La anarquía como sublimidad democrática (y III)

DEMOCRACIA REPRESENTATIVA COMO FALACIA GENERALIZADA.

La palabra «democracia» y, por ende, el mismo concepto que ella designa, tienen su origen en Grecia. Parece, pues, lícito, y aun necesario, recurrir a la antigua lengua y cultura de la Hélade cuando se intenta comprender el sentido de dicha palabra, tan llevada y traída en nuestro tiempo.

Para los griegos, «democracia» significaba «gobierno del pueblo», y eso quería decir simplemente «gobierno del pueblo», no de sus «representantes». En su forma más pura y significativa, llevada a la práctica en la Atenas de Pericles, implicaba que todas las decisiones eran tomadas por la Asamblea Popular, sin otra intermediación más que la nacida de la elocuencia de los oradores. […] Se trataba de una democracia directa, de un gobierno de todo el pueblo.

Así comienza, muy acertadamente, Ángel Capelletti, filósofo anarquista argentino y profundo conocedor del periodo clásico, su célebre artículo ‘’Falacias de la democracia’’, publicado en el periódico de la CNT de Bilbao [1]. Es muy significativo que antes de iniciarse a desmontar los motivos por los que la democracia liberal y parlamentaria no es verdaderamente una democracia, introduzca su etimología, así como la concepción que se tuvo en principio de aquella, como elementos que se tornan necesarios de conocer. Dejando de lado la falla que supone, y él así lo denota a continuación, que el pueblo griego se reducía a un grupo insignificante de la sociedad (exclusivamente ciudadanos libres se situaban amparados por el término), es importante rescatar esta concepción de democracia como «gobierno del pueblo» y no como «gobierno de sus representantes.»

Pero Capelletti no se detiene ahí, y prosigue:

La democracia moderna, […], a diferencia de la originaria democracia griega, es siempre indirecta y representativa. El hecho de que los Estados modernos sean mucho más grandes que los Estados-ciudades antiguos hace imposible -se dice- un gobierno directo del pueblo. Este debe ejercer su soberanía a través de sus representantes […].

Pero en esta misma formulación está ya implícita una falacia. El hecho de que la democracia directa no sea posible en un Estado grande no significa que ella deba de ser desechada: puede significar simplemente que el Estado debe ser reducido hasta dejar de serlo y convertirse en una comuna o federación de comunas.

Es decir, se asume que funciones organizativas superiores tales como el Estado necesitan de forma indefectible un orden de representatividad inferior, pues sino no son capaces de funcionar debidamente. Por tanto, se acepta una relativa pérdida de libertad —aun cuando esta sea total en tanto que  se pierde la autonomía en favor de un ente supraindividual— con el fin de que el sistema pueda mantenerse y no colapse y lleve al «caos».  Ésta es para el pensador argentino la primera falacia del discurso bien-pensante y pseudodemocrático que se vierte desde las cúpulas políticas y económicas. Las razones que le llevan a tal conclusión parecen claras: el criterio de elegibilidad no representa en última instancia el querer de aquellos a los que dice representar, es más, se podría decir, y mucho más en los virulentos tiempos que corren, que es justo al contrario, esto es, que su motor representativo no es el pueblo, sino vectores económicos que adquieren en algunos casos nociones casi divinas.

En cualquier caso, y dando por válida la opción de que no puede existir sociedad humana basada en principios no autoritarios y jerárquicos (afirmación fácilmente desmontable), nos encontraríamos ante otra falla en el planteamiento de la democracia representativa como panacea democrática, a saber: que la representatividad no abarca a toda la población, dejando a un importante colectivo (minorías sociales e individualidades de toda índole) fuera del sistema. Así, tal y como viene denunciando el anarquismo a lo largo de los últimos decenios, nos movemos entre periodos de dictadura económica —revestida, eso sí, bajo el fino manto de respetabilidad que pudiera conferirle una votación periódica—, que no difieren en exceso de tiempos pasados donde la libertad era una mera ensoñación. Y, para mayor escarnio, no sólo es ese el problema, pues aceptando que la voluntad mayoritaria es el mal menor, el mal que siempre, por defecto, hay que valorar en tanto que supuestamente posee la razón misma de la democracia, toparíamos en seguida con otro dilema: ¿Cuándo se delega la voluntad individual o colectiva en otro sujeto o grupo, se hace porque se cree que en verdad representará con fidelidad tus inquietudes, o más bien a modo de desentendimiento? Con poco que miremos cómo funcionan las dinámicas democráticas burguesas, nos percataremos que, en última instancia, el motor no es el primer caso sino el segundo. De esta forma presenta Capelletti la problemática:

La democracia representativa se enfrenta así a este dilema: o los gobernantes representan real y verdaderamente la voluntad de los electores, y entonces la democracia representativa se transforma en democracia directa, o los gobernantes no representan en sentido propio tal voluntad, y entonces la democracia deja de serlo para convertirse en aristocracia.

De este modo, vivimos regidos por una aristocracia que no sigue, y aunque su voluntad fuese tal no podría, el querer del pueblo. La población, sobre todo en esta crisis sistémica, empieza a darse cuenta poco a poco de la sinrazón democrática en la que vive; sin embargo, nos enfrentamos a otro nuevo dilema: esta desazón bien puede dirigirse hacia el autoritarismo político, económico, etcétera., o bien puede dirigirse hacia métodos más democráticos.

En general, muy pocas personas de este país, a menos que estén altamente politizadas, lo cual es la excepción y no la regla, pensarían en la anarquía como el sistema más democrático. Las razones por las que lo hace ya se han bosquejado brevemente en textos anteriores. Ahora bien, no por ello se debe dejar de reiterar que es ésta realmente la que impronta una mayor cota de libertad en el hombre y, por tanto, en la sociedad. El bello aserto «cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad» que lo comunistas libertarios del siglo pasado gritaban con vehemencia; el afán ilustrado de igualdad, libertad y fraternidad; la consecución de la autonomía individual sin esto menoscabar la libertad social; todos estos ideales, asentados sobre el apoyo mutuo y la cordialidad humana, no pueden, en definitiva, verse obviados en la actualidad. Por todo ello, la labor de regeneración —lo que desde aquí se intenta— ha de ser febril; la agitación continua y la organización anarquista incipiente. Como dice el filósofo argentino en el texto que he utilizado para vertebrar este artículo en su final:

Sólo la democracia directa y autogestionaria puede abolir los privilegios de clase y, sin admitir ningún liderazgo, reconocer los auténticos valores del saber y de la moralidad en quienes verdaderamente los poseen.

Y, decidme todos, anarquistas y no anarquistas, ¿qué es la anarquía sino la forma más sublime de democracia directa y autogestionaria por y para los seres humanos?

[1] Capelletti, Ángel. Falacias de la Democracia.

Apuntes sobre El Capital III: La moneda o la circulación de las mercancías

La forma precio

Una cierta cantidad de oro puede fijarse socialmente (por ejemplo, mediante una ley) como unidad básica de medida de los precios. El oro pasa a cumplir una doble función. Por un lado, medir los valores de las mercancías, transformando el valor en precio. Por otro lado, como tipo de los precios, mide diversas cantidades de oro por una cantidad fija, el peso fijo de oro que constituye la unidad básica de medida.

Los precios indican dos cosas simultaneas:

1. La magnitud del valor de las mercancías.

2. Cantidad de moneda (u oro) por la cual puede cambiarse la mercancía.

Desde que el valor se convierte en precio, la relación directa entre la magnitud del valor y la del trabajo social necesario (que explicamos en anteriores entradas) aparece de forma indirecta como la relación de cambio entre la mercancía y la cantidad de moneda del precio.

Es posible que exista una diferencia cuantitativa entre el precio de una mercancía y su magnitud del valor. Esto es debido a que el precio, además de representar el valor de una mercancía, puede representar el máximo o el mínimo de moneda que su cambio produce en un momento y circunstancias dadas.

Circulación de las mercancías

El cambio transporta las mercancías de manos en que son valores negativos de uso a otras en que sirven de valores de uso. En el momento en que llegan a manos de quien las considera útiles, abandonan la esfera de los cambios y pasan al dominio del consumo.

Para el poseedor inicial que quiere cambiar su mercancía para obtener otra que le sea de utilidad, la transformación se representa en dos actos: venta (cambio de la mercancía por dinero) y compra (cambio del dinero por mercancía). Resumimos así este conjunto: mercancía-dinero-mercancía.

Esto no es más que el inicio de una nueva transformación. La compra final es también una venta, desde el punto de vista de la segunda persona implicada en el cambio, que recibe el dinero. Ese dinero servirá a esta segunda persona para comprar una nueva mercancía a un tercero, generando así una serie de movimientos concatenados que constituyen la circulación de mercancías.

La compra es el complemento obligado de la venta. Si la separación entre las operaciones se prolonga demasiado, si se acumula, la unión entre los dos actos se demuestra por la crisis que surge.

Curso de la moneda

Desde el momento en que el vendedor completa la venta con la compra, el dinero huye de sus manos. En el ejemplo anterior, el dinero dado a un segundo pasa después a un tercero. La moneda pasa así sin interrupción de mano en mano en lo que se llama curso de la moneda.

Una pregunta lógica a continuación sería ¿Cuánta moneda circula? Si consideramos que no hay relación entre ventas, para poner la mercancía en circulación la moneda debe representar las cantidades ya expresadas imaginariamente en el total de los precios. Siempre que varíe el total de los precios de las mercancías en el mercado, deberá variar la masa de moneda circulante.

Hay que considerar también otra variación de la moneda, que depende de la moneda misma. Supongamos por claridad que como moneda tenemos el oro. Antes de que el oro funcione como medida del valor del resto de mercancías, su valor se halla determinado porque es producto de un trabajo. ¿Qué pasa si ese valor propio se modifica? Cada vez que el valor del oro se altera, se alterará el precio que determina la relación de cambio con las mercancías (suponiendo que el valor-trabajo de estas permanece constante y no lo compensa) y por tanto la cantidad de moneda necesaria en circulación. Pero lo cierto es que, en la práctica, el valor del oro se fija de antemano al fijar los precios.

Hay que recordar que hemos partido de la base de que no había relación entre ventas. Pero ya hemos visto que en realidad no es así. Hay un encadenamiento entre compras y ventas que marca la circulación de la mercancía. De tal forma que si tenemos 4 mercancías distintas que valen 5€ cada una, todas ellas pueden cambiar de manos con solo 5€ en circulación. El comprador con el dinero compra la mercancía 1 al primer vendedor, este recibe el dinero y le compra al segundo vendedor la mercancía 2, que recibe el dinero con que compra al tercero su mercancía y así sucesivamente. La velocidad del curso de la moneda suple su cantidad.

La velocidad del curso de la moneda se mide por el número de transacciones en un tiempo dado. Conocida la velocidad media de circulación en un contexto, o el tiempo en que una suma de moneda realiza el total de precios, podemos determinar la masa de moneda que funciona como instrumento de la circulación. Esa masa, multiplicada por el número medio de transformaciones, debe ser igual al total de precios.

La separación entre las operaciones de compra y venta da lugar a la lentitud en el curso de la moneda y la interrupción de los cambios. Es frecuente explicar esa interrupción por la cantidad insuficiente de moneda.

El numerario y el papel moneda

El peso de oro adoptado como unidad de medida se presenta en el mercado como moneda. El Estado, igual que establece la unidad de medida, acuña la moneda y la sanciona como legal. La función numeraria del oro, desprendida de su valor metálico, pasa a ser desempeñada por cosas sin valor. Estos objetos son socialmente valederos por estar respaldados por los fondos del Estado. Sin embargo, la cantidad de papel moneda debe estar proporcionado con la cantidad de moneda real que representa, el que realmente debiera circular. Si excediera esa proporción, los hechos la reducirían al tipo indicado. Si la masa de papel moneda dobla la proporción debida (dada por la fórmula indicada en el punto anterior) una cantidad de papel moneda acabaría por representar la mitad de la moneda que se le supone. Así, un billete de 100€, al cabo de un tiempo, acabaría por comprar mercancías por un valor de solo 50€. El valor del papel moneda se devaluaría.

Reservas de oro, plata y tesoros

Las mercancías no se venden para comprar otras en el acto, por lo que todo productor debe hacer acopio de dinero. Para poder comprar sin vender, es necesario haber vendido antes sin comprar. La moneda que es detenida a propósito, se transforma en tesoro y el vendedor en acumulador de dinero, de tal modo que se forman reservas de dinero en proporciones diversas.

El dinero como medio de pago

Algunas especies de mercancías requieren para su producción más tiempo que otras (la producción puede variar por estaciones o épocas). Puede suceder que una persona esté dispuesta a vender mientras el comprador carezca aún de medios para comprar. Cuando las mismas transacciones entre las mismas personas se renuevan continuamente, las condiciones de compra y venta se regulan por las condiciones de producción: Uno comprará sin pagar en seguida, en calidad de representante de un dinero por venir. El vendedor pasa a ser acreedor y el comprador, un deudor. Sin la aparición simultanea de la moneda y la mercancía en una transacción, el dinero pasa a funcionar como medida, como medio de compra imaginario. Solo cuando se cumple la promesa del pago vuelve como medio de pago a la circulación.

Como medio de circulación, el dinero se convertía en tesoro, porque la circulación se para en la primera mitad, no siguiendo la venta a la compra. Como medio de pago, el dinero solo entra en circulación cuando ha salido ya la mercancía.

La moneda de crédito -letras, pagarés, etc.- tiene su origen inmediato en la función del dinero como medio de pago. Los documentos que acreditan las deudas contraídas también circulan para transferir a otros los créditos que representan. Esto también impone una variación en la cantidad de moneda circulante que calculamos anteriormente. La cantidad de moneda que circula, supuesta la velocidad de los medios de circulación y de pago, es igual a la totalidad de precios a realizar, sumándole los pagos que se cumplen en ese periodo y descontando la totalidad de precios que se compensan. A medida que se difunde el sistema de crédito, la moneda reviste, como medio de pago, formas de existencia especiales, gracias a ella se regulan las grandes operaciones comerciales.

Los inicios del pensamiento socialista: El socialismo utópico (I)

La revolución francesa llevó a la práctica algunas de las teorías ilustradas y supuso el establecimiento de unos nuevos cimientos sociales, acabó con el antiguo régimen y abrió una etapa de grandes cambios sociales, pero las clases populares sintieron que no se llegó hasta el final en el proceso revolucionario, se llevaron a cabo reformas políticas pero la injusticia económica y social seguía latente. Se fue creando una conciencia popular promovida por los teóricos de la recién nacida sociología que investigaban sobre cuales eran las causas de la desigualdad y como poder superarla. Saint Simon, Charles Fourier y Robert Owen centraron sus esfuerzos en diseñar sociedades futuras exentas de desigualdad y en pensar en formas de organización, estos pensadores retomaron el camino emprendido por los utopistas anteriores como Tomás Moro, pero se distinguen de estos en que aplicaron sus teorías en la medida de sus posibilidades y sentaron las bases del socialismo moderno que luego fueron recogidas por los teóricos marxistas y anarquistas.

Me propongo a analizar el pensamiento y la puesta en práctica de las ideas de los principales socialistas utópicos, además de la influencia que ejercieron en los pensadores socialistas posteriores.

Saint Simon

Claude Henry de Rouvroy, conde de Saint Simon es considerado uno de los padres de la sociología, fue el primer teórico en estudiar la evolución histórica de la lucha de clases y su influencia en el ámbito económico y social. No distinguía entre privilegiados o no privilegiados, sino entre trabajadores y ociosos y sus teorías no van dirigidas a agitar a la clase obrera, su objetivo eran las élites económicas, les aconsejaba que tomaran conciencia de la situación y ayudaran a construir una sociedad mas justa, por eso es considerado un pensador de la escuela elitista. Su idea de sociedad ideal es un gobierno formado por las élites económicas pero atendiendo a cuestiones sociales, en su obra “El Organizador” dio las instrucciones para la creación de el Parlamento Industrial constituido por tres cámaras. Saint Simon firme en sus convicciones positivistas consideraba la industrialización como un signo de progreso y desarrollo, creía que la desaparición total del Antiguo Régimen y su remplazamiento por la sociedad industrial acabaría con las desigualdades y superaría los conflictos de clase. Consideraba al trabajador y al empresario como miembros de un grupo común (los productores) frente a otro formado por terratenientes, comerciantes, ociosos y demás elementos que no aportaban nada al proceso productivo. Su idea de Estado era un ente que ayudara a organizar la sociedad bajo las tesis del industrialismo, que principalmente establecía que el crecimiento de la productividad, la eficiencia económica y el empleo de tecnología.

También intentó conciliar su teoría industrialista con el cristianismo, éste le proporciono la jerarquía de valores y la ética de su sociedad ideal. En “Le Noveau christianisme” defendió la igualdad de oportunidades, el reconocimiento de las capacidades personales sin importar la procedencia social, la propiedad privada en función de los intereses sociales, la promoción de las clases populares y la función social de la Iglesia entre otras cosas. La evolución de su pensamiento se fue alejando cada vez mas del liberalismo, llegó a cuestionar la propiedad privada, rechazó la idea de que el avance de la civilización fuera fruto del egoísmo y defendió la comunidad de intereses.

La escuela fundada por Saint Simon repercutió en el pensamiento socialista europeo, se constituyó como asociación después de la muerte del pensador, después de la revolución de 1830 se fue alejando de los postulados industrialistas iniciales para acercarse al socialismo, sus discípulos interpretaron la obra de una forma mas radical y acentuaron sus críticas a la propiedad privada y a la herencia,  además otorgaron un papel de mayor influencia al Estado cuya forma ideal era la asociación de productores que eliminaría los conflictos sociales. La principal diferencia de los saintsimonianos con su maestro fue la definición de industriales que cada vez se fue identificando mas con la clase obrera y el grupo de los zánganos o no productores con la burguesía, se empezaron a publicar las primeras teorías sobre antagonismo entre estas dos clases. El pensamiento de la escuela saintsimoniana se puede resumir en esta frase de de George Lichteim:

“La Revolución Francesa liberó al burgués; ha llegado el momento de liberar al proletario. La propiedad privada supone un obstáculo para lograrlo. No debe abolirse, pero sí dejar de ser un derecho absoluto para transformarse en función social modificable a voluntad. La sociedad obtiene la primacía sobre el individuo.”

La escuela saintsimoniana estaba en las últimas cuando llegó la Revolución de 1848, fue degenerando en una secta,  pero ejerció una gran influencia en la teoría de pensadores socialistas posteriores.

Robert Owen

Robert Owen era un industrial de éxito que inició una serie de proyectos reformistas, se centró en la práctica mas que en la teoría, en el Reino Unido durante la primera mitad del siglo XIX las condiciones de vida de la clase obrera eran terribles, así que Owen que siempre se opuso al individualismo liberal intentó mejorar las condiciones.

En Manchester dirigió una fábrica de quinientos obreros donde aplicó algunas de sus teorías con éxito, mas tarde estuvo al mando de una fábrica de hilados en Escocia que alcanzó la fama mundial, ya que en la comunidad donde vivían los obreros la conflictividad social era mínima, no se cometían apenas crímenes y no existía ningún órgano represivo. Las condiciones de vida eran muy diferentes en la fábrica de Owen de como lo eran en el resto, la jornada laboral era de diez horas y media en vez de catorce, los obreros seguía recibiendo el mismo salario aunque la producción disminuyera, si la fábrica cerraba por falta de trabajo los obreros seguían recibiendo prestaciones. La clave de su éxito fue el papel central que le otorgó Owen a la educación, los niños recibían educación gratuita desde los dos años, estaba convencido de que el ser humano se construye con las circunstancias que le rodean y que con una buena educación se podría llegar a una sociedad mas armónica y sin conflictos.

La experiencia de la fábrica de Lew Lanark en Escocia fue un éxito, sin embargo no le convenció del todo ya que sentía como si fueran sus esclavos, en 1823 propuso un sistema de comunas para solucionar la conflictividad social reinante en Irlanda entonces, realizó un diseño minucioso de como deberían ser las comunidades y como organizar la sociedad, pero no fue bien recibido por las élites económicas y políticas, además tuvo numerosos enfrentamientos con la Iglesia por su carácter patriarcal, Owen también puede ser considerado un feminista, consideraba que la igualdad de sexos era indispensable para una sociedad igualitaria y denunciaba la institución del matrimonio y el carácter retrógrado de la religión.

Owen pasó de ser un próspero empresario admirado mundialmente por su filantropía a un visionario ignorado y calumniado por la prensa, se arruinó intentando llevar a cabo un experimento comunista en Estados Unidos, al perder si influencia en las élites se dirigió directamente a la clase obrera, en Inglaterra alcanzó una influencia notable como sindicalista e impulsó numerosas reformas en las condiciones laborales de la que destaca la limitación del trabajo de la mujer y de los niños en las fábricas, tampoco abandonó sus aspiraciones comunistas y desarrolló teorías sobre el cooperativismo.

Owen ejerció una gran influencia en los socialistas posteriores, es considerado uno de los primeros comunistas y su compromiso con el ideal le causó numerosas dificultades sobre todo al oponerse a la propiedad privada y a afirmar que era posible una sociedad sin propietarios y sin intermediarios. También tuvo repercusión sus teorías sobre educación que fueron recogidas por los pedagogos libertarios posteriormente. Entre los pensadores a los que influyó se pueden destacar a Engels, Marx, Proudhon y Bakunin, principalmente Owen sería mas cercano al anarquismo ya que no consideraba necesario el papel del Estado en la sociedad.

Continúa en la segunda y última entrega

Mali: Areva bien vale una guerra

¿Finalizó la Françafrique? Decididamente no y, a pesar de los bellos discursos de Hollande, sobre esta cuestión como sobre tantas otras, el PS y el UMP, son dos caras de la misma moneda.

«Francia no tiene ningún interés en Mali, declaró François Hollande a la prensa el 16 de Enero. Está solamente al servicio de la paz». ¿Seguro? ¿Francia no tiene ningún interés sobre la zona del Sahel? ¿Tampoco en las minas de uranio de Níger, explotadas por Areva para aprovisionar las centrales nucleares francesas?

Ciertamente, el hecho de que un ejército de salafistas dicte la ley en el Norte de Mali no hace feliz a nadie: ni a los habitantes condenados a vivir bajo el poder despótico de fanáticos, ni a los Estados de la región que temen la desestabilización, ni a las maliensas y malienses que ven su país dividido en dos y al borde del colapso.

Sin embargo, si la situación inquieta particularmente a Francia, esto es sobre todo porque después de muchos años, la explotación del uranio nigeriano está en peligro, debido a las repetidas incursiones armadas y a las tomas de rehenes. Es sobre todo por esta razón que hoy en día el ejército francés bombardea y se despliega.

Esta intervención permite igualmente a Francia retomar el liderazgo en la región por delante de su aliado estadounidense que, durante muchísimos años ha formado – en vano, visiblemente – a los cuadros militares malienses para dirigir la «guerra contra el terrorismo».

Intereses económicos y geopolíticos pesan sobre la balanza, más que las manos cortadas o los mausoleos destripados.

Las maliensas y los malienses que hoy en día gritan «viva Francia» y ven en François Hollande a un liberador deben hacerse conscientes de esta realidad.

Combatir a los salafistas, liberar las poblaciones de Gao o de Tombuctú, eso debería ser asunto de las malinesas y malineses mismos, eventualmente con la ayuda de los paises vecinos. significaría realmente una ruptura con la dependencia cara-a-cara de la antigua potencia colonial.

Dejando complacientemente al Eliseo tomar el control, aprovando incluso con alivio esta intervención, la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDAO), el Movimiento nacional de liberación de Azawad, el gobierno provisional maliense y también el estado mayor «anti-imperialista» del capitán Sanogo se encadenan deliberadamente al carácter neocolonial, y encadenan con ellos a los pueblos de África occidental por todavía mucho tiempo.

Alternative Libertaire denuncia también el refuerzo a la seguridad que, en Francia, acompaña a esta guerra, con el paso a nivel rojo del plan Vigipirate y la agitación del espantapájaros terrorista que servirá para acentuar la represión y la estigmatización del islam y de los africanos, eternos «enemigos internos».

¡Ejército francés, go home!

¡Compañeros africanos, rechazad el neocolonialismo!

¡Y… salgamos de la era nuclear!

Fuente: Alternative Libertaire, 16 de enero de 2013 (en francés).

Luchar por una Educación Libertaria

Frente a los recortes en el sector educativo han salido multitud de voces en defensa de la educación pública, de calidad y gratuita, y por este motivo creo que es necesario tomar aire y reflexionar un poco sobre este tema.

El sector educativo en la actualidad funciona de la siguiente manera. Desde que somos pequeños nos agrupan por edades, como si ese factor fuera el mas importante, y nos meten en escuelas durante todo el día. En ellas los docentes tienen un plazo de tiempo en el cual su misión es introducir determinados conceptos en las mentes de sus alumnos.

Pasado ese tiempo se elaboran unas pruebas denominadas exámenes, las cuales mediante un sistema de calificación estipulan si tienes esos conocimientos y en qué grado los adquiriste. Si no pasas esas pruebas te mandan repetir curso para intentar de nuevo que adquieras esos conocimientos. Por el contrario, si el docente consiguió su objetivo te mandan a un nuevo curso y así sucesivamente.

De esta forma se va otorgando al alumno los conocimientos considerados básicos y que todas las personas deben tener. Después tienes la posibilidad de seguir en el sector educativo para adquirir una supuesta formación superior que emplea el mismo método antes citado o la de intentar entrar en el mundo laboral.

Pero, ¿quién dice cuales deben ser estos conocimientos básicos que todos debemos aprender? Bien, pues el encargado de estipular los conceptos y en qué cantidad, así como el orden en que se deben aprender es el  Ministerio de Educación. De esta forma la formación de las personas de un país está elegida a la carta por el gobierno de turno, dando como resultado un cambio en los planes de estudio cada vez que entra uno nuevo, así como un cambio en la doctrina de estos.

Entonces estaréis de acuerdo conmigo en que hace falta separar el gobierno de la educación, o mejor dicho, separar el Estado de la educación, ya que es el Estado al fin y al cabo el que estipula y permite este hecho.

Una vez dicho esto, planteémonos algo más, ¿de verdad que siendo diferentes y únicos cada uno de nosotros  tenemos que aprender todos los mismos conceptos y de la misma forma? Es decir, cada uno tiene su propia naturaleza. Cada conciencia es única al igual que lo es su manera de asimilar su entorno y conceptos. Lo mismo pasa con la curiosidad, no a todos nos surgen las mismas dudas al mismo tiempo ni nos interesan los mismos temas.

Entonces, ¿por qué intentar enseñarnos las mismas cosas, al mismo tiempo y de la misma forma? ¿Acaso no sería mejor que cada uno de nosotros fuera por propia vocación y a su ritmo aprendiendo aquellos temas que le fueran interesando?

A lo largo de los años el ser humano ha explorado e intentado explicar todo lo que se encontraba, de esta manera se ha ido acumulando una cantidad ingente de información. Supongamos que toda esta información está dividida en los frutos de un árbol con multitud de ramas, que a su vez se dividen en más ramas y que en cada división hay un fruto; entonces, ¿por qué tenemos que comer solo unos determinados frutos y no podemos escoger aquellos que más nos atraigan?

Es cierto que para alcanzar los que están más altos primero tendrás que recoger los que los preceden, pero esto es lógico. Es el mismo caso que cuando haces una casa, que para hacer el tejado primero tienes que hacer las paredes, y antes de las paredes tienes que hacer los cimientos, y así sucesivamente. Así, el propio interés de cada persona la llevará a adquirir cada vez mas conocimientos, los cuales a su vez les motivarán el querer aprender más de uno u otro tema.

Además, de esta manera el docente no es el encargado de meter unos conocimientos prefijados en las mentes de sus alumnos, sino que desde su posición más alejada del tronco, tiene que facilitar la recogida de alimentos pero sin que ello implique la forma o cantidad en la que han de ser cogidos y/o comidos.

Y, ¿cómo los docentes pueden hacer esto? Pues delegando esa responsabilidad en la experimentación propia, en la enseñanza mediante el método del ensayo y error.

Esta metodología de enseñanza es denominada como pedagogía libertaria, y se rige por los siguientes principios:

– Antidogmática y antiautoritaria: Sin imponer ningún dogma y/o religión.

– Sin premios ni castigos: Ya que la función de estos es modelar la conducta.

– Sin exámenes: esto pretende eliminar la distinción entre “alumnos buenos” y “alumnos malos”, ya que tales calificaciones no existen, solamente alumnos con distintas aptitudes y capacidades.

– Integral: Entendiendo que la formación intelectual tiene que ir a par con la formación manual así como con el desarrollo físico del cuerpo.

Coeducación de sexos: La igualdad entre sexos no es posible sin una educación igual a hombres y mujeres.

– Accesible para todos: Sin hacer distinciones por la cultura, clase, color de piel, orientación sexual…

– Principio de libertad: Sin horarios fijos ni obligatoriedad de asistencia, donde los alumnos puedan entrar y salir del aula cuando quieran, cambiar de sitio, salir voluntariamente a la pizarra…

– Autogestión: Entendiendo que la gestión de la educación tiene que ser responsabilidad de los docentes y de los educados y no depender de terceros.

Es cierto que dentro de la educación anarquista o libertaria, ambos términos son homólogos, hay diferentes tendencias y propuestas. De este modo, podemos dividirlas entre las tendencias no directivas y las de tendencia sociopolítica [1]:

«Las teorías no directivas parten del individuo como eje de toda acción educativa, y se basa en muchos de los principios pedagógicos que Rousseau desarrolla en el Emilio, aunque con críticas a su posición liberal.

Entienden que la libertad del educando debe ser absoluta, y la misión del educador debe ser la de evitar toda influencia coactiva en el desarrollo natural del individuo, puesto que se entiende que este es bueno por naturaleza (o al menos que no es malo), y son las influencias represoras de la sociedad adulta las que lo corrompen. Comparten con Rousseau la idea de que un individuo es incapaz de razonar moralmente hasta su adolescencia, y que por tanto es necesario aislarlo de la enseñanza de todo tipo de dogma, para evitar la manipulación del niño. […]

Son varias las teorías de esta tendencia, que van desde los planteamientos anarquistas individualistas de Stirner hasta la corriente de escuela neutral y las ideas educativas de Tolstói. […]

En el otro polo del paradigma anarquista de la educación nos encontramos con las teorías que defienden que la educación debe tener una fuerte orientación social.

Estos planteamientos no entienden la libertad individual al margen o en contraposición a la libertad social, la libertad no es una característica natural, sino social (Bakunin), y por tanto, la libertad se convierte en un fin, no en el medio. “Si la libertad es conquistada y construida socialmente, la educación no puede entonces partir de ella, sino que puede llegar a ella. Metodológicamente, la libertad deja de ser un principio, lo que aparta a esta línea de las pedagogías no directivas”.

En este polo, el carácter político de la educación se acentúa, pues se entiende que no existe ninguna educación neutral, ya que todas se basan en una idea del ser humano y en una concepción de la sociedad, y por tanto, el/la educador/a debe definirse por un modelo de ser humano y de sociedad. La educación anarquista, para estas tendencias, debe educar para el compromiso moral y político de transformación de la sociedad, no debe ni puede renunciar a transmitir ideología (no a dogmatizar), porque de lo contrario la sociedad capitalista inculcará la suya propia sobre los educandos. En este sentido, dentro de este polo encontramos diversos planteamientos, desde los que van a limitarse a proponer un corpus fundamental de enseñanzas científicas y racionales que faculten para una toma de posición en la sociedad (la enseñanza racionalista) hasta aquellos que proponen una pedagogía de la confrontación que eduque a luchadores sociales contra el Estado y el Capital.

En esta tendencia encontramos diversas teorías como la de Bakunin, los planteamientos educativos de Ferrer i Guardia o la teoría de la desescolarización. […]»

En la actualidad hay pequeños centros donde estas ideas se están llevando a la práctica todo lo mejor que se puede, ya que al final siempre tienes que entrar en el sistema educativo controlado por el Estado o por la iglesia para tener el graduado escolar, título que necesitas para poder trabajar y vivir en sociedad. Pero entiendo que esta no es la solución o método definitivo para alcanzar una educación libertaria, sino que es un medio más para conseguir tal fin.

Considero que todo aquel que este relacionado con la educación y la pedagogía, da igual si es docente, alumnado, etc., debe luchar con el objetivo de conseguir una educación libertaria en una sociedad libertaria, ya que solo en este contexto se podrá desarrollar plenamente.

¿Cómo luchar? Pues organizándonos siguiendo los principios del anarcosindicalismo, (que son la autogestión,  el federalismo y la ayuda mutua, además de todos los que son consecuencia de estos tres), y mediante la utilización la acción directa, el boicot, el sabotaje, la información-propaganda, la huelga, etc., ya que entiendo que la emancipación de la educación debe llevarse a cabo por parte de los propios interesados, y no se tiene que esperar a que un tercero facilite el contexto para que se pueda desarrollar de forma completa.

De este modo, la lucha debe perseguir cambios en el sistema educativo enfocados hacia el acercamiento de la educación hacia una pedagogía libertaria y los principios que la definen, o lo que viene siendo lo mismo, por conseguir la emancipación de la humanidad.

Creo que si somos capaces de afrontar este reto y llevarlo a cabo de forma sólida, es decir, de menos a más, trabajando en grupos locales, y una vez consolidados estos grupos confederarse entre sí, seremos capaces de plantarles cara a los que quieren que la educación sea una instrucción militar subordinada al sustento e interés del Estado y del capital.

Alekseievich

[1]  Noa, Francisco José Cuevas. La propuesta sociopolítica de la pedagogía libertaria.

La anarquía como sublimidad democrática (II)

El cuándo y el porqué: breve genealogía.

Aunque podemos atisbar rasgos claros del pensamiento ácrata desde los propios inicios de la labor filosófica, no es hasta la primera mitad del siglo XIX cuando se empieza a asentar el ideario anárquico como ideología política, con su consiguiente contenido moral y filosófico, en torno a la figura de uno de los padres del anarquismo: el pensador  francés Pierre-Joseph Proudhon que, a la sazón, fue el primero en referirse a sí mismo como anarquista (si bien es cierto que el término ya es usado durante la Revolución Francesa para referirse a los socialistas utópicos que profesaban un pensamiento extremadamente radical, es éste último, como digo, quien lo sella como cosmovisión política [1]), evidentemente desde un ángulo todavía algo ambiguo, en su obra «¿Qué es la propiedad?».

Muy pronto, debido al carácter resuelto, radical y crítico de los llamados anarquistas para con el poder y las autoridades que lo sustentan, la palabra va adquiriendo una connotación cada vez más desvirtuada y alejada de la realidad idiosincrática del prístino movimiento, pues se asume, errónea y falazmente, que el poder vigente es necesariamente armónico: ordenado, y por tanto, todo lo que lo provoca y se personifica públicamente contra él ha de ser lo contrario: caótico, desordenado. Este hecho es rápidamente aprovechado y alimentado por la propaganda estatal de todos los países, que pronto empezarán a injuriar contra todo lo que desprenda el aroma libertario. Así, a mediados del siglo XIX, durante la ola revolucionaria que salpica a la mayoría de países europeos, y debido al trasfondo cada vez más peyorativo que va envolviendo todo lo acrático, se dispara el número de publicaciones, líbelos y artículos que defienden con vehemencia la anarquía. En Francia podemos resaltar el lacónico líbelo escrito por el anarcoindividualista Anselme Bellegarrigue en 1850: el conocido como «Manifiesto de la Anarquía» [2] (Manifeste de l’Anarchie), publicado en pleno periodo revolucionario en el periódico libertario L’anarchie, journal de l’ordre –lo cual da buena muestra del interés que ha tenido el anarquismo en desligarse de su falsa acepción ya desde sus orígenes–; en este manuscrito, considerado como el primer manifiesto anarquista, Bellegarrigue recoge en su punto inicial, bajo el título «La anarquía es el orden», una serie de consideraciones que no pretende sino esclarecer el entuerto etimológico en el que se encuentra el término. El anarquista francés arremete con genialidad lógica y casi poética contra la significación fratricida que por aquel entonces pesaba sobre el ideal libertario, con la siguiente correlación de ideas:

En efecto: quien dice anarquía dice negación del gobierno; quien dice negación del gobierno, dice afirmación del pueblo; quien dice afirmación del pueblo, dice libertad individual; quien dice libertad individual, dice soberanía de cada uno; quien dice soberanía de cada uno, dice igualdad; quien dice igualdad, dice solidaridad o fraternidad; quien dice fraternidad, dice orden social.

Al contrario: quien dice gobierno, dice negación del pueblo; quien dice negación del pueblo, dice afirmación de la autoridad política; quien dice afirmación de la autoridad política, dice dependencia individual; quien dice dependencia individual, dice supremacía de clase; quien dice supremacía de clase, dice desigualdad; quien dice desigualdad, dice antagonismo; quien dice antagonismo, dice guerra civil; por lo tanto, quien dice gobierno dice guerra civil.

La tesitura léxica del momento no parece alejarse, revoluciones aparte, demasiado de la de nuestra cotidianeidad.

También es destacable el libro L’Humanisphère, Utopie anarchique, escrito por el anarquista protofeminista Joseph Déjacque que, siguiendo la línea literaria utópica y antiautoritaria (muy alejada, por ejemplo, de la obra de Tomás Moro) del Manifeste des Égaux, del anarquista primigenio  Sylvain Maréchal, desarrollará un modelo de sociedad armónico y pleno de libertad, muy en contra de cómo se ve en su momento un posible porvenir anarquista.

Los ejemplos de escritos que surgen como defensa a todas las injurias y sofismas vertidas sobre el concepto de anarquía son bastos y se dan, en mayor o menor forma, en todos los países de Europa, mas queriendo ser escueto en el desarrollo de este ensayo, creo que resaltando los más conocidos de la época se entenderá que esta polémica terminológica ha sido cuestión más que relevante en el desarrollo del pensamiento ácrata.

Dirigiéndonos a otro punto clave:

La Revolución Francesa, que acaba con una vorágine autoritaria digna de los más fervientes autócratas divinos,  da paso, como ya se ha dicho, a un ambiente revolucionario de aspiración liberal radial y/o socialista utópica que pretende conseguir un objetivo claro: la libertad definitiva para vivir y convivir en fraternidad, máxima aspiración humana. Esta aglomeración de devoción revolucionaria popular, de conspiración republicana  y de secretismo masónico contra el burocratismo culminará con la formación de la Comuna de París en 1871. Es en este punto, tras fracasar estrepitosamente la experiencia por factores más que analizados y aún cuestionados en los ámbitos académicos en los que no considero oportuno entrar, cuando se da un momento, a mi entender, clave en el devenir teórico y práctico del método anarquista y que tendrá, a posteriori, la culpa de que enraíce tanto y tan bien en la psique colectiva la concepción del anarquista como poco menos que Belcebú envuelto en bombas Orsini.

Rescatando la tesis desarrollada por Max Nettlau [3], diremos que en el periodo que abarca desde el fin de la Comuna de París hasta el asentamiento de la vertiente sindicalista libertaria, con separación incluida en el seno de la Internacional en dos tendencias bien diferencias y antagónicas: la autoritaria y la antiautoritaria, se produce un vacío en la teoría y en la praxis, sobre todo, en ciertos entornos marginales de las grandes urbes europeas. La quemazón por el tono autoritario que adquirió la Comuna, su brutal represión, los exilios obligados, la falta de un horizonte claro y las desavenencias en el movimiento revolucionario propiciaron el crecimiento de acciones de propaganda por el hecho individuales, singulares o en pequeños grupos, las cuales eran más hijas del hastío humano ante la injusticia, de la bestia animal que no soporta más sobre su pescuezo la bota de la opresión y de la miseria, que hijas de un horizonte político o filosófico claro: el ilegalismo endémico de finales del s. XIX y principios del s. XX [4]. Los regicidios, magnicidios atentados, la autodefensa, el robo y la acción directa violenta se convierten en la parte visible del anarquismo, quedando la inmensa labor pedagógica y cultural llevada a cabo entre el campesinado, sobre todo el italiano y español, y entre el ambiente fabril, en especial el inglés, alemán y americano, eclipsados para la opinión pública. Ciertamente ésta a veces veía con buenos ojos determinadas acciones violentas; pero no es analizar cómo se sentía aquella gente lo que pretendo, sino rescatar una idea muy simple y obvia: la historiografía estatal de todos los lugares y épocas hasta la actualidad es lo único que ha resaltado con alevosía del anarquismo.

A fin de no extenderme en exceso en un asunto que trataré en el próximo escrito diré que:

Al no ir el ilegalismo acompañado de una base teórica clara, y al no salvaguardarse bajo un grupo de pensadores que a su vez cubriese sus espaldas en la retaguardia mediática, éste se vio abocado al ostracismo, con tal suerte que se produjo una disgregación entre la intelectualidad anarquista: había una parte a la que le resultaba indiferente, otra lo rechazaba de plano, otra tanta  defendía la estrategia ora sí ora no, y otra, la menor, la hizo estandarte, despreciando al resto de doctrinas. Entre todo este desaire estúpido y ególatra, en el peor sentido del término, la imagen del anarquista, y por tanto la de la anarquía, ya estaba totalmente desfigurada. Y el tiempo no ha curado la herida, más bien lo contrario, ha hecho que supure con virulencia.

Es decir, mientras se perdía un tiempo valiosísimo para subvertir a la población en debates etéreos, en disputas intelectuales no menos fútiles, etcétera., el poder, que siempre tira de una (eso bueno hemos de admitirle, ¿no?), y gracias a su historiografía selectiva, ha pervertido el carácter de la idea, dándole un vuelco total.

Nuestra labor se ha de centrar en gran medida en paliar los errores pasados. La instrucción en Historia, en teoría política y en Filosofía se torna elementos, en verdad lo considero así, primordiales para subsanar esta lacra. Evidentemente la pragmática ha de estar al mismo nivel, sobre decirlo.  En definitiva, quien tiene la Historia de su parte es capaz de construir un futuro en la mente colectiva, y en tanto en cuanto esta historia siga falseada por el poder, no habrá futura acracia.

Blibliografía:

[1] Montseny, Federica. ¿Qué es el anarquismo?

[2]  Bellegarrigue, Anselme. Manifiesto de la anarquía.

[3] Nettlau, Max. La anarquía a través de los tiempos.

[4] Todavía no está claro el carácter anarquista de ciertas acciones pertrechadas por personajes de los más obscuros, como Ravachol, o ciertos grupos anarcocomunistas e individualidades ilegalistas de América y Europa, que parecían guiarse por principios de venganza y autosatisfacción. Pero como mi propósito no es polemizar: termínese de leer el texto.

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