La empanada leninista

Recientemente las juventudes asociadas al PCPE, los CJC, han publicado en la edición digital de su revista Tinta Roja un artículo, escrito por Jorge Orts, dedicado por entero a explicar su particular visión del anarquismo. Como buen oportunista, aprovecho mi oportunidad para escribir una respuesta.

Ya en la entradilla del artículo comienza a anunciarse el tono general. Nos dice el camarada que, desde que Bakunin lo formulara, el anarquismo se convierte en un enemigo ideológico del marxismo leninismo. Esto es cuanto menos sorprendente, dado que para cuando Bakunin muere Lenin tenía seis años. El primer contacto de Lenin con el socialismo revolucionario le vendría, pocos años más tarde, por su hermano Aleksandr, precisamente de ideología anarquista. Resumiendo, que si tenemos en cuenta que Bakunin escribe la mayor parte de su obra en la década de 1860, se puede considerar un auténtico logro convertirse en un enemigo del marxismo-leninismo 40 años antes de la fundación del partido bolchevique.

Merece la pena detenerse en el tratamiento que hace el camarada de la historia a lo largo de todo el artículo. Parece ser que ahora el materialismo histórico consiste en ignorar los datos objetivos para que todo coincida con las directrices del partido. Dice que el anarquismo «toma fuerza a mediados del siglo XIX». El anarquismo a medidados del siglo XIX no toma fuerza, sino que empieza a formularse de la pluma de Proudhon. Es a finales de este siglo y, sobre todo, a comienzos del siglo XX, cuando el anarquismo vinculado al movimiento obrero se hace fuerte. La huelga de la CNT 1919 que logra las ocho horas en España; la semana trágica argentina que mantiene al gobierno una semana en jaque, también en 1919; el Biennio Rosso italiano entre 1919 y 1920; o la revolución anarcosindical de 1936 son todos eventos de comienzos del siglo XX.

Justo después el camarada nos relata que el anarquismo «cala especialmente en la pequeña burguesía y el campesinado con pequeños privilegios», siendo propio de aquellos lugares donde el capitalismo no ha alcanzado un gran estado de desarrollo y donde, por tanto, existe una pequeña burguesía asustada ante el avance. Si examinamos las zonas donde el anarquismo cobra especial importancia nos encontramos con la industrial Cataluña, donde es hegemónico entre la clase trabajadora (la clásica de los panfletos leninistas, con mono azul y todo), en el Norte de Italia (también eminentemente industrial), o en Argentina, uno de los pocos lugares de Latinoamérica que por entonces poseía un desarrollo industrial. En otros lugares, como EEUU, sindicatos revolucionarios afines al anarquismo como la IWW también alcanzarían un notable nivel de desarrollo (¿Hace falta recordar que los mártires de Chicago, primer lugar en el que se lograron las 8 horas, eran todos anarquistas?). Es cierto que el anarquismo también llega a tener implantación en áreas rurales como Andalucía, sin embargo, aquí no encontramos un campesinado pequeñopropietario, sino auténticos trabajadores del campo, sin ninguna clase de privilegio y a menudo sin más propiedades que sus manos desnudas.
El marxismo-leninismo, más bien al contrario, tiene su principal foco de desarrollo en la Rusia zarista, país atrasado y sin industria donde el campesinado sí era, tras la manumisión de los siervos, pequeño propietario. En otros lugares las filas de los partidos adheridos a la tercera internacional a menudo se llenarían de intelectuales orgánicos, esto es, pequeña burguesía, pero por lo general no de obreros. La Profintern, intento del marxismo-leninismo de constituir una internacional sindical, fracasó estrepitosamente. Tan solo lograría extenderse el marxismo-leninismo, tras la Segunda Guerra mundial, a otros países igualmente atrasados y de base campesinacomo las repúblicas del Este de Europa o lugares como China en el continente asiático.

El camarada llega incluso a confundir nombres, llamando «Internacional Socialista» a la Asociación Internacional de los Trabajadores. Bakunin entra en ella, frente a los que querían convertirla en un partido parlamentario, defendiendo la necesidad de una AIT sindical y federalista. La causa de la escisión en la AIT no es pues el debate ideológico entre Marx y Bakunin (esto sería, desde luego, una concepción idealista de un hecho histórico) sino las tensiones orgánicas entre las regionales del Sur (Suiza, Italia o España), federalistas y las del Norte (Francia, Inglaterra), centralistas. Una concepción que tiene más que ver con las primitivas formas de organización obrera y sindical que se estaban desarrollando en esos países que con un debate de salón.
El anarquismo, dice el compañero, «coge el estado como una entidad abstracta y lo culpa de todos los males» centrándose únicamente en la abolición del Estado y, además «carece de bases científicas en su análisis». Quien afirma esto, evidentemente, no ha leído una sola página escrita por Kropotkin (reconocido ideólogo del anarquismo). Kropotkin, siendo un reconocido científico (geógrafo y naturalista) se apoya en un análisi científico para desarrollar sus tesis del Apoyo Mutuo. Lenin, por cierto, se entrevistaría con él para conseguir los derechos de reproducción de la obra para incorporarla al sistema educativo soviético. Otros científicos, como Elisée Reclus, participarían igualmente en la formación de las ideas anarquistas. Frente a ello, en la formación del marxismo leninismo, encontramos muchos políticos profesionales, pero científicos más bien pocos. También Kropotkin realizará un complejo análisis del Estado, como ya antes lo había hecho Bakunin, definiéndolo como el instrumento de mantenimiento de los monopolios, de sometimiento de una clase sobre otra y defiendiendo la necesidad de que la revolución acabe con el Estado y la propiedad privada de un mismo plumazo, pues la existencia de uno de los dos factores alimenta al otro.

El camarada no solamente no ha leído a Kropotkin sino que, aparentemente, tampoco ha leído a Marx. Dice que para éste el socialismo (asociado a la dictadura del proletariado) es una sociedad intermedia entre el capitalismo y la Comuna. Curioso, cuando Marx escribe «La guerra civil en Francia» en ningún momento argumenta que los franceses hayan necesitado de un estado intermedio para levantar su Comuna. Engels, el segundo padre del marxismo, dirá:

«Últimamente, las palabras ‘dictadura del proletariado’ han vuelto a sumir en santo horror al filisteo socialdemócrata. Pues bien, caballeros, ¿queréis saber qué faz presenta esta dictadura? Mirad a la Comuna de París: ¡he ahí al dictadura del proletariado!».

Vaya, parece ser que la Comuna y la dictadura proletaria son para Marx y Engels exactamente la misma cosa. El socialismo, el estado intermedio del que habla Marx, no es una categoría política, sino económica, que se corresponde con un periodo en el que los medios de producción todavía no están lo suficientemente avanzados como para implantar el «a cada cual según su necesidad», siendo necesario un reparto de acuerdo al valor-trabajo.

El último párrafo parece una colección de tópicos sacados de algún cuaderno de primero de bachillerato. Dice el compañero que el anarquismo lleva necesariamente a la abstención. El anarquismo, contrario al parlamentarismo burgués, recurre a la abstención activa como táctica política, no teniendo problemas en abandonarla cuando ha sido necesario (caso de 1936, cuando el voto anarquista da el triunfo al Frente Popular). Tampoco reniega el anarquismo de la organización política de la minoría consciente, al contrario, es algo que promueve desde sus orígenes. Este es el caso del Partito Socialista Anarchico Rivoluzionario de Errico Malatesta, la Alianza por la Democracia Socialista de Bakunin, o de las distintas federaciones anarquistas y anarco-comunistas existentes actualmente (Federación Anarquista Ibérica, Federación Anarquista Uruguaya, Alternative Libertaire…).

La idea de formar cooperativas hasta lograr la revolución, si bien es formulada por Proudhon, es desestimada por absurda por todo el anarquismo posterior. La acción histórica del anarquismo se ha basado, ante teorías socialistas descendientes del jacobinismo burgués como el marxismo leninismo, en la transformación social de las fuerzas productivas (mediante la acción sindical) y en la transformación política de la sociedad (mediante la revolución violenta, expropiatoria y anti-estatal). Las ideas cooperativistas propias del socialismo utópico no aparecen en ninguno de los lugares en los que el anarquismo adquiere importancia. Es sin embargo la concepción burguesa del Estado socialista que posee el marxismo leninismo el que ha provocado revoluciones que han acabado en agujeros sin salida, siéndoles imposible abolir el Estado tras reforzarlo y volviendo, al cabo de unas décadas, al capitalismo de libre mercado (URSS, China, Vietnam…). Sirviendo, en este proceso, para reprimir procesos revolucionarios (Ucrania, Kronstadt, Cataluña…). El marxismo leninismo, al menos el que defiende el camarada Jorge, no llama a la cordura, sino a repetir estos experimentos fracasados en un arranque de idealismo y fetichismo.

El anarquismo es la corriente del socialismo crítica con las concepciones estatistas, que pone el acento sobre la necesidad de llevar  a cabo una revolución totalitaria que se desarrolle a todos los niveles en los que el capitalismo sufre contradicciones, teniendo en cuenta la necesidad material de eliminar no solo a la burguesía sino a la estructura política de denominación que reproduce el orden burgués.

Por la dignidad, hacia una huelga social indefinida

Bajo el lema dignidad, que expresa la insostenibilidad de una crisis y una austeridad que intensifican el control post-nacional de la gobernanza europea y del gobierno represivo de Rajoy, las marchas han multiplicado su participación inundando Madrid. Es evidente que la participación masiva en la movilización ha desbordado las categorías a las cuales se apelaba desde la convocatoria: protagonista es una multitud irrepresentable y heterogénea que desea autoconvocarse autónomamente no solo para decir “¡Ya Basta!” al sistema sino también para derrocar a su régimen de una vez.

El 22M ha sido una reacción explosiva a un trastorno generalizado que afecta a la vida en su totalidad y cuyos síntomas se presentan en cada territorio. Ya hay una multiplicidad dispersa de luchas sociales contra el mando capitalista: unas son más organizadas, otras menos; unas son más explícitamente políticas, otras más implícitas.

Lo cierto es que existe un enorme potencial, hasta ahora latente, de antagonismo al sistema y a sus estructuras de gobernanza. El reto es la actualización y la organización de este potencial más allá de las citas electorales y de los sindicatos de concertación. Las fórmulas del siglo XX se han acabado: hoy es necesario un salto en nuestra imaginación política. El ciclo de luchas-red que empezó con las Primaveras Árabes, pasando por el 15M, Occupy, Gezi Park, etc., nos ayudan a abordar este reto. La capacidad de autoconvocatoria de estos movimientos consigue apelar a la ciudadanía en su conjunto sin ser reconducible a una identidad o a un liderazgo definido, que ahora es fluido y que se distribuye entre todas.

Estas movilizaciones trascienden las formas tradicionales de organización y se articulan y desarrollan en forma de red. Internet abre un nuevo ámbito desterritorializado de comunicación y organización basado en la inteligencia colectiva, el cual favorece la creación y proliferación de momentos y lugares de encuentro entre personas. Quien ve en la red la solución estratégica a los problemas políticos que tenemos enfrente, confundiendo los medios con el fin, obvia la importancia de la materialidad de las relaciones sociales. Las herramientas tecnopolíticas no pueden prescindir de la micro-politización distribuida del tejido social.

A pesar de las novedades que han aportado estas luchas interconectadas, reconocemos en ellas unos importantes límites estratégicos: ocupar las plazas es importante para permitir que los cuerpos en lucha se encuentren y para dar visibilidad a un problema, pero esto no es suficiente para aproximarse a su solución. Las ocupaciones de espacios urbanos, las acampadas, son útiles solo si se convierten en lugares de agregación y en centros logísticos para organizar e impulsar dinámicas de conflicto en la ciudad.

Creemos que es necesario un esfuerzo de coordinación para bloquear la economía y encontrar la forma de conseguir que las demandas de #Dignidad surgidas desde los movimientos sociales sean efectivas. Proponemos como ejemplo la coordinación de diferentes acciones que se pueden practicar simultáneamente para que el miedo cambie de bando:

-Bloqueo simultáneo de autopistas y vías principales de tránsito
-Bloqueo simultáneo de la red de metro y del transporte urbano
-Bloqueo de enclaves logísticos importantes
-Bloqueo y ocupación de sucursales bancarias y oficinas estatales
-Ocupación de edificios propiedad de bancos, ayuntamiento y del 1%
-Ocupación de las universidades y autoformación
-Reapropiación en supermercados y grandes empresas
-Hackeo de webs del gobierno y otras instituciones
-Escraches a políticos e instituciones

Este catálogo de acciones, que no pretende ni mucho menos ser exhaustivo, se propone como una invitación al desborde y como un primer paso hacia una #HuelgaSocial indefinida que golpee el sistema con acciones de desobediencia y bloqueo distribuidas y sincronizadas.

Comitedisperso

De repúblicas y republicanes

Otra vez llega al Estado español el jolgorio que incita (a muches) la Segunda República. Tanto jolgorio es que piden una tercera, con su primer ministre, presidente de república, su parlamento, y todo. Vaya, una república al completo. En la televisión saldrán les de siempre: les progres del PSOE haciéndose pasar por eso que no son, les típiques de los sindicatos generales con sus consignas, algune que otre de IU para salvar la casa (y para meter algún que otro voto más al saco), intelectuales de turno, actores, cantantes… etcétera y etcétera.

Las calles de las grandes ciudades se llenarán de banderas tricolores. La gente cantará, gritará, solidarizará, y marchará. Darán discursos, comidas (y bebidas), panfletos, contarán batallitas, mencionarán a tal abuelo famosete, a tal abuela irreductible, aplaudirán y lanzarán vítores llenos de júbilo. Tal vez no este año, pero alguno de estos que viene, con el poder de la palabra y la democracia electoral conseguirán derrocar a la monarquía del Estado español. El voto les dará la libertad (piensan elles). Alzarán a las masas adormecidas para que vayan a votar en tropel a los colegios. Las salas se llenarán de votos republicanos. Si no consiguen un referéndum, seguirán marchando y dando consignas para que IU salga con mayoría absoluta en las próximas elecciones (que ya desde la última vez que ejercí mi derecho democrático se me ha olvidado cuándo son). Entonces llegará la tan aclamada Tercera República Española.

Cuando eso suceda se llenarán las calles de gente gozosa. Gente que de tanta alegría llorará sin control. Habrá fiesta por semanas y les pérfides de la familia Borbón mirarán el espectáculo desde algún lugar remoto (pero no tanto, cuidado). Se inaugurará un nuevo ciclo, con muchas caras nuevas en el Congreso. Ánimos renovados y energía nueva para democratizar a España. Harán leyes nuevas, mucho más progres y abiertas, acordes con la ciudadanía del siglo XXI, tan progre y abierta. Les migrantes serán bienvenides con brazos abiertos, para que trabajen los puestos de trabajo que les españoles no quieren. Les homosexuales tendrán todos los derechos que otorgue la nueva Constitución a les heterosexuales, porque todes somos iguales, siempre y cuando no cuestionemos la institución familiar y la monogamia. La gente podrá manifestarse por sus ideas, pero solamente si no atentan contra el sistema de la república. Si lo hacen, de forma razonable, bueno, les dejarán por aquello de la libertad de expresión. Pero ojo, que si se pasan los gloriosos cuerpos de seguridad de la Tercera República intervendrán. Guardias republicanes. Con elegantes uniformes y modernas armas anti-disturbios. Las grandes empresas se nacionalizarán, para que las paguemos entre todes con el sudor de nuestra frente y, también, para que nos beneficiemos un poquito de precios más asequibles (eso sí, les gestores polítiques se beneficiarán un poco más, solamente un poquitín más). Les polítiques serán más justes, aunque habrá alguna que otra oveja negra (sí, esa gente de derechas que también resulta ser republicana. Vaya). Votarán con consciencia por el pueblo, desde el pueblo, y para el pueblo. Todo por el pueblo. Eso sí, no preguntemos al pueblo, que es tonto y no sabe decidir por sí mismo.

Al año de instaurar la Tercera República  habrá un desfile, el más glorioso que jamás se haya visto en estas tierras patrias republicanas. Los aviones militares volarán los cielos de la capital echando humo (tóxico) de colores. Les soldades marcharán con orgullo bajo la atenta mirada de la persona que elijamos presidente de la república. ¡Todes saludarán a tan valientes hombres y mujeres! La economía irá mejor porque estará gestionada por gente que trabaja para el pueblo. El Estado cuidará de todes nosotres, así que nadie se tiene que preocupar. El Estado llegará a todos los rincones de la geografía. Se abrirán sedes, oficinas, instituciones, para que el pueblo pueda hacer llegar su voz al Congreso. En definitiva, todo será mucho mejor cuando esa gente que se manifiesta con banderas tricolores consigan poner en el Congreso (mediante unos papelitos metidos en cajas) a les suyes.

Entonces les anarquistas seguiremos luchando contra el Estado y la autoridad. Nos darán de hostias guardias republicanes, que suena mejor. Respiraremos gas republicano en las manifestaciones (que nos hagan el favor de ponerlo a tres colores). Nos meterán en cárceles republicanas y no nos llamarán preses polítiques, sino «agentes provocadores que intentan desestabilizar la república.» Nos seguirán matando como lo hace hoy la monarquía parlamentaria. Seguiremos yendo al trabajo a pelearnos con les jefes por un mísero salario (tranquiles, el Estado se ocupa de vuestras pensiones), y cuando organicemos una huelga nos llamarán «derechistas» o «pequeñes burgueses.» Pero, tal vez, la gente consiga vivir más feliz: que te explote una república suena mejor a que te explote una monarquía. Banderitas tricolor para la señora. Gorrito tricolor para el nene. Todes felices, ¡abajo con la monarquía! ¡Viva el poder popular y la Tercera! ¡Que peguen con los huesos en la cárcel esos anarquistas! Total, ya lo hicieron, y algunes dicen que la historia se repite.

Cuando la bandera tricolor se alce en lo alto de los edificios todo habrá cambiado para que, precisamente, nada cambie. Nosotres seguiremos quemando sus banderas, sean del color que sean, hasta que todas sean negras y ya no exista autoridad impuesta en la tierra.

Ucrania 2014: ecos del pasado

A poco que pongamos un poco de atención al discurso internacional sobre lo que está pasando en Ucrania nos damos cuenta que la cosa suena familiar: ¿están les gringues hablando de la Guerra Fría, o de la Ucrania de 2014? En estas últimas semanas hemos podido leer en Internet comparaciones directas entre la situación actual y la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, o incluso algunes se han atrevido a calificar los hechos de Nueva Guerra Fría o Tercera Guerra Mundial (¡hala!)

Lejos de ser exageraciones de los típicos grupos amantes de las conspiraciones internacionales, la verdad es que este discurso belicista (que no deja de ser preocupante) viene promovido por «altas personalidades» de la prensa y política mundial (léase Estados Unidos). En el Washington Post podíamos leer hace unas semanas al neo-conservador Charles Krauthammer decir que los Estados Unidos deberían mandar una flotilla al Mar Negro y asistir económicamente a Ucrania con 15 billones de dólares norteamericanos (que se dice pronto). John Kerry, actual Secretario del Estado, amenazaba también a la Rusia de Putin con restricciones económicas y asistencia a la (nueva fascista) Ucrania. Unas amenazas que si las pensamos de nuevo no tienen legitimidad alguna: sí, la movilización de tropas rusas en Crimea rompieron con ciertas leyes internacionales[1], pero que John Kerry lo haya señalado una y otra vez tiene su qué. Después de todo, ¿no han causado los Estados Unidos un significante número de guerras solamente para perseguir sus intereses nacionales? Un ejemplo: Iraq (Otro: Siria. Y otro más: Libia). Y que nosotres sepamos, Iraq no es limítrofe con los Estados  Unidos (como sí lo son Ucrania y Rusia).

Si miramos atrás en la historia del siglo XX la cosa adquiere morbo. En 1945, en la ciudad de Yalta (precisamente en Crimea), se realizó una conferencia entre Churchill, Stalin, y Roosevelt para lograr una paz internacional. Todo ha cambiado, y los contextos no son idénticos, pero sí que observamos similitudes que nos traen ecos del pasado. La derecha estadounidense parece haber entrado en un estado de pánico, endemoniada por fantasmas del pasado que susurran dos palabras: Guerra Fría (o jodides comunistas). El parecido más interesante entre ambos contextos históricos es el gran papel del ejército (de lo militar), el cual dicta las reglas del juego diplomático. Y es que el problema con Ucrania no es ni la soberanía de sus gentes, ni la economía. El problema parece ser el de siempre: poder. Hay que tener en cuenta que los Estados Unidos y la Unión Europea llevan largo tiempo intentando diezmar el poder ruso en el ámbito internacional. A mi parecer el aspecto más importante son los límites de la OTAN.

Ni Rusia está preocupada por los lazos económicos con Ucrania, ni los nuevos lazos económicos que ésta pueda desarrollar con la Unión Europea (después de todo, el gas ruso sigue siendo necesario en muchos países europeos). A Rusia le interesa mantener su dominio estratégico en el este, y a «Occidente» le interesa debilitar dicho dominio para aumentar su dominio. A fin de cuentas: poder, que viene a ser el problema que atormenta a nuestra raza desde tiempos inmemorables. Una Ucrania pro-Occidente significaría una expansión inmediata de las fronteras de la OTAN en términos de bases, ejercicios militares, nuevas alianzas… ¿Os imagináis qué piensa Rusia ante la idea de tener una flota estadounidense operando en una base de la OTAN en el Mar Negro? Más datos confirman que lo que prima en este conflicto es lo militar (tan ligado al concepto de poder). Para empezar, la ayuda que la Unión Europea promete a Ucrania no viene «de gratis», sino que conlleva los típicos compromisos con el neoliberalismo y, además (algo que los medios burgueses no se han dignado en mencionar hasta donde yo sé), la integración de Ucrania en el aparato militar de la Unión y todo lo que conlleva: cooperación armamentística, ejercicios comunes, simulaciones de crisis, etcétera y etcétera. Además, Rusia tiene todo el derecho de sospechar de Occidente: desde la unificación de Alemania, tres ex-repúblicas soviéticas[2] se han unido a la OTAN (y eso que los Estados Unidos aseguraron que la intención no era prolongar la Guerra Fría ni un ápice). A pesar de todo, hoy encontramos puestos militares de la OTAN en Georgia, un lugar que queda muy cerca de los intereses de Rusia.

Como anarquista toda esta retórica ultra-nacionalista me produce arcadas. Y la histeria estadounidense me parece de chiste dado el historial de rupturas con sus amadas leyes internacionales. Pero tampoco creo que el análisis anarquista de la actual situación en Ucrania requiera de tanto desdén. He leído bastantes veces en nuestros círculos que la economía es lo que está promoviendo la crisis ucraniana; que esto es una especie de «empujón capitalista» para agrandar su territorio. No creo que éste sea el principal motor de los hechos. Como he expuesto, el poder creo que prima en todo este asunto: el encuentro entre el poder de dos bloques hegemónicos que todavía existen (uno de forma muy distinta, claro está).

Notas

[1] No es que me importen, personalmente, las leyes internacionales, pero obviamente son un elemento vital para entender las relaciones internacionales entre naciones-estado.

[2] Además de un considerable número de países que firmaron el Pacto de Varsovia, el cual en pocas palabras pretendía no empeorar la situación entre la Unión Soviética y la OTAN.

Polémicas con las capuchas en las Marchas de la Dignidad

Varias columnas partieron ya desde numerosos puntos de España marchando a Madrid para confluir el día 22 de marzo, donde dará lugar a una multitudinaria manifestación bajo los lemas «No al pago de la deuda. Ni un recorte más. Fuera los gobiernos de la troika. Pan, trabajo y techo para todos y todas«. Hasta el momento, no se ha especificado el carácter de la movilización, lo que podría dar cabida a la protesta violenta o, de lo contrario, marchará pacíficamente. Independientemente de ello, pienso que deberíamos atender el trasfondo político y social de la manifestación, no únicamente a sus formas. Sin embargo, no he podido pasar por alto aquellas imágenes que criminalizan a los encapuchados acusándolos, gratuita e injustamente, de infiltrados¹ que recientemente andan circulando por las redes sociales, al cual rápidamente salió su respuesta².

Antes que nada, no quiero que el carácter con el que se haya desarrollado los actos de las Marchas de la Dignidad termine en un debate estéril ente si violencia o no violencia, olvidándonos de las reivindicaciones, la repercusión social y los posibles avances que hayan podido surgir después de las marchas. Aquí no voy a salir en defensa de un método de lucha o de otro, ya que soy partidario de la convivencia de diversas tácticas de acción directa, que sirvan para el avance de la lucha y no obstaculizarnos entre nosotros y nosotras, con la condición de que tales métodos se utilicen adecuadamente en cada contexto. No obstante, es conveniente desechar de una vez por todas la lacra del moralismo y del pacifismo dogmático dentro de los movimientos sociales. Entonces, urge aquí unas aclaraciones:

Tanto la resistencia pasiva como la resistencia activa son métodos de acción directa legítimos en la lucha social y hay que saber usarlas en cada contexto. Sin embargo, hay veces que es preciso aclarar unas cuestiones sobre la resistencia activa y el uso de la violencia como método de lucha. Algunos argumentos pacifistas, como que no tenemos que actuar como bestias como lo hace la policía o similares, ignoran por completo que no existe una equidistancia entre la violencia estructural del sistema (recortes en general, decretazos, subidas de la luz, privatizaciones, desalojos, desahucios, precariedad laboral, despidos, brutalidad policial, etc…) y la violencia simbólica en las protestas (ataques a la policía, rotura de cristales de tiendas de multinacionales, sucursales y oficinas, y quemas de contenedores, coches patrulla). Ante la ausencia de una equidistancia, no podemos equiparar las protestas sociales de carácter violento con la brutalidad de la represión policial; los ataques a sucursales bancarias con los desahucios o la estafa de las preferentes. Lo mismo que no podemos comparar la violencia machista -producto de la sociedad patriarcal- con «las agresiones de mujeres a hombres» como acto de autodefensa por parte de la mujer para hacer frente a la violencia machista.

Podemos concluir, por tanto, que la violencia de la clase explotada es completamente legítima en cuanto es usada, no para oprimir sino para liberarnos de la opresión. No olvidemos que el capitalismo se ha impuesto mediante la violencia. Con echar un vistazo atrás en la historia, tendremos las respuestas: durante la época pre-capitalista; mediante la expropiación forzosa de las tierras comunes, que comenzó a partir del siglo XVI a través de los cercamientos, y la caza de brujas orquestada por la clase dominante de entonces y el clero para dinamitar el control de las mujeres sobre sus cuerpos. Y después de la Revolución Francesa; mediante el trabajo asalariado y la represión estatal hacia toda reivindicación de carácter obrero. Incluso actualmente en Latinoamérica y en países africanos el neoliberalismo sigue los mismos pasos que siguieron los capitalistas dos siglos atrás.

Volviendo al hilo del asunto, si bien la infiltración policial en las manifestaciones está a la orden del día y que por ello debamos tener cuidado, no quiere decir que todos y todas las encapuchadas sean agentes de paisano³. Por parte de la policía y la clase dominante, serán suyas las victorias cuando entre nosotros y nosotras nos enzarcemos en luchas intestinas entre pacifistas y «violentos», en vez de tejer lazos de solidaridad entre la clase trabajadora y la confluencia de las luchas contra el neoliberalismo. Tenemos que tener claro que el enemigo que tenemos delante no es quien se pone la capucha al salir a la calle a protestar, sino la madera que se infiltra en nuestras manifestaciones. Por tanto, no es a los encapuchados a quienes hay que atacar, pues de hacerse, sería hacerle el juego sucio a la policía facilitándoles la represión y dando como consecuencia las divisiones internas.

Las opciones más acertadas serían que: quienes opten por la resistencia activa que lo hagan atendiendo al contexto social en que nos encontremos, si el uso de la violencia revolucionaria va a ser realmente útil como se demostró en Gamonal, en el cual se vio legítima en el imaginario popular ya que el trasfondo plenamente lo justificaba. Y quienes opten por la resistencia pasiva, que lo hagan por las mismas razones que aquellos y aquellas que eligieron pasar a la autodefensa. Pero que en ningún caso nos obstaculicemos las unas a las otras e invirtamos las fuerzas en la lucha y en identificar y expulsar a los infiltrados, no a los encapuchados.

Mucho ánimo y fuerza a los y las que están en las Marchas de la Dignidad, que ya están llegando a la Comunidad de Madrid.

_________________________

Notas:

1-
y

 

 

 

2-

3- Aquí hice una aclaración básica para distinguir a un infiltrado de un manifestante.

Soy anarquista: soy NORMAL, no un puto cliché.

Me encontraba leyendo en la parada del bus cuando se me acercó un hombre entrado en años, con barba, los ojos hundidos tras unas gafas. Parecía tener ganas de conversar, pues empezó preguntándome si ese era el autobús que llevaba a su destino y cuánto solía tardar. Le dije que sí y que probablemente estaría al llegar, pero siguió hablándome del tiempo y, viendo que yo cerraba mi libro y le prestaba atención, acabó contándome que él mismo había trabajado de conductor de autobús para la EMT hacía tiempo.

Según me comentó su vida había cambiado mucho desde entonces. Ahora sobrevivía encadenando contratos temporales precarios y en este momento, con un empleo a tiempo parcial de teleoperador que concluiría al poco, intentaba terminar de pagar su hipoteca, gracias también al apoyo económico de su hija. Por si fuera poco, el día anterior su coche había empezado a fallar y ahora tenía que tomar este autobús, que justo aparecía en ese momento, y otro más para llegar a su trabajo en un trayecto de cerca de una hora. Ya ni el fútbol le consolaba, pues al parecer su Atleti había vuelto a perder a pesar de llevar un buen año.

Subimos juntos al autobús. Desde mi perspectiva activista se me ocurrió comentarle que podría acercarse a un sindicato como CNT a asesorarse, si no para hacer sindicalismo en el curro con visos de continuidad, sí al menos para ver si podía meter mano a la empresa por el contrato, conseguir algún tipo de indemnización cuando finalizase… algo. Sorprendentemente, me dijo que conocía CNT. De su tiempo en la EMT había participado en las luchas de los trabajadores, formaba parte de la Plataforma de Trabajadores que había llevado adelante algunas luchas en los 90. Desde entonces mantenía su compromiso con las ideas revolucionarias y libertarias, aunque durante mucho tiempo había dejado el sindicalismo y la militancia activa. Había vuelto a movilizarse con el 15M y las iniciativas que habían surgido a raíz de este en su barrio, como el grupo de consumo. Le miré sorprendido de nuevo y me aseguró sonriendo que sí, que era anarquista desde entonces. Me quedé pasmado, el peso de los estereotipos no me permitía concebir a un anarquista cincuentón con coche, hijos, hipoteca…

Al rato me despedí, tuve que bajar en mi parada, pero luego le dí una vuelta al tema y pensé que no era para extrañarse. El anarquismo es un movimiento revolucionario, que aspira a una transformación social basada en el deseo de las mayorías. Y resulta que la mayoría de la gente no sigue el estereotipo de joven anarquista, okupa o neorrural. Buena parte de la sociedad está en una situación similar a la de este hombre, muchas personas se metieron en una hipoteca porque creyeron que eso libraría a sus hijos de depender eternamente de un casero, otras se compraron un coche porque eran accesibles y les permitía desplazarse para ir al trabajo o salir el fin de semana a algún lado con la familia, ojalá muchos más conocieran y defendieran al anarquismo. ¿Vamos a rechazar a toda esa gente si decide sumarse al proceso de transformación social? Porque resulta que hay gente así que, además, se considera anarquista y mucha más que podría considerarse así en el futuro: Bien hacen sindicalismo de acción directa, o participan en el centro social o las asambleas del barrio, o en el grupo de consumo, o conocen y difunden la historia del movimiento obrero, o critican la autoridad y la jerarquía en las movilizaciones en que participan defendiendo la organización por asambleas… Y además aspiran al socialismo libertario, a una sociedad basada en la solidaridad y el apoyo mutuo, a la anarquía.

¿Es eso algo malo? ¿Son esas personas, como este hombre, unos borregos, unos estúpidos, unos gilipollas como han señalado algunos en twitter a raíz de la difusión en nuestra cuenta de la imagen que abre esta entrada? La imagen es obra de L’Observador, de cara a un artículo en el número 9 de su publicación y la publiqué yo mismo en los perfiles de Regeneración en redes sociales. La cosa es, a toda esa gente que nombro, ¿debemos despreciarles? La pureza anarquista no existe. Somos falibles, tenemos contradicciones, asumamos de una vez que por considerarnos anarquistas no somos mejores ni estamos por encima de nadie. Al parecer todo esto molesta a una serie de personas que han visto en el anarquismo un modelo de afirmación personal, una guía que les permite mirar a los demás por encima del hombro y sentirse especiales. Pero el anarquismo no surgió para que los individuos que nos adscribimos al mismo podamos sentirnos bien, calentitos al calor de los que son como nosotros. Surgió para generalizarse entre la población, para cambiar el mundo.

Como dicen por ahí: «Si se repasan películas, cuadros, lienzos, fotos y grabados, se ve que la gente que hizo las revoluciones pasadas, era gente corriente y moliente, que seguramente era analfabeta, bebía vino y se lavaba cuando ya el picor le resultaba insoportable. ¡Por el amor del lagarto!, ¡mirad a María Antoñeta subiendo a la guillotina!, la gente que aplaudía la revolución, era pero que bien burra. La gente que coge la dinamita, el bardeo o que maneja la maxím, no es Santa Marta precisamente, y si lo es, en cuanto la guardia la tirotea le entra una mala hostia que no veas.»

Exacto, las revoluciones las hace la gente que lucha, gente que vive ahora mismo, llena de defectos y manías, pero también de rechazo a la explotación y la miseria, gente con mil errores pero cargada de pasión por cambiar el mundo. Personas normales, entre ellas las anarquistas.

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