Los que se van, los que no se van y los que aún no están

En el fondo, a mí lo que me gustaría es dar un paseo por el campo y ver las flores, los pájaros, los bichitos y demás. Lo sé, esto es una web de comunicación social libertaria y yo soy un cursi y un soso, pero eso no es lo que más me preocupa.
Resulta que no sólo no puedo ir a dar ese paseo porque tengo preocupaciones como las vuestras, las personales (buscar trabajo, mantener la casa en condiciones, etc.) y las colectivas (desahucios que parar, campañas de denuncia que apoyar, …), sino que, para colmo, también toca tirarnos unos cuantos trastos a la cabeza, en el mundillo anarquista, y creo que eso no nos ayuda a ver las cosas más claras.

Vamo’ a calmarno’.

En esta nuestra web se publicó un artículo de Arturo M. sobre el tema de las compañeras que van a candidaturas electorales que está suscitando reacciones varias e intensas.
Como lector de ese artículo, me pareció un intento de entender esa «fuga de cerebros» y no una justificación, no por falta de escepticismo hacia este mundillo anarquista, sino por el debido escepticismo hacia la vía institucional. Por suerte o por desgracia, las ocasiones que he tenido de conocer personalmente a cualquiera de estos candidatos han sido pocas, pero me han reafirmado en una costumbre: no suponer malas intenciones, ni siquiera grandes egos, por parte de nadie. Ese tipo de análisis, sobre «afán de poder», «traición» y demás es innecesario en general (ya nos avisó un dicho popular de que «el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones») y en este caso sería simplemente deshonesto por mi parte. Sospecho, incluso, que parte de la decepción en estos casos tiene que ver con la simpatía sentida antes por el compañero que nos «abandona», pero esto ya es especular intuitivamente y no creo que se pueda hablar de «complejo de Electra», como decían las compas de la FAGC: la relación puede ser afectuosa, pero sin paternidad… Queda para otro día hablar de eso, de cómo nos empeñamos en matar (simbólicamente, ¿eh?) a madres y padres (sigo en lo simbólico) salvo que ya vengan muertas de serie -Duurruti, Kropotkin, Goldman, etc.-, en cuyo caso sí asumiremos el vínculo y disputaremos si nos daría la razón a unas o a otras.
Volviendo al lío, que no vayamos a fustigar a un ¿ex?compañero tampoco quiere decir que tengamos que fustigarnos nosotras, como bien apuntaban en Twitter las grancanarias. Si el problema, como decía Arturo, es que nos falta un proyecto político con perspectivas de futuro tanto en lo colectivo como en lo personal, y ello en parte porque lo uno es a menudo a costa de lo otro y no asociado a ello, no es menos cierto lo que apuntaban desde el Ateneu Llibertari del Cabanyal: esa falta de perspectivas suele quemar a la gente para salir fuera, no arriba. Suele hacer que la gente salga de su colectivo u organización y se repliegue a su vida personal, su círculo afectivo, pero no que se incorpore a listas electorales que pueden llevarles más fácilmente donde ya sabemos (justificación del Poder, enfrentamiento con compañeras de clase, contradicciones, etc.) que a cambiar nada.

Volviendo a lo que me gustó, creo que el texto también nos invitaba a un balance de la capacidad de presión de los movimientos sociales de que formamos parte. El paso del anarquismo -o más a menudo, del anarcosindicalismo- a la política institucional ha estado siempre vinculado a coyunturas en que se veían nuevas oportunidades que podían durar poco (el Grupo Sindicalista Parlamentario en las municipales de 1917, la participación de anarcosindicalistas en la creación del PCE y otros partidos de la KomIntern, tras la revolución rusa, el Partido Sindicalista de Pestaña y demás en 1934, el apoyo de Askatasuna a HB en 1979, etc.) y ofrecer resultados relativamente fáciles en poco tiempo.
Algunos casos, sin embargo, tienen mucho que ver con temas de macropolítica que a las anarquistas -acostumbradas a la política de colectivo, de barrio, acaso municipal- nos quedan grandes. No a nivel teórico -claro que tenemos ideas al respecto-, sino en nuestra capacidad de incidencia práctica. No se trata de hacer de abogado del Diablo, pero sí de entender por qué ha pasado y volverá a pasar. Sucedió con quienes defendieron el frentepopulismo a partir de julio de 1936 y sucede con quienes toman ahora el green new deal como gran objetivo a corto plazo contra el cambio climático y el empobrecimiento de masas.

Sucede incluso con quienes participaron en los diferentes ejercicios de gimnasia revolucionaria entre 1924 y 1934, sin embargo, no se percibe así. Aparentemente, el poder conseguido por las armas incomoda menos a algunas compañeras que un sillón en un parlamento o ayuntamiento. El poder de una pistola no tiene por qué ser tan tramposo como el de la papeleta, pero controlar de facto calles y barrios, decidir sobre la vida y la muerte, la integridad física, la libertad y la seguridad de otras personas es poder y plantea problemas que las revolucionarias de 1936-1939 conocieron bien. Parece, sin embargo, que el romanticismo que tanto nos gusta, la épica del enfrentamiento absoluto, dice que la pistola es más anarquista que el voto.

Como te digo una co, te digo la o.

Es verdad, como dicen los climático-posibilistas, que, si seguimos acumulando fuerzas de cara a tener un movimiento asambleario capaz de imponer mediante la acción directa medidas contra el cambio climático, nos arriesgamos a que esas medidas nunca se impongan  y, aun en el caso de tener éxito, veremos cuánto empeora el propio cambio climático mientras construimos ese movimiento y cómo, consecuentemente, tendremos que intentar subir desde los objetivos mínimos hacia los máximos para recuperar el tiempo transcurrido entre medias.
No es menos cierto lo que dice, por el contrario, el sector ambicioso de que cualquier posibilidad electoral es remota por estar sujeta a la carrera de obstáculos institucional: respaldo mayoritario, negociaciones con otros partidos, presiones de empresas y de otros ámbitos institucionales, persistencia de las propias electas tras toda esta carrera de obstáculos, etc.
Entonces ¿vale la pena que alguna compañera intente esa vía institucional de sonrisas, magdalenas y tecnocracia? Probablemente, no, pero ¿podemos convencerles para que cambien de opinión? Parece que la respuesta sigue siendo «no».

En todo esto hay otra cosa que me llama la atención y es que la crítica más dura venga del insurreccionalismo, no porque ese posicionamiento no fuera previsible sino porque no lo veo consecuente. Si ha habido en el anarquismo una tendencia similar a la electoralista, esa es la insurreccional, al fin y al cabo, ambas se basan en obviar la falta de condiciones pretendiendo compensarla con resultados rápidos logrados a base de audacia. Pese a que esté de acuerdo con parte de esa crítica, no deja de chirriarme la contundencia de las impacientes insurreccionalistas contra las impacientes posibilistas.

Movimiento anar¿qué?

Esto me lleva al último (lo prometo) punto. Hemos hablado de los que se nos van «arriba» a partidos y listas electorales, también mencionaban las compas de la FAGC a quienes se van a un lado, a comunas rurales, pero ¿qué pasa con quienes parece que no se van a ninguna parte, de tan poco como se mueven? Repito: no necesitamos fustigarnos, pero sí decir claramente qué queremos hacer y qué no.
He hablado de «mundillo anarquista» y no de «movimiento anarquista» porque no veo que esto último exista. La afinidad existe, pero un movimiento, cabe suponer, se caracteriza por moverse, aunque lo haga despacio, tropiece, dé tumbos, aunque se vea obligado a corregir el rumbo a veces.

Una compañera de la PAH preguntaba a este compañero pasado al errejonismo por qué no, en su lugar, había puesto su inteligencia al servicio de la PAH. ¿Por qué pensamos en un supuesto «movimiento anarquista» unido por las referencias intelectuales y no en un movimiento de clase, unido por sus prácticas y organizaciones? Un compañero que se va con Manuela Carmena es una pérdida, pero ¿no hay pérdida en el tiempo que hemos dedicado -y algunas aún dedican- a esa memoria insurreccional sin conocer lo más básico del Estatuto de los trabajadores, a hablar de disturbios con poco recorrido político en lugar de formarnos para ejercer y defender nuestros derechos en nuestra cochina y gris realidad, a atacar iglesias como si aún estuviéramos en el siglo XIX mientras nuestras vecinas comulgan en Codere, en Netflix, en Instagram o en el bar de la esquina?

Las anarquistas que militan en grupos de afinidad pero no en organizaciones de masas (propiamente sindicales, de vivienda, etc.), organizaciones abiertas a quienes acepten sus tácticas aunque no sean afines y que abordan cuestiones materiales y no sólo ideas, esas anarquistas no se irán en su mayoría al mundo institucional. Lo necesario, sin embargo, no es que «se queden», ya que no están más que en su mundo. Necesitamos que vengan a las organizaciones de su clase, de nuestra clase, donde hay más gente y muchas no tienen tanto hábito asambleario, donde su capacidad de trabajo y sacrificio no les dará ni una gloriosa muerte en combate ni fans, pero quizá les dé compañeras de lucha y hasta podría dar frutos para todas.

Carta abierta a las y los jóvenes en lucha por el clima

El Rastro (Madrid), 18/03/2019

El pasado viernes me manifesté como vosotras por las calles de Madrid. Aunque cada día me parezca más lejano, hace apenas diez años que abandoné un instituto muy parecido al que recorréis todos los días y al que decidisteis faltar el pasado 15 de marzo para mostrar en la calle vuestro compromiso con la lucha contra el cambio climático. En estos diez años que me separan de muchas de vosotras he dedicado gran parte de mi tiempo a tratar de comprender cómo hemos llegado a la situación presente que hoy os alarma. También a intentar aclarar en mi cabeza a qué problema nos enfrentamos.

Me encuentro, como veis, en una posición extraña. A la vez cerca y lejos de vosotras. Lo suficientemente joven como para compartir la convicción de que el cambio climático es un problema que me afecta a mí y a mi vida, y lo suficientemente lejos como para no poder sentirme del todo una más de vosotras, en las que más bien veo a mi hermana pequeña (a la que recuerdo cambiar pañales y dar de comer hace ahora quince años).

Y desde ahí, desde ese punto un tanto indefinido, es desde donde escribo esta carta. Si habéis llegado a leer hasta aquí, no penséis que lo que pretendo es daros lecciones. Este movimiento es vuestro, y seréis vosotras las que tendréis que decidir qué hacer con él. Está claro, además, que ya os planteáis vuestras propias preguntas y buscáis respuestas que, al menos en mi experiencia, tienen la mala costumbre de ser un tanto escurridizas.

Lo que pretendo en estas líneas es transmitiros lo que quizá yo hubiera querido que ese hermano mayor que nunca tuve me hubiera contado cuando empecé a luchar por transformar este mundo. Escribo, de hecho, pensando en lo que hubiera dicho a mi hermana pequeña si me la hubiera cruzado el otro día por las calles de Madrid. Y son únicamente tres cosas, conclusiones personales de estos diez años de lucha y cuestionamiento que, por supuesto no son incuestionables. Para mí, sin embargo, han sido primordiales y me acompañan en casi todo lo que hago.

La primera es que el cambio climático no es ni el único ni el más grave de los problemas a los que hacemos frente a inicios de este siglo XXI. No voy a ofreceros datos, ni remitiros a informes, ni a alarmaros con plazos breves de acción. Tan sólo quiero señalaros que el proceso en el que estamos hoy inmersos más que a una crisis puntual, la climática, se parece a una especie de fallo múltiple de casi todo en lo que se ha basado la vida de sociedades como la nuestra en los últimos siglos. Y ahí un factor clave es el de la energía, en particular el petróleo.

Entre otras cosas, aquello que ha hecho de nuestras sociedades una verdadera excepción histórica ha sido la posibilidad de utilizar un combustible como el petróleo. Éste, en el fondo, está detrás de la construcción de nuestras ciudades, permite que vivamos en ellas como lo hacemos, ha generalizado la posibilidad de viajar mucho y muy lejos, ha permitido que la economía crezca, ha sostenido un aumento tremendo de la población, y muchas otras cosas. Pero también ha sido el causante de fondo, como sabéis, del cambio climático. Y no sólo.

El modo en que las sociedades humanas se han extendido por todos los rincones del globo ha tenido un efecto muy fuerte sobre el resto de la vida, vegetal y animal, del planeta. Nuestra forma de vivir ha arrasado en pocas décadas territorios enormes y ha puesto en tela de juicio el funcionamiento de muchos ecosistemas. De hecho, hoy se habla ya de que vivimos una Sexta Gran Extinción, de que nuestra mera presencia en el planeta es equiparable al impacto del meteorito sobre la tierra que acabó con los dinosaurios. Y eso no significa únicamente que muchas plantas y animales vayan a desaparecer, sino que como para vivir (tener agua, respirar aíre limpio, alimentarnos, etc.) dependemos directamente de todo el conjunto de vida de nuestro planeta, de Gaia, la destrucción que estamos generando se parece mucho a cortar poco a poco una rama sobre la que estuviéramos sentados a una altura considerable.

Por tanto, nuestra adicción a los combustibles fósiles pone en peligro el clima, destruye nuestro planeta y además nos mete en un callejón sin salida. Y es que el petróleo, el gas y el carbón (como cualquier otro material que podáis imaginar) es finito. La idea de que nuestro consumo de ellos puede crecer de manera indefinida para sostener un crecimiento parejo de la economía es simplemente absurda. Hoy sabemos ya que la disponibilidad de petróleo está empezando a decaer y por eso hablamos de que se ha atravesado el pico del petróleo (y también de otros materiales…).

La suma de las consecuencias desastrosas del uso del petróleo y de los efectos devastadores que tiene ya, y que cada vez más tendrá en el futuro, su escasez, es la que nos permite decir que además de en una emergencia climática estamos inmersos en una crisis social y ecológica que pone severamente en cuestión la posibilidad de continuar manteniendo un modo de vida como el que vosotras y yo mismo hemos conocido durante toda nuestra vida.

Y esto me lleva a la segunda cosa que querría compartir con vosotras, que es mi convencimiento de que ante el problema al que nos enfrentamos no bastarán cambios legislativos parciales y transformaciones tecnológicas. Justificar algo así requeriría, probablemente, mucho más espacio del que pretendo que esta carta ocupe. De modo que hasta cierto punto seguramente hará falta un análisis propio por vuestra parte para decidir si creéis o no lo que digo.

Lo que personalmente considero que se concluye de lo que decía en el primer punto es que el problema que tenemos no es parcial, sino que afecta a casi todos los elementos que forman hoy parte del funcionamiento “normal” de nuestras sociedades. Pensad un momento a qué se parecería un mundo en el que no usásemos combustibles fósiles. En primer lugar, no podríamos tener un coche personal, ni nosotros ni nadie. La vida en las ciudades como las nuestras, que depende de consumir mucha energía y de productos que vienen desde muy lejos a través de los sistemas de transporte, no podría mantenerse. Pero la economía tampoco podría crecer como lo hace, y creo que todos sabemos a qué se pareció el episodio más reciente de bloqueo (en realidad desaceleración) de la economía: eso fue la famosa crisis económica que os habrá acompañado como un fantasma en casi toda vuestra vida consciente.

Pero es que, además, si todo lo anterior es así, nuestros deseos y expectativas tampoco podrían mantenerse sin cambios. Sin combustibles fósiles habría que despedirse de coger un avión cuando nos dé la gana. Si no podemos depender de comer la comida que, producida en otros continentes y envasada en plástico en grandes fábricas, llega a nuestra casa en las ciudades a través de los supermercados, ¿qué haremos? Quizá tendríamos que tomarnos en serio aprender a cultivarla, e incluso vivir en lugares en los que pudiéramos hacerlo (y eso no es precisamente el centro de la gran ciudad…)

¿Y qué me decís del enorme consumo eléctrico del que hoy depende nuestro ocio y nuestro trabajo? Móviles, ordenadores, televisiones… Todo ello consume enormes cantidades de electricidad que, sí, se produce sobre todo a partir de petróleo (cuando no de cosas peores, como el uranio de las centrales nucleares. Imagino que todas vosotras recordáis Fukushima…).

Por tanto, lo que necesitamos para hacer frente a la crisis ecológica y social es cambiar por completo nuestra vida, nuestra economía, nuestros deseos, nuestra forma de habitar, de comer… Y eso no depende de una ley o de un impuesto, de una prohibición puntual o de un decreto. Incluso si una ley prohibiera de un día para otro el uso de combustibles fósiles, todos los problemas de los que os hablaba seguirían estando ahí. El drama de que nuestro mundo necesite autodestruirse para funcionar significa que parar la destrucción implica volver a pensar cómo hacer casi todo.

Seguro que muchas de vosotras, al leer lo anterior, habréis pensado que exagero. O más bien que olvido la existencia de muchas tecnologías que quizá mitigarían la radicalidad de los cambios que apunto, que harían posible que muchas cosas siguieran funcionando casi igual a como lo hacen hoy en día. El coche eléctrico, las energías renovables, los robots de producción de alimentos y mercancías, etc.

Mi experiencia, y mis estudios, me han llevado a concluir que es un error pensar que podremos luchar contra esta crisis simplemente mediante la invención de nuevas tecnologías. Y eso por dos razones. La primera, que no existe ninguna innovación tecnológica que pueda compatibilizar el fin de la crisis ecológica y social y el tipo de sistema económico y productivo que tenemos hoy. Las energías renovables no pueden sustituir al petróleo porque ni producen la misma cantidad de energía ni sirven para muchas cosas importantes que dependen del petróleo (por ejemplo, fabricar fertilizantes químicos); los coches eléctricos siguen dependiente de materiales escasos y no hacen frente a, por ejemplo, el problema de la destrucción de Gaia, etc.

Y, por tanto, si es así, las tecnologías tampoco bastan porque simplemente algunos de nuestros problemas no son técnicos. ¿Pueden las tecnologías cambiar automáticamente nuestras expectativas, transformar nuestras economías, llevarnos a acordar una reducción de consumo? Yo creo que no. Es más, lo que históricamente han demostrado es que por cada problema que solucionan suelen generar otros inesperados y, a veces, más graves. Pensad si no en la energía nuclear, que al pretender (falsamente, por otro lado) dar por cerrado el problema energético en realidad generó el enorme problema de los residuos nucleares y de los accidentes, además del de la proliferación nuclear (es decir, la extensión por todas partes de las armas nucleares).

Y, hablando de armas, termino ya con la tercera cosa, quizá la más desagradable pero no por ello menos importante. No podemos olvidar que cualquier lucha por transformar el mundo, como la vuestra (o más bien la nuestra), está profunda e irremediablemente atravesada por el conflicto y la violencia.

Imagino que a menudo os habréis preguntado, o al menos yo lo hago, cómo es posible que hayamos podido llegar hasta aquí sin que nadie haga prácticamente nada frente a problemas que son o relativamente evidentes o, a día de hoy, profundamente conocidos y estudiados. Una clave que en mi opinión es muy importante es simplemente ser consciente de que esta autodestrucción del mundo es “beneficiosa” (en el sentido estrecho del beneficio económico) para una enorme cantidad de gente.

En el fondo es relativamente sencillo. Igual que ningún jefe ha tenido históricamente demasiado problema para empeorar conscientemente la vida de sus empleados con el fin de enriquecerse, las grandes empresas y los especuladores internacionales no parecen tener demasiado problema en seguir alimentando esta auténtica locura destructiva si con ello pueden seguir manteniendo sus ganancias.

Y esto, que dicho así puede resultar desagradable pero relativamente inocuo, encierra una enorme cantidad de violencia. La violencia de la esclavitud en las fábricas chinas, de los pueblos y territorios devastados para obtener determinada materia prima, de los migrantes llamados “climáticos” (aquellos que tienen que abandonar sus tierras por las transformaciones que éstas sufren como efecto del cambio climático), de una vida vacía basada únicamente en un consumo que hoy ha demostrado sólo poder llamarse suicida…

Pero lo anterior no debería situarnos en la posición de eludir cualquier responsabilidad, de culpar únicamente a las élites y quedarnos tan tranquilos. Los primeros privilegiados, y por tanto hasta cierto punto responsables, de lo que sucede en el mundo somos nosotros y nosotras, especialmente en un país como España. Gran parte de la violencia que vemos en el mundo no surge de la nada, espontáneamente, de la barbarie o la ignorancia de pueblos que se matan entre ellos por placer. La realidad es que el grueso de los conflictos están relacionados con intereses geopolíticos que en el fondo sólo reflejan una cosa muy simple: para que nosotras y nosotros podamos mantener nuestro modo de vida es necesario que exista guerra, violencia y miseria en muchos otros lugares del mundo (que, paradójicamente, soportan toda esa misera gracias a la promesa de que algún día, y de alguna manera, también podrán vivir como nosotros lo hacemos).

¿Cómo no conectar la presencia de combustibles fósiles, y la lucha por su control, y todas las guerras que han sacudido a Oriente Medio? ¿De verdad pensamos que es casualidad que el Congo, un país que lleva décadas inmerso en una guerra perpetua, posea uno de los yacimientos más grandes del mundo de coltán (un mineral fundamental para la construcción de todas las nuevas tecnologías)? Los ejemplos se podrían multiplicar. Y, de hecho, aunque no entraré en esa cuestión, lo que vemos es que en verdad nuestro mundo se ha introducido en una especie de dinámica que no parece dejar mucho margen de maniobra, que se impone por igual a los ganadores y los perdedores de su sanguinario juego.

Lo anterior, sin embargo, es importante tenerlo en cuenta porque lo que nos dice es que cualquier cambio necesariamente será, en un grado u otro, violento. Si partimos de la base de que no va a ser posible que exista un consenso general, mundial y simultáneo al respecto de qué hacer frente a la crisis social y ecológica, siempre existirá quien se oponga. Más bien grupos enteros que se opongan a transformaciones que pongan en tela de juicio sus intereses. Y con ello no sólo pienso en las grandes multinacionales del petróleo, sino en todas y cada una de nosotras si tuviéramos que renunciar al 90 % de nuestro consumo a fin de construir un escenario a la vez equitativo y sostenible en el tiempo.

Sólo hace falta recordar la explosión que en Francia han protagonizado los “chalecos amarillos”. Aunque como todo fenómeno social su naturaleza es compleja, no podemos olvidar que una de sus bases fue una subida de la gasolina que simplemente actuó como una suerte de límite al consumo que se vivió como una imposición brutal a la libertad y los privilegios asumidos por la sociedad francesa.

Y esto es importante. Incluso en el escenario en que tuviéramos un Estado que decidiera poner en marcha medidas encaminadas a hacer frente a la crisis presente, no podemos olvidar que tanto los mercados como los ciudadanos de a pie sentirían éstas como un enorme ejercicio de violencia y, por tanto, no dudarían en levantarse y oponerse a ellas. Y entonces, ¿qué habría que hacer? ¿Imponerlas por la fuerza, usando a la policía o los militares? Hoy se multa a quien no respete las restricciones de Madrid Central, pero ¿qué nivel de represión haría falta desplegar para imponer el abandono de los combustibles fósiles o la reducción del consumo? Y, por otro lado, ¿cómo no pensar, sabiendo lo que sabemos de la corrupción y del Estado, que la gente en los cargos de poder no limitaría a la fuerza los privilegios de los demás manteniendo, o incluso aumentando en el peor de los casos, los suyos propios?

Todo lo anterior nos deja ya en el ámbito de las preguntas sin respuesta, esas preguntas que movimientos como el vuestro o como muchos otros que trabajan por los mismos objetivos deben responder en la práctica y en la teoría con su trabajo cotidiano. En mi opinión, lo único que es difícil no ver es que la violencia que generará el deseo de mantener los privilegios, o la imposición desde arriba de lo que “necesitamos” en el marco de una falta de acuerdo, nos obliga a tener en mente que conseguir acabar con la emergencia climática, o más en general con la crisis social y ecológica, pasa por la lucha y la resistencia.

Por eso personalmente hace tiempo que concluí que luchar y resistir significa trabajar colectivamente (solos siempre seremos débiles), ponerme en cuestión a mí mismo y mis expectativas (un ejercicio que puede llegar a ser tremendamente violento) y lograr, en la medida de mis posibilidades, transformar aquí y ahora mi vida y mi territorio de manera que lo haga compatible con aquello que pienso que necesitaríamos, que evite la violencia de una imposición forzosa de algo que entre todas podemos voluntariamente construir, y que por supuesto nos tocará defender en el presente y en el futuro de aquellos que no tienen interés en que seamos autónomas.

Y eso lo han entendido bien, por ejemplo, los pueblos originarios que en América Latina, Asia o África arriesgan sus vidas para defender sus territorios y su autonomía (política y material) contra el extractivismo, contra la destrucción causada por el ansia de obtener más materiales, más petróleo, más agua dulce… Sin embargo, la respuesta que cada una dé, individual o colectivamente, a la pregunta sobre qué puede significar luchar y resistir le pertenece. Nadie debería robarle su derecho a encontrarla. Y yo, desde luego, ni podría hacerlo ni lo pretendo. Espero simplemente que estas líneas se integren como un renglón más en una larga conversación que nos pertenece a todas. Yo, por mi parte, seguiré leyéndoos atentamente.

Adrián Almazán Gómez

Los que se nos van ¿Libertarios en el mundo electoral?

¿Cuantos compañeros han transitado de los movimientos sociales o libertarios a las instituciones del Estado? ¿Cuantas manos y cabezas más vamos a tener que perder antes de reflexionar acerca de los por qués?

Las militancias políticas nunca son lineales, y menos mal. El valor de la crítica y autocrítica debe estar siempre presente, debemos replantearnos constantemente si nuestra práctica política sirve a nuestros objetivos. Y claro, para ello debemos tener claro cuáles son nuestros objetivos. Que un compañero tome la vía electoral provoca tres tipos de reacciones: amigos y conocidos que dan la enhorabuena, con más o menos diferencias, quienes cargan por incoherente o por haber sido en el pasado azote de “refors” y “electoralistas” y luego están quienes simplemente se ríen de la situación. Pero ¿de verdad nadie va a reflexionar sobre cómo gente con un determinado bagaje político-ideológico acaba en la lista electoral de las magdalenas?

La madurez

Quienes con 20 años basan su actividad política en la verborrea radicaloide, quienes desde una torre de marfil ideológica se dedican a sentar cátedra sobre qué es o qué no es revolucionario, son probablemente quienes más papeletas tienen para o dejar de militar a los 35, acabar votando al PSOE o algo peor. La militancia revolucionaria es una carrera de fondo, no un sprint donde hay que quemarlo todo y ya, exige de compromiso, de buenos compañeros y de un proyecto más allá de lo vivencial.

Aguantar los ritmos de asambleas soporíferas, interminables y en las cuales se habla de lo mismo que se ha hablado en tantas anteriores asambleas no es algo sencillo. Cuando llevas años militando y ves a tu alrededor que se siguen cometiendo los mismos errores, que con cada avance hay nuevas complicaciones o que la gente con la que has convivido en la militancia toma diferentes rumbos, aguantar se torna complicado. Si encima has acabado tu etapa juvenil y llegan las responsabilidades: familia, hijos, alquiler, trabajo… Tu realidad material modela tu forma de ver el mundo y tu forma de intervenir en él.

Esto no implica que en el proceso de maduración uno deba volverse irremediablemente un reformista o un reaccionario. Implica que si no existen unas bases materiales donde desarrollar un proyecto político adecuado a las vidas post-juveniles, quienes siguen teniendo esa intención de cambiar el mundo que nos rodea opten por trabajar en espacios donde se puedan realizar parte de esos cambios. Mientras que desde los movimientos sociales se tiene una decente capacidad de movilización, tenemos una débil capacidad para proveer de unas bases materiales que nos permitan reproducir otras formas de vida. No en el plano exclusivamente vivencial, en el plano laboral, investigativo, activista, económico, de cuidados… Lo que fue la gran CNT de los años 20 y 30, un mundo dentro de otro mundo. Lo que representa el Movimiento de Liberación de Kurdistán en Turquía o los Zapatistas en México. Debemos ser capaces de generar unos movimientos políticos en los cuales las distintas etapas vivenciales tengan cabida.

La emergencia climática

La cuestión ecológica es hoy central en cualquier paradigma transformador. No es una cuestión de gusto ideológico, es un imperativo de la realidad. No se puede posponer más cualquier acción que esté encaminada a la reducción de gases de efecto invernadero, del consumo energético y del cambio de modelo productivo. La conclusión es lógica y pragmática: estrategias duales, influir en el Estado y construir alternativas populares más allá de él. Por desgracia, hoy solo los Estados, y sus distintas escalas, tienen capacidad política, legislativa y coercitiva para implantar medidas que son imprescindibles a gran escala, nacional y transnacional. Las iniciativas populares dinamizadas por la vía de los movimientos sociales apenas traspasan las escalas locales, no digamos la internacional. Por supuesto que la escala reproductiva a la que se debe tender es la local, pero su viabilidad no será posible en un mundo que siga derrochando y caminando hacia los límites del abismo climático y ecológico.

Esta necesidad de ocupar los espacios de decisión desde los que desarrollar políticas, que a la par que dan espacio a los movimientos, desarrollan políticas encaminadas al objetivo de reducción del consumo energético, cobra peso. ¿De verdad alguien piensa que da igual que un negacionista del Cambio Climático como el partido de Santiago Abascal tenga capacidad de presión sobre las políticas medioambientales? La reproducción de la vida está en peligro. Y sin vida no hay revolución.

Entiendo que esta es un poco la idea de algunos compañeros de las filas libertarias que hoy transitan por la vía Estatal. La idea no parece descabellada, el problema estará en cuanta capacidad de maniobra se logre desde dentro. Puede ser que tantos esfuerzos puestos en esa vía, y no en la alternativa, devengan en fracaso y pérdida de fuerzas del a fuera.

Altavoz mediático

Militantes revolucionarios en los parlamentos los ha habido siempre. Giuseppe Fanelli pudo introducir la 1ª Internacional en España gracias a su condición de diputado. Ángel Pestaña fue diputado por el Partido Sindicalista y anteriormente Secretario General de la CNT e impulsor de los grupos armados de defensa frente al pistolerismo patronal. Esto no es una comparativa con nuestros compañeros actuales, es un ejercicio de memoria histórica.

La estrategia de los movimientos revolucionarios que contaban con un frente electoral fue siempre la de usar los parlamentos como un altavoz de denuncia, nunca como un fin. En el mundo que vivimos donde los medios de comunicación de masas ejercen un poder determinante, nuestras charlas de movimientos sociales son incapaces de contrarrestar toda la propaganda que las élites proyectan a través de toda la industria cultural. Ser un cargo electo te da una proyección mediática que es más difícil de conseguir desde lo social. Hay una diferencia entre convencer a 50 en una charla que realizar políticas públicas que modifican la vida de millones.

Falta de proyecto

Que compañeros convencidos de la necesidad de abolir la sociedad de clases se integren en el aparato del Estado es muestra de la incapacidad de los movimientos populares. No hay una fuerza social estructurada capaz de dotar de proyección, futuro, certezas y seguridades a nuestras militancias. Nuestra reducida capacidad de influencia puede resultar insuficiente a muchas. La tarea de construir una alternativa institucional, organizativa y de base es inmensa y requiere de muchos esfuerzos, compromisos y debates lentos y colectivos. Necesitamos muchas manos y cabezas para esta tarea. Que algunas de ellas no dediquen su tiempo a esta tarea nos debilita.

Han pasado 5 años desde que la hipótesis del asalto institucional cristalizara en Podemos. 5 años en los que se han visto muchos de los límites y miserias de esa estrategia tan poco nueva. Pero también 5 años en los que no se han sentado las bases de una alternativa real. El problema no es que haya menos manifestaciones, el problema real es que la nube infinita de proyectos, colectivos, grupos, centros sociales… no se piensan así mismos como parte de un proyecto común con unos objetivos definidos, por que no lo hay. Debemos machacar esta idea en todos nuestros espacios, trabajar en común para sustentar nuestras vidas de forma colectiva, defender nuestras necesidades, ganar espacios y transformar el mundo. Solo generando algún tipo de proyecto ilusionante y con capacidad de influencia y transformación real evitaremos la fuga de militantes hacia los tentáculos del Estado.

militante ecologista en Apoyo Mutuo (@_ApoyoMutuo_)

 

El 8 de marzo más invisible. Las reivindicaciones de las mujeres en otras partes del mundo.

Hoy hemos creído muy apropiado traer una reflexión sobre la cuestión de clase en la lucha y las reinvindicaciones feministas del 8 de marzo. Y es que todas sabemos que España, junto con Chile o Argentina, han sido de los países del primer mundo donde mayor impacto ha tenido la jornada del 8M. Un día de huelga secundado por millones de mujeres, y tomando las calles de manera multitudinaria. Como sabemos sobradamente que las noticias y detalles sobre estas movilizaciones, en concreto sobre las marchas de Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao, Sevilla… estamos todas bien informadas por los medios comunicativos o las redes sociales; no queríamos dejar pasar por alto mencionar a las mujeres olvidadas. A las más pobres entre las pobres, a quienes por vivir en países del tercer mundo, o donde las agresiones del capitalismo son mucho más criminales; ni las redes sociales, ni las mujeres de la cultura occidental prestan demasiada atención.

Este es el caso, por ejemplo, de La India o Blangladesh, donde mujeres fundamentalmente del sector textil, y que en los últimos meses han protagonizado las huelgas más multitudinarias de la historia de la humanidad, ayer 8 de marzo salieron a las calles reivindicando igualdad, condiciones laborales aceptables y poner fin a la violencia contra las mujeres, en muchos casos, muchas de ellas niñas menores. También estas mujeres del sureste asiático están organizándose sindicalmente contra el acoso en las fábricas, la discriminación y para reclamar un salario digno, lo que está sentando un hito y un precedente en las mujeres banglas e hindúes.

También salieron masivamente a las calles las mujeres turcas en Estambul y otra ciudades del país. El pasado 25 de noviembre en la marcha contra las violencias machistas las mujeres turcas fueron reprimidas, ayer las movilizaciones transcurrieron también entre fuerte presencia policial y agresiones con gases lacrimógenos a la marcha de mujeres. Sin embargo, en los últimos años la organización y la presencia de las mujeres en la calle reivindicando el fin del patriarcado es más que evidente, incluso ya desde las revueltas de la Plaza Taksim en el año 2013. Un despertar en Oriente Próximo que va muy de la mano del ejemplo de las mujeres en el Kurdistán y su revolución social con un programa feminista que es la base de toda transformación.

Las mujeres zapatistas este año no celebraron el Encuentro Internacional de Mujeres en Chiapas, la nueva coyuntura política con el gobierno progresista de Manuel López Obrador y sus megaproyectos en territorios indígenas, así como las violencias hacia las mujeres y en concreto hacia las zapatistas al sureste de México ha provocado que este año la convocatoria no se haya centrado en Chiapas, sino que haya habido marchas y eventos en el resto de pueblos y comunidades mexicanas. Aunque las zapatistas reconocieron que no querían poner en peligro a otras hermanas ante posibles ataques paramilitares, saben que no están solas. México tiene una media de diez feminicidios diarios, la más alta de América Latina junto con Brasil.

Y también no podríamos dejar de mencionar a Brasil, donde este año las marchas feministas fueron multitudinarias debido a que la organización de las mujeres está encabezando la lucha antifascista contra el presidente Bolsonaro. Nuevamente las reivindicaciones feministas se unen a la defensa del territorio y de grupos indígenas amenazados por las políticas del capitalismo. De esta manera en todas las ciudades brasileñas hubo marchas, que no olvidaron en absoluto a Marielle Franco, concejala que reivindicaba los derechos de las mujeres y fue asesinada hace un año en Río de Janeiro.

Y estos son algunos de los luggares más destacados; pero en Pakistán se ha celebrado por segundo año consecutivo las marchas ‘Aurat!’ (Mujer) en varias ciudades del país, en la capital, Islamabad, se han concentrado unas cuatrocientas mujeres activistas han pronunciado discursos sobre los derechos de la mujer. En Filipinas, miles de mujeres han marchado contra las políticas patriarcales y fascistas del presidente Rodrigo Duterte, conocido por sus comentarios misóginos, como cuando afirmó que le gustaría ofrecer 42 vírgenes a los turistas que fuesen a su país. Igualmente en Nairobi, Kenia, las mujeres han marchado en contra de las violencias machistas y exigiendo mayores seguridades hacia ellas mismas y reivindicándose como mujeres negras.

En todas las partes del mundo existe el patriarcado, y por lo tanto en todos los rincones se generan resistencias, muchas ocasiones estas resistencias están ensombrecidas o invisibilizadas porque no discurren en los códigos que en la cultura occidental hemos difundido como los universales para cumplir el carácter reivindicativo de la misma. También la cuestión de clase social y raza le otorga un segundo plano a todas las mujeres de otras partes del mundo, centrándonos solo en celebrar que cientos de miles de mujeres salieron en Madrid o Buenos Aires. El 8 de marzo debe ser un día de lucha y visibilización de esta misma, la cual se lleva adelante todo el año; muchas mujeres del mundo luchan día a día ajenas a este movimiento feminista actual, pero sus resistencias cotidianas contienen mucho de feminismo y de anticapitalismo. No olvidemos a las olvidadas.

 

El turismo como nuevo colonialismo light

En los últimos años hemos visto como el turismo ha subido como la espuma en todo el Estado, en especial en zonas que ya estaban fuertemente turistificadas como Barcelona, Balears, el Levante y Canarias. Esto se debe al traslado de los productos turísticos ofertados en el Norte de Europa que hicieron los touroperadores desde el Norte de África al Sur de Europa después de un auge del terrorismo islámico y los diversos atentados que se produjeron, convirtiendo en objetivos especialmente a turistas como pasó en Túnez o Egipto.

El turista que sigue viniendo es el clásico: miembro de la mal llamada “clase media”, habitante del Norte de Europa y obviamente blanco. Es así independientemente del turismo que vengan a consumir, ya sea de borrachera, familiar, rural… Podemos decir claramente que vienen los “privilegiados”. Si en sus países pueden disfrutar de un nivel de vida decente y sin carencias al venir aquí dispuestos a gastar tienen un poder adquisitivo mucho superior al de la mayoría de gente que puede vivir sin ninguna preocupación económica, así que imaginad la diferencia comparados con el 27% de personas que actualmente están en el mal llamado «riesgo de pobreza» . Esto provoca grandes subidas del coste de vida a los que vivimos en lugares turísticos, ya que sube el alquiler, el precio de la vivienda y casi cualquier cosa con la que se pueda comerciar y especular. Cada vez que un turista viene sube el pan.

Muchas veces en manifestaciones contra la turistificación se dice estar en contra del turismo de borrachera y a favor de promover un turismo cultural responsable, pero el problema de ese turismo y de cualquiera, es que los turistas vienen a consumir un producto, i en el caso del turismo cultural este producto somos nosotros. El turista visita calles, bosques, iglesias, mercados, etc. como si fuera un museo, fotografiando aquí i allá, posando y consumiendo cultura. Puedo decir que he visto turistas hacerse fotos en callejuelas sin ningún interés particular de Palma como quien se la hace con la Mona Lisa o ir al mercado a tocar el pescado como si fuera un juego interactivo. El turista cultural viene a saciar su ganas de “lo típico” por eso fotografían hasta a gente paseando el perro, van a paso de procesión por las calles e invaden nuestros barrios. Sea como sea el turista no está en su casa y aquí vive gente a la que le gusta hacer su vida sin molestas interferencias de extraños que se creen que todo está a la venta.

Pero desgraciadamente el turista viene aquí a ser el amo, el paga por estar aquí (y el cliente siempre tiene razón), el manda aquí y debemos rendirle pleitesía porque sin ellos la gran mayoría nosostros no nos podríamos llevar el pan a la boca. Muchos se comportan como si fuera su casa cuando en realidad están aquí de invitados. Llevan al extremo el “en este pueblo podemos hacer lo que queramos porque nadie nos conoce”, basta dar una vuelta por Benidorm o Magaluf. Y no es solo el turista de borrachera el que se comporta como un indeseable sino la gran mayoría. A muchos si les preguntas en un inglés chapurreado en su país se ofenderian y lo mínimo que te dedicarían es un fuck off, pero si no sabes inglés para responderles cuando te preguntan algo donde tu vives se sienten ultrajados de que no conozcas la lengua del Imperio. Vienen aquí a disfrutar de su descanso de ser explotados en sus países y van a hacerlo cueste lo que cueste, si tienen que atropellar a alguien lo harán y esto lo aplican literalmente cuando arrollan señoras de más de 80 años en el mercado.

Los turistas como colonos light que son, consumen y explotan los recursos de los lugares que colonizan. Por ejemplo, los turistas consumen el cuadruple de agua que los residentes, esto no lo digo yo sino un buen número de estudios[1]. Y con otro bien básico como es la vivienda también son partícipes en su especulación. Siendo este uno de los negocios más seguros, los extranjeros invierten a diferentes niveles en comprar propiedades, desde el pequeño propietario que compra una casa, al banco o empresario que compra edificios enteros, castillos, bosques y terrenos inmensos. Todos están explotando el recurso básico de la vivienda y la tierra, por supuesto que no podemos comparar lo que afectan los pequeños propietarios que compran una casa de vacaiones con los grandes inversores cuyo único fin es la especulación.

El diseño económico español está basado en el turismo, gran parte de la industria de muchas zonas dependen del turismo ya porque se dedican a la fabricación y mantenimiento de productos dedicados al turismo. Podríamos incluir hasta la agricultura, a la que el turismo aporta grandes beneficios, ya sea en forma de turismo rural o comprando los productos típicos en cualquier chiringuito o supermercado. Si este modelo se hunde nos vamos todos a pique, porque en el momento que haya una crisis económica que afecte gravemente el Norte de Europa o pase como con el terrorismo en el Norte de África, va a ser un efecto dominó y no va a quedar nadie al que no le salpique. Y parece una tontería, pero donde yo vivo si ahora mismo dejaran de venir turistas se pasaría hambre de verdad.

Todo esto no es nada más y nada menos que el producto de un capitalismo tardío feroz, que consume todo a su paso y lo convierte en producto listo ready-to-eat. No se debe enfocar la lucha contra el turismo porque es tener una visión cortoplacista y reduccionista del problema y como siempre hay que ir más allá y buscar el por qué, el cual no hace falta para ir muy lejos para encontrarlo. Para luchar contra el turismo hay que luchar contra el capitalismo, porqué el resto son intentos reformistas tan inutiles como poner un parche y pintar por encima una rueda con mil agujeros.

1: Articulo

Para más material contra el turismo os recomiendo:

Jodidos turistas de Antipersona

Tot Inclos

El turisme mata els barris por Oca de Gracia

Articulos de Ruyman Rodriguez en La Soli: Parte I y Parte II

 

Un nuevo enfoque sobre las drogas, desde la Antipsiquiatría

Por Cherry ( https://twitter.com/metcherry )

Durante décadas hemos luchado en la guerra contra las drogas, iniciada por Richard Nixon en 1970. Y tiene sentido que lo hiciéramos. Habíamos visto cómo las drogas destrozaron a colegas, familias, barrios, movimientos sociales y hasta países enteros. Pero nos dejamos engañar. Era una guerra con intereses imperialistas, como casi todas.

Ha llevado a encarcelamientos masivos, corrupción, inestabilidad política y violencia por todo el mundo; destinando miles de millones cada año a mantener un sistema carcelario inhumano y a las fuerzas represivas del Estado. Mientras que sigue consumiéndose tanto (o más) que antes. La guerra contra las drogas es un gran fracaso, porque ha sido enfocada desde una perspectiva simplista, culpabilizadora y condescendiente. En definitiva, la visión capitalista.

Primero, hay que distinguir entre «adicción» y «droga».

Según la OMS, la definición de droga es: «toda sustancia que (…) produce una alteración del natural funcionamiento del sistema nervioso central«. Por tanto, incluso el café o el azúcar son técnicamente drogas. Y sin olvidar que los medicamentos también. Pero nadie se alarma por eso. Nuestra concepción sobre las drogas es infundada y moralista, una construcción social. Además existen adicciones a cosas que, a priori, ni siquiera son sustancias. Por ejemplo existe la adicción a los juegos de azar, a la pornografía, e incluso a lavarse las manos compulsivamente

Por tanto: ¿Existe relación entre «droga» y «adicción»?

No. Evidentemente hay personas que son adictas a algunas drogas, pero no por los motivos que se han creído éste tiempo. No existe un elemento químico que te «enganche» al consumo de cierta sustancia. Ésta convicción surgió a raíz de un experimento que hicieron a comienzos del siglo pasado.

Pusieron a ratas en jaulas, con dos botellas de agua. Una con agua normal, y la otra agua mezclada con heroína o cocaína. Las ratas se obsesionaron con la droga, hasta que acabaron muriendo por sobredosis. Pero el profesor de psicología Bruce Alexander descubrió que el experimento no estaba bien planteado: la rata no tenía nada más que hacer, sólo drogarse. Así que creó el «Parque de Ratas», una jaula grande con juguetes, túneles y (lo más importante) muchas otras ratas con las que relacionarse. De nuevo, también tuvieron las dos botellas de agua. Pero ahora ninguna empezó a consumirla de forma habitual.

También existió el experimento en humanos: durante la Guerra de Vietnam, el 20% de las tropas estadounidenses consumía mucha heroína. La gente tuvo miedo de que, cuando volviesen, hubiera miles de drogadictos por las calles. Así que el Archivo de Psiquiatría General hizo un minucioso seguimiento de los soldados, cuando volvieron a casa. Y vieron que el 95% simplemente dejó el consumo, sin mostrar síntomas de abstinencia. Los militares consumían cuando estaban viviendo momentos desesperados, en constante tensión, donde peligraba su vida y mataban a otras personas diariamente. Pero si regresas a un hogar seguro y estás rodeado de familia y amigos que te quieren, el consumo se hace innecesario.

Las condiciones sociales determinan los actos individuales.

Otro psicólogo llamado Peter Cohen planteó que ni siquiera deberíamos llamarlo «adicción», sino «conexión». El ser humano tiene una necesidad natural de conectarse con otras personas. Pero cuando no se pueden establecer esas conexiones porque estamos traumatizados, aislados o golpeados por la vida, se establecen conexiones con algo que nos ofrece sensación de alivio ante una vida insoportable. No es casualidad que los principales consumidores sean personas con problemas sociales o personales.

Por si fuera poco, casi siempre se les trata como culpables, en vez de como víctimas (que es lo que realmente son). Les castigamos, les avergonzamos y les creamos antecedentes penales. Ponemos a personas que no están bien en una situación que les hace sentir peor. Y los odiamos por no recuperarse. En otras palabras: les negamos el acceso al «Parque de Ratas» y ponemos barreras para que no puedan tener conexiones sanas.
Aunque hay buenos ejemplos que nos enseñan otra realidad:

En los años 80, Suiza sufrió una crisis pública por el creciente consumo de heroína. Pero hicieron algo diferente: En vez de perseguir, reprimir y provocar el rechazo social a los drogodependientes; crearon la estrategia de reducción de daños. Abrieron centros gratuitos de desintoxicación, donde los consumidores serían rehabilitados. Allí les darían heroína gratis, de alta calidad, con agujas limpias y acceso a duchas, camas y supervisión médica. Las infecciones por VIH disminuyeron drásticamente, las muertes por sobredosis cayó un 50% y también se redujo enormemente el crimen callejero. Dos tercios de las personas tratadas consiguieron puestos de trabajo fijos. Y además, fue un método más barato y que (a diferencia de la guerra contra las drogas) no ocasionaba más problemas de los que pretendía reducir.

Otro ejemplo, aún mejor:
En el año 2000, Portugal tenía uno de los peores problemas de drogas en Europa. Hasta entonces habían utilizado el método estadounidense de castigar y humillar a las víctimas; pero cada año el problema iba a peor. Ese año decidieron hacer totalmente lo contrario: despenalizaron todas las drogas, desde marihuana hasta la heroína, para dejar de culpabilizar a sus víctimas. Se convirtió en el primer país en hacerlo. Pero, lo más importante, decidieron reasignar el dinero que antes gastaban en reprimir a los adictos y destinarlo en rehabilitaciones, para reconectarlos a la sociedad. No sólo se limitaron a las sesiones de psicoterapia, también hicieron un programa masivo de empleo y microcrédito para adictos. El objetivo era asegurarse de que tuvieran un motivo para levantarse de la cama y crear vínculos sociales, conexiones. Según reconoce el doctor João Goulão (creador del programa) se busca “las políticas de reducción de daños y de reinserción social”. Tras 15 años, el uso de drogas inyectables se redujo un 50%. Hoy Portugal tiene la segunda menor tasa de muertes por drogas ilegales en toda Europa, después de experimentar una de las peores tasas durante la prohibición.

La adicción a las drogas no son problemas criminales que deba resolver la policía. Son problemas psicológicos que solucionan profesionales médicos y trabajadores sociales. La solución es algo tan simple, pero necesario, como el cariño y la comprensión. El mensaje debería ser: «te quiero, uses drogas o no. Y haré lo posible para que no te sientas a solas». Tenemos que dejar de pensar en el consumo de drogas como una decisión personal; necesitamos comprenderlo como una implicación social y con una recuperación social.

Porque lo opuesto a la adicción no es la sobriedad. Es la conexión.

1 3 4 5 6 7 64