Comencemos a tomar posiciones de fuerza

Antes que nada, sé que no es fácil asumir de primeras este planteamiento dado el estado actual del anarquismo en una coyuntura difícil. Pero lo veo como un ejercicio cada vez más necesario para romper con el inmovilismo y la continua derrota. No podemos seguir quedándonos en una posición reactiva o a la defensiva, en dinámicas que son únicamente el activismo por el activismo, el movimiento por el movimiento o no ir más allá de lo cultural (encuentros del libro anarquista, charlas, coloquios, y demás actos culturales, unos más y otros menos de autoconsumo). Con lo último no quiero decir que se dejen de hacer, sino que hay que ir más allá. Y hablo de tomar posicionamientos políticos ante los sucesos actuales que hayan tenido impacto en la sociedad y haya dado lugar a que la población comience a salir a las calles y politizarse. Casos como el 15M o la ola de movilizaciones en Catalunya que comenzó desde septiembre de este año ilustran cómo son acontecimientos excepcionales que abren una posibilidad de ruptura con el actual Régimen del ’78, y pienso que tenemos cierta responsabilidad en tomar partido en estos escenarios ya que es cuando la gente se politiza y comienza a ver las contradicciones de este sistema.

Dijo Errico Malatesta una vez que los y las anarquistas deberían estar con el pueblo y fomentando toda clase de organizaciones populares allá donde actuásemos. La autoorganización popular no nos debería asustar, al contrario, nos debe llamar a participar en ellas y hacer que las organizaciones sociales vayan asumiento posicionamientos cada vez más radicales, no solo hablo de las luchas a nivel social, sino también a nivel político. Sin embargo, nos ponemos excusas y nos autolimitamos criticándolos de ser parte de movimientos interclasistas, de ser reformistas, meramente independentistas que solo buscan un nuevo Estado-nación, que acabaríamos abandonando el anarquismo en pro de otros partidos o que acabarán siendo utilizados por la burguesía para sus intereses de clase. Una mirada menos ideológica y más a pie de calle nos demuestra que no es del todo cierto, sino que existe detrás una autoorganización popular dentro de lo que es un movimiento ciudadano e interclasista. La diferencia aquí entre tomar una posición de fuerza con seguir en una posición de debilidad, radica en cómo atajamos las contradicciones y damos las respuestas ante esta coyuntura.

Como durante el 15M, la cuestión catalana nos genera una serie de contradicciones (el interclasismo, los modelos de institucionalidad, el poder y la cuestión nacional principalmente) en nuestro pensamiento político y nos ha pillado a casi todas sin una respuesta clara sobre el momento. Sobre esta situación han aflorado dos vías:

-Por un lado, existe ese miedo a que con los cambios, el anarquismo deje de ser como tal (como si fuese algo universal y atemporal) con la incorporación de nuevas tesis sobre temáticas actuales. Este miedo junto con el rechazo a la necesidad de replanteamientos, relecturas y actualizaciones en los criterios de análisis y en la teoría política sobre las cuestiones que generan contradicciones, han llevado a algunos y algunas a asumir posicionamientos conservadores por el hecho de no querer enfrentarlas, manteniendo así unos principios inamovibles mientras los tiempos cambian. Esta actitud es conservadora por el hecho de que la realidad es siempre cambiante. Y al impedir acualizaciones en el corpus teórico-político, seremos incapaces de generar un discurso adaptado al momento y que nos permita avanzar. Recurrir a argumentos del pasado para justificar el presente pese a no encajar adecuadamente nos aleja de cualquier posibilidad de avance.

-Y por el otro, estamos quienes hemos visto la necesidad de enfrentar dichas contradicciones y encajar las piezas del rompecabezas para ser capaces de intervenir en esta realidad y poder cambiarla. Ciertamente como dije al principio, no es nada fácil ya que sentimos que aún hay camino que andar y mucho por construir. Nos aventuramos en terrenos pantanosos y nos rodea cierta incertidumbre, pero estamos convencidos y convencidas de que es la única vía de avance. Asumimos que siempre existirán las contradicciones pero que éstas no deberían echarnos atrás. Y asumimos también que si lo que queremos es la revolución social, hemos de trazar planes estratégicos y líneas políticas que nos permitan posicionarnos a la ofensiva, superando las inercias reactivas que llevamos arrastrando durante mucho tiempo.

Pero, ¿cómo asumir posiciones de fuerza cuando no la tenemos? Si no la tenemos, hemos de ganarla, y de ello depende de cómo juguemos las cartas ante las circunstancias del momento. En otras palabras, elegir la táctica o estrategia más adecuada a cada coyuntura. Un ejemplo de ello fue la Vaga General del 3-O, cuando desde la plataforma Triem Lluitar se lanzó una convocatoria de huelga general casi sin garantías, pero que resultó ser un éxito ya que obtuvo un amplio seguimiento y desbordaron las llamadas a la moderación de los sindicatos del regimen y la Taula de la Democracia. Similarmente ocurrió con los CDR que tomaron el protagonismo cortando las carreteras y las estaciones de Sants y de Girona, pese a que la convocatoria de huelga el 8N en Catalunya no tuvo seguimiento prácticamente. Y no solo esto, sino hasta el propio Procès fue arrastrado hacia posiciones independentistas gracias a la movilización ciudadana.

Pero ojo, esto no implica aunar esfuerzos por convocar grandes movilizaciones y/o huelgas, o acciones espectaculares sin tener en cuenta la coyuntura. Por ejemplo, estaba claro que la huelga del 8N no iba a tener el mismo seguimiento que el del 3-O. El movimiento por el movimiento produce también un desgaste, y sobre todo cuando no se tiene un objetivo claro. Esto es lo que acabó con el 15M, donde las movilizaciones no estaban provocando cambios en el sistema y la represión comenzaba a golpear.

Comenzar a tomar posiciones de fuerza implica tomar responsabilidad política de articular un cambio en este país, salir de la continua derrota y dejar de insistir en terceras vías que no cuelgan de ningún análisis materialista, ya que no se van a materializar porque no encaja en la coyuntura, sino solamente en nuestro propio imaginario ideal. Asumir esta posición nos obliga a organizarnos políticamente para poder crear un proyecto político propio; hacer una lectura en clave de oportunidades de los acontecimientos que tienen impacto a nivel de país con una visión estratégica, unas líneas políticas y objetivos claros; y poder articular un movimiento popular capaz de marcar agenda y generar relato y discurso que nos permita plantear una ofensiva desde abajo y a la izquierda contra el Régimen del ’78 y el statu quo neoliberal. De lo contrario, una izquierda débil —y en particular el anarquismo— dejaría vía libre a que las fuerzas políticas reaccionarias, en especial el fascismo, crezcan y puedan llegar al poder, cuyas consecuencias de sobras sabemos: recortes en derechos y libertades, aumento de las diferencias sociales, de la violencia en la vida cotidiana, del autoritarismo y la opresión en la vida cotidiana…

Dentro de 10 días habrá elecciones impuestas en Catalunya, en las cuales si gana el unionismo, tendrán mayor legitimidad para aplicar el 155. Y si gana el independentismo, la aplicarán igualmente aunque se les haya ganado en su terreno de juego. En ese momento habrá peligro de una vuelta al casillero de salida del Procès y que todo vuelva al ritmo institucional desmantelándose la calle, así que no debemos apostarlo todo en estas elecciones, a pesar de que es necesario votar en ellas para que no gane el unionismo. La clave estará en mantenerse en las calles y poder continuar en el escenario post-electoral, sobre el cual ya está en marcha la iniciativa Aixequem la República, desde donde hay posibilidad de articular un movimiento popular incidiendo la cuestión social y materialista bajo el paraguas de la construcción de la nueva República y el proceso constituyente.

No queremos ver otro ocaso del 15M, ni volver a casa otra vez con la moral por los suelos y desperdiciar así otra oportunidad de cambio que no sabemos cuándo volveremos a tener una coyuntura similar. En momentos así es cuando la gente comienza a politizarse y hay que aprovecharlo. Ya no tenemos nada que perder, y creo que vale la pena que nos arriesguemos.

Reformulación urgente de la cuestión nacional

¿Por qué el anarquismo no ha casado bien con la cuestión nacional? Es una de las preguntas que rondan en mi cabeza cada vez que oigo hablar de Catalunya en los ambientes libertarios. Por suerte, entre parte del movimiento libertario catalán y del resto del Estado español, se tiene claro qué implica todo esto. Antes de nada, la cuestión nacional no significa solo una bandera, un sentimiento, una patria o un Estado con una serie de características sociales y culturales. La cuestión nacional de la que quiero tratar y que se debe reformular en los ambientes libertarios trasciende lo superficial. Y es que más allá de toda identidad nacional, hay detrás una coyuntura política y una serie de actores políticos y sociales en disputa. Partiendo de aquí, podemos decir que es imposible desligar el nacionalismo con las condiciones materiales dadas en el mismo territorio.

Lejos queda ya atrás los primeros movimientos nacionalistas del s.XIX, y el internacionalismo del s.XX. En pleno s.XXI, las luchas de liberación nacional en algunas zonas del planeta son articulados desde el pueblo, como es el caso de Rojava bajo el Confederalismo Democrático. Lo que hace 200 años tenía un caracter burgués, actualmente se abre la posibilidad al pueblo para iniciar procesos de liberación nacional desde las naciones periféricas, y por supuesto, desde abajo. Esta nueva coyuntura de posibilidades nos debe hacer repensar el discurso antinacionalista decimonónico y el internacionalismo, en la cual, cada vez que se oye hablar de la cuestión nacional, se apelen siempre a los principios, a argumentos de autoridad de anarquistas del s.XX y a un cosmopolitanismo universalista que solo encaja en las conciencias tranquilas, pero no en la realidad material ni en la coyuntura actual. Es por ello que necesitamos una reformulación urgente de este tema, porque estamos quedando como nostálgicos del anarquismo decimonónico, conservadores y guardianes de las esencias del anarquismo. Los tiempos cambian, y si nosotras no sabemos cómo encajar estos cambios y nos resistimos a adaptar nuestra teoría y praxis políticas a la actual coyuntura, nos convierte en conservadores.

Urge pues un cambio de criterios de análisis y de visiones. La reformulación de la cuestion nacional pasa, primero, por pasar de una visión con base en principios universalistas, a tener una visión estratégica sobre la coyuntura que estamos atravesando. No es solo una cuestión de sentimientos e identidades, también hay detrás una serie de acontecimientos (antecedentes) que han llevado al actual escenario, y por ello, qué oportunidades tenemos para incidir. Como dije en párrafos anteriores, la cuestión nacional tiene como trasfondo una serie de condiciones materiales, tanto referente a la situación actual, como a unas nuevas condiciones materiales futuras. Y no solo de condiciones materiales, sino de qué actores políticos están impulsando los conflictos nacionalistas: éstos pueden ser desde la burguesía más conservadora, pasando por las clases medias, ser trasnversal, hasta ser impulsadas por las clases populares. Todo ello implica que cada actor, a través de la cuestión nacional, trata de implementar una serie de condiciones materiales que le favorezcan como clase social bajo el paraguas de un sentimiento e identidad nacional. Esto me lleva a otra pregunta: ¿por qué las luchas de liberación nacional-popular de las últimas décadas las han liderado los marxistas? La respuesta no es porque sean autoritarios, sino que nos lleva a pensar el por qué hemos sido incapaces de capitalizar las luchas de liberación nacional para escalarlas hacia una lucha  por la autodeterminación de los pueblos y en aras de construir un pueblo soberano.

Y como de tal palo tal astilla, la reformulación de la cuestión nacional también nos lleva al internacionalismo. Como tal, el internacionalismo debe basarse en el reconocimiento de la existencia de naciones oprimidas y su derecho a la autodeterminación, así como la hermandad entre los pueblos de distintas naciones y territorios. El internacionalismo que deberíamos reconocer es aquel que reconoce y defiende lo dicho anteriormente, y no aquel que se basa en un cosmopolitanismo cargado de valores universalistas que no encajan con la realidad coyuntural de las luchas de liberación nacional o lo niegan.

Volviendo al tema de Catalunya, el septiembre de este año nos ha venido como un vendaval en tiempos en que las movilizaciones sociales estaban bajo mínimos. Fueron días de cambios acelerados y las calles volvieron a activarse en Catalunya viendo cómo el desafío independentista pasaba a ser un mero conflicto independentista a ser una cuestión de derechos civiles. Este vendaval como agua de mayo significó la oportunidad de activación de un nuevo ciclo de movilizaciones. Entonces llegó el 1-O y la situación fue esperanzadora al ver la autoorganización vecinal desplegada para defender los colegios electorales, incluidos los y las anarquistas, que incluso llegaron a votar. La brutal represión desatada aquel día dio como resultado que la huelga general convocada el 3-O fuese desbordada a pesar de que CCOO y UGT se desmarcaran. Tras ese día de desborde, la situación pasó por momentos de impass, y pareció por un momento que las movilizaciones se iban a desinflar cuando Puigdemont declaró la independencia y la suspendió 8 segundos después. Después de que el artículo 155 llegase al Senado y el mareo institucional, finalmente se aprobó la declaración de independencia, con la consiguiente disolución del Parlament para convocar unas elecciones el 21 de diciembre.

En medio de este vendaval, corrieron ríos de tinta de posturas muy diversas al respecto. No voy a hablar de la evidente actitud totalitaria de los unionistas, sino de los libertarios en sí. Dejando de lado el españolismo más rancio de Unidos Podemos, el cual su discurso encaja ya perfectamente con el Régimen del ’78, lo que hemos visto va desde un antinacionalismo esencialista y con olor españolista, pasando por un apoyo a la autodeterminación de los pueblos sin Estado, hasta la defensa estratégica de la construcción de la República catalana y de allí avanzar hacia un Procès Constituent cuyo protagonista sea el pueblo. Aunque nos parezca a todas la evidente contradicción de la última postura, realmente se trata más de una cuestión estratégica más que de principios, y es que todo estos acontecimientos han sido respondidos desde la autoorganización popular para defender el Referéndum, que ahora han pasado a ser Comités de Defensa de la República. Y remarco que a pesar de las innumerables contradicciones que implica siempre avanzar con el pueblo (lidiar con el interclasismo, intenciones de control de asambleas por parte de organizaciones verticales, sentimientos nacionalistas separados de la realidad material, aliarnos con otras fuerzas políticas autoritarias…), nuestra responsablidad como libertarias es acabar con ellas ensuciándonos y luchando junto al pueblo para conseguir que las reivindicaciones puramente nacionalistas y/o independentistas tengan un contenido materialista y socialista libertario sin ir por delante.

Muchas hemos dicho en ocasiones anteriores de que no debemos dejar pasar oportunidades de ruptura como habíamos dejado pasar el ciclo de movilizaciones abierto por el 15M, y hemos acertado. Sabemos pues que la República no será el final, sino un inicio para la mejora de las condiciones materiales para la clase trabajadora, y sabemos que tampoco será el socialismo libertario en un solo país, sino que deberá ser el inicio de un ciclo de movilizaciones en el resto del Estado español.

La independencia de Catalunya, al margen de todos los memes y parodias que se han hecho sobre el tema con los cuales nos hemos alegrado estos días, nos ha demostrado que, primero, no es ya solo una mera cuestión nacionalista; segundo, que en el s.XXI en Europa aún hay posibilidades de cambios y rupturas en donde el pueblo sea un actor importante en los acontecimientos; y por último, que la unidad de España no será para siempre y que es posible romperla, y con ella, el Régimen del ’78. Esta ruptura pasará por una ofensiva popular en favor de una república federal en España que acabe con los resquicios del franquismo y establezca un nuevo marco coyuntural que implique una mejora de las condiciones materiales para la clase trabajadora del Estado español. La actual izquierda española, por desgracia, está demostrando no estar a la altura de las circunstancias al atrincherarse en posturas defensivas en medio de la polarización de la sociedad. Esta izquierda débil está dejando que el fascismo crezca y por ello, que acaben con cualquier otra vía de ruptura.

En resumen, no podemos permitir ahora una regresión, y por todo esto es necesario que los y las libertarias atajemos la cuestión nacional desde una perspectiva estratégica, que aunque llena de contradicciones, nos permita trascender el mero independentismo y poner así sobre la mesa temas materialistas tan importantes como la mejora de las condiciones materiales para la clase trabajadora, construcción de un nuevo modelo de institucionalidad a partir de los organismos populares (CDRs, sindicatos de clase, AAVV, cooperativas, …), la defensa de la soberanía popular (con ello, las soberanías polícia, económica, territorial, alimentaria, socio-cultural, energética…) antes que la soberanía nacional, y así avanzar hacia el modelo de sociedad socialista libertario por la que luchamos.

Distopías en línea II: Un reflejo en la oscuridad

Es curioso. En la anterior entrada de esta serie hablábamos de Mr Robot, de lo que muestra y lo que oculta respecto al futuro que nos espera. Pues bien, las preguntas que Mr Robot dejaba en el aire se reflejan en la distopía tecnológica que dibuja cada capítulo de Black Mirror. Esta, lejos de la ingenuidad o la complicidad con los sueños del progreso tecnológico, pone sobre la mesa, en toda su crudeza, las nocividades del mundo hipertecnológico que ya atisbamos.

Si la tecnología es una droga —y se siente como una droga— entonces, ¿cuáles son los efectos secundarios?” – Charlie Brooker.

Destaca entre las virtudes de esta serie la capacidad para hacer una lectura crítica del presente a través de un relato de ciencia ficción situado en un futuro cercano. Todos y cada uno de los capítulos escarban en ese anhelo de huida tecnológica de los nuestros miedos más humanos (la muerte, el olvido, el dolor…) y consigue así representar el lado más terrorífico de la deshumanización. Como resultado, el triunfo tecnológico produce monstruos mucho mayores que aquellos de los que queremos escapar.

Como en Mr Robot, encontramos en Black Mirror una reflexión sobre el aislamiento y la mediación tecnológica. La relevancia de las valoraciones virtuales a la hora de entablar relaciones sociales lleva indefectiblemente a individuos ensimismados con su ego virtual, su valorización en la red. Es algo que ya empezamos a sentir en nuestro día a día, donde la obsesión por la apariencia genera individuos depresivos, con un sesgo cognitivo impuesto por las redes sociales que nos hace sentir que todos son felices a nuestro alrededor. Es más, vivimos ya en un mundo donde nuestra reputación en línea es un aspecto relevante a la hora de encontrar amistades, pareja e, incluso, de encontrar trabajo. Así, en la serie tanto como ya lo hace en la realidad, la acumulación de capital social-virtual redunda en beneficios (y perjuicios) materiales: mejores oportunidades de trabajo, acceso a determinados eventos, posibilidades de ascenso social… Esta desigualdad complementa a la existencia de clases sociales, ya que dinero y reputación virtual se impulsan mutuamente mientras la pobreza y la exclusión son penalizadas.

Esta valoración está además sesgada por algoritmos cerrados que nos clasifican y seleccionan. Algoritmos con sesgos que no podemos conocer ni auditar, pero que modelan nuestras sociedades y toman decisiones fundamentales sobre nuestras vidas. Ya ocurre en el cálculo del coste de primas sanitarias o de seguros, o en la concesión de préstamos cada vez más necesarios para garantizar derechos que deberían cubrirse, como vivienda, sanidad o educación.

Esta mediación tecnológica lleva a Black Mirror también a una reflexión sobre la política y los medios de comunicación. Las votaciones en los regímenes liberales se convierten en puro espectáculo, desligadas por completo de sentido político y de cualquier noción de democracia. Una competición con lógicas mercantiles donde vence el más rico, el más grosero, el producto más vendible. Una consecuencia directa del enfoque sensacionalista y sesgado que promueve la televisión y los medios; pero también de la falta de una educación y cultura política que posibilite la democracia y la gestión popular de los asuntos comunes. Una realidad que no hace más que resaltar la necesidad de medios de comunicación críticos y plurales, así como un sistema educativo flexible y motivador capaz de transmitir valores solidarios, democráticos, ecológicos y feministas.

El título de la serie tampoco podría ser más acertado. Del mismo modo que el espejo negro en que se convierten los dispositivos electrónicos apagados, la serie nos refleja a nosotros mismos y nos interpela en tanto que personas. Cuestiona nuestra autopercepción de dioses tecnológicos todopoderosos y nos sitúa ante sus monstruos. Nos dice que quizá estemos a un paso de superar el miedo a la muerte, al olvido, al dolor por la pérdida del ser querido… pero que eso no resulta (no está resultando) en un mundo mejor para ser vivido. Al contrario, instituye una realidad terrorífica y opresiva que nos cosifica como instrumentos de la tecnología (sea como generadores de la electricidad que la sustenta o como carne de reality show pseudopornográfico para entretenernos). Una tecnología que anula nuestra conciencia y nos convierte en máquinas de guerra perfectas. O que nos condena a la enfermedad mental ante la incapacidad de olvidar y pasar página.

Y, aún así, es preciso hablar aquí de nuevo del gran elefante en la habitación. El triunfo tecnológico no puede librarnos del desastre ecológico, sino que nos encamina hacia él. Black Mirror no da recetas para el colapso, pero trata de vacunarnos ante ese virus de la ilusión tecnológica. Descubrir los grandes monstruos que esbozan la deshumanización nos alienta a enfrentar los miedos humanos a una escala humana, rompiendo con el individualismo y afrontando el dolor, el sufrimiento, la muerte y los inevitables males de la humanidad de manera solidaria, sostenible, sin poner en peligro nuestra libertad. ¿Es eso aún posible? De eso dependen los grandes desafíos de nuestra época.

Hablemos de institucionalidades

En relación a la cuestión catalana de estas fechas, se está hablando y comentando sobre esa transición hacia la República catalana, algo que implica muchas cosas y no solo la definición de unos nuevos marcos laborales, comunitarios, de servicos públicos, etc.. sino también de institucionalidad y administración territorial. Aquí entran una serie de conceptos que deberían ser aclarados y que no debería reducirse simplemente a «Estado». Obviamente en el corto plazo no podríamos hablar de la no creación de un nuevo Estado catalán y sabremos que otro Estado no será la solución, y entonces, si no es la creación de un Estado, ¿qué será entonces? La comuna de comunas, la anarquía, el control obrero son conceptos que quedan bien sobre papel, pero necesitamos una base más concreta sobre la que asentar nuestro futuro proyecto político. A lo que pretendo llegar es a aclarar qué es de lo que realmente estamos hablando cuando hablamos de institucionalidad, de administración etc… Diferenciaremos pues entre modelo institucional y Estado,  administración y gobierno, o política y arte de gobernar. Es clave que tengamos claro estos conceptos si asumimos que tenemos la responabilidad en ser parte activa del proceso que estamos viviendo en estos tiempos en Catalunya.

Puede sonarnos muy novedoso el concepto de institucionalidad, y por ello erróneamente suele relacionarse con el Estado o instituciones de la actual democracia burguesa. No obstante, estos conceptos ya los trató Bookchin y Janet Biehl, su alumna. Cuando hablamos de institucionalidades, nos referimos a cómo se configuran en conjunto las administraciones públicas, los mecanismos de tomas de decisiones, la justicia, los órganos legislativos, las defensas, etc… y ello no implica necesariamente un Estado. Los modelos de institucionalidad no estatales los podemos ver en el Consejo de Aragón, en la Comuna de Shinmin, los caracoles Zapatistas o Rojava mismo. En este sentido, cuando hablamos de configurar un nueva nueva institucionalidad, hablamos de cómo llevaremos a cabo la implementación de un nuevo modelo de sociedad en la cual las actuales funciones que están en manos del Estado sean, o bien eliminadas por ser innecesarias o bien, sustituidas por los órganos de la nueva sociedad. En otras palabras, el pueblo tomaría las riendas de su propio destino sin necesidad de ningún organismo centralizado, autoritario y separado de la sociedad decida sobre él, sino que la nueva sociedad constuirá su propia institucionalidad, que en el caso del socialismo libertario, se tratará de una institucionalidad basada en la democracia directa, el apoyo mutuo, la justicia y la igualdad social.

De dicha nueva institucionalidad, nos trasladamos hacia el modelo de administración, que no tiene por qué significar gobernar ni tampoco implica la toma de decisiones políticas. En un Estado, la administración está sujeta a decisiones políticas y al gobierno, es decir, depende de otros organismos que conforman el Estado y por tanto, funcionará acorde a las decisiones del gobierno. En cambio, una administración democrática como la de Rojava implica la separación entre las decisiones políticas y sus ejecuciones. Explicado de otro modo, las decisiones políticas se toman desde las asambleas de barrio y éstas se trasladan a la administración para que ejecute dichas decisiones. En ella vemos que la administración no toma realmente decisiones por sí misma, sino que su papel consiste en facilitar los recursos técnicos y logísticos para que desde los organismos (en este caso las asambleas de barrio, pero pueden ser igualmente consejos obreros/agrícolas, cooperativas…) decisorios deliberen sobre las opciones más acertadas, y se acordará con la administración el poner en marcha dichas decisiones en condiciones de igualdad. Es entonces cuando la administración pública se convierte en un organismo al servicio del pueblo, no para el mantenimiento del orden de un Estado.

Y finalmente, esto nos lleva a diferenciar entre hacer política y arte de gobernar. Hacer política significa tomar decisiones sobre todo aquello que atañen a los problemas y necesidades cotidianas o a la organización de la nueva sociedad. Pero esto no quiere decir que en lo inmediato no hagamos política, de hecho la tenemos que hacer hoy en día primero organizándonos a nivel político para luego ser una herramienta capaz de potenciar y radicalizar los conflictos sociales. Esto significa que la política no es algo que esté lejos del alcance de la población y que solo se realiza desde las actuales instituciones burguesas y el Estado a través de partidos políticos electoralistas, sino algo que hemos de recuperar sobre todo los y las libertarias para no estar siempre viendo cómo nos cuelan recortes en derechos y libertades, escándalos de corrupción, robo de dinero público, mentiras, destrucción de nuestro entorno natural…, y cómo juegan siempre a favor de los intereses de la clase dominante. Recuperar lo político nos permitirá tomar partido sobre los problemas cotidianos que nos están ocurriendo a la clase trabajadora para acumular fuerzas a nuestro favor, y volver al escenario como actor y fuerza política frente a lo que es el arte de gobernar, que es todo ese conjunto de artimañas de la actual política que siempre favorece a sus propios intereses en detrimento de la mayoría de la población, la cual es reducida a simples votantes que no tienen capacidad decisoria sobre las políticas del país. En otras palabras, el arte de gobernar es la política escenificada, espectacularizada y separada del alcance de la población para decidir por encima de ella.

Lamentablemente, la complejidad de nuestra actual sociedad implica ofrecer soluciones realistas en el medio-largo plazo, y ello implica entender que la nueva sociedad socialista libertaria necesitará estar fuertemente organizada para defender su soberanía. Por eso, hablar de la construcción de una nueva institucionalidad no nos debería asustar, al contrario, nos permite materializar nuestras bases políticas sobre la praxis, sabiendo además que las actuales estructuras asamblearias (sindicatos, cooperativas, asociaciones de vecinos, organizaciones políticas, etc) serán los futuros organismos que conformarán la nueva institucionalidad.

Nota: Lo expuesto en este artículo tiene base en el libro de Janet Biehl «Las políticas de la ecología social: municipalismo libertario», que me parecen claves para tener referencias en el medio plazo en los momentos en que el poder popular necesite consolidarse y reafirmarse como actor político de cambios y germen, por tanto, de la nueva sociedad socialista libertaria.

[Manifesto presentación] Bátega: Presente de loita, futuro en común.

[GA]

Raro é o día no que non escoitamos que o que temos que facer agora mesmo é estudar. Que cando teñamos a nosa propia casa e fillas xa mandaremos nas nosas vidas e nas delas. Que a familia é o primeiro e que os problemas da casa quedan na casa. Que se non atopamos traballo é porque non queremos e que nos pasamos o día pensando nos biosbardos e en que cadra o vindeiro festivo. Que temos que saír de festa a romper para esquecer a rutina porque esa é a diversión, o único xeito de pasar un bo rato. Que temos que competir e ser as mellores a costa das demais. Que é moi perigoso voltar soa pola noite. Que algo faría para que el me levantase a man. Que levo a saia moi curta ou moi longa. Que falando en galego non imos a ningures. Que que gracioso é o acento que temos e que á xente de fóra hai que falarlle en castelán e non ser maleducadas. Que aproveitemos que somos mozas para emprender, para explorar mundo. Que collamos as oportunidades que temos porque xa lles gustaría a moitas estar na nosa situación. Que non podemos queixarnos se temos un traballo e que somos novas, non precarias. Que se te gusta unha persoa tes que ir conquistala ou esperar a que te conquiste. Que o ciume é parte do amor. Que o sexo é violento e que tes que facer o que el queira: lamber, quedar quieta ou berrar, que tes que agardar a que pase rápido e ficar calada. Que tes que azoutar, forzar ou correrte na súa cara.

Fartas da apatía e da tristeza, é tempo de que a mocidade tomemos partido. Porque o que nos ofrecen con gravata ou camisola dende escanos é pedir e agardar, nós propomos tomar e facer. Sorrir e avanzar xuntas. Despoxarnos das obrigas e núcleos familiares, da precariedade, da emigración e da submisión. Do paternalismo ideolóxico ao que nos vemos sometidas. Desfacer as formas consumistas e controladoras de relacionarnos e divertirnos para coidarnos rachando co imposto. Aprender que, falar na lingua que escoitamos dende que somos cativas, non é algo polo que teñamos que sentir vergoña. Que formarnos e aproveitar as oportunidades non é illarnos do mundo, senón mellorar a realidade na que vivimos.

É preciso pasar á acción para defender as nosas vidas. A mocidade temos a necesidade de facer tremer o existente, nas nosas vilas e nos nosos barrios. Construamos alternativas en común para combater a miseria, levantemos comunidades e tomemos o que nos pertence. Ocupar, resistir e encher de ledicia é recuperar os nosos territorios. Unidas e organizadas podemos evitar que nos despidan, defendernos de agresores e repartir o traballo.

En Bátega, aquí e agora, pularemos por un movemento revolucionario dende o poder xuvenil. Apostaremos por construír o socialismo dende a base e o feminismo radical e de clase mentres defendemos a nosa terra. Lanzámonos adiante para constituír o proceso de formación da organización revolucionaria da mocidade galega. Impulsaremos coas nosas forzas mecanismos colectivos de emancipación, fortes e radicalmente democráticos. Temos claro que a mocidade debemos estar na vangarda, tomando a acción directa e a solidariedade como ferramentas de clase e empoderamento feminino. O materialismo dános a capacidade de análise, mais está nas nosas mans construírmos unha vida digna de ser vivida.

Presente de loita, futuro en común

 

Barcelona. Entre el caos y el miedo

Antes que nada, mi más sincera muestra de solidaridad y apoyo a las víctimas de este horrible atentado, y de muchos más cometidos a lo largo y ancho del globo. Aquel 17 de agosto sobre las 17h de la tarde se produjo en Barcelona un atentado similar al vivido días atrás en Charlottesville, donde un neonazi atropelló a una veintena de personas al conducir su coche hacia un grupo de personas en una manifestación antifascista, dejando una víctima mortal. Esta vez el autor es un terrorista del Daesh que alquiló una furgoneta y arrolló una veintena de personas en la Rambla. Posteriormente, hubo un atropello a varios policías en Espluges y otro intento de atentado en Cambrils a la madrugada. Estos hechos se suman ya a los anteriores atentados en París y Bruselas, por mencionar los más recientes, en suelo europeo, sin olvidar la situación casi diaria en Siria, Turquía e Iraq, y las zonas donde opera Boko Haram.

A estas alturas ya no nos deberíamos sorprender de cómo el foco mediático recae sobre los atentados en suelo europeo, mientras que los cometidos en otros países donde derraman además mucha más sangre quedan en segundo plano. No nos dejemos llevar por el pánico, el sensacionalismo y el morbo que retransmiten en los medios de comunicación e individuos irresponsables en las redes sociales. En medio de todo el caos y el estado de shock, el poder dominante aprovecha para recortar libertades e imponer estados de excepción. En esta situación la derecha (desde la más liberal a la más fascista) aprovecha para soltar sus discursos racistas, xenófobos, autoritarios e islamófobos, señalando como culpables a la inmigración y a la afluencia de refugiadas a Europa bajo un discurso de odio al diferente.

No obstante, ante la percepción distorsionada y llena de prejuicios sobre la situación de la derecha, -además intencionada-, ya que precisamente ese posicionamiento beneficia a las clases dominantes, la realidad que vivimos es otra: las víctimas son en su gran mayoría de clase trabajadora, personas que además de tener que enfrentarse a los riesgos en sus centros de trabajo, pagan con su sangre los viles actos terroristas de un grupo financiado y alimentado por Occidente bajo unos intereses económicos y geoestratégicos en Oriente Próximo.

A Occidente lo le interesa la paz en Oriente Próximo, no le interesa que hayan países soberanos que les planten cara frenando el saqueo de los recursos naturales de dichos países, y por eso, cuenta con Turquía, Israel y Arabia Saudí principalmente para seguir manteniendo la zona en conflicto. Ahí tienen un suculento negocio con las armas y el petróleo, mientras promueven la expansión del wahabbismo y el salafismo, ramas extremistas del islam las cuales constituyen las bases ideológicas del Daesh, Boko Haram y Al-Qaeda. Y ahora mismo, las únicas fuerzas que están en primera línea combatiendo al Daesh son el YPG/YPJ aliadas con las SDF, las cuales apuestan por un proyecto político de paz laico, democrático y socialista no solo para Siria, sino para todo Kurdistán y Oriente Próximo. Pero mientras la guerra continúe, a parte de los atentados en zonas de conflicto, vendrán los terroristas a cometer atentados que se cobrarán más víctimas inocentes, a costa además de los recortes en libertades y derechos civiles con la excusa del terrorismo, así como anular la legitimidad de las luchas sociales.

Hoy más que nunca la clase trabajadora debe permanecer unida ante estas situaciones de barbarie. Las muestras de solidaridad ya se han visto entre los y las trabajadoras de Eulen que suspendieron su huelga, taxistas que ofrecieron un servicio gratuito para evacuar la zona, colas para donar sandre y personas que prestaron asistencia a los heridos en el lugar del atentado. Esto demuestra que solo el pueblo salva al pueblo y levanta los ánimos y esperanzas por un mundo más justo. Hoy más que nunca tenemos que seguir trabajando en la integración de todos los colectivos sociales y seguir adelante con la lucha social construyendo pueblo. Tenemos que saber reaccionar ante esta oleada de paranoia y de discursos de odio fáciles reivindicando la diversidad cultural, el apoyo a las personas migrantes y refugiadas, la defensa de nuestras libertades y derechos, el bloqueo de la venta de armas a países que financian y alimentan el terrorismo como Turquía, Arabia Saudí, Qatar e Israel, y el fin de la guerra en Siria y Yemen. Por todo eso y más, digamos basta ya de jugar con nuestras vidas, basta ya de engañar y amedrentar a la población, basta ya de justificar guerras contra el fantasma del terrorismo que ellos mismos han fabricado directa e indirectamente.

Se nos avecinan tiempos difíciles, y es fundamental que continuemos con la gran labor de construir un pueblo fuerte que oponga la soberanía popular frente al neoliberalismo y al fascismo en auge.

 

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