivo de «activa» no basta para mejorar la labor movilizadora del concepto? Porque no es lo mismo lo que queremos transmitir que aquello que efectivamente transmitimos. En esto vuelvo a una idea recurrente: La recepción correcta del mensaje no depende sólo de la intencionalidad del emisor, si no también y fundamentalmente de la capacidad del receptor para interpretar el mensaje. Para buena parte de la gente la abstención ACTIVA es aquella que se lleva adelante como gesto político consciente de rechazo al sistema, es decir, diferenciada de aquella abstención que ocurre por pasividad o vagancia. Hasta ahí de acuerdo. Sin embargo, eso no dirige necesariamente (como pretenden algunos) a la idea de la participación diaria y directa en política que defendemos los anarquistas. Valga el ejemplo de la izquierda abertzale que ha llamado a la abstención activa, consciente, cuando su partido de referencia ha sido ilegalizado, pero que no estaban por ello haciendo una defensa de la participación directa (no delegada) en política. De hecho, probablemente haya sido uno de los llamamientos a la abstención activa más exitosos (a nivel cuantitativo) de los últimos años en el estado español.

Otro ejemplo más de la poca capacidad movilizadora del concepto es que, en los pocos debates en los que participamos, se plantea la dicotomía como votar/abstenerse. En ese caso estamos dando lugar a un equívoco que resulta necesario explicar una y otra vez, que no basta con abstenerse sino que además hay que luchar. Sin resultado, porque la idea mayoritaria que permanece es que, simplemente, los anarquistas no votamos. Mi impresión es que la idea que debemos transmitir es que los anarquistas defendemos la participación diaria y directa en política y que por ello el voto nos parece secundario. Mi propuesta es hablar de «Política del día a día» en lugar de «Abstención activa». De otro modo, parece que defendemos la abstención como una alternativa efectiva (en términos de utilidad) al voto, cuando no es tal. La alternativa real está en lo que ya se ha nombrado y que merece la pena repetir: la lucha anticapitalista diaria, la organización libertaria, el trabajo de base… El objetivo está en difundir este mensaje de manera clara y sin vuelta de hoja; hacerlo el día de las elecciones, el día previo a las elecciones y, sobre todo, los días posteriores.

Un argumento recurrente en defensa de la abstención es que esta deslegitima al sistema. Tampoco me parece del todo correcto, si bien es el argumento más profundo en favor de su utilidad. La legitimidad de un gobierno con un porcentaje de voto ínfimo podría (y debería) ser puesta en entredicho: Este gobierno carece de apoyo para gobernar. Hasta ahí bien, puesto que es una importante baza con la que jugar, que además el resto de la izquierda se niega a contemplar cuando presenta sus propuestas electorales fragmentadas y con un margen de maniobra mínimo (y este es el caso incluso en el reciente «triunfo electoral» de Podemos). Con todo y haciendo un análisis realista, los gobiernos muy minoritarios siguen gobernando sin que su falta de legitimidad se lo impida. ¿Por qué? Porque si bien la abstención sirve para no-legitimar, el desgaste y la paralización real de los gobiernos solo puede venir de un movimiento organizado que trabaje de manera constante, que haga política en el día a día. Para ese movimiento la abstención podría ser un arma más, por supuesto. Pero de nuevo volvemos sobre la prioridad fundamental de potenciar la movilización, el trabajo diario y de base frente al gesto de la abstención. Gesto que sin movimiento real que lo justifique carece de potencia.

¿Qué aspectos positivos presenta, a cambio, el hecho de una defensa de un concepto como la política del día a día? Fundamentalmente, que activa el marco teórico de que la lucha es un compromiso constante. Que pone lo fundamental por encima: No el gesto abstencionista, si no el compromiso que lleva a cuestionar el voto.

Lo que quiero decir, en definitiva, es que la idea que ha calado es que el anarquismo no vota, frente a la idea que nos interesaría proyectar de que el anarquismo, ante todo, prima la organización y la lucha diaria. Afirmo que el uso del concepto abstención activa tiene mucho que ver en ese problema, ocultando lo fundamental y poniendo por delante lo accesorio. Que faltan conceptos que hagan referencia a la organización permanente en política, falta comunicarlos y desarrollarlos (¿Cómo nos organizamos? ¿Cómo se lucha?) y falta llevar estas propuestas a la práctica. La idea-fuerza que debe calar es que las cosas solo se consiguen luchando cada día y que esto es una evidencia práctica, no un principio rector ni un empeño teórico. Para ello, propongo adoptar el concepto de política del día a día, dándole forma como alternativa libertaria al voto desde el apoyo mutuo y la acción directa.

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