[Recomendación] Montaje: Caso Bombas

A través de diversos testimonios el documental “Montaje: caso bombas” construye un solido relato que narra de manera crítica y didáctica las diversos situaciones y acontecimientos relacionados con el conocido “caso bombas”, montaje político-policial en contra de diversos grupos e individualidades que profesaban la ideología anarquista en la región chilena.

Básicamente, el tildado por la prensa hegemónica chilena como”caso bombas” es un hecho “político-mediático” que tiene su locación en la ciudad de Santiago, región chilena, el cual consistió en una compleja trama de acontecimientos que buscaban criminalizar al movimiento anarquista de esta región del planeta, así como continuar la doctrina del “enemigo interno”, idea que históricamente ha desarrollado el estado chileno. En la construcción de esta situación estuvieron profundamente involucrados los medios masivos de comunicación hegemónicos, los cuales se transformaron en una pieza estratégica al servicio de los intereses del estado. Esta actitud de los medios es muy similar a la que ocurre cotidianamente frente a la causa mapuche, en donde estado y prensa burguesa se asocian para proteger los intereses de los grandes capitalistas con negocios forestales, mineros o energéticos en territorio ancestral mapuche. El polémico “caso bombas” tuvo su desarrollo entre los años 2009 a 2012, empezando con la muerte de Mauricio Morales, pasando por la detención y encarcelamiento de diversos compañeros, hasta la final absolución y libertad concedida a los mismos.

El documental comienza narrando el caso particular relacionado con la muerte del anarquista Mauricio Morales, hecho que configura el comienzo de toda la orquestación mediático-represiva del estado chileno en contra del movimiento anarquista en general. A través de la voz de diferentes entrevistados, entre ellos: historiadores, abogados, imputados en el caso y habitantes de casas okupadas allanadas, se va reconstruyendo la historia de lo sucedido.

Es necesario recalcar que el documental no se queda en el análisis especifico del “caso bombas”, sino que intenta generar una imagen mas amplia del movimiento anarquista, así como de su historia dentro de la teoría y práctica revolucionarias. Es por todo esto que el documental “Montaje: Caso Bombas”, elaborado por el Canal Barrial 3 del Barrio Yungay, se constituye como una pieza fundamental para entender de manera especifica la represión al movimiento anarquista, así como los procedimientos generales que tienen los estados para amedrentar y destruir cualquier iniciativa que atente contra los valores y el proyecto del capital.

Se alienta la reproducción de este material por todos los medios. La propiedad es un robo, difúndelo cómo y donde quieras.

Portal OACA

 

El concepto del Poder popular en el anarquismo

Origen

Desde hace algunos años se viene reivindicando el “poder popular” en diversos movimientos anarquistas latinoamericanos. Se trata de grupos generalmente vinculados a la corriente comunista libertaria (conocidos como plataformistas o especifistas) presente en numerosos países del mundo, y curiosamente ausente del anarquismo ibérico tradicional.

Se trata de un concepto “importado” del marxismo latinoamericano de los años 60 y 70 del siglo XX. En aquella época el marxismo en sus diversas facetas (guevarista, trotskista, leninista o hasta el socialismo de Allende) hablaba sobre la construcción de una base social tendente al socialismo. En esta construcción del socialismo se hablaba del poder popular. La Federación Anarquista Uruguaya (FAU) y otros grupos argentinos aceptaron el término y lo fueron integrando en su quehacer político.

La FAU logró sobrevivir a la dictadura uruguaya (1973-1985), y en los 80 fue prácticamente el único grupo anarquista del Continente americano [1]. En los 90, lentamente, comienza a resurgir en diversos países americanos el anarquismo, y para entonces la FAU ya tenía un cierto bagaje social y político, por lo que pudo influir en la formación política anarquista de varios grupos de diferentes países.

En los últimos años es cuando este desarrollo se ha acelerado generando grandes organizaciones libertarias como la Federación Comunista Libertaria (Santiago de Chile), el Frente de Estudiantes Libertarios (Chile y Argentina), la Coordinadora Anarquista Brasileña o la Federación Anarquista Revolucionaria de Venezuela [2]. Éstos grupos y muchos otros no anarquistas adoptan la posición de la FAU sobre el llamado poder popular.

Concepto

El poder popular consiste en un “empoderamiento” colectivo. Empoderamiento es una palabra inglesa que viene a significar toma de conciencia de un poder que todo individuo tiene. Es un poder basado en la lucha y en la dignidad. Se trata de una comunidad que se “empodera” cuando a resultas de una lucha determinada logra una concienciación. Esta concienciación genera una expectativa de nuevas luchas (ya que se piensa que también será posible la victoria). Cuando se unen varias luchas, con sus victorias o su ejemplo histórico, en un solo movimiento (o comunidad en movimiento) podemos hablar de una comunidad que ha generado poder popular.

El poder popular, hace que el “pueblo sea fuerte”. El concepto de un “pueblo fuerte” también está presente en el comunismo libertario latinoamericano, y a menudo ha sido adoptado por los movimientos de liberación nacional. Se trata de que un pueblo empoderado, se convierte en un pueblo, o una comunidad, difícil de doblegar por los poderes estatales o capitalistas. Un pueblo con poder popular es un pueblo respetado. Se habrá llegado a otra etapa de la lucha social, puesto que ya tendremos a la vista la futura sociedad socialista.

El pueblo puede empoderarse mediante las luchas sociales, pero también por su construcción de alternativas que surjan desde el pueblo mismo. En este caso los diferentes procesos de autogestión a pequeña escala contribuyen a la idea de que una autogestión a gran escala es posible (es decir, la socialización de los medios de producción: el socialismo). Cuando se combina una politización general en la sociedad, con una serie de victorias que hayan animado a la gente a intentar ir a más, con unos cuantos proyectos autogestionarios que muestren el camino, entonces este poder colectivo puede llegar a ser verdaderamente revolucionario y le disputará el poder a quienes lo ostentan.

También habría que decir que se trata de un proceso acumulativo. Es decir, que cada victoria estará contribuyendo a alcanzar el objetivo final. Cada lucha se convierte en una acumulación de experiencia, de formación política, de debates, de campañas, que redundará en beneficio del objetivo. Con las luchas se irá viendo claro qué fuerzas políticas contribuyen a empoderar al pueblo y cuáles lo entorpecen y desvían de sus metas.

Ejemplos ibéricos

Para comprender un poco mejor los conceptos de construcción del poder popular pondré un ejemplo que no se suele asociar con estos términos. La Revolución Asturiana de 1934, que fue un proceso de acumulación de fuerzas del proletariado asturiano. Fue un proceso de años, en el cual mediante las huelgas, los boicots, las expropiaciones, los mineros y obreros autóctonos y foráneos que fueron tomando conciencia hasta llegar al año 1934 en el que todas las contradicciones de clase vividas dieron lugar a la huelga general revolucionaria de Octubre.

Los proletarios asturianos habían pasado un año entero lleno de un agudo conflicto de clase en el que se vivieron numerosos enfrentamientos armados, huelgas parciales y pequeñas insurrecciones a escala local, que generaron un ambiente de resistencia generalizado. Se podía decir que la gente le había perdido el respeto a la autoridad, que la desafiaba abiertamente de forma diaria, y que en cuanto tenían la ocasión imponían el poder de la clase obrera, como en la huelga de Gijón (septiembre de 1934), saltándose las prohibiciones gubernamentales al diario Avance (un diario socialista asturiano que favorecía la idea de la revolución social) o haciendo motines en la prisiones que acababan con presos armados y grandes fugas. Todo esto en medio de un proceso de armamento generalizado de la clase obrera (sólo en aquel año se habla de que los obreros asturianos compraron unas 10.000 pistolas con su salario; sin hablar de los numerosos robos de armas en armerías o expropiaciones de dinamita en las minas). El proceso que llevó a la Revolución Asturiana es un potente ejemplo de cómo un pueblo entero construía un poder popular.

Lo que quizás nos cueste más comprender es que en Asturias este poder popular estaba apoyado por los diferentes actores políticos de la izquierda (anarquistas, cenetistas, socialistas, comunistas y marxistas de izquierda) cada uno a su manera, pero todos sumando. Es por ello de reseñar que muy probablemente participaron unas 30.000 personas de entre una población obrera de alrededor de 120.000, lo que indica la magnitud del movimiento. [3]

Papel de los anarquistas

Tradicionalmente ha habido el debate en el seno del movimiento libertario sobre cómo enfocar el proceso que llevará a la revolución social (o al comunismo libertario). Por un lado están los que defienden un movimiento libertario fuerte, numeroso y bien formado que “dirija” al pueblo a la revolución y que convoque insurrecciones y huelgas hasta conseguirlo. Por el otro lado también habría numerosos anarquistas que defienden un pueblo organizado de forma libertaria siendo conscientes de que la comunidad, por ser numerosa debe ser necesariamente plural, y por ello buscando contribuir al conjunto con los métodos propios de los anarquistas, pero dentro de ese pueblo en lucha. Para éste sector el papel de una organización anarquista sería el de aglutinar a los distintos militantes que participan en los movimientos sociales para dotarles de una coordinación, y de una coherencia política propia para sus objetivos.

En el anarquismo ibérico, sin embargo, ha predominado siempre el anarcosindicalismo como forma organizativa de la militancia libertaria. Las organizaciones sindicales han sido siempre vistas como el eje vertebrador de todo el anarquismo, siendo el resto de organizaciones libertarias como apoyo de (y muchas veces supeditadas a) las organizaciones sindicales de masas.

De alguna manera en muchas de las comunidades en lucha latinoamericanas se puede respirar algo de este poder popular (comunidades zapatistas, indígenas, del MST de Brasil, de Oaxaca, comunidades venezonalas, poblaciones chilenas, etc.). Cuando se está en una de estas comunidades se tiene la impresión de estar en un lugar totalmente distinto al nuestro, regido por otras reglas. No quiere decir que se trate de comunidades anarquistas, sino que son lugares en los que «el pueblo manda». Aunque alguna comunidad de estas se parezca a la sociedad propuesta por el anarquismo, aún el movimiento libertario actual no ha logrado influir lo suficiente en los movimientos populares como para que haya comunidades en lucha inspiradas en el comunismo libertario. Es precisamente ahora cuando el anarquismo vuelve a la partida por un mundo nuevo.

Autor: Ali Bei, miembro de la Assemblea Llibertària del Bages

Publicado originalmente en catalán en ‘Pèsol negre’, número 60

Construyamos un movimiento libertario juntas

El rumor de diferentes amigos y amigas, personas queridas, que quieren ir a buscarse la vida en otro país de la Europa rica crece día a día. Algún colega joven ya le ha tocado, sus dos padres están en paro. Compañeras que dejan de estudiar porque no se lo pueden permitir. Compañeros migrantes que frecuentan los container en busca de cualquier cosa para vender o para comer, y les toca menos porque cada vez hay más competencia, con diferentes perfiles cada vez más diversificados. Podría seguir describiendo los tiempos que nos han tocado vivir, el mundo en el que vivíamos se está hundiendo.

Lo sabemos, el capitalismo no se detendrá. No saldremos de la crisis. Quizá vuelva a reducirse el paro (o no …) pero la precarización aumenta con cada reforma laboral a medida que el capital no encuentra una respuesta capaz de plantarle cara, aunque lo intentamos detener con todas nuestras fuerzas . La competencia aumenta entre las clases populares para acceder a los bienes materiales. El sistema era genocida antes, y ahora está enseñando su verdadero rostro al «Primer Mundo». ¿Cómo podemos hacer frente a esta situación, desde una óptica libertaria?

Construyendo un proyecto colectivo. Al capital le interesa la destrucción del tejido solidario, un hito que en buena parte ha conseguido, y con la crisis resurgen mecanismos para cubrir  las necesidades de las personas que no pueden ser satisfechas por el dinero ni el desapareciendo «Estado del Bienestar». Obviamente no existen las recetas mágicas, y la dirección de este proyecto debe ser fruto del consenso de las integrantes, pero es muy posible que si no logramos construir un movimiento propio y no conseguimos incidir con nuestro discurso, otros lo hagan. Siendo conscientes de que hablamos de diferentes contextos, podemos ver el ejemplo de «Amanecer Dorado».

¿Movimiento Libertario?

Para empezar, debo explicitar que escribo desde una experiencia joven. Cuando quise empezar mi referente era la CNT y más tarde me crecer y esperé a entrar en la FEL, pero nunca llegué a entrar en esta porque desapareció. Por motivos geográficos nunca pude acercarme a un sindicato, y cuando lo hice vi que su realidad y la mía eran totalmente diferentes, y después de formar una asamblea libertaria con la gente cercana propusimos hacer alguna manifestación unitaria (con otros colectivos como CGT) y la contestación fue una apasionada respuesta recordando viejos tiempos de la Transición. A pesar de tener cosas en común, la realidad de cada sindicato es diferente en cada localidad (algo que  se debería recordar siempre) y aquí me defraudaron mucho.

Cito el tema sindical porque durante los últimos dos años aproximadamente se han ido constituyendo asambleas y colectivos libertarios en diferentes barrios, ciudades y universidades. Estas estructuras quizás pueden facilitar más la entrada de jóvenes que quizás hasta ahora no podían entrar a un sindicato por sus propias dinámicas, produciendo así dificultades al recambio generacional. Aunque es importante lo que sucedió, tenemos que ser conscientes de que hablamos de dos contextos diferentes,  y a veces las posturas no se acercan por peleas estancadas en décadas anteriores, y si esto le sumamos el misticismo del 36, parece que algunos vivimos aun en el pasado. La historia es importante, pero si queremos cambiar el presente no podemos vivir en ella, vivimos en tiempos diferentes.

Dejando de lado estos temas, ¿podemos hablar de movimiento libertario? La sensación que hay ahora, que quizá empezará a cambiar, es la falta de red y de mecanismos colectivos entre los afines, y por otro lado la gran diferencia ideológica. Personalmente creo que como anarquistas deberíamos valorar las diferencias positivamente como un ejercicio antidogmático, pero siempre encontramos posturas que se contraponen en dicotomías que fácilmente terminan peleándose en vez de intentar comprender al otro, a buscar los puntos en común y saber aceptar las diferencias, siendo conscientes de que todo el mundo tiene contradicciones y que nunca las podremos salvar todas. Dicotomías clásicas como «Aislamiento» vs «Sumar luchas», «Anarquismo social» vs Insurrecionalismo, Lucha política en la ciudad vs proyecto utópico en el campo…

Organización y Anarquismo

Conectar colectivos es conectar experiencias y recursos, y así podremos crecer cualitativamente en nuestra capacidad de incidencia en la sociedad. Aunque algunas personas sientan aversión hacia las siguientes palabras, unas estructuras sólidas permiten conectar la experiencia generacional, que de otra manera es más difícil de mantener, y así los colectivos se crean y se destruyen cíclicamente perdiendo energías. En mi opinión, en algún momento también se deberá conectar la lucha con los sindicatos libertarios e intentar romper el estancamiento que todavía se produce en algunas localidades…esto quizá implicara mucha reflexión y trabajo de replanteamiento por parte de las «dos partes».

Por otro lado si la palabra organización nos da miedo, debemos tener en cuenta que (al menos la gente que se declara anarquista que conozco) en su visión sobre una utopía libertaria, las decisiones las tomarían entre todas, de manera organizada. La organización no es mala por sí misma, sólo tenemos que ser conscientes de la cultura en la que hemos nacido e intentar combatir los posibles autoritarismos que aparecían, hacia fuera y hacia adentro, aunque no sea fácil.

Y finalmente, para combatir la situación que nos ha tocado vivir, hacen falta mensajes positivos. Ya tenemos claro que queremos destruir este mundo, pero con la alienación diaria que nos toca luchar para que no se apoderen de nosotros nos hace falta ser capaces de imaginar un mundo mejor y pensar de que es posible. Hablar en clave positiva también es una manera de que la gente sea capaz de salir de la resignación y conectar con nuestras ideas.

*Este artículo esta escrito desde una visión de un joven y desde el ámbito de Catalunya.

Anónimo

La amistad, cimiento de la anarquía

Si el ideario y pensamiento ácrata son algo del todo desconocido por ti, entonces representarás la anarquía inequívocamente como sinónimo de desorden, caos, violencia, confrontación, libertinaje, revuelta espuria, fratricidio, confabulación armada, revolución sanguinolenta, etc., y aducirás, pues, que no es sólo una utopía romántica, sino que representa una lacra en las historia de los movimientos políticos y sociales; pero si ya has bebido de su filosofía, y si has conseguido aprehender lo mismo que yo tras un breve estudio de ésta, sabrás que la Idea está ligada a otra noción bien distinta, que nada tiene que ver con los adjetivos antes dados, a saber: la amistad.

Pero ¿por qué la amistad, por qué esa relevancia? Porque todo el edificio antiautoritario, si así se le quiere llamar, se asienta sobre esta noción: es su piedra angular, su cimiento, sin la cual las demás ideas capitales no tienen sentido alguno. Si la libertad es imposible sin la igualdad, podemos decir con la misma verdad que la igualdad es imposible sin la amistad, es decir, sin la fraternidad. En este sentido, la amistad no es sino la reciprocidad que sólo se puede dar entre iguales; porque si no fuera así, devendría en tiranía o en limosna, que vienen a ser la misma cosa. ¿O es que podría desarrollarse acaso la noción de igualdad sin la de amistad? Veremos que no, pero antes adentrémonos fugazmente en el desarrollo teórico y práctico que ha tenido esta idea, sobre todo, en los inicios del desenvolvimiento del querer y del hacer anarquista, esto es, en los inicios de su teoría y de su práctica.

Así, dirigiéndonos en primer lugar a lo teórico, ya podemos vislumbrar esta alabanza y esta exhortación a la amistad, a la reciprocidad, al bien mutuo y a la proporcionalidad en el libro, por decirlo de algún modo, iniciático al anarquismo en Europa [1]; me refiero, por supuesto, al más que conocido ¿Qué es la propiedad?o una investigación acerca del principio del derecho y del gobierno, del escritor y pensador francés Pedro José Proudhon, publicado en 1840. En éste, Proudhon afirma cosas como ésta:

«Entiendo aquí por equidad lo que los latinos llamaban humanitas, es decir, la especie de sociabilidad que es propia del hombre. La humanidad suave y afable para con todos, sabe distinguir sin causar injuria, los rangos, las virtudes y capacidades: es la justicia distributiva de la simpatía social y del amor universal» o «La amistad es precioso en el corazón de los hijos de los hombres».

Tampoco se puede olvidar, claro está, a Kropotkin, que en su libro El apoyo mutuo sistematiza y reafirma argumentalmente este principio bosquejado con levedad por Proudhon; de tal manera, afirma lo siguiente:

«Pero la sociedad, en la humanidad, de ningún modo le ha creado sobre el amor ni tampoco sobre la simpatía. Se ha creado sobre la conciencia -aunque sea instintiva- de la solidaridad humana y de la dependencia recíproca de los hombres».

Nuevamente, permanece latente esa reciprocidad y proporcionalidad del individuo para con el resto de la sociedad. O cuando, el mismo autor, afirma lo siguiente en Las prisiones:

«La fraternidad humana y la libertad son los únicos correctivos que hay que oponer a las enfermedades del organismo humano que conducen a lo que se llama crimen».

Para finalizar, como corolario, considero primordial esta frase de Malatesta, según la cual:

«Todos somos egoístas, todos buscamos la satisfacción propia. Pero el anarquista encuentra su mayor satisfacción en la lucha por el bien de todos, por el logro de una sociedad en la que pueda ser un hermano entre hermano […]».

Por ello que quizá, como dicen algunos compañeros, un anarquista no es más que un egoísta solidario, por muy contradictorio que pueda sonar. Pero no es así, ese egoísmo se ha de entender en un sentido lato, casi tautológico, tal como se lo daba el filósofo Max Stirner.

En mi pretensión de escribir un pequeño artículo pedagógico, evidentemente, no puedo ejemplarizar muchas más citas teóricas, pero creo que las que dejo dan buena idea de lo sustantivo del asunto.

Por otro lado, en el plano fáctico, tenemos la solidaridad desplegada por los obreros y campesinos en todo momento desde el mismo inicio de la Revolución industrial y, por tanto, desde los primeros pasos del movimiento obrero. Esta solidaridad, surgida en un principio más del instinto empático que de una teoría socialista asentada, era constante, por ejemplo, entre los obreros que cohabitaban barracas en los barrios, si es que se les puede conferir tal apelativo, marginales que salpicaban los arrabales de los perímetros industriales y fabriles de las grandes ciudades del mundo allá por el siglo XIX Y XX, que es el tiempo de la génesis del anarquismo. De tal modo, nos habla Francisco Olaya Morales en su libro Historia del movimiento obrero español (siglo XIX) del surgimiento de las primeras mutualidades obreras en la primera mitad del siglo XIX, en las que los obreros constituían cajas de préstamo para los más acuciados económicamente, ayuda para dejar a los hijos en cuidado mientras sus padres y madres trabajaban en las fábricas, asistencia médica básica, e incluso alguna que otra institución de carácter cultural. Esto, que es la quintaesencia de la reciprocidad y de la fraternidad entre iguales, aunque parezca cosa baladí, llevó sangre, sudor y lágrimas el conseguirlo, ya que al Estado monárquico, y en especial a los patronos, no les hacía gracia alguna que se constituyeran instituciones netamente obreras. Después, claro está, por las continuas injerencias gubernativas, traiciones, triquiñuelas patronales, abusos de los mismos, etc., los obreros se fueron radicalizando tanto en su modo de actuar como en sus propuestas. (¡Y aun así, qué poco pedían y qué justas sus reivindicaciones!)

Para darle una perspectiva algo más internacional, también me gustaría rememorar la proeza de un militante anarcosindicalista japonés durante una huelga fabril [2], ya en el siglo XX, que se encaramó a una chimenea industrial de 30 metros de altura, plantando en la cima la bandera negra y negándose a descender mientras no se resolviera la situación de sus compañeros y compañeras. A los doce días del suceso, y una vez ganada la pugna, debieron subir a por él para ingresarlo en un hospital, pues el pobre hombre, como es de comprender, estaba totalmente extenuado física y mentalmente.

¡Ojalá tuviera el tiempo y el espacio necesario para describir una por una todas las proezas sindicales! ¡Qué prodigio el de la amistad!

A pesar de que estos acontecimientos han sido y son comunes a todo el movimiento obrero, en mi opinión, el anarquismo le confiere a la fraternidad una naturaleza especial, pues éste enfatiza en la horizontalidad entre iguales. ¿Puede existir acaso la igualdad en la verticalidad? No es algo que pretenda desarrollar, pero la respuesta más allegada a la razón parece decirnos que no.

Por último, a modo de curiosidad, no está de más saber que la palabra compañero, proveniente del latín compania; formado por los vocablos cum ‘con’ y panis ‘pan’, etimológicamente, hace referencia a ‘los que comparten el pan’.

¡Así que cuida bien a quién llamas compañero o compañera!

[1] Godwin parece plantearlo de un modo algo más difuso y no con tanta insistencia. Por otro lado, si bien es verdad que los socialistas utópicos ya enfatizaban en el compromiso social y en la equidad, no los caracterizaría como anarquistas.

[2] García, Víctor. Museishushugi: El anarquismo japonés.

Entre anarquistas

«Somos ricos en palabras y en ideas. Seamos ricos en hechos, que es así como mejor se afirma el ideal.»  Con esta frase de Ricardo Mella marco el tema central de este artículo, fruto de la reflexión y el debate, y que desde aquí planteamos la cuestión del salto de la rica teoría anarquista a la praxis, de cuál es el método más adecuado para ser una herramienta efectiva en la lucha social. En torno a este tema surgieron muy diversos métodos organizativos que han sido resultados de análisis sobre la realidad. A partir de allí, se debería haber acumulado suficiente material teórico y experiencias como para dar ese importante salto a la práctica. Ciertamente, existe en casi todo el mundo presencia anarquista en la sociedad, pero sigue habiendo anarquistas que todavía no han encontrado una manera de dar ese salto y se debaten entre uno u otro método.

Entiéndase que no es una batalla entre anarquistas organizados contra anarquistas anti-organizadores, no es necesario echar más leña al fuego y avivar un conflicto innecesario. En aspectos teóricos existe una enorme diferencia entre los corpus teóricos desarrollados por el anarquismo social y el individualista/antisocial, pero solo en el campo de la praxis corroboraremos quiénes han conseguido resultados positivos en la lucha, en qué habremos fallado y qué métodos organizativos, tácticas y estrategias resultarán efectivas como herramientas para el avance en la lucha social, si los esfuerzos y el trabajo invertidos habrán valido la pena en pos de la creación de bases sociales revolucionarias.

Teniendo en cuenta que el principio fundamental del anarquismo es la libertad, deberíamos dejar que las distintas corrientes se desarrollen en la praxis, pero sin olvidar la autocrítica y el debate entre las ellas dentro del anarquismo. Con el tiempo, finalmente verificaremos, tras haber reflexionado y hecho unos balances en torno a la trayectoria práctica, quiénes han acertado en sus análisis de la realidad social y material, quiénes habrán sabido articular una respuesta capaz de hacer frente al capitalismo y al Estado, quiénes habrán sido capaces de generar una situación revolucionaria y comenzar en la construcción de una sociedad nueva.

En estos momentos, el movimiento anarquista en general sigue siendo minoritario, pero es fundamental que sepamos salir de los márgenes, de los chiringuitos y los ghettos para dar el salto a la participación activa en los movimientos sociales populares, sobre todo en estos tiempos en que el neoliberalismo está avanzando con la excusa de la crisis. El papel de las minorías revolucionarias no es el aislamiento del resto de la sociedad ni de constituirse en una supuesta vanguardia que vaya a guiar las masas hacia su liberación, sino la de radicalizar las luchas sociales estando presentes en ellas, fomentando la participación activa de todo aquel que desee un cambio y esté dispuesto a luchar conjuntamente con el resto, de pasar a exigir y pedir a plantear soluciones desde perspectivas no autoritarias y en base a la cooperación y la solidaridad.

Por todo ello, es de vital importancia que los anarquistas nos organicemos y nos planteemos como una alternativa política posible y necesaria en la sociedad, no al margen de ella. En definitiva, crear poder popular, entendido ésto como a capacitación del pueblo para conseguir sus reivindicaciones.

Anarquismo y drogas: última vuelta de tuerca

Con este artículo pretendo poner fin a las reflexiones que estas últimas semanas he venido haciendo sobre anarquismo y consumo de drogas. Lo expresado en el primer y segundo artículo está sujeto a ser modificado en un futuro, pues lo bonito de todo esto es que la opinión personal cambia como el viento. En este tercer artículo daré mi punto de vista personal sobre una dimensión del consumo de drogas que, a mi parecer, no se suele tocar mucho (o no tanto como a mí me gustaría). Ésta es la «salud de nuestro cuerpo». Para ello presentaré un argumento utilitarista que, hoy por hoy, me convence bastante. Aquí os lo presento.

En los anteriores textos expuse que el consumo de drogas es una forma de control social que ejerce el Estado (como garante del capital) sobre la población, y que además era más bien irresponsable consumir drogas porque éstas están ligadas a redes de explotación humana y animal. Eliminando el componente de explotación, pero también el de beneficio capitalista, llegamos al ejemplo del amigue que cultiva marihuana y la regala. Para este ejemplo expuse el argumento sobre el control personal, por el cual opiné que la libertad individual de cada une se ve suprimida al estar bajo los efectos de las drogas (sin control no hay libertad).

Hasta aquí el pequeño resumen de lo que he venido argumentando hasta ahora. Hoy nos toca hablar de los efectos nocivos para la salud que supone el consumo de drogas. Indudablemente, y no hace falta que me ponga a dar datos científicos, las drogas producen algún tipo de malestar en nuestro cuerpo, el cual puede ser más o menos grave. (Si estáis interesades en los efectos de las drogas sobre nuestro organismo os recomiendo este libro sobre drogas editado por compas anarquistas). Mi argumentación sobre este punto, la cual fue brevemente presentada en los comentarios del primer artículo, defendía una postura utilitarista al respecto. En otras palabras:

  1. Las drogas perjudican nuestra salud física y mental. Su consumo acorta nuestra esperanza de vida y, lo que es más importante, la calidad de vida.
  2. Un estado físico y mental debilitado no permite desarrollar todo el potencial humano que tenemos.
  3. El Estado y el capital no se van a marchar por decisión propia. Hay que resistir y darles cara (en todos los planos: en la calle, en las huelgas, en los grupos de lectura, en Internet, etcétera).
  4. Por lo tanto: cuanto más vivamos, cuánto mejor vivamos, y cuánto mejor podamos desarrollar nuestras capacidades humanas mejor podremos combatir al Estado y al capital. Así pues, es responsabilidad individual de cada anarquista intentar maximizar su colaboración con la revolución social.

Del cuarto punto se saca que mi argumentación tiene tintes utilitaristas, pues pretende maximizar el bien común ante todo. Ese bien común lo defino en términos de la revolución social, y el medio que propongo para alcanzarlo es individual (el no-consumo de drogas). En mi segundo artículo ya argumenté que no deberíamos forzar a nadie a no consumir drogas, por ello que aquí habla de «medios individuales». Cada une tiene que preguntarse a sí misme sobre el papel que quiere jugar en la revolución social, cómo, y hasta dónde. Esto es lo que llamé «responsabilidad revolucionaria» en textos anteriores.

No obstante, en el primer artículo un lector me comentaba que eso de «no consumir drogas para mantener un cuerpo sano» era la lógica del capital, pues éste lo que quiere es trabajadores en buenas condiciones. Desde aquí expreso mi más firme desacuerdo con lo que comentó el compañero. El capital no busca trabajadores sanes, mucho menos el Estado, pues en las sociedades capitalistas avanzadas siempre hay una importante bolsa de desempleo que crea graves problemas estructurales. Ni al capital ni al Estado les importa realmente el desempleo, no en el aspecto humano, pero saben muy bien que un gran porcentaje de personas desempleadas es la mecha que prende el polvorín de la sublevación.

Es por ello que no quieren una población sana, sino una población decayente. En términos demográficos hay un problema de superpoblación, y en términos económicos esto se traduce en desempleo. El juego de la socialdemocracia no es tan sencillo como «opresores» versus «oprimides». El juego de la socialdemocracia es mucho más complejo, y en él podemos encontrar sinceras y genuinas muestras de humanidad provenientes de las instituciones estatales, y maquiavélicas estrategias de control estatal. El juego tiene estas dos caras, de ahí que existan campañas anti-tabaco o anti-drogas entre los jóvenes.

Ahora, dicho esto no quiero decir que el Estado quiera proteger completamente nuestra salud (si fuera así prohibiría completamente el tabaco y el acohol). Desde mi perspectiva, el tabaco y el alcohol juegan un papel muy importante en el control demográfico, y sobre todo «revolucionario», de la población. 6 millones de parades es un gran problema para un Estado que tiene unas reglas (la Constitución) a seguir (se sigan mejor o peor, eso es otro asunto). ¿Qué puede hacer el Estado? Mantener distraída a esa masa de gente: fútbol, tabaco, alcohol, juerga… Pongamos un ejemplo histórico: en 1848 la población de París se alzó en armas contra Louis-Philippe de Orléans. Las bajas se cifraron desde las 16.000 personas muertas hasta las 50.000. Sea como sea, el general Cavaignac pudo haber negociado desde el principio y haber evitado tan atroz baño de sangre. ¿Por qué no lo hizo? ¿Por qué además esperó a que más gente se sumara al movimiento revolucionario? Porque Francia tenía un problema gravísimo de desempleo. ¿Cómo se solucionó? Haciendo desaparecer a les desempleades. Con este ejemplo histórico no quiero decir que el Estado-nación moderno aniquile de la misma forma a les parades. Pero sí que opino que esa aniquilación sigue existiendo, bajo otras formas, bajo otras sutilezas, pero bajo la misma lógica.

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