La anarquía como sublimidad democrática

Introducción

A día de hoy no resulta tarea muy compleja el toparse con la palabra anarquía xerografiada en cualquier periódico  o novela, balbuceada por tal o cual presentador de noticiarios televisivos o radiofónicos, escuchada dondequiera se vaya por la calle o, incluso, en algún que otro texto académico. Sea cual sea el lugar, la forma y el tono en el que se nombra esta palabra concluiréis conmigo —vosotros que conocéis sus verdaderos ropajes— en que su significación contextual es, cuanto menos, una sacrosanta bazofia digna de los mejores estercoleros porcinos. Su tan asumida acepción como sinónimo inequívoco de caos, desorden, terrorismo, etcétera., no hace sino denotar cómo el lenguaje ha perdido todo sentido; las palabras ya no se remiten a realidades, sino que más bien se basan en prejuicios, concepciones estúpidas reiteradas hasta la saciedad, o simplemente una cerrazón intelectual preocupante por su dimensión. Pero este problema no surge sólo, o no se nutre al menos en su totalidad, de la aparente incultura política en tanto al tema del anarquismo por parte de la población en general, ya que desde los medios letrados también se emponzoña día sí y día también su bello significado. La inoperancia filosófica de una buena parte de la población sirve de coartada perfecta al poder, a las élites intelectuales por descontado, para lavarse las manos y, a su vez, para seguir alimentando este inverosímil que, a otro respecto, tan bien le viene. Ambos son dos megamáquinas creadoras de ilusiones que se retroalimentan la una a la otra; no sabiéndose muy bien si la culpa viene del primero o del segundo, es decir, si la gallina va antes que el huevo o el individuo antes que la sociedad, convendremos, a falta de realizar un análisis algo más extenso de esta cuestión en el siguiente artículo, que una es una vicisitud de la otra y viceversa, o mejor, que importa bien poco cuál ha surgido antes en tanto que esta dualidad se encuentra bien a gusto revolcándose una y otra vez en sus miserias.

 Asistimos, pues, a una auténtica hecatombe de desvalorización y sodomización del lenguaje que a buen seguro ninguna ideología, y menos una tan minoritaria como el susodicho movimiento ácrata, podría hacer frente sin un bastión de periodistas emitiendo una verborrea constante de qué significa realmente la anarquía. Y como el movimiento libertario carece de ese potencial comunicativo, pues éste está, quizá sobre mencionarlo, abarcado en su totalidad por los serviles con el poder, no nos queda otra que hacer frente a esta porfía con nuestros escasos, pero sin duda muy valiosos, métodos y herramientas; esto es, por un lado, la propaganda vital, por el hecho, que tanto y tan bien ha caracterizado el actuar anarquista durante más de siglo y medio, y, por otro, llevar la batalla a su terreno. Es decir, reafirmar con nuestros actos qué es la anarquía y cómo son los anarquistas (absténganse rebeldía sin contenido político y demás festejos vacíos), mas no contentándonos con esto, hacer clara una cosa: la forma de vida más democrática, más acorde con la libertad, la igualdad y la fraternidad humanas, no es ni puede ser otra que la anarquía; se ha de conseguir que los términos anarquía y democracia se besen hasta desleírse el uno sobre el otro.  El hincapié a este respecto ha de ser, por tanto, incipiente en la propaganda anarquista, en sus medios, en sus radios, en sus foros, en sus charlas, etcétera. Una tarea titánica que aun cuando sus frutos fueran frugales, y siendo realistas a no mucho podemos optar, supondría poner una base firme para un desarrollo posterior, para una penetración paulatina en el imaginario social que consiguiese dar un verdadero contenido a la palabra, al fin y al cabo, su verdadero contenido. Pero por encima de todo hemos de tener  muy en cuenta los tiempos que corren y en los que estamos desenvolviendo nuestra actividad política: los de la desacreditación parcial o total de la sediciente democracia parlamentarista. Es ahora el momento idóneo para echar luz sobre uno de los términos más vilipendiados por propios y ajenos (no se me tome este recurso en su literalidad exacta) durante los últimos decenios.

En definitiva, hemos de sabernos, pues en verdad así lo somos, dueños de una de las concepciones de armonía social más hermosas que ha sabido concebir el ingenio humano. Si todavía queda alguna posibilidad para que se interprete este término en su justa medida, y no a medida del poder y de sus adláteres, es ahora, en los prolegómenos  de la dispersión ideológica, en los albores del resurgimiento de nuevas fórmulas de carácter fascista, cuando los anarquistas nos tenemos que reafirmar como portadores de la democracia más sublime, más excelsa en todas sus formas y aspavientos: la Anarquía. Porque podemos afirmar con orgullo, como ya afirmó en otro tiempo Élisée Reclus, que, sin lugar a ninguna duda, «La anarquía es la más alta expresión del orden».

Sólo el arte político tiene futuro (II)

Tal y como pudimos leer en la primera parte de esta entrevista, el grupo de anarquista ruso Voina utiliza el arte y la controversia como forma de propaganda. No obstante,  no sólo ha generado polémica, sino que también se ha visto envuelto en ella debido al acoso policial sufrido, a una escisión destacable y a su relación con la banda de punk Pussy Riot.

Dadas sus raíces anarquistas, Voina ha estado involucrado en diferentes protestas, no sólo contra el capitalismo sino también contra el sistema democrático representativo y contra el Estado. A su juicio, las estructuras de poder en Rusia están corrompidas y la vida política mutilada. “No hay escena política en Rusia. Lo que hay es una mafia que sostiene el poder, las financias y los recursos naturales del país. Hay también una oposición pseudo liberal que simula protestar y en realidad no son más que conformistas”, afirma el artista Leonid Nikolayev. Molesta con los manifestantes no comprometidos, Natalia Sokol, miembro activo del grupo, explica que “quienes participan de una protesta real están ya en prisión o lo estarán pronto. En Rusia hay varios presos políticos que se están pudriéndo en la cárcel”. Tal fue el caso de Oleg Vorotnikov y del propio Leonid, quienes a finales de 2010 fueron detenidos y enviados a prisión por su creación Palace coup, en la cual volcaron varios coches de policía tratando de evocar un sistema patas arriba. A propósito de ello nació la campaña Free Voina, a la cual el célebre artista callejero británico Banksy se adhirió donando una cuantiosa suma de dinero para cubrir la fianza impuesta.

No obstante, no es sólo a través del arte y de las manifestaciones que el grupo Voina actúa políticamente. Su actitud frente a la vida es también una forma de protesta.  La propaganda por el hecho, tradicional en el anarquismo y frecuente vinculada a la acción armada, se basa en el elemental principio de difundir una ideología practicándola. De esta manera, algunos miembros de la organización han rechazado el uso del dinero, sobreviven  robando comida en supermercados y han vivido largas temporadas en caravanas y garajes. El uso de simbologí y referencias anarquistas, también, son habituales en sus creaciones: “El 7 de noviembre de 2008, Voina celebró el 120º natalicio del líder anarquista ruso Nestor Makhno asaltando el parlamento de Rusia, la Casa Blanca”, apunta el encargado de medios Alexey Plutser-Sarno en referencia a la acción The seizure of the White House, en la que algunos activistas cruzaron la cancela del edificio mientras se proyectaba en la pared una calavera y dos tibias de más de 40 metros de altura. “Antes de la acción yo ya había declarado la Casa Blanca es el mejor lienzo para un artista. La calavera con dos tibias en su fachada es una advertencia a las autoridades corruptas, la anarquía es una inevitable reacción a las políticas de xenofobia y genocidio”, completa Alex.

Verzilov es un traidor que ha llevado a gente a prisión

En el año 2009 Voina expulsó a uno de sus miembros más activos, Pyotr Verzilov, acusado de ser un confidente de la policía. Su entonces compañera, Nadezhda Tolokonnikova –hoy en prisión por su participación en la acción Punk prayer de Pussy Riot-, también abandonó la formación. Juntos reclutaron a nuevos activistas para organizar la autodenominada Facción moscovita de Voina, con la que ganaron cierta fama internacional a costa de la organización original.

No son pocas las entrevistas en la que los miembros originales de Voina han declarado la existencia de cierta ordenación jerárquica y de cargos fijos en la estructura. No obstante, justifican dicha falta de asamblearismo -propio de cualquier colectivo anarquista- a necesidades organizativas e intentos de desestabilización difundidos por Verzilov. “La fuente de esta mentira es Verzilov. Con el fin de ocultar su traición disemina información falsa sobre el comportamiento represivo de Vorotnikov. En los medios de comunicación, le llama Oleg Führer, lo que es absolutamente un ultraje. Es una de sus muchas provocaciones; la forma de vengarse por su expulsión”, explica Leonid. Alexey, en cambio, se centra en responder a cómo se organiza la estructura del grupo. “En el día a día y en el trabajo los activistas de Voina son iguales y absolutamente libres. Nosotros elegimos un líder sólo cuando vamos a la acción. Tiene que haber alguien que coordine a todo el mundo en la calle. Tiene que haber una organización, un guión. Generalmente todos estamos de acuerdo en delegar la gestión de la operación a Natalia Sokol”. Leonid añade sobre Natalia. “Ella es nuestra comandante en jefe para las acciones. Si no hay una gestión y una eficiencia probablemente acabaríamos en prisión por una larga temporada. Aparte hay gente en el grupo que tienen como cargo el desarrollo ideológico –Oleg y Alexey. Podríamos llamarlos líderes intelectuales”. Alexey matiza: “Aunque no intentamos imponer nuestras ideas y no oprimimos a nadie con nuestras ambiciones. El grupo es libre de elegir nuestras ideas o rechazarlas”.

 Verzilov, además de traidor, es considerado por Voina como un plagiador, a pesar de que en numerosas ocasiones la línea original se ha manifestado contraria al copyright. Según Alexey, “estamos en contra del copyright y no hemos registrado la marca Voina Group. Estaríamos encantados de que tú prepararas una acción y la suscribieras bajo el nombre de Voina. Sería mejor incluso si discutes la acción con nosotros y podemos ayudarte de alguna manera. Pero si tú públicamente anuncias que has fundado Voina en Moscú, que tú personalmente has preparado todas las ideas y acciones de Voina, podría ser, claro, un plagio ya que el grupo fue fundado por Oleg y Natalia en 2005 y las ideas y acciones pertenecen a ellos y a mí”. “Cuando Oleg y Natalia prepararon la acción en el puente Liteiny en San Petesburgo y pintaron un falo gigante en él –prosigue Leonid-, el provocador Pyotr Verzilov concedió una entrevista al canal REN-TV en la que se nombró autor de la acción a pesar de que se enterara de ella a través de los medios”. A propósito de ello, Oleg pone un ejemplo: “cuando él dice que fundó el grupo junto a su esposa Nadya miente. Se olvida de mencionar que en 2005 ella tenía 15 años e iba a la escuela en Norlisk. Él tenía 17 años y acababa de venir de Canadá”. “Pyotr –dice Natalia- fue invitado por Oleg Vorotnikov a participar en algunas de las primeras acciones. Pero fue descubierto delatando a algunos activistas de Voina a la policía”. Este punto lo amplía Leonid. “Él intentó delatar a Oleg y a Natalia, pero lograron escapar. En Rusia, Pyotr Verzilov es conocido no sólo como un provocador, sino también como un traidor. Siempre intenta ganarse la confianza de los anarquistas presentándose como un activista de Voina. Regularmente filmaba sus rostros y los subía a Internet. Inmediatamente, muchos de esos anarquistas eran encarcelados. En agosto de 2012, en España, el anarquista Pyotr Silayev, un activista a favor de la conservación del bosque Khimki y partícipe de la marcha anarquista Khimki, fue arrestado. Fue Verzilov quien filmó a los anarquistas y les envió el video a los policías. La verdadera naturaleza de Verzilov fue también puesta al descubierto por Pussy Riot. Cuando las chicas fueron encarceladas, él se presentó a sí mismo como su director de relaciones públicas y su líder. Se apropió de sus trabajos. Pero la peor parte es que es un provocador que ha llevado a gente a prisión”. Oleg, finaliza añadiendo más información: “El caso sobre Pussy Riot está basado en información procedente del ordenador de Verzilov que él mismo le dio a la policía. Este hecho es recogido formalmente en la sentencia”.

 Por su parte, Voina no sólo ha tenido problemas con Verzilov. A raíz de la inclusión en diversos festivales de cine internacionales del documental Tomorrow, dirigido por Andrei Gryazev, el grupo ha vuelto a aparecer en la agenda mediática tras un periodo de inactividad. La cinta, en cambio, no deja en muy buen lugar a sus componentes más destacados. Leonid ofrece una larga explicación acerca del origen de tal producción: “Gryazev pidió unirse al grupo, quería ser un activista y luego robó el vídeo completo del archivo de Voina, incluyendo algunos filmados por Oleg y Natalia. Posteriormente, sin permiso del grupo, creó una película de uso privado. También falsificó las firmas de Vorotnikov y Sokol y las usó en el juicio alemán y en la inscripción a la Berlinale. Aquí y aquí pueden verse sus firmas. Pero estas son las verdaderas. El documento 02170001.17 de la corte de Berlín confirma que realizó un juramento bajo la jurisdicción alemana que prohíbe el falso testimonio. Él testificó bajo juramento que todos los derechos de autor de la película Tomorrow le pertenecían, y que todos los participantes (Oleg Vorotnikov, Natalia Sokol, Alexey Byelov, Sergey) de la película le dieron por escrito su consentimiento. Este falso testimonio ocurrió el 11 de febrero de 2012. Pudo cometer esta falsificación porque sabía que Oleg y Natalia no podrían contrarrestar la información, ya que la policía les había confiscado sus documentos de identidad y los había puesto en busca y captura”. Para Natalia, la actitud de Gryazev resume el estado político y social en que se encuentra sumida Rusia. “Gryazev ha engañado a un elevado número de festivales de cine y de compañías de distribución proveyéndolas de documentos falsos con firmas adulteradas. Y ahora está proyectando su película por todo el mundo. Se ha convertido en un director famoso y está obteniendo pingües dividendos. Todo esto es común en esta situación de mierda que padece Rusia, con gente de mierda buscando la fama y el dinero a cualquier precio”.

 La época de las protestas autorizadas ha terminado

En los últimos años, el activismo político en Rusia ha despertado de lo que parecía un letargo sin fin. Las manifestaciones contra el fraude electoral entre 2011 y 2012 han supuesto las demostraciones más numerosas que se recordaban desde hacía una década. A pesar de ello, para Oleg no es suficiente. “Ya sabes que todas estas protestas masivas y liberales no tienen nada de reales. Bien, los gerentes y oficinistas fueron a la calle, cantaron cosas con sus banderas y pancartas, se desahogaron y se dispersaron pacíficamente. Las autoridades no le dieron importancia. Creo que cientos de miles de liberales parados de pie en una plaza rodeada de policías influyen en los políticos menos que 300 anarquistas marchando por San Petersburgo o Moscú. El grupo Voina está seguro de que la época de las protestas autorizadas ha terminado”. “Desafortunadamente –apunta Natalia- hay muy pocos anarquistas para cambiar radicalmente el país. Los anarquistas no tienen nada que hacer en estas pseudo protestas liberales en Rusia”. Según Oleg, lo que demostraría el poder de influencia de los anarquistas es la atención que el poder invierte en reprimirlos. “Los anarquistas y los antifascistas son el único y más valiente movimiento organizado en Rusia. Cuando hay manifestaciones anarquistas en las calles todos los policías huyen de terror. Es una de las razones por las que muchos anarquistas de Rusia y Bielorrusia están en prisión en estos momentos. Muchos de ellos han sido asesinados, y según las autoridades han estado involucrados grupos de extrema derecha. Por supuesto, la policía también está dispuesta a asesinar a anarquistas y antifascistas cuando les conviene”.

La aparición del grupo de punk anarcofeminista Pussy Riot también ha significado un soplo de aire fresco en la escena política rusa. La repercusión internacional que ha tenido el encarcelamiento de tres de sus activistas (actualmente una de ellas se encuentra ya en libertad) tras grabar un videoclip que denunciaba las relaciones entre la Iglesia y el Kremlin en una de las más famosas catedrales ortodoxas de la capital, ha levantado las sospechas de algunos sectores. Asombrados por el desequilibrado tratamiento mediático que reciben habitualmente los anarquistas en prisión y el que han recibido Pussy Riot, hay quien en Rusia se pregunta si se tratará de una operación propagandística dirigida por Occidente. “Las chicas de Pussy Riot que están hoy en prisión –explica Alexey-, abandonaron Voina hace tres años, pero su acción es, en todos sus sentidos, una protesta contra el sistema”. “Desde el momento en que su canción es titulada Holy Mother, blessed Virgin, drive Putin away!, se trata de un ataque hacia Putin. Es claramente un gesto político. Es por eso por lo que la reacción de las autoridades ha sido tan agresiva”, concluye Leonid. Sin embargo, en una ocasión pudo verse a Alexey en una manifestación a favor de los presos políticos portando una pancarta con el lema Madonna Pussy Riot, en una referencia hacia la solidaridad mostrada por la estrella pop hacia la banda punk. El detalle pudo parecer irónico, más aún teniendo en cuenta que una de las activistas encarceladas estuvo casada con Pyotr Verzilov. Alexey defiende su trayectoria y a sus antiguas compañeras: “He estado en acciones de apoyo a presos políticos (incluyendo Pussy Riot) en muchas ciudades europeas (por ejemplo, en Tallin, Cracovia, Varsovia, Salzburgo, Liubliana, Maribor). Las chicas de Pussy Riot son claramente prisioneras políticas y todo el mundo tiene que apoyarlas. Habitualmente los anarquistas locales se unen en estas acciones. Aquí puede verse un video del trabajo en Cracovia en el que marchamos bajo banderas anarcosindicalistas. En Liubliana también había banderas anarcofeministas. Pussy Riot necesita la solidaridad de la mayoría de nosotros porque las prisiones rusas son un infierno, especialmente los campos de mujeres, donde reina la violencia. Lo que hicieron y la sentencia que obtuvieron fue absolutamente desproporcionada”. Según Leonid, Pyotr Verzilov habría sido defenestrado por Pussy Riot. “Verzilov no tiene nada que hacer con Pussy Riot, del mismo modo que no tiene nada que hacer con Voina. Fue expulsado de nuestro grupo. Es un provocador y ha sido recientemente revelado como tal una vez más”.

*La entrevista íntegra y en inglés puede consultarse aquí.

Adrián Tarín

Sólo el arte político tiene futuro (I)

El anarquismo en Rusia, que durante los más de 70 años de Unión Soviética fue reprimido hasta casi su desaparición, vuelve a resurgir como movimiento de oposición al orden establecido por el Kremlin. Amén de organizaciones tradicionales, como los anarcosindicalistas Konfederatsiya Revolyutsionnikh Anarkho-Sindikalistov (KRAS), nacen cada vez más movimientos sociales de inspiración libertaria que emplean la acción directa o el arte para generar conciencia anarquista. Uno de esos grupos, ya consolidados, son los artivistas de Voina (Guerra), a quienes hemos tenido la oportunidad de entrevistar.

A pesar de que sus acciones se remontan a 2005, para la escena internacional Voina saltó a la fama cinco años después, a raíz de su creación Dick captured by KGB, en la que el grupo dibujó un falo de más de 60 metros en el puente levadizo Liteyny (San Petersburgo), cercano a la sede del servicio secreto ruso. No obstante, dentro del país ya eran conocidos desde que en los prolegómenos de la elección de Dmitry Medvédev como presidente del Gobierno (2008) organizaran una orgía en el Museo Estatal de Biología frente a un oso (medved es, en ruso, oso). Miembros del grupo explicaron, más tarde, que con la acción pretendieron simbolizar el hecho de que el gobierno se folla a la gente, y a la gente parece que le gusta.

El arte sólo es un negocio para los artistas

Este tipo de performance es habitual en las creaciones de Voina. Con ellas pretenden denunciar no sólo la corrupción política y el autoritarismo reinante en el país, sino también una escena artística contaminada por el capitalismo y la ausencia de creatividad. Para Oleg Vorotnikov, una de las cabezas visibles,  “la mayoría de los artistas rusos se pelean por el dinero que los oligarcas les lanzan de vez en cuando. El arte sólo es un negocio para ellos. Incluso un pequeño número de artistas, que se llaman a sí mismos izquierdistas, no tienen reparo en tomar su sucio dinero y participar en la Bienal de Moscú, financiada por las autoridades mafiosas”. La Bienal de Moscú (2011) tuvo como tema principal El arte activista, pero Voina, que fue invitado, decidió boicotearla por su carácter oficialista.

Asimismo, el grupo rehúsa a exponer sus obras en las galerías comerciales, puesto que tal y como Oleg apunta “todas pertenecen a los oligarcas, que las utilizan para lavar su sucio dinero. Por ejemplo, Garage es propiedad de Roman Abramovich. No conozco ni un solo artista aquí o en el extranjero que no tomaría los sucios petrodólares de este amigo del dictador y se negaría a trabajar en Garage. Esta hipocresía es asquerosa. El año pasado, ya que oficialmente boicoteamos la Bienal de Moscú, Pyotr Verzilov y un grupo de plagiadores exhibieron nuestras obras allí y cobraron las tasas de los curadores”. Pyotr Verzilov tiene una historia rocambolesca tras de sí. En sus inicios fue activista del grupo Voina, pero pronto acusado de colaboracionista con la policía y acabó siendo expulsado.

Leonid Nikolayev, otro miembro notorio, critica la actitud de algunos artistas rusos que “van a Europa a exponer y hablan sobre ideas izquierdistas, pero cuando vuelven a Rusia no dudan en apoyar al poder y enriquecerse a su costa”. Alexey Plutser-Sarno, habitualmente enlace del grupo con los medios de comunicación y exiliado político, completa la acusación sentenciando que, a pesar de haber «una gran cantidad de destacados artistas en Rusia, actualmente no hay muchos de ellos involucrados en una protesta real”.

No se pueden dibujar flores cuando hay represión a nuestro alrededor

Al mezclar política y arte, las influencias de Voina proceden de tal dualidad de disciplinas. Para Alexey, su “arte está inspirado en el movimiento dadaísta, en el futurismo ruso y el accionismo vienés. Pero si hablamos de nuestro estilo artístico callejero y de protesta seguimos el ejemplo de los anarquistas”. De esta manera, completan su actividad con diferentes manifestaciones políticas no artísticas. “Este año, hicimos acciones junto a los anarquistas de Polonia, Eslovenia y otros países. Cuando voy a una ciudad extranjera, no puedo confiar mi trabajo a nadie excepto a los anarquistas”. Según Oleg, “habitualmente contamos en nuestras acciones y marchas con el apoyo y participación de grupos anarquistas. Algunos de nuestros eslóganes y acciones están inspirados en ellos: All cops are bastards (ACAB), Más alto, más alto con la bandera negra –el Estado es nuestro enemigo principal, etcétera”. “A veces nos definimos como un grupo anarco-punk”, apostilla Natalia Sokol, compañera de Oleg y una de las activistas más destacadas.

No obstante, la amistad entre política y arte ha sido históricamente peligrosa, y más aún desde la postmodernidad. Al igual que ocurre con la educación, en Occidente el pensamiento hegemónico tiende hacia la moderación, la neutralidad y lo políticamente correcto. El epitafio de nuestra sociedad bien podría ser todos los extremos se tocan o la virtud está en el término medio. Esta es la razón por la que algunos artistas consideran que la pureza del arte depende de su despolitización. Sin embargo, la feminista Lucy Lippard declaró, en una ocasión, que la buena propaganda y el buen arte deben ser una provocación, una nueva manera de ver y pensar sobre lo que está a nuestro alrededor. Alexey apunta más hacia esta última concepción del arte, afirmando que “sólo el arte político tiene futuro. No es una coincidencia que la 7ª Bienal de Berlín, que nos invitó a ser curadores asociados, fuese sobre intervenciones políticas de los artistas en el espacio social. Los artistas contemporáneos no deben ser indiferentes a lo que está a su alrededor. Simplemente, no pueden dibujar gatos, peces y flores cuando hay una represión masiva en pleno apogeo”. Esto es, en cierto modo, una suerte de acción propagandística: “Cualquier arte de protesta -afirma Natalia- trata de influir en las conciencias de la gente tan masivamente como sea posible. Millones de personas han visto nuestras acciones en Internet. Muchos de ellos están perdiendo el miedo y siguiendo nuestro ejemplo. Muchos grupos valientes están surgiendo tras nosotros». “En nuestro día a día, Voina se parece a un grupo político anarquista. Pero Voina hace acciones que son en todos sus sentidos obras de arte, incluso en contextos meramente socio-políticos”, concluye Alexey.

La calle es nuestro ambiente natural

Como anarquistas, el grupo Voina reivindica el uso del espacio público colectivo desempeñando su arte en las calles, en lugar de en galerías o museos. “De la misma manera que un pez no interactúa con el agua, o un pájaro con el aire, no se puede decir que nosotros interactuemos con la calle. La calle es nuestro ambiente natural, donde hacemos nuestro arte. Internet es nuestra galería”, explica Alexey. Interrogado por la misma cuestión, Oleg apunta que “la interacción con el espacio de una galería o un museo es un problema, porque es un espacio extraño para nosotros. No sabemos cómo interactuar con ellas, aunque a veces lo hemos intentado”.

No obstante, las dinámicas privatizadoras, así como los cambios sociales en nuestras relaciones interpersonales, ahora mediadas habitualmente por las tecnologías de la información, nos remiten más hacia espacios íntimos que hacia la plaza como ágora. La fotógrafa y feminista Martha Rosler afirmó que las calles pertenecen a la gente, pero la gente ya no las quiere. La necesidad de reproducir en Internet lo que está ocurriendo en la calle puede resultar paradójica. “La documentación de nuestras acciones es un puente entre la calle e Internet. La mayoría de nuestras acciones tienen un elemento delictivo que nos impide invitar a la gente a contemplarlas, puesto que la mayoría seguramente sería arrestada. Millones de personas vieron nuestra Dick en Internet y todo el mundo entendió que fue un ¡que os jodan! al sistema policial de todos los países, no sólo de Rusia”, finaliza Alexey.

La estética anarquista es dejar que cada uno tenga su propia estética

Una de las más relevantes aportaciones del anarquismo al arte es su creatividad y su ruptura con el academicismo burgués. No obstante, autores como Edgar Wind, en su obra Arte y anarquía, defienden que la imaginación –tanto su ausencia como su abuso- puede suponer un estigma incurable para el artista, hasta el punto de considerarla peligrosa. Alexey relativiza esta cuestión, reflexionando desde un punto de vista tolstoiano acerca de la violencia: “La humanidad vive en el mundo de lo imaginario, en el espacio de los símbolos. Somos conscientes de la realidad que nos rodea sólo a través de nuestras fantasías. Por supuesto, hay un montón de símbolos e ideas peligrosas. Por ejemplo, la idea de la violencia es peligrosa. Esta idea genera violencia. Las autoridades están tratando de persuadirnos de que la violencia es legítima, que las ejecuciones y las víctimas son necesarias. Pero es una mentira. Este sistema de símbolos se remonta a los tiempos mitológicos. Y tenemos que destruir, deconstruir el mismo”. Natalia, por su parte, evalúa la labor del grupo como generador de nuevos imaginarios, afirmando que “por medio de nuestras acciones estamos tratando de destruir esos símbolos nocivos y peligrosos que hemos heredado del pasado oscuro”.

La estética y el ego son dos de los principales desafíos a los que se ha enfrentado tradicionalmente el arte anarquista. Por un lado, surge la eterna pregunta ¿existe una estética anarquista? Por otro lado, parece difícil conjugar el ego artístico con los ideales de fraternidad libertaria. La primera cuestión es zanjada con rapidez por Alexey: “La estética anarquista es dejar que cada uno tenga su propia estética. Nosotros hemos creado la nuestra: heroica y monumental”. A la segunda, Oleg precisa que, efectivamente, lo que el grupo Voina hace es “combinar el ego artístico con la solidaridad, la igualdad y la fraternidad anarquista”.

Según las teorías libertarias relacionadas con la abolición del trabajo, una vez llegada la verdadera sociedad anarquista, cada uno de nosotros pasaríamos de ser trabajadores a creadores artísticos. No desempeñaríamos una profesión por motivaciones adulteradas como el estatus, la cuantía salarial o la necesidad. Simplemente produciríamos vocacionalmente, en función de nuestras capacidades y habilidades, por lo que todos seríamos artistas. No obstante, Alexey es crítico con este punto de vista: “en una sociedad anarquista, todo el mundo elije un rol y un modo de vida. Sería un error imponer uno y la misma forma de libertad para cada uno. Cada persona debe decidir su propia libertad. Es por eso por lo que pienso que no todo el mundo sería artista. Si alguien quiere ser un espectador pasivo, su elección también debe ser respetada”.

El grupo Voina también posee un historial de represión por parte del poder bastante extenso. Algunos de sus miembros han sido encarcelados y otros han evitado el presidio gracias al exilio. Igualmente, la célebre banda de punk anarcofeminista Pussy Riot tiene un pasado estrechamente vinculado a Voina. Estas cuestiones y otras serán abordadas en la segunda parte de la entrevista.

*La entrevista íntegra y en inglés puede consultarse aquí.

Adrián Tarín

Ser revolucionario hoy

Sobre la renovación, reformulación y recomposición del anarquismo, el anarcosindicalismo y el movimiento libertario

por Octavio Alberola

A pesar de ser el capitalismo «un sistema tan injusto, irracional y amenazador» para la especie humana, la inmensa mayoría de los humanos lo sigue considerado «como el más eficiente sistema económico para conseguir el bienestar de la humanidad». Por ello, en un texto reciente [1], tras reflexionar sobre tan extraña e inquietante paradoja me pronuncié por la necesidad de «cuestionar todo lo que en la teoría y en la práctica del marxismo y del anarquismo ha contribuido a la perennidad del capitalismo e impedido la eclosión de la utopía implícita en el paradigma emancipador común a estas dos ideologías». No sería, pues, consecuente considerarlo necesario y no intentar hacerlo en lo concerniente al anarquismo, el anarcosindicalismo y el movimiento libertario. No sólo porque es lógico dejar a los marxistas el cuestionamiento del marxismo sino también porque en mi análisis de la «crisis del paradigma emancipador» intentaba ya aportar elementos de reflexión al debate abierto por los compañeros Tomás Ibáñez [2] y Antonio Carretero [3], sobre la «reformulación y revitalización del anarcosindicalismo», y por las reflexiones del compañero José Luís Carretero [4], sobre la necesidad de «recomposición de la insurgencia libertaria que empieza ya a anunciarse un poco por todas partes», y de otros, sobre «ser revolucionario hoy».

Anarquismo, anarcosindicalismo y movimiento libertario

Aunque este debate parecía, al principio, limitado al anarcosindicalismo, en realidad es una reflexión sobre las ideas anarquistas y los proyectos de utopía que estas ideas inspiran en cuantos y cuantas se reclaman hoy de ellas. De ahí la necesidad de recordar que el anarcosindicalismo, a pesar de ser considerado como una rama del anarquismo vinculada al movimiento obrero, es un sindicalismo en el que las ideas anarquistas tienen primacía en la acción sindical de cuantos se proclaman anarcosindicalistas e intentan poner fin a la explotación del hombre por el hombre a través de sindicatos autónomos y asamblearios. Esta simbiosis ideológica hace que, de más en más, anarquismo, anarcosindicalismo y movimiento libertario sean considerados y utilizados como sinónimos; pues en los tres casos se designa  a  un conjunto de hombres y mujeres que luchan por la anarquía. De ahí que la renovación, reformulación o recomposición del anarcosindicalismo lo sea también del anarquismo y del movimiento libertario, e in fine de las ideas anarquistas. Ese ideario y esa praxis comunes a cuantos y cuantas -se proclamen anarquistas, anarcosindicalistas o libertarios- tratan de subvertir el entramado social y político de la explotación y la dominación para hacer posible una sociedad de igualdad social, equidad económica y libertad.

 Es pues obvio que esta tarea, se la llame renovación, reformulación o recomposición, concierne por igual a anarquistas, anarcosindicalistas y libertarios. No sólo por tener la misma voluntad de subversión del orden social imperante y la misma pasión por abrir paso a la utopía emancipadora sino también  porque deben hacer frente a la misma realidad económica, política y social, como a la misma violencia de los sectores regresivos de la sociedad. Una voluntad subversiva y una pasión emancipadora que no surgen de la adhesión a una ideología, a una doctrina o a una teoría social, sino de la conciencia de llegar a la plenitud de nuestra humanidad a través de la libertad y el respeto y apoyo mutuos. Principios que, como lo han probado en la historia y lo siguen probando en las luchas actuales, anarquistas, anarcosindicalistas y libertarios no han abandonado nunca; pese a que no siempre les ha sido posible ser consecuentes con ellos en la práctica. De ahí la necesidad de saber si la renovación, reformulación o recomposición puede concernir también a los principios o sólo concierne a las viejas formas de luchar frente a las nuevas formas de la dominación-explotación capitalista (sea privada o de Estado).

Necesidad de un debate abierto

El debate sobre la renovación, reformulación o recomposición de las ideas anarquistas no es nuevo. En el libro Anarquismo y política. El ‘programa mínimo’ de los libertarios del Tercer Milenio, editado al comienzo de 2012, su autor, Stéfano d’Errico, nos recuerda que Camilo Berneri planteó ya, en el primer tercio del pasado siglo, la necesidad de «afrontar el complicado mecanismo de la sociedad actual sin anteojos doctrinales y sin excesivos apegos a la integridad de su fe» (anárquica) para poder así «conservar aquel conjunto de principios generales que constituyen la base de su pensamiento y el alimento personal de su acció.

Esta necesidad de reflexionar, para adecuar la lucha por el ideal a cada contexto histórico, no es pues nueva, se ha manifestado permanentemente en el seno del movimiento libertario. Y ello a pesar de las tendencias inmovilistas que siempre han existido en su seno y que en todo momento se han opuesto a que tal adecuación pudiera partir de una crítica, suficientemente libre, que no dejara fuera de ella ninguna temática, por comprometedora que pudiera ser, o que intentara cuestionar la manera dogmática en que algunos interpretan los postulados éticos del anarquismo.

Sea lo que sea, la verdad es que esta reflexión ha quedado reducida muy frecuentemente a declaraciones de buenas intenciones y propuestas demasiado formalistas. Esto es lo que parece haber sucedido en el reciente Encuentro Internacional anarquista celebrado en Saint Imier, pese a que René Barthier, de la Federación Anarquista Francesa, manifestara, en el discurso de apertura, su deseo de que ese encuentro sirviera para «una renovación y fortalecimiento de las ideas anarquistas» allí representadas a través de «la diversidad de las corrientes del movimiento anarquista«.

Esta reflexión sigue siendo pues necesaria, y quizás más aún hoy que lo pudo ser ayer. La continua transformación de la sociedad y las nuevas formas en que la conflictividad social y acción política se manifiestan nos obligan a ello, y también la evolución del conocimiento científico sobre esta realidad. Esta reflexión es, pues, necesaria para ser más eficaces en nuestra acción y para no caer en una forma más o menos voluntaria de colaboracionismo con el sistema en aras de la sacrosanta practicidad. Una eficacia que no nos haga perder de vista el objetivo: fortalecer nuestra respuesta, individual y colectiva, a la realidad actual del mundo capitalista y estatista y, al mismo tiempo, avanzar hacia la sociedad de justicia y libertad que anhelamos.

Un debate responsable

Ahora bien, es una obviedad decir que no basta con pensar y hablar para que la realidad del mundo cambie. De ahí que sea necesario salir de la retórica y ser capaces de poner en causa no sólo nuestras certidumbres sino también nuestras propias conductas. Tener presente que esta reflexión requiere una gran dosis de sinceridad y honestidad: tanto para no conformarse con una crítica demagógica como para no injertar verdades nuevas en el tronco de las verdades viejas. Es decir: ser capaces de pensar un anarquismo y un anarcosindicalismo críticos, heterodoxos, que se nieguen a ser reducidos a ideología o doctrina, a verdades reveladas y, a final de cuentas, a dogmas y fe. Pero también un anarquismo y un anarcosindicalismo que podamos asumir, al alcance de nuestra verdadera voluntad y disposición de lucha.

¿De qué serviría llegar a propuestas muy radicales si no somos capaces de llevarlas adelante? ¡Tan negativo es el conservar a toda costa como el innovar si no hay razones para hacerlo o condiciones que lo permitan!

Si el ideal libertario es la anarquía y ésta es la aspiración de vida en libertad, el anarquismo, el anarcosindicalismo y el movimiento libertario son o deberían ser medios de potenciar el ejercicio de la libertad para todos y todas en cada circunstancia que nos encontremos. Pues es obvio que los y las anarquistas, anarcosindicalistas o libertarios no debemos encerrar la libertad en fórmulas simplistas ni aceptar complicadas teorizaciones para hacer de ella lo contrario de lo que ella es o debe ser para nosotros. Es decir: el derecho de cada ser humano, de todos los seres humanos a decidir por sí mismos, conscientes de que mi libertad sólo termina allí donde comienza la de los demás y que por ello ésta debe complementarse con una indómita voluntad de concertación y solidaridad. De ahí que no sea posible concebir una reflexión y un debate entre anarquistas anarcosindicalistas o libertarios sin partir de la libertad de cada uno para aportar argumentos, confrontarlos fraternalmente y tratar de encontrar respuestas en común a las cuestiones que han motivado tal reflexión y debate. Y aún más cuando el objetivo es saber si es o no necesaria la renovación, reformulaciónrecomposición del anarquismo, el anarcosindicalismo y el movimiento libertario.

Para evitar infundadas suspicacias, preciso que ya en el título de este texto he puesto renovación, reformulaciónrecomposición entre comillas [cursiva; N.d.E]; pues para mí, estos términos no deberían significar «sustituir una cosa por otra» sino «dar nueva energía a algo«. Es, pues, obvio que en vez de estos términos yo habría utilizado otros que me parecen más apropiados, como adecuación, reforzamiento, revitalización e inclusive actualización. Con ello quiero decir que, aunque para mi renovar, reformular y recomponer sean términos equívocos, los seguiré utilizando para cuestionar todo lo que, en la exposición y en la práctica de las ideas anarquistas, ha podido contribuir a la perennidad del capitalismo y a lentificar la marcha hacia la utopía libertaria.

¿Renovar, reformular o recomponer el ideal?

Me parece que es más bien al declive del Occidente (capitalista) que estamos asistiendo que a la occidentalización (capitalista) del mundo, a la uniformización de la identidad cultural (modo de vida) del mundo. Y eso pese a que exista aún, en la mayor parte del planeta, una gran diversidad de valores específicos de orden religioso, ideológico o filosófico que se manifiestan a través de estructuras comunitarias. Un fenómeno que la llegada de Internet y de sus redes sociales ha acelerado, facilitando la constitución de comunidades de elección y debilitando las identidades nacionales. Pero lo más grave es el debilitamiento de la identidad internacionalista del proletariado. Al extremo de que ya no tiene sentido alguno referirse a él; pues, a lo sumo, sólo existen trabajadores… Trabajadores más divididos que nunca por sus identidades comunitarias, religiosas, políticas y culturales, aunque más semejantes que antes por el culto del consumo capitalista y la resignación ante el actual statu quo capitalista y estatista.

Ante una tal situación, es obvio que no sea suficiente con llamar a la resistencia o a romper las cadenas de la explotación y la dominación. No, no lo es, y demasiado sabemos el por qué no lo es. Basta con ver la actitud de los capitalistas y los políticos frente a la crisis y el poco eco de los llamados a la movilización general para impedir las actuales políticas antisociales y defender las conquistas sociales (que tanto costó conseguir), para comprender el por qué el discurso emancipador es hoy inoperante.

Esto no significa, evidentemente, que debamos renunciar a la lucha por un mundo mejor, por una sociedad sin explotación y dominación. Al contrario, esa lucha es hoy más necesaria que nunca. No sólo porque la injusticia continúa y la irracionalidad del sistema capitalista amenaza con destruir el planeta, sino también porque hoy existen las condiciones materiales y técnicas necesarias para organizar una sociedad en la que todos los seres humanos puedan satisfacer sus necesidades vitales y vivir libres y en paz. Y, además, porque la conciencia de la negatividad del capitalismo desborda -y mucho- las filas libertarias.

Me parece pues obvio que la renovación, reformulación o recomposición no pasa por el cuestionamiento de la necesidad de luchar, y aún menos por la de cuestionar el objetivo emancipador del ideal libertario: poner fin a toda forma de explotación y dominación. No, no son pues el ideal ni la necesidad de luchar por alcanzarlo que se deben cuestionar. ¿Qué sentido tendría cuestionarlo y seguir pensándonos y proclamándonos anarquistas, anarcosindicalistas o libertarios? Salvo si llamárselo es sólo una cuestión de pose o de conveniencia. Y si no es así, y si no es el ideal ni la necesidad de luchar por él que se deben renovar, ¿qué es pues lo que, en el actual contexto, se debe cuestionar?

¿Renovar, reformular o recomponer la práctica?

Se sea anarquista, anarcosindicalista o libertario, en los tres casos se es víctima de la explotación y la dominación y se debe luchar contra ellas. Podría ser diferente la manera de hacerlo; pero ¿no es la misma? ¿Es realmente diferente? Sea cual sea el frente de lucha, la forma de luchar, sus armas, ¿no son la asamblea y la acción directa, la organización sin dirigentes ni poder ejecutivo? Además, ¿es posible, para un anarcosindicalista, acantonarse en la lucha sindical y no participar en las demás luchas sociales? ¿La anarquía no es la autonomía y la autogestión de la vida social, laboral y lúdica? Y ¿no es la anarquía la que debe dar sentido y estructurar la sociedad a la que aspiran anarquistas, anarconsindicalistas y libertarios? ¿En qué sentido pues se debería renovar, reformular y recomponer la práctica?

La respuesta me parece obvia, incuestionable, puesto que todos somos conscientes de que no sostendría la explotación y la dominación sin la sumisión de los explotados y dominados. Es pues esta sumisión, nuestra sumisión, en tanto que explotados y dominados, que se debe cuestionar.

Es pues evidente que, si de verdad queremos luchar hoy más eficazmente contra el sistema de explotación y dominación capitalista actualmente hegemónico en el mundo, no se conseguirá renovando, reformulando y recomponiendo nuestra práctica sino haciendo que ella sea más consecuente con el ideal ycon lo que exige hoy la lucha por él. Y no sólo en la práctica de los anarcosindicalistas sino también en la de los anarquistas o libertarios; porque, como es el caso de la inmensa mayoría de los explotados y dominados, también para nosotros el talón de Aquiles de nuestra práctica es la sumisión-integración al sistema económico capitalista y a su ideología consumerista.

Por ello, e independientemente de si la «hibridación socio-laboral» propuesta por Tomás Ibáñez pueda quedar «un tanto coja o un tanto escasa» sin adjetivarla con el calificativo de «comprometida» como propone Antonio Carretero para que ella lo sea «con la transformación social«, no creo que esto pueda entenderse como renovación, reformulación o recomposición del anarcosindicalismo. ¿Acaso no es o debería ser consustancial con el anarcosindicalismo la hibridación socio-laboral? ¿Es posible concebir un anarcosindicalismo que no se mezcle «con las variadas formas de resistencia que se encuentran esparcidas por todo el tejido social para inventar conjuntamente nuevas formas de lucha…«? ¿No es o debería ser lo propio del anarcosindicalismo el «imprimir a nuestro modo de luchar y de organizarnos el sello de una perspectiva global que interconecte los diversos frentes de lucha…»? La lucha anarcosindicalista contra el capital ¿no trasciende o debería trascender «el mundo laboral y adoptar unas formas que abarquen la realidad social en toda su extensión«? Tendría algún sentido un anarcosindicalismo que no quisiera «avanzar hacia una auténtica hibridación donde una misma forma de lucha y una misma forma organizativa abarquen indistintamente ambas problemáticas, realizando su simbiosis«? ¿No se ha dicho siempre que el modo de funcionamiento y de organizarse del anarcosindicalismo prefiguran y son las bases de la sociedad comunista-libertaria del futuro? ¿No es todo eso también lo propio del anarquismo y el movimiento libertario?

Ser consecuentes para ser revolucionarios

Por supuesto no seré yo quien reproche a Tomás Ibáñez y a Antonio Carretero el que defiendan un anarcosindicalismo de hibridación socio-laboral más comprometido. Al contrario, pues quizás  sea necesario hoy insistir en ello. De ahí que considere sus reflexiones, como también las de José Luís Carretero, muy enriquecedoras como aportes analíticos al debate, y pertinentes para incitarnos (a todos: anarcosindicalistas, anarquistas y libertarios) a luchar más eficazmente por la emancipación humana. Mi única queja es que hayan obviado abordar la importancia decisiva del compromiso (consecuencia entre palabras y actos) para hacer posible la transformación social.

De ahí que, descartadas la renovación, reformulación o recomposición del ideal y de su práctica horizontal-asamblearia, sea necesario considerar la negatividad de nuestra sumisión-integración (al sistema económico capitalista y a su ideología consumerista) como rémora en la potenciación de la lucha emancipadora; pues sólo siendo conscientes de ello se puede enfrentar objetivamente el problema de la eficacia y comprender por qué ser consecuentes con el ideal libertario es la manera más eficaz de luchar por él. Entendiendo por consecuencia la correspondencia entre la conducta y los principios éticos que pretendemos deben guiarla, y por ideal libertario los principios de libertad y de respeto-apoyo mutuo que permiten la supresión completa de todas las manifestaciones de la autoridad y el pacto social entre iguales.

Ser, pues, consecuentes con el ideal libertario en todo momento y circunstancia; porque es siéndolo que se es revolucionario y se contribuye más eficazmente a cambiar el mundo autoritario. Pero, evidentemente, no serlo sólo de palabra sino en la praxis de cada día y en la medida que las circunstancias lo exijan y lo posibiliten. Entendiendo por consecuencia libertaria el rechazo del autoritarismo en todas sus formas y tanto si viene de otros como si viene de nosotros mismos; pero también dando el ejemplo de tal rechazo con actos que demuestren nuestra verdadera voluntad de insumisión al orden establecido. Demasiado hemos visto a dónde nos ha llevado la inconsecuencia a lo largo de la historia, y cómo el capital y el Estado se han  hecho fuertes de nuestra adaptación-sumisión-integración al orden imperante, pese a pretender lo contrario. Ser, pues, consecuentes y, si no somos capaces de serlo, ser honestos y reconocerlo. No pretender dar lecciones de radicalidad a los demás si no somos capaces de asumirla. Entendiendo por radicalidad no la violencia verbal o física (son las circunstancias las que la determinan) sino el nivel de resistencia frente al sistema y de ruptura con él. Es decir: ser a la vez consecuentes y audaces para intentar llevar –lo más lejos posible y sin sectarismo ni afanes protagonistas- esa resistencia-ruptura a través de cuantas acciones de protesta surjan hoy; pues ya se ha visto cómo esas acciones, al igual que los cambios microevolutivos graduales, pueden provocar cambios e innovaciones decisivas en el fenotipo social.

En resumen: Soy plenamente consciente de no haber dicho nada nuevo y de que todos los demás lo son más o menos. No obstante, considero necesario no olvidar que, como dijo Einstein, “no se puede resolver un problema manteniendo lo que lo crea”. Dicho crudamente: si la explotación y la dominación existen por nuestra sumisión, no se podrá ponerles fin manteniéndonos en ella. Claro que decir esto no es nada nuevo ni resuelve el problema; pero me parece ser necesario recordarlo de tanto en tanto y, hacerlo, quizás contribuya a resolverlo.

[1]http://kaosenlared.net/america-latina/item/30702-la-crisis-del-paradigma-emancipador-la-miseria-de-los-discursos-perentorios-y-la-utopia.html

[2]http://kaosenlared.net/component/k2/item/31077-el-anarcosindicalismo-frente-al-reto-de-su-necesaria-transformación.html

[3]http://kaosenlared.net/component/k2/item/31227-apuntes-de-hibridación-libertaria.html

[4]http://kaosenlared.net/component/k2/item/34941-siete-tesis-para-un-movimiento-libertario-en-el-centro-de-la-tormenta.html

La anarquía, ¿poder o antipoder? (Respuesta a «El poder en la anarquía»)

Por Octavio Alberola.

En la sección «Análisis», de la web alasbarricadas, colgué un comentario al artículo «El poder en la anarquía«(*) preguntando cómo su autor, Adrián Tarín, podía llegar a la conclusión de que la anarquía «es también un poder -y no un antipoder«. Luego leí un comentario-nota, firmado por los responsables de la web regeneraciónlibertaria, invitándome «a escribir una respuesta (al texto de Adrián) para ser publicada en el portal» de Regeneración Libertaria. Como prometí, aquí va mi respuesta:

Una «curiosa” tesis…
Como se puede comprobar leyendo su texto (*), para Adrián los anarquistas abordan «las cuestiones acerca del poder… desde la oposición al concepto» y no lo hacen «desde la comprensión científica del término«. De ahí que él defienda, desde su personal aproximación «a la teoría del poder» (?), «la compatibilidad del mismo con la anarquía» y que concluya tal aproximación, tal análisis, afirmando que la anarquía «es también un poder -y no un antipoder«.

Por supuesto, Adrián no pretende que la anarquía sea un «macropoder«, un «poder negativo» como el de Estado, ni que debamos renunciar a combatir el poder «negativo» de éste. No, no pretende -como Foucault- «disminuir la importancia y eficacia del poder de Estado”; pero también cree “que al insistir demasiado en su papel exclusivo, se corre el riesgo de no tener en cuenta todos los mecanismos y efectos de poder que no pasan directamente por él«.

Lo curioso es que, por el hecho de constatar que «existe poder fuera del Estado«, Adrián se plantee esta pregunta: «¿puede la anarquía ser un poder?» Y digo “curioso” porque él debería saber que la anarquía es la negación de toda forma de poder, no sólo el que pasa por el Estado. Además, es “curioso” porque él ha puesto un poco antes esta otra cita de Foucault: «Asimismo, sería preciso saber hasta dónde se ejerce el poder, mediante qué relevos y hasta qué instancias, a menudo ínfimas, de jerarquía, control, vigilancia, prohibiciones, coacciones. En todo lugar donde hay poder, el poder se ejerce (…) no sabemos quién lo tiene exactamente, pero sabemos quién no lo tiene». Efectivamente, los anarquistas sabemos quién tiene el Poder y quién no lo tiene; además de saber quién no lo quiere… Es pues sorprendente que Adrián olvide esto y quiera atribuir poder a quienes, en principio, no sólo no lo tienen sino que, además, no lo quieren. ¿Por qué tal empeño?

La confusión…
Sí, ¿por qué tal empeño en equiparar lo que es antinómico? ¿No será porque, al definir el «macropoder» como «negativo» y el «micropoder» como «positivo«, Adrián aborda «las cuestiones acerca del poder… desde la oposición» entre los conceptos de «negativo» y «positivo» sin hacerlo «desde la comprensión científica» de estos términos? Tal parece ser el origen de la “confusión” de Adrián y la explicación a sostener una tal aporía. Y ello a pesar de atribuir -muy curiosamente- tal confusión a los anarquistas: «reconocer el poder como algo positivo o negativo«, «liberador o represor«, «destructivo o productivo«. Salvo si Adrián piensa en los «anarquistas» que, para participar en el ejercicio del poder, defienden esa hipócrita falacia que llaman «poder popular«.

Es sorprendente que Adrián crea a los anarquistas (los que no han renunciado a luchar contra el poder) incapaces de integrar el macropoder y el micropoder en sus análisis, y, en consecuencia, de ver que el poder se sostiene y es aceptado porque, como dice Foucault, «no pesa sólo como potencia que dice no, sino que cala de hecho, produce cosas, induce placer, forma saber, produce discursos«. Es decir, porque es también «una red productiva«.

Sí, es sorprendente, porque Adrián debería saber que los anarquistas, además de tomar en cuenta que el poder funciona como «red productiva«, saben, con Foucault, que «si el poder no tuviese por función más que reprimir, si no trabajase más que según el modo de la censura, de la exclusión, de los obstáculos, de la represión, a la manera de un gran superego, si no se ejerciese más que de una forma negativa, sería muy frágil«.

Pero lo más sorprendente es que Adrián no se dé cuenta del por qué el poder es, además de censura-exclusión-represión, también una “red productiva”. Y eso pese a que él mismo reconoce que, «de hecho, si el poder descansase sólo en la figura de la represión más palpable, la de las balas y las porras, éste sería un poder fácilmente subvertible«.

Así pues, si el poder se traviste en “red productiva” sólo para mantenerse como lo que es realmente, censura-exclusión-represión, ¿qué sentido puede tener considerarle como algo “constructivo”, “positivo” y “creador”? ¿Se puede disociar lo que es consustancial?

La anarquía, ¿un poder o un “micropoder” ?
El problema con Adrián es que, tras reconocer que el poder sólo es «constructivo», «positivo» y “creador” para no ser «frágil» y «subvertible«, persista en que la anarquía «es también un poder -y no un antipoder«. Pues tampoco aclara si es un «micropoder» o también un «macropoder«. No, no hay nada claro, sólo afirmaciones perentorias. Ni siquiera cuando trata de argumentar su tesis con reflexiones contradictorias sobre la «construcción del consenso«; pues también -para él- el «consenso» buscado por los anarquistas, a través de su propaganda, es «para ejercer su dominio sobre los (discursos) de los demás«. O cuando habla del poder como “consenso hegemónico» ejercido “de manera colectiva”; pues es evidente que este «consenso» no tiene nada que ver con el que buscan los anarquistas: un consenso no impuesto (física o culturalmente) sino basado en la libertad de disenso y de experimentación.

¿En qué consiste pues ese «poder libertador, positivo y creador manifestado en la propia dinámica libertaria y en cada pequeño paso que sirva para edificar la anarquía» del que habla Adrián? ¿Qué clase de poder es ése? Todas las citas aportadas por Adrián confirman que el poder político, el Poder es dominación: ya sea impuesta por la fuerza o a través del «consenso» obtenido gracias a las múltiples formas de la sumisión voluntaria de los dominados propiciada por el «micropoder«. ¿A cuento de qué persistir en afirmar que «la anarquía es poder»?

Finalmente, Adrián ha dado la respuesta al contestar a uno de mis comentarios en alasbarricadas. No sólo confesando que para él «la manera de ejercer el poder de manera colectiva y no como una dominación autoritaria es a través del poder popular«, sino afirmando compartir lo que piensan y dicen los defensores del llamado «poder popular» en un artículo, Anarquismo y poder popular (**), en el que se pretende que con tal denominación se consigue «socializar el poder y evitar que éste se convierta en el privilegio de unos pocos«.

¿Socializar el poder?
Que Adrián quiera ejercer el poder es su problema No es el primero ni será el último en desearlo; pese a creerse anarquista… Pero, ¿por qué no decirlo claramente? Hay muchos socialistas y comunistas que también dicen ser anarquistas en el fondo de ellos mismos; pero que, a pesar de lo que enseña la historia, creen que a través del Poder se puede ir hacia una sociedad más justa y libre… De ahí que militen en partidos que aspiran a «conquistar» el Poder. Lo que es coherente; pues no se esconden detrás de una denominación tan vaga como esa de un “poder popular” que se pretende “horizontal” y “anarquista”; pero que aspira a ser reconocido por el Poder (ver a los “anarquistas” del “poder popular” llamando a votar por Chávez en Venezuela) y a ser parte de él si las circunstancias lo permiten.

Por eso, más allá de la retórica hay los hechos de la vida cotidiana y lo que la lengua dice a cada uno desde que la usamos. Deberíamos pues evitar toda clase de confusionismo y utilizar la palabra Poder (con mayúscula) para significar imposición… y poder (con minúscula) para dar a entender la capacidad de hacer… por ser las acepciones más comunes y las que todos sabemos reconocer y diferenciar.

Pero, más allá de la semántica, deberíamos saber si Adrián se reconoce en el “Poder Popular” que hay en Cuba. Pues, si «socializar los medios de producción» es dejarlos en manos de los que los utilizan sin que haya nadie por encima de ellos para decidir lo que deben hacer, eso no se ha hecho en Cuba. Como tampoco se ha intentado «socializar el poder«, para «evitar que éste se convierta en el privilegio de unos pocos«. Al contrario, el “Poder Popular” es el mecanismo institucional que ha permitido a los hermanos Castro de tener el privilegio del Poder en exclusiva durante ya más de cincuenta años.

Así pues, si «ejercer el poder de manera colectiva» significa para Adrián que nadie – ni dentro del colectivo ni fuera de él- tenga el privilegio de decidir por los demás, ¿por qué no reconoce que tal es el consenso al que aspiran llegar los anarquista y no el consenso “hegemónico” que impera en donde el Poder se camufla detrás de esa institución hipócrita llamada “Poder Popular”? Y en ese caso, ¿por qué no decirlo claramente?

Sobre las “pequeñas manifestaciones de poder”…
Adrián nos dice que incluso diría «que la asamblea puede ser considerada una manifestación de poder en según qué circunstancias» y que también ve «pequeñas manifestaciones de poder» en «todos esos procesos de actividad anarquista cotidiana (consensos, asambleas, propaganda)«.
Sí, claro que los hay con la pretensión de ser «anarquistas» pese a ser autoritarios en sus praxis privadas o públicas, en comportarse en las asambleas autoritariamente y tratar de manipularlas para imponer sus propuestas o sus intereses, como en cualquier partido político. Sí, claro que sí, e incluso los hay creyendo sinceramente que la anarquía deberá imponerse… Pero, ¿tiene algún sentido creerse anarquista y ser autoritario? ¿Son esos casos los que sirven de ejemplo para definir lo que es ser anarquista, lo que es o debe ser el anarquismo?

Adrián nos dice que la suya «es una postura difícil de defender, compleja, sujeta a críticas» y que, “posiblemente”, le «cueste una etiqueta de autoritario difícil de salvar«; pero que cree “que las ciencias sociales en este caso” le “proporcionan más argumentos para pensar así que para pensar que el anarquismo lo que busca es que no haya poderes”.

Efectivamente, no sólo es indefendible una tal postura desde un punto de vista ideológico y político sino que tampoco las ciencias sociales le proporcionarán «más argumentos» para seguir pensando que el anarquismo busca que haya poder y no «que no haya poderes«; pues también en las ciencias sociales las palabras tienen un sentido y no se puede caprichosamente atribuirles otro que el que ellas tienen: ya sea por razones etimológicas o por el uso que se hace de ellas. Sí, Adrián, también en las ciencias sociales el sentido de la palabra poder (con minúscula o con mayúscula), como concepto político, es el de «dominio, imperio, facultad y jurisdicción que alguien tiene para mandar o ejecutar algo«. De ahí que los anarquistas luchen contra el poder, como Poder político o como autoridad para mandar; pues aspiraran a la libertad: para ellos y para los demás.

Claro que se pueden tener dudas sobre cómo conseguir un consenso que permita llegar a la anarquía sin tener que imponerla por la fuerza. Claro que es más simple pensar y actuar como lo hacen los adeptos a las ideologías autoritarias, aunque tampoco esa simplicidad les haya permitido alcanzar los objetivos manumisores que esas ideologías presuponen. Lo lógico es pues dejar de pensar la anarquía como «ismo», como ideología, y comenzar a pensarla como actitud de convivencia sin autoridad, como conducta basada en el ejercicio de la libertad sin más límite que el de respetar la libertad de los (y las) demás. No sólo porque es más consecuente defender la libertad cotidianamente sino también porque es más eficaz para que la sociedad pueda avanzar hacia la libertad y la igualdad en todos los campos de la actividad humana. Un avance amenazado de más en más por el Poder hegemónico del Capitalismo y por las diatribas entre los diferentes “ismos” que pretenden combatirlo; pese a que, al día de hoy, ninguno puede pretender haber conseguido su objetivo.

(*)https://reglib.anarquismo.social/el-poder-en-la-anarquia
(**)http://agitacao.wordpress.com/2009/02/27/anarquismo-y-poder-popular/

El poder en la anarquía

Para muchas anarquistas las cuestiones acerca del poder son abordadas desde la oposición al concepto, considerando una característica del libertarismo la ausencia de poder –que es muy parecido a otorgar a cada persona el mismo grado de autoridad-. No obstante, ¿se está realizando esta declaración desde la comprensión científica del término? Nos aproximaremos a la teoría del poder para defender la compatibilidad del mismo con la anarquía.

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