Todos a votar, que viene la derecha!

Parece que durante los próximos meses vamos a vivir un desenfreno electoral. Pedro Sánchez ha convocado elecciones al no poder aprobar los presupuestos así que el calendario queda así: Elecciones generales el 28 de abril y para pasar la resaca un mes después, el 26 de mayo, tenemos municipales, autonómicas y europeas.

Así que en previsión de las grandes cantidades de basura electoral con las horribles caras de los que van a manejar los hilos durante los próximos 4 años, me he puesto a escribir este artículo.

Como todas las elecciones, los partidos que se denominan de izquierdas siempre intentan movilizar a la gran cantidad de abstencionistas que hay. Los mensajes para este grupo no suelen ir acompañados de ninguna propuesta ni estimulo que lleve a votar a la gente decidida y convencida de un voto útil. Más bien son amenazas como “Si no votas no te puedes quejar”(de esto hablaré luego), “Si no nos votáis ganarán los otros que son peores”, presumen de los cambios mínimos que han hecho y poca cosa más. Si no fuera por la retórica de “que viene la derecha” creo que podría contar con los dedos de una mano la gente que conozco que iría a votar.

Actualmente la “izquierda” está completamente falta de discurso más allá de intentar convencer de que si ellos no están al mando las cosas van a empeorar. Ese que había sido más o menos el discurso del PSOE ahora hasta vale con Podemos, que hace dos días estaban con los discursos sobre asaltar los cielos y la verdad es que tenían bastante convencido a todo el mundo de que ellos eran la revolución. La verdad que a mi nunca me convencieron, probablemente porque Pablo Iglesias nunca me ha caído bien, porque la verdad es que prácticamente todo el mundo que se consideraba de izquierda les pensaba votar, hasta alguno que salía a pintar A circuladas.

También tenemos anarquistas que votan, que aunque no son un porcentaje destacable existen y están entre nosotros. Y por experiencia ya os digo que suele ser bastante gracioso ver a alguien con una camiseta con un símbolo anarquista y que está bastante formado decir que si no votas no te puedes quejar.

La realidad es que cuando votas estas aceptando el proceso democrático y el funcionamiento del Estado, y es el que vota el que no se puede quejar del resultado de una votación según esa afirmación, ya que gane quien gane lo ha hecho democráticamente. Yo no voy a seguir ese juego y creo que votes o no puedes y debes protestar por el resultado si te da la gana. Muchos incluso pretenden hacer el voto obligatorio como lo es en algunos países. Y hombre, si te consideras de izquierdas y no respetas mi derecho a no participar, mal vamos.

Además, la nueva jornada electoral viene acompañada de una fuerte subida de la derecha con la entrada de Vox en el congreso sembrando el terror en toda la izquierda. Porque un pacto que haga resucitar al PP de Pablo Casado de la mano de Ciudadanos y Vox es lo más esperado. Y la verdad es que no veo porque tanta alarma social, Vox no es nada más que el PP con la careta democrática un poco caída. Sus programas coinciden en la mayoría de puntos. Lo más preocupante de su ascenso al hemiciclo es el efecto que tendrá su discurso en la calle (aun más) y como desde allí se le dará total libertad de expresión y se normalizará más. Otro problema de los grandes con Vox es que se empieza a ver como opciones al PP o C’s y se les deja de considerar amenazas. Vox es el enemigo, pero no más que el PP o Ciudadanos y otros partidos que algunos quieren votar para evitar al trifachito. Y al enemigo nunca hay que infravalorarlo pero tampoco sobrevalorarlo como se está haciendo.

Es por eso que llamar a votar a todo el mundo para evitar que formen gobierno los malos y que lo hagan los menos malos es una pésima excusa. Hasta hace prácticamente dos días teníamos al PP de la mano de C’s en el gobierno y la verdad es que nadie iba diciendo por ahí “que viene la ultraderecha!” y en las grandes manifestaciones de jubilados y feministas de la pasada legislatura no se vio a casi nadie hablar de ultraderecha como lo están hacinedo ahora.

Votar no evitará el ascenso del fascismo y sino basta mirar hacia atrás hasta 1936. La única manera de parar el fascismo es organizándose. Y aun así, el antifascismo solo sirve para frenarle los pies limitadamente, porque el fascismo solo es capitalismo en su fase avanzada. Para combatir el fascismo hay que combatir el capitalismo.

“El fascismo es una fase histérica del capitalismo, y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo.” B. Brecht

Para acabar, votéis o no, si sois antifascistas organizaos. Dejad de pedir a todo el mundo que vote porque el sobre que metáis en una urna no va a cambiar nada por arte de magia. Uníos a cualquier organización que tengáis a vuestro alcance y sino cread una y trabajad en vuestro pueblo o barrio. Porque la solidaridad y el apoyo mutuo son las vacunas contra el fascismo.

Brigitte Vasallo: Otras formas de vida y de relacionarse son posibles creando redes de afectividad.

Esta misma semana, Brigitte Vasallo pasó como un ciclón por Madrid, la charla en la librería Traficantes de Sueños fue fugaz e intensa por igual. Habló clara, directa e invitando a hacer saltar por los aires la construcción del amor romántico, o de princesas Disney, como ella misma lo denomina. Defiende la necesidad de crear conocimiento y pensamiento crítico que no pase por la Universidad y las redes académicas. Si bien ese conocimiento puede disfrazarse, nunca debe abandonar las posiciones y el lenguaje del lugar de donde nace, no confundir el disfraz con la piel ni caer en una traición a la clase a la que pertenecemos. Se trata de producir conocimiento sostenible para todo el mundo.

Brigitte Vasallo nos compartió un mensaje claro: Otras formas de vida y de relacionarse son posibles a través de la creación de redes de afectividad. De esta idea deriva una crítica hacia el poliamor o el amor neoliberal que se nos ha vendido como alternativa progre a las relaciones monógamas. De esto mismo nos habla su libro ‘Pensamiento monógamo, terror poliamoroso’ de la editorial La Oveja Roja; donde analiza la monogamia como un sistema de jerarquía.

Mientras crece el análisis al sistema patriarcal y se desgranan paso a paso cada una de sus violencias, los feminicidios continuan sucediendo cada semana sin actuar con herramientas o medios eficientes para atajar esa sangría. Según la propia Brigitte deben establecerse puntos de fuga a la violencia patriarcal, construir los medios necesarios para huir cuando se desarrolla una relación de violencia, crear una red afectiva.

La monogamia para ella no queda definida por la cantidad de parejas que tenemos ni por la exclusividad sexual. La monogamia es un sistema que no da alternativas a relacionarse afectivamente más que en sus propios códigos, es decir, la jerarquización y la autoridad de arriba abajo. Cuando pensamos en amor, pensamos exclusivamente en relacionarnos en pareja, el sistema ha monopolizado con su mirada estructural como una apisonadora.

Lo que define la monogamia es la jerarquía. Desmontar la monogamia es desmontar ese recorrido de jerarquía y autoritarismo. La exclusividad sexual, por lo tanto, cae por su propio peso al escoger otras maneras de relacionarse.

Siempre pretendemos alcanzar la horizontalidad desde la pureza ideológica, el asambleísmo como fin y no como medio nos ha comido terreno, necesitamos confiar y delegar en nuestra red de apoyo. La monogamia distribuye por importancia nuestras relaciones afectivas, poniendo en el núcleo a nuestra pareja reproductora.

También dice Brigitte que la pareja es una eterna promesa de felicidad cotidiana asentada sobre la necesidad de cuidados. Pero desde nuestra mirada de cultura occidental, también debemos pensar quiénes y desde qué privilegios podemos romper la pareja. Ni se acaba con el patriarcado individualmente, ni desde polidramas en los centros sociales okupados, se tira abajo colectivamente desde la realidad práctica cotidiana.

Si tú no tienes el control de tus vínculos, entonces lo tiene el sistema; frente a ese amor neoliberal, y a esa presunta libertad para elegir el consumo de cuerpos y de emociones bajo el slogan de ‘yo voy a mi bola’, se propone la responsabilidad emocional, y la libertad asimilada desde unos principios libertarios. Se hace necesario romper el sistema sin el desfase que llevamos incorporado porque no nos traslada a ningún espacio emocional sano.

La gestión de los deseos en el sistema monógamo es ineficiente, hasta tal punto que si realmente se realizara una buena gestión de los mismos, no tendría razón de ser la cultura de la violación presente de manera continuada. La cuestión del autoestima desde la individualidad y al mismo tiempo desde el colectivo social es la clave para reconocer que, nuestra vida no depende de si nos miran o no por la calle, y que el rechazo de alguien no es a nosotros como individuos de manera excluyente. Frente a ese panorama tenemos la posibilidad de concretar-comunicar(nos) mejor con nuestra red afectiva, rescatar la sexualidad y follar con responsabilidad. Percatarnos de los límites que nos marca nuestro propio cuerpo, e indagar para en todo caso desactivar el límite, no saltárselo sin hacer caso a las señales que nos manda. El límite no se establece como una delgada línea, sino como una franja donde debemos cuidarnos colectivamente.

Brigitte, por lo tanto, propone deconstuir la identidad de ‘ser pareja’, siendo responsables en practicar el poliamor que podamos, no el que acabamos por no controlar y que termina estableciéndose como una imposición por el autoconvencimiento individual o por la presión del guetto ideológico que frecuentemos. No lanzarnos a vínculos para los que no estamos en absoluto preparadas, si decidimos tener un tipo de relación determinada que sea consciente.

Ella afirma que actualmente ya no se dejan las relaciones, sino que se amargan y se abandonan. Nos descuidamos continuamente, y en cambio nos exigimos trabajarnos para cumplir el decálogo de la buena poliamorosa. Estos procesos de abandono y sustitución suelen dejar en el camino cadáveres emocionales, por lo que se vuelve una necesidad poner límites no autoritarios como líneas de vida y autoprotección.

A los afectos hay que quitarles riesgos y dolores, sin robarle intensidad al proceso. Desarmarse de follar mal, desactivar las idealizaciones que deben cumplir con los cánones establecidos por el sistema monógamo. Desmontar la idea de pareja parece fácil en este siglo XXI de las relaciones efímeras, sin embargo siempre encontramos resistencias ante los discursos reaccionarios que son más fáciles de identificar, los progresistas son más complicados porque infiltran el mismo discurso de idea de pareja de manera edulcorada. La idea clave de todo esto es clara: No descuidar nuestras relaciones, ya sean enfocadas a lo sexual o no, cuidar las afectividades. Pensar a qué amores damos importancia y a cuáles no, y por qué lo hacemos de esa manera.

Y conste que no lo digo yo, es palabra de Brigitte, con los pies en el suelo y con mucho afecto…

Frente a la derecha rearmada, reanimar la izquierda desde lo libertario

Un bloque conservador a la ofensiva es el monstruo que nos esperaba tras el retroceso de un lustro de movilización popular que se inauguró en aquel ya lejano 15 de mayo de 2011. Y no parece que el monstruo vaya a detenerse, más bien al contrario. En unos días empieza el juicio al procés, en el que VOX es acusación particular, así que podemos esperar semanas en las que el foco mediático va a centrarse en un marco especialmente prolífico para la derecha. Lo cierto es que estamos en 2019 y, aunque hemos vivido una larga travesía de movilización descendente desde 2016, sin duda estamos mejor que hace una década. Los consensos que durante años han cosido fuertemente el régimen posfranquista se han roto. El rey y la constitución son herramientas para la derecha con una legitimidad mermada. El bloque conservador, que comparte todo él altavoces e ideas-fuerza, pretende cerrar las fugas de agua mediante el miedo, la apelación nacionalista y la creación del enemigo (los malos españoles, rojos, homosexuales y separatistas, y los migrantes). Este bloque conservador no es más que una respuesta autoritaria a un ciclo de luchas democratizadoras liderado por el feminismo, las mareas por los servicios públicos, la lucha contra los desahucios y por una vivienda digna, las protestas contra la corrupción, las movilizaciones de los pensionistas… Nos quedan las herramientas construidas en estos años, los saberes aprendidos y compartidos, los avances logrados. Como demuestran las huelgas llevadas adelante y ganadas en los últimos tiempos, tenemos fuerzas y capacidad para detener el reflujo y, con estrategia, plantar cara a los reaccionarios.

La izquierda parlamentaria (principalmente Podemos y sus confluencias) juega un papel contenedor de las opciones más regresivas, al menos mientras mantenga su apoyo electoral. A pesar de no haber logrado por el momento modificaciones legislativas en temas como la ley mordaza o políticas de vivienda y empleo, es de reconocer su papel en la caída del gobierno de Rajoy y en plantear cuestiones a raíz del pacto presupuestario con el PSOE (subida del salario mínimo, subida del impuesto de patrimonio, límites a la especulación en alquileres…). Su presencia ha colaborado en ocasiones a trastocar la agenda mediática, volcada a menudo sobre Venezuela o Catalunya, redirigiéndola a debates más propicios (vivienda, alquileres, feminismo, empleo…). Por supuesto, esto también habría sido imposible sin el trabajo de organizaciones sociales como PAHs o sindicatos de inquilinas y movimientos sociales como el feminismo o las luchas de los jubilados. Entre tanto, Podemos ha cometido errores varios, que junto a las peleas internas y al abandono de sus propuestas más radicales han contribuido a desmovilizar a distintos grupos de sus votantes. El último giro táctico de Errejón en la Comunidad de Madrid, buscando protegerse bajo el ala de Carmena de una derrota que se anticipaba más que probable, es un movimiento defensivo que apela a las clases medias y coacciona a las personas trabajadoras y a la izquierda porque carecemos de referentes políticos fuertes. Por mucho que se revista de un ejercicio de democracia y aperturismo (y tiene fácil hacerlo, dado el centralismo autoritario a la interna de Podemos) lo cierto es que Carmena representa para la izquierda madrileña el cesarismo, el desprecio por la democracia interna y una política social-liberal característica del PSOE. Repito que nuestro mayor problema es carecer de referentes políticos (no necesariamente electorales) que disputen y tensionen desde la izquierda. Y ahí tenemos trabajo que plantearnos. En el ayuntamiento de Madrid la Bancada municipalista trata de levantar una alternativa electoral, pero quizá haya que volcar esfuerzos más allá de lo inmediato para avanzar seriamente.

El último giro táctico de Errejón […] apela a las clases medias y coacciona a las personas trabajadoras y a la izquierda porque carecemos de referentes políticos fuertes.

Al final tampoco podemos desligar buena parte de los problemas en Podemos a la falta de movilización social: Es cuando cunde el derrotismo y el miedo que crecen los desacuerdos, tal como ha ocurrido tras los resultados en Andalucía. Repetidamente se ha culpado a Podemos de vaciar las calles, pues bien, ahora somos los que apostamos por el poder popular quienes debemos mirarnos el ombligo. Algo debemos estar haciendo mal quienes consideramos que es el pueblo organizado quien debe liderar los procesos de cambio si eso no está ocurriendo. Hay que reorganizarse y construir referentes mediáticos y liderazgos populares en los movimientos sociales, y dejar de culpar a la socialdemocracia de su papel, siempre previsible. El camino de criticar al otro para excusar nuestras debilidades es un camino que no nos lleva a nada.

Respecto a las organizaciones sociales revolucionarias, han experimentado un crecimiento indudable en la última década. Gracias al empuje del feminismo, los sindicatos revolucionarios convocaron con éxito una jornada de Huelga General el pasado 8 de Marzo, pro primera vez sin contar con los sindicatos mayoritarios. A pesar de los conflictos internos en las centrales sindicales, a los que habría que dedicar un artículo aparte, éstas han incrementado su afiliación y su militancia en los últimos tiempos. Hemos vivido huelgas importantes contra empresas como Deliveroo, Amazon, o las VTCs. También se han constituido sindicatos barriales que cubren problemas locales de trabajo y vivienda, si bien su relación con los sindicatos clásicos está aún por determinarse, y no estamos en condiciones de duplicar esfuerzos o malgastar fuerzas. De todos modos, aún queda mucho por hacer para instalar en la sociedad española una cultura sindical y militante. Como referente, el feminismo sí ha logrado impulsar un cambio importante en el sentido común de la sociedad, instalando en la mayoría social una perspectiva feminista que será dificil de alterar a pesar del rearme ideológico machista y reaccionario. Además, las mujeres se han dotado de asambleas en barrios y pueblos de toda la península, así como a la interna de las organizaciones sociales, demostrando una capacidad organizativa y un empuje ejemplares. Este trabajo organizativo, que contribuye densificar la red popular, es fundamental y anticipa beneficios inmediatos, por ejemplo, en la unidad de acción entre centrales sindicales lograda de cara al 8M.

uno de los objetivos prioritarios en el futuro a corto plazo es descubrir cómo mantener y ampliar dicha red popular desde el resto de frentes: vivienda, barrios, ecologismo, migración, antifascismo, juventud… Para ello hacen falta propuestas, liderazgo para implementarlas y un mayor esfuerzo organizativo

Sin duda alguna uno de los objetivos prioritarios en el futuro a corto plazo es descubrir cómo mantener y ampliar dicha red popular desde el resto de frentes: vivienda, barrios, ecologismo, migración, antifascismo, juventud… Para ello hacen falta propuestas, liderazgo para implementarlas y un mayor esfuerzo organizativo. Ante amenazas profundamente entrenlazadas como el fascismo, el capitalismo desatado o las previsibles crisis ecológicas no podemos permitirnos que esa red se deteriore.

Finalmente, como decíamos, en unos días comienza el juicio al procés. A falta de capacidad para desplazar el debate, Catalunya volverá a centrar el foco mediático. En ese marco, que nos fracciona a los libertarios y a toda la izquierda española, es importante responder con una propuesta capaz de dar respuesta al conflicto y de seducir a sectores amplios de la sociedad española y catalana. En el marco del conflicto territorial, los libertarios deberíamos recuperar la memoria del iberismo e incluso el republicanismo federal, apoyados además en el ejemplo que nos provee el confederalismo democrático en el Kurdistán. Los libertarios en España no podemos caer en el dogmatismo al oponernos a la ruptura que se plantea desde Catalunya (y dogmatismo es atacar al independentismo escudándonos en que defienden la creación de otro Estado), pues el proyecto confederal exige defender sin excusas el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Democracia, autodeterminación y confederalismo deben ser las ideas fuerza a ondear en este contexto, levantando un proyecto que reconozca el derecho a decidir del pueblo catalán, que pueda recabar apoyos diversos en la izquierda y que sirva de ariete contra la monarquía.

Esa perspectiva internacionalista de derecho a la autodeterminación debe aplicarse también a la situación geopolítica. Estamos viviendo un intento de golpe de Estado imperialista en Venezuela gracias al apoyo de gobiernos fascistas como el de Bolsonaro en Brasil. Ante esta situación, nuestra postura debe ser la solidaridad con el pueblo venezolano, la defensa del chavismo crítico firmemente socialista y la condena de cualquier intervención armada por parte del bando imperialista. La postura de injerencia tomada por distintos gobiernos, reconociendo a alguien no electo o bien exigiendo convocatorias de elecciones al gobierno electo, es inaceptable. Algunos esperarán ver a renglón seguido de estas líneas una condena del gobierno de Maduro, o algo en la línea equidistante que han mantenido (por desgracia) algunos compañeros esgrimiendo lemas como «Ni Trump ni Maduro». Esto demuestra la hegemonía de la derecha en nuestra visión sobre Venezuela. En España, en 1936, los militantes obreros de los que nos sentimos herederos tomaron las armas en defensa de la República, a pesar incluso de sucesos como Casas Viejas; y siguieron combatiendo bajo la bandera republicana incluso cuando el gobierno traicionó a la revolución, porque eran conscientes de lo que se jugaban si ganaba el enemigo. Hoy que ninguno vamos a jugarnos el tipo para defender por las armas a Venezuela, donde bajo el gobierno bolivariano florecen con relativo éxito las comunas y el poder popular, al menos tengamos la decencia de no entregar más munición argumental a la derecha.

En definitiva, el desafío de los próximos tiempos es recuperar los ánimos y establecer objetivos para recuperar el liderazgo de la izquierda. En lo organizativo, resulta urgente asentar las organizaciones políticas que apuestan por la democracia socialista y el poder popular (Embat, Apoyo Mutuo, la Federación Estudiantil Libertaria, entre otras): extenderlas por el territorio, establecer frentes prioritarios de lucha, impulsar un programa práctico de formación de militantes, optimizar una política de comunicación que construya referentes populares (tanto individuales como colectivos) y proyecte nuestro discurso. Estas organizaciones, que son hoy el germen del nuevo impulso organizativo libertario, deben contribuir a dinamizar los movimientos y organizaciones sociales, para lo cual se requerirá más pronto que tarde establecer una política de alianzas constructiva y transformadora, que nos permita engranar con el resto de la izquierda (Izquierda Castellana, Anticapitalistas, Endavant, Poble Lliure, PCE, Comunes, Podemos, Sortu…) en lo local y lo regional. Todo este trabajo nos permitirá a los anarquistas contribuir al movimiento popular y difundir el programa revolucionario en la misión de transformar el país. Esa contribución deberá concretarse en mejores prácticas organizativas y de lucha, en el paso de asambleas, colectivos y movimientos sociales a verdaderas instituciones populares que influyan positivamente en la vida de la mayoría de la gente. En resumen, hacer de los centros sociales, las asambleas de barrio, los sindicatos, los colectivos feministas, los medios de información alternativos, las asociaciones de vecinos, los pueblos ocupados, las organizaciones ecologistas, las empresas de la economía social y tantos otros espacios un poder popular democratizador y socializante. Esa es la misión en los tiempos que vienen: levantar institucionalidad popular, construir un pueblo fuerte, empujar en la transformación del país de acuerdo con el ideal anarquista, es decir, hacia una vía radicalmente democrática, confederal, feminista y ecologista; y tratar de hacer de este proyecto el centro del debate político. Sólo un amplio espacio popular transformador, con una base sólida sustentada en el poder popular, puede plantar cara a una derecha a la ofensiva.

La tragedia convertida en morbo. Cuando la distopía es el ahora.

Desde Regeneración queremos participar con nuestra opinión del descomunal debate social generado a raíz de la búsqueda del niño que cayó hacía 11 días en un pozo en la población malagueña de Totalan. Durante el fin de semana todos los medios comunicativos han puesto sus herramientas al servicio de un seguimiento desmedido de un suceso trágico, convirtiéndolo en un espectáculo macabro. Un hecho elegido como carnaza televisiva y twitteriana, donde todo ápice de humanidad queda descontextualizado, donde reflejamos que como sociedad ni sabemos ni permitimos conocer qué es la resiliencia. La racionalidad ni se la ve, ni se la espera, y una vorágine moral completamente irracional se adueña de la comunidad social con la inestimable ayuda de medios de comunicación que convierten cualquier suceso en el negocio redondo. No todo vale para subir unas décimas de audiencia, pero… ¿a quién le importa eso cuando parece que el racionalismo humano queda en standby en favor de la sacrosanta necesidad del capitalismo de generar contenidos de consumo?

El rescate de un niño en un pozo, en el que todo parecía indicar que estuviera ya fallecido se convirtió durante horas en un reality show al más puro estilo de la serie ‘Black Mirror’, la distopía venciendo a la realidad, porque la distopía no es el futuro, es el ahora. Si echamos un vistazo a la historia de la humanidad, encontramos numerosos indicios de no haber aprendido nada a lo largo de generaciones, da miedo pensar que aún desconocemos los límites del horror.

Si enfocamos el asunto desde una perspectiva más amplia y no desde la microhistoria, no nos costará ver que el mayor pozo que conocemos en la Península Ibérica se llama mar Mediterráneo, no es un pozo de arena, sino de agua, y se lleva la vida de decenas de miles de adultos, niños y niñas cada año, semanalmente conocemos informaciones que nos indican que otra vez el mar se ha tragado vidas que no estaban allí porque querían, sino forzadas a emigrar por las opresiones del capitalismo. Sin embargo, no son los sucesos de tragedias provocadas por el sistema mismo las que tienen nuestra atención, las agendas comunicativas nos marcan el rumbo hacia donde dirigir nuestras miradas; por eso se hace necesaria otra mirada. Comparando con este hecho estructural como es la muerte de menores en procesos migratorios, no queremos robarle dolor colectivo y particular al caso de cualquier víctima como pudiera ser el niño encontrado muerto en el pozo malagueño.

Sí nos parece importante posicionamos en contra de convertir tragedias en trending topic, en contra del morbo de aquello que no aporta información sino detalles innecesarios de conocer. La sociedad del espectáculo impone sus herramientas, y nosotros/as como medio de comunicación alternativo preferimos humildemente quedarnos entre bambalinas analizando, organizando y actuando en común contra todas las violencias, las injusticias, y las tragedias que suceden cotidianamente, y que todas tienen un marcado origen político y social.

También nos parece deleznable querer sacar tajada electoralista o generar discursos sociales en vías a promover la propaganda de determinados grupos de poder, que siempre están posicionados en contra de los análisis o actuaciones en favor del pueblo trabajador y los sufrimientos humanos. Este tipo de sucesos desenmascaran perfectamente quién es quién, y tan solo debemos querer rascar un poco la superficie para ver bien claro que solo el pueblo salva al pueblo. Y que solamente las clases populares sabemos entregar desinteresadamente nuestro apoyo y solidaridad cuando reconocemos el sufrimiento de otros. Con todo ello nos sumamos a las condolencias por este niño y cualquier niño o niña que, contándose por miles, sufren violencias y mueren cada día en circunstancias que nadie deseamos.

El suelo que compartimos

Acudí hace unas semanas a una presentación de Miquel Amorós en Madrid, cuya transcripción aproximada puede encontrarse aqui. La he releido y me parece, en líneas generales, un buen análisis, muy resumido, de cierto recorrido histórico del capitalismo que nos ha llevado hasta la situación en que vivimos. Eso a pesar de mis diferencias con algunas de las propuestas estratégicas que se derivan del mismo.

Efectivamente, el triunfo del capitalismo fue un triunfo moral. El grado de bienestar logrado para una mayoría social en el primer mundo desarmó cualquier respuesta socialista allí donde estaba más organizada. El capitalismo sedujo con mercancías a la mayoría de la población trabajadora del norte global a costa de acelerar el ciclo de consumo, es decir, de expoliar los recursos del planeta y a tres cuartas partes de su población. Triunfaba así el relato capitalista y se filtraba incluso en las conciencias y los ideales de las personas trabajadoras y las organizaciones de la izquierda, algunas de las cuales viraron irremediablemente hacia la aceptación y gestión de lo existente. Las que no entraron por ese aro (es importante también señalar su papel) fueron derrotadas y se volvieron minoritarias de forma más o menos progresiva, manteniendo discursos que nunca lograron cautivar a mayorías. Es dificil aplicar aquí la brocha gorda. Probablemente, la incapacidad de trazar estrategias conjuntas que apuntasen a la línea de flotación del capitalismo fuese una cuestión que se dirimía en cada conflicto, en cada huelga, en cada decisión política. No obstante, podemos encontrar aspectos comunes que nos remiten a la falta de objetivos colectivos y de una política de alianzas que frenara el enfrentamiento interno en la izquierda.

También el capitalismo jugó bien sus cartas. Supo por ejemplo ocultar el reverso de la sociedad de consumo, un reverso que para Amorós se concreta en: «desigualdad en aumento, enseñanza retrógrada, autoritarismo estatal, patriarcalismo, discriminación de minorías, sobreexplotación de la mano de obra inmigrante, mercantilización del vivir, etc«. A esos aspectos, algunos de los cuales quizá no sean los más relevantes, habría que añadir, al menos, la deslocalización de la producción y de la guerra (en sus términos más crudos).

La piedra de toque de todo este entramado era el crecimiento económico en el primer mundo, apoyado sobre unas bases dificilmente intercambiables: los combustibles fósiles con un alto retorno energético y el desarrollo tecnológico. Sin ello, el castillo de naipes caía, el bienestar se tambaleaba, la desregulación se volvía inevitable, la precariedad (nunca desaparecida) emergía, la desigualdad se generalizaba… En palabras de Amorós, «se inauguraba una época caracterizada por la desvalorización de la fuerza de trabajo y la destrucción del territorio: el descenso de los salarios, el trabajo precario, la pérdida de derechos sociales, la alimentación industrial, las grandes superficies comerciales, la urbanización salvaje, la construcción de autopistas, et turismo de masas, etc., fueron sus rasgos más relevantes. La lógica especuladora y depredadora, típica de las finanzas, se extendió a la producción, a la distribución y a la explotación del territorio. Con las políticas monetarias que desincentivaban el ahorro, con el incremento de la deuda pública y con el crédito a espuertas, se quiso compensar la caída de la inversión privada y la congelación de los salarios. La crisis pudo disimularse un tiempo, pero solo para volver a manifestarse en estos últimos años gracias al estallido de las “burbujas” inmobiliarias y financieras, a las bancarrotas de algunos estados y a los grandes agujeros bancarios«. Lo que no fuimos capaces de hacer entender a una mayoría (aún no lo hemos sido) es que sobre unas bases que exigen un crecimiento ilimitado nunca ha sido posible construir un futuro, sólo un presente depredador: El crecimiento nunca puede ser infinito. El objetivo es construir una sociedad justa, igualitaria, solidaria, libre y del bienestar, sobre unas bases radicalmente distintas: sostenibilidad ecológica, producción socialista, escala humana, comunidades cuidadoras, confederalismo, feminismo, libertad individual, democracia social y económica… O, en palabras de Amorós, «un mundo justo, libre, igualitario, equilibrado, solidario y autogestionado«.

Lo que no fuimos capaces de hacer entender a una mayoría (aún no lo hemos sido) es que sobre unas bases que exigen un crecimiento ilimitado nunca ha sido posible construir un futuro, sólo un presente depredador: El crecimiento nunca puede ser infinito.

En lo estratégico, Amorós propone lo siguiente: «El órgano vertical de la dominación de clase ha de ser criticado en la práctica por organismos horizontales paralelos que atiendan no solo a las necesidades de la información y la lucha, sino a la subsistencia, como por ejemplo los relativos a la ocupación de viviendas, la producción de alimentos y energía, la asistencia médica y jurídica gratuitas o la enseñanza desescolarizada«. No obstante, reconoce que para ello son necesarios amplios movimientos autogestionarios que, en la práctica, «nunca superaron al estadio informal«. La cuestión esencial está entonces en cómo lograr que surjan o se consoliden esos movimientos fuertes y con instituciones propias para enfrentar al modelo de sociedad que promueve el capitalismo.

¿Cómo construimos un movimiento amplio y fuerte que camine hacia este objetivo? No nos sobran aliados. Es imprescindible participar en los espacios de movilización y de lucha de nuestra clase: Conflictos sindicales, huelgas, luchas en defensa de los servicios públicos, luchas por equipamientos en pueblos y barrios, luchas en defensa del territorio… Cuando se participa con ánimo constructivo en esos espacios de lucha, se genera cercanía y se está construyendo conciencia de clase. Es más, es ahí donde los anarquistas podemos disputar y argumentar a favor de nuestra línea política: poner la gestión de lo común en manos de organismos populares (que cabría que definir más detalladamente) antes que en manos de empresarios o burocracias estatales. Lograrlo nos permitiría tener a nuestra disposición (es decir, a disposicion de la gente trabajadora) instituciones no sólo de subsistencia: Instituciones de vida y cuidados para la transformación radical de la vida. Debemos aspirar por tanto no sólo a construir espacios de autogestión, sino a gestionar las empresas y los servicios públicos. Todos esos servicios que son reconocidos y defendidos por buena parte de nuestra clase, como la sanidad, la educación, el transporte, las bibliotecas, los parques y jardines… organizados de manera solidaria y democrática.

Alguien podría ver una oposición entre medios y fines entre la defensa de los servicios públicos y la construcción de movimientos populares revolucionarios. Esa oposición no existe, más allá de la visión dogmática que asocia lo público con lo que es propiedad del Estado y lo autogestionario con lo que es de todas las personas. Lo primero es claramente falso, ya que lo público tiene que ver más con los usos que con la propiedad. Nadie habla de cuarteles públicos o llama público al Palacio de la Zarzuela. Públicas son las plazas, las escuelas, los hospitales… Incluso los bares se consideran espacios públicos aunque la propiedad sea privada. Pero lo segundo es aún peor: confundir deseos con realidades. Las escuelas autogestionarias no cubren hoy las necesidades de una mayoría de la sociedad, y no son por tanto espacios comunitarios. Es la escuela pública quien cubre esa necesidad con muchas dificultades, en algunos casos incluso con prácticas pedagógicas transformadoras. Defender que la mayoría de la población pase a autogestionar su escuela u otros servicios garantes de derechos sin una reflexión profunda sobre las estructuras y los modos de vida actuales, y sin un proyecto mucho más trabajado y concreto de transición, es entregarse a fantasías. Lo es más aún creer que, de hacerlo aquí y ahora, la población autoorganizada va a optar sin más por metodologías radicalmente democráticas, feministas, ecologistas o de algún modo liberadoras en la gestión y los contenidos. Eso sería posible quizás con una población consciente y movilizada, cosa que no se logra únicamente deseándolo, sino actuando (de forma constructiva) dentro de los frentes de lucha de nuestra gente, las personas trabajadoras.

Para la mayoría de la sociedad, los servicios públicos son aquellos que dan cobertura a cualquiera, y muchas personas aspiran a convertirlos en lo más receptivos que sea posible (de ahí las demandas de universalidad en, por ejemplo, la sanidad) y lo más democráticos en su gestión. Tampoco a nivel individual podemos renunciar a la cobertura que nos aportan la sanidad u otros servicios públicos que en gran medida construimos como clase (aunque su gestión esté en manos del Estado). Desde la humildad que confiere el aceptar esta realidad es mucho más sencillo relacionarse con el resto de la izquierda y la mayoría social para construir movimientos fuertes y transformadores. Una propuesta flexible que integre la defensa de lo público con la gestión directa en manos de la comunidad no sólo tiene mayores oportunidades de prosperar, también permitiría trazar una política de alianzas con otros actores de la izquierda y, desde nuestra línea política, proponer la toma de servicios para que pasen a manos de la comunidad. Del mismo modo, una política sindical en las empresas que provean servicios útiles debe encaminarse a poner la producción en manos de los trabajadores y al servicio de la sociedad.

Para la mayoría, la lucha por la gestión directa de los servicios públicos, como tantas otras luchas tildadas de ciudadanistas, no es un intento de humanizar el capitalismo, es una demanda de los trabajadores en línea con lo que los libertarios siempre hemos defendido: la construcción de instituciones populares radicalmente democráticas.

Cuando Amorós tilda a todo esto de ciudadanismo o gestión del capitalismo no hace sino insultar y enfrentarse a nuestros potenciales apoyos, un análisis que nos dirige a una travesía por el desierto en busca de un oxímoron: sujetos revolucionarios acordes al dogma y que al mismo tiempo sean amplios y fuertes como para tener capacidad transformadora. En ese desierto, que algunos hemos recorrido de cabo a rabo, sólo encontraremos idealizaciones múltiples, desánimo y huidas hacia adelante. Ya hay muchas dificultades en la búsqueda de una transformación social revolucionaria como para hacernos trampas al solitario. Para la mayoría, la lucha por la gestión directa de los servicios públicos, como tantas otras luchas tildadas de ciudadanistas, no es un intento de humanizar el capitalismo, es una demanda de los trabajadores en línea con lo que los libertarios siempre hemos defendido: la construcción de instituciones populares radicalmente democráticas. Son esas instituciones las que pueden darnos la oportunidad de construir una vida sin capitalismo.

Aportemos a las luchas de nuestra clase desde nuestra postura: la de construir un ecosocialismo democrático, confederal y feminista. Si lo hacemos con una perspectiva constructiva y en positivo, los frutos superarán la frustración y la incapacidad que nos ha caracterizado durante demasiado tiempo. La urgencia del momento nos lo exige.

El fascismo que viene no es ninguna broma

Los resultados de las elecciones de Andalucía la pasada noche no pueden pasar por alto para el movimiento libertario. Seamos realistas, aunque una parte considerable de quienes nos reconocemos en dicho espacio político no participemos de las elecciones estatales, autonómicas o municipales, no debemos dejar pasar la oportunidad de hacer análisis social de ello, pues gran parte del pueblo trabajador sí que participan de estos procesos y hay que sacar una lectura en clave libertaria. No pretendo en este texto repasar estadísticas y resultados cuantitativos, la intención es presentar una opinión y no una nota de prensa común y corriente, que para eso ya existen medios generalistas y alternativos que los han estudiado. Quien escribe este artículo cree que el autoritarismo de herencia fascista en el Estado español es tal, y en un periodo de exaltación en todas sus expresiones sociales y culturales, que plantearse combatirlo con institucionalismo es una auténtica quimera. De hecho, sin querer ser pretencioso, creo que ese halo romántico hacia el reformismo desde las instituciones es un camino que nos ha conducido a la deriva actual de auge del fascismo. La izquierda se convenció de que a la derecha se le frena votando, acudiendo a las urnas, y sin cuestionar personalmente los motivos de cada cual, todo análisis apunta a que solamente se puede frenar al fascismo con la acción común y organizada.

El régimen ha esperado pacientemente el desgaste de la izquierda reformista, que era evidente y cualquier politólogo podía pronosticar, para allanar el camino ahora a la extrema-derecha. Esa extrema-derecha institucional expresada de la misma manera pero con matices en partidos como PP, PSOE, Ciudadanos o VOX, ha encontrado a una clase trabajadora desorganizada, desmovilizada mayoritariamente y en parte seducida por esos discursos nacionalistas de reacción contra el feminismo de clase o el pueblo trabajador tanto nativo como extranjero. Porque eso es la extrema-derecha, reacción a la conciencia de clase, reacción a las resistencias de quienes sufren opresiones, reacción a quienes nos movilizamos.

¿Debemos dejarnos arrastrar por esas voces gurús que tratan de acusar a la izquierda de reactivar a la extrema-derecha? No, no, y en ningún caso no, al igual que sería una locura pensar que una mujer o un refugiado por su mera existencia son los que accionan el patriarcado o el racismo, y que por lo tanto tendrían alguna culpabilidad en su mera existencia. La izquierda libertaria no debemos tener complejo de existir, organizarnos, actuar y reproducirnos socialmente, de ese proceso nace nuestra razón de ser y de luchar. Existimos porque queremos dejar de ser oprimidas, nos erigimos en una categoría de clase o de género en negativo; es decir, queremos desaparecer porque eso significaría el fin de las explotaciones: no estamos orgullosas de ser pobres, acosadas, perseguidas en redadas policiales; tomamos conciencia porque queremos dejar de serlo. Y nuestra organización y potencial de actuación obliga al régimen, es decir, al capitalismo y al patriarcado a reaccionar; su represión es inherente a su supervivencia, si cuestionamos su sistema social estamos poniendo en peligro la existencia misma del capitalismo y por lo tanto su vida de dominación.

Las estadísticas indican que a mayor renta económica y un nivel de estudios superiores, mayor ha sido el porcentaje de voto a VOX. Esto rompe con algunos mitos que nos hacen un flaco favor a la izquierda. El objetivo de la extrema-derecha son las clases populares, y sin embargo, aunque puedan seducirnos aparentemente; el verdadero motor del fascismo siguen siendo empresarios y clases favorecidas. Otro cliché que rompemos es el de los estudios superiores; que no vienen sino a indicar que los estudios universitarios están tomados por los intreses del capitalismo. Poseer un nivel alto de estudios académicos no significa que tengamos una cultura que sirva a los intereses de la toma de conciencia desde un punto de vista de clase. La escuela, el instituto y la universidad son instituciones que se encargan, ya no de quebrar, sino de evitar que pueda arraigar en nosotros y nosotras la semilla del pensamiento crítico. Tenemos estudios superiores para formar parte de la maquinaria del capitalismo, en lugar de enseñarnos en el instituto, por ejemplo, derechos laborales y autodefendernos de la explotación, nos enseñan administración y finanzas.

A la extrema-derecha se le frena en la organización, la acción directa y el tejido de una red comunitaria con profundas raíces antifascistas. La lucha contra el autoritarismo de extrema-derecha no puede dejarnos espacio a la confusión, al titubeo, al temor a actuar contundentemente. Día tras día podemos presenciar decenas de escenarios de opresión y discriminación, combatirla con otras personas organizadamente es empoderarse contra el fascismo. Lejos deben quedar interpretaciones de que el antifascismo son cuatro grupos barriales formados por jóvenes en su mayoría. El antifascismo debe construirse en el aquí y ahora transversalmente, debe ser un motor de acción que impregne a toda la sociedad, y nuestras compañeras y compañeros de Catalunya debido a la experiencia directa que están padeciendo nos están dando una pista de cuál es el camino para mantener en pie contra el fascismo a toda una comunidad social.

El discurso de la extrema-derecha recuerda al pistolerismo patronal contra la organización del movimiento obrero, no solamente golpea materialmente, sino también en el imaginario social, dejándonos en una situación de noqueo activista. ¿Qué hacemos? ¿Nos exiliamos? ¿Cómo luchamos? Además, el estado de shock no es solamente a nivel local, sino global, pues día tras días vemos cómo avanza la extrema-derecha en todos los países europeos, pero también en América Latina, nuestro anhelador refugio frente al capitalismo triunfante. Si la extrema-derecha se organiza para pactar en las instituciones, nosotros y nosotras nos organizamos para combatir en las calles, que no se les ocurra robárnoslas, y tengamos claro que su objetivo es siempre debilitar a los movimientos populares. Esto quiere decir que no hay que tener complejo de presentar conflicto, de potenciarlo, no ceder ni un espacio al fascismo, desmontarles su discurso con nuestra acción directa; que se sientan arrinconados.

El fascismo que viene no es ninguna broma, es el mismo que enterró a nuestras abuelas y abuelos en cunetas, y que no nos permite que levantemos la cabeza ni para tomar visión del panorama. Es la extrema-derecha de siempre, la que nunca ha abandonado las instituciones, pero que ahora se presenta nuevamente orgullosa, victoriosa y sabedora de que va ganando la partida. Esta prórroga del régimen quedó atada y bien atada, tanto es así que nos dejaron creer que teníamos ciertas libertades ficticias, y ahora nos recuerdan que donde las dieron, las toman, y nos las pueden enajenar, porque no fueron conquistadas, sino tan solo donadas con un fin estratégico del capitalismo autoritario.

Debemos cerrar los puños y los dientes, fomentar la organización, la lucha y el apoyo mutuo obrero en cada espacio de nuestra vida cotidiana, en cada centro de trabajo, en cada barrio, en cada centro de estudios. Superemos los discursos del miedo, multiplicando las acciones contra el fascismo en Andalucía y en todas partes.

Foto: Viñeta de ’Paseo de los canadienses’ | Carlos Guijarro – Representa el episodio de la ‘Desbandá’, la huida de miles de personas del fascismo en Andalucía en 1937.

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