Lo estructural y las relaciones de poder

Estructura, poder y dominio son conceptos íntimamente relacionados y que debemos comprender para tener las herramientas de análisis para la transformación radical de la sociedad. Uno de los temas centrales en el anarquismo ha sido la cuestión del poder, donde se han escrito numerosos textos que apuntaban a que el ejercicio del poder resulta pernicioso y de ahí está el origen de todos los males y desigualdades en esta sociedad. Sin embargo, no podemos atendernos solo a la cuestión del poder, lo cual, he planteado ampliar el tema tratando la estructura y el dominio. ¿Es lo mismo poder y dominio? ¿Qué es la estructura? ¿Qué tienen que ver el dominio con la estructura? ¿Y el poder con la estructura? Cuestiones como éstas las iremos desarrollando a continuación.

Tenemos claro que vivimos en una sociedad con profundas desigualdades a todos los niveles: desde lo económico hasta lo político y social. Las desigualdades se producen por la existencia de grupos sociales dominantes y otros subordinados que sufren esa dominación. Dicha dominación se ejerce a través de unas bases materiales, como, por ejemplo, una posición económica ventajosa, a las cuales podemos denominar estructura o infraestructura y también ideológica llamada superestructura, en términos marxistas. Entonces, cuando hablamos de algo estructural en general, hacemos referencia a todas aquellas formas de opresión provenientes de los grupos sociales dominantes. Así por ejemplo, cuando hablamos de violencia estructural, hablamos de aquella que ejerce la clase dominante contra nosotras a través de la represión física de los porrazos, la criminalización de la pobreza, condenarnos a la miseria, etc. También, lo estructural puede hacer referencia a aquello que tiene causa directa en las bases materiales de un sistema, como por ejemplo, cuando hablamos de crisis estructural del capitalismo.

Hasta ahora, el concepto de poder en el anarquismo clásico ha ido asociado al dominio, pero las tesis sobre el poder de Foucault han abierto nuevas perspectivas para entender dicho concepto que rompe con el esquema clásico de poder igual a dominio. Según Foucault, el poder es, básicamente, una fuerza social que está presente y fluye en todo el cuerpo social sin unas direcciones determinadas, lo cual no es ejercido siempre desde el Estado o la clase dominante, sino que también puede provenir de instituciones organizadas fuera del Estado. Además, el poder no solo es meramente destructivo, también es creador, crea conocimientos y saberes en favor de los grupos sociales que los crean. Por tanto, podemos distinguir entre poder-dominio, aquel que se ejerce a través de la clase dominante y de carácter impositivo mediante la violencia y la creación de hegemonía y consenso para imponer los intereses de esa clase dominante; y el poder-fuerza social que es ejercido desde las clases explotadas a través de las organizaciones populares, la creación de contra-hegemonía y ruptura con el orden dominante para materializar los intereses de emancipación social.

Una vez aclarados los términos, es hora de relacionarlos y posteriormente ver su aplicación en la realidad social. La diferencia clave entre dominio y poder es que el dominio es un poder ejercido desde una posición ventajosa, es decir, el dominio se ejerce en un contexto donde no hay equidistancia en las relaciones de poder. Esa posición de ventaja lo da la estructura material e ideológica. Se podría decir entonces que el dominio es un poder estructural, aquel poder que se ejerce a través de una estructura material e ideológica construida a medida por aquel grupo social dominante. Es aquí donde tiene origen todas las opresiones que hoy en día conocemos: la opresión -o explotación- de clase, la heteropatriarcal y la racial. Todas estas opresiones comparten un común denominador que es la existencia de una base estructural mediante la cual se ejerce el dominio.

Así pues, en el plano económico podemos reconocer la dominación capitalista en el cual, los o las poseedoras de los medios de producción -la clase capitalista- les confieren una posición dominante frente a la clase obrera que carece de dichos medios. Es por ello que un o una trabajadora siempre está en una posición de desventaja frente al capitalista, lo que se traduce en una relación desigual de poder. No obstante, si la trabajadora se organiza junto con sus semejantes y construye a la vez un discurso que desafíe el discurso dominante, esta relación de poder puede cambiar en favor de la clase obrera mediante la lucha de clases. Asimismo, encontramos en la organización popular otra forma de articular un poder desde abajo.

Por supuesto que la opresión central es la de clases, pero no podemos restar importancia a las opresiones no clasistas, pues también sustentan el sistema capitalista. En este caso, el heteropatriarcado es una estructura socio-cultural en el cual los hombres heterosexuales adquieren una posición dominante respecto a los y las homosexuales y la mujer. Como en la opresión clasista donde la clase obrera está en una posición desfavorecida, la mujer y aquellas personas que se salen de la heteronormatividad se encuentran en una relación de poder con los hombres heterosexuales desfavorable. Consecuencia de ello es el machismo y la homofobia, manifestaciones de esta dominación heteropatriarcal. Lo mismo sucede con el racismo, en el cual el hombre blanco occidental se posiciona como dominante frente a otras etnias no blancas y no occidentales, juzgándolas en base a las concepciones sociales eurocentristas y etnocentristas, caracterizándoles principalmente como salvajes, delincuentes y esclavos.

La importancia de conocer estos conceptos nos permite reconocer correctamente las opresiones y no cometer errores como usar la misma vara de medir para un lado y para otro cuando las relaciones de poder son asimétricas. Para ello, pondré unos ejemplos breves que ilustren esta premisa: la violencia policial es ejercida desde la clase dominante y responde a sus intereses, al contrario que la violencia utilizada para la autodefensa. No es nada comparable robar artículos en un supermercado con el fraude fiscal, la fuga de capitales y con la explotación asalariada. El absentismo laboral o cualquier acto de «indisciplina» no es nada comparable a los ataques a los derechos de los y las trabajadores mediante las reformas laborales. Se culpa a la mujer de ser violada y que tiene que andarse con cuidado para evitarlo, cuando el culpable es el hombre quien comete las agresiones sexuales y que es él quien debe dejar de violarlas. Que una persona no blanca desprecie a un blanco o blanca por serlo no es nada comparable a las redadas racistas, la criminalización de la inmigración, su exclusión y discriminación, etc… Aquí de nuevo nos encontramos con el denominador común: lo estructural.

Una vez que sepamos en qué posición estamos y conozcamos las relaciones de poder en la realidad social, el siguiente paso es cómo articular respuestas contra ellas, no para crear nuevas formas de dominio sino en equilibrar la balanza de las relaciones de poder. Así por ejemplo, en el campo económico, solo podrá existir una relación de poder equidistante aboliendo el sistema capitalista e implantando un sistema socialista libertario que ponga los recursos, medios de producción e instrumentos de trabajo en común; en el político, en la abolición del Estado sustituyéndose por instituciones horizontales (asambleas, consejos, comités, confederaciones…) en las cuales los y las productoras y consumidoras sean quienes tomen las decisiones políticas; y en el plano socio-cultural, por el empoderamiento de las mujeres, homosexuales y minorías étnicas junto con la deconstrucción de los privilegios patriarcales y raciales. Suprimir el dominio implica destruir las estructuras del poder-dominio y crear otras estructuras materiales e ideológicas y junto a ello el poder popular, que sería el poder socializado donde las relaciones de poder entre distintos grupos sociales sean equidistantes.

Contra el elitismo revolucionario

Muchas veces hemos oído hablar que usar tal o cual término causa confusión, que éste u otro movimiento social es reformista y cómo tendrían que ser para dejar de serlo, que si es incoherente tal acción o táctica por contradecir una serie de principios, que si supone rebajar el discurso y caer en el «todo vale», etc, que todo ello parece llegar a conformar una suerte de ortodoxia, una burbuja aislada de la realidad social que se desentiende de los movimientos sociales y sus luchas, quedándose anquilosada e incapaz de responder ante la realidad cambiante. Esta es la suerte de ciertos grupos e individualidades sobreideologizadas que miran por encima del hombro al resto de mortales, posiconándose así como una élite con posesión de las verdades revolucionarias, las cuales se deben aplicar a rajatabla si realmente deseamos la revolución. Incluso hay quienes parecen pensar que la revolución estará a la vuelta de la esquina, anteponiendo por encima de todo, la coherencia ideológica a la necesidad de participar en frentes de masas. Craso error, pues la revolución está muy lejos ahora mismo y que no podemos realizar ninguna revolución social si nos desentendemos de la realidad que nos rodea y nos ceñimos en la coherencia.

Si bien es cierto que existía cierto movimiento anarquista después de su fallido intento de resurgimiento a finales de los ’70, cuando estalló la crisis del 2008, el anarquismo no respondió con contundencia y en mayo del 2011 nos sorprendió el 15M, en el cual, la gente salió espontáneamente a las calles ocupando las plazas de numerosas ciudades en el Estado español. Pese a su contenido ciudadanista y sus muchos peros, hemos de reconocer que el 15M supuso un punto de inflexión que abrió la posibilidad de hacer política en las calles, algo prácticamente impensable en una España con una clase trabajadora dócil. Al igual que con el 15M, están las mismas críticas hacia el resto de movimientos sociales como las mareas de todos los colores y la PAH, sin posicionarnos a favor de su fortalecimiento y radicalización ni plantear alternativas inmediatas desde un prisma libertario en las que poder avanzar. Sin embargo, lejos de tratar de entender los procesos, nos hemos dedicado a criticarles desde nuestras casas su pacifismo dogmático, sus reivindicaciones ciudadanistas y reformistas y miles de «peros», sin entender que el 15M nació con una estructura horizontal y asamblearia, que supuso así una ruptura con el pasotismo generalizado en política. Nadie se hace revolucionaria de la noche a la mañana y aquellas personas no poseían una buena formación política, pero sí comenzaron a cuestionarse el sistema y se han abierto espacios para hacer política desde las calles y los barrios.

Las proclamas maximalistas y el proselitismo en algunos mensajes anarquistas, que parecen encriptados para el resto de la sociedad y solo dentro de los círculos anarquistas entendemos, nos ha alejado del escenario político anticapitalista. Se repiten los típicos argumentos de siempre, que pese a que algunos puedan llevar razón, hay algunos que no atienden al contexto, como los hay críticas destructivas que no aportan nada más allá de la negación. Por eso, en ocasiones, en vez de aprovechar espacios abiertos de lucha, algunos y algunas priorizan el corpus ideológico frente a la necesidad inmediata de frenar los atropellos del neoliberalismo desde las bases, de conseguir victorias a corto plazo para ir extendiendo la lucha de clases.

Si el anarquismo carece de dogmas, significa que requiere una constante reflexión y análisis, a la vez que nos posicionamos y participamos en las luchas. Claro, supondría cargar con ciertas contradicciones, pero guste o no, son inevitables mientras sigamos viviendo en el sistema capitalista. Por tanto, hay que asumirlas e ir superándolas poco a poco, replantearse las consignas y repensar algunos términos. Entonces, si reclamamos lo público reclamamos lo que nos pertenece, que no pase a manos de los mercados y sean de gestión popular; si utilizamos un lenguaje más sencillo no implica rebajar el discurso, sino utilizar un discurso divulgativo intentando transmitir nuestras posiciones al resto de la clase obrera; si participamos en los movimientos sociales es porque tenemos mucho que aportar en ellos, al margen de si tiene o no una orientación política clara ya que dicha política ha de forjare en el día a día. No es ninguna renuncia a nuestros principios cuando luchamos por arrancar pequeñas victorias en la vida cotidiana, en las contradicciones del capital-trabajo y colaborar con colectivos afines, pues demostrar que los y las anarquistas también nos involucramos en todos los frentes de lucha es más que necesario. Recordemos que no somos ajenos y ajenas a los cambios que se dan en estos momentos, que no vivimos del cuento y que formamos parte de la clase obrera. Recordemos que no llegaremos a ningún lado yendo por nuestra cuenta, desorganizados y dados al espontaneísmo, o en la comodidad de nuestros grupos de afinidad y colectivos.

Que se disuelvan las élites que dictan cómo hemos de luchar y qué luchas son válidas midiéndolas con la vara de la coherencia ideológica y con la Biblia de los principios anarquistas en la mano. Aunque nos cueste, debemos ir saliendo de nuestras posiciones de comodidad, analizar los procesos sociales y entenderlos para poder incidir y aportar en la lucha social. A la vez, para salir de la marginalidad urge adoptar estrategias y acciones que sumen fuerzas y creen tejido social anticapitalista y horizontal, valorar las luchas en base a qué es lo que nos ayuda a crecer como movimiento social y políticamente, en definitiva, a empoderarnos y a inclinar la balanza de las relaciones de poder en favor de las clases explotadas. Menos altanería y más humildad, esto es lo que hace falta a ciertas personas que se declaran revolucionarias.

Sobre Podemos y otras cuestiones

Irab Zaid

Mayo 2014, Madrid

El triunfo de “podemos” no nos debería sorprender. Tras el 15m se abrió un escenario político bien distinto, ya no vale la cultura política post 78, tampoco el bipartidismo, y la abrumadora crisis del capitalismo, la corrupción sistemática (no son corruptos por una cuestión moral, sino que se trata de algo sistemático) son cuestiones que están a la orden del día, y los grandes partidos del régimen caducos de ideas y proyectos de estado (más aun cuando el capital financiero se impone sobre el estado-nación) parecen lanzar sus últimos aletazos. No obstante y desgraciadamente una gran parte la clase trabajadora del estado español no está pensando en grandes revoluciones que derroten al capitalismo, sino que trata de luchar de cualquier forma contra la mísera cotidianidad, la del desahucio, la del despido, la del miedo. “Podemos” ha sabido jugar sus fichas en este escenario, ha sido una bocanada de aire fresco y de diferencia. Los que apostamos por la lucha no electoralista (asambleas de vivienda, centros sociales, colectivos de barrio, sindicatos no pactistas…) tenemos que pararnos a reflexionar. Mirar a nuestro alrededor e intentar jugar nuestras cartas de la mejor forma posible en la realidad existente.

La desesperación y falta de confianza en el sistema electoral sigue presente con más del 50% de abstención. Pero no podemos pasar por alto la victoria de “podemos”, es ahora, tras el triunfo, cuando “podemos” se puede construir como otro partido más existente, o como una extensión del movimiento, “podemos” puede ser movimiento. Que “podemos” sea movimiento significa que traspase su aspiración electoralista y de la institución, para conformarse como un órgano semi horizontal de participación directa en la política de los barrios. Los círculos bien podrían ser asambleas post 15m. No negamos el carácter reformista y socialdemócrata de podemos, ni su liderazgo, pero en esta situación, ya solo nos quedan dos caminos, pensando siempre en estrategia, ya no nos vale ser autorreferenciales, ni quedarnos en nuestros pequeños colectivos de afinidad, en esta fase de crisis del capitalismo financiero, todo es posible. O nos conformamos como un actor político visible o seremos un cadáver, o intentamos crear un proceso de unificación en torno cuestiones básicas como “anticapitalismo” “no participación en la democracia del capital” “horizontalidad” o tendremos que ocupar esos espacios de participación en donde el movimiento reside, por muy reformistas que sean.

Son duros momentos para los revolucionarios, pero debemos pararnos a pensar, dejar ortodoxias aparte, e intentar buscar la fórmula para dar un salto tanto cualitativo como cuantitativo.

Con paso firme hacia la organización estudiantil libertaria

El movimiento libertario avanza hacia la formación de una federación estudiantil en el Estado español. Es necesario pararse a reflexionar lo que este paso significa en las actuales condiciones. 

Desde hace más de treinta años el anarquismo se encuentra, como movimiento social y político, desplazado a una situación de marginalidad en el Estado español. Aquello que no consiguió eliminar cuarenta años de dictadura franquista fue gravemente herido por el pacto socioliberal, por un entendimiento entre clases antagónicas que solo ha jugado a favor de la clase dominante. Todo se complicó todavía más tras el desplome del proyecto del socialismo de Estado en la Unión Soviética, ya era prácticamente imposible hablar de izquierda, de transformación social, de una alternativa al modelo capitalista que asesina y esclaviza.

Hoy nos encontramos en una fase de reacción neoliberal. El capitalismo se deshace de todas sus ataduras para lanzarse a la conquista de todos los mercados posibles. Debemos ser conscientes de que, tras las deslocalizaciones industriales, la clase obrera europea se encuentra en una situación que nada tiene que ver con la de principios del siglo pasado. Cuesta hoy imaginar el levantamiento de grandes centrales sindicales desde la que realizar todas las luchas sin un proletariado concentrado en grandes industrias. Si algo hemos aprendido de quienes han sabido luchar en esta fase histórica es que es necesaria la resistencia y pelear por cada pequeño espacio, por cada rincón en el que el sistema pueda sufrir de contradicciones. Ahora más que nunca es el momento de quienes pregonamos el cambio sumando desde abajo y no conquistando desde arriba.

Actualmente el neoliberalismo ataca todo aquello que fue creado para mantener el pacto de clase y que ahora mismo supone un palo en la rueda para el avance capitalista. Esto es, el aparato de servicios sociales administrados por el Estado. Aspirando a la máxima desregulación, a la máxima ganancia, colocan sus alambradas en nombre del libre comercio.

Es aquí donde debemos encontrar un espacio para la lucha. Porque el pueblo trabajador necesita sanidad, necesita educación, necesita cultura. Defender lo público puede parecer una contradicción desde un punto de vista anarquista, demasiado tiempo lleva el Estado acaparando lo que al pueblo pertenece. Por eso mismo nuestra lucha, nuestra alternativa, no debe quedarse en una defensa de lo público ante las políticas neoliberales, tal y como ya hacen social-liberales y socialdemócratas, sino representar un avance enfocado a despojar al Estado de lo público para ponerlo bajo gestión popular. No podemos limitarnos a construir redes de autogestión paralelas mientras la mayor parte de la clase obrera depende de aquello que se encuentra en manos del Estado, el proyecto expropiatorio y la autogestión de los servicios tienen ahora más sentido que nunca.

El anarquismo social, que ante los cambios sociales acontecidos no ha sido capaz de devolver sus organizaciones clásicas –los sindicatos de masas- a su anterior gloria, sin olvidarlas debe comenzar a levantar organizaciones que le permitan insertar sus alternativas en todos y cada uno de los terrenos de lucha. Es alarmante que ante la ofensiva neoliberal la única alternativa que se levante sea una izquierda reformista más o menos desteñida entre proclamas populistas, es el momento de reafirmar la validez de una alternativa radical para la resistencia y la transformación.

En este terreno la existencia de una organización estudiantil de orientación y práctica libertaria puede jugar un papel fundamental. Es cierto que la categoría estudiante es interclasista, pero no es menos cierto que, desde la construcción de la educación de masas, la inmensa mayoría del estudiantado proviene de la clase trabajadora. Es por tanto un terreno en el que merece la pena estar presentes. El sindicato, estructura por naturaleza estable pero también relativamente rígida, se ha mostrado poco eficaz para insertarse en el movimiento estudiantil. Es necesario, sin embargo, recordar que la organización estudiantil que surja no puede dejar de lado ni un solo momento el proyecto de la clase trabajadora, trabajando en estrecha colaboración con el resto de organizaciones revolucionarias de clase. Lo que puede traer la inserción de estudiantes, futures trabajadores, en un proyecto de clase y en el movimiento libertario, solo lo puede aclarar el tiempo. Pero apuesto a que no puede ser malo.

En estos momentos el movimiento estudiantil en el Estado español se encuentra en una situación de fragmentación que solo nos abre oportunidades. El Sindicato de Estudiantes, formación de régimen desde los años 80, se encuentra reducido a su mínima expresión, incapaz de responder a la agresión neoliberal y solo sostenido por unos medios oficiales cada vez más puestos en duda. Por lo demás, la izquierda reformista intenta levantar una coordinadora que suponga una correa de transmisión a sus políticas, sin lograr todavía demasiado éxito. Solamente en aquellos territorios con movimientos de liberación nacional fuertes encontramos un movimiento estudiantil relativamente articulado en torno a esas corrientes.

El movimiento estudiantil es de naturaleza inestable, dado a la espontaneidad y poco dado a formar estructuras que permanezcan en el tiempo. Pero también es uno de los terrenos más receptivos a las prácticas asamblearias y terreno fecundo para la expresión práctica de las alternativas libertarias de organización y actuación. El papel de la organización estudiantil libertaria en el mismo es claro y pasa por compensar sus defectos, aportando estabilidad y un proyecto a largo plazo; y potenciar sus virtudes, haciendo crecer las estructuras asamblearias y federativas del estudiantado, dándoles un carácter combativo y previniendo su instrumentalización por parte de organizaciones partidistas.

Ante el fracaso del modelo educativo social-liberal y el descontento que produce el nuevo modelo neoliberal debemos potenciar la creación de un nuevo proyecto educativo, lanzado desde el movimiento estudiantil en alianza con les trabajadores de la educación y al servicio del pueblo trabajador. Un modelo con la educación que queremos, justo la contraria a la que nos venden. Ante su oscurantismo religioso, racional y científica; ante su autoridad, libertaria; ante su lógica patriarcal, feminista y liberadora; ante su segregación, una educación integral que aune lo técnico con lo intelectual; ante su interés mercantil, al servicio de la sociedad; ante su uniformidad, diversa; ante su gestión estatal o corporativa, el pueblo trabajador dirigiendo su propia educación.

Con la celebración de un Primer Congreso Estudiantil Libertario en Madrid este verano se abre un proceso que podría conseguir que el anarquismo abandonara su situación de marginalidad como proyecto social y político. Nos encontramos ante una oportunidad como no la ha habido en décadas para construir alternativa, unidad, lucha y organización. Este proceso no puede venir si la voluntad de trabajar por este objetivo, de construir la organización desde la base, de diálogo y consenso; es decir, de federación. Caminamos firmemente hacia la organización estudiantil, caminemos también con paso firme hacia la emancipación completa de la humanidad.

¡Viva el Congreso Estudiantil Libertario!
¡Arriba les que luchan!

Sobre purismo y anarcómetros

Fran

Es ya habitual encontrarnos con adjetivos como »purista» o »sectario/a» siempre que se critican algunas posturas que toman ciertos colectivos »libertarios» u organizaciones denominadas »anarcosindicalistas» sin que nadie se haya parado a reflexionar sobre dichos argumentos.

Hay una gran diferencia entre las acusaciones de unes y otres, pues »purista» se utiliza de forma despectiva y peyorativa, ya que el anarquismo carece de biblia y gracias a ello cada corriente ha sido superada o mejorada por la que la ha sucedido. Mientras que »reformista», guste o no, es una postura política que renuncia a los principios más elementales de una ideología.

Las palabras comodín purista o sectario/a son los típicos argumentos de ciertas corrientes posibilistas y/o reformistas para intentar justificar sus contradicciones, acusado a los sectores fieles a sus principios, tácticas y finalidades de inmovilistas y que no quieren salir del ghetto apartándose de toda realidad. Quedando desmontado y demostrado que para participar en los movimientos sociales o laborales no hace falta renunciar a las propuestas más básicas de una ideología ni tampoco camuflar o rebajar el discurso, pues esto haría vaciar de contenido el mensaje, crear confusión y uniformarlo con otras tendencias contrarias, lo que posibilitaría que dichas tendencias fortalezcan sus discursos y tomen las riendas capitalizando las protestas.

Nuestro discurso debe llegar íntegro y con todos sus matices, no adulterado o suavizado, lo que generalmente sólo le hará incomprensible. Como tampoco hay que renunciar a los principios, porque cuando se renuncia a ellos, se acaba renunciando al anarquismo bajo el todo vale.

No es un asunto explícito de terminología, sino de práctica. Hablar de coherencia con los principios no significa que hagamos del anarquismo un dogma. Como he dicho más arriba: el anarquismo carece de libro sagrado.

Negarse a participar y criticar a las organizaciones que, aun autoproclamándose libertarias o anarcosindicalistas, participan en las instituciones que impone el Estado para tener controlada, desmovilizada y adiestrada a la clase trabajadora (quien paga manda) no es purismo, es coherencia.

Autoorganizarse y aplicar la acción directa, lejos de comités o parlamentos y sin delegar en liberados/as o políticos/as no es purismo, es coherencia.

Si renunciamos al electoralismo y al parlamentarismo político, ¿por qué al renunciar al modelo sindical estatista, que consiste en trasladarlo a la empresa, se nos acusa de sectarios/as y puristas?[1][2]

¿Cómo es posible que dos modelos sindicales tan opuestos como son el oficialista y el anarcosindicalista puedan complementarse en organizaciones que dicen ser de síntesis y prácticas en base al anarquismo? ¿No es esto una renuncia a la acción directa, horizontalidad y autogestión, es decir, al anarcosindicalismo mismo?[3]

Por lo tanto, no es cuestión de anarcómetros y sectarismos, simplemente es anarquismo.

Alejarse –aun en circunstancias excepcionales y por breve tiempo– de la línea de conducta que nos han trazado nuestros principios, significa cometer un error y una peligrosa imprudencia. Persistir en este error implica cometer una culpa cuyas consecuencias conducen, paulatinamente, al abandono definitivo de los mismos. Sébastien Faure – La pendiente fatal.

Para alcanzar sus fines, la organización anarquista debe estar en armonía, en su constitución y forma de operar, con los principios del anarquismo. Errico Malatesta – Un plan de organización anarquista.

Tus fines deben determinar los medios. Medios y fines son en realidad la misma cosa: no puedes separarlos. Son los medios los que configuran tus fines. Los medios son las semillas que brotan luego como flores y se transforman en frutos. El fruto será siempre la naturaleza de la semilla que plantaste. Recogerás lo que siembres. Alexander Berkman – El ABC del Comunismo Libertario.

Notas

[1] ¿Qué son las elecciones sindicales?

[2] ¿Por qué estamos en contra de los comités de empresa?

[3] Guía breve sobre la CGT para jóvenes despistados/as

Contra los mesías del proletariado

Anónimx

Parece ser verdad que el anarquismo está en una tendencia ascendente en estos tiempos. Incluso podemos ver cómo, además de los anarquismos más clásicos, también surgen otros neoanarquismos y postanarquismos. Es más, si somos capaces de analizar mínimamente todas las luchas y movimientos sociales de los últimos años, parece que todas tienen en común, a grandes rasgos, Internet y una sensibilidad libertaria.

Como es de esperar, al temer que las ideas libertarias tomen fuerza, hay quien tiene la necesidad urgente de atacar dichas ideas. Primero ha sido la policía, con todos esos supuestos casos de (intentos de) terrorismo. Ya vimos el supuesto material peligroso que incautaron los mossos. El primer caso de atacarnos, desde arriba. Pero, recientemente, he leído un comunicado publicado en la web tintaroja.es, de las Campañas de Juventud Comunista, que demuestra otro ataque al anarquismo desde la derecha.

Para empezar, es curiosa la calificación de “oportunista”, ya que el anarquismo no tiene un guía, un gurú, un Mesías o un salvador al que calificar como tal. El oportunismo es una característica individual, como por ejemplo se le puede atribuir a Lenin cuando escribió El Estado y la revolución, haciendo simpatías por todas partes, incluyendo al anarquismo, con tal de llegar al poder y hacerse el dueño del proletariado –a costa también de las posteriores masacres–.

Los viejos conservadores y liberales, solían decir algo así como que con los marxistas se podía discutir, porque iban leídos. Bueno, pues al parecer, el responsable de este comunicado y los que lo apoyan, han roto, para mal, con esa tradición marxista de leer. Es curioso como pone en primer lugar el autodenominado “socialismo científico” y cronológicamente después el anarquismo, además como una corriente idealista. Si hacemos un análisis clásico del socialismo, Proudhon habló de anarquismo ocho años antes de que Marx y Engels publicaran el Manifiesto del Partido Comunista. Y si somos un poco más abiertos, ya hay quien habla de Jean Meslier como anarquista sistemático entre los siglos XVII-XVIII.

Resulta, por otra parte, que… ¡oh, el anarquismo es pequeñoburgués! El texto coincide con las criticas marxistas del siglo XIX, no aporta nada; ni por novedad, ni por contenido. Ahí estaba Marx, no el pequeño, sino el gran burgués de la Internacional, que se la quiso apropiar y fueron los anarquistas los que dijeron que de eso nada. ¿Por qué iba a ser alguien propietario de los trabajadores? Claro, que el pequeñoburgués era Bakunin, quien luchó en las barricadas en Dresde haciendo honor a su discurso.

Se habla del poco peso que tuvo el anarquismo en la clase obrera. Seguramente, no han leído la historia de lo que hoy es el Reino de España. El impacto que ha tenido el anarquismo en la clase obrera del siglo XX, no lo ha tenido ninguna otra. Por lo tanto, ya no vale el argumento de higienismo social de Marx de que es la pequeñaburguesía, o el campesinado, o el lumpenproletariado. Si de algo valió Bakunin, fue por su visión compleja de las sociedades… Por eso en España se le conoció y tuvo influencia antes y mucho más que su contemporáneo Marx. Negar o eludir esto es simplemente desconocimiento histórico y teórico.[1]

Estoy algo cansado de que los marxistas más dogmáticos utilicen una y otra vez el concepto de ciencia, cuando ha sido ya refutado mil y una veces. En marxismo no tiene nada de científico, no es una ciencia. Es más, su uso de la palabra corresponde más bien al de la secta de la Cienciología. Este uso del marxismo hace que sea considerado como pseudociencia, algo que, tanto Karl Popper en su tiempo como Mario Bunge en el nuestro han argumentado con una tremenda claridad. Una característica fundamental de la ciencia es que no es estática y, entre otros factores, los cambios de paradigma y la falsabilidad como actitud cuentan mucho. De esto, claro, ni un solo atisbo en el marxismo. ¿Cómo será una ciencia algo que no participa de sus características? Es más, siendo tan contrarias a la ciencia, incluso con sus libros sagrados –El Capital– ¿no sería, más bien, una religión? Si el marxismo es una ciencia, ¿cómo es posible que no haya nada que discutir? ¿Cómo es que hay ya una verdad revelada?

Esta hipótesis, aunque dura y provocadora, entre otras, me permite comprender los ataques inquisitoriales constantes de los marxistas a los libertarios. Así, podemos ver el ansia de control de Marx en la Internacional, el ansia de poder y dominación absolutista de Lenin y Stalin –y demás líderes supremos–, y así vemos el ansia y preocupación de este tipo de comunistas por conservar ese poder simbólico, cultural, que han mantenido por el momento. Eso les convierte directamente, a todos, en conservadores, en reaccionarios.

Hemos resistido durante siglos, sea ante la policía del Estado, sea la policía de esa “izquierda” con complejo de dominatrix. Y ahora, cuando las ideas anarquistas, libertarias, comienzan a hacerse oír, en todas sus variantes, vuelven a la carga los viejos fantasmas. Pero nosotros no creemos en médiums…

Stuart Mill decía que había que permitir que todo el mundo hablase, no intervenir, ya que el tiempo pondría cada cosa en su lugar. Bueno, pues, que hablen y escriban todo lo que quieran: la sociología actual nos permite decir que las ideas y las prácticas libertarias están en auge y actualizándose y adaptándose a las nuevas realidades. Negadlo y atacadnos, igual que la Iglesia hizo con Galileo.

Salud y libertad.

Notas

[1] No entro a rebatir las oraciones sobre la teoría del anarquismo, porque lo que no es falso, es una malinterpretación. Ocuparía un grueso espacio y no me gusta perder mucho tiempo. Invito tanto al autor del artículo como a los que lo suscriban a leer sobre anarquismo, libros de historia, autores teóricos etc., ya que ahí, si no se lee con prejuicios –difícil tarea–, podrán ver la falsedad de los argumentos planteados.

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