Cuando el límite de x no tiende a infinito

Un día cualquiera me encontré con una pregunta de una servidora de Madrid bastante curiosa. No era de matemáticas, sino de política y en concreto son cuestiones acerca de las las limitaciones ideológico-políticas del anarquismo. Más específicamente, haciendo un balance de las distintas aportaciones teóricas a la actual coyuntura y sus limitaciones. Por un lado, estas cuestiones exigen mucho seso, pero por otro, me sabría mal dejarla plantada, dejando además, muchas cosas clave en el tintero. He aquí que me haya decidido responder, y el título precisamente es una parábola a dichos interrogantes.

Para contextualizarnos mejor, nos remontamos a los tiempos convulsos de la reestructuración del régimen franquista, llamado comúnmente como «Transición a la democracia», allá por los años ’77 del siglo XX. En esa época, comenzó a resurgir la CNT una vez ya en la legalidad y poco a poco comenzó a asmoar la cabeza otra vez el movimiento obrero y junto a éste, el movimiento libertario. Sin embargo, no estaban exentos de divisiones internas y pronto las excisiones y el caso Scala terminó por desmoronar el movimiento. Represión, cárcel, terrorismo de Estado y torturas, eso fue la cara oculta de la historia reciente de este país que no sale en los libros. Tras haber neutralizado el movimiento obrero, la historia desde finales de los ’80 hasta hoy ha sido la historia de los partidos políticos. El pueblo había dejado de ser protagonista. En ese período el anarquismo continuó como movimiento marginal, con aires nostálgicos de aquel pasado glorioso del ’36. En los años ’90, comenzó a aparecer tendencias insurreccionalistas que pretendían romper con el inmovilismo de entonces, aunque a falta de hojas de ruta y estrategia política, acabaron desentendiéndose del resto de las luchas y terminando por caer en mera literatura incendiaria. La crisis del anarquismo se hizo patente en ese momento, y se notó cuando estalló la crisis allá por el 2008 por una ausencia casi total de respuestas sociales desde el anarquismo.

Pero llegó el 15M y de allí, el punto de inflexión Si bien el 15M no supuso un impulso real al movimiento libertario, sí que preparó el terreno para la escalada de la movilización social y a la vez, en ese momento se visibilizó la inoperancia del anarquismo en general en el Estado español. Una de las mayores limitaciones dentro del movimiento libertario fue la incapacidad para transmitir nuestros mensajes al resto de la sociedad, concretamente, a gran parte de la clase trabajadora. Junto a ello, la falta de proyectos políticos y económicos claros unido al hermetismo del propio movimiento que llevamos arrastrando desde que se desmoronó tras el Caso Scala, hace del anarquismo algo opaco al resto de la sociedad, una suerte de utopía para soñadores incansables. Estos factores pueden tener raíz en la propia esencia del anarquismo: la diversidad. El anarquismo tiene multitud de interpretaciones, y hay ocasiones en que la diversidad degenera en atomización, que es la fragmentación de las ideas anarquistas en átomos en los cuales cada individuo se forja su propia concepción y se cierra en su burbuja. Por otro lado, la diversidad puede ser un punto fuerte. Para que fuese así, esta diversidad debería ser dialéctica y dinámica, que supere los viejos esquemas siguiendo el método científico y se adapte a las coyunturas donde se dan; una diversidad que admita la unidad teórica entre la diversidad de opiniones y se construya socialmente.

De la diversidad surgieron también diversas corrientes o tendencias dentro del mismo anarquismo. Así pues, podemos distinguir aquellas relativas a la finalidad: anarquismo individualista, mutualismo, colectivismo y comunismo libertario. De las cuales, han bebido las corrientes relativas a la forma organizativa o medios empleados: insurreccionalismo/anarconihilismo, anarcosindicalismo, anarquismo social, etc. Como tratar de detallar cada tendencia daría para escribir muchos artículos, voy a centrarme en aquellos relativos a la praxis inmediata que están más de actualidad y más determinante para los tiempos que corren. Aquí no trataré sobre las corrientes finalistas.

Comenzando con el insurreccionalismo, hemos de señalar que no es una tendencia exclusiva del anarquismo, sino que también puede ser del marxismo revolucionario. El insurreccionalismo no es más que un método que pretende transformar la realidad presente a través de la revuelta y con un claro discurso que apunta a la realización de un fin revolucionario en lo inmediato. Obviamente, esto tiene una gran limitación y viene dado por la omisión de dos importantes factores que determinan la posibilidad de creación y avance de un movimiento revolucionario: las comunidades en lucha y la acumulación de fuerzas. Si bien el insurreccionalismo podría ser una salida al estancamiento, si se desentiende de las problemáticas sociales y de sus procesos de movilización perdiendo así unas posibles bases que amplíen al movimiento, estará abocado al fracaso. Así lo demuestra, por ejemplo, la diferencia entre el anarquismo insurreccionalista griego y el ibérico, por mencionar las más destacadas. Resulta irónico que ciertos insurreccionalistas critiquen la idea de comunidad y de acción colectiva, cuando realmente, las tendencias insurreccionalistas que podrían tener posibilidades de ser actor revolucionario de cambio, son las que han sabido conectar con los problemas sociales inmediatos y crear comunidades. Exarchia, conocido barrio ateniense tomado por anarquistas, no está formado única y exclusivamente por anarquistas, sino también por numerosas personas que ven la autoorganización y la autogestión como alternativas factibles al sistema capitalista. Incluso la pequeña victoria arrancada por Nikos Romanós al ponerse en huelga de hambre, ha sido también gracias a las redes de apoyo y a la solidaridad del tejido social creado en Atenas (y también del resto del mundo), cosa que sin ella, no habría podido llegar hasta este punto y poder aspirar a victorias mayores. En resumen, el insurreccionalismo no tendrá éxito si no es capaz de conectar con la problemática social inmediata ni crear la base social que articule el movimiento. De hecho, es gracias a esa base social la que otorga contenido político y sentido a las luchas.

Hablando del anarcosindicalismo, aunque en el primer tercio del s. XX en el Estado español el anarcosindicalismo haya podido ser una fuerza mayoritaria, hoy no tiene mucha influencia en el panorama laboral, incluso entre el sector de la clase trabajadora sindicada. La principal limitación es su propia naturaleza de ámbito específico: el laboral. El anarcosindicalismo sirve como herramienta para la organización de la clase trabajadora, al margen de su ideología política, en los centros de trabajo en la coyuntura del sistema capitalista. En este sentido, a través del anarcosindicalismo se pretende articular una organización de clase que permita responder a las agresiones de la patronal, y que a su vez, sirva como punto de partida para la concienciación de la clase trabajadora, demostrando además, que mediante la acción directa podemos resolver los conflictos a nuestro favor y defender nuestros intereses inmediatos No obstante, el propio sindicalismo no va más allá de las luchas económicas al ser de ámbito específico y sectorial. Otro problema del anarcosindicalismo, al menos en el Estado español, ha sido la sobreideologización que ha obstaculizado y ha ocasionado que, en algunos casos, ciertos anarcosindicatos (no voy a tratar aquí ninguna sigla en concreto) se conviertan en ghettos y no en herramientas funcionales. Esto puede ser debido, en parte, a la influencia de lo que se podría llamar «anarquismo oficial», aquella corriente nostálgica con los años ’30 y que no supo conectar con la realidad social debido a la falta de análisis rigurosos y centrado únicamente en la pureza ideológica más que en una visión estratégica y de articulación de movimiento. En resumidas cuentas, el anarcosindicalismo debería, ahora más que nunca, constituir la alternativa real al sindicalismo de concertación y volver a impulsar el movimiento obrero de carácter autónomo.

Por último, no cerraría este artículo sin analizar el anarquismo social, de reciente importación al Estado español. La entrada de esta corriente supuso un soplo de aire fresco y una posibilidad real de salir del estancamiento y del estado languideciente del anarquismo actual en este país, para volver a levantar un movimiento libertario con capacidad para impulsar las luchas sociales a través de la organización popular. Otro punto importante a tener en cuenta es la necesidad de articular un movimiento libertario multisectorial, que conecten todas las luchas, tales como en el ámbito laboral-estudiantil, a nivel de barrio, comunitario y territorial, y a nivel político-ideológico. Posiblemente, la limitación residiría en la falta de tejido social en gran parte de la población de la península, tejido social que se perdió en el franquismo y por la «cultura de la Transición«. Aunque en estos últimos años, la movilización social ha ido in crescendo y, a falta de actores políticos revolucionarios que actúen fuera de las instituciones, podrían acaban como extensiones de partidos como Podemos y terminar vaciando las calles.

En general, al menos actualmente en el Estado español, al anarquismo le faltan proyectos políticos más concretos que apunten a finalidades cercanas nuestro alcance, que permitan el avance de las luchas inmediatas fortaleciendo la organización popular en vez de apuntar a la vía institucional y crear alternativas las cuales sean el propio pueblo trabajador y las clases oprimidas quienes sean los y las protagonistas. Una de las limitaciones son las pocas herramientas de análisis de coyuntura que tenemos, cosa que sí tiene el marxismo de los cuales nos podemos inspirar, y que nos permita conocer rigurosamente las distintas fuerzas políticas y sociales en el escenario político y determinar las estrategias adecuadas para impulsar la transformación radical de la sociedad. A pesar de todo, las experiencias históricas en las cuales se pudo materializar el anarquismo, así como las experiencias en Rojava, demuestran que es la única vía para la emancipación social y superar el sistema capitalista.

El anarquismo como herramienta y no como utopía

¿Qué es el anarquismo? Probablemente, a esta pregunta le sucederían un montón de respuestas. La particularidad del anarquismo es que cada anarquista tiene su propio concepto, pero compartiendo el común denominador que es una sociedad libre, sin Estado ni clases, basada en el apoyo mutuo y la cooperación, organizada a través de las comunas y éstas se agruparían en una confederación de comunas. Kropotkin lo definió como «principio o teoría de la vida y la conducta que concibe una sociedad sin gobierno, en que se obtiene la armonía, no por sometimiento a ley, ni obediencia a autoridad, sino por acuerdos libres establecidos entre los diversos grupos, territoriales y profesionales, libremente constituidos para la producción y el consumo, y para la satisfacción de la infinita variedad de necesidades y aspiraciones de un ser civilizado.» Pero esta definición, aunque válida, le falta más cosas. De hecho, incluso a muchas definiciones dadas al anarquismo actualmente les faltan. Muchas de ellas apuntan al fin, a esa lejana sociedad libre ideal, pero no concretan los medios. Esta es la cuestión que trataremos, pues aunque el anarquismo no sea una utopía, a partir de ciertas definiciones, da la impresión de que sí lo es.

Hablemos en presente. Actualmente, el sistema dominante es el neoliberalismo, y el anarquismo prácticamente ya no es una fuerza política y constituye en muchos sitios —que no en todos— un movimiento minoritario o casi marginal, aunque hay casos de realizaciones del anarquismo a muy pequeña escala a nivel local. Si algo es realizable quiere decir que no es utópico, pero es discutible, puesto que hoy por hoy, es absurdo pensar que en un período de tiempo relativamente corto, seamos capaces de materializar a mayor escala el anarquismo o socialismo libertario. Sin embargo, también es cierto que los principios antiautoritarios se pueden aplicar igualmente en el presente, y es aquí de donde tiene que partir las herramientas de transformación.

Si presentamos continuamente el anarquismo únicamente como sociedad ideal futura, estaremos diciendo que el anarquismo es utópico. De hecho, a día de hoy, materializar una sociedad anarquista a mediana o gran escala en el actual contexto neoliberal es imposible. Pero que sea imposible no impide que sigamos aspirando a ella. Esto no significa que nos convirtamos en apasionadas soñadoras tratando de ser lo más coherentes posibles con nuestras ideas, sino buscar medios materiales para llegar a los objetivos de largo plazo. Para ello, es imprescindible desde el anarquismo, crear las herramientas para ello sabiendo que la revolución no vendrá espontáneamente sino que será resultado de una acumulación de fuerzas en favor de la clase trabajadora. Lo primero de todo, es esencial conocer el entorno que nos rodea a través del análisis de la coyuntura, y actuar donde existan conflictos sociales, autoorganizándonos y utilizar nuestros principios para aplicarlos en la praxis inmediata. En este sentido, potenciar las estructuras asamblearias para la toma de decisiones colectivas, fomentar la acción directa como método efectivo para la resolución de conflictos, así como las estructuras horizontales en las organizaciones populares, y, en definitiva, poner a disposición de todas nuestros métodos y no hacerlos exclusivamente nuestros.

 Necesitamos más un anarquismo que sirva como herramienta de lucha, porque de lo contrario, por mucho que querramos lograr una sociedad libre sin clases ni Estado, si no tenemos los medios para ello, estaríamos continuamente soñando con utopías mientras vemos cómo continuamente el capitalismo se reestructura en cada crisis. Por ello, cabe añadir a las definiciones del anarquismo como que «no solo es un principio o teoría de la vida que concibe una sociedad sin gobierno cuya armonía se obtiene por el libre acuerdo, sino que también constituye una herramienta para la praxis social y política encaminada a la emancipación social de las clases oprimidas.»

Ante el típico reproche de «lo vuestro es imposible», responderíamos que no se trata de un proyecto de realización inmediata y espontánea ni tampoco se trata de un estilo de vida única y exclusivamente personal, sino que también el anarquismo constituye, a día de hoy, una herramienta de lucha al alcance de cualquiera que desee un cambio radical. Aspiramos a un mundo mejor, por supuesto, y esto nos impulsa a luchar contra todas las agresiones del capital y el Estado, pero no expresamente declarando una guerra abierta, sino pensando bien las estrategias y, partiendo del análisis de la coyuntura, crear las estructuras organizativas adecuadas para cada ámbito de lucha, potenciar los movimientos sociales de base para crear comunidad, buscar alianzas con otras tendencias políticas más afines y constituirnos como actor político revolucionario.

La acción directa como método de resolución de conflictos, el asamblearismo como vía para la toma de decisiones colectivas, la descentralización como estructura organizativa, la autogestión como independencia y autonomía económica, etc, constituyen métodos propios del anarquismo que pueden aplicarse perfectamente en las luchas actuales, los cuales se emplearían, no solo para ganar pequeñas victorias, punto muy importante para llevar la moral alta, atraer a nuevas personas, crear redes y lazos de solidaridad así como comunidades en lucha, sino también llevarnos a la posibilidad de dar un salto cualitativo. Así que, los y las anarquistas no vamos a ir al monte para vivir nuestras vidas, sino que constituiremos una alternativa de confrontación al sistema, dotando de contenido político a las luchas y poniendo sobre la mesa las herramientas necesarias para avanzar en ellas. No es momento para poner excusas escudándose en la coherencia o la libertad personal, es momento de volver a levantar la cabeza, repartir las herramientas y caminar.

[Recomendación] Lectura: El problema de la organización y la noción de síntesis

La necesidad de un movimiento anarquista amplio y unificado ha generado numerosas cuestiones en torno a cómo se constituiría. La idea de la síntesis consiste en aunar todas las corrientes anarquistas en una sola organización, en la cual se incluyen las tres principales tendencias de aquellos tiempos: la sindicalista, la comunista libertaria y la individualista. No obstante, desde el grupo de Anarquistas Rusos en el Extranjero, constituido por anarquistas ucranianos exiliados en París, han criticado esta propuesta de unión. Además de no tomar en cuenta otras corrientes más allá de las tres mencionadas, hace un breve análisis teórico de estas tres corrientes más extendidas. Entre el sindicalismo y el comunismo realmente no hay conflicto ya que muchos comunistas libertarios participan en el sindicalismo. El problema, según este grupo, es la discrepancia insalvable entre comunismo e individualismo.  Declaran que en el comunismo libertario es el mejor modelo para el desarrollo de las facultades individuales y creen innecesario reivindicarlo. A la vez, critica los vicios liberales de ciertos individualistas como Tucker.

A pesar de todo, no se muestran contrarios a los esfuerzos por construir una praxis anarquista organizada.

El problema de la organización y la noción de síntesis

Como complemento, el texto precedente vendría a ser una crítica a la noción de síntesis elaborada por el anarquista ruso Volin, el cual sí expresa la compatibilidad entre estas tres corrientes: la sindicalista como método de acción revolucionaria, la comunista como finalidad y la individualista como la emancipación total del individuo. La síntesis de Volin parte de la disgregación entre anarquistas de diferentes ramas, en las cuales hicieron de la diversidad una división profunda en que cada corriente se pinta como «la verdadera». Es por ello que Volin trata de conciliarlas a través de la unión bajo un programa común o una misma base teórica.

La síntesis anarquista

[Recomendación] Lectura: Anarquismo y organización: El Debate en el Congreso Internacional Anarquista de 1907

El debate sobre la cuestión organizativa en el anarquismo ha estado presente desde la I Internacional hasta la actualidad. Incluso hoy en día no existe un consenso claro entre los y las anarquistas en general. Este texto recoge una parte del Congreso Anarquista de Amsterdam, celebrado entre el 23 y 31 de agosto de 1907. En este congreso se trataron muchos temas más como el sindicalismo revolucionario y los anarquistas, la cuestión del alcoholismo, entre otros. Pero aquí solo os traeré una recopilación de los ponentes Amédée Dunois, Errico Malatesta, Emma Goldman y Max Baganski tratando la cuestión organizativa.

En ese contexto, el anarquismo estaba en desarrollo y comienza a entrar en contacto con la vida de entonces, con la clase trabajadora. Aquí hay duras críticas al individualismo y las tendencias reacias a la organización con la razón de que el anarquismo no es una teoría filosófica para soñadores ni bellos ideales para satisfacción personal, sino una teoría revolucionaria para la praxis y la transformación radical de la sociedad. De hecho, Amédée niega que el anarquismo sea individualista, sino federalista, así como niega que la organización sea dañina para el individuo, aunque Malatesta matiza que los y las anarquistas sí son individualistas, pero diferencia entre un individualismo solidario, basado en el respeto a los demás y en la asociación cooperativa; con un individualismo egocéntrico y burgués que solo se preocupa de sí. Para Emma Goldman, la idea de organización no debería atentar contra la libertad individual.

Resulta curioso también la similitud entre los debates sobre la relación entre el sindicalismo y el anarquismo que se dieron un siglo atrás, con los actuales debates sobre la relación entre movimientos sociales y el anarquismo. El cómo aborda el sindicalismo como herramienta de lucha en aquellos principios del siglo XX tiene un cierto paralelismo con la actualidad respecto a los movimientos sociales, al igual que la idea de estar inserto en las luchas sociales , en no alejarse del pueblo. Además, Dunois defiende la necesidad de, no solo estar en dentro del sindicalismo y otros movimientos populares, sino también construir un movimiento específicamente anarquista. De igual modo, critica también la tendencia al autoaislamiento y a construir templos opacos donde solo se discuten lo ideológico pero rehúsan de la praxis alejándose de las luchas inmediatas.

Pese a todo, el debate sigue abierto hasta hoy, sabiendo que la organización anarquista debe partir de la descentralización y la cooperación. Sin más, invito a la lectura de este texto y quien quiera comentar, que por favor lea el texto primero y luego se exprese.

Anarquismo y organización

PD: Todo lo anterior es una reseña que no representa el contenido completo del texto, así que me abstendré de responder críticas a mi reseña.

Per on començar?

¿Por dónde empezar? Anarquismo e independencia

Aquí se puede encontrar la versión original en catalán. El artículo fue escrito antes de que CIU echara para atrás la consulta del 9N.

Puede que este sea el problema, que no hemos empezado. Que casi no ha habido una respuesta libertaria o esta ha sido la negación. Que hemos vivido de espaldas, no solo a este fenómeno, sino en general al día a día de la sociedad.

Da la sensación de que hemos estado más ocupados en discutirnos en quién es el autentico revolucionario (ya sea con otros anarquistas o con otras personas de otras ideologías) en debates endogámicos, creando una identidad que parece que está más ocupada en legitimarse como verdadera, que en trabajar para el cambio social. En líneas generales, no tenemos ninguna estrategia definida, y no tenemos ninguna capacidad comunicativa, de ir mas allá de nuestro mensaje e intentar conectar con el resto de gente no afín a nuestras maneras y lenguajes.

Otro punto sería que a menudo articulamos nuestro pensamiento en la constante negación. Con esto me refiero a que demasiadas veces nos centramos en la crítica y en el rechazo más que en la alternativa, causando una sensación de que este hecho a veces domina nuestra propaganda y nuestros escritos. Nuestros medios deberían estar llenos de propuestas para ir más allá de “estar en contra de”. ¿Tan atomizados estamos que solo podemos estar criticando esta sociedad sin poder ofrecer alternativas? Y desde esta perspectiva llegamos al contexto actual de Catalunya. Creo que no hemos sido capaces de ver posibilidades para extender nuestra praxis, en la línea de la negación que comentaba antes.

Esto se puede conectar con la actualidad. Encontramos dentro del cajón de sastre qué es el “independentismo” toda una serie de discursos y prácticas heterogéneas que incluso se enfrentan. Creo que ha sido un error analizar este como un movimiento dirigido por la burguesía y descuidar ciertos procesos que ahora mismo se están dando.

Una temptativa d’anàlisis

Ahora mismo tenemos que situar un movimiento heterogéneo que reclama poder votar el 9N, votando para qué modelo de Estado debería ser Catalunya. Continuar como ahora (No), un Estado federal (Si-No) o un Estado independiente (Sí-Sí) Esta consulta es vista como un derecho democrático y serviría como una legitimización para que las estructuras políticas trabajen en este sentido, aunque también hay voces que apuestan (a la vez) por un discurso más directo (1,2).

Ahora mismo el gobierno de CIU está pinzado. Estamos viendo dudas y cómo empiezan a vacilar delante del escenario político. Como partido burgués, tienen miedo a saltarse la legalidad, al mismo tiempo que crecen las tensiones internas. La historia moderna nos demuestra cómo la burguesía ha intentado ir de la mano del gobierno central para asegurarse los bolsillos. Mucha gente dice que ellos no son realmente independentistas, y creo que tienen razón. O al menos tienen claro sus prioridades por encima de cualquier bandera, quieren asegurarse el poder económico.

Pero en este sentido no podrán controlar el espacio parlamentario. Tienen miedo de ir mas allá en el llamado proceso, ya que ellos no quieren una confrontación real con el Estado central, situándose entre una posición donde perderían el espacio de diálogo con sus detractores, y un posible y relativo liderazgo del proceso entre la gente partidaria de la consulta. Si a este escenario le sumamos sus políticas neoliberales y represivas, el hundimiento de CIU continúa en la línea de las ultimas elecciones que ellos ya anticiparon. La condición del PP de abandonar la consulta para poder negociar no es una opción porque serían desbordados.

Si CIU convoca unas elecciones plebiscitarias como sustituto de la consulta perdería poder, mientras que tardar en hacerlo podría precipitar aún más su caída. Y este agujero lo llenaría ERC mayoritariamente. No conozco hasta qué punto de desobediencia (dentro de sus parámetros) Esquerra está dispuesta a asumir, pero seguramente el conflicto entre el movimiento ciudadano y el PP irán aumentando progresivamente en la rotunda negativa de negociar.

No tenemos que olvidar que en el próximo año 2015 entraran en juego las elecciones generales y las municipales, con la entrada de diferentes candidaturas municipalistas y el crecimiento de las CUP, una continuación del descenso del bipartidismo y la posible llegada de Podemos como tercera fuerza. En esta futura coyuntura, pueden pasar muchas cosas, pero seguramente la mayoría absoluta del PP se acabará.

También me gustaría comentar que una mayor fuerza del catalanismo seguramente generaría más movimiento reaccionario, y siendo el PP incapaz de parar éste, nos tenemos que preparar para el aumento del fascismo. Recordemos que también se están actualizando en el ámbito discursivo y práctico, intentando salir de su propia gueto.

El independentismo como un movimiento social

El independentismo, junto al 15M (y el post-15M electoralista), ha sido uno de los movimientos de masas de los últimos años que más personas han movilizado. De la misma manera, en el interior de estos tienen en común que conviven muchas perspectivas políticas diferentes. Pero un elemento central es su perspectiva ciudadanista, cada movimiento con sus particularidades. Resaltaría, como características generales, los siguientes aspectos:

—Transversalismo: Puede que a escala discursiva no tan marcado en el movimiento de las plazas (Somos los de abajo contra los de arriba, contra la casta, etc.) Pero de todas maneras, por pura estadística, el grueso tiene que ser de clase trabajadora o de clase mediana (como dice Delgado, 3). Pero otra cosa es quien dirige.

—Pacifismo: Ambos son movimientos pacifistas. Pienso que para romper con el capitalismo, tarde o temprano se tiene que llegar a un conflicto violento por la (no tan) vieja cuestión llamada “guerra de clases”. Romper con España, como he comentado antes, también significa una reacción (fascista), y creo que ésta se dividirá difícilmente por la vía democrática. No está de más recordarlo.

—Socialdemocracia: Más o menos radical dependiendo de qué sectores. Se exige una profundización de la “democracia” ya sea para conseguir una nueva ley electoral, listas abiertas o una consulta. Por un lado se exige una gestión pública de los servicios frente al neoliberalismo, sin cuestionar de raíz el capitalismo y proponer las colectivizaciones de los medios de producción.

El peligro de todo esto es su integración en aparatos estatales, que reproduzcan las desigualdades en el ámbito económico y en el de la toma de decisiones. Es la cultura del falso diálogo, ya que no se puede negociar con quien tiene más poder porque no estará nunca dispuesto a cederlo. Se prima la manifestación simbólica en contraposición a la capacidad real y material de boicotear al dominador y dar un golpe sobre la mesa en condiciones menos desiguales.

¿Pero esto no es el alma del reformismo, y los anarquistas estamos en contra de esto? Si, y no. En vez de criticar eso que no nos gusta y darle las espaldas, critiquémoslo de manera pedagógica y trabajemos para la superación de esta concepción, ya que muchas veces podemos llegar a pensar de manera parecida, pero no utilizamos los mismos términos, aportando una perspectiva revolucionaria. Construyendo un movimiento con consciencia de clase, no es fácil gracias a la hegemonía cultural hiperindividualista a la que estamos sometidos. Con el transcurso del tiempo es posible que los posicionamientos se vayan haciendo más nítidos, ya que en el ámbito político los burgueses intentaran pactar y la crisis y los recortes irán continuando, con la posibilidad de ofrecer escenarios para radicalizar un movimiento de clase.

En mi opinión, para superar la socialdemocracia, hay dos vías: tenemos que construir estructuras propias de los oprimidos. Ya sean asambleas populares municipales (con una estructura de democracia directa bien definida, para evitar la dictadura de la informalidad y también las burocracias), sindicatos de clase, cooperativas, grupos feministas, casales, ateneos, espacios de ocio alternativo, ocupaciones en masa de casas… No dejan de ser propuestas que ya se están dando con mayor o menor éxito, pero enredadas en un proyecto común (que no homogéneo). Así quizás podremos construir una autonomía para combatir su dominio. Por otro lado, no tenemos que olvidar de defender aquello que se paga con nuestros impuestos y que no nos dejan gestionar: los servicios públicos. Obviamente, están diseñados dentro de una lógica de reproducción capitalista, pero la cuestión es caminar hacia la colectivización de éstos y no dejarlos en manos de neoliberales (4,5,6)

Si a las revolucionarias (en general) no donamos un contenido de transformación radical a largo plazo (porque hoy la revolución es impensable), a las perspectivas “reformistas” que tanto a veces nos gusta criticar, difícilmente estas irán más allá. Puede ser que no sea tan agradable o radical pedir que las trabajadoras necesiten 10 minutos más para descansar, pero si no tenemos capacidad de cambiar nuestro día a día inmediato, no creo que podamos hacerlo a gran escala. Y con esta visión juntamente con otras propuestas que quizás sí podamos plantearlas, podremos ir colando sueños de superar manifestaciones y peticiones a los políticos de turno. Quizás un día seamos capaces de tomar y hacer, en vez de pedir y esperar.

Una raya para recordar

Vemos que todo el mundo está moviendo ficha. ¿Y los anarquistas? Como muchos sabéis, el 11 de setiembre hubo un acción que intentaba unir la V con la raya, para convertirla en una A. La acción suscitó tanto elogios como criticas (7), pero sobretodo (al menos para mí, y seguramente para muchas otras personas) puso en la meso un debate, y con eso la agradezco. Y coincidiendo con el análisis que hace la compañera en el enlace anterior, hace falta capacidad de análisis, estrategia, y de generación de propuestas. Con todo eso no digo que sea fácil, pero si alguna cosa es cierta es que llegamos tarde.

Pero eso sería hacer asunciones a una pregunta. ¿Como anarquistas tenemos o podemos aportar alguna cosa en todo esto? ¿El nacionalismo no era sinónimo de fascismo?

Yo opino que sí, que podemos aportar una perspectiva libertaria con un objetivo emancipador. No se trata de reescribir nuestro pasado y subirnos a su carro y decir que hemos sido independentistas toda la vida, sino que la gente que está subida en un movimiento determinado mire hacia otras vías.

Si la palabra democracia es un constante término en disputa para legitimar las diferencias acciones de los diferentes actores políticos, lo mismo pasa con la independencia. Porque no es la misma independencia la que quieren CIU o las CUP. Nosotros podemos plantear la nuestra propia, nuestra propia vía, la libertaria.

De hecho, todo este escenario tiene un poco de componente libertario. No, ahora no quiero calzarlo todo y decir que todos son anarquistas, sino que simplemente hay una serie de gente que cree que su voluntad tiene que ser expresada y materializada, a la vez que se está planteando la desobediencia. La segunda parte quizás no nos gusta tanto, ya que se quiere legitimar unas estructuras representativas y estatales. Pero quizás sería hacer un poco de pedagogía en vez de girar la espalda.

Algunas aclaraciones e interrogantes

No entiendo si el anarquismo es tradicionalmente federalista, porque se supone un ámbito ibérico de manera predeterminada en las proyecciones organizativas incluso hasta cuando no hay grupos dentro de Portugal de las diferentes organizaciones que se reclaman como ‘iberistas’. (¿Alguien ha preguntado a los portugueses?) ¿No es otra forma de nacionalismo encubierto? (que encima se utiliza para criticar a otro). Yo no parto de territorios estancos y definidos, así que en un contexto donde un sector importante de la población pone esta cuestión sobre la mesa, algo tiene que hacerse. No sé si mediante una votación que ganase por un determinado porcentaje de votos seria el mecanismo para hacer efectivo el federalismo, pero lo cierto es que hemos de buscar uno. Y si después Tarragona se quiere independizar y Vall d’Aran se quiere unir a Colombia, adelante.

Respecto a la dimensión cultural, estoy en contra de cualquier organización (Estado o no) esencialista. Dentro de un territorio, las diferentes culturas tienen que tener cabida, en un marco de respeto y de no dominación. Por otro lado, podemos observar que dentro de cualquier movimiento nacionalista exige un modelo cultural concreto: ahora mismo se está vendiendo la catalanidad como una cultura pacifica, de consenso e integradora. No hace falta que me extienda a hablar de CIEs, clases sociales, mossos d’esquadra…

En ese sentido soy partidario de un movimiento multicultural, de clase. Ahora que se está hablando de la dicotomía “español vs catalán” podríamos ponernos a ver que la dominación puede que se acentúe más en otra banda “blanco vs inmigrante” (Todos sabemos que los europeos y occidentales que vienen de fuera no son llamados inmigrantes). En ese sentido, hace falta trabajar en que el problema no es la gente que se siente española, sino el Estado español, de la misma manera que también lo sería un eventual Estado catalán.

– Para el carro, lo que la gente está pidiendo, ¿no es un Estado propio?-

Una tentativa de discurso y posicionamiento

Pues sí. Entonces las y los anarquistas no deberíamos de pintar nada. A menos que seamos hábiles.

Se puede ver que se pide un Estado propio, pero también una descentralización y que la voluntad popular sea ejercida a través de una votación. Podemos recordar que los Estados son enemigos de estos factores y que hemos de construir nuestras propias instituciones. Se puede ver como una batalla entre españoles y catalanes, pero tenemos que recordar que los mismos problemas que sufren los habitantes de Cataluña, son los mismos que los que sufren al resto del Estado. Se puede ver como un movimiento dirigido por burgueses. Hasta que un día pueda quizás se plantea una huelga general recordando que no queremos amos de ningún tipo…

Ahora mismo es un momento de conflicto que no deberíamos desaprovechar. Debatámoslo, posicionémonos y avancemos hacia la construcción de herramientas liberadoras. Porque recordemos, que se está planteando desobediencia a la búsqueda de la libertad. Tenemos que ser críticos con todo esto y explicar lo que las y los anarquistas entendemos por libertad, nunca en clave evangelista y mirando por encima de las espaldas. Quizás así nos demos cuenta de que tenemos más en común de lo que pensamos, porque sin lo común, no hay comunidad, no hay anarquía.

Y por si no queda claro, ningún pacto con la burguesía.

Víctor A

7 de Octubre de 2014.

Sobre el ‘anarcoestatismo’ y la creación de comunidad

En relación al artículo “Anarcoestatismo. Defendiendo lo público, destruyendo lo común” me gustaría realizar algunos apuntes adicionales a contestación publicada con el título “Construyendo comunidad, a partir de la lucha por lo público” que creo que podrían aportar algo a la cuestión propuesta, a pesar de que la contestación reseñada muestra los puntos clave de la respuesta al llamado “anarco-estatismo”(extraño vocablo que encierra una contradicción en sus términos bastante considerable y que sería interesante analizar).

En primer lugar, tengo que aclarar que lo que sigue se escribe desde el punto de vista de un anarcosindicalista y que por tanto, puede muy bien no coincidir en algunas de observaciones con lo que se podría afirmar desde un anarquismo estricto, si es que se admite que éste pudiera existir, ya que esa expresión “anarquismo estricto”, también esconde una grave contradicción. Porque si algo es el anarquismo, es una forma de entender el mundo y las relaciones humanas que no pueden abarcarse de forma cerrada y estricta. Cabría decir aquí, muy en relación con este tema, que no existe, afortunadamente, ninguna central de expedición de carnés de anarquismo. Más bien, habría que afirmar que existen tantos anarquismos como anarquistas y que ninguno, por separado, puede considerar que tiene el total de la razón, ni el total seguimiento de la ortodoxia (ya que por otra parte, ¿de qué “ortodoxia” podemos hablar? ¿somos capaces de convertir la parte de la historia que nos interesa en un manual de instrucciones obviando el resto? ¿podemos construir una ortodoxia con una sucesión de hechos históricos, que fueron en muchas ocasiones, circunstanciales y adaptados al momento?).

Creo que es preciso decir esto porque en el momento actual necesitamos (con urgencia) un proyecto libertario claro y amplio, que abunde en la confluencia de iniciativas e ideas, que necesariamente tendrán que tener sus diferencias, pero que apunten al mismo objetivo: la transformación social. En ese sentido, entender el concepto de anarquismo como un estrecho pasillo por el que solo se puede transitar mediante unos determinados “tics” históricos o pseudo-filosóficos, creo que va en el sentido contrario de esa idea.

A veces les ácratas (en sentido amplio) sufrimos crisis de hipercriticismo que nos llevan a ejercer de guardianes de esa supuesta ortodoxia. Como contrapeso, padecemos también crisis de extrema laxitud y podemos comulgar, no con ruedas de molino, sino con molinos enteros, sobre todo en esa parte de nuestras vidas que no está expuesta directamente a la política. Creo que es mejor, siempre que sea posible, instalarse una sana autocrítica, propia y de los demás, que nos permita no lanzarnos a dentelladas unos contra otros cuando nos parece que los demás se “desvían” del camino que creemos correcto. Como decía antes, es muy probable que no haya un solo camino correcto ni que siempre sea el mismo, por lo que, parece más útil e interesante ver al anarquismo y al movimiento libertario como una tendencia que, aun compartiendo unos principios esenciales, ha de presentar múltiples vías de desarrollo, más que como una posición fuerte y cerrada que defender.

Por otro lado, esas crisis a las que me refería antes, nos llevan a ver sólo lo negativo en la postura de los demás y sólo lo bueno, en las propias. Más allá de las contradicciones (que afortunadamente nos persiguen a les libertaries, porque nos hacen recrear el discurso y la práctica diariamente) creo que caemos en un reduccionismo de las posturas ajenas, en las que no vemos nada que salvar, ni encontramos ninguna intención positiva (lo que no quiere decir necesariamente que la creamos acertada) y detectamos sólo falsedades, digresiones y enemigos de la “idea”. Me parece necesario relajar esta tendencia, si se pretende de alguna manera llegar a construir un discurso libertario que, de alguna manera, nos permita luchar juntes guardando cada uno nuestras particularidades. En este sentido, me parece también excelente el artículo “las malas anarquistas”.

Ya en relación al objeto de este escrito, me gustaría aportar alguna reflexión sobre los servicios públicos y la posibilidad (o no) de que los que nos autodenominamos libertarios podamos ejercer su defensa en los momentos actuales.

Cuando se afirma que esa defensa no es posible por parte del anarquismo (identificando el servicio público con el estado) se suele poner en la balanza solo dos posiciones: estado y autogestión; es decir, los servicios públicos son administrados por el estado (y por tanto son indefendibles) o deben ser autogestionados (como único escenario defendible).

En primer lugar, creo que defender los servicios públicos no es defender a su administrador (el estado), sino defender el derecho de sus dueños (el pueblo). Es decir, los servicios públicos, todo lo público, ES NUESTRO. No es del estado, que mantiene usurpada su gestión, sino de la gente que lo ha construido con su esfuerzo y con el dinero que han aportado para ello. Todos los servicios públicos están construidos con el fruto del trabajo; no son, por tanto, del estado. Y desde un punto de vista libertario, cuando se hace defensa de lo público, no se defiende al administrador espurio de esos bienes públicos, sino su pertenencia al pueblo. Y defendemos que son de todes y que por tanto, no se puede excluir a nadie por su condición social o económica o de nacimiento o de ningún otro tipo de los beneficios de esos servicios. ¿Defendemos les libertaries a la administración como maquinaria ciega que ejecuta los designios políticos sin el menor miramiento? No. ¿Defendemos acaso, la corrupción, el nepotismo, la forma de funcionamiento de esos servicios públicos? No. ¿Defendemos la forma y los contenidos que tienen la educación o la sanidad públicas? No. Porque nosotros sabemos que hay otra forma de administrar lo público, que es la que nace de la conciencia social y de la responsabilidad de la sociedad de administrarse ella misma, sin intermediarios. ¿Podemos (y debemos) aclarar esos extremos cuando estamos junto a otros defendiendo “lo público”? Parece evidente. Porque cuando coincidimos con otras muchas organizaciones en esa defensa, no todes estamos diciendo lo mismo, ni probablemente, defendamos lo mismo hasta el mismo punto. Y ahí es donde nosotres, les libertaries, debemos intentar que nuestra voz surja clara (pero no como la única verdadera) y fuerte (pero no como excluyente de las demás). Porque aspirar que todos defiendan lo mismo que nosotres es una quimera; y de igual modo, no decir lo que pensamos porque al lado haya otres que piensan distinto, es un flaco favor a nuestras ideas.

En segundo lugar, para continuar con la dicotomía Estado-autogestión, que a veces parece la única posible a la hora de plantear la cuestión de los servicios públicos, habría que incluir un tercer factor a tener en cuenta. Que se convierten en privados. Esa defensa que hoy muchos plantean de los servicios públicos no es gratuita ni obedece a una voluntad de reinstaurar el llamado Estado del bienestar, sino que es la respuesta (tardía, si se quiere) al fenómeno privatizador que tanto gobiernos de presuntas izquierdas como de derechas comenzaron hace ya unas décadas. Respuesta tardía, porque muches anduvimos en solitario en la batalla contra la privatización de lo publico hace ya mucho tiempo, sin que nadie nos prestara demasiada atención; la sociedad ha tenido que sufrirlo directamente en sus propias carnes para alarmarse sobre ese ingente proceso de trasvase de bienes públicos a manos privadas y que representa un claro deterioro en los servicios que se prestan y un encarecimiento de los mismos, que somos obligados a pagar, si queremos acceder a ellos. No parece tener mucho sentido, por tanto, atrincherarse en la exclusiva defensa de su autogestión como lejana meta definitiva, sino en tomar también la iniciativa en esa lucha por evitar que nos roben lo que es nuestro. Es decir, la privatización de cualquier servicio público empeora considerablemente todo lo relacionado con éste, tanto en el servicio que se presta, como en la universalidad de las prestaciones y en el derecho de acceso de todos a todas las prestaciones posibles. No luchamos por el sistema escolar actual cuando defendemos la educación pública; luchamos para intentar impedir la irrupción del mercantilismo, de los bancos y las multinacionales en las escuelas y universidades y contra los recortes que empeoran aún más la situación; no luchamos por el actual concepto de salud que se promociona desde la sanidad pública ni por su criminal relación con las farmacéuticas, sino para intentar que cualquier persona, tenga los ingresos que tenga, pueda acudir al médico sin pensar si podrá pagarlo o no y para que tenga acceso a una prueba que pueda tener un coste que jamás podría permitirse si tuviera que sufragarlo ella. ¿Es verdad que dentro de esas luchas podemos ser altavoz de otra forma de salud y de educación? Es verdad y es necesario. Pero, ¿eso nos obliga a no luchar contra las privatizaciones? Creo que en absoluto.

A veces caemos, desde el punto de vista libertario, en el error de considerar de forma distinta al estado y al capital, como si fueran enemigos diferenciados, ajenos el uno al otro. Sucede con frecuencia cuando se les tiene en cuenta como “patrón”, es decir, como demandantes de mano de obra. No juzgamos de la misma forma a los trabajadores del sector público que a los del sector privado, cuando en realidad, lo que están haciendo los dos “tipos” de trabajadores es lo mismo: ganarse un sueldo para poder vivir. Pero de alguna forma, trabajar para un explotador privado tiene mejor “prensa” entre les anarquistes que trabajar para el explotador público. Dar por sentado que el trabajador del sector público tiene una mayor identificación con su patrón que cualquier trabajador de la empresa privada, es una suposición bastante absurda. Cuando hablamos de la abolición del capitalismo, estamos formulando la idea de que los trabajadores del sector privado han de renunciar a su condición de asalariados para pasar a autogestionar la economía… y cuando hablamos de la abolición del estado planteamos la idea de que los trabajadores públicos han de hacer lo mismo para pasar a gestionar esos servicios públicos. Y si no tenemos empacho alguno en criticar a la multinacional X por querer hacer un ERE a sus trabajadores y enviarlos a la miseria para ganar aun más dinero del que ganan, no sé porque vamos a tener que permanecer impasibles cuando la mayor empresa de este país (al servicio de las multinacionales y los bancos, por supuesto), que es el Estado, hace lo mismo con las personas que trabajan en los servicios públicos para procurar que las grandes empresas ganen aún más dinero en detrimento de les que menos tienen.

En algún caso ¿supone una defensa de lo público como la esbozada una defensa del estatismo? Me parece que no. Sobre todo, porque les anarcosindicalistas pretendemos (y debiéramos hacer algo más que pretenderlo) que la organización de les trabajadores sea la que se haga cargo de estos servicios, de forma que la sociedad autogestione estos y otros muchos más que son necesarios con los criterios de universalidad, racionalidad y participación social. Porque sin esta premisa, cualquier discurso que pueda venir desde nuestras filas queda en agua de borrajas. Ese es nuestro objetivo, pero hacer como que no existe nada más que requiera nuestra atención entre la situación actual y la que nosotros deseamos, es situarse fuera de la realidad. ¿Se supone que esa revolución de la que se habla se consigue del 0 al 100 de forma inmediata? Esa transformación social a la que aspiramos (con todas sus variantes) no puede construirse con un chasquido de los dedos, ni esperando a que les trabajadores “vean la luz”, sino encendiendo bombillas a nuestro paso. Y cuando se apagan, volviendo a encenderlas.

Sin estar un ápice a favor del Estado ni de su existencia, ni de su aceptación siquiera como el mejor mal menor posible, creo que es posible una defensa de lo público en la situación actual sin miedo a perder nada en ese camino y sí con posibilidades de ganar algo, aunque sólo sea eso: que la lucha construye comunidad.

Finalmente, y lo que creo más importante, es admitir que la acción libertaria, por su mismo significado intrínseco, no puede pasar por los cuellos de botella de cualquier ortodoxia real o supuesta, sino por la potenciación mutua de iniciativas que deben confluir en lo esencial y que deben ser multiformes en sus particularidades. Dejar de pisarnos el cuello unos a otros y ayudarnos en lo que sea posible, mientras que sea posible, hasta que sea posible. Algunos pensarán que les anarquistas son los únicos “buenos” de esta película. Otros pensamos que podemos ser les “más” buenos, pero no los “únicos” buenos. Porque, no sólo es imposible una sociedad formada exclusivamente de anarquistas, (ni tampoco deseable, tal vez), sino que lo prioritario es la presencia de les anarquistas en la sociedad. En cualquier caso, lo que es imprescindible plantearse, tanto por los que ven más claras unas vías como otras, o los que se ven más identificados con una formas de hacer que con otras, son las preguntas que se hacen al final del articulo citado:

«¿Cómo se está construyendo hoy “anarquismo”? Y ¿”qué” es lo que está construyendo el movimiento libertario?

Cuando tengamos una respuesta a esta pregunta, que nos sirva para actuar hoy, podremos acudir (sin que nos dé vergüenza la comparación) a la historia de les que nos precedieron.

Paco Ortiz, militante de CNT-Córdoba

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