Contra la Ley

“Yo doy vueltas a un peñasco que obstaculiza mi camino hasta que tenga bastante pólvora para hacerlo saltar; doy vueltas a las leyes de mi país en tanto no tenga la fuerza de destruirlas” —Max Stirner.

Resulta muy extraño, a la par que plausible, que muchos críticos con la religión, con el clero o con el teísmo en general, sean tan vehementes en sus pesquisas contra el antiguo y el nuevo Dios, contra su liturgia y sus voceros y que, no obstante, sean tan religiosos, tan dados a la veneración del rito y al postrarse ante una imagen absoluta y universal como aquellos. Extraño porque parecería lógico que en el momento en el que uno ha renegado de Dios, no se caiga en la misma burda trampa del pensamiento. Y plausible porque, a su vez, es una constante humana, del individuo concreto, la de buscar en un ente ajeno un punto de apoyo moral y ético, como así lo ha sido y lo es el concepto de divinidad. Pero que sea admisible no quiere decir que sea respetable, ni que se deba incentivar tal modo de actuar.

La mayoría de las ocasiones el ateísmo, la apostasía y la herejía quedan como mera superficialidad de otra forma de religiosidad aún más entroncada si cabe en la psique humana: la de la ley. Una ley que, por el hecho de basarse su creación en estructuras jerárquicas que no atienden al querer del individuo, no merece respeto ni consideración alguna. Es decir, leyes que no surgen como herramienta en favor del individuo y como consenso de un grupo social más o menos amplio, y que, por tanto, su condición, su existencia, atiende a otros avatares (da igual cuáles sean, en tanto que no nacen de mí o de un acuerdo con mis congéneres, son execrables) que deben ser sistemáticamente rechazados por el sujeto que añore la libertad más allá de donde la cifre un documento penal, jurídico, etcétera. Mil veces razón tenía Albert Libertad cuando proclamaba e invitaba a los ciudadanos a quemar sus documentos nacionales de identidad para, así, pasar a ser nuevamente personas, seres humanos en su plena acepción, que niegan su condición de esclavos del inventariado estatal, que niegan, en definitiva, su condición de números archivados bajo unos reglamentos legislativos acuñados bajo sinuosos, o muchas veces no tan sinuosos, parámetros.

De tal modo, y volviendo al argumento inicial, pululan en la actualidad caudales de ateos que arrogantes critican al teísta, al creyente, con superioridad moral mientras que son tan teístas como el que más. El católico arde en ascuas si se increpa a su Dios; de igual modo el ateo moderno se asusta, se bloquea y se le llevan los mil demonios cuando alguien le niega toda validez a sus leyes. Carcomidos por el contrato social generalizador de derechos y deberes, son incapaces de encontrar otro punto de apoyo fuera de la ley, fuera del Estado, que les permita retomar las riendas, no ya de sus vidas, que también, sino de lo más importante: el pensamiento individual, base de toda libertad. Mujeres y hombres regidos por designios ajenos a ellos mismos  y que, sin embargo, se creen libres de toda injerencia moral externa. ¡El siglo XIX, éste es un siglo sin duda de luz y ciencia, por lo que todo Dios ha muerto! No hay creencia más falaz que ésta. La amplitud moral del ciudadano genérico está coartada desde el mismo instante en el que nace, desde el momento en el que está predestinado a asumir unas obligaciones determinadas y una moralidad sesgada. Nada le diferencia del esclavo de Dios del hoy y del ayer. Nada, excepto su arrogancia. Puedo afirmar sin temor a caer en error alguno la siguiente máxima: Si bien antaño Dios era hacedor de leyes; hogaño son las Leyes las que son hacedoras de dioses.

Así, si asumimos que nos hallamos tan aherrojados a las leyes como se hallaban nuestros antepasados a Dios y sus ministerios, también podremos asumir que es tan primordial acabar con uno como con otro. Ya no estamos ante el si dios existiese realmente, habría que hacerlo desaparecer de Miguel Bakunin; no, ahora sabemos que existe, sabemos qué quiere y a quién sirve: sólo hay que acabar con él. Las formas de hacerlo son diversas, pero si tuviera que quedarme con una, me quedaría con la descrita hace unos siglos por el filósofo Étienne de La Boétie, cuando dice en su Discurso de la servidumbre voluntaria o el Contra uno (excepcional, por cierto, el último modelo titular) lo siguiente: Estad resueltos a no servir y seréis libres. No deseo que lo forcéis, ni le hagáis descender de su puesto; sino únicamente no sostenerlo más; y le veréis como un gran coloso al que se ha quitado la base, y por su mismo peso se viene abajo y se rompe. Y añadiría: si ves que ya es demasiado débil porque una parte sustantiva ya no la soporta, y aquí vendría el porqué de la cita inicial de Stirner: aplástala.

A partir de ahí, de su aniquilamiento, ya sería deber del nuevo hombre libre el de hacer su camino en función a una libertad compartida, a una igualdad hermana, evitando todo resquicio autoritario y jerárquico que pudiera servir de germen para el resurgimiento de nuevas (pero siempre antiguas) formas de dominación; es decir, a partir de la destrucción sería inevitable la labor de construcción antiautoritaria y armoniosa que el anarquismo siempre ha propugnado.

Vía institucional, falsas ilusiones y organización popular

Eduardo Pérez

 “A los jóvenes del 15-M: fundad un partido y nosotros os lo financiaremos para que seáis como el resto” (El Roto)

De un tiempo a esta parte, se vienen repitiendo en algunos ámbitos de los movimientos sociales de izquierda análisis que propugnan, de una forma u otra, dar el salto hacia la política institucional. Por otro lado, la socialdemocracia clásica (IU y sus variantes) redobla su discurso, ya conocido, de intentar cooptar a estos movimientos sociales. Mientras que los intentos de IU, presa del recelo que despierta su papel histórico y su estructura interna, por el momento no han tenido mucho éxito, Catalunya ha sido el espacio de experimentación del autodenominado “caballo de Troya” en las instituciones del régimen. Características específicas de Catalunya, como el auge autodeterminista y la “necesidad de posicionarse en un momento histórico”, así como la habilidad por parte del independentismo de izquierda para abrirse a sectores de los movimientos sociales de los que ya formaba parte, con una práctica más horizontal que la acostumbrada por las verticales estructuras partidistas, ha favorecido que el “salto” se haya producido allí antes que en otro territorio.

Es probable que entre los activistas que defienden la participación institucional podamos encontrar personas ávidas de poder, fama o simplemente un sueldo digno, cuestiones que el ingrato activismo de base desde luego no garantiza. Sin embargo, para entender este cambio de discurso en unos movimientos sociales que tradicionalmente rechazaban o al menos ignoraban la participación en los órganos políticos del régimen, no basta con reduccionismos simplistas sino que hay que referirse a la situación política que se vive en el Estado español.

En primer lugar, ésta se caracteriza por una clase política, capitaneada por el bipartidista PPSOE, muy deslegitimada por su papel de gestora del huracán neoliberal en que nos ha sumido la dinámica del capitalismo global. No parece probable que a corto plazo éstos puedan ser sustituidos por partidos satélites como IU y UPyD, que por diversas circunstancias están lejos de alcanzar a sus hermanos mayores y desde luego no prometen nada especialmente diferente. La clase política o partitocracia nunca ha sido muy popular, manteniéndose sin problemas debido a la falta de alternativas y el sentimiento del “mal menor” en uno u otro sentido del espectro ideológico, pero ahora vive una de sus horas más bajas.

En segundo lugar, el proceso de movilización, tanto del 15-M como en sus repeticiones más o menos periódicas, como en la resistencia a las políticas neoliberales de saqueo generalizado impuestas primero por José Luis Rodríguez Zapatero y después por Mariano Rajoy, ha logrado escasas victorias.

Considerando ambas circunstancias, el razonamiento para entrar en las instituciones políticas del régimen puede argumentar fácilmente dos cuestiones. Primero, “si no nos representan, busquemos una nueva representación”. Segundo, “si no nos hacen caso en la calle, intentémoslo en las instituciones”.

“Una nueva representación”

Siempre quedó la duda de a qué se referían los millones de personas que en mayo-junio de 2011 gritaban “No nos representan”. ¿Quién no nos representa? Si son los políticos actuales, se pueden buscar otros que actúen de otra manera. Si es el sistema político

como tal, no hacemos nada ahí dentro. Quienes abogan por la participación institucional parecen inclinarse por la primera respuesta y, según versiones, proponen una entrada en las instituciones pero teniendo en cuenta consideraciones como la necesidad de una base asamblearia y participativa, con representantes obligados a respetar las decisiones desde abajo, etc.

El problema con este argumento es que considera al Estado como un órgano neutro, el cual puede virar hacia un lado u otro teniendo en cuenta la voluntad de quien ocupa sus cargos. Es un razonamiento sin base histórica y completamente utópico, que se olvida de que todas las formaciones que han intentado hacerse con el Estado han mutado de forma más o menos rápida, independientemente de su radicalidad inicial, y se han convertido en engranajes del Estado capitalista, llamado así precisamente porque sirve a quien sirve. Quizá deberíamos repasar la historia de movimientos sociales mucho más potentes y radicales que los nuestros que, tras la oleada de contestación de los ’60 y ’70 en distintos países, decidieron convertirse en “caballos de Troya”. Resultó que el caballo de Troya se lo habían metido a ellos. Lo mismo podemos decir de la socialdemocracia original: el PSOE, por extraño que parezca, no ha sido siempre este engendro capitalista, sino que en sus inicios tenía como objetivo conseguir una sociedad gestionada por los trabajadores. Pero buscaba hacerlo a través de las instituciones, y así ha acabado.

Además, es idealista (en el peor sentido de la palabra) pensar que el funcionamiento de unos cargos públicos puede someterse a los designios democráticos. Precisamente todo el entramado institucional español está diseñado para que funcione de forma antidemocrática, y los cargos públicos son absolutamente independientes de quienes les han colocado ahí con sus votos o con su trabajo de base. No son movimiento, son partitocracia. El Estado no es un centro social ni una asamblea en la Puerta del Sol, y no entiende ni de democracia, ni de participación ni de horizontalidad. La deformación total o parcial de la forma de funcionamiento que se defiende como justa es un riesgo que por lo menos deberían valorar quienes apuesten por la vía institucional.

“No nos hacen caso”

El segundo argumento es más comprensible. En efecto, el ciclo de movilizaciones 2011-2013 ha sido bastante potente en comparación con el período anterior. Los resultados de la movilización, del cansancio, los porrazos y las multas no son precisamente maravillosos. De hecho, cada vez estamos peor. Así que, ¿por qué no intentar entrar en las instituciones?

Responderé primero a la pregunta antes de adentrarme en nuestra falta de efectividad. Insistimos de nuevo en la memoria histórica, que no consiste sólo en saber a cuánta gente mató Franco sino en analizar el pasado para no repetir lo que no funciona. El mayor número de diputados y cargos públicos procedentes de los “movimientos sociales”, léase sindicatos, movimiento estudiantil y asociaciones vecinales de la época, se dio a principios de los ’80. Ésa fue precisamente la época conocida como “desencanto”, donde no sólo no se dio ningún auge en la conquista de derechos sino que se iniciaron los grandes vicios que hemos padecido durante 30 años: un sindicalismo burocratizado que más bien parece un ministerio y unas asociaciones vecinales esclerotizadas en su inmensa mayoría. Algo parecido ocurrió con otros movimientos populares de los ’60-‘70 como parte del ecologismo revolucionario alemán o, en Estados Unidos, con el Partido Panteras Negras. Este último caso fue especialmente curioso. Tras varios años despreciando la pugna electoral y estando en la punta de lanza

del movimiento revolucionario estadounidense, cayó bajo la represión. Después de ello, con el partido destrozado y derrotado, alcanzó sus mejores resultados electorales.

En cuanto a la falta de efectividad, primero hay que señalar que ésta no es absoluta. Las grandes mareas contra la privatización han conseguido en ocasiones frenar algunas medidas del saqueo. En el ámbito laboral, se han conseguido varias victorias defensivas en los últimos meses, tanto en sectores como la limpieza urbana como en otros como la informática. Mención aparte merecen la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y los grupos Stop Desahucios del 15M, que han conseguido situar en todas las portadas el derecho a la vivienda y sus reivindicaciones, además de dar soluciones prácticas a miles de familias.

Ahora bien, hay que reconocer que, en general, vamos perdiendo. Y de goleada. Pero ¿de verdad podíamos esperar otra cosa tras décadas de dependencia de una izquierda institucional que en realidad es derecha o es inoperativa? ¿con unos sindicatos mayoritarios que no se merecen ese nombre y asociaciones profesionales corporativas que siguen siendo demasiado necesarios para que echen a andar formas relativamente novedosas como las mareas? ¿con una izquierda radical en buena parte dedicada, durante años, a buscar conflictos en su interior y empeñada en organizar cinefórums o manifestaciones en solidaridad con el país más recóndito del planeta, sin hacer el menor caso a la guerra de clases desde arriba que estábamos viviendo? Lo extraño es que no estemos peor.

¿Qué hacemos entonces?

La solución no está en la vía institucional. Como dice Carlos Taibo, “pretender que desde esa atalaya, o desde alguna parecida, podemos salir de esto me parece más ingenuo y trabajoso que la apuesta por la vía autogestionaria. Es, más allá de ello, una garantía sólida de que acabaremos absorbidos por lo que queremos contestar”. La solución está en crear, con las bases de las que disponemos, un movimiento popular potente que esté en posición de agrupar a las víctimas del sistema tanto en el terreno de la producción como en el del consumo. Tenemos sindicatos combativos que avanzan poco a poco y han mejorado sus relaciones. Tenemos cooperativas, redes de consumo y financiación solidarios. Tenemos las PAHs y un 15M proletarizado en base a la lucha por la vivienda. Tenemos organizaciones como Juventud Sin Futuro que están entrando en la arena de la lucha contra la precariedad.

El reto es mejorar y unificar esas redes económicas de cooperación y autodefensa. Buscar un programa de avance que, con las tácticas adecuadas, nos permita defendernos de forma efectiva y acumular fuerzas. Consensuar el tipo de sociedad en el que queremos vivir, la democracia real en la que disfrutemos de propiedad común, igualdad y libertad organizada de abajo hacia arriba.

La Quinta Columna de la burguesía

Se dio, en el desarrollo del capitalismo, un momento en el que el movimiento obrero amenazaba con volverse peligroso para la clase dominante. En este mismo momento se hizo preciso para la burguesía disponer de agentes dentro de las propias organizaciones obreras que les garantizaran su control, a modo de quinta columna. Es entonces cuando se incentiva la formación de las burocracias sindicales propensas al pactismo de clase, cuando se permite a los miembros de los llamados partidos obreros acceder, de forma gradual, al gobierno burgués en sus distintos niveles, a fín de controlar a los líderes políticos del proletariado y de dar una vía a sus reivindicaciones que no ponga en peligro las bases sistémicas del capitalismo.

El mejor ejemplo, en nuestro país, de esos agentes de la burguesía (conscientes o inconscientes de su papel) ha sido el Partido Socialista Obrero Español. Empezando ya en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, con la aceptación de la UGT, por influencia del PSOE, de los comités paritarios y posteriormente en la República, con la colaboración de ministros socialistas como Largo Caballero con la burguesía de Izquierda Republicana, ejerciendo un papel represor del movimiento obrero en las primeras etapas del periodo republicano.

Hoy en día; tras la conversión del PSOE en un partido social-liberal durante la transición (con la persecución de los marxistas llevada a cabo por Felipe González y la renuncia a las tesis de la lucha de clases) y su más reciente reconversión en la mano izquierda del neoliberalismo; lo de que se declaren socialistas y obreros causa más risa que convencimiento en un movimiento social cuya lucha ha madurado en los últimos años.

Si, un movimiento obrero y popular al que, sin duda alguna aún le queda mucho camino por recorrer, pero que ya ha experimentado la dureza de las porras de los neoliberales de color rojo o azul de los últimos gobiernos. Un movimiento que ha sabido luchar desde las bases y que, a pesar de sus errores, está avanzando hacia la creación de una verdadera cultura política popular y, con el tiempo, quizás revolucionaria.

Suenan las alarmas en el PSOE: ¡Hace un año desde que perdimos las elecciones y no remontamos! ¡Ya no engañamos a nadie! ¡Rubalcaba tiene menos carisma que una lechuga pocha! Es aquí donde surge de entre las cenagosas aguas -Deus ex machina!- una joven que promete ser la esperanza de los socialistas. Beatriz Talegón se planta en pleno congreso de la internacional socialista y dice «no podemos seguir así, necesitamos estar en las luchas (o ya no engañaremos a nadie)» junto con algunos comentarios que pasan más desapercibidos para la prensa de la quinta columna como «el BCE y el FMI si nos hacen caso y vosotros (la internacional socialista) no». Todo un ejemplo de socialismo.

A pesar de que es mostrada por la prensa como una voz crítica que surge repentinamente, Beatriz Talegón dista mucho de ser lo que entendemos por militante de base. Secretaria general de la Unión Internacional de Juventudes Socialistas, es un alto cargo de la Internacional Socialista. Uno no llega tan alto en un partido neoliberal siendo un militante crítico. Disculpen unos instantes, me dió la risa con aquello de Internacional Socialista.

Después de su puesta en escena esta persona se dedica a recorrer cadenas de televisión tan vinculadas a la burguesía europea como Telecinco, emprendiendo una rápida carrera hacia la promoción personal. Su partido necesitaba una nueva cara y pensaba que la había conseguido.

Pues bien, la nueva cara del partido de siempre acude a la manifestación de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Movimiento que lleva cuatro años de lucha en la calle, especialmente intensos en los dos últimos años, resistiendo contra uno u otro gobierno, luchando porque la vivienda se convierta en derecho y no en negocio. Los manifestantes expulsan de la manifestación a Talegón junto a Lopez Aguilar, ministro de justicia del anterior gobierno y máximo responsable del desahucio de cientos de familias.

Ciertas plumas de la izquierda reformista se lanzan a llamar ultraizquierdistas a los manifestantes. Pablo Iglesias, presentador del programa de Canal 33 «La Tuerka», escribía para la edición digital de Público que «los manifestantes no han sido conscientes de lo que significa tener líderes como Beatriz Talegón». Pues yo creo que si lo fueron. Los miembros de la PAH y el resto de manifestantes se dieron cuenta de lo que significa permitir que oportunistas y traidores pretendan convertirse en los líderes y representantes del movimiento obrero y popular, y actuaron en consecuencia. Quiero felicitar a aquellos manifestantes, consiguieron rechazar un nuevo ataque de la Quinta Columna.
Y si, como decía el presentador de la Tuerka el mayor fallo de Talegón fue ir de la mano del exministro. Y gracias a ese error se señaló a si misma como efectiva continuadora del neoliberalismo de su partido.

Sigamos, aquellos que militamos en las bases, en los tajos, en las escuelas y universidades, en las calles, atentos a todos aquellos intentos de la burguesía de colar a sus agentes dentro de nuestras luchas. ¡Centinela, alerta!

Cuando el fascismo crece

En una sociedad en la que las relaciones sociales se rigen por valores liberales la semilla del fascismo dormita latente en todos los aspectos de la vida humana. Y como toda semilla, una vez que dispone de todos los nutriente necesarios, el fascismo crece aprovechándose de las condiciones propicias para romper, primero, con brotes tímidos la superficie terrestre, para después seguir creciendo hasta completar su ciclo vital.

La sociedad griega es un claro ejemplo de cómo los valores que promueve la ideología liberal permiten la gestación de sentimientos intolerantes y destructivos. Moldeada por ideas que centran la importancia de la vida en el individuo, la sociedad griega se convierte en una máquina antropófaga que empieza por devorar a les que no son de «casa» para centrarse después en les que no cumplen con los cánones de pureza establecidos por un pensamiento puramente restrictivo: gays y lesbianas, transexuales, izquierdistas, libertaries, y una larga lista de etcétera.

Cuando digo «ideología liberal» hablo de aquel conjunto de ideas, conceptos, y valores que ensalzan el desarrollo humano en términos individuales, egoístas, y para nada solidarios. El «todo vale en la búsqueda de mi felicidad» que muches promueven como excusa sine qua non para el modo de producción capitalista es apenas contestado con tímidas reformulaciones por aquelles considerades como adalides del progreso del pensamiento liberal. De esta forma, dentro del campo liberal, encontramos un amplio abanico de propuestas morales y filosóficas que amplían la lista de derechos y deberes humanos de tal forma que parece que la situación cambia pero en verdad no lo hace.

Una de estas máximas aclamadas por «progresista» es la de que todo individuo tiene la obligación moral de asistir y promover el bien común. Eso sí, siempre y cuando el beneficio que se reporte a la comunidad no suponga un coste mayor o excesivo para el individuo que actúa. Otra máxima es la de que los seres humanos, que somos racionales, han de entender que en muchas situaciones las desigualdades sociales son permisibles si éstas resultan en una mejora para les más desfavorecides—ésta idea en concreto viene de uno de los campeones de la teoría liberal, John Rawls. Pero yo me pregunto: ¿cómo definimos «coste excesivo»? ¿Qué entendemos por «ser racional»? ¿Quién y cómo establece que «les más desfavorecides» se benefician por la desigualdad?

Y de esta forma nos vemos sumidos en una sociedad en la que se premia la individualidad egoísta, la persecución de los intereses personales—que casi nunca llevan al bien común—, la primacía de los derechos individuales sobre los grupales o sociales, como si la comunidad fuera una mera agregación de individuos o un obstáculo para el «desarrollo» de la persona. Y cuando todo va mal, cuando la economía se hunde y sume en la miseria a millones de familias, entonces empieza a crecer esa semilla del fascismo que aguardaba plácidamente a ser mimada y cultivada. Los derechos individuales pasan a ser «derechos para les que son como nosotres», ya que el contexto está tan jodidamente mal que la gente comienza a comprender que eso de «ganarse la vida por une misme» ya no funciona. ¿Y cómo definen su nueva amada comunidad? Pues como no podría ser de otra manera: de forma autoritaria, intolerante, y exclusiva.

En una sociedad capitalista, como la griega, en la que el deber moral dicta que «primero nos salvamos nosotres mismes y después, si eso, el resto», cuando las instituciones sociales se derrumban por el peso del capital, ese «resto» comienza a tomar más importancia, pues de las catástrofes no se sale sin esfuerzo colectivo. Pero en una sociedad despojada de solidaridad y de sentido colectivo, ese «resto» se configura acorde con los valores que imperaban previamente. Si me han enseñado que primero voy yo porque soy un ser excepcionalmente único, medida de todas las cosas habidas y por haber, entonces, ¿con quién me voy a juntar para salvar el pellejo? A todes veo como enemigues, pero oye, parece que mi vecino que es griego y habla sin acentos ni cosas extrañas puede echarme una mano para salir de ésta. Esa de allí no, que no es de aquí y seguro que no me es de utilidad.

Y una cosa lleva a la otra: empiezan por les de «fuera» y acaban por les de «dentro.» Y a todo esto, el poder, el capital, y la autoridad, que sumidos en los mismos valores ven amenazada su situación privilegiada, empiezan a mimar y a cuidar a les que intoleramente echan la culpa a les que no tiene nada que ver con el fregado. Les protegen cuando asesinan, amenazan, e intimidan. Les ocultan cuando la jugada les sale mal. Les dejan hacer para que no se note que elles están intentando perpetuar una situación de injusticia social.

De esta manera, en Atenas, son asesinados varies inmigrantes cada mes a manos de cerdos fascistas—prácticamente a un ritmo de une por semana. Cuando la policía detiene por cosas del azar a un fascista y se encuentran sesenta bombas caseras en casa de uno de sus amigos-colaboradores les sueltan con cargos menores y, hala, a seguir haciendo.

Mientras tanto, a les que por dignidad e inteligencia deciden definir ese «resto» de manera racional—es decir, como «nosotres, les que no tenemos nada más que nuestro cuerpo y cabeza para trabajar por un mísero salario»—se les persigue, encarcela, y tortura. Y así, en Atenas, más de veinte antifascistas eran apaleados en comisaría hace unos meses por intentar mantener las calles limpias de fascistas que apuñalan inmigrantes. Hace varias semanas varias decenas eran detenidas por promover espacios liberados donde se difundían los valores de la solidaridad, el apoyo mutuo, y la tolerancia. Y hace unos días eran torturados cuatro compañeros que decidieron llevar la lucha a un nivel superior, a la expropiación de bancos—para que después salga el ministro de Orden Público diciendo que las heridas fueron resultado de la confrontación en el momento del arresto. Claro, cuatro veinteañeros de  no más de sesenta kilos oponiendo resistencia a los gorilas fascistas de la policía armados hasta los dientes. Y no nos quejemos, que si hicieron públicas las fotos retocadas con Photoshop fue para que la gente les pudiera reconocer.

Pero si en la sociedad liberal-capitalista la semilla del fascismo aguarda a ser regada, la semilla libertaria-anarquista está siempre en continúo desarrollo. Si el fascismo es activado en momentos de profunda crisis socioeconómica, la semilla anarquista encuentra en la sociedad capitalista un continuo flujo de nutrientes con los que crecer: explotación laboral, represión estatal, injusticia social… La semilla anarquista siempre tendrá razones para seguir creciendo, la diferencia radica en que a les que tienen la regadera por el mango les interesa más regar al fascismo.

Como dijera uno de nuestros compañeros atenienses: «maderos, jueces, políticos, no tenéis razones para dormir tranquilos.» Y es que aunque no nos quieran regar, nosotres sabemos tomar lo que es nuestro por nuestra propia cuenta.

Viva la anarquía.

Sí se puede

La transformación radical de la sociedad es posible. En medio de la crisis es más necesario que nunca recordar que podemos impulsar un cambio hacia una vida y unas formas de relación más justas, más solidarias y más libres. Pero no es fácil, exige pelear día a día en el barro político y social de hoy, plagado de frustraciones y desencantos, pero también de gente con capacidad, imaginación e ideas.

El período esperanzador que se abrió con el 15M da la impresión de cerrarse poco a poco. Las bofetadas del gobierno, en forma de recortes, han llegado sin pausa y las mareas, ocupaciones y otras formas de lucha van decreciendo en intensidad, a pesar de algunas victorias parciales y ciertas luchas que constituyen excepciones notables en su crecimiento. El resto, necesitamos retomar fuerzas y recuperar las ganas para afrontar el futuro.

Tenemos las formas de organización y la seguridad de que el descontento es generalizado ¿Qué falta? Demostrar cómo mediante el compromiso pueden cambiarse las cosas y que la exigencia da sus frutos. Para ello debemos ofrecer una práctica de lucha que demuestre capacidad y con objetivos claros, que no espere más para concretarse. En la situación que nos encontramos solo nos queda darlo todo.

Unas pautas para reflexionar sobre nuestra acción colectiva:

-Sobre nuestra incidencia: ¿Tenemos los objetivos claros y bien definidos? ¿Son concretos, podemos conseguirlos y que sirvan como escalón para objetivos más elevados? ¿Son adecuados los medios que utilizamos? ¿Estamos trabajando con lo que tenemos o paralizados esperando por gente con la que no podemos contar?

-Comprometerse con la defensa de lo común, los servicios de todos y para todos: Sanidad, educación, agua… Cubren las necesidades esenciales de los trabajadores. De lo poco construido en base a valores comunitarios en un mundo donde la insolidaridad manda. Esenciales tanto a nivel práctico como de valores. Al mismo tiempo, debemos aspirar a transformar su funcionamiento de acuerdo a las propuestas y necesidades de todos, sin dejarlos en manos de los gobernantes.

-Construir alternativas de subsistencia que sean ejemplificantes y profundicen la autonomía revolucionaria. Las cooperativas deben trabajar conjuntamente y participar en las luchas, para construir redes de apoyo mutuo y solidaridad que cubran las necesidades que el Estado abandone a causa de los recortes.

Hay un mundo por cambiar. De todos nosotros depende.

Somos soldados

La propaganda de guerra, como el fenómeno comunicativo complejo que es, no puede ser entendida como una mera operación militar ejecutada durante los conflictos bélicos, sino que debe ser comprendida como una acción política más destinada a generar un determinado consenso social, aplicada por los poderes -generalmente el Estado- también durante los periodos pacíficos.

La significación del célebre aforismo de George Orwell la guerra es la paz -lema del Estado totalitario retratado en su distopía 1984- va más allá de ser un ejemplo de la manipulación del lenguaje por parte de los poderes, y puede interpretarse literalmente: la guerra es la paz, o mejor explicado, el Estado mantiene el estado de guerra -aunque mucho más sutil- también durante las épocas de paz. En Regeneración ya hemos apuntado algunas nociones de cómo los medios de comunicación y determinados grupos sociales vinculan la masculinidad y sus valores asociados (virilidad, valentía, heroísmo) al militarismo, por lo que en esta ocasión vamos a hacer un mayor énfasis en el Ejército -y, por ende, al Estado- como institución productora de imaginarios sociales.

Ya desde el siglo XIX Clausewitz (1999) consideraba prioritario enfocar la propaganda de guerra más a la opinión pública que al enemigo. El objetivo era claro: es más importante el respaldo popular que la desmoralización del enemigo. La guerra de Vietnam certificó las teorías del Mayor General prusiano, y desde entonces todos los ejércitos del mundo ahondaron aún más en desarrollar técnicas de persuasión para la retaguardia. Esta política de propaganda requiere necesariamente de un constante bombardeo -por utilizar la jerga militar- de mensajes en pos de la cohesión ideológica.

No es de extrañar, entonces, que el Estado promocione los valores militares de forma continuada. Adrián Huici (2010) considera dos fases fundamentales de la propaganda de guerra: persuadir al hombre común de que apoye o vaya a la guerra, y conseguir que una vez alistado -en sentido literal o figurado- sea capaz de matar o de aplaudir las muertes. De esta manera, la labor propagandística del Estado ha de ser meticulosa y concienzuda, amén de sostenida en el tiempo. Sólo así puede explicarse que, con toda naturalidad y ante la pasividad de gran parte de la población civil, un destacamento de tropas chilenas pueda pasearse por la región de Viña del Mar coreando marcialmente «argentinos mataré, bolivianos mutilaré, peruanos degollaré». Desde las esferas de poder nos intoxican diariamente con mensajes xenófobos y militaristas para que seamos capaces de aceptar que nuestros ejércitos se entrenan diariamente en el odio y la crueldad.

Pero, ¿cuál es la labor de los medios de comunicación en todo esto? Independientemente de que estén más próximos al Gobierno de turno o no, suelen cerrar filas en torno a tales contravalores, y esta situación es coherente con la definición que Yehya (2008) aporta sobre la guerra sensorial, entendida como aquellas en las que participan fundamentalmente las clases más bajas de los países desarrollados. Actualmente, la burguesía y la clase trabajadora acomodada sólo tiene conocimiento de la guerra por lo que consumen mediáticamente. Es por ello por lo que los poderes destinan grandes recursos en presentar los conflictos bélicos de manera «aséptica, indeleble y prácticamente higiénica, sin muerte, dolor ni destrucción» (Sierra, 1997:61), ya que es este sector poblacional el que se encuentra más dispuesto a ejercer su derecho a voto y a integrarse en la dinámica de consumo del libre mercado; hay que mantener en calma al público. Asimismo, la propaganda debe aprovechar unos valores preexistentes y explotarlos para ser efectiva -rara vez genera valores de la nada– por lo que teniendo en cuenta que según Garrido Lora (2004) la persuasión organizada con fines bélicos tiene un mayor rendimiento sobre una población hastiada que sobre una participativa, la teoría de la alienación de la clase trabajadora tendría otra consecuencia más de las ya analizadas en su obra por Marx.

Frente a esta realidad, se hace imperiosa la necesidad de las personas anarquistas de confrontar contra el Ejército y el resto de instituciones derivadas en diferentes planos: en el físico, por supuesto, pero también en el de las ideas. Y no sólo contra el organismo en sí, sino dando a conocer nuestros postulados antiautoritarios y alertando a la sociedad del peligro que representan las políticas militaristas por su naturaleza embrutecedora. No es este un canto al pacifismo como acto reflejo, sino más bien una reflexión sobre los mecanismos cotidianos a través de los que el Estado trata de convertirnos en potenciales soldados desechables.

Adrián Tarín

Notas

-CLAUSEWITZ, Karl von (1998). De la guerra. Madrid: Ministerio de Defensa. Centro de publicaciones.

-GARRIDO LORA, Manuel (2004). “¿Qué valores humanos utiliza la propaganda en los conflictos?”; en HUICI MÓDENES, Adrián (Ed.). Los heraldos de acero. La propaganda de guerra y sus medios. Sevilla: Comunicación social ediciones y publicaciones.

-HUICI MÓDENES, Adrián (2010). Guerra y propaganda en el siglo XXI. Nuevos mensajes, viejas guerras. Sevilla: Ediciones Alfar.

-SIERRA CABALLERO, Francisco (1997). “Antecedentes y contexto político de la guerra total. La información, la propaganda y la guerra psicológica en Chiapas”; en SIERRA CABALLERO, Francisco (Ed.). Comunicación e insurgencia. Hondarribia: Hiru.

-YEHYA, Naief (2008). Guerra y propaganda. Medios masivos y mito bélico en Estados Unidos. Barcelona: Paidós.

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