Sobre la hegemonía y la estrategia. Guía de acción para un Colectivo Anarquista

M.G., participante del procés Embat

Las revoluciones son grandes transformaciones sociales que ocurren una vez cada varias generaciones. Al menos vienen sucediéndose así desde la Revolución francesa de 1789. Son fuertes cambios de relaciones humanas que trastocan lo establecido que tienen una poderosa influencia en el imaginario colectivo. De modo que cuando una revolución es derrotada, se desanima la intentona de nuevos ensayos revolucionarios durante mucho tiempo. Y al contrario, cuando hay una revolución ganadora otros pueblos se ven animados a intentar la suya propia.

Se puede intentar ganar un avance hacia la construcción de un proceso revolucionario mediante la vinculación simbólica, ideológica o estratégica con esa revolución triunfante. Paralelamente, de revolución derrotada hay que extraer todas las lecciones posibles y difundirlas. Corresponde a l@s revolucionari@s de aquí y ahora realizar análisis de los errores y aciertos que hayan cometido los movimientos revolucionarios de otras partes y de otras épocas, y asimilarlos para la propia experiencia política y estratégica.

En nuestros días hablar de estas cosas parece poco menos que fuera de lugar; una utopía lejana e inalcanzable. Pero la fuerza de la historia hace que se produzcan insurrecciones, revueltas y revoluciones sin que se lo espere nadie. Los procesos históricos son difíciles de predecir. Nadie en su sano juicio precedería un mayo del 68 el día antes de que estallase. Lo único que se puede hacer desde nuestra posición es estar lo mejor preparad@s posible para que estas insurrecciones puedan desembocar en un proceso revolucionario completo.

Hegemonía

La idea de que la revolución es imposible viene de la propia hegemonía que tienen hoy en día las ideas capitalistas. Se trata de una construcción cultural, igual que podría serlo, por ejemplo, la idea de que la revolución está a la vuelta de la esquina. ¿Acaso no se podía pensar eso en 1848, 1919 o en 1968?

La hegemonía es un concepto que elaboró el marxista italiano Antonio Gramsci. Viene a decir que para que una clase (o una parte de la sociedad) controle la dirección de un pueblo no solamente hace falta la fuerza bruta (lo que llama la dominación) sino que también hace falta una hegemonía. Esta hegemonía es un hecho cultural y se basa en la educación, en el control de los medios de comunicación y en la propaganda, de tal manera que la sociedad en su conjunto (la mayoría de la sociedad) asumirá los valores propios de la clase dirigente.

Marx y Bakunin por su parte también llegaron a la misma conclusión. Ninguno de los dos dio con una definición del concepto tan buena como Gramsci. Por ejemplo, Bakunin hablaba de la “dictadura invisible”, que tendrían que instaurar los revolucionarios en la sociedad. Pero el nombre que eligió no fue muy afortunado. El resto de anarquistas posteriores pasaron bastante por encima de este concepto, pero asumiendo que se podrían conformar “sociedades paralelas” dentro de la sociedad burguesa. Marx también entendía las cosas de este modo, es decir, que la sociedad nueva, la sociedad sin clases, se está cociendo ya dentro de la sociedad burguesa capitalista. Si Marx emplea el término hegemonía, sin embargo, lo hace para equipararlo a la dictadura del proletariado sobre la burguesía, y no para referirse al proceso en el cual ambos mundos conviven y se disputan la legitimidad social.

Hoy en día nos parece bastante normal el hecho de que unos señores y señoras con toga condenen a la gente a ser encerrada entre cuatro paredes por infringir normas impuestas por otros señores y señoras en un parlamento. El poder estatal ha normalizado la existencia de las cárceles, del poder judicial y de los parlamentos, que deciden sobre las vidas del común de los mortales. Y la sociedad ha interiorizado que todo este entramado es necesario para la buena convivencia. El Estado ya no se legitima por la fuerza bruta (aunque no la descartará nunca, ya que la deja como último recurso), sino que entran en juego otros factores más sutiles.

La creación de contra-hegemonías

Hace unos 40 años en el País Vasco y en Cataluña cuando se lanzaba el concepto de “Euskal Herria” o de los “Països Catalans” se pensaba en una utopía lejana. Lo que les rodeaba era la España “una, grande y libre” salida de la Cruzada Nacional de la Guerra Civil en la que no había sitio para disensiones exóticas. Hoy en día gran parte de la juventud catalana o vasca es capaz de responder que vive en los Països Catalans o en Euskal Herria a pesar del hecho de que siguen siendo entidades culturales, y que no están refrendadas por los poderes públicos. ¿Qué ha pasado aquí?

Se trata de un proceso de creación de una contra-hegemonía. Es una idea que ha sido impulsada durante más de 40 años, y que en Euskadi ya en los años 70 y en Catalunya entrados los 2000, logra calar entre una buena parte de la población. Se trata de una idea cultural y política, (de carácter inter-clasista) a la que ayudaron muchos factores. Desde los gobiernos de la derecha nacionalista y los partidos independentistas de izquierda, y también algunos movimientos sociales y, añadiríamos, una subcultura juvenil, musical y de referentes simbólicos autóctonos (idioma, tradiciones, nomenclatura, etc.). Sirva como ejemplo.

Así pues la hegemonía cultural no es eterna, siempre se tendrá que actualizar conforme la sociedad y el mundo van cambiando. Ahora se admiten legalmente los matrimonios entre personas del mismo sexo. Pero detrás hubo una larga lucha aún no acabada, y un lento proceso de educación social de gran parte de la población para tratar de normalizar la situación. El racismo o la xenofobia también son factores culturales y si la población es bombardeada mediática y políticamente estos “valores” serán normalizados. La sociedad se adapta a la visión o cosmovisión de diferentes sectores de la sociedad.

El movimiento libertario

Con el anarquismo también podemos hablar de algo parecido. A veces nos preguntamos, ¿cómo vamos a hacer una revolución social libertaria si en el estado español solo hay 10.000 anarquistas (y aunque hubiera 50.000)? Parece que en los últimos tiempos se llega a la conclusión de que si no tenemos más influencia es por que no estamos organizados. Pero falta entender que quien hace una revolución social es el pueblo organizado. Y la hace cuando existe un “ambiente” de revolución. No se entra en un proceso revolucionario de la noche a la mañana, sino mediante una lucha constante y creciente. Estas organizaciones (formales e informales) creadas por el pueblo serán la clave en el futuro.

En nuestra historia tenemos el caso de la CNT. No fue un invento en particular de los anarquistas, sino un lento proceso de gestación, maduración y unificación de sociedades obreras que duró más de una década. En algunas había anarquistas, pero en otras había republicanos, y en otras, socialistas, y en la mayoría gente sin ideología previa. Cuando se funda la CNT, ésta no es un sindicato “anarquista” aunque haya una fuerte corriente en este sentido, si no una herramienta útil para la clase trabajadora. Si la CNT acepta el anarquismo en el bienio 1918-19, será porque una gran parte de sus miembros ven que las ideas libertarias son un instrumento válido para la liberación de la clase trabajadora. Y es entonces cuando el movimiento obrero se empieza a identificar con el anarquismo. Si los anarquistas de la época hubieran sido militantes encerrados en los ateneos, habrían dejando los sindicatos en manos de otra gente de otra ideología.

El anarquismo logró que su cosmovisión, su cultura, fuera aceptada por grandes capas de la población obrera de la época. Y así fue creando una contra-hegemonía, que la gente de la época entendía como una “sociedad paralela”, una sociedad en construcción, un pueblo en movimiento. Esta sociedad nueva se basaba en la acción sindical y social de los sindicatos y sociedades obreras, en la acción cultural de los ateneos y escuelas racionalistas, en la incansable propaganda de su prensa y sus revistas, en la acción comunitaria de los grupos excursionistas, naturistas, vegetarianos, esperantistas… que crearon un magma enorme de iniciativas libertarias. Incluso cierta parte del movimiento se decantaba por llegar a la “anarquía” mediante la convicción y la educación del pueblo, y no mediante una revolución violenta. Crearon su propia contra-hegemonía que se desató en 1936.

Lo que se necesita para que las organizaciones populares aspiren a la revolución es que l@s revolucionari@s estén en ellas, que sean parte de ellas y no se comporten como agentes externos que les dicen a los demás lo que tienen que hacer. L@s militantes en su quehacer diario y en sus relaciones cotidianas van creando una “periferia” de simpatizantes, un grupo de personas que poco a poco ven que las ideas-fuerza de l@s militantes se pueden poner en práctica, y que se sitúan naturalmente como aliados receptivos.

Podríamos decir que hoy en día tenemos algunas de nuestras ideas-fuerza influyendo en los movimientos sociales y en ciertos sectores activistas. El mérito no fue de ningún movimiento libertario en concreto, sino del anarquismo aplicado a la práctica en los años 60 y 70. Los movimientos post-1968 fueron acogiendo progresivamente la forma de funcionar propugnada por l@s ácratas, que aplicaron a sus colectivos. Aunque el proceso tardara un par de décadas en madurar, desde el cambio de siglo casi cualquier colectivo que se crea hoy en día es asambleario, tienen tendencia a creer en la autogestión, algunos asumen la acción directa, otros creen en la democracia directa, son horizontales, y cuando se organizan en escalas superiores casi todos son federalistas… Se pudo ver de manera clara en la organización del 15M y de los movimientos Occupy, que tuvieron estructuras poco menos que anarquistas. Anarquistas de “a pequeña” que diría David Graeber.

Pero no es suficiente. No podemos caer en la auto-complacencia ni en pensar que el trabajo se hace solo. Realmente lo importante son los objetivos. Por ejemplo, cuando los Hermanos Musulmanes pierden el poder en Egipto, y pasan a la oposición, toman las plazas. Crean contrapoder en la calle y adoptan sin rubor la forma de protesta de sus rivales y enemigos políticos de la semana anterior. En este aspecto, hoy en día nos podemos encontrar con grupos socialdemócratas o trotskistas con una práctica asamblearia ejemplar, con neo-nazis que defienden la autogestión y la “autonomía” e incluso que adoptan la estética de sus enemigos, comunistas de partido con ideas horizontales y federalistas defendiendo la democracia directa… Adoptan rasgos anarquistas, pero no lo son en absoluto.

Lo que toca hacer (una vez visto que nuestras prácticas cotidianas se están asumiendo) es difundir nuestros objetivos. Porque si no lo hacemos, otros grupos políticos que tengan los objetivos bien claros lo harán, impondrán su agenda. Se trata de eso. Los anarquistas que estuvieron en aquella primera CNT del ejemplo tenían unos objetivos bien claros. La revolución social no se veía muy cercana y lo que tocaba era crear una organización de clase que la organizara y la dotara de fortaleza para colocarse en un escenario más propicio a lanzar el desafío definitivo a la burguesía. La CNT se creaba para que la clase obrera hiciera la revolución, pero ya que era un sindicato, tenía que ser útil y resolver los casos concretos del día a día. Se reconocían unos objetivos a corto plazo, inmediatos, que no dejaban a un lado a los objetivos finalistas.

El colectivo

Creo que por aquí pasa el camino que tiene que seguir un colectivo anarquista hoy en día. Primero formarse políticamente, y analizar lo que nos rodea. Luego ser consciente que un grupo anarquista está inserto en una sociedad. Hay que pararse a mirar qué tenemos por ahí, y o bien participar o bien organizar (si no hemos encontrado nada) movimientos sociales y populares. Situarnos fuera del pueblo que lucha es un grave error que nos lleva al aislamiento. Entrar en una lucha social y que éste sea cooptado por otro movimiento político es una derrota. Pero una derrota es mejor que no intentarlo, puesto que a veces se “gana”.

La creación de un pensamiento contra-hegemónico se dará por la propia lucha diaria que da fuerzas y ánimos y crea un ambiente de resistencia y de victoria, eso es el poder popular. El poder popular influye en la creación de esa contra-hegemonía, que a su vez se retroalimenta de las ideas-fuerza de los movimientos populares. Si estamos en ellos, nuestras ideas tienen una posibilidad de calar hondo y, de que además de nuestro funcionamiento, se asuman nuestros objetivos finalistas.

Pongo un ejemplo. Una asamblea de barrio. Cuando se monta una asamblea de barrio la gente que llega es muy diferente la una de las otras. Si hay anarquistas metidos por allí, normalmente tendrán que bregar mucho para que ciertas ideas se vayan consolidando (rotación de cargos, autogestión, acción directa). Y cuando se ha conseguido, se puede pasar a una tarea diferente. ¿Cuál puede ser un objetivo a medio plazo? Por ejemplo el de servir de contrapoder en el barrio. Es decir, un ambicioso proceso mediante el cual la gente del barrio vaya dándose cuenta que si quiere algo tendrá que luchar para conseguirlo. El proceso pasa por ir consiguiendo pequeñas victorias simbólicas que animen a seguir avanzando. Y así, hacemos que la gente que participa en la asamblea acepte y asuma que no vale quejarse del ayuntamiento simplemente sin hacer nada. Las victorias le dan “prestigio” a la asamblea en el barrio, generan una cultura de lucha y la van conformando en la práctica como un contrapoder legítimo. Este contrapoder (la asamblea de barrio vs. la institución oficial) a su vez sirve para preparar una comunidad para una etapa superior. La lucha y la organización generará poder popular, que es simbólico y cultural. La contra-hegemonía llegará cuando existan miles de pequeños contrapoderes y una cultura de resistencia hecha por y para un pueblo puesto en pie. Y la hegemonía, llegará cuando la mayoría social acepte esta cultura (que hemos contribuido a crear).

A l@s anarquistas nos queda la tarea de dotar de una visión de conjunto a todas estas luchas, que normalmente están dispersas. Habrá quienes peleén desde los sindicatos, otros entre los parados, otros en las luchas por una vivienda digna, otras en la enseñanza, en los barrios, en las luchas de género, en los ateneos, en la cultura, etc. Esta militancia, para cristalizar en un movimiento potente y sólido, tiene que tener una coherencia discursiva, unos objetivos claros (que no es simplemente hablar de comunismo libertario, sino trazar los pasos intermedios que hay que dar hacia él) y tiene que ser capaz de colocarse en un escenario en el que sea más propicio derrotar al estado y el capital. Que, por cierto, no dejan de ser otras relaciones humanas con estructuras orgánicas (gobierno, parlamento, policía, ejército, aparato judicial, medios de comunicación, empresas, patronal…).

Es una ardua tarea, pero nadie dijo que iba a ser fácil.

[Recomendación] Emma Goldman, una mujer sumamente peligrosa

Documental de Mel Bucklin que gira en torno a la figura de Emma Goldman considerada durante más de treinta años cómo el enemigo público número uno en Estados Unidos, no por cometer actos violentos, sino por utilizar el arma más peligrosa que está a la mano de todo ser humano: la razón.

Con una vida apasionante, Emma Goldman, junto a Alexander Berkman, se encontrará en el ojo del huracán del movimiento anarquista. Célebre anarquista de origen lituano conocida por sus escritos y sus manifiestos radicales, libertarios y feministas, también fue una de las pioneras en la lucha por la emancipación de la mujer.

Título original: Emma Goldman: An exceedingly dangerous woman

Año: 2003

Texto de: Portal OACA

 

[Recomendación] ¡Ni peones, ni patrones!

Documental sobre la experiencia anarcosindicalista durante la Guerra Civil Española, sobre la revolución social. El ideal de la autogestión fue puesto en práctica por muchos de estos militantes. En grandes zonas de la España republicana se comenzó a vivir en una sociedad en la cual todo el mundo vivía en igualdad de condiciones y nadie explotaba a nadie.

Una de las regiones donde más desarrollo alcanzó esta revolución fue en Aragón. Los habitantes de la comarca del Cinca también colectivizaron la economía bajo el principio de cada uno según sus fuerzas y a cada uno según sus necesidades.

Los protagonistas de la película son mujeres y hombres que viven en la comarca del Cinca. Las personas hablan de sus experiencias de los años treinta y explican lo que significan los ideales revolucionarios. También muestran la importancia de la enseñanza anarquista para la realización de una revolución social y para poder mantener sus ideales durante los cuarenta años de la dictadura franquista.

Portal OACA

 

 

Breve vindicación del anarquismo individualista

«Hombre: abre la ventana de tu intelecto a todos los vientos y cuando te hayas bañado en ellos, juzga y dinos, con criterio sereno, cuál fue el más puro».

Los mismos fallos e imprecisiones que comete la sociedad en general con el comunismo anarquista (también con el colectivismo, pero me refiero explícitamente al comunismo por ser la tendencia mayoritaria en la actualidad), tiende el último a cometerlos para con el anarquismo individualista. Si es del todo erróneo leer a Marx, Bakunin y Kropotkin a través de un apologeta del liberalismo, también lo es leer a Stirner o Tucker desde Marx, Kropotkin o Murray Bookchin. Por ser más claro y pragmático: no es bueno interpretar la trifulca de la I Internacional desde Marx, como tampoco es recomendable hacerlo desde Bakunin; únicamente la lectura de ambos, la comparación, la construcción de un discurso gradual y voluble, servirán como herramienta digna y plausible de análisis.

Así también, es un error lógico, pero comprensible, el inferir que puesto que ciertos individuos particulares se consideran influidos por Stirner, y puesto que abogan por una serie de planteamientos, esos mismos planteamientos son necesariamente stirnenanos, es decir, que esos razonamientos son iguales a lo que decía o no decía Stirner. La interpretación de Stirner de James L. Walker, un anarcoindividualista inglés, difiere sustancialmente de la que hace, por ejemplo, Miguel Giménez Igualada, anarcoindividualista español. Sólo si se ha leído a Stirner directamente, más allá de las variaciones personales que siempre hace cada autor y que constituyen la pluralidad del pensamiento, se puede saber con certidumbre cuál de los dos es el que más se acerca al filósofo alemán en su interpretación. Si se tiene curiosidad y afán de conocimiento, por supuesto.

La Wikipedia puede ser una buena amiga para ciertos casos pero, al ser esencialmente esquemática, es nefasta para la comprensión cabal; es decir, para realizar una crítica profunda a un autor. Por ejemplo, yo, excepto un breve texto de Pannekoek y unas cuantas referencias parciales en artículos y textos, apenas he leído nada de los llamados marxistas libertarios. ¿Cuál es mi posición, pues, respecto a estos? La única posible: confiar en la interpretación de mis compañeros, y mientras tanto no atacarlos. Podría criticarlos a través de otros individualistas, pero sería una bravuconada sin fundamento. Cuando los lea por mí mismo (¡qué de lecturas, maldita sea, hacen falta para comprender todo el pensamiento político!), podré opinar con una base real. Podré cavilar entonces por qué sí o por qué no; qué de bueno y qué de malo; qué de aprovechable y qué de desechable hay en sus teorías. Hasta ese momento sólo cabe, como digo, la escucha, el intento de comprensión y el respeto hacia lo desconocido.

Pero ya me imagino la respuesta: ¿no puedo entonces criticar a Hitler, el fascismo, etc.? Claro que se puede. El caso es no quedarse en el chascarrillo de la televisión, o para nuestro caso del panfleto (me remito a Bookchin y a su Anarquismo social o anarquismo personal). Hace poco, en un programa llamado Fort Apache, hablaban de cómo el término fascismo había perdido todo su contenido. Pues bien, lo mismo le pasa al anarquismo respecto a la sociedad y al anarcoindividualismo respecto al mismo anarquismo (comunista, reitero). Lo que tanto nos desagrada, que tomen el anarquismo como algo que no es: caos, sucede a cada instante dentro del propio movimiento filosófico y político ácrata. En la actualidad, la palabra individualismo, como tantas otras: socialismo, anarquismo, comunismo, etc., ha perdido su significado, sí, pero eso no puede servir de acicate para despreciar al individualismo anarquista, que toma el término y lo potencia hasta el infinito del entendimiento.

Por otro lado, que no se me olvide, querría tocar levemente otro punto importante: las comparaciones tendenciosas que suelen hacerse. La más común, sin excluir otras, es esta: puesto que el individualismo anarquista bebe de autores liberales (Spencer, por ejemplo), el individualismo anarquista es en gran medida liberal. Dejando de lado que todas las ramas del anarquismo se nutren del pensamiento liberal en menor o mayor modo, este argumento es a todas luces falaz. Tan falaz como si yo afirmase que, puesto que el comunismo anarquista se inspira y depende en gran medida de los análisis marxistas, el comunismo anarquista es igual que el marxismo-leninismo. Se mire por donde se mire, tal afirmación es insostenible a poco que se profundice en el tema. En este sofisma cayó, a mi entender, muchas veces Benjamin Tucker.

En definitiva, mi único consejo es este: leed primero al original y desconfiad de lo que dice el adversario. No leáis a Kropotkin desde Tucker; ni leáis a Tucker desde Kropotkin. Un argumento que se toma como verdad antes de haber sido comparado, está sentenciado de raíz. El panfleto, el sofisma, etc., pueden ser herramientas válidas de cara a atacar a elementos externos y represores, pero no sirven para llevar a cabo un sano debate. Si de verdad somos los valedores del radicalismo, no podemos quedarnos en la superficialidad. Siempre un poco más lejos: eso es lo que nos diferencia del resto de ideologías.

Para finalizar, dejo un fragmento de El alma del hombre bajo el Socialismo, de Oscar Wilde, que me gusta bastante:

«Pero cabría preguntarse cómo el Individualismo, que ahora depende más o menos de la existencia de la propiedad privada para su desarrollo, se beneficiará de la abolición de tal propiedad privada. La respuesta es muy simple… La propiedad privada ha aplastado el verdadero Individualismo, e instalado un Individualismo que es falso. Se ha excluido a una parte de la comunidad de ser individual para dejarlos muertos de hambre. Se ha excluido la otra parte de la comunidad de ser individual poniéndola en el camino equivocado, y estorbándolos… Con la abolición de la propiedad privada, entonces, tendremos un Individualismo verdadero, hermoso, sano. Nadie gastará su vida en acumular cosas, y los símbolos para cosas. Uno vivirá. Vivir es la cosa más rara en el mundo. Mucha gente existe, eso es todo».

[Recomendación] Apuntes sobre anarquismo

En este texto de los años 70, Noam Chomsky realizaba un repaso a las más conocidas tendencias socialistas y su historia poniendo especial atención en la propuesta libertaria. Chomsky defendía la actualidad de los valores anarquistas para elaborar una propuesta socialista con capacidad para transformar el mundo. Este mensaje quedaba condensado en la cita que realiza de Daniel Guérin, donde este asegura que «las enriquecedoras ideas del anarquismo mantienen su vitalidad y que, examinadas y tamizadas, podrían ser de gran utilidad para que el pensamiento socialista contemporáneo tomara un nuevo rumbo».

Los acontecimientos históricos actuales parecen confirmar esta tesis. La  generalización de las ideas de autogestión, asamblearismo, apoyo mutuo… entre los movimientos sociales, muchas veces a pesar del propio movimiento anarquista, demuestra la capacidad de estas ideas. Los valores libertarios permean hoy las luchas que se niegan a aceptar las míseras condiciones de vida que ofrece el capitalismo para la mayoría.

Apuntes sobre anarquismo, de Noam Chomsky

[Recomendación] Lectura: ¿Qué es el anarquismo de lucha de clases?

Las diferencias entre clase trabajadora y clase capitalista estaban claras en tiempos de la Revolución Industrial. Sin embargo, hoy en día esas diferencias se han vuelto difusas, hasta se tiene la impresión de que las clases sociales se hayan conciliado y se tienen nociones de clase equivocadas. Hemos escuchado afirmaciones como «un obrero cualquier día se hace empresario, tienen mentalidad capitalista», «cualquier trabajador puede tener coches y teléfonos de última generación», «los médicos, arquitectos, ingenieros están muy bien pagados»… que dan a entender que la lucha obrera ya es cosa del pasado, que la lucha de clases está obsoleta y todo se resuelve con pactos. Obviamente el neoliberalismo tiene una gran diferencia respecto al liberalismo clásico, sin embargo, conservan las mismas bases: el mercado como escenario donde se intercambian dinero, bienes y servicios, la propiedad privada sobre los medios de producción, el sistema  bancario y por supuesto, la sociedad de clases. Luego están aquellos anarquistas que niegan la lucha de clases y culpan a la civilización, la tecnología, la sociedad, etc como males a combatir. No obstante, los análisis de clase siguen vigentes todavía si estudiamos las relaciones socioeconómicas dentro del sistema capitalista, que lejos de ser simplistas, son de una apabullante actualidad y realmente acertadas en cuanto encontramos en la clase trabajadora el potencial revolucionario al ser la clase que produce las riquezas y pone en marcha la sociedad pero gracias a la alienación los trabajadores y trabajadoras no conocen ese potencial.

Si bien la opresión económica es la más extendida, ¿tendríamos pues que poner la lucha de clases como eje principal de nuestra lucha social sabiendo que existen otras opresiones no clasistas como el heteropatriarcado, el racismo, el patriotismo y otras consecuencias del capitalismo como la destrucción del medio ambiente? Algunos marxistas afirman que de la opresión capitalista se derivan todas las demás y que una vez terminada con la sociedad de clases, se acabaría con el machismo, el racismo, etc. Otros no expresamente marxistas ven cada lucha como luchas paralelas inconexas. En ninguno de los dos casos están acertados pese a que la lucha de clases debe ser el componente principal en nuestras luchas porque, como he señalado anteriormente, la opresión de clases abarca a la gran mayoría de la sociedad. Sin embargo, descuidar las otras opresiones no clasistas es un error grave ya que si luchamos contra toda forma de opresión, debemos afrontarlas en todas sus facetas. Además, existe una relación estrecha entre la opresión clasista y el racismo y el patriarcado. Así pues, el racismo era utilizado como justificación para la esclavización de la población negra por parte de la blanca; las mujeres en el patriarcado sufren una doble explotación en los centros de trabajo y como ama de casa; el patriotismo es una construcción ideológica para unir a la burguesía y clase obrera nacional y dividir los pueblos.

Pero entonces, ¿por qué llamarnos anarquistas de lucha de clases? Porque la opresión principal es clasista y para terminar con ella hemos de derrocar a la clase capitalista, pero no sería posible, como señalé anteriormente, dejar de lado otras luchas, pues están relacionadas y si las dejamos de lado, la opresión se reproduciría bajo otras formas. Tanto en las luchas feministas y antirracistas, ni el hombre ni el de raza blanca son la clase dominante y por ello no pasa por la destrucción de los hombres ni de los blancos para acabar con esas opresiones. Sin embargo, en la lucha de clases se ha de destruir la clase dominante para acabar con esa opresión, mientras que las luchas feministas y antirracistas requieren de una reorganización de las relaciones sociales.

Este texto es clave para entender la lucha de clases desde una perspectiva anarquista y su relación con otras luchas.

Anarquismo de lucha de clases. Wayne Price

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