¿Y si dejáramos de luchar?

Bajé corriendo al andén para entrar justo en el tren del metro que acababa de detenerse. Aunque podría esperar al siguiente, tenía ganas de volver antes a casa y no me gustaba esperar. En el vagón donde me metí, la mayoría estaba en silencio, pero unos pocos estaban cuchicheando y otros, contemplando los cables de los túneles que se veían a través de las ventanillas. Entre el traqueteo del tren, el chirriar de las ruedas metálicas y los murmullos empecé a escuchar una conversación más o menos nítida en los asientos de mi lado derecho separados por una barra metálica. Eran dos chicas.

—Mañana empezará una huelga en el metro, ¿para qué? Más reivindicaciones reformistas como «ni rebajas salariales ni despidos». Se sentarán en las mesas de negociación y continuarán el mismo juego. ¿No se supone que deberíamos luchar por el fin del trabajo asalariado?
—Natalia, las cosas no son tan fáciles…
—¿Que no? Tanto como irse de okupa y…
—Pero chica, no todas podemos hacer eso. Con la crisis hay gente que está espabilando y saliendo a luchar, aunque no todas lleven un discurso revolucionario acorde al nuestro. Todo tiene un comienzo y sigue un proceso, Lara.
—Pues poco están espabilando. Si no dejamos las luchas reformistas sería lo mismo que no hacer nada…
—Ya, claro… El todo o nada. Que nos pisen así en el presente y de mientras escapamos…

La conversación se interrumpe al llegar a la siguiente parada. En el vagón entra y sale gente, pero esas dos chicas siguen allí. Al reanudar la marcha de nuevo, tras pensarlo un poco, Lara prosigue.

—…O seguir con estrategias que nada tienen que ver con el contexto, perdernos en abstracciones ideológicas y situaciones revolucionarias inexistentes. Quizá tengas razón y dejemos de pelear, solo huir. Salir de los problemas cotidianos y vivir okupando viviendas, recogiendo la comida que tira el super… Irse al campo, al monte, a los pueblos abandonados… Quizá no sirvan de nada todas esas manifestaciones, huelgas y piquetes, sufriendo los palos que supone confrontarse con el sistema. Quizá entonces, cuando tiremos la toalla, la policía no encuentre resistencia para desahuciar a familias sin recursos y no pueda encontrar apoyo ni en el vecindario ni en los movimientos sociales. Quizá dejen de haber viviendas liberadas o casas okupa…
—Eh eh, frena un poco, exagerada. Dije que la okupación era una posible solución ni he dicho que debamos tirar la toalla.
—Es fácil decirlo. —Saca una botella de agua del bolso y bebe unos tragos— Es fácil desde la comodidad reivindicar maximalismos que no hay por dónde cogerlos y decir cómo han de proceder. Claro, claro que lo queremos todo: acabar con el sistema capitalista y el Estado. Pero tengo claro una cosa: nada se logra huyendo, sino presentando batalla. Y estas batallas forman parte de la lucha de clases. Tenemos que saber dar soluciones y vías de acción en lo inmediato pero con proyectos de futuro, no podemos mirar al horizonte si desatendemos el presente. Si no sabemos transmitir el mensaje ni nos preocupamos por la problemática social y estructural hoy, ¿de qué sirven tantas consignas prometiendo futuros paraísos terrenales donde no existen las clases sociales y todo marcha armónicamente? Porque si crees que son luchas reformistas, quizá sea mejor que los bancos sigan acumulando pisos y aumentando la lista de morosos. Quizá sea mejor que privaticen la Sanidad, que en la gestión de hospitales entren fondos buitre, que el personal sanitario sea precarizado y despedido, que sea un privilegio para gente que pueda pagársela y no universal. Quizá sea mejor que sigan desmantelando lo poco que queda de educación pública y acaben por elitizarla, imposibilitando la entrada a los hijos e hijas de clase trabajadora y por tanto, disputarles el dominio ideológico. Que acaben por ilegalizar las huelgas, por implantar el despido libre, suprimir el salario mínimo y restringir la libertad sindical…

Hubo un pequeño silencio. Pareció que Natalia iba a darle la razón…

—Quizá con todo eso la gente despierte y espabile de verdad. Cuando se vean en la miseria o vean que no podemos volver al 2005 y estén andando en círculos, se darán cuenta de lo inútil que fueron esas luchas parciales.

Me sorprendió que no. Cuando llegamos a la siguiente parada, me paré un momento a pensar las palabras de Lara. Esta vez salió más gente de la que entró. A mí me quedan cuatro paradas más todavía. Entonces sonó una alarma, las puertas se cerraron y el tren comenzó a acelerar.

—Madre mía qué fuerte —Lara frunce el ceño y hace un gesto mano derecha—. Natalia, baja al suelo. De la miseria no nacen revolucionarios, nacen de la toma de conciencia. Y esa toma de conciencia no es resultado del hambre, pues basta con ver que hay como algo más de un veinte por ciento de personas en el Estado español que están por debajo del umbral de pobreza y no veo que estén adquiriendo conciencia revolucionaria. La conciencia se adquiere en las luchas, en entender y analizar críticamente la realidad que nos rodea, ver que este sistema solo favorece a unas minorías a expensas de la mayoría social y a la vez saber dar los primeros pasos en la lucha.
—Ya me dirás tú qué utilidad tiene hablar de revolución y abolición del trabajo asalariado o la autogestión de empresas a gente que no sabe ni por dónde le llegan los tiros.
—A ver, no vamos a llegar a todo el mundo, está claro… Pero no podemos abandonar el escenario y hacer lo que nos dé la gana. Si no queremos que las luchas terminen en callejones sin salida, debemos aportar nuevas visiones y alternativas realizables, que permitan avances y victorias, tener momentos de alegría y motivarnos a aspirar a metas más ambiciosas. Toda revolución requiere un proceso anterior de acumulación de fuerzas, entiéndelo, no podemos pensar en la abolición del trabajo asalariado hoy ni es tan fácil autogestionar empresas dentro del sistema capitaista.
­—¿Quieres decir que nos metamos en las mareas, en los sindicatos y en los movimientos sociales, todos ellos reformistas?
—Sí y no. Podemos ir juntas, pero no mezclados. Desde nuestros colectivos, organizaciones y grupos anarquistas, podemos trabajar en acciones concretas. Si no, propondríamos el potenciar las estructuras de base y la organización popular frente a las tendencias jerarquizantes y oportunistas. Pero el caso es arrancarle terreno al poder establecido, no dejarnos doblegar y luchar en todos los frentes.

El tren comenzó a frenar y vi que las chicas se han levantado. Estaba dudando de si hablarlas y pedirle una forma de contactar con ellas pero no tuve el valor suficiente. Al llegar a la parada, ellas se bajaron. Estoy seguro de que en algún acto de protesta  o en alguna jornada que organicen las encontrare, o al menos a alguna de ellas. Me hubiese gustado escuchar qué respuesta tendría la Natalia, aunque me imagino que estará reflexionando sobre lo dicho. En esta conversación, me parece que la razón se la lleva Lara. No obstante, igual hay algunas lagunas en sus ideas. Aun así, me ha aclarado bastante las dudas. Probablemente, mañana tenga que usar el bus para ir al trabajo, y tal vez cuando vuelva, venga a apoyar a los y las trabajadoras del metro en huelga en vez de quejarme al no poder usar el metro para llegar a casa. Quizá sus luchas no tengan nada que ver conmigo a primera vista, pero llegará un día que me toque a mí y mis compañeras de curro. Entonces no querremos que nos pillen con el culo al aire. Si llegan, que nos vean en las trincheras, preparadas y bien organizadas; no desorientadas, desorganizadas y dispersas.

Las miserias de la marginalidad política

Antes que nada, aunque el título pueda parecer una respuesta al artículo de La Colectividad (aquí), en realidad no lo es expresamente. En este artículo pretendo expresar la necesidad de salir del estancamiento y el inmovilismo, causa además de que seamos una corriente ideológica marginal, que llevamos años arrastrándolo desde el desmoronamiento del movimiento libertario de los años ’70 y ’80 en el Estado español.

Cuando las aguas de un río se estancan empiezan a pudrirse. El mismo charco de agua que día tras día cambia de color y se hace más pequeño. Nadie le importará ese charco, salvo unos biólogos aficionados que van allí a recoger muestras. De esas aguas no beberá ningún ser vivo que no sean simples bacterias y algunos hierbajos. No así pasa con las aguas que fluyen, rápidas en las montañas y calmadas en las llanuras. Pero que constantemente fluyen y en ocasiones llegan a desbordar. Cada segundo se renuevan y en torno a ellas se nutren una gran variedad de seres vivos. ¿Qué demonios tiene que ver esto? Pues bien, una buena parte del anarquismo actual en el Estado español constituye uno de esos charcos malolientes que un día fueron riachuelos, arroyos e incluso grandes ríos de aguas bravas. Después de cuarenta años de dictadura franquista y un plus de más de treinta y cinco años de dictadura capitalista, todavía siguen esas aguas estancas que se niegan a fluir para seguir actuando de depósito de sedimentos de toda clase. Y desde ese montón de mierda reprochan a ciertos militantes que empiezan a navegar por aguas dinámicas, usando toda clase de improperios contra quienes formamos ríos.

Dejando de lado las metáforas, parece ser que no hemos sabido encajar las duras derrotas en el pasado siglo, cuando el movimiento obrero y el movimiento libertario estaba en su apogeo en el viejo continente. Ahora nos quedamos, por un lado, con resquicios de mitos y formas de hacer política anquilosadas que languidecen sin saber adaptarse a las nuevas dinámicas sociales, encerrándose en una suerte de «anarquismo oficial» únicamente con el objetivo de mantener su pureza ideológica y la organización por la organización. Y por otro, el insurreccionalismo que, pese a haber criticado esas viejas fórmulas anarquistas, no aportó realmente aires nuevos de cara a la lucha social, sino palos de ciego como muestra de desesperación e impotencia ante la incapacidad de sacar el anarquismo del anquilosamiento. Así seguimos erre que erre tropezando con la misma piedra y tirándonosla entre unas y otros mientras contemplamos desde los márgenes cómo crecen el ciudadanismo y la izquierda institucional ante la perplejidad, la confusión y desorganización de los movimientos revolucionarios, entre ellos el anarquista. ¿Por qué no estamos en primera línea desde que estalló la crisis capitalista? ¿Por qué una buena parte de sectores anarquistas siguen sin ser un movimiento social ni una fuerza política?

La teoría puede ser perfecta y pura donde todo puede marchar sobre ruedas en un entorno ideal, donde quienes la escriben pueden jugar a ser Dios determinando que a dicha estrategia le sigue tal consecuencia y si no es así, estará condenado a fracasar de antemano. Pero la praxis es bien distinta y muy condicionada por la coyuntura en que se desarrolle. Por eso aquí muchos y muchas resbalan. La incapacidad de conectar una teoría con una praxis, y que ambas se retroalimenten, que suponga salir de la marginalidad sin perder el norte es una gran debilidad por nuestra parte. Pero ya no es solo en la teoría, sino también en la praxis. En muchas ocasiones, no sabemos comunicar nuestro mensaje al resto de la sociedad, siquiera a nuestro entorno cercano ni a los movimientos sociales locales. Es más, nos autoaislamos tratando siempre de diferenciarnos del resto mirándoles por encima de sus hombros. Que ellos son reformistas y nosotros los revolucionarios y si no se nos unen es que son cobardes, ignorantes, reaccionarios o simplemente eso, reformistas.

Sin embargo, una mirada hacia otras partes del mundo nos aclarará quizá mucho las cosas y podamos tomar de ellas soplos de aire fresco para nuestras praxis en el aquí y en el ahora. Un repaso, por ejemplo, al anarquismo organizado en Latinoamérica podemos ver el grado de avance que existen en sus luchas y su presencia en las luchas sociales. Este es el caso de la FeL Chile como una importante fuerza estudiantil de inspiración libertaria, aunque actualmente, por desgracia, haya optado en parte por participar en las elecciones. No queda atrás tampoco el EZLN, que aunque no se declaren anarquistas ni sus formas tampoco tengan la aprobación de los guardianes de la pureza ideológica, son un paradigma de lucha muy respetable y su organización social y política evolucionó hacia el socialismo libertario. Cabe señalar igualmente la lucha pueblo kurdo, un pueblo sin Estado-nación de Oriente Medio y organizado bajo el confederalismo democrático que se inspira en el municipalismo de Bookchin y tiene bases socialistas libertarias, ecologistas y feministas.

También la historia está allí para que extraigamos de ella las lecciones más importantes y no para que la glorifiquemos o la olvidemos. Mencionaré principalmente los casos de la Revolución Rusa y la Revolución Social del ’36 por ser casos más conocidos y posteriormente extraeré de ellas las conclusiones:

-Caso de la Revolución Rusa.

¿Por qué los bolcheviques llegaron a ser la primera fuerza política en la revolución? En el período revolucionario comprendido entre febrero y octubre de 1917, los bolcheviques eran otra fuerza política más entre las otras que había como los mencheviques, los socialrevolucionarios de izquierda (SR) y los anarquistas. Los bolcheviques siguieron entonces una estrategia distinta a cuando llegaron a tomar el poder político y estuvieron organizando los soviets en base al lema «todo el poder para los soviets», mostrando además un cierto rechazo al Estado y favorable a la democracia obrera de los soviets, reivindicaciones que entrarían dentro del socialismo libertario. Cuando los mencheviques y el ala derecha de los SR salieron de la escena revolucionaria, quedaron los bolcheviques, el ala izquierda de los SR y los anarquistas. Éstos primeros, apoyados en los soviets y el haber estado más organizados que los anarquistas -que al estar fragmentados, no haber levantado una organización política y no construido una fuerza política entre los soviets, no tuvieron esa capacidad para saltar al escenario como fuerza mayoritaria- y los SR de izquierda, en el momento que derrocaron el gobierno provisional, pudieron los bolcheviques tomar el poder político con el apoyo de los soviets. Entonces, cuando comenzaron a organizarse los anarquistas, ya era demasiado tarde porque los bolcheviques ya tenían la sartén por el mango, comenzaron a reprimir a la disidencia y ganaron muchos más adeptos a su partido.

No nos podemos olvidar aquí de la makhnovitschina. Al contrario que los anarquistas rusos, parte de los y las campesinas del sur de Ucrania se levantaron contra el saqueo que se produjo por la entrada de los austro-alemanes a consecuencia del tratado de Brest-Litovsk. Desde entonces, comenzaron a organizarse destacamentos guerrilleros que posteriormente, formaron el Ejército Negro encabezado por Néstor Makhno, hijo de campesino que abrazó el anarquismo en la adolescencia. El movimiento makhnovista suscitó muchas críticas por parte de intelectuales anarquistas, que llegaron casos en que dejaron de apoyarlos por no verlos como anarquistas. No obstante, mucha población campesina que no tenía muchas afinidades con el anarquismo dieron su apoyo al makhnovismo. El peso militar, la organización del ejército y las pocas experiencias de construcción de una nueva sociedad podrían ser una de las razones por la cual ciertos anarquistas se mostraron escépticos. Sin embargo, la coyuntura de guerra constante que amenazaba la libertad de la población campesina y obrera libre obligaron a que el makhnovismo dedicase más esfuerzos en frenar a la reacción tanto monárquica, capitalista y bolchevique. Pese a la dureza de la situación, en los territorios liberados sí existieron labores constructivas de organización de la producción y creación de cultura popular, aunque se encontraban constantemente amenazadas y saboteadas por la reacción.

-Caso de la Revolución social del ’36

Como bien sabemos, a la llegada del golpe militar orquestado por los generales Mola y Franco, en zonas donde la CNT-FAI era la fuerza mayoritaria, el levantamiento militar fracasó. Esto se debe precisamente a un trabajo previo de más de 30 años en el ámbito sindical llevado a cabo por la CNT, sin olvidar el campo cultural, pedagógico y político que desarrollaron los y las anarquistas de aquellos tiempos. Pero en la CNT no se metían solo los y las anarquistas, sino simplemente trabajadores que vieron en la CNT un sindicato que realmente defendía los intereses de la clase trabajadora. Las colectivizaciones no hubiesen sido posibles de no ser por ese trabajo de base previo a la revolución social, de la organización a nivel social y la orientación política libertaria. Aun así, el grandísimo error que cometieron la CNT-FAI fue no abolir la Generalitat cuando llegaron a ser la primera fuerza política en Catalunya y no haber creado un programa político propio para no tener que colaborar con el gobierno burgués de la república.

Aunque la historia es historia, en ambos casos podemos extraer unas valiosas lecciones: el anarquismo necesita ser un movimiento social organizado para llegar a ser una fuerza política que dispute la hegemonía al resto de fuerzas políticas. En la revolución rusa, a causa de la desorganización del anarquismo, pereció y lo pagó bien caro. En cambio, no ocurrió lo mismo con el movimiento makhnovista, levantado principalmente por campesinos y campesinas en armas pero finalmente fueron derrotados por el bolchevismo; ni con la revolución social del ’36, aunque el error fundamental de los y las anarquistas del Estado español ha sido el de no abolir el Estado cuando pudieron y el no haber elaborado un programa político anarquista para profundizar la revolución social. Además, en aquellas épocas donde el anarquismo constituyó una fuerza revolucionaria y pudo por ello realizar la revolución, fue porque llegó a ser un movimiento de masas, pero no unas masas amorfas, homogéneas que conocemos en las sociedades capitalistas avanzadas sino unas masas conscientes que supieron organizar la vida social en libertad. De lo contrario, si estuviese fragmentado y desorganizado como lo estuvo en Rusia en 1917, o como lo está actualmente en el Estado español y similarmente en otros estados del mundo, siquiera llegaríamos a construir movimiento, mucho menos fuerza política y aún menos hacer la revolución, lo cual nos llevaría pues a la marginalidad, aislados y aisladas de la realidad social y política, lo que facilita además la represión del Estado y arrojarnos por ello al baúl de los recuerdos.

El anarquismo no es una bella utopía con la que soñar, ni revoluciones que han de esperarse en el sofá, ni teorizaciones de situaciones ideales y propicias para la revolución, ni un estilo de vida de tribus urbanas, ni aventuras desesperadas de ataques a los símbolos del Estado y el capital. El anarquismo debe servir como una herramienta teórico-práctica encaminada a la emancipación social de las clases explotadas y los pueblos oprimidos, que dé respuestas en las luchas inmediatas y tenga proyectos de futuro. En este panorama de crisis capitalista y agresiones neoliberales, seguimos teniendo mucho que aportar. Por suerte, cada vez más anarquistas estamos viendo que podemos incidir en la realidad material para salir de la marginalidad política y entrar en el escenario político y social, participando en cada lucha y celebrando cada victoria parcial lograda mediante organización popular y la acción directa. Cada desahucio parado, cada bloque de vivienda liberado, cada nueva okupación, cada abuso laboral frenado, cada despido anulado, cada empresa recuperada y autogestionada, cada barrio radicalizado, cada detenida liberada, cada huelga ganada, en general, cada lucha ganada en favor de las clases explotadas, son victorias que nos permiten avanzar y a partir de allí, hacer del anarquismo un movimiento social con fuerte presencia entre la clase trabajadora y a la vez, una fuerza política articulada desde las bases caminando hacia el socialismo libertario.

No prometemos futuros paraísos terrenales, los tenemos que construir día a día en la lucha social y en la lucha de clases.

Siete torres y un bulevar

Subo al autobús medio dormido, camino del trabajo. Me encojo en mi asiento individual, envuelto en mi abrigo, las manos resguardadas en los bolsillos, todo dispuesto para dejarme llevar plácidamente hasta mi destino. Imposible, dos ancianos discuten a mi espalda. Cojo la conversación a medias:

– ¿Y qué si vienen de otros sitios? ¿Que vienen del pueblo de al lado a apoyarles ya son etarras? Está la policía dándoles, la prensa llamándoles marginales…

– Pero que no se puede, que están quemando todo, los coches, los bancos, las tiendas… Eso no se puede. Que no estará bien eso de la obra, pero hay que saber estar.

– Es que si no, no les hacen caso. Hombre, que lo sabes bien, que te dicen que sí, que muy bien, que por supuesto y luego hacen lo que quieren. Y si no, ¿Qué queda?

¿Que queda? La pregunta resuena mientras los dos hombre se apean en su parada y yo sigo adelante. Tres frases cogidas al vuelo que hablan, claro, de lo que ha ocurrido los últimos días en el Gamonal, barrio burgalés donde el alcalde, el constructor de turno y algún otro pretendían dar otro pelotazo urbanístico con el que enriquecer sus bolsillos.

Me salto el poneros en antecedentes. Han corrido ya ríos de tinta sobre el tema y cualquiera puede encontrar información al respecto. Encontrar información decente es otra cosa pues la mayoría de artículo van cargados de veneno contra los vecinos que se oponen al bulevar, pero aún se encuentran algunos que merece la pena leer. Afortunadamente los propios vecinos se han encargado de demostrar que ni radicales violentos ni imbéciles dirigidos, que son personas con opinión y la dignidad suficiente para defenderla.

Esa dignidad no es una novedad. Por el contrario, lleva años cultivándose en las aceras de este barrio obrero. El Gamonal (nombrado así en honor a la abundancia del gamón, planta local que florece junto al orgullo rebelde) ya puso en jaque al ayuntamiento en 2005, en una lucha histórica contra la construcción de un parking en la avenida Eladio Perlado que acabaría con la rendición del consistorio en enero de 2006. El documental que narra esta lucha deja con su título otra pregunta en el aire ¿De quién es la calle? Los vecinos contestan hoy con sus pancartas, su resistencia y su nueva negativa al plan urbanístico: La calle es nuestra. No son de los que se dejan comprar por un carril bici, como tampoco se dejarían comprar por un circuito de Fórmula 1, porque sienten aún responsabilidad sobre el suelo que pisan.

Heinrich Mann preguntó una vez en París a un compatriota suyo «¿Siguen todavía en pie la siete torres de nuestra común patria chica?». Recordaba las siete torres de Lübeck, su ciudad natal, ante el desmoronamiento de Alemania. En el Gamonal no quieren ver cómo la calle Vitoria y el resto del vecindario se desmoronan por el peso de la especulación urbanística. Van a defender sus torres.

Llego a mi parada y salto del autobús dándole vueltas. Explicaciones aparte, lo que más me sorprende es el tono de la conversación escuchada, en general de apoyo. Abiertamente comprensiva una de las personas, crítica la otra pero con un acuerdo de base: Las obras son contra una mayoría y para enriquecer a unos pocos. El barrio es de los vecinos y son ellos quienes ellos deben decidir. Algo tan evidente es la base de la lucha del Gamonal. No las barricadas, no los enfrentamientos; sino el uso, por parte de los vecinos, de todos los medios a su alcance (incluidos el fuego y los palos) para hacer público lo evidente, para comunicarlo más allá del ruido mediático que pretende distorsionar su lucha. No es algo fácil de conseguir. No suele conseguirse. Frente a la oposición mediática hasta los más fuertes languidecen y se arrugan, incapaces de proyectar su mensaje.

Camino por la calle y las reflexiones me hacen sonreir. En el espacio de unos meses hemos visto al menos dos victorias importantes, dos triunfos de la organización popular de los trabajadores mediante la acción directa. Hoy es en el Gamonal paralizando temporalmente (y esperemos que definitivamente) la obras, pero ayer fue la huelga de los barrenderos de Madrid, que ensuciaron las calles sacando a la luz la mierda que el poder quiere esconder bajo la alfombra. Por supuesto, seguimos rodeados de basura: paro, explotación, autoritarismo, represión policial, desmantelamiento de servicios sociales, especulación… pero cada victoria nos devuelve la esperanza, la ilusión, las ganas de seguir luchando por lo que es nuestro. Las ganas de seguir resistiendo y construyendo. A desalambrar, que diría Victor Jara, que esta tierra es de nosotros y no del que tiene más.

Vecinos de Gamonal, habeis dado un gran paso, hay que seguir caminando.

Pongamos los pies en el suelo

La historia es eso, historia. Que si bien es imprescindible la memoria histórica, no podemos seguir durmiendo en los laureles de las glorias del pasado y en sus logros. La historia nos ayuda a concer nuestro pasado y nuestros orígenes, y a la vez nos debe servir para ver en qué hemos fallado y en qué hemos acertado. Pero toca el ahora y el panorama actual no es para tirar cohetes ni por asomo. Nos encontramos con un movimiento anarquista reducido casi a la marginalidad dentro los conflictos sociales, ya no somos una fuerza política capaz de movilizar a las masas como lo fue antaño. ¿Qué es lo que nos ha pasado? Ante la actual coyuntura con la agudización de la crisis capitalista, urge que nos sentemos en la mesa, debatamos, valoremos y reflexionemos sobre nuestro papel hoy y cómo afrontar la situación en lo inmediato y de cara a la reconstitución como fuerza política con presencia en las luchas sociales, elaborando tácticas y estrategias que nos permitan avanzar y crecer tanto cuantitativamente como cualitativamente.

Hablando a nivel de España, la trayectoria del movimiento anarquista desde su desmoronamiento después del Caso Scala hasta hoy, ha estado en general marcado por la poca influencia en la realidad social que ha tenido. Sin embargo, en estos últimos años ha habido un cierto repunte y han emergido recientemente organizaciones de aspiraciones libertarias prometedoras. Aun así, queda mucho por hacer. Paralelamente, debemos reconocer, aunque desde un punto de vista muy crítico, el despertar de la ciudadanía con el 15M, pero al no haber una continuidad y ante la falta de objetivos y estructuras orgánicas más sólidas en muchas ciudades desaparecieron. Cabe especial mención las PAH que irrumpieron en el imaginario colectivo como un movimiento social que visibilizó el problema de la vivienda y toda la trama especulativa que se estaba detrás de ello y superó las espectativas de movilización incluso a los anarquistas, aunque nos duela reconocerlo. Y continúan hoy incansables en la defensa del derecho a la vivienda.

Ahora miremos hacia nosotros mismos. Nos hemos apartado de casi todo y lo que rescataría sería algunas CNTs y CGTs en el ámbito laboral. Pese a que nos duela, la autocrítica se hace imprescindible en estos momentos en los que más necesitamos estar presentes en los conflictos sociales. Si dejamos un vacío político en las calles, serán copados por otras fuerzas políticas que estén dispuestos a involucrarse, como pueden ser la izquierda parlamentaria, la izquierda marxista e incluso grupos filofascistas y neonazis. Sí es verdad que hay, en cierta medida, un anarquismo organizado, aunque en cierto modo de carácter endogámico y autorreferencial. ¿En qué fallamos? Sobrevivimos en gran parte como individualidades aisladas, ha habido cierta tendencia a atrincherarse cada grupito en sus chiringuitos, en algunos casos se llega al panfletarismo incendiario que solo leen la gente dentro del ghetto, a mantenernos al margen de los movimientos sociales por ser reformistas y alardear de nuestra pureza ideológica lanzando proclamas maximalistas… Incluso en algunos casos, el rechazo a la organización en sí y la renuncia a disputarnos un hueco entre los movimientos sociales que no se adapten a nuestro corpus ideológico. Ni tan siquiera algunos han sabido superar una rivalidad que en verdad no tendría mucho sentido entre las CNTs y CGTs. No digo que sean acertadas algunas críticas pero si nos ceñimos a eso, no iremos a ninguna parte.

Y nos preguntamos, ¿de qué nos ha servido mantener la pureza ideológica?  ¿De qué nos sirven organizaciones sobreideologizadas si no son capaces de dar una respuesta en lo inmediato? O lo mismo, ¿de qué sirve ir por nuestra cuenta separados de la realidad social y construyendo torres de marfil para sobrevivir? ¿De qué nos sirve encerrarnos en un individualismo autocomplaciente y reivindicar las acciones individuales? ¿Es que los movimientos sociales se tienen que adaptar a nosotros? Que el lector o la lectora se responda a sí mismo/a. Asumámolo de una vez: no tenemos la capacidad material para materializar nuestros intereses y reivindicaciones, es algo que hay que ir construyendo, en el cual, el primer paso que debemos dar es poner los pies en el suelo y analizar la realidad social que nos rodea, teniendo en cuenta la coyuntura en que nos desenvolvemos y escoger cuáles son las tácticas y estrategias adecuadas para llevarlas a cabo y trabajar conjuntamente con los movimientos sociales en todos los ámbitos como en lo laboral, lo estudiantil, la vivienda, etc. Asumamos también que la revolución social no será puramente anarquista ni la haremos los anarquistas, sino que será resultado del empoderamiento de la clase trabajadora y el conjunto de explotados como pueblo fuerte.

Derribemos las torres de marfil como refugio para mantenernos puros ideológicamente, derribemos los chiringuitos como muestra de atomización, destruyamos los mitos e idealizaciones nostágicas, dejemos de hacer un anarquismo endogámico solo para consumo propio. Dejemos los personalismos y las proclamas maximalistas, despojémonos la idea de llevar una lucha en solitario sin contar con el resto de fuerzas sociales, dejemos de medir si ésto es reformismo o no y planteemos desde el punto de vista táctico y saber arrancar victorias parciales por la vía de la lucha colectiva y no por la vía institucional. En definitiva, dejemos de actuar como una fuerza al margen, como una estética, como un estilo de vida o una simple filosofía para el desarrollo individual y reconstituyámonos como una fuerza político-social para comenzar a salir del letargo y a caminar sobre suelo firme. Esto supone estar insertos en las luchas sociales aportando nuestras alternativas y nuestras praxis, a la vez que vamos dotando, en la medida de lo posible, a los movimientos sociales de un carácter libertario y mantener en todo momento un horizonte revolucionario. Superemos de una vez por todas el inmovilismo y la inoperancia en que estamos envueltos y aprendamos a avanzar en medio de nuestras contradicciones superándolas. Hagamos de la organización anarquista una herramienta efectiva para la lucha social y clasista, tanto en el plano político como de cara a formar un frente de masas.

Tenemos las bases teóricas y hemos de ponerlas en práctica en el aquí y en el ahora, que a la vez servirá para enriquecernos en la teoría e innovar en la praxis.

[Recomendación] Panteras Negras: Todo el poder para el pueblo

El Partido Pantera Negra de Autodefensa, es una organización politica afroamericana, fundada en Estados Unidos, en octubre de 1966 por Huey P. newton, Bobby Seale y David Hilliard.

En sus origenes fue una organización creada para la autodefensa del pueblo negro, incitando a la población negra a ejercer el derecho constitucional a poseer armas.

Fueron los primeros grupos sociales y revolucionarios en sufrir la infiltración y manipulación policial, consiguiendo el FBI casi aniquilar el movimiento, sobre todo debido a la utilización de drogras (como el crack).

Si bien se constituyó como partido e, incluso, llegó a llevar adelante una política electoralista en los años 72 y 73, su trabajo comunitario y de base siempre fue preponderante. En palabras de Seale: «habíamos puesto en marcha una revolución verdadera, desde la base, para la gente normal.» Dentro de sus acciones sociales destacan el programa de almuerzo para niños, la habilitación de clínicas gratuitas para la población y la lucha contra las drogas, al considerarlas como un arma de alienación. Además impartían clases gratuitas de derecho y economía, autodefensa y primeros auxilios.

La lucha del partido Panteras Negras significó una liberación del movimiento afroamericano, un paso agigantado hacia la libertad y la igualdad entre razas.

La ideología inicial del grupo se articulaba en torno al llamado «Programa de los Diez Puntos»:

  1. Queremos la libertad, queremos el poder de determinar el destino de nuestra comunidad negra;
  2. Queremos pleno empleo para nuestra gente;
  3. Queremos el fin de la rapiña de nuestra comunidad negra por parte del hombre blanco;
  4. Queremos viviendas decentes, adaptadas al ser humano;
  5. Queremos para nuestra gente una educación que muestre la verdadera naturaleza de esta sociedad americana decadente. Queremos una educación que enseñe nuestra verdadera historia y nuestro papel en la sociedad actual;
  6. Queremos una sanidad gratuita para todos los hombres negros y la gente oprimida;
  7. Queremos que todos los hombres negros seamos exentos del servicio militar;
  8. Queremos el fin inmediato de la BRUTALIDAD POLICIAL y DEL ASESINATO de la gente negra;
  9. Queremos la libertad para todos los hombres negros detenidos en las prisiones y en las cárceles federales, estatales, de condado y municipales;
  10. Queremos que toda la gente negra enviada a juicio sea juzgada en tribunales paritarios o de gente de la comunidad negra, como está previsto en la constitución de los Estados Unidos;
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