Anarca y Sumisa (I). ¿Qué es esto del BDSM y por qué importa?

¿Qué se te viene a la cabeza cuando piensas en sadomaso? Quizá la infame saga de Cincuenta sombras de Grey. Quizá Donatien Alphonse François, alias Marqués de Sade. Quiźa, directamente, pienses que es pura violencia. ¡Vayamos por partes!

Definiciones básicas.

BDSM es un acrónimo múltiple que responde a bondage, disciplina, dominación, sumisión, sadismo y masoquismo. Es un término paraguas muy amplio que recoge comportamientos y formas de sexualidad no normativas, desde el fetiche sexual por los monos de látex hasta las relaciones de intercambio total de poder 24/7, pasando por el voyeurismo. En general, esta laxa comunidad también se acoge al término kink –literalmente: vicio– para autodefinirse. Porque, sobre todo, el BDSM es un vicio, algo que proporciona placer en un espacio de seguridad.

Algunos principios.

¿Qué pinta todo esto en el debate sobre los feminismos? Muchas cosas, en realidad. Empecemos con lo que define las relaciones BDSM: el intercambio de poder.

Desde los ochenta (¡e incluso antes!) nos venimos dando cuenta, cada vez más, de que la supremacía masculina (y blanca, y de clase alta) es el régimen que gobierna el mundo, no sólo en lo parlamentario sino en lo cultural. Cualquiera que pertenezca a un grupo marginalizado, sea del tipo que sea, experimenta el rechazo, la opresión y en ocasiones la represión que este entramado deja caer sobre su persona. Lo mismo da que seas mujer, que seas una persona de color, o que tu sexualidad no se ajuste al modelo heterosexual: lo hegemónico carga contra todas, apoyado en las muletas de la publicidad, los medios de comunicación, y las políticas estatales. La intención es mantener el control.

El BDSM entra a jugar en este espacio normativo de poderes impuestos involuntariamente. Su juego es una lucha. Su propuesta: hacer que esas dinámicas de poder se debatan, se discutan, sean consensuadas y consentidas entre los que participan de ellas. Una podría pensar que, a título personal, su opción es, simplemente, no acceder al intercambio de poder, evitar la dominación a toda costa; y eso está bien. Sin embargo, seguimos quedando a quienes nos interesa este pacto de dominación y encontramos en él un espacio para probar los límites, las estrategias y el funcionamiento de sus dinámicas.

A veces es difícil de entender, incluso para una misma. ¿Por qué posicionarse voluntariamente como una víctima de la dominación (que puede o no ser sexual) cuando luchas contra ella, cuando un mundo libre no puede existir sin la dominación? Vuelvo a un ejemplo histórico, a modo de analogía. El Movimiento de Objeción de Conciencia del estado español llevaba a cabo reclusiones voluntarias de sus miembros, con el objetivo de prepararlos para una posible estadía en la cárcel. Una vez dentro, cuando quisieron amnistiarlos a todos de manera silenciosa y sin hacer ruido, se organizaron y quisieron quedarse presas para levantar escándalo en la sociedad, para hacer de su encarcelamiento un asunto político.

Resignificar la violencia.

Intentemos trazar analogías con un ejercicio de similitud casi poética. El BDSM es un buen escenario para experimentar los distintos niveles de sumisión y violencia sexual que, ahí afuera, en el mundo, en La Vida Real®, acontecen todos los días (se estima que hay una media de tres o cuatro violaciones al día en España; los cinco de La Manada salen de la cárcel mientras esperan su sentencia definitiva, la violencia de género e infantil en el ámbito doméstico no parece estar decreciendo; han asesinado a 27 mujeres en lo que va de 2018; y así). Como las compañeras del MOC que participaban en los encierros voluntarios, los que en el sexo o en la vida nos alineamos con el BDSM experimentamos con la crudeza de la norma heteropatriarcal que asesina y humilla. Mediante el aprendizaje de los límites propios y las posibles respuestas ante la opresión analizamos y estudiamos el sistema en general: somos un pequeño nodo privado que replica el sistema. Es un ejercicio de sandboxing. Y, como tal, en ambos casos, el del MOC y el del BDSM, se realiza en una situación controlada, donde existen mecanismos de control por ambas partes para hacer del momento algo seguro.

Sí: mecanismos de control por ambas partes. Se habla mucho de cómo la persona en situación de inferioridad física es la que realmente lleva las riendas en una escena BDSM. De cómo, con una palabra, un gesto, o una simple mirada acordada de antemano, la violencia cesa y se ponen en marcha los mecanismos de cuidado. Porque el BDSM es, también y por encima de muchas cosas, cuidado mutuo.

Esto no es todo, claro. No todo el mundo que practica sexualidades disidentes lo hace en todo momento como reivindicación política. Muchas de nosotras, simplemente, lo hacemos por vicio. Porque nos da la gana. Porque nos gusta. Porque podemos. Porque estamos orgullosos de no fiscalizar nuestra (a)sexualidad ni la de los otros.

Lo cual, si nos fijamos, es también una acción política. Una profundamente feminista, liberadora y necesaria.


El resto de la serie aquí:

2ª parte.

La institucionalización del lenguaje

Por Cosaco Libertario

Desde las más remotas naciones, la comunicación ha sido para ellas esencial. No es raro que tuviesen, no sólo su propio idioma o lenguaje, sino una diversidad gráfica impresionante: desde jeroglíficos hasta el alfabeto tradicional, pasando por las runas celtas, el alfabeto cirílico y la escritura árabe.

Pero, lejos de la diversidad y la necesidad de comunicación entre grupos cercanos, surge el peor de los males: la institucionalización del lenguaje. Es su tipificación, su normalización y su imposición social la que hace de este la más salvaje de las epidemias: el nacionalismo. No es raro que toda nación reivindique como propia una lengua o un dialecto. Ni es extraño observar que quien reivindica soberanía nacional tenga, entre otras, una lengua de por medio. Tampoco es extraño que los primeros reinos y naciones (conformadas como tal), surjan como consecuencia de la institucionalización del lenguaje o viceversa, pero están arraigados, mutuamente. Véase el más claro ejemplo en la nación española, que surge como tal con la unificación de los reinos de Aragón y Castilla, y, paralelamente casi a la par, Antonio de Nebrija establece las normas del castellano, su gramática y lo que rápidamente se convertiría en una norma social (de la nación). Pero no es el único: en la nación rusa y todas sus evoluciones, pasando desde el Rus de Kiev (siglos X-XI), el Rus moscovita (XV-XVII) hasta la edad contemporánea y el ruso moderno, y sus etapas intermedias. También el italiano y  la “Accademia della Crusca”, una vez restablecida por Napoleón, surge poco después el Risorgimento, o lo que viene a ser el movimiento de unificación italiana. Tampoco es raro que, el estado islámico pretenda institucionalizar su lengua en todos los territorios que quedan bajo su dominio.

Es decir, para la formación de estados se buscan elementos de cohesión social, muchas veces también de exclusión (elementos de pertenencia y enemistad), que vienen a derivar, en muchos casos, odio al exogrupo (grupo ajeno al propio) y amor extremo al endogrupo (grupo de pertenencia), dando así lugar a cánceres sociales como el chovinismo, el racismo, la xenofobia y la rivalidad.

No es raro que, con su institucionalización, surjan, en su vanguardia, el adoctrinamiento y el autoritarismo. ¿Por qué? Bien, partiendo de que la lengua y su construcción son la herramienta fundamental de la comunicación, entonces podemos afirmar que ésta será variable, en tanto en cuanto no es estática (ni temporal ni territorialmente). Por lo tanto, el lenguaje debería tender a ser variable a zonas que hoy llamamos fronterizas pero que antes no eran sino zonas intermedias entre lo que hoy se denomina “lenguas puras” (las lenguas puras  no son sino imposiciones territoriales, bien económica o militarmente, de aquellas zonas donde dichas lenguas se hablaban). Y no es raro que, aun viviendo a escasos metros, las zonas fronterizas pueden llegar a no entenderse, bien por estados que fomentan el analfabetismo, o bien por estados que fomentan la institucionalización del lenguaje. Todas son consecuencias de las fronteras, inherentes de cada estado, que sirven para defender lo propio en aras de la nación-estado y de su clásica xenofobia. No es extraño que en las fronteras con Marruecos, aquellas personas que por vías legales o ilegales entran, en su mayoría, no conozcan el castellano, y muchas veces habiendo vivido en la periferia fronteriza. Ni tan siquiera hay una mezcla sustancial y palpable de los dos idiomas imperantes que puede surgir de la necesidad de comunicación. Y en caso de existir, existe por meros intereses económicos (comercio con el país vecino, mercancías más baratas-muchas veces consecuencias del aprovechamiento del “dumping social”) y nunca como sentimiento de solidaridad, entendimiento, unión y horizontalidad. Muchas veces, quienes proceden de lo que llamamos un país desarrollado, en su osadía y prepotencia, así como en su situación existencial, miran por encima del hombro, como si de amo a esclavo se tratase, o incluso peor, desde el egoísmo caritativo (que viene a ser que, “pobres aquellos, pero ojalá a mí no me pasase”; similar al que sucede con personas con minusvalía). No es raro, tampoco, que en la frontera francesa, existan personas con pleno desconocimiento del castellano, euskera o catalán, sin existir ni tan siquiera una lengua intermedia, procedente de la necesidad de comunicación. Con la institucionalización, y la división nacional en fronteras, quienes viven unos metros más allá que acá tienen que ser, o bien criados en el bilingüismo, por una necesidad pragmática de comunicarse con sus vecinos, o en el monolingüismo, dejando aparte de sus vecinos sin una comunicación accesible para él, dándose la paradoja de que el idioma, lejos de servir para comunicar, sirve para aislar a las personas en su diversidad de procedencias.

Se  puede hablar de que la normativización del lenguaje ha hecho de la sociedad la necesidad de una normativa siempre, pues, si hasta en el lenguaje tenemos la autoridad suprema (las normas tipográficas, gramaticales y ortográficas) y en la mismísima educación la autoridad es el profesor (además de ejecutar la dualidad de misericordioso-castigador), dictando y haciendo de su cumplimiento un dogma, ¿en qué se diferencia del estado, valiéndose de su autoridad para adoctrinar sobre su imperante necesidad de existir, y que tiene al profesor como vínculo, y a la policía e instituciones gubernamentales (jueces, fiscalías…) como verdugos o benévolos?

Y muchos dirán, ¿por qué escribir una crítica a la institucionalización en un castellano que cumple a rajatabla las normas? Y la respuesta es, como apunté al principio, una necesidad de comunicación.

Eliminando la manzana podrida no salvamos todo el cesto

…O por qué la cárcel de algunos no es la libertad de todas nosotras

La violencia que vivimos cada día puede ser directa, pero lo es también simbólica y estructural. La violencia institucional y su cometido se hace evidente con casos recientes como el mediático caso de La Manada. A pesar de denunciar el sesgo androcéntrico, e incluso misógino, de muchas de las sentencias judiciales, el feminismo no pide más años de prisión como solución a nuestros problemas, como se deja entrever en la mayoría de los medios de comunicación, sino que intenta poner de manifiesto lo escandaloso que supone no considerar esos hechos una violación.

No queremos reproducir las dinámicas de las estructuras jerárquicas de dominación con las que nos someten, generadoras de tantas desigualdades, y por lo tanto no creemos que la vía judicial y penal sea la única alternativa para las mujeres. Es más, en el caso de las mujeres migradas, o con otro tipo de dificultades o situaciones, el acceso a la justicia puede suponer un problema en su situación administrativa.

La construcción de los problemas sociales en clave delictiva evita que se señale al Estado como responsable de las consecuencias de sus políticas y facilita su uso electoralista por la lucha contra la inseguridad. El populismo punitivo es una fórmula política y penal conservadora surgida del neoliberalismo y su aplauso proviene en gran parte de la distorsionada percepción social del funcionamiento del sistema carcelario y de su imaginaria relación con la seguridad en la calle, explotando las inseguridades de la colectividad. Un ejemplo de ello es la utilización, últimamente habitual, de asesinatos de menores a través de un discurso populista para la defensa de la prisión permanente revisable. En la estrategia de marketing hoy entran las violaciones a mujeres. Nos preocupa que se haga tanto hincapié en soluciones de castigo en vez de en propuestas educativas, así como la obsesión punitivista del feminismo institucional.

“Adoptar el encarcelamiento como estrategia es abstenernos de pensar en otras formas de responsabilización”, dice Angela Davis. La violencia machista, los problemas sociales, son problemas colectivos y como tal se han de abarcar. Eliminando la punta visible del iceberg en vez intervenir englobando toda la estructura que es el Patriarcado obviamos que existe todo un sistema social que mantiene y genera, e incluso se nutre, de esas violencias y da pie a dar por eliminado el problema. El heteropatriarcado funciona porque parece el estado natural de las cosas y señalando a ciertos individuos como “seres extraños” o “no-personas” nos exculpamos como sociedad ante cualquier responsabilidad colectiva y nubla la necesidad de revisión de cada persona socializada como hombre.

Son soluciones fáciles y rápidas ante fenómenos complejos, que despolitizan los hechos y eliminan del discurso el concepto de “opresión estructural”, aportando más bien nada a la transformación social en pro del control social. Mª Luisa Maqueda critica este discurso paternalista exponiendo que “La “colonización legal” nos priva del control de nuestras necesidades y de la autonomía de nuestras decisiones“.

Creemos en un feminismo para dejar de socializar como víctimas y poner en práctica el apoyo mutuo entre iguales y la autodefensa. Echamos en falta una estructura autoorganizativa que dé respuesta a la violencia recibida, pero a la vez y sin quererlo nosotras mismas generamos otro atropello: invertimos gran parte de nuestro tiempo en no morir. Lo que nosotras queremos es vivir.

Valladolid, junio de 2018

Grupo Anarquista Cencellada

cencellada.noblogs.org

“Contra” el anarquismo. Un aporte al debate sobre las identidades

«Volver a empezar quiere decir: salir de la suspensión. Restablecer el contacto entre nuestros devenires». Tiqqun.

Muchas de nosotras llevamos tiempo preguntándonos sobre las identidades: ¿qué es la identidad? ¿Cómo se articula? ¿Es interesante o estratégicamente recomendable enarbolar las banderas identitarias dentro del marco de los procesos revolucionarios? Trataremos en este texto de aportar otra mirada al debate.

Entendemos por identidad el proceso simbólico y estructural de identificación o pertenencia, y por lo tanto también de separación. Es necesario realizar una distinción entre identidades impuestas por el biopoder (mujer, negro, gordo, etc) e “identidades revolucionarias” que son dadas a sí mismas por diversidad de organizaciones, colectivos o individualidades (anarquista, comunista, nihilista, etc), es decir, son identidades que no vienen impuestas por símbolos discursivos, sociales y lingüísticos históricamente determinados por el poder, sino que son dadas por los propios individuos.

En muchos casos, las identidades impuestas por el biopoder son categorías de opresión. Ser llamada mujer no te hace mujer, pero sí otorga una categoría social con lo que ello significa y conlleva. Reapropiarse, resignificar las categorías dadas por la opresión es, en la mayoría de los casos, un paso necesario para articular un empoderamiento colectivo desde la identidad. Como dice Nxu Zana, mujer indígena y feminista:

«es decir me impusieron una serie de disposiciones que debía cumplir por el hecho de ser mujer y de no hacerlo sería juzgada, castigada, marginada, estigmatizada y hasta violentada, con esto no estoy de acuerdo pero jamás negaría la realidad de mi cuerpo y lo que conlleva en mi grupo, historia, vida personal y colectiva, porque desecharlo implica negar una realidad y mi experiencia al respecto tratando de abandonarme en una mentira»

Nada tenemos que decir sobre estas identidades impuestas, pues tanto su función coactiva como su reapropiación están claras en el marco de una lucha discursiva, simbólica y material que se libra todos los días, en todas partes. Por otro lado, las “identidades revolucionarias” esconden tras de sí una serie de sutilidades que de cerca nos apestan.

Afirmamos sin que nos tiemble la voz que declararse “antisistema”, “anarquista” o cualquier otra etiqueta similar, representa hoy entrar en la lógica del poder. Esta declaración no es una simple provocación; es ante todo una necesidad tanto estratégica como conceptual. En pocas palabras, en el momento que alguna individualidad o colectivo se designa a sí mismo como “anarquista” (o cualquier otra etiqueta similar, se entiende), lo que está haciendo es dotarse voluntariamente de un rostro reconocible a ojos del poder y, de paso, se está separando del resto de la población. Recordemos que la lógica de la separación es siempre la lógica del poder. Con esta asignación identitaria se están señalando a sí mismos, están llamando la atención, y el poder se aprovecha de que se revistan con estas máscaras tan identificables. De esta forma al poder le resulta mucho más sencillo aislar, reprimir y discursivamente erigir un monstruo a ojos de los demás para mantener la separación que los propios anarquistas han creado. El resultado previsible de asumir esta estrategia es aislamiento, identificación y represión. Y mucha impotencia, de postre.

El poder, lejos de querer destruirnos (como en ocasiones leemos en algunos textos repartidos por las okupas de nuestros barrios), busca más bien “producirnos”. Producirnos como sujetos políticos; como anarquistas, antisistemas, radicales, etc. Producirnos para posteriormente poder neutralizar fácilmente cualquier tentativa de organización. Es hora de dejar atrás todo este lastre. Frente a la separación que generan las “identidades revolucionarias”, tan solo queda disolvernos. Disolverse significa: devenir indiscernibles, pasar inadvertidos, mantenerse apartados del radar mientras se actúa en los lugares donde habitamos, junto con la gente que nos es cercana, sin proclamar nada pero dejando que la práctica hable por nosotros.

La dialéctica que se sigue es la siguiente; se parte desde una cierta ideología preestablecida (con la consiguiente identidad anclada) y de forma completamente aislada, desde esa exterioridad, desde ese vacío, uno pretende bajar a la materialidad del mundo para “dirigirse a las masas” y conseguir tal o cual objetivo. Esto es política de extraterrestres y forma parte del fracaso en curso; es necesario invertir esta dialéctica. Más bien partimos de una cierta situación común, de unas ciertas necesidades y acompañados de ciertas personas heterogéneas sin ningún tipo de “identidad revolucionaria”, y es desde ahí, desde nuestra cotidianidad, desde los lugares que habitamos y junto con las personas de nuestro alrededor, donde construimos mediante la práctica colectiva una estrategia revolucionaria que puede apuntar al ideal más libertario que se quiera. Como dicen unos amigos; una comunidad no se experimenta jamás como identidad, sino como práctica, como una práctica común.

En el transcurso del conflicto, nos sorprende que una pregunta tan esencial como “¿qué aporta exactamente el hecho de que nos declaremos anarquistas?” no se formule. Anclados como estamos en viejas tradiciones revolucionarias, perdemos la claridad de lo que acontece ante nuestros ojos. Poner este aspecto sobre la mesa nos parece fundamental. Proclamarse anarquista (o cualquier otra “identidad revolucionaria”) no aporta ni facilita absolutamente nada, no incrementa nuestra potencia revolucionaria ni ayuda a una mejor o mayor organización. En cambio, nos aisla y nos hace un blanco fácil para la represión. Las identidades ideológicas son un pilar sobre el cual el enemigo se apoya, por lo tanto está en nuestras manos renunciar a ello. Foucault escribía acertadamente que «sin duda el objetivo principal hoy en día no es el de descubrir, sino el de rechazar lo que somos». Asumir esta premisa tan solo es un ejercicio de humildad y sinceridad. Esto no significa olvidar, y mucho menos a nuestros muertos, sino empezar de otra manera.

Nosotros partimos del siguiente punto; el contenido de una lucha reside en las prácticas que adopta, no en las finalidades que proclama. De nada sirve cargar con una mochila repleta de intransigencia identitaria, de purismo refinado y de radicalidad moral si seguimos anclados en esta parálisis colectiva. Actuando desde los lugares que habitamos y desarrollando formas de vida, no nos unen tanto las grandes pretensiones ideológicas sino más bien las pequeñas verdades comunes, dentro de un proceso complejo, dinámico y en ocasiones hasta contradictorio. Es en este punto donde nuestra potencia revolucionaria crece y puede devenir en algo más.

Finalmente, queremos señalar el divorcio que en muchas ocasiones se produce entre el mundo militante del ghetto (con todas sus identidades ideológicas) con la centralidad de la vida cotidiana. En otras palabras; en estos espacios no se abordan aspectos tan básicos y necesarios para la vida de cualquiera como son por ejemplo la vivienda, el transporte o el trabajo. Hacer charlas, debates y movilizarse pero descuidando organizarnos sobre la base de nuestras necesidades y situarse en un marco puramente ideológico e identitario es parte del problema. Tenemos que volver sobre la tierra. Es necesario demoler los muros que nosotros mismos hemos construido a nuestro alrededor. Esta escisión entre el mundo militante/identitario con la centralidad de la vida y sus necesidades son un obstáculo a superar; debemos operar un desplazamiento necesario hacia otro eje de coordenadas, y basar nuestra organización en lo verdaderamente político, es decir, en construir otras formas de vida junto con las personas que nos rodean. Esta escisión también es lo que permite que muchos militantes puedan abandonar la lucha al mínimo atisbo de duda individual y “retirarse”, ya que su actividad no gira en torno a aspectos centrales de la vida. Tan solo esa exterioridad con respecto a la vida puede permitir que eso sea posible. De lo contrario, no podría retirarse de aquello que vive cada día. No puede haber una esfera militante o identitaria y otra esfera apartada que corresponde a “la vida”; nuestra tarea es disolvernos, pasar desapercibidos, organizarnos en base a las necesidades de nuestras vidas y colectivamente poner en práctica nuestras aspiraciones.

Creemos firmemente que la lucha es otra cosa a lo que estamos acostumbrados. No nos sorprende que en ciertos espacios, muchas personas terminen quemadas de su actividad militante, hartas, vaciadas por la impotencia a la que se ven reducidas. No se puede disociar lucha y vida, de la misma manera que no podemos separarnos de los demás en base a no se qué identidad ideológica. Las relaciones de vecindad y amistad, simple y llanamente, constituyen la argamasa sobre la cual se asienta la llama de la insurrección. Son estos vínculos los únicos capaces de sostener una situación de emergencia revolucionaria, y por lucha y político también entendemos la proliferación de estos vínculos y su puesta en organización. El juego de la identidades ideológicas supone un lastre para que estos vínculos se constituyan, de manera que es hora de renunciar discursivamente y conceptualmente a esa parte de nosotros que tanto nos frena a avanzar en la construcción de otra forma de habitar este mundo.

 – Bari Dz –  [ @Bari_Dz  y @NombreFalso1231 ]

Fotografía: Christine Spengler

Las huertas vecinales como proyecto de regeneración social

Asistimos hoy en día a una atomización de los seres humanos, convertidos en meros individuos productores y consumidores. Las antiguas casas donde los miembros de la familia extensa compartían las labores y donde se apoyaban los unos en las otras (y viceversa), se han convertido hoy en pisos mono-individuo, comida preparada de supermercado, televisiones y hornos microondas. Las ciudades han pasado a ser un hábitat súper-poblado de humanos, pero paradójicamente ahora más solos y desprotegidos que antes. La nueva sociedad ha terminado por engullir en el sistema mercantil las labores de cuidados, y la producción de alimentos y recursos básicos, tan imprescindibles siempre para la vida humana, y que las comunidades habían guardado y gestionado para sí durante miles de años.

Depresiones, generaciones frustradas, rupturas familiares, delincuencia, drogodependencia,… son solamente algunas de las actuales epidemias de esta forma moderna de sociedad, que ya ha emergido como predominante en el llamado “mundo desarrollado”.

En este contexto, quiero hacer alabanza de los proyectos comunitarios que, pese a todo, han surgido desde la base del pueblo para regenerar y mantener el tejido social que las ciudades han desmembrado.

En especial, me parece excepcionalmente paradigmático el ejemplo de las huertas urbanas vecinales. En mi experiencia participando en dos huertas de este tipo durante un año, he podido ver como vecinos que antes no se conocían, ahora se saludan y conversan la una con el otro a diario. He podido ver como personas de diferentes edades aprenden unos de las otras y trabajan juntas. Así, los mayores disfrutan viendo como las plantas crecen y prosperan, y los pequeños gozan de pequeño oasis natural donde pueden apreciar el ciclo de la vida en la naturaleza que la ciudad les mantiene tan alejados. También, he podido ver como personas que estaban o que aún están pasando momentos difíciles, han encontrado un lugar sano donde conocer gente, sentirse queridos y útiles. Y también, he podido ver cómo un espacio antes descuidado y perdido, ahora es un lugar lleno de vida (¡y tan rica vida!) y color (¡de flores y pintura!), que se ha convertido en un centro de aprendizaje, trabajo y celebración. Los muebles, la tierra, los juguetes para los niños (y no tan niños), todo hecho por y para los vecinos que crean y se re-crean con el espacio.

Y no, no hemos tenido que pedir permiso al Ayuntamiento ni a una institución de servicios sociales, ni hemos redactado unas bases con unas líneas bien definidas políticamente; pero definitivamente estamos haciendo barrio, estamos juntando a gente y estamos empoderando personas.

Con esto solo quiero alegrarme y trasmitir mi alegría. Pedir que las huertas comunitarias sigan creciendo, como ya lo están haciendo. Y animar a la activación de toda clase de iniciativas populares e inclusivas que sirvan como elemento regenerador de la sociedad, como herramienta de autonomía y como ejemplo de autogestión comunitaria.

Porque el trabajo para el común no esclaviza, sino que empodera.

¡10, 100, 1000 huertas urbanas!

Quasipodo

Carta de un anarquista ibérico en el norte de Siria ¿Qué podemos aprender de la revolución de Rojava?

Lo que acontece en Rojava a dia de hoy es una revolución. No es perfecta, no es la utopia que podemos soñar mientras leemos a Bonano en nuestros sofás reciclados, no es la espontánea insurrección contra toda autoridad que nos cuenta un comité invisible, no es la épica revolución que imaginámos cuando hablamos de la guerra del 36. Pero es aquí y es ahora, y es lo más cercano a una revolución que podemos experimentar a día de hoy. Depende de nosotras que pase a la historia como tal.

Lo que acontece en el norte de Siria es un movimiento popular, organizado y armado; que lucha por existir y administrar un territorio contra las fuerzas que buscan ocuparlo. En base a la acción colectiva se está defendiendo un proceso revolucionario de gran tamaño, donde la gente se organiza bajo principios de democrácia, pluralismo y liberación de la mujer.

En Rojava se vive es una sangrienta guerra que se combate a muchos niveles, donde no solo se lucha en el frente contra el Daesh o contra el ejercito turco. Se lucha en las ciudades y en el campo, buscando construir un sistema económico que ponga freno al capitalismo que destruye la sociedad y la tierra que la sostiene. Se lucha en las familias y en las comunidades, buscando poner fin al sistema patriarcal que oprime a las mujeres, desafiando la gerontocrácia que niega el potencial de la juventud, y construyendo una sociedad comunal y autoorganizada. Se lucha también en las instituciones, buscando construir un sistema democrático donde la gente pueda decidir sobre sus vidas y sobre la tierra que habita, consolidando consejos comunales donde la gente pueda solucionar los problemas a nivel colectivo. Se lucha también en las mentes una guerra ideológica, combatiendo la mentalidad individualista, liberal, capitalista y patriarcal en que los poderes hegemonicos sustentan su poder. Sobretodo se lucha en las mentes. Y la forma de combatir és educación, convivencia, formación colectiva y popular, donde podámos aprender a discernir lo que de verdad necesitamos para vivir de lo que el sistema nos cuenta que necesitamos para sobrevivir.

En Rojava podemos aprender que la manera que tiene el poder de perpetuarse consiste en mantenernos aislados, enfrentados los unos contra los otros, para presentarse luego como el salvador que – usando los sistemas de monopolio y centralización llamados Estados – logra incidir en la sociedad, fingiendo solucionar problemas. Podemos aprender que las estadisticas que presentan cuando dicen que hemos salido de la crisis, no son más que numeros y gráficos que sustentan su historia, la historia del poder. Que así es como fingen que, gracias a sus intervenciones, la nación está a salvo, y que han logrado evitar el desastre que ellos mismos han provocado. Y podemos aprender que no solo han logrado perpetuar su sistema de explotación y pillage, sino que han logrado reforzarlo y blindarlo todavía más. Quizás no hace falta ir a Rojava para aprender estas cosas, pero desde aquí se ve más claro que nunca que la solución a nuestros problemas no vendrá de su mano, ni de sus parlamentos, ni siquiera de los ayuntamientos que ahora se proclaman del cambio. La solución tiene que venir de la gente, porque solo el pueblo salva el pueblo.

Con eso no quiero decir que todo el esfuerzo invertido en penetrar en sus instituciones sea en vano. Las instituciones en sí mismas son heramientas que deben ser usadas de manera adecuada, pero no solo las instuciones del Estado. La PAH, por ejemplo, ha sido capaz de solucionar más problemas que el ministerio de vivienda. La forma adecuada de comprender y de usar las instiruciones, es cuando sirven para liberar las personas oprimidas de sus opresores. Y sobre eso también podemos aprender en Rojava. Alcanzar las instituciones del Estado puede valer cuando detrás de la gente que ocupa esas instituciones, hay una organización popular revolucionaria, dispuesta a obligar a dichas instituciones a hacer lo que es correcto y a remediar los problemas que han causado. De lo contrario, solo se convierten en herramientas de desmovilización, traicionando las esperanzas de la gente que habia depositado su esperanza en discursos que se revelan vacios, sembrando así discordia y desconfianza.

Estado, colonialismo y revolución

Lo que acontece hoy en Rojava es el resultado de más 4 décadas de experiencia y de organización revolucionaria. El modelo social que aquí se construye se debe a decenas de miles de personas, mujeres y hombres, armadas y entrenadas para defenderse, y que han sido capces de hacer frente a las fuerzas opresoras que luchan por invadir sus hogares. La expulsión del Estado Islámico de sus tierras ha hecho caer las máscaras, y el ejercito turco ha optado por continuar su sangrienta guerra en Afrín, esta vez con sus propios soldados. El Estado Turco, como todos los Estados, necesita de la guerra para sobrevivir. La guerra es su razón de ser y su principio para prevalecer. Cuando el conflicto militar no es rentable, el Estado usará todo tipo de herramientas y estrategias para doblegar su enemigo (la sociedad democrática), desde la guerra económica, mediática, o ambiental. Pero cuando con esas armas no logra sus objetivos, el ultimo recurso simpre va a ser el uso de la fuerza bruta, la ofensiva militar. Y eso es algo que debemos aprender de Rojava.

Los Estados occidentales no son muy distintos a los Estados de Oriente Medio, con la diferencia que quienes somos clasificados como sus ‘ciudadanos’ contamos con numerosas comodidades y privilegios. Esos privilegios sirven de colchón para demorar la resistencia, para prevenir un movimiento revolucionario que logre poner en entredicho su hegemonía. Y es importante recordar que, esas comodidades y privilegios, provienen en su mayor medida de la explotación y el expolio de lo que hemos clasificado como tercer mundo.

El Estado Español es un viejo conocedor de la explotación colonial. Las brutales incursiones y conquistas en America Latina, iniciadas 5 siglos atrás saqueando y aniquilando la población indigena, trajo grandes riquezas y ganancias al reino. Se consolidaron así monopolios que permitieron mantener cierta hegemonia frente al industrialismo capitalista, que nacía en aquel entonces en Inglaterra. Este sistema de imperialismo colonial, del que el Estado Epañol y el Estado Portugués fueron pioneros, se extendió luego de la mano de otros Estados europeos por Africa, Asia y Oriente Medio. Y es precisamente ese modelo el que se combate ahora en Rojava, con la experiencia de más de cuatro décadas de movimiento revolucionario por la Liberación de Kurdistán, y con la herencia de siglos movimientos anticoloniales en el mundo entero.

Una lucha internacionalista

Desde el inicio de la revolución en 2012, Rojava se ha proclamado como una revolución internacionalista. Cientos de personas – en su mayoria occidentales, también hay que decirlo- han acudido a la llamada para defender la revolución, y decénas de ellas en caido mártires luchando contra quienes han tratado de aniquilarla. En Rojava podemos aprender a valorar el enorme sacrificio de quienes han dado su vida para defender la revolución, no solo la de Rojava, sino todos movimientos revolucionarios que han luchado por un mundo más justo y más humano.

La revolución que se vivió en España en 1936 es, a dia de hoy, un importantisimo hito para el internacionalismo revolucionario. Decenas de miles de militantes socialistas de más de 50 paises dejaron atras sus hogares, haciendo frente común contra el fascismo que se alzó en armas, sabiendo que si éste no era detenido en España se extenderia también en sus paises. Más de un tercio de estas brigadas internacionales cayeron mártires en combate, y debemos honrar su memoria y su lucha junto con las y los militantes locales que, desde distintas organizaciones revolucionarias, se unieron en un frente popular para hacer frente a la barbárie del fascismo, vestido entonces de nacional-catolicismo.

En Rojava, el fascismo se disfrazó de califáto islámico, canalizando así el odio y la frustración acumulados tras años de injerencia imperialista. La brutal invasión de Iraq en 2003, liderada por EEUU y con la total complicidad del Estado Español, ha sido uno de los grandes causantes de terror y rencor, que ha permitido a la barbárie del Estado Islámico consolidarse fugazmente. Pero a diferencia del 36, en Rojava el movimiento revolucionario ha sido capaz de doblegar al enemigo.

El fin de la guerra en el 39, fue el detonante de lo que fue la segunda guerra mundial, cuando Hitler logró hacerse con el control del Estado Aleman para expandir el terror por Europa. Hoy Erdogán sigue sus pasos, y las brutales tensiones geostratégicas acumuladas en Siria en estos más de 7 años de guerra, puede desatar una guerra de igual o mayor envergadura.

¿Si no tu, quién? ¿Si no ahora, cuándo?

El fascismo avanza si no se le combate, y la invasión de Afrín ha sido el terrible recordatorio que la paz alcanzada en Rojava, tras derrotar al Daesh, no significa nada mientras Erdogán siga al frente del Estado Turco.

El alzamiento fascista que vivió España en 1936 fue respondido por un alzamiento revolucionario dispuesto a ponerle fin. Ante tal extrema situación, decenas de organizaciones socialistas – coordinadas por los esfuerzos de los congresos internacionales de trabajadores – hicieron un llamamiento global para poner fin al fascismo en España. Pero el fascimo también es capaz de internacionalizarse cuando lo necesita, y así como Italia y Alemania acudieron a la ayuda del Genral Franco, miles de yihadistas acudieron a la llamada del califa Al Bagdadi.

Ahora el fascismo islámico en Rojava tiene una nueva bandera, y Erdogán ha renovado el pacto con las milicias herederas de Al Qaeda para ocupar Afrín. Hoy amenazan Manbij, y no se detendrán si no les hacemos frente. Las internacionales socialistas ya no son más que cenizas, de las que debemos resurgir cuál fénix para hacer frente a la bárbarie. También las luchas anti-coloniales y las resistencias anti-imperialistas deben responder con fuerza ante esta brutal agresión contra territorio sirio por parte de Turquía, ejercito clave de la sangrienta alianza militar que es la OTAN.

Rojava está preparada para recibir todo el apoyo que internacionalistas del mundo entero puedan ofrecer. Esta revolución puder ser la retaguardia que necesitamos, una retaguardia para movimientos revolucionarios de todo el mundo como lo fué Palestina. Para hacer frente al capitalismo global, debemos desarrollar un movimiento revolucionario global, capaz de enfrentar al enemigo allí donde ateque. Debémos hacer todo cuanto esté en nuestras manos para defender esta revolución, no permitámos que la solidaridad se quede solo en palabras. ¿Si no nosotras, quiénes? ¿si no aquí, dónde?¿Si no ahora, cuándo?

¡Viva la solidaridad internacional!

Ernesto Durruti

Academia Internacionalista şehîd Hêlîn Quereçox

Rojava, junio 2018

 

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