Lo público y la autogestión: defensa y avance

Reflexionando sobre lo público y lo estatal somos conscientes de la visión que se ha dado de los servicios públicos desde algunos sectores del movimiento libertario y de la izquierda radical, únicamente como actividades controladas por el Estado y ajenas al interés social de los trabajadores. Por eso queremos compartir nuestra postura al respecto y crear puentes en torno a ella, para sentar las bases de un trabajo o perspectiva común revolucionario.

Lo público

En la actualidad, vivimos el desarrollo de un proyecto capitalista que comenzó en los 80 (en EE UU y Gran Bretaña), se introdujo en España y el resto de la UE tímidamente a principios de los 90 y está destinado a convertir unos sectores vitales de la sociedad española, los servicios públicos que hoy gestiona el Estado y en donde antes apenas podían meter mano, en un nuevo mercado del que seguir sacando beneficios y haciendo rapiña.

El coste de esta tendencia privatizadora de lo público se está reflejando en una degradación continua de las condiciones de vida de los trabajadores, que tiene su reflejo en la mercantilización del bienestar social:

Sectores cedidos a empresas privadas, como los servicios públicos de limpieza, son algo visible y desde hace unos años es palpable el empeoramiento de recogida de basuras y reciclaje en nuestras calles. En el transporte público subidas de precios abusivas, despidos, pérdida de calidad del servicio y merma en la seguridad… Aumento del gasto en la sanidad, con pacientes derivados a la privada teniendo todo lo necesario en la pública, reducción de la inversión, despidos… La educación con financiación en enseñanza media a privados concertados por encima de los públicos, ideología franquista con la LOMCE (jerarquización de los directores, religión…), subida de tasas en las matriculas en universidades y Formación Profesional… El servicio de abastecimiento y saneamiento, el agua, el bien social más básico presto a su encarecimiento. Y es que en general ya no hay disimulo a la hora de recortar presupuestos para los servicios públicos; mientras tanto se conceden conciertos y prebendas a las privadas, un trasvase del sustento de los servicios públicos a lo privado en toda regla.

Hay que recalcar que los servicios públicos no son sólo actividades controladas por el Estado y mucho menos ajenas al interés de los trabajadores. Entendemos lo público como aquello que tiene cualidades para no ser una mercancía o que su gestión no esté basada en criterios de mercado. Se consideran por tanto un bien social que debe tener un carácter universal. Además, estos servicios serían igualmente necesarios en un escenario posrevolucionario (con los cambios evidentes de gestión, en manos nuestras, los trabajadores).

Defendiendo la necesidad pública de estos servicios hay que plantearse:

1.- ¿Qué entendemos por ello? 

Un derecho público es lo opuesto a un privilegio, y si por algo se caracteriza el capitalismo es por la concentración de privilegios en las manos de la clase propietaria. Así pues, cuando el pueblo avanza y consigue garantizar el derecho al acceso de un servicio para todos, estamos frente a una esfera de la vida que rompe con la lógica de mercado del capital.

También hay que apuntar que el reconocimiento de un derecho por parte de una ley no significa la inmediata materialización de este, sino que bien puede quedar como algo simbólico. Por eso lo único que tenemos seguro para que ese derecho se haga efectivo es la fuerza y la capacidad para imponerlo mediante la organización y la lucha. Así pues, es la confianza en las capacidades del pueblo de organizar su propia vida la que hace cumplir ese derecho público. Por ello, supone la lucha frente al Capital por una necesidad básica.

2.- Ante el hecho privatizador de los capitalistas mediante el Estado ¿Qué proponemos los anarquistas como alternativa de lucha? ¿Podemos contentarnos con la mera defensa nostálgica de los “buenos días” del estado de bienestar o queremos más que eso?

La clave para responder a estas cuestiones pasa por pensar el concepto de autogestión y aclarar sus posibilidades como práctica.

La autogestión

Es la gestión cooperativa de una comunidad, en la que participan todos sus integrantes de forma libre e igualitaria y con independencia de factores externos. Promueve la participación en una actividad de los implicados en ella, sin delegar en otras personas y sin relaciones de autoridad entre los participantes.

En este sentido es importante poner como base una tensión estratégica de la autogestión con cualquier forma de capitalismo. También hay que poner el acento en la participación y funcionamiento de los que se dotan los miembros que se organizan en estos proyectos y procesos: la democracia directa. Aunque es evidente que en el proceso de lucha y como táctica podamos ampliar la participación y control obrero o practicar ciertas formas de autogestión en empresas recuperadas, como en la Argentina posterior a la crisis del 2001-2002, esta situación a largo plazo es insostenible por sí misma. Por tanto, para dar el paso de la autogestión a la socialización, que es la eliminación de las relaciones capitalistas de mercado y control estatal, se precisa tener un proyecto político-social de carácter global, lo que implica necesariamente pensar un proceso de revolución social.

Creemos que hay que aclarar ciertos términos que se confunden erróneamente con ciertas prácticas de economía “alternativa” dentro de la sociedad capitalista. Siendo precisos, el término es usado, indistintamente, como sinónimo de producción artesanal, microempresa o cooperativa, y autofinanciación.

Hablar de autogestión es indisociable al ataque de las bases mismas del sistema: en sus relaciones de propiedad y en las relaciones jerárquicas que se desprenden de la organización de la sociedad de clases. Para nosotros la autogestión no puede bastarnos con ser un submodelo coexistente con la producción capitalista y que, directa o indirectamente, participe de sus leyes. Por tanto, la autogestión sólo cobra pleno sentido en función del proceso revolucionario, de reapropiación del conjunto del Capital social sobre nuevas bases socialistas y libertarias. Entendido esto, creemos que no se trata de cómo fundamos nuevos servicios públicos, sino de cómo aspiramos en la lucha a la reorganización de los mismos, es decir, a la capacidad de decidir los trabajadores y usuarios sobre qué y cómo se hacen las cosas, bajo un proyecto de expropiación social.

Nuestro concepto de autogestión, que recoge el sentido original que le daban los sindicalistas revolucionarios y los clásicos del anarquismo, capacita para pensar en una sociedad moderna, compleja y sofisticada; que emana del conflicto de clases ocasionado por la sociedad industrial respecto al control de la producción. Este modelo, que se expresó rudimentariamente en las colectividades urbanas y rurales de la España del 36 o en los consejos obreros o soviets rusos del 17, no es una vuelta atrás, sino una superación revolucionaria de la sociedad capitalista y del estatismo.

Así pues, la socialización implica una cuestión de fines, un asunto estratégico y la autogestión una cuestión táctica, un asunto de medios. Que los mismos trabajadores se hagan cargo de sus asuntos implica la construcción de una experiencia organizativa que configura, aunque sólo de forma inicial, las bases de la nueva sociedad a la cual aspiramos.

Es necesario, por tanto, que los movimientos sociales piensen en la autogestión de la propiedad que hoy posee el empresariado y el Estado; es necesario comprender que mientras exista la propiedad privada, no podemos competir con ella, pues tenemos los recursos, los medios y la infraestructura, es decir, el Capital, en nuestra contra. Eso mismo ocurre hoy con las industrias autogestionadas en Argentina, experiencias valiosas y que nos llenan de entusiasmo revolucionario, pero que no van a pasar a mayores si, en lugar de la apropiación sólo de las empresas quebradas no comenzamos a pensar en la expropiación de las empresas “saludables”, transformando la autogestión en un verdadero ariete de guerra en contra del capitalismo, más allá que en una simple alternativa de supervivencia, y hacia la socialización de los medios de producción.

Defensa y avance

Cuando hablamos de destruir las instituciones existentes normalmente nos referimos a las que ejercen una función parasitaria y represiva (policía, ejército, cárceles, magistraturas…), pero no se nos pasa por alto que otras instituciones, las que supuestamente sirven para asegurar la vida de la humanidad, no pueden ser destruidas eficazmente si no se las sustituye con una cosa mejor.

El intercambio y distribución de productos, las comunicaciones y todos los servicios públicos ejercidos por el Estado o por particulares, han sido organizados de modo que sirven intereses reales de la población. No podemos desorganizarlos (y tampoco nos lo permitiría la población interesada), sino reorganizándolos de modo mejor. Eso no se puede hacer en un día, ni en la actualidad tenemos la capacidad necesaria para hacerlo. Tenemos claro que la vida social no admite interrupciones, y todos queremos vivir el día de la revolución, pero también el día siguiente y los sucesivos.

Es, por tanto, menester para el desarrollo de un proyecto revolucionario, que los medios sean coherentes con los fines, y en nuestro caso que la autogestión, como norte revolucionario, sea a su vez un método aplicado de forma correcta en relación a los servicios públicos.

Las privatizaciones, uno de los pilares de la sinvergonzonería neoliberal, es el supuesto de que el Mercado es el mejor distribuidor de recursos y que no hay mecanismo más eficiente para que los servicios y la producción funcionen mejor que mediante la propiedad privada. Las consecuencias de las privatizaciones (que, paradójicamente, representan una auténtica política de Estado) las sufrimos en carne propia el pueblo, con servicios que se encarecen y ven afectada drásticamente su calidad.

Pero ¿es posible oponerse a las privatizaciones sin oponer una salida revolucionaria y libertaria?

La socialdemocracia y el resto de partidos marxistas (IU, PCE, IA…), estatistas por naturaleza, cree y defiende como proyecto que los servicios y la propiedad sea gestionada por el Estado, a fin de cuentas, esperan que pronto llegue su turno de estar a la cabeza del Estado para con sus burócratas dirigirlo teóricamente en beneficio del pueblo. Por lo demás, tienen una perfecta coherencia entre sus medios y sus fines, entre su táctica y su estrategia; pero nosotros estamos en otra.

En cambio, los libertarios nos vemos en una disyuntiva de profunda trascendencia, pensar qué relación establecer entre propiedad y gestión. Para resolver esta cuestión es necesario tener una visión realista de cómo será en términos prácticos, y no valen las consignas, la cuestión de la propiedad y la administración de los servicios en la sociedad revolucionaria: ¿La propiedad sería colectiva y los trabajadores y usuarios se encargarían de gestionar en función de la necesidad de la colectividad? Seguramente llegado el caso las posibilidades serán más numerosas, pero urge tratarlas para poder trazar el camino a seguir hasta nuestro proyecto finalista.

Y es ahí donde tenemos la clave para comenzar a pensar alternativas que solucionen esta problemática. Por eso pensamos en la autogestión con un sentido muy preciso: que la gestión de los servicios públicos no recaiga en manos ni de los burócratas ni de los tecnócratas estatales o privados, sino en los propios implicados en estos servicios. De esta manera damos el paso de la negación (no a las privatizaciones) a la afirmación (gestión popular de los servicios). Esto plantea en términos reales nuestra lucha en contra de los privados (que compran nuestros servicios) y en contra del Estado (que los vende). Así, nuestra lucha contra las privatizaciones se transforma en una lucha en contra del Estado y del Capital, entregando al propio pueblo la capacidad de decidir sobre los asuntos que nos afectan más directamente.

¿Y qué ocurre con los recursos necesarios para garantizar el óptimo financiamiento de los servicios públicos? Estos deben ser exigidos de las arcas estatales, al ser éste el espacio en el cual se concentra el capital producido socialmente y acumulado (mediante la recaudación de impuestos, por ejemplo), un hecho que no podemos ni debemos obviar. En este sentido, no se trata de “legitimar” al Estado, sino de reapropiarnos socialmente de los recursos que las clases dominantes nos enajenan y que el Estado concentra, para poder utilizarlos según la libre determinación popular.

Así que volviendo a la escena de la calle, hemos presenciado cómo al calor del 15-M y ante la agudización privatizadora de gobiernos y capitalistas, ha repuntado temporalmente una conflictividad social que hacía tiempo no se recordaba, con las Mareas de los distintos sectores públicos y la confluencia tibia con sindicatos combativos. Junto a esto, es importante tener claro que nuestra alternativa implica que seamos capaces de proyectarnos mucho más allá de los servicios públicos, y que podamos trabajar una respuesta revolucionaria del conjunto de toda la sociedad, que vincule los distintos sectores económicos y sociales, y que conecte las luchas del presente con las conquistas del mañana.

Para concluir, diremos que la postura que entendemos coherente con una perspectiva de emancipación social y revolucionaria pasa por la oposición frontal a todos los procesos privatizadores que están llevándose a cabo, por cuanto contribuyen a la degradación de nuestras condiciones de vida. En esta línea creemos que nuestra primera tarea es defender los servicios públicos con un objetivo claro de capacitarnos, trabajadores y usuarios, para posibilitar que podamos tomar su control y su gestión.

Valoramos, como base a desarrollar por los luchadores sociales de hoy en día y para que los trabajadores podamos gestionar algún día los servicios públicos, o para que no nos alejemos más de este objetivo:

1.- Defender unos servicios públicos, universales, gratuitos y de calidad, impidiendo que pasen a ser gestionados por manos privadas, lo que conlleva su mercantilización y elitismo.

2.- Fortalecer la movilización y organización social en torno a los servicios públicos para aumentar la fuerza de sus sindicatos y asociaciones de usuarios, apoyando también un avance organizativo en el resto de sectores económicos y sociales del país.

3.- Capacitarnos trabajadores y usuarios de cara a presionar al Estado para mejorarlos y para profundizar en nuestro control y orientación de la gestión en lo posible, práctica que posibilitará su socialización, es decir, su autogestión por la comunidad y los trabajadores en el futuro.

¡Por unos servicios públicos autogestionados!

¡Porque la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos!

¡Arriba los que luchan!

Grupo Anarquista Albatros (FAI)

La lucha del pueblo kurdo

Por Guillermo

La razón de mi interés por la redacción y publicación de este artículo nace de la necesidad (a mi parecer) de dar voz y difusión al movimiento kurdo y a su lucha, ya que considero que es un tema bastante desconocido en occidente, así como incitar al debate y la preocupación por dicha cuestión. No estoy acostumbrado a los procesos de investigación y redacción, por lo que temo no realizar un buen artículo. No soy periodista, ni historiador, ni sociólogo… solo una persona corriente que se identifica con el modelo social basado en el socialismo libertario, desde una tendencia anarquista, que ha visto en la lucha del pueblo kurdo un ejemplo para todos los pueblos, y ha considerado imprescindible su difusión por todos los medios posibles. Sin más dilación, comenzaré con el desarrollo del artículo:

Los kurdos son un pueblo indoeuropeo que habita en la región montañosa del Kurdistán, al suroeste de Asia, repartida principalmente entre los estados de Siria, Irak, Turquía e Irán, aunque también hay que añadir un pequeño enclave en Armenia. Es la minoría étnica más grande en el Medio Oriente que no se encuentra establecida en alguna forma de Estado-nación. Se considera que se asentaron en el sur de Anatolia en torno al siglo X a.C; pero no he decidido escribir este artículo para hablar sobre su historia o su cultura. Lo que me ha impulsado a redactar esto ha sido su relativamente reciente posicionamiento político e ideológico, muy relacionado con el movimiento libertario, así como su praxis como movimiento. Me dispongo a hablar sobre la organización confederal llamada Koma Civakên Kurdistán (KCK), así como todos los grupos vinculados a ella, y de la ideología política y social común que las une a todas en una misma lucha con un mismo objetivo: El Confederalismo Democrático.

1.CONFEDERALISMO DEMOCRÁTICO

Abdullah Öcalan, ideólogo fundador de dicho modelo de organización social que combina, entre otros conceptos, el pensamiento de Murray Bookchin respecto al municipalismo libertario y el ecologismo social con el de Immanuel Wallerstein. Busca construir una sociedad civil bajo principios del municipalismo libertario, sin embargo, al contrario que Boockchin, no busca la oposición directa con los estados-nación. Así se supone llegar a una paz estable en la región del Medio Oriente. La ideología integra conceptos como la democracia directa en sus organizaciones, el socialismo (dentro de un prisma libertario, como veremos), las libertades individuales, la igualdad de sexos , el ecologismo, etc…

Öcalan, actualmente en prisión, fundó el partido Partiya Karkerên Kurdistan (PKK), el cual, en un principio, seguía una tendencia marxista-leninista tradicional, para más tarde abandonar esta línea ideológica y apoyarse en un socialismo libertario muy inspirado en las ideas de Bookchin (quien también sufrió esta transformación). Busca un socialismo democrático cuyo tipo de administración puede ser llamada “administración política no estatal” o “democracia sin Estado”.

1.1.Política

El confederalismo Democrático ha desarrollado una crítica al Estado-Nación que le ha llevado a interpretar el derecho de los pueblos a su autodeterminación como “la base para el establecimiento de una democracia de base, sin necesidad de buscar nuevas fronteras políticas”. En esto se distingue de Bookchin, quien cree necesaria la ruptura con el Estado-Nación, pero Öcalan, aplicando las ideas de Boockchin a la situación kurda, considera como prioridad la paz, como objetivo inmediato. De tal manera como propugna el EZLN en el Estado mexicano de Chiapas, la sociedad tomará y organizara más y más tareas sociales, culturales y políticas por propia cuenta, limitando de este modo las intervenciones de los Estados a lo estrictamente necesario.

El Confederalismo Democrático plantea un rechazo del centralismo, y propone un federalismo de asociaciones voluntarias basadas en la democracia directa. Por lo que políticamente se podría decir que se basa en organizaciones de base democráticas y federadas entre sí, defendidas por milicias populares (YPG, HPG, HRK, etc…). Öcalan presenta su forma de organización social así:

“Este tipo de autoridad o administración puede ser llamada administración política no estatal o democracia sin Estado. Los procesos de toma de decisión democráticos no deben ser confundidos con los procesos conocidos de la administración pública. Los Estados solo administran mientras que las democracias gobiernan. Los Estados están fundados en el poder, las democracias están basadas en el consenso colectivo. El mandato en el Estado está determinado por decreto, aunque puede en parte ser legitimado a través de elecciones. Las democracias usan elecciones directas. El Estado usa la coerción como medio legítimo. Las democracias se apoyan sobre la participación voluntaria.

El Confederalismo Democrático está abierto a otros grupos y facciones políticas. Es flexible, multi-cultural, anti-monopólico, y orientado hacia el consenso. La ecología y el feminismo son pilares centrales.
En el marco de este tipo de auto-administración, una economía alternativa se vuelve algo necesario, lo que incrementa los recursos de la sociedad en lugar de explotarlos y así hace justicia a las múltiples necesidades de la sociedad.”Confederalismo Democrático (pág. 21)

1.2.Economía

Esta organización política va acompañada de una organización económica basada en el socialismo, pero no un socialismo de características marxistas-leninistas (posesión de los recursos por parte del Estado), sino un socialismo libertario con un marcado carácter local y autogestionario (posesión de los recursos por parte de la sociedad). Es decir, crear un sistema económico enfocado a satisfacer las necesidades de la población, no a satisfacer los intereses individuales de los productores, ni a la acumulación de riquezas. Así lo ve Öcalan:

“Una de las principales razones del deterioro de la sociedad se encuentra en los efectos nocivos de los mercados financieros. La producción de necesidades artificiales, la búsqueda interminable de nuevos mercados de consumo y la codicia sin límites de beneficios cada vez mayores son los responsables de la diferencia cada vez más abismal entre pobres y ricos, hinchando a diario el batallón de los que viven bajo el umbral de la pobreza o incluso de los que pasan hambre. Una política económica de este tipo no se puede tolerar ya más. Este es entonces el mayor desafío del proyecto socialista: implementar una política económica alternativa que no aspire únicamente al beneficio por el beneficio, sino a una distribución justa de los recursos y a la plena satisfacción de las necesidades básicas del conjunto de la sociedad” Guerra y Paz en el Kurdistán,( pág 36)

 

1.3.Ecologismo

Además, el socialismo es el único sistema económico que puede dar lugar a una sociedad ecológica, que es una de los puntos fundamentales del Confederalismo Democrático. Este punto y su relación con el socialismo se ve resumido en el siguiente fragmento:

“Un modelo de sociedad ecológico es por esencia un modelo socialista. Un equilibrio ecológico solamente será posible con el paso de una sociedad alienada basada en el despotismo, a una sociedad socialista. Sería iluso creer que la preservación del medio ambiente es compatible con el sistema capitalista. Al contrario, el sistema capitalista contribuye ávidamente a la devastación del medio ambiente. Debe tenerse seriamente en cuanta la protección ecológica en el proceso de cambio social.” Guerra y Paz en el Kurdistán, (pág. 35)

1.4.Feminismo

Otro de los pilares básicos del Confederalismo democrático es el feminismo. La lucha contra el patriarcado se hace importantísima, sobre todo en el caso del movimiento kurdo, ya que el islamismo se impone en los cuatro Estados principales en los que se divide al Kurdistán. Numerosas veces se han producido enfrentamientos entre milicias de Al-Qaeda y grupos armados kurdos. El KCK está dotado de numerosas organizaciones, ya sean militares o no, constituidas por mujeres.

1.5.Lucha por las libertades individuales

También las libertades individuales están presentes en la ideología, como son por ejemplo la libertad de expresión y decisión, que también son imprescindibles en una sociedad tan rodeada de ideas islamistas.

 

2.ORGANIZACIONES

2.1. KCK

El KCK es la confederación de todas las organizaciones kurdas que siguiendo el ideario de Öcalan buscan el establecimiento del Confederalismo Democrático y conseguir la libertad y autonomía del pueblo kurdo. Así, dentro del KCK podemos encontrar entre otros grupos, a los distintos partidos, organizaciones juveniles, organizaciones femeninas y organizaciones armadas, que suscriben este ideario. Kongra- Gel es el nombre que recibe el parlamento del KCK, en el cual se reúnen en asamblea delegados de todas las partes del Kurdistán y Europa para decidir la orientación de la organización.

 

 

 

 

2.2. Organizaciones vinculadas al KCK

Partidos:

-PKK- Partiya Karkerên Kurdistan – Turquía

-PJAK- Partiya Jiyana Aza a Kurdistanê – Irán

-PYD- Partiya Yekiti a Demokratik – Siria

-PÇDK- Partiya Çaresera Demokratik Kurdistan – Irak

Femeninas:

-KJB – Koma Jinen Bilind

-PAJK – Partiya Azadiya Jinên Kurdîstanê

-YJA – Yekîneyên Jinên Azad

-YJA- Star – Yekîneyên Jinên Azad ên Star

-YJRK – Yekîtiya Jinên Rojhilatê Kurdistanê

-Union Star- Agrupación femenina del Kurdistán Oeste (Siria)

Juveniles:

-YÖGEH – Movimiento de la Juventud Libre y Patriota- Turquía

-KOMALEN CIWAN – Juventud Democrática Confederalista – Siria

-KOMALEN CIWAN – Juventud Democrática Confederalista – Irak

-KOMALEN CIWAN – Juventud Democrática Confederalista – Irán

-KOMALEN CIWAN – Juventud Democrática Confederalista – Europa

Guerrillas:

-HPG – Hêzên Parastina Gel

-HRK – Hezên Rojhilatê Kurdistan

-YPG – Yekîneyên Parastina Gel

 

 

NOTA

  • La principal página en la que me he basado y de la que he cogido la mayor parte de la información (así como los fragmentos de los textos de Öcalan y la lista de organizaciones), ha sido: http://solidaridadkurdistan.wordpress.com/, página muy recomendable para saber más sobre el tema y estar al día en cuanto a información sobre el mismo.

 

BIBLIOGRAFÍA

http://solidaridadkurdistan.wordpress.com/

http://juventudrebelde.org/index.php?mact=News,cntnt01,detail,0&cntnt01articleid=609&cntnt01origid=64&cntnt01detailtemplate=textos&cntnt01returnid=64

http://www.malaka.es/noticias_ampliar.php?id=35787

http://www.pkkonline.com/en/

http://barcelona.indymedia.org/newswire/display/465112/index.php

Sobre Chomsky y violencia revolucionaria

El otro día publicaba la traducción de una entrevista que realizaron a Chomsky en Boston. Como pudisteis leer en ella, el famoso profesor y activista defendía que comenzar hay un conflicto armado carece de sentido. Con mucho acierto decía que «si lo que quieres es que te maten en cinco minutos, entonces es una idea estupenda.» Razón no le falta: el Estado controla el monopolio de las armas y, más importante, el monopolio de la gente que las sabe manejar.

No obstante, tras las palabras de Chomsky hay una idea muy diferente sobre la violencia revolucionaria. A lo largo de la entrevista se puede entrever esta idea que no expresa abiertamente, ya sea por despiste, porque no le dio la gana, o porque pensó que se sobreentendía. Cuando dice que la violencia contra un gobierno es legítima en casos muy concretos, Chomsky nos cuenta algo que no nos sorprende: que la violencia contra un gobierno es legítima cuando el gobierno oprime y reprime a la gente. De esta manera, él justifica los atentados contra Hitler por ser el régimen del dictador alemán un claro ejemplo de opresión y represión. Sin embargo, no parece que la democracia burguesa que impera hoy en día en Occidente se le antoje tan opresora ni tan represiva. Pero, ¿acaso no lo es?

Usando la lógica que el mismo Chomsky emplea en la entrevista, vamos a diferencia aquí también entre «seminario de filosofía»—donde los debates sobre cosas no-inmediatas es posible—y «mundo real.» En el seminario de filosofía podemos debatir las formas con las que el Estado burgués controla, unilateralmente, las vidas de las personas que viven dentro de sus fronteras. El Estado hace las leyes, y las leyes dicen qué se puede hacer, qué no se puede hacer, y cómo se debe de haber lo que se puede hacer. A la ecuación sumamos un sistema político que bebe y nutre al mismo al Estado. Y para más inri, también sumamos un sistema económico que sustenta, y de alguna forma dio origen, al Estado burgués.

Así pues, tenemos que millones de personas están paradas en el Estado español. Más de un cuarto de la población, dicen. Las cifras aumentas si solamente tenemos en cuenta a les jóvenes. Las familias que se quedan sin hogar van en aumento. Les niñes que están malnutridos también aumentan. Pero no todo es cosa de la crisis, también hay atrocidades sistémicas. Que les hijes de las familias más adineradas consigan, generación tras generación, un buen puesto en el mercado laboral no es fortuito. Que muches de les hijes de les obreres no lleguen a la universidad tampoco es fortuito. Que la brecha entre riques y pobres aumente decenio tras decenio tampoco es cosa del azar. Total, que tal y como está diseñada la sociedad occidental parece que unes viven bien, y otres muches—muches más—viven mal.

Así que, en teoría y dentro de nuestro seminario de filosofía, tenemos que el sistema funciona de tal manera que la mayor parte de la población está oprimida; condenada a vivir con seiscientos euros al mes; obligada a mantener familias sin un sueldo para comprar comida y refugio. Y es más, cuando esta gente sale a la calle gritando las miserias de les suyes, pidiendo así justicia y dignidad, el Estado saca a desfilar a sus perros guardianes que tan bien saben golpear, disparar, y encarcelar.

¡Anda! Pero si lo pensamos dos veces esto no es meramente un seminario de filosofía. Esto sucede en el Estado español. Esto sucede en el Estado griego, chileno, colombiano, mejicano, estadounidense… Esto sucede allí donde hay Estado. Tenemos los datos del «mundo real.» Tenemos las cifras que las estadística nos da. Tenemos las imágenes de las manifestaciones. Tenemos los testimonios de les reprimides. Tenemos datos empíricos para regalar. Así que lo que funcionaba en la teoría del seminario de filosofía, también ha de funcionar en el mundo real, pues resulta que hay una coincidencia entre hechos y principios.

Así que no nos equivoquemos, por mucho que una persona tan inteligente como Chomsky nos pueda confundir. El Estado alemán bajo el régimen de Hitler era opresor; el Estado burgués de hoy en día también lo es. Y no es cuestión de magnificar. Es cuestión de identificar un binomio bien sencillo: opresor, no-opresor. La moral no debiera aplicarse en términos de magnitud: una violación es igual de grave sean una o dos las personas que cometen la violación. Si decimos que tenemos el derecho de sublevarnos ante una injusticia, entonces no podemos usar distintas varas de medir para aplicar el principio.

Lo que me temo que pasa es que el crecimiento de la clase media en las democracias burguesas ha hecho que pensemos que la opresión y la dominación de clase se haya esfumado por arte de magia. Como el binomio burguesía-proletariado ya no está tan claro—si es que alguna vez lo fue—tendemos a pensar que las cosas son «aceptables.» Pero ni todo lo que reluce es oro, ni toda mejora social conlleva un cambio justo en el sistema en su conjunto.

Con esto no quiero decir que tomemos mañana las armas, ésta es otra cuestión que ha de tratarse de manera diferente. Con este texto apelo a la coherencia de los sistemas morales. Si elementos inadmisibles se pueden encontrar en las sociedades de Louis-Philippe, Hitler, Franco, o quien sea, y decimos que ante esos elementos la gente tiene el derecho de sublevarse, entonces tenemos que mantener la coherencia y aplicar la misma lógica a otras sociedades en las que las formas pueden haber cambiado, pero no los principios de dominación y explotación que subyacen.

Claro, que siempre queda pensar que más de une se contenta con tener un ordenador y un coche para ir al trabajo, y que por ello no piensan cambiar las cosas. Pero ésta también es otra historia.

La justicia extraviada

A raíz del problema que recientemente sacude todas las agendas políticas internacionales, esto es, el posible ataque que Estados Unidos perpetrará contra Siria, la impotencia me llevó a pensar que, para el pueblo, eterno desgraciado, tal situación no era, para nada, justa.

El pueblo estadounidense (el pueblo, no el Estado, se entiende) no ataca ni quiere atacar al pueblo Sirio. De igual manera, y obviamente, el pueblo sirio no quiere ser atacado, ni por Estados Unidos ni por cualquier otro posible agresor. Y si uno no quiere atacar, y el otro no quiere ser atacado, ¿por qué, prácticamente con total seguridad, en los próximos días morirán tantas personas en vano? No es justo.

La respuesta no es muy difícil. Es el Estado el que, lejos de querer la paz entre los pueblos, excita la cólera de otros para justificar su existencia, y poder decir: «estamos en peligro, pero yo os protegeré y atacaré al enemigo»; actúa así y no puede actuar de otro modo porque su razón de ser estriba en la guerra permanente. Aunque ciertamente, el Estado recibe presiones. Los petrodólares todo lo pueden, pero no hablaré hoy de esto.

Una cosa me llevó a otra. Si lo que ocurre y ocurrirá no es ni será justo, ¿dónde está la justicia y por qué la gran mayoría ni dicen nada ni tienen intención de hacerlo? Y todavía más, ¿por qué algunos creen justo lo que ocurrirá en Siria?

Naturalmente, se tendrá que definir el término justo. No es mi intención hacer de este breve escrito un quebradero de cabeza con metafísicas y quintaesencias varias. Creo que la justicia se podría definir con la siguiente fórmula, que tomo prestada de Ricardo Mella: «la libertad como base, la igualdad como medio, la fraternidad como fin.»

Aparentemente sencillo. Pero todos sabemos de sobra, y la historia universal es suficiente prueba de ello, que la civilización humana dista con creces de cumplir ninguno de estos requisitos; ni en el pasado ni en el presente existieron ni existen. ¿Por qué? No me andaré con rodeos para no postergar demasiado el asunto. He aquí el por qué de este artículo; las personas situamos fuera de nosotros la idea y el hecho de justicia cuando realmente está situado en nosotros mismos. Me explico.

En los albores de la humanidad, la ignorancia y la credulidad de aquellos humanos hicieron aparecer la idea de Dios. Habiendo salido de ellos mismos, se postraron ante la idea divina declarándose sus siervos. Esta idea ha extraviado durante mucho tiempo todo tipo de sentimientos humanos, no haciendo aflorar otros sino aquellos que eran más propios de nuestra animalidad remanente que de nuestra humanidad. Las religiones, todas, nos acostumbraron a creer que la idea de justicia solo podría venir de lo alto. Con razón Bakunin afirmó: «Dios aparece, el hombre se anula, y cuanto más grande se hace la divinidad, más miserable de vuelve la humanidad, porque contra la justicia divina no hay justicia terrestre que se mantenga« Y para sentirnos identificados con el sentimiento de justicia divino, se nos educó para el bien con el temor a aquella autoridad.

Pero resulta que este miedo fue descendiendo con el tiempo. Bien pronto se produjo una revolución, y el principio de justicia pasó de la divinidad a la sociedad, y se encarnó en el Estado. Pero entonces, al igual que antes, se nos impuso el bien por el miedo a la autoridad, por el temor a los nuevos poderes humanos, no mucho mejores que los poderes divinos. Obedientes una vez a la voz de la altura, se acomodaron fácilmente a los mandatos de los hombres (y digo hombres, porque entonces lo eran todos).

Dios se llamó Estado. Los estatistas justifican su existencia mediante una filosofía de monismo político, según la cual el Estado es Dios en la tierra, la unificación bajo la planta del divino Estado es la salvación, y todos los medios tendientes a tal unificación, por más perversos que intrínsecamente sean, son justos y pueden emplearse sin escrúpulos. Con razón Franco, dictador durante cerca de cuarenta años, dijera que era caudillo de España por la gracia de Dios. Porque parafraseando a Bakunin: «basta un amo en el cielo para que haya mil en la tierra»

Cuando la ignorancia está en el seno de la sociedad y la obediencia en los espíritus, las leyes llegan a ser numerosas. La personas lo esperan todo de la legislación y cada nueva ley ha sido un nuevo engaño; piden sin cesar a la ley, al Derecho, al Estado, lo que sólo puede venir de ellos mismos, de su educación y del estado de sus costumbres.

Mientras creyeron que la justicia venía de lo alto, tuvieron respeto por la divinidad. Y como resultado hubieron matanzas sangrientas y crimen. Tal idea de justicia no podía tener otros resultados. Más tarde se relegó el papel de la justicia al Estado, y entonces se repitieron y se repiten todavía hoy los mismos sucesos; guerras, crimen y barbarie. Continuamos poniendo la justicia fuera de nosotros cuando realmente está en nosotros mismos; la justicia se ha extraviado. Quizás esto que digo pueda parecer cosa inocua, pero a mi parecer es, sino la base, una de las bases y una de las razones por las que el Estado y la idea de Dios siguen vigentes aun hoy.

Sigamos. ¿Y cómo puede estar la justicia en nosotros mismos? No me hagáis definir qué es la justicia, aunque arriba lo he intentado. Simplemente fijaros en su obra. La moral no basta; es la justicia inmanente, el único imperativo, el solo motor que puede regular la vida social e inspirar la conducta individual. La idea de la dignidad personal, fruto del sentimiento de justicia inmanente, hace que estimarse a sí mismo sea idéntico a estimar a los demás. En vez del animal religioso, o del ciudadano sumiso, afirmo la persona justa. Y me remito al primer filósofo revolucionario, Proudhon, porque nadie lo podría haber dicho mejor que él.

«La justicia es para todo ser racional principio y forma de pensamiento, regla de conducta, objeto de saber y fin de la existencia. Es sentimiento y noción, manifestación y ley, idea y hecho; vida, espíritu y razón universales. Así como en la Naturaleza todo concurre, todo conspira a un fin, todo marcha de acuerdo; así como, en una palabra, todo en el mundo tiende a la armonía y al equilibrio, así también, en la sociedad, todo se subordina a la Justicia, todo la sirve, todo se hace según sus mandatos, según su medida y su consideración; sobre ella se constituye, y a este fin de los conocimientos; en tanto que ella ni está sujeta a nada, ni reconoce quién la mande, ni sirve de instrumento a poder alguno, ni aún a la misma libertad. Es de todas nuestras ideas la más inteligible, la más constante y la más fecunda, es de todos nuestros sentimientos el único que honran los hombres sin reservas y el más indestructible. Percíbela el ignorante con la misma plenitud que el sabio, y por defenderla se hace un momento tan sutil como los doctores, tan valiente como los héroes. Por eso la edificación de la Justicia es la gran empresa del género humano, la más magistral de todas las ciencias, obra de la espontaneidad colectiva mejor que del genio de los legisladores, obra que jamás tendrá fin.»

Es de todos nuestros actos, en todas nuestras determinaciones, el espíritu de justicia se manifiesta vigoroso. Aun en los mayores extravíos que cualquiera pudiese imaginar (que no son pocos), algo de equidad siempre pugna por abrirse paso. Sólo la divinidad religiosa y la autoridad del Estado han podido debilitar la justicia en nosotros y nosotras. La montaña de una falsa educación pesa sobre la humanidad civilizada. La dignidad personal ha muerto en manos de la religión primero, del Estado después.

Necesita la humanidad un ideal y el ideal lo lleva en sí misma. La justicia los emancipará definitivamente. Ella vive en el individuo y en la especie aun por encima de otros vicios. Admitimos, pues, esta idea, este sentimiento de justicia que no nos deja reconocer la preocupación tanto religiosa como política y veréis claramente que de conferirlo unas veces a la divinidad y otras al Estado proceden todas las perturbaciones tanto individuales como sociales. Me parece imposible que vayan a pretender una revolución religiosa, o una renovación política. La derrota de estos ideales es definitiva.

Así, la dignidad personal descansa en el fundamento de nuestras aspiraciones. Cuando la personas se estime a sí misma cuanto vale, estimará de igual modo a los demás y rechazará todo acto de injusticia. La moral habrá dado un gran avance subordinándose al principio inalienable de justicia. Ahora bien, ¿en qué condiciones hemos de llegar a esta exaltación de la dignidad personal, tan rebaja por siglos de abyección religiosa y gubernamental? ¿En qué condiciones este ideal de la justicia puede llegar a realizarse?

Para no extenderme más, contestaré de forma sencilla a estas dos preguntas: las condiciones necesarias de esta gloriosa transformación son: la libertad, el pan y la ciencia. La libertad, porque ella restituirá al ser humano a su soberanía, a la integridad de sus actos, a la autonomía de su conciencia y a la razón, arrancándole de la esclavitud de la Iglesia y del Estado. El pan, porque sin la plena satisfacción de las necesidades de la alimentación, vestido, etc., no puede haber personas dignas y libres, sino seres disminuidos, sumisos al que paga y al que manda, agotados por la miseria. La ciencia, porque ella edificará en la conciencia y en la razón de las personas todo lo que no han podido edificar ni la religión ni el Estado: mutualidad, respeto, bondad, equidad y justicia.

Dejemos de creer en líderes y guías, bien sean divinos, bien sean terrestres. Dejemos de creer en la autoridad y empecemos a creer los unos en los otros. Por todas las víctimas, por toda la sangre que injustamente ha brotado, por todas las vidas arrancadas antes de tiempo.

No a la guerra.

Radix

Patriotismo y estatismo

Veo necesario, hoy por hoy y ahora por ahora, el de mencionar tal aspecto de cualquier sociedad, esto es, la sacrosanta idea de patriotismo y de su utilidad dentro de cualquier Estado. Siempre que me refiero sobre este aspecto en cualquier círculo u ámbito social, se le recibe bien con un silencio intencional, o con la respuesta ingenua y mal fundamentada de que solo el mal patriotismo -como el chauvinismo- es condenable, pero que el buen patriotismo es admirable y, todavía más, es un sentimiento moralmente elevado.

Se afirma generalmente que el buen patriotismo es el deseo de que nuestro Estado y pueblo posea todos los beneficios positivos posibles, sin que tales beneficios perjudiquen ni restrinjan el bienestar de naciones adyacentes. Y si se le preguntase a cualquier defensor del llamado buen patriotismo, si él solo quiere el buen comportamiento para sus compatriotas, seguramente te contestase que no, que quiere que tales comportamientos se extendiesen también a otros Estados. Curiosamente, esto no es patriotismo, sino justamente su reverso y opuesto. También afirman que la función de tal o cual patriotismo es la de preservar las peculiaridades de cada pueblo, pero, al contrario, sirve para fomentar la desunión entre pueblos. Los gobernantes se preocupan por que entre sus súbditos no se fortalezca ninguna relación de amistad, de manera que, mientras uno desconfía de otro, nada puedan preparar contra su dominio; por eso mismo siembran y fomentan las discordias entre sus súbditos.

Resulta que el patriotismo real que conocemos todos y que tiene tanta influencia sobre tantos, no es la adquisición de nuevas metas morales para nuestro pueblo únicamente, sino un sentimiento muy definido, que es el de ser preferente ante otro Estado y colectivo, y por consiguiente encierra en sí el deseo de conseguir para dicho Estado y pueblo las mayores ventajas posibles, y esto se consigue únicamente a costa de las ventajas y poder de pueblos ajenos. Parece bastante evidente que cualquier patriotismo es, entonces, perjudicial, inmoral y contraproducente, porque los patriotas viven en una ilusión perniciosa; la de creer que su pueblo es mejor que cualquier otro pueblo. A pesar de todo, muy pocos se percatan de los dañoso que pudiera llegar a ser el patriotismo en nuestros días.

Todo el progreso humano, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, puede considerarse como un movimiento de la conciencia, tanto en los individuos como en las colectividades, desde las ideas inferiores hacia las más elevadas. Todo el camino recorrido por los individuos como por las colectividades, puede compararse a una serie de escalones, desde los más bajos, al nivel de la vida animal, hasta los más altos que ha alcanzado la conciencia humana en un momento dado de la historia. Cada hombre, como cada grupo homogéneo, nación o Estado, siempre ha subido y sube esta escalera de las ideas. Unos, en la humanidad, siguen avanzando, otros, quedan muy atrás, y otros -la mayoría- evolucionan siempre en una situación media entre los más avanzados y los más atrasados. Pero todos, en cualquier escalón que se hallen, siguen avanzando inevitablemente desde las ideas inferiores hacia las superiores. Y siempre, en cualquier momento, tanto los individuos como los grupos -los más avanzados, los intermedios y los atrasados- quedan en tres diferentes relaciones con los tres grados de ideas, en las cuales evolucionan. De un lado, para los individuos y para los grupos distintos, están las ideas del pasado, convertidas para ellos en absurdos e imposibles, como, por ejemplo, las ideas del canibalismo, del saqueo universal, el rapto de las mujeres y otras costumbres de las cuales no queda más que el recuerdo; y del otro lado, las ideas del presente, implantadas en la mente de los hombres por la educación, por el ejemplo y por la actividad de todo su ambiente; ideas bajo cuya influencia viven en un tiempo dado; las ideas de la propiedad, de la organización del Estado, del comercio, etc. Existen además las ideas del futuro, de las cuales algunas se aproximan a su realización y obligan a los individuos a cambiar su método de vivir, y a luchar contra los métodos viejos; tales ideas son en nuestro mundo, aquellas de la emancipación de los trabajadores, de la igualdad de las mujeres, etc.

Pero hay otros que no han empezado a luchar todavía contra las formas más antiguas de la vida, aunque están reconocidas, y éstas son, en nuestro tiempo las ideas (que llamamos ideales), de la abolición de la violencia, del sistema comunal de la propiedad o de una fraternidad general de los hombres. Por consiguiente, toda persona y todo grupo homogéneo de personas, en cualquiera nivel que se hallen, teniendo detrás de ellos las ideas caducas del pasado, y delante las ideas del futuro, están siempre en un estado de lucha entre las ideas moribundas del presente y las ideas del futuro que brotan a la vida. Generalmente sucede que, cuando una idea que ha sido útil y aún necesaria en el pasado, llega a ser superflua, cede el lugar, después de una lucha más o menos prolongada, a otra idea que hasta entonces había sido un ideal, y que de esta manera llega a ser una idea del presente.

Pero sucede a veces que una idea anticuada, ya reemplazada en la conciencia del pueblo por otra superior, es de tal naturaleza que su sostenimiento es provechoso para cierta gente que tenga la mayor influencia en la sociedad. Entonces ocurre que esta idea anticuada, aunque se halla en contradicción completa con toda la forma de vida superior a su alrededor, que en todos sentidos ha seguido modificándose, continúe todavía ejerciendo influencia sobre las personas y modificando sus actos. Esta retención de ideas antiguas siempre ha sucedido y sucede todavía, en la esfera de la religión. La causa es que los sacerdotes, cuya posición lucrativa depende de la antigua idea religiosa, haciendo uso del poder que tienen, mantienen el pueblo el culto de ellas. Igual cosa acontece, y por iguales razones, en la esfera política respecto a la idea patriótica, sobre la cual descansa toda dominación. Personas, para quienes es provechoso hacerlo, mantienen la idea por medios artificiales, aunque carezca actualmente de todo sentido y utilidad; y como estas personas disponen de los medios más poderosos para ejercer influencia sobre las otras, consiguen su objeto. En eso, a mi parecer, se encuentra la explicación del contraste extraño ante la idea anticuada del patriotismo y la tendencia de las ideas contrarias que ya han entrado en la conciencia colectiva.

Queda ya muy atrás los momentos en los que la idea de guerra y matanza era aceptada e incluso alabada. Un movimiento de conciencia, a lo largo de más de dos mil años, han hecho que estas ideas sean repudiadas por buena parte de la población mundial. Y sobretodo, destacar el papel que actualmente tiene la tecnología sobre el derrumbamiento y la oposición a tales ideas. Gracias al mejoramiento de los medios de comunicación y a la unidad de la industria, del comercio, de las artes y de la ciencia, las personas están tan ligadas entre sí, que el peligro de la conquista, de la masacre o el ultraje de un pueblo vecino ha desaparecido completamente, y todos los pueblos (los pueblos, pero no los gobiernos, se entiende), viven juntos en relaciones pacíficas, mutuamente ventajosas, amistosas, comerciales, industriales, artísticas y científicas, que no tienen necesidad de perturbar ni quieren perturbar. Por lo tanto, parece lo más natural que el sentimiento anticuado del patriotismo, -siendo superfluo e incompatible con el conocimiento al que hemos llegado de la existencia de la fraternidad entre personas de nacionalidades diferentes,- debe disminuir de más en más hasta desaparecer completamente. Y en cambio, y esto es lo que más me molesta y me preocupa, tal anticuado sentimiento patriótico no desaparece sino que, al contrario, aumenta cada vez más.

Los gobiernos, para tener una razón de su existencia, necesitan defender su pueblo contra los atropellos de otro; pero no son los pueblos los que quieren atacar ni atacan nunca a otro, y por lo tanto los gobiernos, lejos de querer la paz excitan la cólera de otros pueblos contra ellos mismos; y habiendo así excitado la cólera de los otros y agitado el patriotismo de su pueblo, cada gobierno asegura a su pueblo que se halla en peligro y que es necesario defenderle. De modo que los gobiernos, teniendo el poder en sus manos, pueden al mismo tiempo irritar a las otras naciones y excitar el patriotismo en su casa y hacen las dos cosas con empeño; ni pueden obrar de otra manera porque su existencia depende de obrar así. Si en tiempos anteriores fueron necesarios los gobiernos para defender sus pueblos contra los atropellos de otros pueblos, ahora, por el contrario, son los gobiernos los que perturban, artificialmente, la paz que existe entre los pueblos y provocan la enemistad entre ellos; tal es la moral de los Estados.

Pudo haber habido un tiempo en que fueron necesarios, cuando los malos resultados de ellos fueron menores que las consecuencias de quedar sin defensa contra vecinos organizados; pero ahora tales gobiernos no son necesarios y constituyen un mal mucho mayor que todos los peligros que utilizan para asustar a sus súbditos. No sólo gobiernos militares, sino gobiernos en general podrían ser, no diré útiles, sino inocuos, solo en el caso de que se formaran de personas buenas e inmaculadas. Pero el hecho es que los gobiernos, debido a la naturaleza de su actividad que consiste en ejercer actos de violencia, se componen siempre de los elementos más contrarios a la bondad. Se componen de los hombres más audaces, más sin escrúpulos y más pervertidos. Y en manos de tales gobiernos se entrega pleno poder, no solamente sobre propiedades vivas, sino también sobre el desarrollo moral y educacional.

Los hombres construyen tan terrible máquina de poder, y dejan posesionarse de ella a cualquiera que pueda (y las probabilidades son siempre de que se apoderará aquél que es moralmente el más indigno), se someten a él servilmente y se asombran después cuando resulta tanto mal. Temen a las bombas anarquistas y no tienen miedo de esta terrible organización que les amenaza continuamente con las calamidades e injurias más grandes. Para salvar a las personas de los males terribles que resultan de los armamentos y las guerras, que continuamente aumentan, no son congresos ni conferencias, ni tratados, ni tribunales de arbitraje, sino la destrucción de aquellos instrumentos de violencia que se llaman gobiernos y de los cuales resultan los mas grandes males que sufre la humanidad.

Para destruir la violencia gubernamental, solo se necesita una cosa, y es que lleguemos a comprender que el sentimiento de patriotismo sólo sostiene dicho instrumento de violencia; y es pues, un primitivo, indigno y pernicioso sentimiento y que, sobre todo es inmoral. Es un sentimiento primitivo, grosero, porque es únicamente natural en las gentes colocadas en el nivel más inferior de la moralidad, y que no esperan más de las otras naciones sino aquellos ultrajes que ellos mismos están dispuestos a cometer contra ellas; es un sentimiento pernicioso porque perturba las relaciones ventajosas, alegres y pacíficas con los otros pueblos, y sobre todo porque produce aquella organización gubernamental bajo cuya dirección el poder puede caer y cae, en manos de los peores hombres; es un sentimiento indigno, porque convierte al hombre en esclavo, que gasta sus fuerzas y su vida en fines que no son los suyos propios, sino los de su gobierno; y es un sentimiento inmoral, porque en vez de declararse alguien libre dirigido por su propia razón, estando cada uno bajo la influencia del patriotismo, se declara hijo de su patria y esclavo de su gobierno, y comete actos contrarios a su razón y a su conciencia.

Sólo es necesario que el pueblo llegue a comprender eso, y la traba terrible que llamamos gobierno y que nos tiene atados caerá deshecha por sí sola, sin lucha; y con ella desaparecerán los males tan inmensos que produce.

Radix

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