[Cortometraje] El empleo

2008 ‧ Cine dramático/Cortometraje ‧ 7 min

Un cortometraje argentino realizado mediante acuarelas que nos llama a reflexionar sobre lo absurdo de una vida dominada por el trabajo asalariado, donde productividad y alienación se dan la mano para transformar al ser humano en un autómata.

Fecha de estreno: julio de 2008
Director: Santiago Bou Grasso
Historia de: Patricio Plaza
Guion: Patricio Plaza
Productores: Santiago Bou Grasso, Patricio Plaza

Simulacro de vida

Solía soñar con puentes alados de colores que sonreían cuando un vehículo o un globo lo atravesaban, con casas colgantes en forma de pez, donde los moradores se dedicaban a leer y a fumar en pipas de cristal. En alguna otra ocasión, mis ojos se cerraban y nadaban dentro de mí, y sobre sus tejados había nubes abrazadas a la tierra, gravitando entre susurro para mantener sus suspicaces figuras. Pero la pizarra y el uniforme se impusieron, erigiendo una cárcel para encerrar mi felicidad onírica. La obligaron a permanecer en silencio, observando por una pequeña rendija de una recia puerta.

De adulto, y con dolores en los ojos, hago malabares con los números y sin éxito me figuro la manera más simple y sencilla de vivir, sin delatarme, sin percatarme de que es imposible llegar sin miedo al día 30 de cada mes. Así, doce castigos, 365 torturas al año. Pero el encierro se desvanece con cada día que mi imaginación se vende por algo de dinero usado, diciéndome a mí mismo por lo bajo que soy más que un carné de identidad, ¿lo soy?

La puerta está desvencijada y aún no he aprendido de eso que llaman amor. A golpes de soledad negué que era más sencillo decir te quieros al espejo que a un oído ajeno. Plegarias y dioses no existirían si la humanidad hubiera recogido los juguetes abandonados y los cristales esparcidos dentro de un alma perdida en este callejón, entre las facturas, el alquiler y un aire viciado por la usura y el placer ególatra. Los maestros sabían de ecuaciones, pero no de amor libre, ni de amor liberado.

Pero te has ido. O no te has ido. Mi ilusión sigue presente, algo andodina, desde aquella oscuridad accidental. Aquella noche en la que afilábamos nuestros bordes, a esas horas que en el presente me dibuja una montaña de melancolía y las voces de Jimmy Cliff y Paul Weller me acunan cuando intento pacificarme. A veces creo que te quiero. En otras ocasiones, todo lo contrario.

Es que en esto de las relaciones afectivas siempre he sido un tanto torpe. Me he acostumbrado a ser el cobijo y la protecciones de algunas personas rotas, y yo mismo he ayudado a poner parches a mis descosidos. Al contrario de lo que decía Simone de Beauvoir, yo cada vez te conozco menos, pero mi corazón lo siento cada vez más cerca. Tal vez algún día termináramos siendo dos extraños. O bien todo lo contrario.

Pero para calmar el dolor que se acumula en la boca del estómago y salta por nuestros cerebros, nos dieron unas pastillas y un trabajo mecánico, solo faltaba perder el cerebro o que sustituyeran mi agotamiento vital por unas semanas en la playa. Pero ignoro quiénes fueron esos maleantes que nos creyeron transhumanos en este simulacro de vida. Mas no engañan cuando afirman, con los dientes afilados y la boca pequeña, que podemos elegir: morir en la ciudad o en el campo. Creí que la cuchilla servía para cortar las ataduras que nos hacen ser marionetas, erraba y erré.

Estamos tan limitados que hasta nos frenan el miedo, y nos han hecho tan tolerantes que tolero mejor lo injusto de todos los días, y es que de siete, aborrezco cinco. No es mal ratio. Escupo las pastillas sobre los guiones configurados. Mi mayor deseo es poseer una ráfaga de viento que me eleve y dibujar, desde el aire, las fronteras mentales que le han impuesto a la geografía. A mis profesores, grandes teólogos y biólogos, se les escapó una mente (y otras más) que se mueven al compás de los tambores de la rebelión. A espera de tiempos mejores, sigo haciendo sonreír a puentes que se eleven hasta el cielo, bajo el sonido de nuestros pasos, construyo casas para quienes duermen bajo las lágrimas de las estrellas y abrazo nubes que no han dejado de tararear nanas, hasta que ellos, los que nos obligan a inhalar un oxígeno cargado de nitrógeno y corrupción, se ahoguen tan profundamente que ya no se oiga nada más.

Sin autoempleo cooperativo no hay futuro posible

Reflexiones sobre el autoempleo cooperativo, la estrategia política ecosocial y la imposibilidad de transformar el sistema desde las instituciones.

A modo de síntesis y siendo conscientes de la sociedad en la que vivimos, decir que desde mi punto de vista, existen dos problemas fundamentales:

1) ver en la política profesionalizada, y por lo tanto en los partidos políticos, la única vía posible para transformar la sociedad, NO siendo conscientes de todas las situaciones negativas y de contra-cambio que se desarrollan en dichas estructuras de poder.Son dos fundamentalmente las problemáticas que rodean a este lobby:

1a) en primer lugar podríamos hablar del problema que significa que “tus lentejas” dependan de la política profesionalizada.

1b) en segundo lugar y en relación con lo primero, dicha situación de dependencia provoca que el programa de cambio en materia económica que “pretendes aplicar en el papel”, se vea frustrado en la práctica por las presiones a las que te somete el régimen con todas sus herramientas, tanto legales como mediáticas.

Llegados a este punto, es cuando el cargo público se encuentra ante dos opciones, o bien dimitir por sus convicciones de cambio y transformación económica, o por el contrario, adaptarse y dejar que el sistema le asimile como parte de su estructura y engranaje, ya que no olvidemos y como decía al principio, ”sus lentejas”, ahora dependen de la política profesionalizada (obviamente hablo de aquell@s que dicen presentarse con el anhelo de superar el sistema capitalista).

2) la ausencia de autoempleo y redes de consumo y producción, al igual, que la dificultad de acceder a servicios básicos autogestionados en materia de educación o sanidad en los diferentes pueblos, ciudades y comarcas.

Dicha situación, nos deja a merced de su sistema en todas las esferas o escalas sociales, tanto en la socio-política como en la socio-económica. Por otro lado y a modo de reflexión, es preocupante aunque comprensible, debido a la ausencia de redes alternativas a la institución estatal, que muchos de los proyectos de economía social se encuentren bajo el paraguas de las subvenciones y proyectos que ofrecen los “supuestos ayuntamientos del cambio”.

Lo relatado en el párrafo anterior  provoca que estos ayuntamientos con una mano sigan alimentando a el sistema consumista- ya que no pueden acabar con el capitalismo en su ciudad desde las instituciones, como mucho anhelar o intentar aplicar un sistema mixto de corte keynesiano- y con la otra mano, dando dinero a la economía social como fuente de experimentación, nunca, como motor primario de la producción de bienes y servicios; dicha apuesta conllevaría caminar hacia el decrecimiento, y de esto, no están por la labor ni Podemos, ni la ya casi extinta Izquierda Unida.

Con este panorama solo nos queda organizarnos y organizarnos, el sindicalismo combativo y de clase debe y tiene que entender que no sirve sólo con defender a las clases populares en los centros de trabajo- centros de trabajo que se rigen por las reglas de consumo y producción del sistema capital-productivista-, por tal motivo, es imperativo y urgente crear una red de trabajo cooperativo, red de redes, que tenga como objetivo principal sacar a las mayorías sociales de las actuales relaciones y condiciones laborales.

Desengrasar y descapitalizar al sistema Estado-Banca desde la independencia económica , esa debe ser nuestra principal pretensión en este siglo XXI. Dicha labor que para nada es sencilla, no se soluciona tomando únicamente los medios de producción , si no que por el contrario, se solucionaría desde mi punto vista, repensando el sistema productivo, rompiendo con el productivismo y construyendo una sociedad ecosocial y libertaria que tenga en cuenta los límites del planeta, al igual, que las desigualdades que se dan en el consumo y aprovechamiento de los recursos naturales entre los pueblos del mundo, llegados a este punto, es más que evidente que el único camino posible lo representa una revolución integral que camine hacia el decrecimiento. Para ello lanzo la siguiente reflexión:

¿Sí repensáramos la estrategia e intentáramos ir por delante del Estado-Banca en la creación de un contra-poder que generará trabajo y saliera de su cadena de consumo y producción, no estaríamos en ese momento en situación de afirmar, que hemos ejecutado un golpe certero a la hidra capitalista que nos somete?

Dicha pregunta es un elemento que necesitamos trabajar en los movimientos sociales aprendiendo de los errores y creando una coyuntura donde la estrategia se enfoque a desenmascarar su violencia, represión y falta de ética, y a la vez, construyendo un escenario en todos los pueblos y comarcas donde las cooperativas, los grupos de consumo y las redes ecosociales tengan la capacidad de gestionar la sociedad desde la horizontalidad y la política desprofesionalizada, si somos capaces de llegar a este punto no debemos tener duda alguna, de que en ese preciso momento , estaremos rompiendo gran parte de la dominación y el control que ejerce sobre nosotros/as el Estado y el capital.

Este texto es un manifiesto y una llamada a la acción, más que una reflexión que anhele morir en el papel o vivir únicamente en la palabra y no en el hecho, por ello, con estas líneas pretendo que comience un proceso de dialogo y de unión de las desunidas, donde aquellas libertarias, ecologistas y feministas insumisas nos replanteemos ,que aunque a día de hoy, seamos todo eso en nuestra vida privada e incluso en nuestras organizaciones, una vez fuera de estos ámbitos, no somos más que carnaza laboral que o trabaja para el capital o para el propio Estado en sus diversas esferas de control (administrativos, técnicas, electricistas etc..)-solo un pequeño porcentaje de la población consigue vivir de un proyecto de autoempleo y autogestión, proyectos, que en la mayoría de los casos se encuentran desprovistos de redes de apoyo mutuo-.

El diagnóstico es claro y severo, sin la creación de autoempleo cooperativo no hay futuro posible, y en esa reflexión deberíamos de trabajar todas las organizaciones y personas que queremos caminar hacia la creación de una sociedad sin Estado ni Banca. La cura para dicha enfermedad diagnosticada es clara, volver a entender el sindicalismo como lo entendía la CNT en los años 30 del pasado siglo, donde dicha organización creo una estructura en diferentes ámbitos de la vida que generaban una alternativa de servicios y empleo al aparato estatal, dicha cura debe ir acompaña de dos elementos fundamentales en el siglo XXI ,en primer lugar, la lucha contra el heteropatriarcado ,y en segundo lugar y como elemento irrenunciable, la defensa del territorio. Por ello, la ecología social y el feminismo son dos ingredientes básicos de esa fórmula que se liga con las ideas libertarias.

“Nuestra propuesta de cambio político, social y económico es claramente pacífica, feminista y eco-autosustentable con los ecosistemas y los seres vivos que en ellos habitan,será por lo tanto el Estado y la banca, quienes tendrán que decidir como luchan contra un nuevo orden social que nosotras hemos decidido proponer desde la no violencia y la estrategia política”

“Las libertarias no estamos en contra de la creación de una organización que promueva, genere y organice el trabajo, consumo o los servicios sociales, si no que por el contrario, estamos en contra de las formas coactivas, verticales y represivas de organización”

Pedro A. Moreno

Enlaces del mes: Octubre 2016

En el reféndum por la paz celebrado en Colombia, los resultados sorprendieron al mundo. Había expectativas de que el sí al proceso de paz y poner por fin punto y final a más de 50 años de conflicto armado en el país. No obstante, ¿por qué ganó el no? Existen varios factores que han condicionado dicho resultado, entre ellos, intereses políticos.

La querrella por el intento de la policía de captar un confidente ha sido admitida por la Jueza. Se trata del caso de Quim Gimeno, uno de los detenidos en la Operación Pandora, el cual la policía quería que consiguiese información sore los movimientos sociales en Poble Sec. La noticia también ha salido en El Pais.

El Gran Bosque de Agua, situado en el municipio de Ocuilán (México) está siendo talado ilegalmente. Este bosque representa el 2% de la biodiversidad mundial y está siendo amenazada por dichas actividades. A partir del 2000, la resistencia en defensa del bosque se intensificó. Ildefonso Zamora, un campesino de la zona, estuvo denunciando y documentando estas prácticas y por ello ha sufrido encarcelaciones y asesinadon a uno de sus hijos. Esta persona se ha convertido en ‘una piedra en el zapato’ de las grandes multinacionales e intereses políticos que hacen grandes beneficios a base de expoliar la tierra.

Nunca una bronca hubiese dado tanto que hablar. Sí, ocurrió en Altsasu, un pueblo de Nafarroa en el cual unos guardia civiles borrachos agredieron e insultaron a la clientela de un bar. La versión oficial cuenta el suceso de manera muy tergiversada, criminalizando a los clientes acusándoles de emboscar y agredir a los agentes. Sin embargo, esto no es un hecho aislado. La población del valle está reivindicando la salida del cuerpo de Euskal Herria ya que la Guardia Civil está actuando en la zona como si fuese una fuerza de ocupación.

José Luis Carretero hace aquí un breve análisis de coyuntura sobre la situación en España: otros 4 años más de gobierno de Rajoy y el IBEX, la descomposición del PSOE, Podemos que no llegó a ser lo que se esperaba, otro punto de inflexión en las luchas sociales…

La protesta estudiantil en la UAM que consiguió boicotear con éxito el acto de Juan Luis Cebrián y Felipe González, hizo que El País publicase en portada la criminalización de la FEL, relacionándola además con Pablo Iglesias. A todo ello, sale a la luz la obsesión que tiene este periódico contra Podemos y de cómo les impidieron que pisaran la UAM, llegando a compararles con la situación del franquismo.

Desde Apoyo Mutuo, llaman a la movilización el 29 de octubre por la construcción de la democracia desde el poder popular.

Por último, dos aportaciones más al debate sobre el sindicalismo: el uno plantea una pregunta acerca del sindicalismo que conocemos y cómo no está llegando a las capas sociales más precarizadas. Y el dos, sobre la necesidad de que el sindicalismo sea la herramienta para construir un poder obrero, capaz de asumir el control de la economía.

¿Y si el sindicalismo que conocemos ya no basta?

Por Ruymán Rodríguez

He visto que en determinados medios contrainformativos y portales libertarios se ha originado un interesante debate sobre la viabilidad y necesidad del “sindicalismo revolucionario”1, y como precisamente llevo mucho tiempo dándole vueltas a este tema me he decidido, humildemente, a participar. Vaya por delante que mis limitados recursos no me permiten consultar Internet a voluntad, por lo que me disculpo si he omitido alguna de las intervenciones que me preceden.

Además de lo dicho, advierto que no está en el espíritu de este artículo decirle a persona u organización alguna cómo debe organizarse. Es una propuesta basada en mi realidad cotidiana, una realidad (en Canarias) con un 30% de paro y aún más (37%) de exclusión social, con decenas de desahucios diarios, con 140.000 viviendas abandonadas, con una enorme pobreza infantil y con la economía en B como el principal modo de supervivencia de muchas de las familias que ponen cara a estas cifras2. Como doy por sentado que está realidad transciende de las islas, este texto no debe interpretarse como un ataque al sindicalismo revolucionario, sino como un llamamiento, allí donde no crece, se estanca o se ve superado por otras ofertas, a ampliar su campo de acción y abrir el abanico de la intervención sindical, económica y social.

1. Oliver y el pasado.

La revolución de 1936 en el Estado español fue la hostia, lo sabemos todos. Sin embargo, no solamente fue el resultado de un trabajo de hormigas desde 1868: fue el resultado de un contexto y fue, sobre todo, algo que ya pasó. Puede parecer redundante si miramos el calendario y vemos que estamos en 2016, pero merece la pena recordarlo.

Creo honestamente que cierto anarcosindicalismo está afectado de nostalgia y que debe buscar la cura3. La historia me fascina, pero sirve para sacar conclusiones no para revivirla. Esa revolución, con esos actores y circunstancias exactas, no volverá, y hemos de asumirlo, porque como decía Émilienne Morin “no se hace la misma revolución dos veces”4. En el mejor de los casos, si surgen las condiciones propicias y tenemos la capacidad de estar a la altura, nos tocará hacer la nuestra. Debemos por tanto esforzarnos en entender esto: la mentalidad del heredero condiciona; la del generador, aunque dé vértigo, libera.

Sin embargo, hay otras lecciones que sacar de esa época. En las primeras intervenciones (de José Luis Carretero y Pepe Gutiérrez-Álvarez) se habla de ese momento en el que el sindicalismo revolucionario tenía tanta fuerza que podía plantearse si “ir al por el todo” o si colaborar con las instituciones republicanas y fuerzas antifascistas. Para mí la lectura no es cómo volver a tener la fuerza que nos permitió estar ahí, sino cómo evitar interpretar el fenómeno revolucionario en esos términos supuestamente dicotómicos.

Cuando se dice comúnmente en nuestra historiografía que en el famoso Pleno de Locales y Comarcales posterior a las jornadas del 19 de julio se dirimía si “dictadura anarquista” o “contemporizar”, si “hegemonía cenetista/faísta” o “colaboración”, no se está diciendo que se discutía si “revolución” o “guerra”; se está afirmando en realidad, aunque no se quiera reconocer, que se estaba debatiendo si aceptar el poder republicano constituido o crear uno nuevo controlado por las organizaciones que vertieron más sangre en parar los pies a los militares: la CNT y la FAI. Aún en la distancia seguimos siendo bastante miopes al abordar el asunto y no admitimos un hecho consumado: en cuanto más se introducía la cuestión en el terreno del poder más se alejaba del espacio libertario.

Los que proponían colaborar (casi todos salvo Oliver y la Comarcal del Bajo Llobregat) hablaban de la situación internacional, de la poca fuerza del anarcosindicalismo en el resto del Estado y además de no romper la unidad antifascista, de ser “generosos” con los minoritarios. Soterradamente, hablaban también del miedo a una dictadura encarnada por García Oliver. Este último, con todas sus virtudes organizativas y defectos personales, planteaba hacer oficial la superioridad de la CNT/FAI en la calle e “ir a por el todo”. No se sabe si tenía realmente esa aspiración dictatorial o no; si estaba convencido de lo que proponía o si su intención era precisamente atemorizar a sus compañeros y forzarles a votar por la colaboración que a la postre lo haría ministro; si proponía un modelo similar a lo que después sería el Consejo de Defensa de Aragón; o si con su propuesta “radical” pretendía la absolución histórica de la que no dejaría de presumir en El Eco de los Pasos (1978) al ser el único que propuso la “vía revolucionaria”. Desconozco la respuesta. Lo que sé es que el debate se distorsionó y creyendo que se debatía de revolución se estaba haciendo, en puridad, sobre poder.

Esta idea, que siempre me planteé, me alegró verla también ratificada en un artículo escrito por Abel Paz5. En él se nos aclara que el debate se dio efectivamente en términos de poder, y que en su opinión (para mí muy lúcida) el debate de fondo era más complejo y ya se había dado tiempo antes entre quienes defendían el sindicato como germen de la sociedad revolucionaria futura y como estructura gestora de dicho proceso (Isaac Puente y su tesis prevalente en el Congreso de Zaragoza de 1936) o si el sindicato debía disolverse ante el acontecimiento revolucionario y sus militantes dedicarse a organizar las asambleas de barrio, municipio y empresas que gestionarían la sociedad tanto económica como políticamente (Federico Urales). Oficialmente ganó la tesis de Puente. En el Pleno, la de los colaboradores. Pero los militantes, la gente del pueblo, los vecinos y vecinas de Barcelona, tomaron mientras pudieron su propia decisión en las calles y optaron por ocupar las fábricas y socializar los medios de producción sin autorización oficial alguna. En un primer momento organizando asambleas barriales espontáneas que superaban los cálculos de los propios sindicatos, y cuando se encauzó la euforia inicial, usando a estos mismos sindicatos como elementos de vertebración en los que precisamente se ponía en práctica lo aprendido en ellos durante décadas.

Lo que me parece interesante de este proceso histórico, en relación al debate sobre sindicalismo revolucionario, es el análisis sobre la importancia que le damos a las estructuras fijas, con andamiaje y nomenclatura definidas en letras de molde, y lo poco que nos interesa flexibilizar, adaptarnos al momento, escuchar las exigencias populares, reciclar lo que no funciona como debería y crear herramientas nuevas. Según Paz, se prefirió salvaguardar la organización sindical y específica a cualquier precio, defender ante todo la pervivencia de las siglas, y no se quiso seguir la propuesta de Urales: hacer que la revolución no fuera ni política ni sindical, sino social. Esta cuestión me permite por fin entrar en lo importante.

2. La crisis de la conciencia de clase.

En muchos de los textos que han intervenido en este debate se ha mencionado, con mayor o menor prolijidad, las modificaciones que ha sufrido la clase obrera y la conciencia que esta tiene sobre sí misma. Se ha hecho este esfuerzo, pero sin calcular completamente sus consecuencias y lo que esto implica (en relación, principalmente, a nuestras propias herramientas). Quizás molesten esas voces cargadas de realismo que nos muestran lo desalentadora que es la situación obrera no sólo a niveles laborales sino de autorrepresentación. Hacer de “pájaro de mal agüero” y decir cosas como las dichas por Alberola en su última intervención quizás no guste y genere aversión, pero es necesario. Es el momento de beberse el cáliz hasta las heces, asumir lo que nos rodea y ver si después de aceptada la realidad tenemos la capacidad de enfrentarla y cambiarla.

La clase obrera no se encuentra en un proceso de reconversión, sino de desintegración. Seguirán siempre habiendo trabajadores y productores, pero ya no con una concepción de estar oprimidos por las clases propietarias ni de ser los legítimos detentadores de los medios de producción. El capitalismo ha aprendido más sobre dominio en los últimos años de lo que hemos aprendido nosotros sobre revolución.

Antes la clase obrera era domada con la ignorancia y no era raro que la alfabetización o al menos la satisfacción de las primeras inquietudes culturales se produjeran en ateneos y sociedades obreras. Hoy la clase obrera es domada de una forma distinta: con sobreinformación manipulada, con un constante bombardeo comercial y mediático del que no escapa nadie, con la escolarización nacional forzosa a edades cada vez más tempranas. La hegemonía educacional capitalista no se siente amenazada y ha llegado hasta la última chabola.

Psicológicamente se pretende que el obrero se sienta más como un consumidor que como un productor, y hasta el asalariado más precario se siente clase media mientras no paren las nóminas. E incluso cuando paran, no hay más intención que reengancharse a la que se presenta como única alternativa posible: la explotación acrítica de su fuerza de trabajo. Lo que ha conseguido la democracia representativa en política es lo que ha conseguido el capitalismo a nivel económico y social: la identificación del oprimido con el sistema que lo oprime. Culturalmente la conciencia de clase ha sido no sólo fragmentada o desfigurada, sino que está directamente en proceso de descomposición.

Y sería un error pensar que esto sólo ha pasado a nivel social y cultural. El propio mundo del trabajo ha cambiado. Si la fábrica y la producción en cadena acabó con gran parte del orgullo artesano y con la conciencia del trabajador de ser artífice de su propio elaboración, no consiguió sin embargo romper el tejido asociativo. Los gremios cambiaron de formato pero la necesidad de unión siguió existiendo. Actualmente el alto nivel de desempleo (ser trabajador ya no es una identidad, es una etapa que con suerte se repite varias veces al año), la precariedad, la proliferación de las ETT’s, las subcontratas, han logrado que gran parte de la población no sienta ninguna identificación con la persona que suda y trabaja a su lado. En las empresas estables donde esto es distinto, ya los sindicatos amarillos han fagocitado a las plantillas. Se les puede y debe plantar cara, pero es harto complicado romper esta dinámica allá donde los sindicatos estatales han reducido la intervención sindical a la actividad de una gestora o de una organización meramente asistencial. Creemos por lo general que es por eso, por las deficiencias de estas organizaciones, por su corrupción y desprestigio social, por lo que hay un campo perfectamente abonado para el sindicalismo revolucionario; la realidad es que estas organizaciones ofertan lo que demandan quienes han conseguido cierta estabilidad laboral y económica: conservar dicha estabilidad; evitar cualquier alteración. No se mantienen porque la gente sea tonta o por extraños manejos de una conspiración internacional; lo hacen porque dan lo que piden muchos de esos obreros que han olvidado que lo son, que han sido fabricados a conciencia por el Sistema: conservar su pequeña ración de pienso, lo cual es triste pero muy natural y muy humano.

La situación polarizada entre oprimidos y opresores se mantiene inalterable desde las cavernas. Lo que ha ido cambiando es la percepción que los oprimidos tienen de esta situación y los métodos que los opresores tienen de perpetuarla. A nosotros los revolucionarios, partiendo de que estamos del lado de los oprimidos o que somos oprimidos mismos, nos toca cambiar los métodos de subvertir esta situación si los utilizados hasta ahora no funcionan.

Los métodos del sindicalismo revolucionario al uso pueden estar funcionando en muchos sitios, y en ese caso lo mejor es no tocar nada y seguir esa línea. Pero mentiríamos si creyéramos que esta situación es general. En muchas ocasiones este sindicalismo revolucionario lo es sólo en ideología, deseo y aspiración, pero no en práctica y resultados. En estos casos en los que la metodología clásica ha fracasado, es necesario implementar lo que se hace, modificarlo si fuera menester, o resignarse y hundirse aferrados al lastre de la tradición.

Con una situación laboral, económica y social totalmente degradada, con una clase obrera atomizada y desmantelada, con un paro acuciante y una crisis de subsistencia permanente en determinados barrios y ambientes, no toca a todos replantearnos nuestro trabajo. Tanto a las organizaciones específicas como a las centrales anarcosindicalistas que aspiran a desarrollar un sindicalismo revolucionario. Tenemos que plantearnos si el sindicalismo que ofertamos está llegando a los actores sociales que deben ser los protagonistas del cambio. Si no llegamos, plantearnos si debemos cambiar la oferta. Y si aún así no llegamos, plantearnos si estamos transmitiendo nuestro discurso al público adecuado.

En barrios con un paro del 70%, ¿llega un discurso exclusivamente obrerista? Allí donde gran parte de la población sobrevive a través de trabajos ilegales o alegales, percibiendo ingresos en B, ¿llega un sindicalismo que no la incluye en sus cálculos ni estrategias? Por otro lado, la aspiración de controlar los medios de producción, ¿debe ser incompatible con trabajar por controlar los bienes de consumo? ¿Por qué esta aspiración de tomar los medios de producción deja en manos de otro tipo de sindicalismo la ocupación de tierras? ¿Qué pasa con bienes como la vivienda y el alimento? ¿Estamos convencidos de que no es ese el terreno del sindicalismo? Creo que hay que dar obligada respuesta a estas cuestiones.

3. El sindicalismo social.

Antes de abordar este asunto, que puede ser malinterpretado, me gustaría aclarar algunas cosas. En primer lugar he leído que en algunas de las intervenciones del resto de compañeros se habla del sindicalismo social, considerándolo limitado y alejado de ofrecer una solución, como sinónimo de un sindicalismo imbricado con los movimientos sociales. Vaya por delante que no es esa mi concepción del sindicalismo social.

Por otra parte, el término puede levantar una lógica y natural animadversión si entendemos que hace referencia a lo que han sido algunos sindicatos durante años: grupos de lectura, cenáculos cerrados para debatir de ideología, clubes de amigos, peñas de convencidos. Este “sindicalismo”, ajeno totalmente a la realidad circundante, al barrio, a la calle, es precisamente lo contrario a lo que yo defiendo. Un sindicalismo que solo tiene nombre, siglas y banderas pero que vive de espaldas al sufrimiento de los obreros y de los que ha sido excluidos de esta denominación porque ni siquiera tienen acceso a un trabajo regular, no me interesa.

Señalo además que cuando hablo de sindicalismo revolucionario, no le estoy diciendo a ningún sindicato concreto lo que debe hacer. Es una iniciativa que creo debe y puede darse desde el sindicalismo y con ese formato, pero no sé si usando las estructuras existentes (que me parece lo más lógico) o creando otras nuevas. No es tampoco una férula teórica lanzada contra la actividad de los otros, pues en la propia FAGC ha surgido el debate sobre si debemos o no reconvertirnos en un Sindicato de Inquilinos.

Aclaro también que mi propuesta no es incompatible con el sindicalismo revolucionario plasmado en algunas de las intervenciones de este debate. Lo defendido por ejemplo por Lluís Rodríguez Algans creo que no es excluyente de lo expresado en este humilde texto. Entiéndase más como una ampliación de la práctica que como una refutación. No pretendo por tanto, pues sería ridículo y un oxímoron, que el sindicalismo no intervenga en el mundo laboral, que no trate de arrinconar a los sindicatos amarillos, que abandone las empresas, que no sea una herramienta inminentemente laboral; lo que digo es que con eso no basta. Pretendo que se entienda el carácter diferenciado del sindicalismo que se formula como revolucionario; que se comprenda que este ha crecido cuando ha interpretado que su dimensión era mucho más integral que la de un sindicalismo netamente empresarial y que se ha enraizado en los barrios y entre las clases populares cuando ha creado tejido social y redes solidarias; que se asuma que el crecimiento de determinados colectivos se debe a que existe una demanda en este campo que antes suplía el sindicalismo revolucionario, y que si este no ha manifestado ese considerable crecimiento es porque ya no ofrece nada en ese aspecto.

La primera objeción a este planteamiento se suele emitir con una sonrisa socarrona de superioridad mientras se afirma con rotunda seguridad que el terreno del sindicalismo ha sido, es y será siempre, sin salvedades, el terreno del trabajo. Tanta nostalgia del 36 y se desconocen los pormenores de cómo se fueron colocando los cimientos de esa revolución. Ante la estrechez y la cerrazón uso la historia para lo único que sirve: sacar lecciones y de paso plantársela en la cara a los que la sacralizan. En los textos libertarios se repiten mucho los logros de las grandes huelgas revolucionarias, pero parece ignorarse cómo se pudo crear el apoyo social que las sostenía.

En una época en la que la educación se limitaba entre la clase trabajadora a los primeros lustros de vida y en la que dicha educación estaba controlada por la Iglesia, los anarcosindicatos de la CNT ofrecían, con sus escuelas libres, clases nocturnas, bibliotecas y ateneos, otra forma muy distinta de acceder al conocimiento. La gente sin recursos enviaba a sus hijos a los sindicatos a formarse. El ocio y la cultura también se vehiculaban a través del sindicato. Las representaciones teatrales, el senderismo, las comidas comunes, etc., iban dirigidas a ofrecer esparcimiento y crear vínculos entre la militancia joven.

Hoy, aunque se hacen algunas cosas notables en estos campos, sería irreal no reconocer que el Estado se ha adueñado de la educación tal y como el capitalismo lo ha hecho del ocio. Sin embargo, la gente no sólo se acercaba al sindicato para estas cuestiones extralaborales concretas, lo hacía también para un tema tan apremiante como el de la vivienda. Los primeros Sindicatos de Inquilinos en el Estado español fueron promocionados, a veces en solitario y otras junto a la UGT, por la CNT e incluso hasta por la FAI. En los años 30, de Barcelona a Tenerife, hubieron sindicatos de vivienda, huelgas de alquileres, piquetes antidesahucio, realojos, ocupaciones, boicots (hoy los llamaríamos “escraches”) y reclamaciones que iban desde la bajada de los alquileres hasta la completa eliminación de los mismos6. La lucha por la vivienda no es un invento de la PAH ni del Movimiento Okupa, tanto en el Estado español, como en el argentino o el chileno, está íntimamente ligada desde su nacimiento con el anarcosindicalismo y las organizaciones obreras.

De la misma manera, era la CNT la que en plena II República promocionaba lo que Felipe Aláiz llamaba “la expropiación invisible”, que definía José Peirats como “invasión de fincas de mano muerta a pesar del espantajo de la Guardia Civil”7 y también la que impulsaba “revueltas del hambre” como la de la ciudad de Inca (Mallorca) de 1918-1919. La ocupación de tierras incultivas y la toma de suministros básicos de forma directa no es tampoco un invento del SAT, era algo común entre la filiación y militancia del anarcosindicalismo de la primera mitad del siglo.

Visto esto, ¿seguimos pensando que el sindicalismo revolucionario nunca actuó fuera de los margenes estrictamente laborales? Lo dicho nos demuestra que el crecimiento y la implantación de un sindicato como la CNT no sólo se debía a su potencia laboral, sino también a su amplitud de miras en lo social. Porque a su capacidad de presentar conflictos laborales y ganarlos, se sumaba su disposición a articular luchas relacionadas con otras necesidades obreras que no se encontraban necesariamente en la fábrica o el taller. Implicarse en luchas como la de la vivienda no es algo novedoso o que se me esté ocurriendo a mí ahora; es parte de la esencia misma del sindicalismo revolucionario desde sus orígenes. Realmente no importaría mucho que no fuera así, pero es importante destacarlo para informar a los que creen que el sindicalismo revolucionario nunca tocó más palos que los del trabajo convencional.

Por otra parte, el sindicalismo revolucionario hoy debe aceptar implicarse en luchas y reivindicaciones que vinculadas con lo laboral tienen un aspecto mucho más amplio en terrenos como el social y el cultural, como por ejemplo el feminismo. ¿Puede rehuir el sindicalismo revolucionario tomar partido en este campo simplemente porque la lucha contra el patriarcado no se dirime exclusivamente en el terreno laboral? Siguiendo con otro ejemplo, ¿puede hoy cualquier sindicato, amarillo o revolucionario, abstenerse de organizar sus propios sindicatos de estudiantes a pesar de que estos, por ahora, no sean estrictamente trabajadores? Si el sindicalismo no tiene más campo que el empresarial, ¿qué hace llamando a los estudiantes a unirse a sus filas antes de que se hayan convertido en asalariados? La CNT también promovió en el pasado la creación de cooperativas de trabajadores que, vinculadas fuertemente con el mundo del trabajo, no tenían como intención plantear y ganar conflictos, sino crear estructuraras solidarias fuertes y mejorar la vida de los trabajadores. Hoy se entiende esta idea cuando se propone desde dentro de los propios sindicatos la creación de cooperativas de consumo, ¿por qué no se ha podido hacer lo mismo con los Sindicatos de Inquilinos?

Plataformas como la PAH o sindicatos relacionados con partidos políticos como el SAT han adelantado al anarcosindicalismo por la izquierda, y lo han hecho en un terreno que era el suyo y usando sus mismas armas. Entiendo que no se quiera tocar un tema como el de la vivienda allí donde funcionan bien las plataformas locales. Pero donde no es así o no se tocan determinados temas como el del alquiler, ¿dónde está el problema? Si hay un prurito por no rivalizar con lo existente, la propia CNT nunca se hubiera fundado, pues en 1910 podía estar “invadiendo” el terreno de la UGT fundada en 1888. Lo importante en la lucha es la estrategia que se lleva a cabo y las repercusiones que esta tiene en la vida de la gente; no es una cuestión de primogenituras.

Lo que necesitamos, por tanto, es que el sindicalismo revolucionario entienda que su naturaleza es bastante más amplia que la de cualquier sindicato al uso, que la gente se puede acercar a él si ve que es mucho más que un sindicato. Y el terreno es fértil para ello. Muchas personas en el espectro de la vivienda no encuentran una herramienta a su alcance si su caso es de alquiler (hablamos siempre de alquileres de multirentistas, inmobiliarias, etc., y no del cansino mito del pequeño rentista de 99 años, con una quedara mal, que da mucha pena). Cuando se enfrentan a desalojos masivos por parte del Estado, fondos buitres, gestoras privadas de vivienda pública o incluso bancos, su arsenal es muy limitado, pues debemos tener en cuenta que por ahora nadie (salvo aquí en Canarias) ha planteado una huelga de alquileres. El asunto llama la atención si tenemos en cuenta que estas huelgas nos han resultado bastante fáciles de ganar y que tienen un coste cero, a diferencia de las laborales. La gente tiene planteado el conflicto habitacional porque dentro de poco no podrá pagar, porque ya adeuda varias mensualidades o porque directamente va a ser desahuciada por impago. En este caso el hecho del impago es algo consumado o a punto de consumarse, sólo falta darle a ese acto involuntario y fatalista un recubrimiento de acción consciente y de reivindicación política. En una huelga laboral el trabajador se expone a perder dinero por cada día de huelga. Si esto se suple con cajas de resistencia, lo más común es que la huelga se prolongue tanto como dure el dinero de la caja. Pierden dinero obrero y empresario, pero a veces se impone la proporcionalidad y es el primero el que más se resiente. En una huelga de alquileres sólo pierde dinero el casero. Si se consiguen demorar los plazos de una posible orden de lanzamiento, que la cuestión no vaya por la vía del desahucio exprés al tener que dirimirse irregularidades contractuales; si se consigue afinar una buena batería legal que torpedee el proceso, hay muchas posibilidades de victoria. Por no hablar de las medidas de presión directa, muy fáciles de aplicar porque se ataca al enemigo desde dentro. Por otra parte, no es lo mismo un desahucio aislado que vaciar uno o varios bloques, sea vivienda por vivienda (lo estipulado salvo en casos de ocupación) o de forma masiva, pues cada desahucio será un pulso contra la resolución judicial y el rentista. Es un campo donde se puede crear mucho tejido social y que hay que seguir explorando.

La mayoría de anarcosindicatos tienen una secretaría de Acción Social, pero en la práctica se entiende que la función principal de esta es denunciar los abusos cometidos en campos como el del medio ambiente, la migración o los derechos de la mujer. ¿Por qué no puede ser su labor, aparte de esa, crear desde ahí los Sindicatos de Inquilinos? Lo población migrante y las mujeres en riesgo de sufrir feminicidio a lo mejor no se acercan al sindicato por una elaborada campaña con charlas y cartelería contra la violencia machista o la xenofobia, pero sí lo hacen cuando se toca el tema de garantizar su techo y su pan, su refugio y su supervivencia. Si desde ese lugar se pueden plantear cooperativas, ¿porque no secciones sindicales de vivienda o sindicatos propiamente dichos?

Se ha planteado también en un texto como el de Martín Paradelo la paulatina toma de los medios de producción. ¿Por que no contemplar entonces la toma directa, sin plazos, de los bienes de consumo? De hecho bien podría ser lo segundo la antesala de lo primero. Autogestionar medios de producción o empresas delicadas como hospitales y demás, puede parecer en un primer momento, a pesar de ejemplos tan actuales como el de Grecia, una tarea compleja y ardua, pero hacerlo con el techo, tal y como se produce a diario a través de la ocupación, está al alcance de la mano. Desgraciadamente, lo que suele motivar esta expropiación es la pura desesperación, y aún en aquellos casos en los que está motivada por fines reivindicativos no consigue articularse con un discurso político revolucionario que no tienda tanto (o al menos solamente) a la regularización de la ocupación del inmueble como a la ocupación sistemática como forma de socialización masiva. Es ahí donde hay que incidir y dotarlo de una narrativa revolucionaria propia. Por otra parte hay medios de producción cuya ocupación es directa y no requiere de etapas intermedias de duración indefinida. Gran parte del suelo agrícola, al menos en Canarias, está abandonado. Ocuparlo, exigir el derecho a hacerlo productivo, alimentarse de él, crear cooperativas que distribuyan el alimento (incluido el excedente si lo hubiera), enrolar en la actividad a todos los trabajadores agrícolas y desempleados dispuestos que se hayan acercado al sindicato, y prepararse para resistir, supone una política revolucionaria sindical de hechos consumados. Cuando en el anarconsidicalismo se habla de cooperativas8 en realidad puede entenderse por algo así, la idea ya está en el aire, pero falta que las ponencias transciendan, que sean una práctica cotidiana al alcance de los afectados y que se entienda que estos van más allá de los arquetipos decimonónicos.

Y es que hay otro cariz en lo del sindicalismo social. Ya en tiempos de la Transición, Luis Andrés Edo hablaba de la necesidad de crear un “sindicalismo integral” que incluyera a los excluidos9. Visto cómo está el panorama económico-laboral, muchos trabajadores han perdido la condición de tales, pero no sólo a niveles de conciencia por la búsqueda compulsiva del estándar capitalista, sino a unos niveles mucho más prosaicos por encontrarse en una situación de constante precariedad. Hablamos de obreros que lo son, pero a los que nadie les da esta categoría y a los que casi ningún sindicato abre los brazos u ofrece una herramienta. Me refiero a los desempleados de larga duración, a los vendedores ambulantes, a los cuidadores, a los limpiadores por cuenta propia, a los chatarreros, a los amos de casa, a los obreros que viven de hacer chapuzas, a los presos y un largo etcétera. Me refiero a toda esa gente que en algunos barrios son mayoría, que no han cotizado en su vida, como no lo hicieron sus padres ni lo harán sus hijos; que no saben lo que es una nómina pero que sí saben lo que es trabajar, lo que es ser perseguidos, lo que es no obtener una justa retribución por su trabajo y a los que no llega una propaganda de obrerismo fabril. En muchos casos puede ser complicado plantear ciertos conflictos sin perjudicar al afectado y también hay que tener en cuenta el enfrentamiento con la negativa legal a que algunos de ellos se sindiquen, pero como ya han demostrado los pocos pero representativos sindicatos de esta naturaleza (sean autónomos como el Sindicato de Manteros10 en Catalunya o como el IWOC11 en EE.UU., que es una sección sindical de presos de la IWW que ha protagonizado las últimas huelgas carcelarias) puede ser una buena vía para visibilizar su situación precaria, denunciar a la administración pública e iniciar una hoja de ruta que puede buscar, dependiendo del caso y de la actividad profesional, desde la mejora de las condiciones laborales, la regularización o si se prefiere: reivindicar el derecho a vivir al margen de la legalidad sin ser perseguidos. Mucha de esa población activa que engrosa las listas del paro y que ya no recibe subsidio alguno sigue viva y comiendo (cuando puede), y sería ingenuo pensar que no es la economía sumergida la que garantiza su supervivencia. La legalidad siempre será un problema, pero precisamente por eso es necesario el sindicato, para dotar de cobertura a quienes entre la clase trabajadora se encuentran en la situación de mayor vulnerabilidad. Hay barriadas enteras que sobreviven con la economía en B, lugares donde ningún sindicato amarillo está interesado en hacer una campaña de captación. En esos sitios hay que arremangarse y ser conscientes de que la actual coyuntura nos aboca cada vez más a esta situación; o nos adaptamos, junto a nuestras herramientas, y empezamos a trabajar en ese campo, o acabaremos buscando defender los derechos de una clase obrera idealizada que ya no existe. Sí, debemos luchar por preservar los derechos laborales de los que aún los conservan, pero no nos olvidemos de los que ya los perdieron y especialmente de los que nunca llegaron a tenerlos.

Puede que después de lo leído alguien acabe coincidiendo, pero objete la falta de medios y conocimientos para dedicarse a eso y se agarre a ese refrán según el cual “quien mucho abarca poco aprieta”. Me parecería una pobre excusa. Eso es algo que de forma más bien intuitiva e improvisando, sin un chavo y siendo literalmente cuatro mataos, hemos podido hacer en Gran Canaria, sin casi estructura. Es la experiencia la que me ha enseñado que eso está al alcance de cualquiera. La formación en vivienda no es en absoluto más compleja que la laboral, y la necesidad de recursos es bastante menor. La negativa vuelve a demostrar que se ve el terreno de las necesidades básicas, el techo, la ocupación de tierras, la exclusión, como una dimensión distinta a la del trabajo, cuando en realidad la conexión no puede ser más estrecha.

Repito para finalizar que no se pretende con este texto plantear un sindicalismo sin trabajadores, pues la urgencia social no deja mucho tiempo para plantear estupideces. Interpretar este texto así equivale a tratar de reducirlo al absurdo para evitar tener que digerirlo. Lo que se pretende es que se entienda que las necesidades económicas de los trabajadores son múltiples y que cabe la posibilidad de incidir en las más urgentes como son techo, abrigo y comida ampliando el marco de actuación del sindicalismo revolucionario allí donde su actividad rigurosamente laboral no baste, no le permita crecer ni llegar a la gente o allí dónde no exista nada funcional en ese aspecto. Si el sindicalismo se pretende revolucionario debe serlo más que por el nombre, sin aferrarse a la creencia de que la mera actividad sindical al uso le permitirá llegar a controlar los medios de producción. Las victorias parciales dan experiencia y ejercitan el músculo subversivo preparándonos para el futuro, pero no suponen la revolución misma ni tampoco necesariamente su antesala. La propia Comunidad “La Esperanza” no es la revolución, es por ahora una victoria parcial (seguimos evitando que sea, si finalmente se produjera el desalojo, una derrota parcial), donde aprendemos mucho y nos ejercitamos, pero el acontecimiento prerrevolucionario es otra cosa. El sindicalismo si quiere ser revolucionario debe diferenciarse, aspirar a la integralidad de acción y abordar aquellos campos de transformación revolucionaria que estén a su alcance. Crear sindicatos de trabajadores en B y de inquilinos es parte de esta capacitación revolucionaria, pues son estas demandas, de vivienda, de comida, de autodefensa de los excluidos, las que llegan a una importante parte de la población a la que hoy se ignora; las que de resolverse con un trabajo certero pueden sentar las bases de un salto cuantitativo y cualitativo; y las que permiten acceder a un territorio actualmente muy poco explorado, por lo menos desde la práctica revolucionaria y sindicalista. Toca abrirse paso entre la maleza y avanzar fuera de la zona de confort.

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1 Que yo sepa por ahora han intervenido José Luis Carretero, Pepe Gutiérrez-Álvarez, Lluís Rodríguez Algans, Octavio Alberola y Martín Paradelo. Pongo este enlace del foro de Alasbarricadas.org porque creo que en él se recogen a su vez los enlaces de todas las intervenciones que han ido surgiendo. Aclaro, por cierto, que al menos cuando yo hablo de “sindicalismo revolucionario” no me refiero concretamente a la teoría de Georges Sorel o Pierre Monatte (que veían en el sindicalismo también la estructura que organizaría la sociedad posrevolucionaria). Lo hago de una forma mucho más general para referirme a aquel sindicalismo que no sólo busca objetivos a corto plazo, sino que tiene como finalidad subvertir revolucionariamente el estado de cosas existente.

2 Son datos extraídos de la EPA, el BOC y otros medios oficiales y también de los informes de ONG’s como Cáritas o Save The Childrens.

3 Me ha parecido interesante que Octavio Alberola, siendo el interviniente de más edad, sea también el que parece tener menos morriña cuando hay que evocar las glorias del pasado.

4 En El corto verano de la anarquía (1972) de Hans Magnus Enzensberger.

5 Paz, “Contra la democracia y el «liderismo natural»” (en Historia Libertaria), marzo-abril de 1979.

6 Precisamente es García Oliver el que en un carta a Abel Paz (22 de noviembre de 1972) le dice que el gran mitín organizado por la CNT ante el Palacio de Bellas Artes con motivo del 1º de Mayo de 1931 “no era de afirmación anarquista ni sindicalista, ni de protesta por los mártires de Chicago. Simplemente se trataba de un acto de afirmación, reclamando la anulación de los alquileres de los domicilios. En cuyo asunto trabajaban Arturo Parera, ‘Barberillo’ y Castillo desde antes de proclamarse la República”.

7 Peirats, Los anarquistas en la crisis política española, 1962.

8 Como en este caso.

9 Edo, “Syndicalisme Révolutiannaire” (en Anarcho Syndicalisme et Luttes Ouvrieres), 1985.

10 Menos conocido como Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes de Barcelona.

11 Aquí su web.

Enlaces del mes. Septiembre 2016

Iniciamos el mes mirando hacia la India, donde para el día 2 se convocó una huelga general contra las políticas antiobreras de Modi. La convocatoria fue secundada ampliamente afectando a los sectores estratégicos del país como los transportes, algunos colegios, centrales eléctricas y la banca estatal. Además, los y las trabajadoras demandan una subida del salario mínimo, acusando al gobierno de imponer medidas antiobreras y antipersonas.

Los medios de comunicación se convierten, de forma cada vez más vergonzosa, en panfletos propagandísticos de quienes los financian, aunque suponga defender a indecentes. Los argumentos dejan paso a los ataques irracionales y buena parte del periodismo se entrega al sensacionalismo. ¿Qué espacio queda para la información y el debate razonado?

El tema del top manta llega a Madrid tras el anuncio de un plan contra la venta ambulante por parte de Ahora Madrid. Aquí unas declaraciones sobre la situación de Puente y Villa de Vallecas para el concejal del distrito de Vallecas Paco Perez, en las cuales se recogen los problemas del barrio y la cuestión de supervivencia de la población migrante allí residente.

La noticia de que han declarado santa a la Madre Teresa de Calcuta levantó críticas sobre todo por la falsedad demostrada de la propaganda católica que difunde el mito de la generosidad y misericordia por parte de una mujer que siempre daba trato insalubre a enfermos y pobres imponiéndoles una especie de asceticismo altamente perjudicial, pues su misión no era sanar ni alimentar a nadie sino preparar sus almas para la otra-hipotética-vida.

La lucha de los y las presas políticas vascas cntinúan contra las políticas criminales de los estados español y francés, los cuales les niegan derechos fundamentales a prisioneras enfermas o siguen con la política de dispersión.

La revitalización sindical a corto plazo es esencial para transformar las relaciones de producción, dentro de la estrategia para la revitalización es clave la negociación colectiva, donde cristaliza la relación de fuerza entre empresarios y trabajadores/as.

Hecho un repaso del momento político, la conclusión es clara: Es el momento de reactivar las luchas sociales y la construcción de nuevas formas de movilización para construir poder popular desde la izquierda.

Por último, no está de más echar un vistazo atrás sobre el papel del anarquismo en la transición y algunos errores que hemos heredado desde entonces. En aquellos tiempos revueltos, las izquierdas comenzaban a asomar tras la muerte de Franco, no sin obstáculos y peleas internas.

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