#5AnarquistasBCN

Ayer, miércoles 15 de mayo, las fuerzas represivas del Estado, en este caso encarnadas en la policía autonómica catalana, los Mossos d’Esquadra, llevaron a cabo una operación orquestada por las instancias judiciales españolas (Audiencia Nacional) para acabar con las «organizaciones terroristas anarquistas» que, según dicen, y basando esta aserción en un escrupuloso estudio sin fundamento alguno, operaban alrededor del Ateneu Llibertari de Sabadell.

De este modo, en torno a las 9:00 de la mañana, la policía irrumpía en el Ateneo y se llevaba, como a posteriori se supo por la CNT de Sabadell, que también regenta dicho edificio, un par de discos duros de ordenadores y material de diversa índole. Al parecer, un colectivo llamado «Bandera Negra», que nada tiene que ver con el que actúa en Madrid como al principio aseveraban los medios de comunicación del Estado en su ignominia, tendría cierta relación, no se sabe cuál, con el Ateneo. Así también, se llevaron a cabo diversos registros en otros puntos de la geografía catalana, concretamente en Avinyó y Catallops. La relación entre sujetos de puntos tan diferentes podría estribar en una página de Facebook en la cual se realizaría el supuesto enaltecimiento del terrorismo. Aun así, las informaciones son difusas y contradictorias, por lo que nada se puede confirmar por el momento. Toda esta operación de estilo, que tan bien queda a ojos del buen ciudadano, se ha saldado con 5 detenidos, los cuales, en principio, comparecerán en la Audiencia Nacional este mismo viernes.

Pero ¿cuál puede ser el motivo ulterior de todo esto; y por qué es justamente en la efeméride del 15-M que se realiza susodicha operación? Sencillamente, para deslegitimar a todo el movimiento asambleario y autogestionario, y por extensión, a todo la tendencia ácrata que ha venido reforzándose en los últimos años. Siempre ha sido así, y no iba a cambiar de un día para otro. A poco que se alza el vuelo y el mensaje empieza a calar en ciertos sectores de la población, el Estado democrático actúa sin vacilación inventándose acciones violentas (no olvidemos el abyecto Caso Scala) o amplificando otras (todos esos violentos que fueron detenidos antes del Asedia el Congreso y que, contra toda lógica, fueron absueltos sin cargos son buena muestra de ello).

Es importante que el ciudadano de a pie tenga su buena dosis de lucha antiterrorista para que se sienta más tranquilo. Ah, ¡qué sería de vosotros, pobres diablos, si esos anarquistas consiguieran sus objetivos y os organizaseis libre y horizontalmente; sería, sin duda, vuestro –nuestro– fin!, parece susurrar tácitamente el telediario de turno. Para ser unos utópicos, mucha inquina y fijación se nos tiene.

En definitiva, no queda sino pedir la liberación inmediata de todos los detenidos sin que pese cargo o multa alguna sobre ellos.

¡Mientras haya Estado, habrá represión; mientras haya capitalismo, habrá miseria!

¡La lucha es digna!

¡Libertad!

¿Qué entendemos por política?

Cuando abrimos cualquier periódico burgués y miramos en la sección ‘Política’, leemos los discursos de los partidos sobre cuestiones que afecten al país, casos de corrupción en ciertos partidos políticos, y en general, asuntos que traten sobre las decisiones de los partidos políticos, las leyes, las relaciones exteriores y lo que se debata en los parlamentos. Todo ello nos da a pensar que la política es aquello asociado a las instituciones y al Estado, siendo un tema que debe ser tratado por profesionales que han estudiado carrera y que, por ello, tienen legitimidad para representar al pueblo y decidir por éste. No obstante, lejos de esta connotación dada desde los medios de comunicación y los propios políticos, «política» significa realmente la gestión, administración y organización de las sociedades humanas, nada relacionado con la profesionalización de la política y un asunto lejos del alcance de la población.

Sin embargo, la mayoría de la gente todavía desconoce el significado real de la política y, eludiendo responsabilidades, se niega a meterse en política, ya sea porque desde ciertos partidos políticos tratan de persuadirnos de que es malo meter la política en deportes, en la vida personal, en las escuelas, en el trabajo, etc; o porque piensan que la política es un juego sucio y manchado de corrupción. Son aquellos que se declaran apolíticos y -en palabras de Bertolt Bretch- «no sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales». Pese a que no toda nuestra vida es política, sí que nuestras condiciones de vida son fruto de las decisiones tomadas por la clase dominante que ostenta el poder político.

Empero, si entendemos la política, no como una profesión, sino como lo descrito en la introducción, se nos abren muchas puertas y ponemos a nuestro alcance la capacidad para la gestión colectiva y la creación de instituciones propias emanadas de la libre asociación, entendiendo «instituciones» como órganos de gestión -en este caso- no jerárquicos en los cuales sean puntos de encuentro para que el pueblo sea quien tome las decisiones políticas y no una clase parasitaria. Por numerar unos ejemplos: asambleas, sindicatos, comités, federaciones, confederaciones, municipios, etc.

Ya con los conceptos claros, podemos distinguir la política profesional de la política real. La política profesional tiene su origen en los Estados -es decir, en una institución jerárquica y separada del pueblo, constituido para gestionar la vida del pueblo y a la vez utilizada como instrumento de dominación por las clases propietarias- y en nombre de la voluntad general se consolida como un poder legítimo para gobernar al pueblo y «velar por sus intereses». Pero la realidad es bien diferente a la teoría, y la política como profesión termina siendo prostituida, puesta al servicio de las clases dominantes en contra de los intereses del pueblo. En cambio, la política real es la que surge de las masas populares que, tomando conciencia de su condición de explotados y que la política no solo es cosa de políticos, se organizan en base a principios como el asamblearismo, la ayuda mutua, la solidaridad de clase, la cooperación… Es la política que se crea en las calles, en los tajos, en las escuelas y en todos los lados donde existan desigualdades sociales y sujetos activos dispuestos a transformar esa realidad.

Contra la Ley

“Yo doy vueltas a un peñasco que obstaculiza mi camino hasta que tenga bastante pólvora para hacerlo saltar; doy vueltas a las leyes de mi país en tanto no tenga la fuerza de destruirlas” —Max Stirner.

Resulta muy extraño, a la par que plausible, que muchos críticos con la religión, con el clero o con el teísmo en general, sean tan vehementes en sus pesquisas contra el antiguo y el nuevo Dios, contra su liturgia y sus voceros y que, no obstante, sean tan religiosos, tan dados a la veneración del rito y al postrarse ante una imagen absoluta y universal como aquellos. Extraño porque parecería lógico que en el momento en el que uno ha renegado de Dios, no se caiga en la misma burda trampa del pensamiento. Y plausible porque, a su vez, es una constante humana, del individuo concreto, la de buscar en un ente ajeno un punto de apoyo moral y ético, como así lo ha sido y lo es el concepto de divinidad. Pero que sea admisible no quiere decir que sea respetable, ni que se deba incentivar tal modo de actuar.

La mayoría de las ocasiones el ateísmo, la apostasía y la herejía quedan como mera superficialidad de otra forma de religiosidad aún más entroncada si cabe en la psique humana: la de la ley. Una ley que, por el hecho de basarse su creación en estructuras jerárquicas que no atienden al querer del individuo, no merece respeto ni consideración alguna. Es decir, leyes que no surgen como herramienta en favor del individuo y como consenso de un grupo social más o menos amplio, y que, por tanto, su condición, su existencia, atiende a otros avatares (da igual cuáles sean, en tanto que no nacen de mí o de un acuerdo con mis congéneres, son execrables) que deben ser sistemáticamente rechazados por el sujeto que añore la libertad más allá de donde la cifre un documento penal, jurídico, etcétera. Mil veces razón tenía Albert Libertad cuando proclamaba e invitaba a los ciudadanos a quemar sus documentos nacionales de identidad para, así, pasar a ser nuevamente personas, seres humanos en su plena acepción, que niegan su condición de esclavos del inventariado estatal, que niegan, en definitiva, su condición de números archivados bajo unos reglamentos legislativos acuñados bajo sinuosos, o muchas veces no tan sinuosos, parámetros.

De tal modo, y volviendo al argumento inicial, pululan en la actualidad caudales de ateos que arrogantes critican al teísta, al creyente, con superioridad moral mientras que son tan teístas como el que más. El católico arde en ascuas si se increpa a su Dios; de igual modo el ateo moderno se asusta, se bloquea y se le llevan los mil demonios cuando alguien le niega toda validez a sus leyes. Carcomidos por el contrato social generalizador de derechos y deberes, son incapaces de encontrar otro punto de apoyo fuera de la ley, fuera del Estado, que les permita retomar las riendas, no ya de sus vidas, que también, sino de lo más importante: el pensamiento individual, base de toda libertad. Mujeres y hombres regidos por designios ajenos a ellos mismos  y que, sin embargo, se creen libres de toda injerencia moral externa. ¡El siglo XIX, éste es un siglo sin duda de luz y ciencia, por lo que todo Dios ha muerto! No hay creencia más falaz que ésta. La amplitud moral del ciudadano genérico está coartada desde el mismo instante en el que nace, desde el momento en el que está predestinado a asumir unas obligaciones determinadas y una moralidad sesgada. Nada le diferencia del esclavo de Dios del hoy y del ayer. Nada, excepto su arrogancia. Puedo afirmar sin temor a caer en error alguno la siguiente máxima: Si bien antaño Dios era hacedor de leyes; hogaño son las Leyes las que son hacedoras de dioses.

Así, si asumimos que nos hallamos tan aherrojados a las leyes como se hallaban nuestros antepasados a Dios y sus ministerios, también podremos asumir que es tan primordial acabar con uno como con otro. Ya no estamos ante el si dios existiese realmente, habría que hacerlo desaparecer de Miguel Bakunin; no, ahora sabemos que existe, sabemos qué quiere y a quién sirve: sólo hay que acabar con él. Las formas de hacerlo son diversas, pero si tuviera que quedarme con una, me quedaría con la descrita hace unos siglos por el filósofo Étienne de La Boétie, cuando dice en su Discurso de la servidumbre voluntaria o el Contra uno (excepcional, por cierto, el último modelo titular) lo siguiente: Estad resueltos a no servir y seréis libres. No deseo que lo forcéis, ni le hagáis descender de su puesto; sino únicamente no sostenerlo más; y le veréis como un gran coloso al que se ha quitado la base, y por su mismo peso se viene abajo y se rompe. Y añadiría: si ves que ya es demasiado débil porque una parte sustantiva ya no la soporta, y aquí vendría el porqué de la cita inicial de Stirner: aplástala.

A partir de ahí, de su aniquilamiento, ya sería deber del nuevo hombre libre el de hacer su camino en función a una libertad compartida, a una igualdad hermana, evitando todo resquicio autoritario y jerárquico que pudiera servir de germen para el resurgimiento de nuevas (pero siempre antiguas) formas de dominación; es decir, a partir de la destrucción sería inevitable la labor de construcción antiautoritaria y armoniosa que el anarquismo siempre ha propugnado.

Somos soldados

La propaganda de guerra, como el fenómeno comunicativo complejo que es, no puede ser entendida como una mera operación militar ejecutada durante los conflictos bélicos, sino que debe ser comprendida como una acción política más destinada a generar un determinado consenso social, aplicada por los poderes -generalmente el Estado- también durante los periodos pacíficos.

La significación del célebre aforismo de George Orwell la guerra es la paz -lema del Estado totalitario retratado en su distopía 1984- va más allá de ser un ejemplo de la manipulación del lenguaje por parte de los poderes, y puede interpretarse literalmente: la guerra es la paz, o mejor explicado, el Estado mantiene el estado de guerra -aunque mucho más sutil- también durante las épocas de paz. En Regeneración ya hemos apuntado algunas nociones de cómo los medios de comunicación y determinados grupos sociales vinculan la masculinidad y sus valores asociados (virilidad, valentía, heroísmo) al militarismo, por lo que en esta ocasión vamos a hacer un mayor énfasis en el Ejército -y, por ende, al Estado- como institución productora de imaginarios sociales.

Ya desde el siglo XIX Clausewitz (1999) consideraba prioritario enfocar la propaganda de guerra más a la opinión pública que al enemigo. El objetivo era claro: es más importante el respaldo popular que la desmoralización del enemigo. La guerra de Vietnam certificó las teorías del Mayor General prusiano, y desde entonces todos los ejércitos del mundo ahondaron aún más en desarrollar técnicas de persuasión para la retaguardia. Esta política de propaganda requiere necesariamente de un constante bombardeo -por utilizar la jerga militar- de mensajes en pos de la cohesión ideológica.

No es de extrañar, entonces, que el Estado promocione los valores militares de forma continuada. Adrián Huici (2010) considera dos fases fundamentales de la propaganda de guerra: persuadir al hombre común de que apoye o vaya a la guerra, y conseguir que una vez alistado -en sentido literal o figurado- sea capaz de matar o de aplaudir las muertes. De esta manera, la labor propagandística del Estado ha de ser meticulosa y concienzuda, amén de sostenida en el tiempo. Sólo así puede explicarse que, con toda naturalidad y ante la pasividad de gran parte de la población civil, un destacamento de tropas chilenas pueda pasearse por la región de Viña del Mar coreando marcialmente «argentinos mataré, bolivianos mutilaré, peruanos degollaré». Desde las esferas de poder nos intoxican diariamente con mensajes xenófobos y militaristas para que seamos capaces de aceptar que nuestros ejércitos se entrenan diariamente en el odio y la crueldad.

Pero, ¿cuál es la labor de los medios de comunicación en todo esto? Independientemente de que estén más próximos al Gobierno de turno o no, suelen cerrar filas en torno a tales contravalores, y esta situación es coherente con la definición que Yehya (2008) aporta sobre la guerra sensorial, entendida como aquellas en las que participan fundamentalmente las clases más bajas de los países desarrollados. Actualmente, la burguesía y la clase trabajadora acomodada sólo tiene conocimiento de la guerra por lo que consumen mediáticamente. Es por ello por lo que los poderes destinan grandes recursos en presentar los conflictos bélicos de manera «aséptica, indeleble y prácticamente higiénica, sin muerte, dolor ni destrucción» (Sierra, 1997:61), ya que es este sector poblacional el que se encuentra más dispuesto a ejercer su derecho a voto y a integrarse en la dinámica de consumo del libre mercado; hay que mantener en calma al público. Asimismo, la propaganda debe aprovechar unos valores preexistentes y explotarlos para ser efectiva -rara vez genera valores de la nada– por lo que teniendo en cuenta que según Garrido Lora (2004) la persuasión organizada con fines bélicos tiene un mayor rendimiento sobre una población hastiada que sobre una participativa, la teoría de la alienación de la clase trabajadora tendría otra consecuencia más de las ya analizadas en su obra por Marx.

Frente a esta realidad, se hace imperiosa la necesidad de las personas anarquistas de confrontar contra el Ejército y el resto de instituciones derivadas en diferentes planos: en el físico, por supuesto, pero también en el de las ideas. Y no sólo contra el organismo en sí, sino dando a conocer nuestros postulados antiautoritarios y alertando a la sociedad del peligro que representan las políticas militaristas por su naturaleza embrutecedora. No es este un canto al pacifismo como acto reflejo, sino más bien una reflexión sobre los mecanismos cotidianos a través de los que el Estado trata de convertirnos en potenciales soldados desechables.

Adrián Tarín

Notas

-CLAUSEWITZ, Karl von (1998). De la guerra. Madrid: Ministerio de Defensa. Centro de publicaciones.

-GARRIDO LORA, Manuel (2004). “¿Qué valores humanos utiliza la propaganda en los conflictos?”; en HUICI MÓDENES, Adrián (Ed.). Los heraldos de acero. La propaganda de guerra y sus medios. Sevilla: Comunicación social ediciones y publicaciones.

-HUICI MÓDENES, Adrián (2010). Guerra y propaganda en el siglo XXI. Nuevos mensajes, viejas guerras. Sevilla: Ediciones Alfar.

-SIERRA CABALLERO, Francisco (1997). “Antecedentes y contexto político de la guerra total. La información, la propaganda y la guerra psicológica en Chiapas”; en SIERRA CABALLERO, Francisco (Ed.). Comunicación e insurgencia. Hondarribia: Hiru.

-YEHYA, Naief (2008). Guerra y propaganda. Medios masivos y mito bélico en Estados Unidos. Barcelona: Paidós.

BÁRCENAS, LOS SOBRES, LOS SOBRESUELDOS, ¿Y QUÉ MÁS?

Con el caso Bárcenas, el pútrido aroma del sistema parlamentarista ya llega a las fosas nasales de una buena parte de la sociedad. La indignación salpica, en mayor o menor medida, a todos los medios de comunicación; hasta los más serviles parecen dar cierta concesión a la rabia desestructurada y desideologizada de una gran parte de la población. Sueldos en B, sobres con sumas de 1.000 euros a la bases hasta 15.000 euros a la cúpula del partido —de los que no se salva ni el mismísimo presidente del Gobierno; los veintidós millones de euros de Bárcenas en Suiza, su posible aprovechamiento de la amnistía fiscal para limpiarlos, sus chalets y propiedades repartidas por toda la geografía ibérica… Y sin embargo, algo no se oye en los medios. Los tertulianos se mesan las barbas y los cabellos reclamando dimisiones inmediatas, auditorías internas e investigaciones de la fiscalía con vehemencia. Los sectores populares medianamente críticos piden la cabeza del líder popular y de todos sus adláteres reaccionarios; se crean peticiones populares para tal fin que llegan al cuarto de millón de firmas a menos de un día de su creación; se realizan concentraciones en las sedes del PP en las principales ciudades del país; hasta se pretende ocupar de nuevo las plazas públicas en una especie de resurgimiento romántico de la rebeldía ciudadana… Pero algo queda por contar, o al menos es esa la impresión que queda después de tragarse todo el fervor periodístico y de regeneración pretendidamente democrático del sistema.

Empero, ¿qué es lo que no está acaparando una cuota de pantalla siquiera igual a toda la retahíla de cosas que he nombrado anteriormente? Evidentemente se esconde lo más desestabilizador del asunto: el papel y la influencia del gran capital, de las grandes empresas nacionales y supranacionales, en los gobiernos de la democracia capitalista y estatal. De tal manera, el Estado no es más que una suerte de títere que intercede a favor de los grandes bolsillos  y que se reflejan fehacientemente en el parqué bursátil. Todavía no he visto a ningún comentarista y creador de opinión pública echar pestes sobre las grandes empresas con tanta fuerza con la que tira guijarros punzantes a la cabeza de, según su propia terminología, la casta política, que no es sino el brazo ejecutor de la casta capitalista, es decir, del capital. Más que centrar la crítica sobre los sobres, las cuentas en Suiza, etcétera, acciones que son sólo consecuencias, se debe centrar ésta sobre la causa, que, como digo, no es otra que, nuevamente, el paradigma mercantil y estatal. No es casualidad que se concedan ventajas de todo tipo a empresas como Mercadona, del idolatrado capitalista Juan Roig —de la cual todos sabemos su currículo de explotación laboral y denigración humana—, Sacyr Vallahermosa, OHL, Ploder, Bruesa, entre tantas otras. Este hecho no se puede achacar, sería extremadamente irresponsable, a un caciquismo exclusivo del ámbito nacional, pues este corporativismo fuerzas estatales-fuerzas capitalistas viene dándose desde el mismo inicio de este modelo crematístico, es decir, de ponderación de la mercancía.

De este modo, una crítica radical, en cuanto que va a la raíz del dilema, no puede quedarse en la superficialidad socialdemócrata o en la estulticia de los sectores de la derecha, no, como siempre ha de ir más allá, ha de apuntar directamente a los culpables: el Estado y sus dueños, a los que de verdad éste primero representa en cada una de sus decisiones. La corrupción, por tanto, es imposible de erradicar mientras existan estos dos entes interdependiente el uno del otro. Pretender su eliminación con un simple cambio de actores en el teatro parlamentario responde, simplemente, a una concepción obtusa del papel del Estado. En definitiva, no hay cabida para buenismo ni confianza en un sistema que se ha demostrado incapaz de moldearse a sí mismo. Se ha de reclamar lo que se viene reclamando desde hace mucho en los ambientes antiautoritarios: ¡Autogestión, autogestión y autogestión! Autogestión de los trabajadores de su medio de trabajo, autogestión de las gentes de sus relaciones sociales y democráticas y autogestión, en fin, de nuestra propia vida.

La represión como estrategia eficaz. La resistencia como actitud necesaria.

En las últimas semanas hemos visto cómo la represión estatal ha aumentado en muchos puntos del planeta. Los estados griegos y español sean seguramente los casos más obvios, pero podemos identificar las mismas dinámicas a lo largo y ancho del planeta. Desde que irrumpiera la crisis financiera—global y sistémica—en el año 2008, los movimientos sociales de todo el mundo han venido agitándose, atrayendo cade vez a más personas y radicalizando a grupos ya existentes en localizados puntos del planeta.

No obstante, la represión es una condición sine qua non para la existencia de cualquier estado; el control de los grupos disidentes y las dinámicas de disuasión que persiguen la reproducción institucional son elementos fundamentales para la preservación de un modo organizativo tan artificial como el estatal. De esta manera, encontramos sonados casos de represión en los últimos tiempos: desde les 5 del Primero de Mayo—compañeres de Seattle acosades por el FBI—, pasando por las detenciones políticas de anarquistas en Grecia, hasta el despliegue policial en el CSOA La Traba el otro día en Madrid. Y la cosa va a más, porque cada vez estas actuaciones policiales son más recurrentes y, sobre todo, más intensas—sino que se lo digan a Alfon.

Todo esto sigue una lógica de reproducción estatal: los estados necesitan de legitimidad para existir—existencia que se da, entre otras cosas, por el principio de soberanía—y la legitimidad se consigue, entre otras cosas, repartiendo leña a les que se oponen a la realidad imperante. ¿Cómo funciona esto de «repartir leña»? Muy sencillo: primero se criminaliza a un colectivo que molesta, y después se aplica «todo el peso de la ley.» Así de simple. ¿Y cómo se criminaliza a la gente que discrepa? También es sencillo: mintiendo, manipulando, y controlando la opinión pública a través de los grandes medios de (des)comunicación.

Sin embargo, cualquiera con un poco de perspicacia puede ver que en la Red la sociedad civil se posiciona cada vez más con aquellos colectivos que sufren la criminalización estatal. Y es que las mentiras y las manipulaciones no funcionan tan bien en Internet—que es un medio mucho más libre y abierto que los canales convencionales de comunicación. Pero ojo, Internet funciona como un arma de doble filo: por una parte, ayuda a desmentir todas las patrañas que los estados nos intentan meter en la cabeza, pero por otra parte Internet puede reforzar manipulaciones ya inculcadas.

Un caso de manipulación-ya-inculcada es la desconfianza que se tiene en el Estado español a los black blocs—desconfianza que, por otro lado, no es exclusiva de nuestra región. Se empeñan en meternos en la cabeza que cualquier persona encapuchada trabaja «de tapado» para la policía. En el menor de los casos, a la persona encapuchada se la estigmatiza de «rabiosa radical»—negándole inteligencia y raciocinio. Les anarquistas somos les que más sufrimos este tipo de criminalización, la cual, es interiorizada incluso por colectivos «de izquierdas» y progresistas—aunque, después de todo, ¿quién pensó que la «izquierda» reformista estuviera en contra de las patrañas estatales?

Sea como sea, en todos los casos de represión estatal el ingrediente común es el miedo. Crear miedo funciona. Y es extremadamente sencillo. Basta con detener arbitrariamente a una quincena de activistas pacífiques para sembrar incertidumbre en los colectivos menos involucrados. Basta con desalojar una okupa para meter el temor en el cuerpo a todo un grupo de activistas anteriormente involucrados. Es verdad, en muchas ocasiones esto juega a nuestro favor, pues la represión puede ser motivo de refuerzo moral y colectivo. Pero al Estado le basta con difundir un par de vídeos y notas de prensa a través de las agencias de eso tan prostituido que llamamos «periodismo» para hacer dar con los huesos en el suelo a personas que antes estaban por la labor de resistir dignamente.

Y precisamente porque sabemos que las cosas funcionan de esta manera tenemos que ser capaces de resistir más y mejor. Muchas son las cosas podemos perder al resistir, cuantitativamente hablando sobre todo materiales. Pero tenemos mucho más que ganar: libertad y dignidad. Cualquier Estado, sea comunista, liberal, o vaya usted a saber qué, funciona bajo los mismos preceptos básicos: control, administración, y represión. La gente, al menos en Europa, está claramente «despertando», sobre todo la gente joven—que no casualmente es la que más usa Internet. La represión refuerza nuestros sentimientos de identidad colectiva, pero el miedo es un arma muy poderosa que puede tumbar hasta al más fuerte de los castillos—y el Estado sabe muy bien cómo usar el miedo. No caer en la tentación de echarse atrás es lo fundamental en la situación actual: por cada desalojo okupemos dos casas más; por cada detención llenemos las calles con más ferocidad. «Que lluevan piedras», dejó alguien escrito anónimamente en un muro de Madrid.

El mayor terrorista es el Estado, que no te engañen.

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