Aquí y ahora

Es de vital importancia entender el hecho de que el Estado se está organizando dentro de una realidad social que tiende hacia una forma siempre más estática, rígida e irreversible, contra la cual será cada vez más difícil combatir.

No se está hablando de ciencia ficción cuando uno afirma que prácticamente nos controlan, que con una velocidad siempre mayor nos están encerrando en el interior de un circuito telemático absoluto, y que dentro de dicho circuito el individuo no es más que un burdo número, siempre fácil de localizar y controlar. Un circuito tecnológico con capacidad de controlar nuestras acciones tanto a priori como a posteriori. En esta realidad que se forma ante nuestros ojos, es cada vez más evidente y necesario hacer algo, aquí y ahora, no cuando todos estemos encerrados por completo en el proyecto de control del capital y del Estado.

Así pues, que vuelen por los aires las comisarías, los tribunales, las cárceles y las multinacionales. Es un simple ataque al espectáculo del capital y al control del Estado. De esta manera se rechaza no solamente lo impuesto, sino también las organizaciones del equilibrio del poder, de la espera, de la muerte. Ante la estructura monolítica del poder político, se le encara otra monolítica estructura de trabajadores. La acción es una crítica concreta de la posición de espera, suicida, de este tipo de organizaciones.

Existe una sobredosis de información. A la gente le hastían las lecturas de los clásicos, las discusiones teóricas, las reuniones, las manifestaciones inútiles, las infinitas distinciones y la monotonía. Solamente es indispensable una mínima orientación estratégica preventiva. Sin alardes, sin grandes premisas analíticas, sin complejas teorías de apoyo. Solamente el ataque inmediato cuenta.

El hecho de quemar un coche de policía no reside tanto en la funcionalidad de la acción en sí misma, sino en lo que dicha acción representa o simboliza. Pasar al ataque encarna y representa la primera condición real para terminar con su autoridad moral. Es el reflejo de nuestra negación ante su presencia y existencia.

Al destruir con una fría determinación el exterior, solamente lo estamos sincronizando con nuestro interior. Cuando un sistema entero nos persuade de que el problema somos nosotros, que el defecto está en el individuo, empezamos a no saber distinguir dónde está el que verdaderamente causa los problemas. Ya sabéis, aquello del control social y el necesario desplazamiento de la ira y la desesperación desde su objetivo genuino pero nebuloso (el sistema compuesto por el Estado, la industria, las finanzas y el comercio), hacia el único objetivo accesible; el individuo aislado en una cultura en que la insurrección y la insumisión masiva son cada vez menos pensables. Es en este aspecto cuando delineamos la presencia real del enemigo, cuando exteriorizamos y materializamos nuestra propia autodestrucción y la proyectamos hacia la destrucción de las condiciones exteriores.

Date prisa en armarte.

Radix

Entre votantes y abstencionistas

Desde el arranque de la campaña electoral para las europeas, las calles y las redes se van inundando de propaganda electoral. A la par, la abstención empieza a preocupar tanto a partidos políticos de toda índole como personalidades de izquierdas y votantes. Mientras, a los y las anarquistas nos preocupan más el voto y no los datos de abstención que superan incluso al partido más votado, llevando el discurso de siempre a favor de la abstención activa. No obstante, urge también que repensemos la cuestión electoral más allá de repetir las consignas de siempre cada vez que se acerquen las elecciones. ¿Siempre es mejor no votar y dejar de participar en el juego electoral? ¿En qué circunstancias el voto sería una táctica más acertada? ¿Qué es mejor: un gobierno de derechas o uno de izquierdas? Esta última cuestión será tratada al final del artículo.

Bien es sabido que participar en el juego burgués es como «las herramientas del amo no van a desmontar la casa del amo», en ciertas ocasiones puede llegar a favorecer en parte, aunque simbólicamente, a la clase trabajadora o al menos llevar voces anticapitalistas al parlamento, como es el caso de las CUP catalanas, o en el caso de la CNT pidiendo el voto para el Frente Popular en 1936 para derrocar a la derecha y conseguir la libertad de los y las militantes presas. Debemos recordar que no somos ajenas a las políticas que salgan del parlamento. Nos afectan igual que al resto de mortales.  Sin embargo, ante prácticamente el monopolio de los grandes partidos, solo den a elegir entre neoliberalismo cercano a Margaret Thatcher o neoliberalismo con tintes socialdemócratas, sin que llegue a haber una ruptura radical con el sistema capitalista. Mientras, los partidos pequeños no consiguen casi pisar el parlamento, y más si se tratan de partidos a la izquierda de la socialdemocracia.

Entre votar o no, ronda una cuestión fundamental: la lucha de clases llevada a cabo desde las bases sociales, así como la lucha en el terreno político en las calles. Obviamente, el votar o pedir el voto para partidos minoritarios como Podemos, Izquierda Anticapitalista, Los Pueblos Deciden; e incluso IU, no implica necesariamente que solo se tome esa vía y se olvide de la lucha en las calles, aunque son casos que ocurren, en que ciertas personas solo se centran en la cuestión electoral olvidándose de la lucha en las calles. ¡Hasta hay votantes que, ante la impotencia de no poder cambiar nada, echa la culpa a los y las abstencionistas de que la derecha llegue al poder! ¿Quién es el enemigo? ¿El y la abstencionista o la injusta ley electoral y el capitalismo? Cada cual que saque conclusiones, pero las respuestas son claras: el orden burgués y el sistema capitalista. Por otro lado, la abstención de por sí no resulta nada concreto. Puede ser por pasividad, por desconfianza en las instituciones políticas, por negación a participar en el circo electoral, por no tener simpatías hacia ningún partido o porque, en el caso de los y las anarquistas, pensamos que la lucha no se puede delegar en ningún partido político, sino que se realiza en las calles a través de la organización popular y que la lucha política emane del pueblo. Es por ello que reivindicamos una abstención activa, que ponga énfasis en la autoorganización y no en el voto, en el empoderamiento (capacitación) del pueblo y no en las soluciones desde arriba. También, unos índices altos de abstención podrían significar la deslegitimación de las instituciones burguesas.

A quienes arremeten contra quienes optamos por la abstención, conviene recordarles que el derecho a la libre asociación se conquistó asociándonos; el derecho a la huelga, haciendo huelgas; así como la libertad de prensa, la jornada de 8h, los domingos festivos… ¡Incluso el mismo voto femenino! se consiguieron luchando y no votando, y que en el curso de esas luchas, derramaron mucha sangre obrera. Es en la clase trabajadora donde reside el poder y que solo se hará efectivo si se organiza y lucha contra el sistema capitalista desde las bases. Conviene recordar la frase de Voltairine de Cleyre la cual dice «los trabajadores tienen que aprender que su poder no está en la fuerza de su voto, sino en su capacidad de parar la producción».

¿Es entonces compatible el voto y la lucha en la calle? Si existe un peso mucho mayor en las bases sociales y es a través de esas bases donde se impulsan proyectos políticos, las acciones y las decisiones, siempre que la fuerza real resida en esas bases, podríamos decir que sí, como se da en el caso de la FeL Chile. De lo contrario, si no existe esa base social desde donde se articulan los movimientos sociales, es completamente inútil el voto. A partir de esta respuesta, elaboramos la contestación a la pregunta hecha en la introducción. Si bien diríamos que nos importará bien poco que gobierne la derecha o la izquierda, pues ambas posturas siguen manteniendo el sistema capitalista, nos sería más favorable un gobierno de izquierdas que uno liberal-conservador, ya que nos permitiría una mayor libertad a la hora de organizarnos y luchar que si estuviese un gobierno de derechas, que nos dificultaría más poniendo trabas legales a las organizaciones y las acciones. Por contra, un gobierno de izquierdas juega un papel apaciguador y de conciliación de clases en favor de la clase dominante, lo que se traduce en la neutralización de la lucha de clases y en la desmovilización del movimiento obrero dejándolo sin capacidad de respuesta ante las ofensivas neoliberales y/o fascistas, como ocurrió con la República de Weimar, que ante la reacción nazi, no pudieron pararles los pies.

A modo de conclusión. No obligamos a nadie a abstenerse, pero tampoco vamos a tolerar que nos obliguen a votar. Que la lucha social y de clase se gana en las calles, en los tajos, en los institutos y en las universidades y en todas partes donde el sistema capitalista pretenda abrir mercados. Pero quien quiera votar un partido minoritario o votar nulo, que sea libre de hacerlo, sin olvidar, claro está, que la lucha de clases no la ganaremos en las urnas.

Tensión vegana

Nota a les lectores: Algún día de estos me decidiré a escribir mi opinión sobre por qué el veganismo es la dieta más consecuente para con el anarquismo. Sin embargo, hoy se me empeña meter el dedo en la llaga donde más nos duele a les veganes: el medio ambiente y el impacto que nuestra actividad humana tiene sobre éste. Como ni soy biólogo, ni médico, ni nutricionista, ni tan siquiera entiendo mucho de ciencias del medio ambiente—más allá de eso que llamamos «conocimiento popular»—aviso a les lectores que aquí no habrá ni datos reveladores, ni números impactantes. Me limito a dar una impresión personal de lo que se le ha ocurrido a mi propia ignorancia a lo largo de ciertos años en contacto con veganes del mundo.

Lo primero que une piensa cuando se introduce al veganismo es que está dando un paso importante en su vida. Una dieta libre de sufrimiento animal es consecuente con las ideas anarquistas, y la consecuencia que pueda existir entre palabras y acciones es siempre placentera. Sin embargo, a medida que une se familiariza con el veganismo se empieza a dar cuenta que hay ciertas cosas que ya no cuadran tanto con otras ideas que podamos tener como anarquistas responsables. Lo primero que a mí, particularmente, me llamó la atención fueron lo que en mi entorno llamamos «productos estrella veganos», que vienen a ser el tofu, la quinoa, y el seitán.  Si me llamaron la atención no fue por sabor o nombre, sino por su procedencia—¡y precio! No sé en vuestras localidades, pero en los sitios en los que he vivido yo estos productos son de difícil acceso, monetariamente hablando, para la gran inmensa mayoría de personas.

Pero este artículo no tiene que ver con la mercantilización capitalista del veganismo—ni sobre los precios abusivos de las «tiendas orgánicas» que explotan las responsables decisiones de les veganes para forrarse a base de tofu, quinoa, y seitán. Esto tiene que ver con lo que escribía más arriba de la «procedencia» de estos productos. Y es que pocos «productos estrella» se producen localmente donde se consumen mayoritariamente, sino que se producen en países donde la mano de trabajo es barata, donde la ley facilita la explotación intensiva, y donde la destrucción del medio ambiente importa poco a las élites del cotarro. Pero ya sean «productos estrella» o no, lo cierto es que casi todo lo que les veganes—y no veganes—consumimos viene de países lejanos, más «baratos», y más explotados.

Dejando de lado la crítica al capitalismo explotador, me quiero centrar en el «viaje» de estos productos alimentarios. Un «viaje» que, al menos a mí, me produce cierta tensión mental. Resulta que para comer sano—es decir, para llevar una vida alimentaria saludable—, sin sufrimiento animal—que es muy importante—tengo que adquirir productos que viajen miles y miles de kilómetros en el medio de transporte que sea, contaminando en su «viaje» y añadiendo así, con mi supuesta responsabilidad, más daño al planeta y su futuro ecológico. En mi entorno hemos intentado buscar alternativas a esta tensión, y son bastante sencillas de encontrar: adquirir productos locales que no tengan que «viajar» tanto. No es cuestión de poner banderas a lo que adquirimos, sino de reducir al máximo posible nuestra huella ecológica. No obstante, no siempre es sencillo adquirir productos locales, ni siempre se produce todo lo que necesitas de manera local. A esto se le ha de añadir la dificultad regional: en algunas regiones el mercado se habrá especializado en ciertas cosas, dependiendo de las importancias para las demás.

¿Y qué debe hacer el vegane responsable ante esto? No tengo la respuesta definitiva, pero sí que sé que ésta pasa por reducir la adquisición de productos importados—con lo que también se estaría reduciendo el apoyo a la explotación humana en muchos casos. Supongo que todo termina siendo una crítica al sistema capitalista ya más que globalizado. Y sobre todo al consumismo frenético al que nos enseñan desde pequeñes. Recuerdo aquella mesa redonda en la que una persona, ya de cierta edad, decía que la «modernidad» había mejorado mucho su vida. Ahora, decía ella, podía comer frutas exóticas que hace años no podría ni soñar con ellas. Y yo me preguntaba: ¿qué tipo de mejora a tu vida aporta el hecho de poder comer aguacates, mangos, o frutas de la pasión?

Lo del tofu, la quinoa, y el seitán creo que sigue una lógica un tanto distinta. Si les veganes tiramos de estos productos es por su valor nutricional alto en proteínas. Pero volvemos a las mismas: ¿no podemos encontrar otras fuentes de proteínas que no impliquen «viajar» miles de kilómetros? Tal vez sea imposible. Tal vez no. O tal vez sea hora de empezar a cultivar nosotres mismes lo que necesitemos. Pero si así lo hacemos, ¿qué impacto tendrá sobre el equilibrio ecológico de nuestra región?—como dije, yo de estos asuntos soy bastante ignorante.

Sea como sea hay tensión. Y la tensión, si no se resuelve, suele acabar mal.

Desmitificación de la policía

Yelin (@JYelin_)

“Están para protegernos”, “son necesarios para que nadie se pase de la raya”, “velan por nuestra seguridad”, “sin ellos, todo sería un caos”. Estas son algunas de las frases que escucharíamos si preguntásemos sobre la policía a determinadas personas en nuestra sociedad. “No tienen la culpa, solo obedecen órdenes”, “solo hacen su trabajo”, “también, tienen una familia y tienen que mantenerla de alguna forma”, “no todos son responsables de lo que hacen algunos”. Estas otras recibiríamos también de otras tantas que intentan justificar sus actos represivos. Si nos damos cuenta, vemos que las anteriores respuestas no son más que la reproducción de la ideología dominante, la cual el proletariado ha ido asimilando: esa ideología que utilizan los cuerpos represivos del Estado para asegurar su propia existencia y funcionamiento, ayudado por los Aparatos Ideológicos del Estado como los medios masivos de información o la cultura que le dan una buena imagen de cara a la sociedad. Así por ejemplo, vemos constantemente películas o series de televisión donde se nos presenta a la policía como el bien que lucha contra el mal. Podemos plantearnos una cuestión: ¿para qué sirve la policía?

La policía, también llamadas fuerzas de seguridad o fuerzas del orden, es aquel cuerpo que se encarga de velar por la seguridad de la ciudadanía. O eso nos cuentan. Así, necesariamente tiene que existir una amenaza para que se cumpla esta afirmación. Directamente, nos lleva a pensar que esa amenaza la representan aquellas personas que cometen crímenes (robos, asesinatos…), las marginadas sociales o las inmigrantes. Sin embargo, poca gente es consciente de que la gran mayoría de estas personas son producto del sistema capitalista (o del patriarcado, en caso de la violencia machista): la existencia de la propiedad privada de los medios de producción que provoca la desigual distribución de la riqueza, y empuja a las peor situadas socialmente a cometer crímenes para su propia subsistencia; crímenes que son causados generalmente por las condiciones sociales, políticas y económicas. Por ejemplo, si una persona que durante toda su vida ha sido pobre ve cómo la sociedad trata a otra que pertenece a una familia adinerada, con admiración y respeto, no podrá evitar compararlo con su situación, que es tratada con desprecio. No será de extrañar que esta persona quiera ser como la otra, e intentará por todos los medios conseguirlo, a través del engaño y la mentira y cometiendo algún crimen de vez en cuando. Con esta función podríamos plantearnos una paradoja: si la policía está para combatir los crímenes, pero estas continúan existiendo mientras el sistema que los produce sigue vigente, ¿significa esto que no son eficaces? ¿No sería mejor buscar una alternativa y eliminar el problema de raíz? Y si se diera el hipotético (e improbable) caso de que los crímenes se erradicaran en el capitalismo, ¿para qué seguir manteniendo a la policía? Por tanto, vemos que la policía, en vez de velar por la seguridad de la ciudadanía, perpetúa los crímenes ya que vive de ellos, con la ayuda de las prisiones, que hablaremos de ellos más adelante.

La policía es aquella institución del Estado que se encarga de mantener el orden público. O eso nos dicen. Con esta afirmación, nos hacen creer que, sin policía, viviríamos en una sociedad de constantes altercados, disturbios y violencia generalizada, en definitiva, en un caos. Pero deberíamos detenernos en el concepto de “orden público”. El orden público es el estado legal en el que todas las sociedades deberían estar para su normal funcionamiento y desarrollo, y conservar así su orden social. El orden social, por su parte, es la estructura social, con sus jerarquías, normas e instituciones socialmente aceptadas. Por tanto, mantener el orden público implica mantener el orden social, ese orden social que en la actual sociedad capitalista es la propiedad privada de los medios de producción, valores como el individualismo o la competencia, o la posición privilegiada de la burguesía respecto al resto de la población, que se reproducen y se materializan en el hambre que pasa la gran mayoría de las habitantes del planeta, las guerras imperialistas, los cientos de desahucios diarios en el Estado español, la corrupción política, el desigual reparto de la riqueza, las numerosas asesinadas por violencia machista, las redadas racistas, la dura represión que provoca heridas e incluso muertas, las detenciones por motivos políticos, y así un largo etcétera. Por tanto, sí es verdad que mantienen el orden público, pero nos ocultan todo lo que conlleva mantener ese orden público que acabamos de explicar. Aun así, se puede plantear otra contradicción: si la policía está para impedir disturbios, ¿por qué en las manifestaciones sin apenas policía siempre son tranquilas, mientras que en las que hay un gran despliegue policial es más probable que se sucedan? Cualquiera que deje su inmovilismo de lado, puede comprobar que esto es cierto.

Para llevar a cabo las anteriores funciones, tienen a su disposición un arsenal de armas e instrumentos que para una persona cualquiera está prohibida su posesión. Y a partir de esto, llegamos a su principal labor: la represión mediante la fuerza. Para la clase dominante, siempre es preferible gobernar mediante la ideología, pero si esta falla, echa mano de la fuerza para seguir conservando sus privilegios. Y ahí están la policía, el Ejército o las prisiones para defender a la burguesía. No es casualidad que en tiempos de crisis económica y descontento social, la represión policial se ve aumentada. ¿No es la policía quien acalla las voces de las manifestantes con sus porras y pelotas de goma? ¿No es la policía quien tortura en comisarías a las detenidas? ¿No es la policía la encargada de ejecutar los desalojos de los centros sociales y los desahucios que dejan a numerosas familias en la calle sin alternativa habitacional? Es aquí donde se aplican esas justificaciones de acciones policiales que mencionamos al principio del texto. Justificaciones que se quedan en nada si nos paramos a analizarlas. No, no sirve la excusa de que “obedecen órdenes”, porque como se demostró el pasado 22M, la policía también muestra inconformidad respecto a mandatos manifestándose en contra de ello, y aun así, sigue ejecutando desahucios y apalizando a jóvenes, adultas e incluso ancianas, y a veces, hasta disfrutan de ello. No, tampoco vale el pretexto de que “solo hacen su trabajo” o que “tienen familia y necesitan mantenerla”. Cada persona es consciente del trabajo que realiza y responsable de las acciones que lleva a cabo, y todo el mundo pertenece a una familia. Existen muchas otras profesiones y nadie obliga a nadie ser policía. Y tampoco sirve aquello de que “no todos son responsables de lo que hacen algunos”. Si bien es cierto que hay agentes que no han participado nunca en un desahucio o agredido a nadie, sus compañeros sí, lo que los convierte en cómplices ya que no posicionarse en casos injustos implica posicionarse en contra de la víctima. ¿Alguien ha visto alguna vez a agentes policiales recriminar a un compañero suyo por agredir a otra persona?
Esta función es la que caracteriza a la policía, una institución que está formada por personas del pueblo, de la clase obrera, que a cambio de un sueldo pagado por el propio pueblo, mantiene el statu quo de la clase dominante y defiende sus privilegios. Si hay una reivindicación en contra del actual sistema, ahí está la policía para reprimir; si hay centros sociales libres y autogestionados u ocupaciones de edificios vacíos para realojar a personas sin techo, ahí está la policía para desalojarlos; si hay comentarios en redes sociales que cuestionan el sistema establecido, ahí esta la policía efectuando detenciones para amedrentar. Vemos por tanto, que la policía de por sí es un aparato represor.

Bien es cierto que hay otras funciones que desempeña la policía que nada se les puede achacar. Es el caso de la intervención en desastres naturales o en accidentes, o la regulación del tráfico que ejercen las agentes de movilidad. Sin embargo, estas funciones no son inherentes al cuerpo policial, algo que solamente ellas puedan hacer. En el primer caso, hay otros órganos como los bomberos o los servicios sanitarios que intervienen en dichos sucesos, además de numerosas voluntarias entre la población que ponen en práctica su solidaridad con las víctimas y afectadas, haciendo que la labor policial no sume ni reste, y por tanto, sea innecesaria su presencia. En el segundo caso, su actividad puede ser reemplazada perfectamente por personas que tengan la voluntad y deseen ejercer dicho cargo, recibiendo anteriormente un curso de formación: no es necesario que sea la policía quien regule el tráfico.

Tras visibilizar estas funciones y actuaciones policiales, no es de extrañar que personas defensoras de esta institución vuelvan a reproducir la ideología dominante. “Tienes demasiado odio”, “normal que hagan lo que hagan si la gente va provocando”, si tanto odias a la policía, no denuncies cuando te roben”. Éstas suelen ser las frases más repetidas. Hay que tener claro que el odio a la policía no es gratuito, sino consecuencia de todas sus agresiones, manipulaciones, criminalizaciones, etc. Tampoco es malo, ya que su violencia es institucional y amparada por el Estado y las leyes capitalistas, así como tampoco es malo odiar al hombre que acosa y agrede mujeres o al blanco que discrimina por motivos étnicos: odiar a quien oprime no es malo. La supuesta provocación tampoco es excusa para justificar sus actuaciones, ya que los insultos, amenazas y desprecio hacia la policía es consecuencia de la rabia producida por la violencia institucional del sistema y el Estado (paro, recortes, desahucios, agresiones policiales…). Además, están perfectamente preparados para soportar este tipo de situaciones. Por otro lado, ya hemos mencionado que también desempeñan otras funciones no represivas: es el caso de las denuncias. Hay que tener en cuenta que estas funciones sirven como lavado de cara, para mejorar su imagen y reforzar esa idea que nos transmiten de que la policía es la defensora del pueblo. Si nos dicen que velan la seguridad de la ciudadanía y combaten los crímenes, necesariamente van a tener que ofrecer a las víctimas esa posibilidad de denunciar para que sea creíble. Las denuncias, por su parte, existen porque hay crímenes, la mayoría de los cuales son, como hemos explicado anteriormente, causados por la desigualdad social provocada por la propiedad privada, es decir, mientras esta propiedad siga existiendo, seguirá habiendo crímenes y, por tanto, denuncias. Sin embargo, ya hemos mencionado que no se odia a la policía por estas funciones que tienen como fin dar una buena imagen, sino por su actividad represiva y defensora de los intereses de la clase dominante, y por tanto, no existe esa supuesta hipocresía en la persona que odia a la policía y decide presentar una denuncia.

Mención aparte merece la policía en otros tipos de sociedad distintas al capitalismo actual, como es el socialismo de Estado (o capitalismo de Estado) de la antigua URSS, y veremos que su función tampoco se aleja mucho. Según la teoría de Lenin (Marx nunca se refirió a la dictadura del proletariado como un Estado obrero, y el propio Engels se la atribuía a la Comuna de París), el proletariado organizado en la vanguardia, el Partido Comunista, dirigirá la revolución social que “destruirá” el Estado burgués y “construirá” un “Estado proletario” con el que ejercerá la “dictadura del proletariado” necesaria para alcanzar la sociedad sin clases, el comunismo. En esta etapa previa, los medios de producción pasarán a ser propiedad del Estado, que organizará la nueva sociedad y que en teoría se irá extinguiéndose gradualmente hasta su completa desaparición. Sin embargo, la heterogeneidad de la clase proletaria, con sus divisiones de intereses entre unas capas y otras, nos lleva a pensar que las categorías obreras mejor desarrolladas y organizadas formarán parte de esa vanguardia y serán quienes se apropien del Estado, y que podrían constituir la futura clase dominante. Por otra parte, es obvio que las revoluciones son periodos de desorden generalizado y que es necesario establecer un orden para que la vida sea posible; será el Estado quien establezca ese orden que, sin embargo, es ficticio e impuesto desde arriba (frente al orden surgido por la iniciativa popular que proponemos las anarquistas), y por tanto, no se adecuará a las necesidades del pueblo. Al ser un orden impuesto, se necesitará algún órgano para su mantenimiento: cuál mejor que la policía, que además, defenderá los intereses de la burocracia dominante. La represión seguirá siendo su función principal, y entre sus víctimas se encontrarán, aparte de burgueses, marxistas no leninistas, anarquistas y todas aquellas personas consideradas por el Estado “enemigos de la revolución”. La gran represión desatada por el asesinato de Sergéi Kirov, donde se eliminaron hasta a integrantes del Partido Comunista como Kámenev o Zinóviev (que se enfrentaron contra Stalin por el control del Partido), con especial protagonismo de la NKVD; o la campaña de arrestos llevada a cabo por la Cheka tras la fracasada insurrección de los marinos de Kronstadt en 1921, son ejemplos de la actividad represiva de la policía en un sistema distinto del capitalismo actual.

Por último, cabe destacar que también existe una estrecha relación entre la policía, las leyes y las prisiones. El sistema capitalista necesita un gobierno que cree unas leyes que legalicen la explotación del proletariado por parte de la burguesía y su apropiación de lo producido por la clase trabajadora, y que les proteja de cualquier amenaza que pongan en peligro sus privilegios. Leyes que vamos interiorizando desde pequeñas relacionándolo con la justicia, a través de la educación que recibimos y los valores morales que nos van transmitiendo. Un ejemplo de estas leyes puede ser la inviolabilidad de la propiedad privada. Ahora bien, si alguien se da cuenta de que no siempre las leyes son justas, que existen leyes injustas, y se las salta o simplemente protesta contra ellas, aparece en escena la policía para reprimir y realizar algunas detenciones. Esas personas detenidas tendrán que pasar por un juicio, donde se decidirá si es culpable o no de lo que se les acusa. Esta decisión se hará en base a las leyes capitalistas, esas que defienden los privilegios de la clase dominante, y si finalmente la acusada es declarada culpable, se recurrirá al castigo, ya sea económicamente o con el ingreso en prisión. Nos podemos preguntar cuáles son los objetivos de las cárceles. Las prisiones son instalaciones en los cuales se pretende aislar a los individuos peligrosos de la sociedad y reeducarlos para su posterior reinserción. O una vez más, eso nos dicen. El hecho de aislar a una persona con el objetivo de su reinserción social resulta paradójico. El aislamiento a un ser humano es una forma de maltrato psicológico, que favorece el desarrollo de trastornos mentales y que provoca la supresión de sus derechos y libertades. Si tenemos en cuenta también las torturas y los maltratos físicos a las que se ven sometidas muchas presas casi diariamente, deducimos que las cárceles son centros en los que no hay ninguna disposición de reeducar a las presas, sino que más bien las anulan como personas y, por tanto, nos daremos cuenta de que las prisiones, en realidad, dificultan esa reinserción social que en teoría se pretende. Además, la existencia de estas instalaciones disuaden al pueblo de cometer actos contrarios a la ley, intentando asegurar así una población obediente y sumisa. ¿Cuántas veces nos habrán dicho “no hagas tal cosa que si no te meterán en la cárcel”? También se encarcelan a las personas por motivos políticos, gente que se muestra contrario al sistema político y económico, acallándolas y evitando que se extienda una posible oposición. Podemos concluir lo siguiente: el capitalismo necesita crímenes que él mismo produce para mantenerse, y que son perpetuados por la policía y el sistema penitenciario. Así, vemos que es imposible erradicar el crimen dentro de la sociedad capitalista. Alternativas hay, que pasan por el cambio de sistema económico, la socialización y autogestión de los medios de producción, y la práctica de valores como el apoyo mutuo que sí permitirían a aquellas personas que comentan actos antisociales (que quedarían reducidas a las que tienen alguna enfermedad mental que anulan parcial o totalmente su capacidad de decisión) ser reeducadas y reinsertadas en la sociedad.

No podemos terminar el artículo sin mencionar a Miguel e Isma, dos jóvenes en prisión provisional sin juicio ni pruebas desde el pasado 22M acusados de cometer distintos delitos en las cargas policiales de aquel día; a Noelia Cotelo, presa anarquista que ingresó hace 5 años en prisión por motivos no políticos con una condena de dos años y medio, que ha sufrido humillaciones, vejaciones y violaciones por parte de los carceleros, y que por no mantenerse callada ante los abusos le han caído otras nuevas condenas que han ampliado su estancia; a las prisioneras de los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE) cuyo único delito es proceder de un país distinto y no tener papeles; a las asesinadas por la policía mientras estaban detenidas como el caso de Yassir El Younoussi el pasado 31 de julio de 2013 en la comisaría de Tarragona; a todas las presas políticas y presas comunes que ahora mismo están sufriendo la brutalidad del sistema penitenciario; a todas las desahuciadas por esos policías del “solo estoy cumpliendo órdenes”; a todas las que han resultado heridas, o simplemente golpeadas, a causa de la brutalidad policial mientras defendían derechos básicos de las personas o protestaban por mejores condiciones de vida; a todas aquellas que han resultado víctimas de manipulaciones y engaños policiales que tenían como objetivo amedrentar y limitar su actividad política; a todas esas personas que diariamente son identificadas por la policía solamente por tener una tonalidad de piel más oscura; a todas esas periodistas independientes agredidas en manifestaciones solo por querer mostrar una realidad distinta a la que nos tienen acostumbradas los medios de comunicación que solo informan acorde a los intereses de sus dueños; a las personas que tratan de cruzar la frontera de Melilla escapando de la miseria de sus países de origen saqueados por las potencias capitalistas y son brutalmente rechazadas por la Policía Nacional o la Guardia Civil, llevándose como recuerdo profundas y desgarrantes heridas causadas por las cuchillas de la valla; a Patricia Heras, que se suicidó después de ser acusada, junto con otras personas, sin pruebas y después de manipulaciones el 4 de febrero de 2006 de haber dejado en coma a un policía de una pedrada que nunca existió; a esas personas a las que la policía ha dejado daños irreversibles como el ojo perdido de Esther Quintana, la visión perdida de un chaval y el testículo reventado de otro el 22M, o el asesinato de Íñigo Cabacas después de un partido de fútbol; y un largo etcétera. Ejemplos hay muchos, y en la inmensa mayoría de los casos vemos cómo la policía actúa con total impunidad. Queda claro cuáles son las funciones de la policía, a quiénes protegen y sirven, y que son responsables de lo que hacen en todo momento. Concluimos por tanto que la policía es innecesaria para la población, pero imprescindible para una élite dominante en el mantenimiento de sus privilegios. Hasta Lisa Simpson lo sabe.

Contra los mesías del proletariado

Anónimx

Parece ser verdad que el anarquismo está en una tendencia ascendente en estos tiempos. Incluso podemos ver cómo, además de los anarquismos más clásicos, también surgen otros neoanarquismos y postanarquismos. Es más, si somos capaces de analizar mínimamente todas las luchas y movimientos sociales de los últimos años, parece que todas tienen en común, a grandes rasgos, Internet y una sensibilidad libertaria.

Como es de esperar, al temer que las ideas libertarias tomen fuerza, hay quien tiene la necesidad urgente de atacar dichas ideas. Primero ha sido la policía, con todos esos supuestos casos de (intentos de) terrorismo. Ya vimos el supuesto material peligroso que incautaron los mossos. El primer caso de atacarnos, desde arriba. Pero, recientemente, he leído un comunicado publicado en la web tintaroja.es, de las Campañas de Juventud Comunista, que demuestra otro ataque al anarquismo desde la derecha.

Para empezar, es curiosa la calificación de “oportunista”, ya que el anarquismo no tiene un guía, un gurú, un Mesías o un salvador al que calificar como tal. El oportunismo es una característica individual, como por ejemplo se le puede atribuir a Lenin cuando escribió El Estado y la revolución, haciendo simpatías por todas partes, incluyendo al anarquismo, con tal de llegar al poder y hacerse el dueño del proletariado –a costa también de las posteriores masacres–.

Los viejos conservadores y liberales, solían decir algo así como que con los marxistas se podía discutir, porque iban leídos. Bueno, pues al parecer, el responsable de este comunicado y los que lo apoyan, han roto, para mal, con esa tradición marxista de leer. Es curioso como pone en primer lugar el autodenominado “socialismo científico” y cronológicamente después el anarquismo, además como una corriente idealista. Si hacemos un análisis clásico del socialismo, Proudhon habló de anarquismo ocho años antes de que Marx y Engels publicaran el Manifiesto del Partido Comunista. Y si somos un poco más abiertos, ya hay quien habla de Jean Meslier como anarquista sistemático entre los siglos XVII-XVIII.

Resulta, por otra parte, que… ¡oh, el anarquismo es pequeñoburgués! El texto coincide con las criticas marxistas del siglo XIX, no aporta nada; ni por novedad, ni por contenido. Ahí estaba Marx, no el pequeño, sino el gran burgués de la Internacional, que se la quiso apropiar y fueron los anarquistas los que dijeron que de eso nada. ¿Por qué iba a ser alguien propietario de los trabajadores? Claro, que el pequeñoburgués era Bakunin, quien luchó en las barricadas en Dresde haciendo honor a su discurso.

Se habla del poco peso que tuvo el anarquismo en la clase obrera. Seguramente, no han leído la historia de lo que hoy es el Reino de España. El impacto que ha tenido el anarquismo en la clase obrera del siglo XX, no lo ha tenido ninguna otra. Por lo tanto, ya no vale el argumento de higienismo social de Marx de que es la pequeñaburguesía, o el campesinado, o el lumpenproletariado. Si de algo valió Bakunin, fue por su visión compleja de las sociedades… Por eso en España se le conoció y tuvo influencia antes y mucho más que su contemporáneo Marx. Negar o eludir esto es simplemente desconocimiento histórico y teórico.[1]

Estoy algo cansado de que los marxistas más dogmáticos utilicen una y otra vez el concepto de ciencia, cuando ha sido ya refutado mil y una veces. En marxismo no tiene nada de científico, no es una ciencia. Es más, su uso de la palabra corresponde más bien al de la secta de la Cienciología. Este uso del marxismo hace que sea considerado como pseudociencia, algo que, tanto Karl Popper en su tiempo como Mario Bunge en el nuestro han argumentado con una tremenda claridad. Una característica fundamental de la ciencia es que no es estática y, entre otros factores, los cambios de paradigma y la falsabilidad como actitud cuentan mucho. De esto, claro, ni un solo atisbo en el marxismo. ¿Cómo será una ciencia algo que no participa de sus características? Es más, siendo tan contrarias a la ciencia, incluso con sus libros sagrados –El Capital– ¿no sería, más bien, una religión? Si el marxismo es una ciencia, ¿cómo es posible que no haya nada que discutir? ¿Cómo es que hay ya una verdad revelada?

Esta hipótesis, aunque dura y provocadora, entre otras, me permite comprender los ataques inquisitoriales constantes de los marxistas a los libertarios. Así, podemos ver el ansia de control de Marx en la Internacional, el ansia de poder y dominación absolutista de Lenin y Stalin –y demás líderes supremos–, y así vemos el ansia y preocupación de este tipo de comunistas por conservar ese poder simbólico, cultural, que han mantenido por el momento. Eso les convierte directamente, a todos, en conservadores, en reaccionarios.

Hemos resistido durante siglos, sea ante la policía del Estado, sea la policía de esa “izquierda” con complejo de dominatrix. Y ahora, cuando las ideas anarquistas, libertarias, comienzan a hacerse oír, en todas sus variantes, vuelven a la carga los viejos fantasmas. Pero nosotros no creemos en médiums…

Stuart Mill decía que había que permitir que todo el mundo hablase, no intervenir, ya que el tiempo pondría cada cosa en su lugar. Bueno, pues, que hablen y escriban todo lo que quieran: la sociología actual nos permite decir que las ideas y las prácticas libertarias están en auge y actualizándose y adaptándose a las nuevas realidades. Negadlo y atacadnos, igual que la Iglesia hizo con Galileo.

Salud y libertad.

Notas

[1] No entro a rebatir las oraciones sobre la teoría del anarquismo, porque lo que no es falso, es una malinterpretación. Ocuparía un grueso espacio y no me gusta perder mucho tiempo. Invito tanto al autor del artículo como a los que lo suscriban a leer sobre anarquismo, libros de historia, autores teóricos etc., ya que ahí, si no se lee con prejuicios –difícil tarea–, podrán ver la falsedad de los argumentos planteados.

Espacios de disputa

Ante una coyuntura de conflictividad social que involucre a diversas fuerzas políticas en pugna por ser la fuerza hegemónica, ¿qué papel tenemos como anarquistas? ¿En qué bando nos posicionamos y con quiénes trabajaremos? Preguntas así por el estilo nos llevan a la necesidad de espacios físicos en el cual llevar a la praxis nuestras aspiraciones a una sociedad libre. No basta con soñar modelos ideales de sociedad, pues no llegará inevitablemente con el paso del tiempo, sino que la posibilidad de su realización depende de la lucha que desarrollemos actualmente. No vivimos en universos paralelos, ni en mundos diferentes. Vivimos en una sola realidad material que compartimos con el resto de la clase obrera, que sufrimos la explotación capitalista y por tanto, las luchas populares en diversos ámbitos como la vivienda, la Educación, lo laboral, etc no nos son ajenas.

Es hora de aparcar la idea del «apaga y vámonos» solo porque dentro de un determinado espacio de lucha, los movimientos existentes no concuerde con nuestro corpus teórico y práctico. La coherencia se vuelve un lastre en tanto que obstaculiza el desarrollo de una orientación libertaria en dichos espacios y la inserción de los anarquistas en las luchas sociales. Requerimos de espacios de acción política, darles un contenido libertario ante su acaparamiento tanto por parte de la izquierda institucional como de los mercados. Dicho esto, vamos a repensar las tesis que algunos sostienen de actuar al margen de los movimientos sociales y populares en pos de avanzar hacia la idea de la inserción social y de crear espacios de disputa, de ganarnos un hueco en ella y no de abandonarlos. He aquí unos ejemplos que explicaré brevemente:

-El espacio educativo y la Universidad. Como es bien sabido, el actual sistema educativo no deja de ser un espacio de reproducción de la ideología dominante y que por ello, entre algunos colectivos, se opten por crear una educación alternativa al margen de éste. Sin embargo, estos proyectos educativos alternativos, pese a ser interesantes y demostrar que existe otro modelo educativo no basado en la competencia y la autoridad, bajo el sistema capitalista quedan como centros educativos privados y aislados de la conflictividad del mundo estudiantil. Si pretendemos un modelo educativo al servicio de la clase obrera y de carácter libertario, no podemos dejar un vacío político en los centros de enseñanza estatales, ni mucho menos apartarnos del movimiento estudiantil, de cuya estructura y orientación dependerá de las diversas fuerzas políticas que lo impulse. Ante el panorama actual de la ofensiva neoliberal sobre la Universidad, debemos responder que tenemos la necesidad inmediata de frenar su avance, pero a la vez, crear alternativas políticas y sociales encaminadas a la socialización del espacio universitario y de todo el ámbito educativo.

-Lo anterior nos lleva inevitablemente a conectar con el movimiento obrero y el sindicalismo, pues, además de que la mayoría de estudiantes se incorporarán en el mundo laboral, existe una clara contradicción en la existencia de una educación antiautoritaria en una sociedad capitalista. Desde el anarcosindicalismo, debe articularse un movimiento obrero que tenga fuerzas para hacer frente a las agresiones de la patronal y conseguir victorias en el terreno inmediato desde la autoorganización y la acción directa, y a la vez, que la clase obrera mediante el anarcosindicalismo y en el curso de las luchas, se prepare para la futura autogestión de los medios de producción en una futura sociedad anarquista. Las experiencias de las empresas autogestionadas en el capitalismo nos demuestran que la autogestión obrera es posible, como lo fue durante las colectivizaciones de gran parte de la industria catalana y del campo aragonés. Sin embargo, competir en el mercado capitalista como una empresa más, éstas acabarían siendo asimiladas por el sistema. Es por ello que vemos la necesidad de extender la lucha de clases.

-El problema de la vivienda y la okupación. No solo no vivimos del cuento, sino que al estar en dentro del sistema capitalista, también tenemos la necesidad de un techo. Y no todo el mundo puede marcharse a vivir al campo. Hoy más que nunca, el derecho a una vivienda digna se está convirtiendo -de hecho creo que ya lo está- en papel mojado, convirtiéndose éste en un privilegio y un negocio lucrativo para las inmobiliarias y la banca. Si bien la okupación es una respuesta directa contra el problema de la especulación, es necesario que conecte con las luchas por la vivienda y contra la especulación inmobiliaria.

El fútbol de tradición obrera. El deporte de élite en que se ha convertido actualmente el fútbol ha hecho que en los estadios prácticamente no existieran mensajes reivindicativos y de carácter anticapitalista, convirtiéndose en un espectáculo de masas y vehículo transmisor de la ideología dominante. Sin embargo, el fútbol constituye un elemento aglutinador que puede generar en torno a ello un fuerte sentimiento colectivo, base esencial para la creación de cualquier movimiento revolucionario. El ejemplo de Bukaneros es una muestra de ello, de cómo los mensajes como la exigencia de la libertad de los y las detenidas del 22M aparecen en los estadios, cosa que sería imposible transmitir un mensaje así de no ser por esa hinchada. O de cómo otros casos como el St. Pauli y aficionados del FC Manchester United crearon su propio equipo de gestión democrática. Antes de que los clubes de fútbol pasasen a ser Sociedades Anónimas Deportivas, eran clubes con cierta democracia interna y financiada por socios, en los cuales tenían cierto poder de decisión sobre el club. Hoy en día, ese modelo quedó apartado de la LFP, que no así de otros clubes de categorías inferiores. Aquí los y las anarquistas debemos recuperar el fútbol como deporte de tradición obrera, pese a que se nos presente muy difícil; pero al fin y al cabo, de transformar un espacio de transmisión de la ideología dominante en espacios que aglutine las organizaciones populares.

Las luchas de liberación nacional. No es posible concebir un internacionalismo homogéneo, con un marcado carácter eurocentrista. En cada territorio existe un componente sociocultural que caracteriza los numerosos pueblos del mundo. Así, el internacionalismo obrero debe construirse reconociendo esas particularidades socioculturales. Tanto el EZLN como el pueblo kurdo, o los pueblos indígenas latinoamericanos, llevan ese sentimiento de pertenencia a una comunidad, un territorio, una lengua, una historia y unas costumbres comunes que los une y que les impulsa a luchar contra imperialismo. En España, los pueblos catalán, andaluz, vasco, etc también llevan ese componente que no debemos dejar de lado, sino que debemos construir una alternativa libertaria en contra del concepto de nación Estado, haciendo hincapié en el pueblo trabajador.

Todos estos espacios nombrados responden a la necesidad de crear frentes de masas que conecten las reivindicaciones políticas del anarquismo con la lucha de clases y los movimientos populares, en pos de la construcción del socialismo libertario, que nos permitan mejorar las condiciones de vida en la sociedad capitalista, fortalecer las organizaciones populares y la creación de programas políticos de carácter libertario que nos permitan superar el capitalismo. No dejemos los espacios políticos vacíos, disputémonos, tanto a la izquierda institucional como al capital y la reacción fascista, un hueco entre ellos y desplacémosles.

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