La banda del Matese: Insurreccionalismo italiano a finales del siglo XIX

La historia del anarquismo italiano en la segunda mitad del siglo XIX, es la narración de los intentos de organización del movimiento libertario, en un contexto de continua convulsión política protagonizada por el Risorgimiento o proceso de unificación italiana. Frente a estos conflictos de ejércitos y alta política liberal, los anarquistas decidieron actuar mediante una serie de tentativas insurreccionales. Fueron tentativas que fracasaron, y a menudo, realizadas de modo aficionado pecando de ingenuidad, sin embargo, es de reconocer que demostraron el esfuerzo y el deseo de obtener de inmediato la justicia social que parecía que sólo podría llegar a través de la revolución y el acto de insurrección. Por un lado fueron explotadas por los gobiernos para dar crédito a la imagen habitual del anarquista bandido y causante de terror, por otro contribuyeron con su resonancia, al conocimiento y la difusión de las ideas libertarias.

Carlo Cafiero y Errico Malatesta, declararon en 1876 en el Congreso de la Internacional antiautoriataria en Berna:

«La Federación Italiana considera que el hecho insurreccional, destinado a afirmar con la acción el principio socialista, es el medio más eficaz de la propaganda y el único que, sin engañar y corromper a las masas puede penetrar en los estratos más profundos de la sociedad…».

En un recién nacido Estado italiano tras la unificación definitiva, debido a la toma de Roma y a la consolidación del reinado de Vittorio Emanuele II, todavía se encontraban ocupados en celebrar esta unidad nacional que para las clases inferiores había sido solamente un cambio de dueño, los anarquistas, invitaban a los explotados a construirse ellos mismos su propio destino.

La primera insurrección fallida tuvo lugar en Bolonia en 1874, el movimiento anarquista italiano tuvo que enfrentarse a una gran crisis como consecuencia de la dura represión a la que fue sometido: persecución, arrestos, la disolución de las diferentes organizaciones, etc. En junio de 1876, después del proceso contra los movimientos perseguidos por los hechos de Bolonia, algunos anarquistas involucrados consiguieron obtener la libertad, estaban convencidos más que nunca de la necesidad de reiniciar la actividad revolucionaria.

La conocida como Banda del Matese estaba compuesta por Carlo Cafiero, Errico Malatesta, Francesco Pezzi, Cesare Ceccarelli y Napoleone Papini como integrantes más prominentes. Eligieron la zona del Matese, en la región de La Campania, como el área más adecuada para las acciones de guerrillas revolucionarias, convencidos de que la población local, en su mayoría pobres, les seguirían con entusiasmo.

El día 3 de abril 1877, Cafiero y Malatesta llegaron a San Lupo, pueblecito de la provincia de Benevento, haciéndose pasar por turistas británicos. Ellos descargaron gran parte del material que debería servir a la guerrilla en los siguientes días, toda la dotación de armas, municiones, mochilas o cantimploras. En la tarde del 5 de abril, llegaron otros revolucionarios a la Taberna Jacobelli, casa donde se hospedaban. Desafortunadamente para ellos, un tal Salvatore Farina, que se suponía iba a servir de enlace con los agricultores locales, vendió la información en su poder a la policía. El Ministro del Interior en persona, estaba al corriente de los proyectos insurreccionales, el objetivo era evidentemente tenderles una trampa en el momento oportuno y preparar una estrategia política alrededor de todo el suceso.

Esa misma noche, algunos internacionalistas son descubiertos en los alrededores de la casa por una patrulla de carabinieri, se vieron obligados a huir después de un tiroteo que causó heridas a dos policías, uno de los cuales murió más tarde. Se revocó el plan de insurrección para San Lupo, ya que los alimentos y suministros se dejaron abandonados en la casa tras la huida. Sin embargo, la inesperada irrupción de la patrulla que causó un notable daño a la eficiencia de la banda, al mismo tiempo, precipitó la situación, se había obligado a los anarquistas a anticipar el inicio de los disturbios, en un momento en el que la famosa trampa del ministro Nicotera no estaba todavía lista para desplegarse. Y así fue como la banda del Matese podría cumplir en los siguientes días, al menos en parte, las acciones que había programado.

Malatesta, Cafiero y Cesare Ceccarelli no se desanimaron, rotándose en los cargos, continuaron dirigiendo la operación insurreccional. Trataron de dirigirse hacia los lugares habitados más aislados donde, con toda probabilidad, la alarma habría llegado con cierto retraso. Tras marchar por caminos rurales de los montes del Matese para no ser descubiertos, pernoctaron en una masía abandonada. La mañana del domingo 8 de abril los anarquistas entraron en el pueblo de Letino, donde fueron acogidos por la gente asombrada, acompañados de una gran bandera rojinegra. Inmediatamente ocuparon el ayuntamiento, se retiró al instante el retrato del rey Vittorio Emanuele y se proclamó que la monarquía había caído. Declararon abolido el impuesto sobre la harina y quemaron todos los papeles de propiedades particulares de los terrenos municipales. Cafiero se subió a los pilares de una gran cruz, sustituida con la bandera rojinegra, y explicó a la muchedumbre los principios de la revolución social, sus fines y sus métodos.

La banda dejó Letino hacia la una del mediodía y se dirigió al pueblo vecino de Gallo, a apenas cinco kilometros de marcha. Al entrar en ese pueblo volvieron a dirigirse al ayuntamiento, Malatesta abrió la cerradura a pistoletazos y los compañeros penetraron en el interior. El poco dinero que se recuperó de las cajas de la Oficina Municipal de recaudación de impuestos, fue distribuido entre el entusiasmo de los campesinos pobres. Las tropas gubernativas, aunque aún no se habían dejado ver, no se habían quedado impasibles ante los hechos. Al mando del general De Sanget, casi doce mil hombres habían puesto bajo asedio al mismo tiempo toda la región del Matese. De esta manera, cuando quisieron abandonar el pueblo de Gallo, los internacionalistas se encontraron prácticamente y de improviso rodeados. Los hombres pasaron todo el 9 y 10 de abril en la doble tarea de encontrar refugio y de superar el cerco, pero sin resultados. Estaban cansados, hambrientos, y sus armas empapadas por la lluvia incesante, por lo que no podían siquiera plantearse como último extremo el enfrentamiento armado.

El día 11 de abril, la banda encontró por fin refugio en la masía Concetta, cerca de Letino y aquí decidieron pararse para retomar fuerzas. La intención era esperar a que el tiempo mejorase y entonces tratar, otra vez, de desembarazarse del asedio de las tropas gubernativas. Sin embargo, las cosas no saldrían como esperaban, porque un campesino, esperando recompensa, había informado a los soldados. El 12 de abril una sección del ejército irrumpió en la granja sorprendiendo a los anarquistas, y dadas las malas condiciones que tenían no hubo resistencia. La insurrección del Matese había llegado a su fin.

Después de su detención, los miembros de la banda fueron encarcelados en la prisión Santa Maria Capua Vetere. Inicialmente, la intención era la de juzgar a los insurgentes por un tribunal de guerra, lo que seguramente hubiera significado la pena de muerte por fusilamiento. Afortunadamente esto no sucedió, y en su lugar fueron juzgados por un tribunal civil. Resultó determinante la intercesión de Silvia, la hija de Carlo Pisacane, héroe patriota italiano, que había sido adoptada por el Ministro del Interior Nicotera y que probablemente había tenido contacto con los internacionalistas. El abogado Carlo Gambuzzi, amigo de Bakunin, fue quien la pidió ayuda, consiguiendo evitar la amenaza de un juicio sumarísimo, resolviéndose finalmente celebrar un juicio civil.

Tras la muerte del rey Vittorio Emanuele II, el nuevo rey Humberto I, decretó una amnistía el 19 de enero de 1878 para iniciar su reinado con un lavado de cara. Gracias a esta medida se extinguían casi todos los delitos atribuidos a los internacionalistas, salvo las heridas a los policías, quedando veintiséis revolucionarios imputados. El proceso contra la banda del Matese se celebró entre el 14 y el 25 de agosto de 1878 ante la Audiencia de Benevento (Campania). La defensa de los acusados ​​la llevaron cuatro abogados, destacando el joven abogado napolitano Francesco Saverio Merlino, gracias a los que todos los anarquistas quedaron absueltos de los cargos. Durante el proceso la población de Benevento fue ocupada militarmente, pero las muestras de simpatía y de apoyo de sus habitantes hacia los imputados fueron impresionantes. Más de dos mil personas festejaron por las calles de Benevento la sentencia absolutoria. Muchos de los revolucionarios absueltos optaron por el exilio.

Bibliografía – Bruno Tomasiello, La banda del Matese 1876-1878. I documenti, le testimonianze, la stampa dell’epoca, Galzerano editore 2009

Filmografía – LALIBERTA’. 1874: cronaca di una rivolta mancata, cortometraje sobre la tentativa insurreccional anarquista del Castel del Monte. Dirigida y escrita por Mimmo de Ceglia.

Guerra y Revolución: Joaquín Ascaso, el primer presidente aragonés y El Consejo de Aragón

Ante el fracaso del golpe de Estado en gran parte del país, se desencadenó, a partir del 19 de julio de 1936, un proceso revolucionario sin precedentes en la historia de España. El movimiento anarquista vio el momento de llevar a la práctica su ansiada revolución social. Con la colaboración de algunas fuerzas políticas y sociales, y con la oposición de otras, comenzó lo que ha sido el último intento de transformación social, económica y política realizado en Europa, inspirado mayormente en los planteamientos anarquistas. Aún con la férrea oposición a este singular proceso revolucionario por parte del republicanismo liberal y del marxismo mayoritario (PCE-PSUC), no faltaron las propias dificultades desde dentro de las mismas estructuras anarquistas. Como en las demás grandes revoluciones europeas, la revolución social española devoró a algunos de sus hijos. Fue el caso de Joaquín Ascaso Budría.

Aragón se convirtió en el estandarte máximo de la evolución que experimentó toda la sociedad española a partir del 19 de julio de 1936. No solo por la profundidad a la que se llegó en el proceso revolucionario, sino también por la creación de una institución política encargada de impulsarlo, el Consejo de Aragón.

Un orden revolucionario 

 Ante el desmantelamiento de toda estructura estatal en la zona aragonesa, el movimiento anarquista tuvo que hacerse cargo de la reorganización de la vida social, política y económica. Los cenetistas comenzaron la reorganización  de la estructura regional en agosto de 1936 en la famosa localidad de Caspe, además de la creación, en Bujaraloz, de la primera gran entidad anarquista dedicada a encauzar el proceso revolucionario, acabar con el vacío administrativo y evitar que Aragón se convirtiera en una “colonia” de la Generalitat de Cataluña, el Consejo Regional de Defensa de Aragón.

La creación de este Consejo no tuvo un origen únicamente de ideología anarquista. Otros motivos políticos fueron, también, los que suscitaron la necesidad de la creación de este Consejo, como el deseo de paliar las operaciones militares catalanas en suelo aragonés y saldar el vacío administrativo y organizativo existente, sobretodo en la zona rural. El regionalismo “popular” creciente durante esos años en la tierra de Francisco de Goya no se hizo esperar más y se puso manos a la obra. Lo que impulsó este “levantamiento” cantonalista fue la irritación que le provocaba al pueblo aragonés el papel secundario que se les asignaba por una Cataluña directora de la guerra y de la organización social, mientras que ellos proporcionaban mucho más aprovisionamiento y capital humano para la guerra. Al Consejo  se le sumaban nuevas instituciones regidoras de la vida pública que habían surgido de forma casi espontánea ante el vacío administrativo republicano, tales como el Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña, el Comité de Salud Pública de Málaga o el Comité Ejecutivo valenciano.

En principio, este nuevo organismo político aragonés no pretendió ser una entidad regional administrativa, sino un organismo que diera respuesta a la nueva situación revolucionaria. Aun así, no se pudo obviar la presencia del Gobierno republicano. Por este mismo hecho la C.N.T. buscó un reconocimiento legal de dicho organismo aragonés. Tal reconocimiento se saldó con la creación del Consejo de Aragón con la presencia de las demás organizaciones que conformaban el Frente Popular, tal consejo quedó compuesto por una mitad cenetista y por la otra mitad compuesta por miembros comunistas, socialistas y republicanos liberales. Este hecho significó que el nuevo organismo fuera adoptando procedimientos administrativos más propios del Estado burgués que no del ideal revolucionario con el que había nacido. Como por ejemplo con la sustitución, en 1937, de los comités municipales, que habían sustituido a los ayuntamientos desde 1936, por Consejos Municipales que tiraron por la borda todos los logros económicos y sociales conseguidos gracias a la colectivización de los medios de producción.

Hasta su ocupación por parte de las tropas comunistas de Líster en el verano de 1937, en Aragón existieron tres niveles diferentes de poder. El Consejo de Aragón, formado por cuatrocientos delegados de los consejos municipales. En segundo lugar, la Federación Regional de Colectividades, que se encargaba de crear las conexiones locales y comarcales para los asuntos de agricultura y comercio. Y el último escalón de poder lo conformaba la propia estructura anarcosindicalista de la C.N.T. que, con su red de sindicatos, en algunas ocasiones ejerció de árbitro entre los dos anteriores niveles de poder político.

La colectivización aragonesa y el Consejo de Aragón

El Consejo Regional de Defensa de Aragón se fundó como tal en el Pleno Extraordinario de la C.N.T. de Aragón, la Rioja y Navarra celebrado en la localidad de Bujaraloz el 6 de octubre de 1936. Tal consejo fue compuesto por 174 representantes de 139 municipios y de las milicias anarcosindicalistas que luchaban en el frente de Aragón. En la ponencia del pleno extraordinario se propuso, desde un primer momento, al destacado militante cenetista Joaquín Ascaso Budría como presidente del Consejo de Aragón. Además, para darle pluralidad política a esta nueva institución revolucionaria, se decidió que participaran las distintas fuerzas políticas y sindicales aragonesas en una proporción en la cual de cada 10 representantes, uno fuera republicano y dos fueran de la U.G.T. En un primer momento, ni republicanos ni ugetistas respondieron al ofrecimiento anarquista, así que desde el principio todos los puestos quedaron ocupados por militantes cenetistas. El primer “gobierno” quedó formado por Joaquín Ascaso Budría como presidente, Miguel Chueca Cuartero como consejero de Trabajo, Adolfo Arnal Francia en la consejería de Economía, Francisco Ponzán Vidal en Transportes y Comunicaciones, Miguel Jiménez Herrero como consejero de Información, José Mavilla Villa se ocupó de la consejería de Agricultura, y, por último, Adolfo Ballano Bueno fue el consejero de Justicia y Orden Público. Todos los estos consejeros aragoneses, así como el resto de los 174 delegados que conformaban el Consejo de Aragón, provenían del mundo académico (éstos fuertemente influenciados por las enseñanzas del jurista y economista aragonés Joaquín Costa) y del mundo laboral (camareros, albañiles, etc).

El Consejo Regional de Defensa de Aragón se presentó desde su primera ponencia como un organismo popular, nacido de la nueva situación revolucionaria y del deseo de emancipación proletaria, decidido a reglamentar la economía y la vida cultural, social y política. Desde un primer momento, este nuevo organismo se topó con la oposición tanto del Gobierno republicano como de la Generalitat de Cataluña. El propio presidente Manuel Azaña, en un alarde del clásico elitismo liberal, despreciaba a esos nuevos consejeros aragoneses refiriéndose a ellos como “trabajadores elevados a ministros”. La campaña comunista, liderada por el Secretario General del PCE en Aragón, no se hizo esperar. No dudaron en aliarse con el republicanismo liberal para catalogar al nuevo “cantón” aragonés como una “nueva Ucrania makhnovista” y una organización apologista del delito, la violencia y el terror.

El 31 de octubre una comisión del Consejo de Aragón se entrevistó con el presidente del gobierno republicano. De tal reunión nació el compromiso de avalar ‘legalmente’ al organismo anarquista e incorporar las distintas entidades frente-populistas. He aquí la muerte en vida del Consejo Regional de Defensa de Aragón, el cual había nacido como una puesta en práctica de los planteamientos federales libertarios, y que ahora se convertía en una región autónoma avalada por la República y que declaraba a Joaquín Ascaso como “delegado del gobierno”. Aun con la entrada en el CRDA de consejeros de Izquierda Republicana, U.G.T. y P.C.E. la estructura republicana anterior al golpe de Estado no pudo restablecerse, y aun con ciertas renuncias anarquistas, el organismo del Aragón libre siguió con su inmensa tarea de organización de la vida política y social.

Si la aparición de esta nueva entidad política supuso un viraje radical en la vida del pueblo aragonés, la mayor radicalidad supuso la puesta en escena del proceso colectivista de campos e industrias. La colectivización fue más una necesidad económica que una simple opción revolucionaria. En febrero de 1937, en la famosa localidad aragonesa de Caspe, se creó la Federación Regional de Colectividades.  El buen funcionamiento de la colectivización aragonesa fue tal que se realizaron nuevas construcciones agrícolas y de riego, hospitalarias, educativas y asistenciales, además de proporcionar cantidades ingentes de abastecimiento a los pueblos de la retaguardia de Madrid y Cataluña.

Tras los sucesos de mayo de 1937 y el fin de la hegemonía anarquista, el 11 de agosto se decretó oficialmente la disolución del Consejo de Aragón por parte del Estado. Las persecuciones, encarcelamientos y asesinatos de militantes anarquistas no tardaron en llegar. El decreto de disolución supuso que la misma madrugada del 10 de agosto de 1937 las 11, 27, 30 y 43 Divisiones del Ejército Popular comenzara a tomar posiciones de ataque. Al mando de estas divisiones estaba el famoso militar comunista Enrique Líster, conocido con el sobrenombre del “asesino de anarquistas” desde que ordenara fusilar a cientos de libertarios castellanos por haber colectivizado zonas de Castilla y León, cosa que había “prohibido” el PCE castellano. El mismo día del decreto de disolución, las tropas de Líster destruyeron por la fuerza todo el progreso revolucionario conseguido hasta entonces en tierras aragonesas, se instaló el nuevo gobernador comunista, José Ignacio Mantecón, se asaltaron los locales de la C.N.T., F.A.I. y F.I.J.L. con la detención de cientos de anarquistas y las tierras e industrias colectivizadas fueron devueltas a sus antiguos dueños o se les asignaron nuevos propietarios. El cambio de situación trajo un gran deterioro de la economía aragonesa y la vida de la retaguardia. Las vueltas de la tierra a propiedad individual provocaron el resurgimiento del caciquismo y el abandono del cultivo de grandes extensiones de tierra. Las estructuras de distribución y comunicación quedaron inutilizadas y se generalizó un despilfarro de recursos y una gran suspensión de casi todas las labores agrícolas. El descalabro llegó a tal punto que el propio secretario del Instituto de Reforma Agraria, el marxista José Silva, reconoció públicamente el error que supuso haber disuelto las colectividades aragonesas. El quebrantamiento de las promesas de progreso social por parte de la república en abril de 1931 tuvo su secuela en agosto de 1937 con el estrangulamiento del proceso revolucionario en Aragón.  La C.N.T. perdió su “feudo” aragonés, su militancia descendió de los 140.000 a 76.000 y el Consejo de Aragón pasó a mejor vida.

Joaquín Ascaso Budría: El “primer presidente” de Aragón 

Joaquín Ascaso nació el 5 de junio de 1906 en Zaragoza y, como en muchos otros casos, pasaba más tiempo en el exilio y la cárcel que en libertad. Empieza a destacar en la militancia revolucionaria a partir de la proclamación de la Segunda República española y la vuelta de su exilio en Francia. Arduo militante de todas las luchas sociales de la época, participó también en la creación de las Juventudes Libertarias, a cuya directiva perteneció. Además, fue el fundador del “Sindicato de Parados”. Después de 1931 pasó a formar parte del Sindicato de la Construcción, siendo elegido presidente del comité de la sección de albañiles. En el segundo congreso de la C.N.T. aragonesa celebrado en Zaragoza él fue del sector cenetista que pedía una mayor radicalidad en la lucha contra el régimen republicano. Hasta 1934 Joaquín Ascaso supo hacerse un nombre, tanto en las filas de la militancia revolucionaria, como en la propia oposición republicana, lo que le costó que a comienzos de 1933 su nombre fuera incluido, por el gobierno republicano, en la “lista negra” de los anarquistas aragoneses sometidos a arresto en la prisión de Pina de Ebro.

Joaquín Ascaso y la caída del frente aragonés

Cuando las tropas comunistas y republicanas comenzaban la disolución forzosa del Consejo de Aragón, Ascaso se encontraba en Valencia asistiendo en el pleno nacional de regionales. El día 9 de agosto de 1937 partió dirección a Zaragoza. No había recorrido más de diez kilómetros en su automóvil cuando las fuerzas comunistas le dieron el alto. La orden era clara y concisa, evitar a toda costa que Ascaso estuviera presente cuando comenzara la ocupación de la comuna aragonesa. Mientras el día 11 las unidades militares del Ejército Popular asaltaban la colectividad aragonesa, Joaquín Ascaso ya estaba encarcelado en una celda de la prisión valenciana. Salió en libertad un año después, sin ningún tipo de cargos. Nada más salir de prisión comenzó a cocerse la leyenda del tesoro de Ascaso, desde “La Pasionaria” –y el PCE-, y hasta finales de los años setenta, se mantuvo siempre la versión de que Joaquín Ascaso se había hecho con los “tesoros” de Aragón mientras era presidente del Consejo aragonés y que pasó su exilio en Sudamérica repleto de riquezas y lujos. No fue más que un bulo sin fundamentos: Ascaso sobrevivió después de la cárcel gracias a la ayuda y solidaridad de antiguos amigos. Sin recursos económicos y sin recibir ningún apoyo de los organismos de ayuda a exiliados malvivió cual vagabundo durante toda la Segunda Guerra Mundial. A partir de los años 50 a Joaquín Ascaso se le pierde la pista. Tan solo se sabe que se exilió en 1947 a Venezuela donde vivió hasta su muerte en marzo de 1977 trabajando como conserje de un hotel de Caracas.

Esta es la historia de cómo un hombre, simple, llano y trabajador como Joaquín Ascaso Budría, pasó de presidente del Consejo Regional de Defensa de Aragón, el que fuera el mayor avance revolucionario de nuestra historia, a vivir en casi la indigencia, exiliado, repudiado y olvidado en el ostracismo. Es por ello que, por deber histórico –y revolucionario-, debemos recordarlo como un hombre que dio su vida por la emancipación de la humanidad bajo la enseña rojinegra.

Borja Salvador Paz

Reflexiones para crear una respuesta no institucionalizada en el contexto actual

El año 2015 se abre en la sociedad española en un contexto político y económico muy particular, en el que mucha gente alberga esperanzas próximas de cambio real que por fin logren superar las tremendas dificultades que la sociedad viene sufriendo desde el inicio de la crisis en el año 2008. Sin embargo, dichas ilusiones de cambio vienen en gran parte de la mano de proyectos electoralistas cuyo objetivo es alcanzar las instituciones para usarlas y transformarlas de tal manera que resuelvan o al menos mitiguen los efectos de la crisis que, en no pocos aspectos, ha llegado a un punto límite y extremadamente trágico. En este contexto nos paramos a preguntarnos por qué se vuelve a fijar la mirada en nuevas (o no tan nuevas) propuestas electoralistas y en qué posición se encuentran aquellas propuestas de salida no solo de la crisis, sino de las condiciones económicas y políticas que la generaron, que no pasan por la vía institucional, como lo son por ejemplo las propuestas anarquistas. Para ello vemos necesario hacer un breve repaso a las transformaciones sociopolíticas que la sociedad española ha experimentado en los últimos años.

Como punto de partida tenemos que situarnos en el 15M, puesto que la irrupción de este movimiento en el año 2011 supuso un antes y un después, ya que consiguió desbloquear lo que parecía una sociedad tremendamente pasiva ante los duros efectos de una crisis que venía sufriendo desde hacía 4 años e iniciar un nuevo ciclo de movilizaciones y luchas. El 15M fue el despertar de la conciencia colectiva ante el paro brutal, la pérdida progresiva de derechos y el enriquecimiento general de la población, que veía cómo paralelamente aquello que en los últimos tiempos se ha venido llamando “casta”, es decir, las elites que manejan este país (tanto políticas como económicas) continuaban enriqueciéndose, manteniendo e incluso aumentando sus privilegios. El 15M puso en cuestión por primera vez aquel constructo nacido del pacto del 78, tanto en lo referente a las formas tradicionales de hacer política (basadas en un delegacionismo extremo y una enorme pasividad ante los problemas y responsabilidades propias) como en una serie de mitos o mantras repetidos durante décadas (por ejemplo, la idea de que el estudio y el esfuerzo personal tendría como recompensa un trabajo estable, decente y con un salario digno). El 15M abrió la puerta a una crítica generalizada del bipartidismo (y no solamente, puesto que el sistema de partidos en su conjunto fue puesto en cuestión), al inoperante y burocratizado sindicalismo de concertación (con CCOO y UGT como máximos exponentes), a instituciones hasta entonces “intocables” como lo era la Monarquía, e incluso al papel de los medios de comunicación. Dentro del 15M surgieron infinidad de preguntas que animaban a cuestionarse todos y cada uno de los pilares del sistema actual y a buscar alternativas al mismo. El ciclo de movilización y de luchas que se abrió en aquel momento comenzó a plantar cara de forma seria a los mazazos que daba la crisis y a expandirse a lo largo y ancho del territorio estatal. Sin embargo no podemos olvidar que las críticas y luchas que iban apareciendo no eran nuevas, sino que desde hacía muchos años venían produciéndose, eso sí, desde colectivos más minoritarios, pero que siempre habían estado planteando alternativas sistémicas. Como ejemplo tenemos la experiencia que aportó el movimiento okupa de cara a la liberación de espacios donde realizar asambleas, actos de financiación de las luchas o directamente para servir de viviendas al colectivo tan afectado de desahuciados, que a través de la PAH supo articular una de las luchas más ejemplares e importantes. Asimismo queremos destacar (como ya se ha hecho anteriormente en bastantes ocasiones) la influencia de las ideas y (quizás principalmente) las prácticas utilizadas tradicionalmente por movimientos y colectivos anarquistas o cercanos al anarquismo. La práctica asamblearia, si bien no es exclusiva del anarquismo, es defendida como la base de toda organización, fue en todo momento de la mano del 15M; la autogestión, la acción directa, el apoyo mutuo, muchas de las críticas y propuestas que se lanzaban desde las asambleas tenían claros antecedentes libertarios. Sin embargo, la respuesta del anarquismo propiamente dicho no fue en todos los casos de apoyo y colaboración activa con el movimiento; atendiendo a diferentes contextos particulares de cada pueblo, barrio o ciudad, los colectivos afines al “movimiento libertario” se acercaron de forma diferente al 15M. En algunos casos se volcaron con las asambleas, en otros se aceptaba aunque con cierta distancia e incluso recelo y en otros (por suerte, creemos, los más minoritarios) directamente se rechazaba y criticaba al 15M.

Fuera como fuese, el movimiento se extendió a los barrios (que no así a los centros de trabajo, uno de sus grandes fallos o incapacidades), impulsando y desarrollando luchas variadas durante los años siguientes, creciendo tanto cuantitativa como cualitativamente, e impregnando determinadas luchas relativamente potentes (hablamos, por ejemplo, de las luchas en sanidad o en educación, las llamadas mareas, aunque también podríamos hablar de otro tipo de luchas como las protestas del barrio de Gamonal). Asistíamos a manifestaciones y concentraciones masivas que tenían un impacto mediático importante (muchas veces porque acababan en enfrentamientos con la policía): la marcha minera que concluyó en Madrid, los diferentes Rodea el Congreso. La más multitudinaria de esas manifestaciones, la que se produjo el 22 de marzo de 2014 cuando confluyeron las Marchas de la Dignidad en Madrid, y también la más espectacular (y no solo por los duros disturbios del final de la manifestación), supuso el fin del ciclo de luchas abierto el 15M. A partir de aquí, ya con una nueva formación política que pretendía recoger todo el descontento que había explosionado en 2011 (hablamos, evidentemente, de Podemos), parece que asistimos a un desinflamiento de las movilizaciones y de las protestas a la par que aumentaba el interés por el nuevo partido político. Desde entonces hasta ahora la desmovilización en la calle es más que evidente, y de nuevo parece que se vuelven a poner esperanzas en la vía institucional, las elecciones y los partidos políticos.

En vista de todo lo anterior cabe preguntarnos, como anarquistas, ¿por qué este cambio?, y ¿cuál está siendo la actitud y la influencia del movimiento anarquista? Respecto a la explicación de este cambio de posturas habría que hacer un análisis de los fallos que arrastraba el 15M, que no eran sino la continuación de fallos e incapacidades de los movimientos sociales anteriores a él (por ejemplo, la incapacidad de crear organizaciones fuertes, unidas y constantes, que enfrentasen a problemas concretos y consiguieran soluciones prácticas, con la salvedad de la PAH). Con el paso del tiempo y la agudización de los problemas sociales, la sensación de incapacidad (al menos aparente), de que no se generan victorias (o no las suficientes), y de que se está siendo incapaz de transformar la sociedad en la línea que la enorme ilusión que nació con el 15M preveía, puede generar impotencia y hacer aumentar la tentación hacia otras vías en principio más rápidas: las elecciones y las instituciones. Tampoco vamos a obviar que la situación de mucha gente es extrema, y el reclamo y búsqueda de soluciones inmediatas es una necesidad (habría que analizar hasta qué punto las instituciones son una vía más rápida y efectiva de resolución de estos problemas, aunque no analizaremos esto aquí).

El punto más importante y que queremos resaltar más aquí es la postura y actitud del movimiento anarquista. Las críticas del movimiento libertario hacia la opción que postula Podemos son constantes y necesarias (nosotros mismos somos partícipes de estas críticas), sin embargo en ocasiones parecen críticas más fruto de la impotencia y la frustración propias, con argumentos a veces infantiles y muy pobres, y también con determinados análisis erróneos a nuestro parecer. Con todas las críticas que se le puedan (y deban) hacer a Podemos, pensamos que también es necesario ser humildes y hacer un amplio ejercicio de autocrítica; reconocer que la estrategia que se está siguiendo por parte de estas posturas institucionales (estrategia, eso sí, que no compartimos) les está dando, al menos en estos primeros momentos, frutos considerables; que han conseguido atraerse a gran parte de la sociedad y que han abierto una brecha importante en el régimen del 78 (si bien no es esto lo único necesario, puesto que se echa en falta una crítica más abierta hacia el capitalismo, que es lo que realmente genera la miseria y desigualdad, y no el bipartidismo). Tenemos que reconocer que el anarquismo no está consiguiendo un avance notable, estamos siendo incapaces de terminar de conectar con la gente y de generar un contrapoder efectivo basado en principios libertarios y con objetivos netamente anarquistas. Sí es cierto que hemos conseguido algunos pequeños avances, como por ejemplo el aparecer ante la sociedad con una cara más amable de la que tradicionalmente se ha achacado al anarquismo, el ganar simpatías y acercamiento a la gente, fruto de haber participado codo con codo en desahucios, asambleas de barrios, manifestaciones y todo tipo de protestas desde la efervescencia del 15M. Pero más allá de esta simpatía, en ocasiones condescendiente (“las anarquistas tenéis buenas intenciones, pero vuestras ideas son utópicas”), no hemos roto la barrera para que la gente vea en nuestras propuestas una solución a sus problemas cotidianos que les haga abrazar las ideas, organizaciones y finalidades anarquistas. En esto los principales culpables somos nosotros mismos. Adolecemos de determinados problemas que no somos capaces de superar y que deberíamos revisar, como por ejemplo nuestras estrategias comunicativas, el lenguaje, simbología y actitud que adoptamos, cargados en no pocas ocasiones de cierto sectarismo o arcaísmo. También la apelación constante al pasado es un escollo que debemos salvar; es necesario estudiar y aprender de experiencias históricas, pero no siempre son útiles para los retos del presente, y nuestra preocupación máxima ha de ser, precisamente, la realidad actual y el futuro que queremos construir. Otro de los graves problemas, a nuestro entender, es la fragmentación del movimiento libertario, que a pesar de la enorme variedad de organizaciones que posee (sindicatos, colectivos, grupos, editoriales, etc) se mantiene disperso, sin una estrategia común que, creemos, lo ayudaría a cohesionarse y a avanzar.

El anarquismo tiene una potencialidad enorme en los tiempos que vivimos, pero tenemos que saber desarrollarla y aprovecharla. Hemos de saber ofrecer a la sociedad algo más que un conjunto de ideas “bonitas” y justas (pero vistas como utópicas), tenemos que ofrecer alternativas reales y efectivas que logren resolver a corto-medio plazo los problemas cotidianos de la gente y a partir de ahí continuar en la lucha por la emancipación total. Si logramos concretar nuestras propuestas habremos dado un paso de gigante. Pero para ello primero tenemos que hacer, una vez más, un enorme e importantísimo ejercicio de autocrítica, de reelaboración de nuestros esquemas analíticos y de nuestro lenguaje, y quizás un diálogo conjunto de todo el espectro libertario para definir nuestra acción en los años venideros. El anarquismo que viene será, ni más ni menos, que aquel que los y las anarquistas seamos capaces de articular.

ANARQUISTAS CONTRA EL GUETO

[Recomendación] Lectura: Plan B

¿Qué está pasando con las publicaciones anarquistas que ya no se hablan de los mismos temas de siempre? Ninguna novedad, puesto que las tendencias anarquistas también están cambiando, es lógico que estemos viendo publicaciones distintas a las tradicionales, es decir, los típicos fanzines que casi siempre habla de lo mismo: el Estado, el voto, la libertad, el capitalismo… Este texto que os traigo no es otro más de teoría pura y dura, tampoco de los años ’90 o ’00 de nuestra era. Es una publicación que toca temas más actuales, así como la fibra sensible de ciertas personitas, y más cercanas a la realidad que vivimos en el día a día. En esta revista podremos encontrar diversos temas los cuales tratan algo respecto a la persecución de anarquistas como terroristas, la cuestión nacional, algo de literatura, movimiento libertario en el nuevo siglo, cambio de tendencias, sindicalismo, etc con un toque de humor (y plagios, algo de cuyos autores y autoras se enorgullecen). Sin más, os dejo el link de descarga directa y no el de ISSUU que es para hipsters que tienen cuenta. Así que pongo este panfleto al alcance de los y las lúmpens, que lo disfrutéis:

Plan B

Superar las puñaladas de ayer

Nota preliminar:

Antes que nada, voy a dejar claro que este artículo no pretende levantar discusiones ni abrir viejas heridas para crear acaloradas polémicas, sino para la reflexión y cómo afrontar el presente aprendiendo las lecciones del pasado.

Ha llovido mucho desde que la facción bakuninista de la I Internacional fuese expulsada por la facción marxista. Entristece y da mucha rabia cuando leemos la historia del movimiento anarquista en el primer tercio del s. XX ver cómo las revoluciones anarquistas eran aplastadas también por el marxismo-leninismo y cómo los logros realizados por la revolución social hayan sido pisoteados y ninguneados tanto por la historiografía oficial como por ciertos marxistas. Leemos la historia del movimiento makhnovista y la participación del movimiento anarquista durante la revolución rusa, y lo que nos encontramos es que el makhnovismo fue un movimiento principalmente campesino que se levantó en armas contra la antigua aristocracia y luchaba también contra las diferentes burguesías que trataban de conseguir su trozo de pastel. Los y las makhnovistas consiguieron un territorio libre, sin Estado, y un ejército dedicado a defenderlo, pero esta historia bastantes leninistas la desconocen por completo y menos saben que fueron traicionadas por el bolchevismo. Luego viajamos al Estado español plena guerra civil y ya nos suenan los sucesos de mayo del ’37, la persecución de militantes libertarios en Catalunya y la destrucción de las colectividades aragonesas (Camilo Berneri también sería asesinado en esos tiempos). La contrarrevolución fue orquestada por agentes stalinistas, siendo el PSUC la cabeza visible. Finalmente, lo que me llevó a escribir este artículo fue una breve lectura sobre la Comuna de Shinmin, una desconocida historia llegada del sudeste asiático en la cual se narraba de un movimiento anarquista organizado previo, con núcleos tanto en Corea, Manchuria, Taiwán, Japón, entre otros, lucharon contra la ocupación japonesa a la vez que contra la burguesía local y los nacionalistas, construyendo así un territorio donde el Estado fue sustituido por Consejos federados y estructuras asamblearias en 1929. Tres años después más o menos, fue aniquilada por el régimen de Stalin junto con las fuerzas imperiales japonesas.

A pesar de todo, estamos en el siglo XXI, con la mayoría de movimientos revolucionarios derrotados en los países capitalistas avanzados. Tenemos una coyuntura que está cambiando rápidamente y estamos viviendo una reestructuración capitalista que está destruyendo lo poco que nos queda de derechos sociales. El pasado ya no se puede cambiar, ya no recuperaremos las tierras que liberó Makhno y su Ejército Negro, ni las colectividades de Aragón, ni los territorios que se liberaron en Manchuria… Tenemos que pasar página pero no olvidar, tenemos que salir del estancamiento en el pasado y de las peleas ínútiles y plantear alternativas en el presente. En esta coyuntura, marcada por nuevas formas de movilización social, comienzan a brotar nuevas tendencias dentro del anarquismo. Ya no valen los métodos tradicionales, tenemos delante una nueva situación en el cual las batallas en el terreno social constituyen un factor importante a la hora de fortalecer un movimiento popular. Pero en el camino seguimos encontrando miserias en la misma trinchera (hablando entre anarquistas y marxistas). Entre reyertas por cuestiones del pasado y tirarnos piedras entre las que se supone que somos compañeras, lo único que se consigue es que sigamos en la marginalidad malgastando fuerzas en plantar cara, no al sistema capitalista, sino entre compañeras. Entre el machismo que divide al anarquismo en particular y la izquierda en general, entre la priorización del partido sobre todo lo demás, los sectarismos, los juegos sucios, peleas de egos y demás, son mucha mierda que tenemos que ir limpiando para avanzar mínimamente en algo.

Y de nuevo, las lecciones de la historia: el makhnovismo fue anterior a la llegada de los bolcheviques a Ucrania y fueron una fuerza política capaz de lograr el comunismo libertario sin necesidad de un Estado proletario y a la vez combatir a diferentes fuerzas reaccionarias. Pero llegó la traición, derramaron mucha sangre campesina y el resultado fue la restauración del viejo orden de explotación de los terratenientes. Así también como que en la Revolución social del ’36, el frente antifascista se debilitara por los sucesos de mayo del ’37 y la destrucción de las colectividades, suponiendo así la vuelta de los privilegios de la pequeña burguesía propietaria, generando desabastecimiento y desmoralización en los frentes donde combatían las milicias de la CNT-FAI. Todo aquello terminaría en la derrota de la izquierda misma y la instauración de la dictadura franquista. Y lo mismo podríamos decir de Shinmin; derramamiento de sangre por asesinatos selectivos de militantes libertarios bajo las órdenes de Stalin y posterior barbarie del régimen imperial japonés al ocupar ese territorio y llevar a la burguesía japonesa a explotar los recursos de la zona. Así que, ¿qué ganaríamos la clase trabajadora si nos traicionáramos por cuestiones ideológicas e intereses partidistas? Podemos asegurar que ninguna.

Y la gran pregunta del millón, ¿sería posible una unión entre marxistas y anarquistas? Esta cuestión puramente ideológica realmente no debería ocupar el plano central en estos momentos. Recordemos que todavía queda que los y las anarquistas nos consolidemos como un movimiento inserto en los movimientos sociales y una fuerza política real, con capacidad para oponer el poder popular contra el sistema capitalista. En este aspecto, nos queda mucha tela que cortar y piedras que pulir. ¿Y una posible alianza? Sí. Considerando nuestra propia situación y nuestras capacidades, una alianza táctica —que no necesariamente política— sería una estrategia bastante acertada de cara a articular un movimiento autónomo y de clase, esto es, reconstruir el movimiento obrero a partir de los movimientos sociales y las luchas inmediatas. Por estas razones, no nos interesa crear más hostilidades, ni perder el tiempo con discusiones ideológicas. No se nos hace prioritario la confrontación con marxistas, pues tenemos un enemigo más poderoso que combatir y un movimiento popular y una fuerza política que construir.

Activarse I

Nuestros vecinos, amigos, compañeros de trabajo y otra gente que nos encontramos por la calle y que configura, junto a nosotros, la población de las sociedades occidentales nos encontramos sumidos en la pasividad. Es un fenómeno del que ya hemos hablado repetidamente a lo largo de las entradas de esta web, la incapacidad para movilizarnos conjuntamente. Una falta de compromiso que puede deberse a diversos motivos: falta de ánimo, de perspectivas de victoria, de cultura política o de espacios donde sentirnos cómodos. Por ello, en la necesidad de romper con esa actitud, surge la idea de escribir una serie de artículos reivindicando y promoviendo la activación y algunas ideas para que los movimientos sociales y políticos (y el anarquismo en particular) mejoren su capacidad de movilización.

Del aburrimiento en política

La política no es más que la organización de los asuntos comunes, los asuntos que afectan a toda la sociedad. En política hay mil formas de gestionar las cosas, unas que funcionan mejor y otras peor; unas persiguen la libertad y la justicia, otras el rendimiento o el control.

Los anarquistas defendemos que esa gestión debe llevarse a cabo de manera directa entre los implicados en igualdad, porque es el único modelo que asegura el bienestar (nuestro y de nuestro entorno, incluidos el resto de seres vivos), la libertad, la igualdad, y la solidaridad… Esto es lo que podemos llamar política del día a día (o democracia directa) y que se opone a la visión parlamentaria. Según el parlamentarismo deben existir de gestores expertos (políticos profesionales) que decidan por nosotros, lo que acaba reduciendo la participación política a un voto cada cuatro años y a una visión de la política como una cuestión de decisiones técnicas para personas con mayor conocimiento. Este modelo, por sus características y como hemos podido comprobar, alienta la corrupción, genera pasividad y, en último término, imposibilita la democracia.

La pasividad y el alejamiento de la política no se debe únicamente a factores puramente formales de la democracia parlamentaria. La indefensión aprendida* es un condicionamiento habitual en las sociedades occidentales. Los afectos virtualizados y frívolos que sustituyen al compañerismo y el apoyo real, fomentan el individualismo e impiden el empoderamiento** colectivo. En general, existen una serie de mecanismos psicológicos (no del todo estudiados por los movimientos sociales) que impulsan a la delegación, el derrotismo, la pasividad, la falta de objetivos reales y de ilusión. Tenerlos identificados y reconocer cómo se generan esos sentimientos sería un buen primer paso de cara a elaborar una estrategia para combatirlos.

El proceso de activación es un proceso complejo

La activación es el paso desde una actitud de resignación y de delegación política, propia de las sociedades capitalistas y parlamentarias, a la participación constante, diaria y directa en los asuntos que nos atañen. Es un proceso complejo en el que es tan importante la voluntad personal como la presencia de un contexto que anime y motive la participación. Es un gesto demasiado común en los espacios libertarios despreciar a las personas desmovilizadas sin hacer nada por entender su contexto y sin facilitar la incorporación de las mismas. Muchas personas tendrán más dificultades para compartir los tiempos o espacios de militancia por razones familiares (hijos o familiares a su cargo, trabajo doméstico), de género, de clase (horas de trabajo), de raza, de formación (falta de dominio de los códigos o los procesos militantes) u otros problemas (como diversidades funcionales). Es necesario un trabajo interno para sumar a todas esas personas, tratando de eliminar esas trabas a la incorporación (u otras, como las exigencias estéticas o de radicalismo que ejercemos sobre quien se acerca a nuestros espacios).

El deseo del individuo de activarse es una condición necesaria para que este proceso pueda tener lugar, pero no resulta suficiente. No basta con querer, uno necesita encontrar un espacio en el que desarrollarse; referentes y apoyos que conecten con su forma de funcionar; y, muchas veces, también un esfuerzo personal. Muchas veces no encontramos el espacio donde implicarnos o carecemos de la intuición para encontrar campos de batalla donde incidir o estrategias para hacerlo. También porque todo espacio parte de una cultura política y unos códigos que a veces no acierta a transmitir (y, otras veces, no transmite por una cuestión de comodidad autorreferencial, lo que construiría el gueto estético de los espacios políticos).

El limitado número de espacios de participación horizontal en los barrios, en los trabajos o en los centros de estudio es en parte consecuencia de la derrota del movimiento libertario en las últimas décadas. Esta situación complica el proceso de activación de quienes desean comenzar a trabajar por una transformación radical de las relaciones sociales. Es más, los espacios libertarios muchas veces existentes no han sido capaces de abrirse a las personas a las que en teoría se dirigen (los trabajadores, los vecinos…) escudándose en un radicalismo estético, inoperante y muy cerrado sobre los propios militantes que les ha impedido ser un centro de encuentro social y de construcción de disidencia.

En estas circunstancias, creo que es positiva una reflexión acerca de las posibilidades del proceso de activación personal en lo político. Una reflexión especialmente necesaria para aquellos que defendemos la incorporación de todas las personas a la gestión de los asuntos comunes, esto es, para aquellos que defendemos una democracia directa, profundamente radical, fuertemente inspirada en los principios federales y socialistas. Una reflexión que ampliaremos en próximas entradas de esta serie.

NOTAS:

*Hemos hablado sobre indefensión aprendida en otros artículos de esta misma web: «Se trata de una estrategia política derivada de una respuesta psicológica bien estudiada: La indefensión aprendida. Como esa profesora que plantea problemas irresolubles a sus alumnos solo para mostrarle cómo después tiran la toalla ante aquellos que sí tienen solución. Cuando nuestra acción deja de tener conexión con cualquier tipo de resultado, el aspecto motivacional que nos lleva a actuar decae; nos sentimos pequeños e incapaces y dejamos de responder.»

**También hemos hablado de empoderamiento anteriormente: «Empoderamiento es una palabra inglesa que viene a significar toma de conciencia de un poder que todo individuo tiene. Es un poder basado en la lucha y en la dignidad. Se trata de una comunidad que se “empodera” cuando a resultas de una lucha determinada logra una concienciación. Esta concienciación genera una expectativa de nuevas luchas (ya que se piensa que también será posible la victoria).» La filosofía del empoderamiento se origina en el enfoque de la educación popular desarrollada en los años 60 a partir del trabajo de Paulo Freire y tiene una gran tradición y presencia también en el movimiento feminista. Otro modo de definir el empoderamiento es como «la capacidad que una persona, en situación de vulnerabilidad, tiene de lograr una transformación con la cual deje de ser objeto de otros y consigue ser la protagonista de su propia historia».

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