Nociones antidesarrollistas

Desarrollismo: Fase actual del capitalismo, fundada sobre la necesidad constante de acelerar el progreso técnico para pervivir. Un modelo territorial de centro-periferia donde las macroestructuras urbanas concentran a la población, los centros productivos y de poder mientras que el entorno rural es excluido y queda partido por las infraestructuras de comunicaciones (vías de alta velocidad, autopistas, redes de muy alta tensión…) y de producción energética.

Antidesarrollismo: El anticapitalismo en su fase actual. Una apuesta por el restablecimiento de los valores comunitarios y de vida tranquila. La recuperación y defensa del territorio que habitamos. La lucha por una sociedad libre y responsable en contacto con su entorno. La oposición decidida contra los planes de imposición del modelo capitalista como modo único de vida. La propuesta de devolver la economía y la técnica a la esfera política y, las decisiones políticas, a los grupos humanos libremente organizados de manera asamblearia y federalista.

Negación: Toda lucha debe partir de una negación intransigente que impugne toda la realidad presente: No es posible convivir con la destrucción capitalista. No es posible escaparse o vivir al margen. La desolación del medio es un problema prioritario, pues ataca a las condiciones mínimas de supervivencia. Acabar con el capitalismo y las imposiciones del Estado equivale a disputar las luchas en su contra, a profundizar en sus contradicciones, a superar nuestras miserias y plantear la disidencia desde la urgente necesidad de cambio. No se trata sólo de sentirnos realizados personalmente, sino de acabar con el capitalismo antes de que este arrase con la posibilidad misma de la vida.

Escala humana: Volver manejable la organización social, técnica y económica sin depender de profesionales de la economía, la política o la técnica. La interdependencia es deseable, pero determinado grado de especialización se vuelve necesariamente opresivo. La libertad de decisión exige de la capacidad de entender los fundamentos de los procesos económicos y técnicos sobre los que se ha de decidir. Del mismo modo, las grandes concentraciones de población en enormes complejos urbanos suponen la destrucción de la sociedad (con la extensión del individualismo más destructivo) y del territorio (por la incapacidad de las grandes aglomeraciones urbanas para generar relaciones sostenibles con el entorno). Sin una vuelta de estas condiciones a una escala humana se hace imposible la formación de un mundo libre y socialista.

Comunidad y clase: Fundamental para la extensión de un proyecto anticapitalista y libertario, la comunidad se conforma en las luchas abiertas contra el capitalismo. Lejos de bastar con la condición material de clase desposeída (definida por la falta de acceso a los medios de producción), los trabajadores deben reconocerse como una comunidad anticapitalista. La formación de una conciencia comunitaria digna, rebelde e intransigente en las luchas antidesarrollistas es la semilla de una sociedad que sólo se concretará si sabe oponerse desde abajo a la mediación (siempre impositiva) del poder. Las soluciones impuestas desde arriba, aunque positivas en apariencia, resultan siempre de la debilidad de la comunidad para defender sus posiciones. Las conquistas arrancadas mediante la exigencia y la lucha colectiva, en cambio, motivan siempre el aprendizaje y el empoderamiento colectivo.

La panarquía, una aproximación

El término «panarquía» es un concepto que hunde sus raíces etimológicas en el griego («pan»; todo y «arquía»; autoridad, principio o gobierno) y que, empero, fue originalmente propuesto por el economista Paul Émile de Puydt como símil de competición pacífica entre gobiernos de distinta índole en su artículo «Panarchie», publicado en julio de 1860 en la Revista Trimestral de Bruselas [1]. A pesar de que se ha usado, y supongo se usa, también como «gobierno de todas», me centraré en la primera significación dada, que en cierta manera es la que tanto libertarianas*, no confundir con libertarias**, como las sedicentes anarquistas capitalistas han tomado e incorporado a su corpus teórico. (¡Pero no nos alarmemos, esto sólo es un dato accesorio!).

Abordando más profundamente su definición, tal como escribirá Émile de Puydt, la panarquía no sería sino «[…] la libre competencia en materia de gobierno»; es decir, la libertad que tendría una misma para elegir la forma de gobierno bajo el que querría languidecer, sea un día, sea toda la vida, en un régimen contractual un pacto entre la propia individua y el marco gobernativo; este contrato sería siempre revocable al instante, no pudiendo impedir u obligar en ningún caso a la persona a permanecer bajo su estela más tiempo del que su corazón, razón, o ambas, le indicasen. Así, el economista político nos dice que «[…] uno se encontrará a su gusto, pasando de la república a la monarquía, del parlamentarismo a la autocracia, de la oligarquía a la democracia e incluso a la anarquía del Sr. Proudhon». Sin embargo, no debemos pensar en este cambio de sistema sociopolítico como algo estático, como una mera migración a través de un territorio, sino como algo absolutamente voluble y disoluble; allá donde se encuentren un centenar de individuas con inquietudes similares se erige un sistema hecho a ellas mismas mediante un contrato revocable; ora se forma en aquel pedregal una república, ora una monarquía en aquel otro cenagal; por allí surge una anarquía y más adelante un sistema liberal, o un fascismo, según convengan; por supuesto, todos los gobiernos y Estados se diluyen con la misma facilidad con la que brotaron, o perduran a través de los años, si no siglos. La competencia entre los distintos gobiernos será la encargada de mantener los más prósperos en alza, así como de arrojar los más abyectos al abismo del olvido. Es, en fin, un mercado en toda su amplitud: un mercado que se autorregula, que no pone límite a la voluntad y a los apetitos vitales de las personas y que asienta todo su peso teórico bajo el conocido epígrafe liberal: «laissez faire, laissez passer» (literalmente: dejar hacer, dejar pasar). En efecto, el principio de no-agresión se torna piedra angular, inamovible, de este sistema; sin éste, todo el marco cae por su propio peso. Es así como el economista belga pretende solventar el problema que supone que gobiernos inherentemente imperialistas, expansivos, y nada respetuosos para con el resto de individuas o colectivos, tales como el fascismo, el comunismo estatista, la monarquía absolutista o la democracia liberal intenten anexionar, ocupar, explotar, etcétera., otros territorios libremente fundamentados.

En cualquier caso, sopesaré los principales inconvenientes, ya expuestos y contestados por el propio Puydt en el ensayo original, al cual podéis acceder más abajo, quizá en otro artículo. Ahora sólo pretendo bosquejar algunas trazas de esta idea, no tanto por rescatarla como panacea, sino como ejercicio que entiendo puede ser interesante para el replanteamiento del propio anarquismo.

Los intereses del belga al forjar este sistema son dos. Primero, extender la idea de libre mercado, a la que profesa mucha confianza, a los poderes políticos. Y segundo, eliminar cualquier atisbo revolucionario en el futuro. Pero por sobre todo es el segundo punto el que expone con más gusto: «Lo que es admirable en este descubrimiento [refiriéndose a la panarquía], es que suprime para siempre las revoluciones, motines, desórdenes callejeros y hasta las más mínimas emociones, la fibra política. ¿No está contento de su gobierno? Tome otro». La revolución y la rebelión son a ojos del economista algo execrable («detesto las revoluciones», afirma). El cambio no pasaría por una revuelta sangrienta, sino por un simple traspaso de competencias de un órgano social, gubernativo, a otro. «Pero si toda presión cesa; si todo ciudadano mayor es libre de elegir y no por una vez, como consecuencia de alguna revolución sangrienta, sino siempre y en todas partes, en el dédalo de los aspectos gubernamentales, los que corresponden a su espíritu y a su carácter o a sus necesidades personales; libre de elegir, entendámonos bien, pero no de imponer su elección a los demás: y todo desorden cesa, toda lucha estéril se vuelve imposible», dice más adelante. La estructura que se superpone y que cimenta todo esta doctrina es, reitero con la misma insistencia que de Puydt, la libre competencia entre gobiernos, la búsqueda original, individual, del orden que más case con las agitaciones intelectuales y emocionales de una misma; está sujeto, en fin, al libre examen de todas las personas, considerándose este modelo ley natural y sinónimo de progreso, de avance humano.

Max Nettlau, el Heródoto del anarquismo, fue uno de los que se sintieron atraídos por esta nueva cosmovisión del mundo. Si bien, como él mismo dice [2], no se identificaba con todas las premisas expuestas en las cuartillas originales de Émile de Puydt, quiero pensar que por sus connotaciones liberales, sí creía necesario al menos exponer la panarquía como idea ciertamente interesante. Y eso es lo que, humildemente y en mis limitaciones, he pretendido con este escrito. Si algún juicio personal se ha escurrido entre la tinta, lo lamento, pues no era ni mucho menos mi intención.

Ahora queda, ¡cómo no!, a juicio de cada una, en función a sus vicisitudes personales, el aceptar o no este modelo, el tomarlo como digno marco para el ideario ácrata, el renovarlo como molde de análisis, como sinónimo de libertad política absoluta; o bien al contrario: razonar que es imposible, que es una utopía contraproducente, reaccionaria, que podría llevar a sabe dios qué horrores y que, por todo ello, no merece ninguna atención, por lo que es mejor borrar todo lo leído y expuesto.

[1] Artículo de Paul Émile de Puydt.

[2] Artículo de Max Nettlau alrededor del mismo término.

*Para que no haya lugar a confusiones: me gustaría aclarar que en este artículo aquellas palabras que se refieran tanto a hombres como a mujeres (en este caso, libertarianos) serán escritas exclusivamente en la forma femenina. El motivo por el cual he decido llevar a cabo tal procedimiento es sencillo: visibilizar cómo el lenguaje es capaz de diluir o reforzar según qué actitudes y pensamientos. Espero, pues, que este uso impacte al lector y le anime a tener en cuenta el lenguaje inclusivo, o al menos que sea consciente de la importancia de éste. Si supone, por algún casual, un ejercicio demasiado arduo o un inconveniente de peso para una buena exégesis del ensayo, por favor, ruego se lo hagan mirar.

**Básicamente, los libertarianos, englobados en el más abstracto libertarismo, son liberales radicales que se están promulgando muy bien en según qué círculos de EEUU. Por contra, los libertarios son anarquistas socialistas.

A quién nos dirigimos

A todo aquel que quiera progreso, bienestar, ciencia y arte para todos los hombres y mujeres. Tan simple y anodino como esto. Decir que el anarquismo tiene otro objetivo que no sea conseguir las mejores condiciones materiales y mentales para el hombre sería mentir a sabiendas, bien por ignorancia bien por encono personal. Liberación individual y social; bienestar individual y social no son sino sus bases; la cultura, en sus dos sentidos, su método principal. ¿Pero –se pensará– quién no querría tal avance, tal vida para todos y cada uno de sus congéneres? A primeras tintas, me vienen a la mente sensaciones dispares, mezcolanza quizá de la confianza que profeso a la capacidad empática del hombre y, a su vez, la constatación de que las condiciones en las que éste se desenvuelve en la actualidad son, tanto física como moralmente, paupérrimas; por un lado, diría que sí, que todo el mundo, en términos generales y con infinitos matices, aspira a tales fines armónicos; pero, por otro lado, no veo  que esta voluntad esté, en efecto, materializada más que como lo inverso, es decir, como abulia del individuo ante la miseria social.

Todas las ideologías, al menos en apariencia, formulan los métodos que debe seguir el ser humano para alcanzar el mayor bienestar social y, por tanto, pretendidamente individual… Sin embargo, a poco que veamos su actuar, su devenir histórico, sus formas y sus oquedades teórico-prácticas, nos hallaremos en la terrible conclusión de que no pretenden en verdad acabar con la miseria; en todo caso pretenden ser sus gestores, y a lo sumo, los mejores en esta función. Todo queda en pura charlatanería. Un ejemplo relativamente meridiano de esto que digo es la irremediable contradicción que la mayor parte de ideologías cometen respecto a sus fines y sus métodos. Sus fines, como ya he dicho, parecen ser los mismos que los de los anarquistas, y se ajustan al querer humano. No obstante, y he aquí lo importante del asunto, todas divergen con el ideal ácrata en los métodos, que al final son los que determinan la forma en la que se llega a un objetivo y como éste se materializa. Mientras instan a buscar una sociedad más libre y justa, se valen de herramientas coercitivas tales como el Estado, el cual no es sino un aparato represivo al servicio de muchos o de pocos que aplasta al individuo, quedando en evidencia su hipocresía y sus verdaderas intenciones: obtener el poder, y una vez conseguido éste,  perpetuarse todo el plazo temporal que les sea posible. El anarquismo se ha cuidado mucho en este aspecto, buscando siempre una concordancia absoluta entre fines y medios. La máxima que reza que no se puede llegar a una sociedad sin imposición alguna mediante la autoridad efectiva sobre los sujetos que la compondrán con posterioridad es algo que los anarquistas, no así los marxistas, han comprendido siempre. El anarquismo es, en esencia, pacifista (aunque las condiciones históricas le hayan llevado a ejercer la violencia, ésta no es ni será parte de su código moral, ni podría serlo, ya que esta violencia ha respondido las más de las veces a ataques contra los propios anarquistas, es decir, ha surgido como autodefensa, lo que dista muchísimo de un método autoritario sistemático y arraigado). No busca, como otros, que el yugo de los muchos caiga sobre el cuello de unos pocos, por justificadas que pudieran ser o parecer las razones. Tampoco busca un pretendido orden basado en un implacable aparato represivo, como desean los diferentes fascismos, sean del tipo que sean. Y mucho menos se contenta con fórmulas que maquillan la explotación diaria, técnica que la socialdemocracia usa con gusto a diario. No, los libertarios, en palabras del filósofo ácrata Christian Ferrer: ‘’ (…) se parecían [los anarquistas] más bien a santos, es decir, a personas que evangelizaban en pos de su idea a las poblaciones, pero que sobre todo asustaban; lo que asustaba de los anarquistas no es tanto su supuesta violencia, sino sus demandas, y sus demandas era de traer el cielo a la tierra ya, algo que implicaba una transformación tal de la sociedad que asustaba a los poderosos’’. Nuestro compañero argentino usa el pasado porque se refiere, claro está, a momentos pretéritos del movimiento anarquista. De estas claras palabras se pueden extraer tres ideas primordiales para entender lo que es el anarquismo. Primero, es evangelizador (espero no se desprecie este término por sus connotaciones religiosas), es decir, cultural, pero no representa la cultura elitista del pensador académico que mira desde lo alto acontecimientos sociales que, aunque estudia con detenimiento, no vive, no palpa; se refiere a una labor casi de apostolado, como haría el anarquista gaditano Fermín Salvochea la mayor parte de su vida, yendo de cortijo en cortijo y de pueblo en pueblo hablando a las gentes analfabetas de otra forma de sociedad. Los ejemplos a este respecto son infinitos. Y segundo, reproduciendo la expresión de Ferrer, la cual me parece muy acertada para que sea entendido mediante una imagen mental contundente: ‘’traer el cielo a la tierra’’, esto es, reproducir las condiciones materiales mejores para que todo individuo, y por descontado todo grupo humano, pueda desarrollarse libremente. Todo ello sin necesidad de estructuras ajenas al propio individuo o al grupo, pues ese desarrollo debe lograrse en colaboración de unos con otros, lo cual entra en claro contraste con el resto de ideologías, que necesitan de líderes, de partidos, de estructuras opresivas, etcétera. La tercera idea a destacar sería su inmediatez, ese ‘’ya’’ que acompaña a la oración anterior y que la completa, así como esa radicalidad de transformación de la realidad que asusta, y asusta al poder. Las reformas, como ya se ha dicho, son mero maquillaje, vendas que se ponen a una enfermedad demasiado avanzada, en definitiva, son un método que se ha visto repetidamente fracasado para mejorar la condición vital de las personas. Por todo esto, el anarquismo preconiza la revolución del individuo de adentro hacia afuera, desde abajo hacia arriba, sin intermediarios, sin ningún tipo de férula que frene al hombre en su lucha por la libertad más absoluta.

Y, bueno, se me espetará, qué tiene que ver todo este circunloquio, este rodeo, con el asunto inicial. Tiene mucho que ver. Si visto está que el anarquismo tiene claras diferencias con el resto de fuerzas en tanto al método, también podríamos decir que guarda ciertas distinciones en cuanto a quién llama a la lucha. Y las guarda, precisamente, por ese fondo filosófico que se ha esbozado con ligereza en el párrafo anterior. A diferencia de otras fuerzas revolucionarias que llaman continuamente al proletariado, el anarquismo, aun cuando no se pueda obviar la importancia que éste le da, sobre todo desde la vertiente anarcosindicalista, clama al hombre y a la ética, a todo aquel que quiera un orden justo, pero sin tibieza ni moralina, sea de la clase que sea. Y es esto, a mí entender, lo que lo hace especialmente interesante, acertado y hermoso. Yo, que no soy ningún proletario, más bien lo contrario, me he visto embaucado por su filosofía por esta misma razón: por su llamada a la humanidad en general y al individuo en particular a construir unos con otros una sociedad más armónica. En este sentido, podríamos decir que es más interclasista que el marxismo; esto, que para algunos podría resultar una debilidad, para mí representa uno de sus principales atractivos. Por ello digo, al igual que empecé este escrito, que el anarquismo se dirige a todo aquel que quiera progreso, bienestar, ciencia y arte para todos los hombres y mujeres. Ni más ni menos.

La anarquía como sublimidad democrática (y III)

DEMOCRACIA REPRESENTATIVA COMO FALACIA GENERALIZADA.

La palabra «democracia» y, por ende, el mismo concepto que ella designa, tienen su origen en Grecia. Parece, pues, lícito, y aun necesario, recurrir a la antigua lengua y cultura de la Hélade cuando se intenta comprender el sentido de dicha palabra, tan llevada y traída en nuestro tiempo.

Para los griegos, «democracia» significaba «gobierno del pueblo», y eso quería decir simplemente «gobierno del pueblo», no de sus «representantes». En su forma más pura y significativa, llevada a la práctica en la Atenas de Pericles, implicaba que todas las decisiones eran tomadas por la Asamblea Popular, sin otra intermediación más que la nacida de la elocuencia de los oradores. […] Se trataba de una democracia directa, de un gobierno de todo el pueblo.

Así comienza, muy acertadamente, Ángel Capelletti, filósofo anarquista argentino y profundo conocedor del periodo clásico, su célebre artículo ‘’Falacias de la democracia’’, publicado en el periódico de la CNT de Bilbao [1]. Es muy significativo que antes de iniciarse a desmontar los motivos por los que la democracia liberal y parlamentaria no es verdaderamente una democracia, introduzca su etimología, así como la concepción que se tuvo en principio de aquella, como elementos que se tornan necesarios de conocer. Dejando de lado la falla que supone, y él así lo denota a continuación, que el pueblo griego se reducía a un grupo insignificante de la sociedad (exclusivamente ciudadanos libres se situaban amparados por el término), es importante rescatar esta concepción de democracia como «gobierno del pueblo» y no como «gobierno de sus representantes.»

Pero Capelletti no se detiene ahí, y prosigue:

La democracia moderna, […], a diferencia de la originaria democracia griega, es siempre indirecta y representativa. El hecho de que los Estados modernos sean mucho más grandes que los Estados-ciudades antiguos hace imposible -se dice- un gobierno directo del pueblo. Este debe ejercer su soberanía a través de sus representantes […].

Pero en esta misma formulación está ya implícita una falacia. El hecho de que la democracia directa no sea posible en un Estado grande no significa que ella deba de ser desechada: puede significar simplemente que el Estado debe ser reducido hasta dejar de serlo y convertirse en una comuna o federación de comunas.

Es decir, se asume que funciones organizativas superiores tales como el Estado necesitan de forma indefectible un orden de representatividad inferior, pues sino no son capaces de funcionar debidamente. Por tanto, se acepta una relativa pérdida de libertad —aun cuando esta sea total en tanto que  se pierde la autonomía en favor de un ente supraindividual— con el fin de que el sistema pueda mantenerse y no colapse y lleve al «caos».  Ésta es para el pensador argentino la primera falacia del discurso bien-pensante y pseudodemocrático que se vierte desde las cúpulas políticas y económicas. Las razones que le llevan a tal conclusión parecen claras: el criterio de elegibilidad no representa en última instancia el querer de aquellos a los que dice representar, es más, se podría decir, y mucho más en los virulentos tiempos que corren, que es justo al contrario, esto es, que su motor representativo no es el pueblo, sino vectores económicos que adquieren en algunos casos nociones casi divinas.

En cualquier caso, y dando por válida la opción de que no puede existir sociedad humana basada en principios no autoritarios y jerárquicos (afirmación fácilmente desmontable), nos encontraríamos ante otra falla en el planteamiento de la democracia representativa como panacea democrática, a saber: que la representatividad no abarca a toda la población, dejando a un importante colectivo (minorías sociales e individualidades de toda índole) fuera del sistema. Así, tal y como viene denunciando el anarquismo a lo largo de los últimos decenios, nos movemos entre periodos de dictadura económica —revestida, eso sí, bajo el fino manto de respetabilidad que pudiera conferirle una votación periódica—, que no difieren en exceso de tiempos pasados donde la libertad era una mera ensoñación. Y, para mayor escarnio, no sólo es ese el problema, pues aceptando que la voluntad mayoritaria es el mal menor, el mal que siempre, por defecto, hay que valorar en tanto que supuestamente posee la razón misma de la democracia, toparíamos en seguida con otro dilema: ¿Cuándo se delega la voluntad individual o colectiva en otro sujeto o grupo, se hace porque se cree que en verdad representará con fidelidad tus inquietudes, o más bien a modo de desentendimiento? Con poco que miremos cómo funcionan las dinámicas democráticas burguesas, nos percataremos que, en última instancia, el motor no es el primer caso sino el segundo. De esta forma presenta Capelletti la problemática:

La democracia representativa se enfrenta así a este dilema: o los gobernantes representan real y verdaderamente la voluntad de los electores, y entonces la democracia representativa se transforma en democracia directa, o los gobernantes no representan en sentido propio tal voluntad, y entonces la democracia deja de serlo para convertirse en aristocracia.

De este modo, vivimos regidos por una aristocracia que no sigue, y aunque su voluntad fuese tal no podría, el querer del pueblo. La población, sobre todo en esta crisis sistémica, empieza a darse cuenta poco a poco de la sinrazón democrática en la que vive; sin embargo, nos enfrentamos a otro nuevo dilema: esta desazón bien puede dirigirse hacia el autoritarismo político, económico, etcétera., o bien puede dirigirse hacia métodos más democráticos.

En general, muy pocas personas de este país, a menos que estén altamente politizadas, lo cual es la excepción y no la regla, pensarían en la anarquía como el sistema más democrático. Las razones por las que lo hace ya se han bosquejado brevemente en textos anteriores. Ahora bien, no por ello se debe dejar de reiterar que es ésta realmente la que impronta una mayor cota de libertad en el hombre y, por tanto, en la sociedad. El bello aserto «cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad» que lo comunistas libertarios del siglo pasado gritaban con vehemencia; el afán ilustrado de igualdad, libertad y fraternidad; la consecución de la autonomía individual sin esto menoscabar la libertad social; todos estos ideales, asentados sobre el apoyo mutuo y la cordialidad humana, no pueden, en definitiva, verse obviados en la actualidad. Por todo ello, la labor de regeneración —lo que desde aquí se intenta— ha de ser febril; la agitación continua y la organización anarquista incipiente. Como dice el filósofo argentino en el texto que he utilizado para vertebrar este artículo en su final:

Sólo la democracia directa y autogestionaria puede abolir los privilegios de clase y, sin admitir ningún liderazgo, reconocer los auténticos valores del saber y de la moralidad en quienes verdaderamente los poseen.

Y, decidme todos, anarquistas y no anarquistas, ¿qué es la anarquía sino la forma más sublime de democracia directa y autogestionaria por y para los seres humanos?

[1] Capelletti, Ángel. Falacias de la Democracia.

Luchar por una Educación Libertaria

Frente a los recortes en el sector educativo han salido multitud de voces en defensa de la educación pública, de calidad y gratuita, y por este motivo creo que es necesario tomar aire y reflexionar un poco sobre este tema.

El sector educativo en la actualidad funciona de la siguiente manera. Desde que somos pequeños nos agrupan por edades, como si ese factor fuera el mas importante, y nos meten en escuelas durante todo el día. En ellas los docentes tienen un plazo de tiempo en el cual su misión es introducir determinados conceptos en las mentes de sus alumnos.

Pasado ese tiempo se elaboran unas pruebas denominadas exámenes, las cuales mediante un sistema de calificación estipulan si tienes esos conocimientos y en qué grado los adquiriste. Si no pasas esas pruebas te mandan repetir curso para intentar de nuevo que adquieras esos conocimientos. Por el contrario, si el docente consiguió su objetivo te mandan a un nuevo curso y así sucesivamente.

De esta forma se va otorgando al alumno los conocimientos considerados básicos y que todas las personas deben tener. Después tienes la posibilidad de seguir en el sector educativo para adquirir una supuesta formación superior que emplea el mismo método antes citado o la de intentar entrar en el mundo laboral.

Pero, ¿quién dice cuales deben ser estos conocimientos básicos que todos debemos aprender? Bien, pues el encargado de estipular los conceptos y en qué cantidad, así como el orden en que se deben aprender es el  Ministerio de Educación. De esta forma la formación de las personas de un país está elegida a la carta por el gobierno de turno, dando como resultado un cambio en los planes de estudio cada vez que entra uno nuevo, así como un cambio en la doctrina de estos.

Entonces estaréis de acuerdo conmigo en que hace falta separar el gobierno de la educación, o mejor dicho, separar el Estado de la educación, ya que es el Estado al fin y al cabo el que estipula y permite este hecho.

Una vez dicho esto, planteémonos algo más, ¿de verdad que siendo diferentes y únicos cada uno de nosotros  tenemos que aprender todos los mismos conceptos y de la misma forma? Es decir, cada uno tiene su propia naturaleza. Cada conciencia es única al igual que lo es su manera de asimilar su entorno y conceptos. Lo mismo pasa con la curiosidad, no a todos nos surgen las mismas dudas al mismo tiempo ni nos interesan los mismos temas.

Entonces, ¿por qué intentar enseñarnos las mismas cosas, al mismo tiempo y de la misma forma? ¿Acaso no sería mejor que cada uno de nosotros fuera por propia vocación y a su ritmo aprendiendo aquellos temas que le fueran interesando?

A lo largo de los años el ser humano ha explorado e intentado explicar todo lo que se encontraba, de esta manera se ha ido acumulando una cantidad ingente de información. Supongamos que toda esta información está dividida en los frutos de un árbol con multitud de ramas, que a su vez se dividen en más ramas y que en cada división hay un fruto; entonces, ¿por qué tenemos que comer solo unos determinados frutos y no podemos escoger aquellos que más nos atraigan?

Es cierto que para alcanzar los que están más altos primero tendrás que recoger los que los preceden, pero esto es lógico. Es el mismo caso que cuando haces una casa, que para hacer el tejado primero tienes que hacer las paredes, y antes de las paredes tienes que hacer los cimientos, y así sucesivamente. Así, el propio interés de cada persona la llevará a adquirir cada vez mas conocimientos, los cuales a su vez les motivarán el querer aprender más de uno u otro tema.

Además, de esta manera el docente no es el encargado de meter unos conocimientos prefijados en las mentes de sus alumnos, sino que desde su posición más alejada del tronco, tiene que facilitar la recogida de alimentos pero sin que ello implique la forma o cantidad en la que han de ser cogidos y/o comidos.

Y, ¿cómo los docentes pueden hacer esto? Pues delegando esa responsabilidad en la experimentación propia, en la enseñanza mediante el método del ensayo y error.

Esta metodología de enseñanza es denominada como pedagogía libertaria, y se rige por los siguientes principios:

– Antidogmática y antiautoritaria: Sin imponer ningún dogma y/o religión.

– Sin premios ni castigos: Ya que la función de estos es modelar la conducta.

– Sin exámenes: esto pretende eliminar la distinción entre “alumnos buenos” y “alumnos malos”, ya que tales calificaciones no existen, solamente alumnos con distintas aptitudes y capacidades.

– Integral: Entendiendo que la formación intelectual tiene que ir a par con la formación manual así como con el desarrollo físico del cuerpo.

Coeducación de sexos: La igualdad entre sexos no es posible sin una educación igual a hombres y mujeres.

– Accesible para todos: Sin hacer distinciones por la cultura, clase, color de piel, orientación sexual…

– Principio de libertad: Sin horarios fijos ni obligatoriedad de asistencia, donde los alumnos puedan entrar y salir del aula cuando quieran, cambiar de sitio, salir voluntariamente a la pizarra…

– Autogestión: Entendiendo que la gestión de la educación tiene que ser responsabilidad de los docentes y de los educados y no depender de terceros.

Es cierto que dentro de la educación anarquista o libertaria, ambos términos son homólogos, hay diferentes tendencias y propuestas. De este modo, podemos dividirlas entre las tendencias no directivas y las de tendencia sociopolítica [1]:

«Las teorías no directivas parten del individuo como eje de toda acción educativa, y se basa en muchos de los principios pedagógicos que Rousseau desarrolla en el Emilio, aunque con críticas a su posición liberal.

Entienden que la libertad del educando debe ser absoluta, y la misión del educador debe ser la de evitar toda influencia coactiva en el desarrollo natural del individuo, puesto que se entiende que este es bueno por naturaleza (o al menos que no es malo), y son las influencias represoras de la sociedad adulta las que lo corrompen. Comparten con Rousseau la idea de que un individuo es incapaz de razonar moralmente hasta su adolescencia, y que por tanto es necesario aislarlo de la enseñanza de todo tipo de dogma, para evitar la manipulación del niño. […]

Son varias las teorías de esta tendencia, que van desde los planteamientos anarquistas individualistas de Stirner hasta la corriente de escuela neutral y las ideas educativas de Tolstói. […]

En el otro polo del paradigma anarquista de la educación nos encontramos con las teorías que defienden que la educación debe tener una fuerte orientación social.

Estos planteamientos no entienden la libertad individual al margen o en contraposición a la libertad social, la libertad no es una característica natural, sino social (Bakunin), y por tanto, la libertad se convierte en un fin, no en el medio. “Si la libertad es conquistada y construida socialmente, la educación no puede entonces partir de ella, sino que puede llegar a ella. Metodológicamente, la libertad deja de ser un principio, lo que aparta a esta línea de las pedagogías no directivas”.

En este polo, el carácter político de la educación se acentúa, pues se entiende que no existe ninguna educación neutral, ya que todas se basan en una idea del ser humano y en una concepción de la sociedad, y por tanto, el/la educador/a debe definirse por un modelo de ser humano y de sociedad. La educación anarquista, para estas tendencias, debe educar para el compromiso moral y político de transformación de la sociedad, no debe ni puede renunciar a transmitir ideología (no a dogmatizar), porque de lo contrario la sociedad capitalista inculcará la suya propia sobre los educandos. En este sentido, dentro de este polo encontramos diversos planteamientos, desde los que van a limitarse a proponer un corpus fundamental de enseñanzas científicas y racionales que faculten para una toma de posición en la sociedad (la enseñanza racionalista) hasta aquellos que proponen una pedagogía de la confrontación que eduque a luchadores sociales contra el Estado y el Capital.

En esta tendencia encontramos diversas teorías como la de Bakunin, los planteamientos educativos de Ferrer i Guardia o la teoría de la desescolarización. […]»

En la actualidad hay pequeños centros donde estas ideas se están llevando a la práctica todo lo mejor que se puede, ya que al final siempre tienes que entrar en el sistema educativo controlado por el Estado o por la iglesia para tener el graduado escolar, título que necesitas para poder trabajar y vivir en sociedad. Pero entiendo que esta no es la solución o método definitivo para alcanzar una educación libertaria, sino que es un medio más para conseguir tal fin.

Considero que todo aquel que este relacionado con la educación y la pedagogía, da igual si es docente, alumnado, etc., debe luchar con el objetivo de conseguir una educación libertaria en una sociedad libertaria, ya que solo en este contexto se podrá desarrollar plenamente.

¿Cómo luchar? Pues organizándonos siguiendo los principios del anarcosindicalismo, (que son la autogestión,  el federalismo y la ayuda mutua, además de todos los que son consecuencia de estos tres), y mediante la utilización la acción directa, el boicot, el sabotaje, la información-propaganda, la huelga, etc., ya que entiendo que la emancipación de la educación debe llevarse a cabo por parte de los propios interesados, y no se tiene que esperar a que un tercero facilite el contexto para que se pueda desarrollar de forma completa.

De este modo, la lucha debe perseguir cambios en el sistema educativo enfocados hacia el acercamiento de la educación hacia una pedagogía libertaria y los principios que la definen, o lo que viene siendo lo mismo, por conseguir la emancipación de la humanidad.

Creo que si somos capaces de afrontar este reto y llevarlo a cabo de forma sólida, es decir, de menos a más, trabajando en grupos locales, y una vez consolidados estos grupos confederarse entre sí, seremos capaces de plantarles cara a los que quieren que la educación sea una instrucción militar subordinada al sustento e interés del Estado y del capital.

Alekseievich

[1]  Noa, Francisco José Cuevas. La propuesta sociopolítica de la pedagogía libertaria.

La anarquía como sublimidad democrática (II)

El cuándo y el porqué: breve genealogía.

Aunque podemos atisbar rasgos claros del pensamiento ácrata desde los propios inicios de la labor filosófica, no es hasta la primera mitad del siglo XIX cuando se empieza a asentar el ideario anárquico como ideología política, con su consiguiente contenido moral y filosófico, en torno a la figura de uno de los padres del anarquismo: el pensador  francés Pierre-Joseph Proudhon que, a la sazón, fue el primero en referirse a sí mismo como anarquista (si bien es cierto que el término ya es usado durante la Revolución Francesa para referirse a los socialistas utópicos que profesaban un pensamiento extremadamente radical, es éste último, como digo, quien lo sella como cosmovisión política [1]), evidentemente desde un ángulo todavía algo ambiguo, en su obra «¿Qué es la propiedad?».

Muy pronto, debido al carácter resuelto, radical y crítico de los llamados anarquistas para con el poder y las autoridades que lo sustentan, la palabra va adquiriendo una connotación cada vez más desvirtuada y alejada de la realidad idiosincrática del prístino movimiento, pues se asume, errónea y falazmente, que el poder vigente es necesariamente armónico: ordenado, y por tanto, todo lo que lo provoca y se personifica públicamente contra él ha de ser lo contrario: caótico, desordenado. Este hecho es rápidamente aprovechado y alimentado por la propaganda estatal de todos los países, que pronto empezarán a injuriar contra todo lo que desprenda el aroma libertario. Así, a mediados del siglo XIX, durante la ola revolucionaria que salpica a la mayoría de países europeos, y debido al trasfondo cada vez más peyorativo que va envolviendo todo lo acrático, se dispara el número de publicaciones, líbelos y artículos que defienden con vehemencia la anarquía. En Francia podemos resaltar el lacónico líbelo escrito por el anarcoindividualista Anselme Bellegarrigue en 1850: el conocido como «Manifiesto de la Anarquía» [2] (Manifeste de l’Anarchie), publicado en pleno periodo revolucionario en el periódico libertario L’anarchie, journal de l’ordre –lo cual da buena muestra del interés que ha tenido el anarquismo en desligarse de su falsa acepción ya desde sus orígenes–; en este manuscrito, considerado como el primer manifiesto anarquista, Bellegarrigue recoge en su punto inicial, bajo el título «La anarquía es el orden», una serie de consideraciones que no pretende sino esclarecer el entuerto etimológico en el que se encuentra el término. El anarquista francés arremete con genialidad lógica y casi poética contra la significación fratricida que por aquel entonces pesaba sobre el ideal libertario, con la siguiente correlación de ideas:

En efecto: quien dice anarquía dice negación del gobierno; quien dice negación del gobierno, dice afirmación del pueblo; quien dice afirmación del pueblo, dice libertad individual; quien dice libertad individual, dice soberanía de cada uno; quien dice soberanía de cada uno, dice igualdad; quien dice igualdad, dice solidaridad o fraternidad; quien dice fraternidad, dice orden social.

Al contrario: quien dice gobierno, dice negación del pueblo; quien dice negación del pueblo, dice afirmación de la autoridad política; quien dice afirmación de la autoridad política, dice dependencia individual; quien dice dependencia individual, dice supremacía de clase; quien dice supremacía de clase, dice desigualdad; quien dice desigualdad, dice antagonismo; quien dice antagonismo, dice guerra civil; por lo tanto, quien dice gobierno dice guerra civil.

La tesitura léxica del momento no parece alejarse, revoluciones aparte, demasiado de la de nuestra cotidianeidad.

También es destacable el libro L’Humanisphère, Utopie anarchique, escrito por el anarquista protofeminista Joseph Déjacque que, siguiendo la línea literaria utópica y antiautoritaria (muy alejada, por ejemplo, de la obra de Tomás Moro) del Manifeste des Égaux, del anarquista primigenio  Sylvain Maréchal, desarrollará un modelo de sociedad armónico y pleno de libertad, muy en contra de cómo se ve en su momento un posible porvenir anarquista.

Los ejemplos de escritos que surgen como defensa a todas las injurias y sofismas vertidas sobre el concepto de anarquía son bastos y se dan, en mayor o menor forma, en todos los países de Europa, mas queriendo ser escueto en el desarrollo de este ensayo, creo que resaltando los más conocidos de la época se entenderá que esta polémica terminológica ha sido cuestión más que relevante en el desarrollo del pensamiento ácrata.

Dirigiéndonos a otro punto clave:

La Revolución Francesa, que acaba con una vorágine autoritaria digna de los más fervientes autócratas divinos,  da paso, como ya se ha dicho, a un ambiente revolucionario de aspiración liberal radial y/o socialista utópica que pretende conseguir un objetivo claro: la libertad definitiva para vivir y convivir en fraternidad, máxima aspiración humana. Esta aglomeración de devoción revolucionaria popular, de conspiración republicana  y de secretismo masónico contra el burocratismo culminará con la formación de la Comuna de París en 1871. Es en este punto, tras fracasar estrepitosamente la experiencia por factores más que analizados y aún cuestionados en los ámbitos académicos en los que no considero oportuno entrar, cuando se da un momento, a mi entender, clave en el devenir teórico y práctico del método anarquista y que tendrá, a posteriori, la culpa de que enraíce tanto y tan bien en la psique colectiva la concepción del anarquista como poco menos que Belcebú envuelto en bombas Orsini.

Rescatando la tesis desarrollada por Max Nettlau [3], diremos que en el periodo que abarca desde el fin de la Comuna de París hasta el asentamiento de la vertiente sindicalista libertaria, con separación incluida en el seno de la Internacional en dos tendencias bien diferencias y antagónicas: la autoritaria y la antiautoritaria, se produce un vacío en la teoría y en la praxis, sobre todo, en ciertos entornos marginales de las grandes urbes europeas. La quemazón por el tono autoritario que adquirió la Comuna, su brutal represión, los exilios obligados, la falta de un horizonte claro y las desavenencias en el movimiento revolucionario propiciaron el crecimiento de acciones de propaganda por el hecho individuales, singulares o en pequeños grupos, las cuales eran más hijas del hastío humano ante la injusticia, de la bestia animal que no soporta más sobre su pescuezo la bota de la opresión y de la miseria, que hijas de un horizonte político o filosófico claro: el ilegalismo endémico de finales del s. XIX y principios del s. XX [4]. Los regicidios, magnicidios atentados, la autodefensa, el robo y la acción directa violenta se convierten en la parte visible del anarquismo, quedando la inmensa labor pedagógica y cultural llevada a cabo entre el campesinado, sobre todo el italiano y español, y entre el ambiente fabril, en especial el inglés, alemán y americano, eclipsados para la opinión pública. Ciertamente ésta a veces veía con buenos ojos determinadas acciones violentas; pero no es analizar cómo se sentía aquella gente lo que pretendo, sino rescatar una idea muy simple y obvia: la historiografía estatal de todos los lugares y épocas hasta la actualidad es lo único que ha resaltado con alevosía del anarquismo.

A fin de no extenderme en exceso en un asunto que trataré en el próximo escrito diré que:

Al no ir el ilegalismo acompañado de una base teórica clara, y al no salvaguardarse bajo un grupo de pensadores que a su vez cubriese sus espaldas en la retaguardia mediática, éste se vio abocado al ostracismo, con tal suerte que se produjo una disgregación entre la intelectualidad anarquista: había una parte a la que le resultaba indiferente, otra lo rechazaba de plano, otra tanta  defendía la estrategia ora sí ora no, y otra, la menor, la hizo estandarte, despreciando al resto de doctrinas. Entre todo este desaire estúpido y ególatra, en el peor sentido del término, la imagen del anarquista, y por tanto la de la anarquía, ya estaba totalmente desfigurada. Y el tiempo no ha curado la herida, más bien lo contrario, ha hecho que supure con virulencia.

Es decir, mientras se perdía un tiempo valiosísimo para subvertir a la población en debates etéreos, en disputas intelectuales no menos fútiles, etcétera., el poder, que siempre tira de una (eso bueno hemos de admitirle, ¿no?), y gracias a su historiografía selectiva, ha pervertido el carácter de la idea, dándole un vuelco total.

Nuestra labor se ha de centrar en gran medida en paliar los errores pasados. La instrucción en Historia, en teoría política y en Filosofía se torna elementos, en verdad lo considero así, primordiales para subsanar esta lacra. Evidentemente la pragmática ha de estar al mismo nivel, sobre decirlo.  En definitiva, quien tiene la Historia de su parte es capaz de construir un futuro en la mente colectiva, y en tanto en cuanto esta historia siga falseada por el poder, no habrá futura acracia.

Blibliografía:

[1] Montseny, Federica. ¿Qué es el anarquismo?

[2]  Bellegarrigue, Anselme. Manifiesto de la anarquía.

[3] Nettlau, Max. La anarquía a través de los tiempos.

[4] Todavía no está claro el carácter anarquista de ciertas acciones pertrechadas por personajes de los más obscuros, como Ravachol, o ciertos grupos anarcocomunistas e individualidades ilegalistas de América y Europa, que parecían guiarse por principios de venganza y autosatisfacción. Pero como mi propósito no es polemizar: termínese de leer el texto.

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