Sociedades paralelas y poder popular

Seguramente en no muchas ocasiones hemos oído hablar de cooperativas integrales, de ecoaldeas, de proyectos de okupación (desde pueblos okupados hasta edificios abandonados en la ciudad), e incluso barrios autogestionados y comunidades enteras fuera de las redes mercantiles. Son espacios liberados dentro del sistema capitalista que demuestran que existen modelos alternativos de organización social y económica, que de alguna manera permiten experimentar, poner en práctica y dar ejemplo sobre alternativas al sistema capitalista. No obstante, muchos de estos proyectos no tienen una pretensión confrontativa contra el sistema, sino que más bien funcionan como vías de escape. Este tipo de pequeños espacios fuera de los centros de circulación de mercancías se conocen como sociedades paralelas. Ahora bien, ¿podrían estos proyectos ser una suerte de poder popular?

A diferencia de las sociedades paralelas, el poder popular lleva consigo la bandera de la confrontación contra el sistema dominante a través de la creación de un contrapoder que le desafíe. Este tipo de contrapoder supone la creación de movimientos populares los cuales articulan instituciones al margen del Estado que se traducen en asambleas de barrio, sindicatos, organizaciones estudiantiles, coordinadoras, etc… que pretenden sustituir y superar el orden establecido materializando un modelo de vida socialista libertaria. Esto quiere decir que el poder popular es una estrategia de confrontación y disputa en todos los niveles contra el dominio capitalista: social, económico, territorial y político. Otro matiz importante es que el poder popular también se articula a nivel político, es decir, que lleva un proyecto político de mayorías y se dotan de herramientas como los análisis de coyuntura, las hojas de ruta, las agendas, estrategias políticas y demás, que permitan el avance cualitativo de todo el movimiento popular. Esto por ejemplo, no se da en las sociedades paralelas, donde no existe una dirección política clara y se toma como fin la misma realización del proyecto, sin llevar ninguna política de confrontación. Sin embargo, podríamos apuntar que la línea entre sociedades paralelas y el poder popular no son bien marcadas, sino que hay ocasiones en que se ven difusas. Veamos algunos ejemplos.

En Grecia existen hospitales, clínicas y ambulatorios autogestionados debido a que el sistema de salud estatal está sufriendo ajustes muy agresivos. Por un lado, las experiencias autogestionarias pueden servir como parches ante la situación aguda de reestructuración neoliberal que vive el país. Pero por otro, podría suponer una salida hacia delante si estos proyectos se vinculan con otros sectores en lucha y sirvan como medios para crear un sistema de salud público no estatal. De manera similar, podríamos decir sobre la cuestión de las cooperativas integrales o la okupación de pueblos abandonados. Si bien estos modelos pueden servir para no tener que vivir del trabajo asalariado, y llevar una vida más sana, si carecen de vinculación con el conflicto de clases, no constituirían ningún problema para el sistema capitalista. De hecho, el capitalismo tolera las sociedades paralelas. No obstante, ¿y si se diese el caso de que las cooperativas integrales sirvieran como colchones para luchar contra el paro y tuviesen buenas relaciones con los sindicatos en las ciudades y vinculación con proyectos sociales en los pueblos y en los barrios? ¿Cuál sería entonces la delgada línea que los separa de ser sociedades paralelas o posibles instituciones de poder popular?

Las alternativas autogestionarias en las sociedades paralelas no son revolucionarias de por sí si no están vinculados a proyectos revolucionarios de confrontación a través de la lucha de clases. En Argentina en 2001 cuando ante el cierre masivo de empresas los y las trabajadoras se lanzaron a la autogestión, no se planteó el socialismo como proyecto político que supere el neoliberalismo que arruinó el país, aunque eso sí, gracias a la autogestión pudieron sobrevivir y se demostró que es una salida viable. Las zapatistas y el movimiento de liberación kurdo en Rojava serían los ejemplos más destacables de poder popular, puesto que, además de implementar una organización social distinta a la del capitalismo, llevan una orientación política por el cual crean sus propias instituciones que sustituyan a las del Estado en los territorios donde han declarado su autonomía.

Las sociedades paralelas son pues burbujas aisladas dentro del sistema capitalista que pueden funcionar con mayor o menor grado de independencia de los flujos mercantiles, lo que quiere decir también que carecen de cualquier vinculación con el conflicto de clases en los centros —entendiéndolos como no solo las grandes metrópolis, sino territorios donde el capital lanza sus ofensivas (desde las ciudades más grandes, pasando por pueblos, hasta las zonas donde se quieran hacer megaproyectos de extracción como megaminería, fracking, etc)—, en otras palabras, no tienen pretensión de disputarle terreno y espacios al sistema dominante donde mayores son los grados de conflictividad social y de clases. En cambio, el poder popular sí actúa en los centros del conflicto de clases y sí mantiene esa disputa al orden establecido, al contrario que las sociedades paralelas que actúan en las periferias, donde el capital no tiene tanto peso. Entonces, para que una cooperativa integral, un pueblo okupado, una clínica autogestionada o lo que sea, pase a ser una institución del poder popular, tendrían que romper la burbuja y orientarse como medios para crear un contrapoder efectivo al sistema dominante, asumiendo el papel de alternativas de confrontación en vez del de la evasión, o sea, crear vínculos entre diferentes sectores en lucha (multisectorialidad), pasar de verse como fin a verse como medios y dotarse de una orientación política cuyo fin sea el socialismo libertario.

Anarquía a pie de calle (II)

Primera parte aquí.

¿Lucha social?

“Mañana para los jóvenes estallarán como bombas los poetas; mañana las caminatas por el lago, las semanas de perfecta comunión; mañana los paseos en bicicleta en las tardes de verano. Pero hoy la lucha” (W.H. Auden, España, 1937).

Vaya por delante que quien les habla de lucha social se tiene por individualista. Soy individualista porque soy celoso de mi independencia y criterio personal, pero también por razones pragmáticas. Para implicarse en la lucha social es imprescindible conservar grandes dosis de individualismo: para no corromperse, para no dejarse arrastrar por impulsos gregarios y apetitos mayoritarios, para saber por qué haces lo que haces.

Pero me repugna el aristocratismo; soy individualista porque quiero, para todos y cada uno, una personalidad única y fuerte, y que cada uno desarrolle su “yo” sin límites ni cortapisas ambientales. Pero, ¿cómo domar el ambiente para que sean los individuos los que le den forma a este y no este el que de forma a los individuos? Implicándose en la lucha social, no hay otra.

Nuestro desprecio por la sociedad actual puede llevarnos a la resignación. Tanto a un nihilismo satisfecho (“nada se puede cambiar y es mejor vegetar y vomitar esporádicamente a través de las redes sociales o un artículo bien escrito”) como a la actitud del náufrago (“aunque no queramos este es nuestro hábitat, adaptémonos y salvemos los pocos muebles que llegan a la orilla”). Pedir que todo arda sin mover un dedo o enzarzarse en pedir reformas electorales o iniciativas legislativas populares son muestras de ambas actitudes. Resignación más o menos activa, pero renuncia al fin.

Resignarse es rendirse, y eso es morirse por dentro. Hay que implicarse en la lucha social porque sólo así conseguiremos cambiar algo, aunque sólo sea una parte de la porción de mundo que nos ha tocado en suerte. Pero hay que implicarse con grandes dosis de realismo; tanto realismo que duele a veces.

Hay que saber antes que nada que puedes implicarte, tener éxito, conseguir cambiar la vida de la gente, sin que en nada hayan cambiado sus mentes. Una persona mezquina hambrienta no es diferente de una persona mezquina satisfecha salvo en su capacidad material para hacer daño. Tendrá más o menos posibilidades, distintas prioridades, pero en lo sustancial es igual. Idealizar a las “clases sociales” (categoría que si no se limita a fijar la línea entre oprimidos y opresores sirve de poco) es absurdo. Ni el obrero es el personaje de los carteles soviéticos ni la obrera es la de los carteles americanos de la II Guerra Mundial. Los excluidos y los marginados, los “sin-clase”, entre los que me encuentro por nacimiento y vocación, no responden tampoco a una visión romántica prefijada de nómadas y espíritus libres. Somos seres de carne y hueso que no pueden ser observados desde fuera, sino vividos desde dentro.

Poner defectos o cualidades donde no los hay de forma ingénita es una fuente de injusticias o expectativas frustradas. Los que trabajamos por la revolución tenemos que tener una cosa clara: ésta no se hará con superhombres nietzscheanos; se hará con personas con prejuicios, cargadas de tabúes, lastradas por ideas machistas, racistas y xenófobas. Ese es el material humano de las revoluciones porque la gente no cambia de un día para otro por mucho que se intenten cambiar los acontecimientos. El entusiasmo inicial tamiza esas actitudes, pero sin una pedagogía previa no podemos pretender que las personas tiren su equipaje mental de forma instantánea.

¿Seguro que cambiando las condiciones materiales no conseguimos cambiar las condiciones mentales? No necesariamente. Kropotkin es uno de mis pensadores de referencia, y después de haberlo estudiado y tratar de llevar a la práctica algunas de sus propuestas –las que me parecían más urgentemente realistas– puedo confirmar que al menos en algunos presupuestos de La Conquista del Pan (1892) se equivocaba. O más bien, para ser justos con Kropotkin, el error no consiste en la tesis principal de esta obra (capital, por otro lado), según la cual la primera cuestión a solucionar de la revolución es la del pan; los que nos equivocamos somos nosotros si creemos que por ser la primera debe ser la única. La primera misión del fenómeno revolucionario debe ser, ciertamente, saciar las necesidades básicas, pero seremos muy ingenuos si creemos que este sólo hecho derrumburá toda forma de jerarquía. Si como ya nos recordaba Tolstói no se le puede hablar de cosas no comestibles a alguien con el estómago vacío¹, tampoco podemos esperar que llenando ese estómago obtengamos un cambio conductual en esa persona. Podemos dar abrigo, techo y pan como nos recomienda Kropotkin, pero si las estructuras mentales capitalistas no se han tambaleado, las mejoras de las condiciones materiales no habrán modificado en los sustancial la naturaleza ni las aspiraciones de los afectados. Podemos crear una sociedad de necesidades satisfechas e igualitarismo económico que no por ello, si no se hace un trabajo de fondo, quedará erradicado el poder y la sumisión. Kropotkin decía que si la gente tenía los medios de producción ya no necesitaría arrastrarse ante un Rothschild; no se arrastraran por pan, pero pueden someterse igualmente por el influjo de la fuerza bruta, el miedo o el engaño. La igualdad económica no erradica el autoritarismo ni los vicios jerárquicos, ni borra de un plumazo los tics capitalistas.

Esto puede comprobarse con el ejemplo de las comunas y comunidades de resistencia. Una microsociedad que se organice con un modelo anarquista, y en la que este modelo se demuestre eficiente y eficaz, puede ser una muestra de que la anarquía funciona “demasiado bien”, porque consigue mejorar las condiciones de vida de los afectados, saciar sus necesidades, pero con muy poco esfuerzo por parte de estos. No se puede crear una oasis de anarquía rodeado de un desierto de capitalismo, porque tarde o temprano la arena te entra por la puerta².

La mayoría de comunidades libertarias de finales del siglo XIX y principio del XX, y aún las comunas hippies de la segunda mitad del pasado siglo, fracasaban por una cuestión muy clara: se constituían en comunidades cerradas, aisladas, sin ser conscientes de que la gente no deja su “vieja mentalidad” en la entrada. Esto ya lo explicaba Reclús en su texto Las Colonias Anarquistas (1902). La sociedad no tiene vida propia ajena a la de sus miembros, sin embargo la existencia de cierta psicología colectiva, de grupo, la hace comportarse como un organismo vivo. Como tal, muere si permanece encerrado y sin aire, y vive cuando se ventila, cuando respira y se nutre del exterior.

Esas cualidades centrífugas y centrípetas de las que que hablaba en el artículo anterior, no son sólo aplicables a distintos tipos de anarquismo, sino también de comunidad y de militancia. En mi experiencia comunitaria he podido comprobar que los periodos de aislamiento y endogamia forzada mueven a la depresión y la desmovilización, pero cuando se interactúa con el entorno en el que se está inserto y se reciben estímulos del exterior el organismo que es la comunidad se renueva y se revitaliza. Lo mismo pasa con la militancia. La actividad centrada en el propio grupo, en el propio movimiento, que no se abre y se expande ni quiere relacionarse con el exterior, es inútil y tiende a la esclerosis. Es imprescindible moverse hacía afuera, irradiar. La sangre que no circula se tromba y produce gangrena; el movimiento es la base de la vida, la base del cambio.

Pero se me preguntará: ¿por qué enredarse en la lucha social si el cambio material no tiene las repercusiones inmediatas que se pretende? Y en caso de que fuera deseable, ¿qué estrategia seguir?

La gran aspiración anarquista revolucionaria, y la de mayoría de movimientos sociales, es llegar a la gente. Puede que a través de la lucha social, de ayudarles y promover vías de autogestión, su mentalidad no cambie, pero es esa la única forma real de llegar a ellos, de entablar contacto. Entiendo las buenas intenciones, pero a una familia que busca alimentos en la basura, que está discriminando entre lo podrido y lo descompuesto, no se le puede hablar de las virtudes del veganismo o de los malos efectos de los transgénicos; suena a insulto, a broma macabra. Esas cosas, que realmente son una muestra de consciencia, interesan cuando uno tiene sus necesidades básicas satisfechas y un estatus estable; al desnutrido lo que le interesa es no morirse de hambre. Cuando se hablan de cosas ajenas a la realidad inmediata de la gente y tratamos de arrastrarlos a nuestro terreno, en vez de evaluar que tiene nuestra forma de concebir el mundo que ofrecerles a ellos, estamos estableciendo una línea entre la gente sin ideología y el anarquista que, mentalmente, no dista mucho de la que hay entre el desposeído y el propietario: intereses distintos cuando no contrapuestos.

Hay que analizar qué interés legítimo y coincidente con nuestras ideas y praxis tiene la gente y tratar de meterle mano. La FAGC se dio cuenta en 2011 de la alarmante necesidad de vivienda que había en la Isla de Gran Canaria: entre 25 y 30 desahucios diarios con 143.000 casas vacías en el archipiélago. La gente necesitaba techo; pues eso había que ofrecerles, porque nuestras herramientas son ideales para ello y porque históricamente, desde la Comuna de París al Movimiento Okupa, ha sido parte de nuestro acerbo.

Ya he dicho que con la política del pan, siendo lo prioritario, no basta. Hay que usar grandes dosis de pedagogía (alejándose radicalmente del adoctrinamiento y el proselitismo), socializar herramientas formativas, fortalecer la independencia de la gente y crear círculos de compromiso dispuestos a no perder las conquistas conseguidas. Sí, el pan no lo es todo; pero es la única forma de que esa entelequia informe e indefinible a la que llamamos “pueblo” te tenga en cuenta y te distinga de los vendedores de humo. Sí, la propaganda por el hecho tiene sus límites, y mostrar el camino correcto y recorrerlo no es suficiente para que otros lo hagan; pero es la forma más honesta y coherente de difundir una idea y de intentar que la gente la adopte. La vía vivencial, de hacer lo que se predica, es lo único que te legitima a poner una propuesta encima de la mesa. Si no lo has vivido antes no me lo vendas. Darle a las necesidades básicas la prioridad que les corresponde, y no ofrecerle poesía, liturgia o escolástica al que necesita proteínas es la única forma de empezar a hablar en serio, la única forma de no demostrarse enajenado de la realidad.

Ciertamente los pruritos capitalistas y los raptos de burguesismo pueden permanecer en la mente del que gracias a tu ayuda ha dejado de ser un paria. Alejado de la miseria quizás se incremente más esa mentalidad consumista. Pero si se ha conseguido cambiar su situación vital a través de procedimientos libertarios, con tácticas de acción directa al margen de la legalidad, aunque esto no altere la psique del afectado, la realidad es que el hecho, el ejemplo, queda y subsiste, y es lo que sirve de referente para demostrar que si el material humano falla, las ideas y las prácticas no. De todas maneras, basta con que en uno de cada diez individuos germine la semilla de tu ejemplo de apoyo mutuo o autogestión para que la lucha social iniciada haya valido la pena.

Wilde nos hablaba en su El Alma del Hombre bajo el Socialismo (1890) de lo aburridos que eran los “pobres virtuosos”. Exigir que los pobres sean virtuosos, además de pobres, no es una cuestión de “aburrimiento”, si no de brutal e injusta insensibilidad. En la lucha social podrás descubrir personas que llevan años sin socializarse con nadie, que han sido excluidas de las más mínimas comodidades, que llevan décadas viviendo en estado de guerra permanente, que sienten que cuánto les rodea es hostil. Lo raro no es que desconfíen o incluso traten de aprovecharse de quien le tienda una mano; lo raro es que no se le tiren a la yugular. En vez de eso, muchas personas que han sido tratados como fieras peligrosas desde la infancia, constantemente hostigadas por su entorno, se embeben de una solidaridad dada a cambio de nada, salvo de compromiso, y de una forma de actuar que no acepta liderazgos ni servilismos. Se embeben tanto que la reproducen. Aprenden a ayudar a los demás, abren casas para familias sin hogar tal y como se les abrió a ellos; llegan a darse cuenta de que el siguiente paso está en defenderse por sí mismos, en la autonomía; la ilegalidad a la que antes recurrían por necesidad ahora tiene una finalidad más profunda. Puede que empiecen a interesarse por las ideas que les han llevado hasta ahí y empiecen a hablar de anarquismo; y si no, al menos ya no desconocen ese término ni lo temen. Se produce en ellos un cambio de paradigma.

Sin embargo, deberíamos de tener una cosa muy clara: el modelo anarquista que proponemos no necesita convertir a la gente en anarquistas para funcionar; sería aberrante. El anarquismo destinado a los anarquistas es chovinismo. El anarquismo es útil cuando se dirige a los que no son ni serán anarquistas. Es ahí cuando se demuestra que un proyecto y un modelo funcionan.

Nuestro objetivo es llegar a los que nada tienen, no para hacerlos anarquistas conscientes, sino porque sólo ellos, los que más sufren y padecen, tienen motivos objetivos para querer cambiar de vida y la razón para romper convulsamente con todo. El mensaje anarquista de libertad y autonomía acoge a toda la humanidad; el de tres comidas diarias y un techo sobre la cabeza sólo puede ir destinado a los que carecen de ello. La anarquía para los satisfechos, para los aburridos intelectualmente, es un artefacto inútil. Los principios libertarios son asumibles por todos, pueden cambiar la vida interior de quién los asuma, sin importar su ascendente; pero su programa económico y social va dirigido a cambiar la vida de los que hoy comen barro. Por eso es imprescindible intervenir en esa lucha; no hay otra forma de cambiar lo que nos rodea.

¿Cómo hacerlo? Desde dentro, sin partenalismos ni dirigismos. La táctica del “paracaidista” que salta sobre un conflicto, venido de quién sabe dónde, para arrojar luz, es la táctica del fracaso. Sólo cuando se te ha visto mancharte, sudar y sangrar estás legitimado para intervenir, y ni siquiera eso vence todos los recelos. Se debe crear un proyecto en el que las diferencias entre los anarquistas que lo inician y las personas generalmente no ideologizadas que lo vayan integrando se difuminen, sin rangos, ni vanguardismos ni primacías.

Participando en las inquietudes reales del pueblo, en las que se han generado en ellos, y no en la que nosotros queremos introducirles desde fuera. Una vez hemos tomado parte de sus intereses, de su lucha, de su reivindicación, nuestra misión como anarquistas es tratar de llevarlos un poco más lejos, un pasito más allá. Malatesta lo entendió con lucidez:

“Hagamos comprender a todos aquellos que mueren de hambre y de frío, que todas las mercancías que llenan los almacenes les pertenecen a ellos, porque ellos fueron los únicos constructores, e incitémosles y ayudémosles para que las tomen. Cuando suceda alguna rebelión espontánea, como varias veces ha acontecido, corramos a mezclarnos y busquemos de hacer consistente el movimiento exponiéndonos a los peligros y luchando juntos con el pueblo. Luego, en la práctica, surgen las ideas, se presentan las ocasiones. Organicemos, por ejemplo, un movimiento para no pagar los alquileres; persuadamos a los trabajadores del campo de que se lleven las cosechas para sus casas, y si podemos, ayudémoslos a llevárselas y a luchar contra dueños y guardias que no quieran permitirlo. Organicemos movimientos para obligar a los municipios a que hagan aquellas cosas grandes o chicas que el pueblo desee urgentemente, como, por ejemplo, quitar los impuestos que gravan todos los artículos de primera necesidad. Quedémonos siempre en medio de la masa popular y acostumbrémosla a tomarse aquellas libertades que con las buenas formas legales nunca le serían concedidas. En resumen: cada cual haga lo que pueda según el lugar y el ambiente en que se encuentra, tomando como punto de partida los deseos prácticos del pueblo, y excitándole siempre nuevos deseos”³.

Lo que intentó la FAGC con el Grupo de Respuesta Inmediata contra los desahucios y la Asamblea de Inquilinos y Desahuciados fue intervenir en una aspiración real de la población (la vivienda) y lejos de las propuestas moderadas y legalistas de las plataformas y colectivos locales, llevar la lucha por el derecho al techo a otros presupuestos, más profundos y más radicales. Esa es la primera etapa de nuestra lucha. Parando desahucios de forma combativa y realojando familias sin techo en casas unifamiliares expropiadas a los bancos, iniciamos el contacto con la gente y demostramos que se podía actuar de otro modo, más comprometido y más eficiente.

Inmersos en las aspiraciones habitacionales populares iniciamos la etapa de la Comunidad “La Esperanza”, porque hacía falta una demostración de fuerza, un proyecto lo suficientemente grande y llamativo cómo para que no pudiera ser ocultado a la opinión pública por mucho que se quisiera. Ante el victimismo de que hagamos lo que hagamos se nos silencia, hemos intentado mostrar que a despecho de las manipulaciones y tergiversaciones mediáticas, si se hace algo de gran magnitud es imposible que pueda quedar solapado y barrerse bajo la alfombra (a esto obviamente hay que sumarle una gran capacidad de trabajo y saber diseñar una buena “guerra de tinta”). Llega después una tercera etapa que ya explicaré en el último artículo de esta serie.

Lo hecho en esta segunda etapa tiene su importancia y significado, no sólo evidentemente por su dimensión social, por dar techo a un número tan ingente de adultos y menores, sino también en otros aspectos. En nuestro movimiento parece que ciertos think tank se disputan una ridícula hegemonía. Invalidan lo que dice su competidor con palabras, siempre con palabras. Si una propuesta se les antoja muy radical o muy reformista no tratan de contraponerle un ejemplo práctico que la desbarate; le contraponen otra idea. Cuando se criticaba por ejemplo la ILP de la PAH por inservible y legalista, la crítica podía ser muy certera (de hecho lo es), pero si no se le contrapone otra alternativa a la gente no le quedará más remedio que aferrarse a la única alternativa que hay puesta sobe la mesa. Nosotros criticábamos la ILP y como aval a nuestra crítica dimos vida, por ejemplo, a “La Esperanza”. Lo que hace falta es un action tank, grupos de acción que realicen actos que secunden nuestras teorías, un respaldo activista con resultados reales y cuantificables. Eso es lo que válida tu propuesta; lo demás es retórica, verborrea y papel, y eso tiene el mismo peso que un puñetazo sobre la mesa de un bar.

Empero, hay que ser realistas: si la línea vivencial debe quedar borrada entre los anarquistas y los realojados (pues esta es la única manera no sólo de evitar vanguardismos sino de propiciar la autoemancipación y sumar a los afectados a la lucha por su propia causa), hemos de saber detectar las diferencias y semejanzas de nuestras aspiraciones; ahí se hallan lo límites de la lucha social. Personalmente, como anarquista, y en relación a la Comunidad “La Esperanza”, podría preferir una ocupación sine die, un desafío constante al Estado y las entidades financieras, sobreviviendo en situación constante de emergencia. Pero precisamente, como anarquista, no me gusta disparar con pólvora ajena. No puedo lanzar a la gente, cargados de hijos menores, a luchar con molinos de viento espoleados por mis ideas. Debo conocer y comprender cuales son sus aspiraciones reales y hasta dónde están dispuestos a llegar y si ya han llegado lo más lejos que les era posible no tratar de forzarles a iniciar formas de lucha que aún no han nacido en ellos. La necesidad crea al órgano, y esas formas se darán de forma natural cuando sea el momento. Hay que entender que si para mí la ilegalidad es una opción y un recurso a defender, para ellos es una obligación nacida de la necesidad. Después de la guerra la gente quiere paz y eso no es criticable. En base a eso redacto documentos legales que me repugnan porque la comunidad de la que formo parte los necesita y confía en mi capacidad para darles cuerpo. “La Esperanza” ha decidido regularizar su situación, lanzar un órdago: si sale mal seguirá al margen de la legalidad y no abandonará las viviendas; si sale bien habrá conseguido vencer en su desafío al Sistema y haberle arrancado sus demandas.

¿Conseguir esas exigencias será el final de todo? Como Comunidad puede que sí, pero a nivel de estrategia global de la FAGC evidentemente no. Conseguir esta victoria sería un ejemplo de lo que se puede lograr mediante la ocupación, sometiendo a los bancos y los poderes públicos a una política de hechos consumados. Debe y puede reproducirse en más sitios. Pero si a esta estrategia no se le da una vuelta de tuerca final su resultado práctico, de tener éxito y propagarse de forma viral, será llenar el Estado de viviendas de protección oficial y aumentar el parque de vivienda pública, y ese no es nuestro objetivo. Nuestro objetivo es darle techo a las familias, pero cambiando completamente el paradigma social.

Cuando se interviene por ejemplo en la lucha sindical y se intenta una mejora en los horarios o en los salarios, lo que conseguimos, si triunfamos, es una victoria parcial y una demostración de fuerza. Esa necesidad de práctica, de hacer músculo, es lo importante. Pero si nos quedamos en la disminución de horarios o en el aumento de salario en sí, no haremos más que reforzar el modelo capitalista laboral. Si decimos que nuestras aspiraciones son otras, habrá que demostrarlo con hechos y no sólo con una declaración de intenciones. Lo mismo ocurre con el tema de la vivienda. La idea es que nadie se muera en la calle, esa es la prioridad; pero entendiendo que lo que propicia que eso pase es el modelo actual, y que por tanto no sólo hay que poner remedio a sus consecuencias sino también a sus causas. Dando techo y consiguiendo que no se eche al realojado de su casa demostramos fuerza y respondemos a una atrocidad, atajándola; pero si detrás de eso no hay un tercer movimiento esa demostración se quedará ahí, como un fin en sí misma.

La lucha no es un automatismo (luchar por luchar). Se lucha para destrozar barreras y alcanzar objetivos. ¿Cuándo sabes que la lucha es importante? Cuando alcanzado ese objetivo tienes la sensación de que aún no has hecho más que empezar.

¡Venga entonces el tercer movimiento!

Ruymán Rodríguez, FAGC


1 “Antes de proporcionarle al pueblo sacerdotes, soldados, jueces, doctores y maestros, deberíamos averiguar si por ventura no se está muriendo de hambre” (El trabajo y la teoría de Bondarev, 1888).

2 Aunque en honor a la verdad, a no ser que se produzca una dificultosa revolución global, cualquier forma de anarquía se dará siempre inicialmente rodeada de capitalismo, se dé en un pequeño pueblo, en una gran ciudad o en toda una región. Cambian los recursos, las competencias y la escala, pero en su imperfección es una manifestación de anarquía. Por eso tal vez yo pueda decir que he vivido en anarquía, y que es hermosa y es dura.

3 “En Tiempo de Elecciones”, 1890.

Anarquía a pie de calle (I)

Dos anarquismos

“El anarquismo no es una fábula romántica, sino un duro despertar […]” (Edward Abbey, A Voice Crying in the Wilderness [Vox Clamantis en Deserto], 1990).

Periódicamente las dicotomías entre “anarquismos” se suceden. A finales del siglo XIX era entre colectivistas y comunistas, organizadores y anti organizadores, individualistas y sindicalistas, sindicalistas puros y anarcosindicalistas, etc. Actualmente esta reyerta teórica, que parece desarrollarse de forma cíclica, se ha establecido entre insurreccionalismo y anarquismo social.

En tiempos decimonónicos algunos anarquistas quisieron desatar el nudo gordiano hablando de “anarquismo sin adjetivos”, y ya avanzando el siglo XX de “síntesis”. Hoy día apremia evolucionar.

Las disputas, si no se enconan y enquistan, son positivas; el debate teórico es sano; lo que es insalubre y suicida es que el debate sustituya a la militancia. Ciertos anarquistas no tienen más problemas militantes que el propio anarquismo: o vigilar sus esencias o ponerlo al día, pero la disputa sigue fijándose en un marco erróneo, igual que en el XIX.

Sí, la disputa entre colectivistas y comunistas nos ayudó a vislumbrar cómo una parte del anarquismo de la época seguía ligado a cierta concepción de propiedad privada y salario y cómo otra quería transcender de eso y ser generosa; también cómo una parte trataba de ser realista y práctica y cómo otra podía pecar de optimismo exacerbado. Era una cuestión de fondo que dibujaba maneras y actitudes. Pero también era una disputa por algo que aún no se había producido: una revolución social que pusiera la economía en manos de los trabajadores. El debate quizás pudo ayudar a perfilar mejor lo que sucedería en situaciones revolucionarias como la del 36, pero el debate por el debate, sin transcender del plano teórico, puede dibujar el mejor de los futuros, pero no deja de ser una especulación, un discurrir sobre la nada, cuando falta crearlo todo. Puede también que el debate sobre las distintas concepciones sindicalistas tuviera una dimensión más práctica, pero seguía basándose en una premisa errónea: transformar la praxis ajena. Sólo nos es dado cambiar nuestra propia actividad; si algo no te gusta trabaja en sentido contrario y que la práctica demuestre si andas errado o acertado. En consecuencia, el debate no debe fijarse más –no desde luego prioritariamente– en el terreno ideológico; la validez de una idea debe medirse en el terreno práctico, en el terreno de los hechos.

No se puede discutir cual o tal teoría es mejor sobre el papel, cuál satisfará mejor nuestras necesidades sin transcender de la hipótesis; debe comprobarse empíricamente y que los resultados hablen. ¿Pero qué requiere esto? Trabajo de campo, duro trabajo de campo. Y es eso, y no otra cosa, lo que divide a los anarquismos en liza. Basta ya de supuestas divergencias en base a acuerdos, congresos, pensadores y modelos imaginarios.

Desde mi punto de vista sólo hay dos anarquismos: el contemplativo y el combativo. Ya pueden recibir el nombre de insurreccionalismo o anarquismo social, cualquiera de los dos puede representar a alguna de las dos tendencias en algún momento.

El anarquismo contemplativo vive a través de vidas ajenas, su terreno es el debate centrípeto. Se sienta a analizar y a discursar, a anatemizar enzarzado en eternas luchas internas. Su campo es el de la teoría y el quietismo, sea de comité, de asamblea, de manifestación, de red social o de quema de contenedor (un teórico del molotov no es menos contemplativo que un teórico de despacho). El inmovilismo como modus vivendi; la pontificación como modus operandi. Charlas y difusión de ideas es su terreno natural, el ambiente donde se siente cómodo; incapaz de transcender de ese hábitat y saborear los adoquines o el bancal. El propio anarquismo en su campo de batalla, su objeto de disección, el sujeto de su militancia. El anarquismo contemplativo es la etapa infantil e inmadura de la ideología anarquista; por muy seria, respetable y vetusta que parezca.

El anarquismo combativo, el que defendemos y practicamos desde la FAGC, es el anarquismo que se faja, el que está a pie de calle, el que lucha. Sea tensionando en una manifestación para evitar que la gente quede impasible ante una carga policial, sea forzando las circunstancias para que un conflicto laboral no acabe en armisticio. Es el anarquismo que se moja, el que se arremanga y se mancha las manos. El que lucha en la fábrica, en la asamblea de barrio, en la calle. Gamonal y Can Vies son ejemplos de esto, la Comunidad “La Esperanza” también. Es el que ha sobrepasado los límites de las tertulias y la militancia oral. Ya no cree que verbalizando algo se consiga cambiarlo. Su actividad es centrífuga, no va dirigida a complacer a los “iniciados”, a convencer a los “convencidos”; el circuito de los compañeros se le queda estrecho. El discurso de consumo interno se le antoja cacofonía. No milita para los anarquistas; milita para llevar la anarquía al suelo, para llevar la anarquía al pueblo. Diseña sus tácticas y su estrategia, su hoja de ruta, definiendo bien qué quiere y cuándo lo dará por conseguido, para poder avanzar a la siguiente etapa. Su hábitat es el barrio, la chabola, el parque, el tajo, el terreno abandonado, la casa expropiada. Es el anarquismo entendido como ideología adulta, por osada y audaz que sea su actitud, por nuevos que parezcan sus planteamientos.

En mi experiencia en estos últimos cuatro años en la FAGC, y especialmente en los dos últimos en la Comunidad “La Esperanza”, he llegado a concebir el anarquismo en esos términos, como una ideología adulta. El idealismo es necesario, pero no basado en irrealidades ni quimeras, sino en la capacidad real de aplicar las ideas pertinentes para transformar el entorno. Hay que descifrar los límites de los propios mitos, sean ideológicos, teóricos o de cualquier clase; descubrir la falsabilidad de los pensadores de referencia y tratar de aplicar las propias ideas teniendo en cuenta que por muchos antecedentes que tenga lo que te propones, y por más jugo que le saques a experiencias pasadas (la historia debe entenderse como pista, no como remanencia), la realidad es que esta experiencia, esta concreta, nadie la ha intentado antes; sólo tú y los que te acompañan. El discurso exclusivamente autorreferencial se diluye y queda la dura realidad. Es dura, pero es tuya.

Esta realidad lo es porque se asienta en algo tangible. En los siglos XIX-XX existía un anarquismo de fábrica, y esa fue su gran fuerza. Existió también en ese periodo fini/primisecular un anarquismo cultural que dotó de soporte teórico y literario la obra muscular. Nosotros proponemos un anarquismo de calle, un anarquismo callejero, de barrio, de exclusión social. El obrero salido del siglo XX y que despierta al siglo XXI se da cuenta, después de haber sobrevivido a la coartada capitalista de la crisis, que de obrero cualificado que fabricaba casas para otros ha pasado a ser un sin techo. Personas abocadas a la marginalidad porque sin apenas transición han sufrido un cambio: obreros ayer; indigentes hoy. Algunos no han mutado; de forma endémica han nacido condicionados socialmente para ser carne de asfalto. El discurso anarquista les complace en su utilidad: les es natural la hostilidad a la policía y el rechazo a la sacralidad de la propiedad privada; les es imprescindible sobrevivir a través de ciertas formas de apoyo mutuo, por lo menos en determinados estadios. Si este discurso se convierte en la práctica en un modelo eficiente de necesidades básicas plenamente satisfechas entonces la anarquía funciona, es útil para ellos, y con eso, sin necesitad de hacerse anarquistas, les basta.

No hace falta que se nos encuadre en el insurrecionalismo por nuestra radicalidad o el anarquismo social por nuestra labor. Somos anarquismo de combate y las etiquetas de ese tipo se nos quedan estrechas. Hemos recibido un baño de realismo y hemos descubierto que la anarquía llevada a la práctica funciona, que puede gestionarse una micro sociedad de 250 personas de manera eficaz siguiendo ese modelo. Pero también sabemos que ayudar a alguien no cambia necesariamente su mentalidad, y esto ya lo expondré en un futuro artículo.

Lo que importa ahora es saber que un anarquismo de barrio, sumergido en la marginación social, trabajando en el ghetto, es imprescindible; un anarquismo implicado en los problemas reales de la gente. Es imprescindible no porque suponga por sí mismo la “conversión de la gente”, sino porque es la mejor, si no la única, forma de llegar a ella. Para llegar a la gente no queda otra que tocar sus intereses y necesidades.

Pero si para esto no funciona la provocación vacua, que al menos remueve el avispero, menos funciona el discurso de reformar instituciones. En un momento en el que la gente está más desapegada de la política que nunca, nuestra misión es forzar la ruptura, no invitar a la conciliación con nuevas maneras dentro de las mismas estructuras. La situación es proclive para relanzar la organización popular desde abajo, para movilizar a la gente (movilizarnos con la gente) en base a sus necesidades y exigencias primarias, para estructurar el subsuelo, para dotar de cuerpo y músculo a los que no tienen (tenemos) nada. Enredarlos en promesas electorales, en aspiraciones de políticas locales, en la creación de instituciones, es un suicidio: primero, porque nunca se han sentido tan distantes de ellas; segundo, porque por fin son capaces de hacer otras cosas. A un enemigo herido que tiene que reestructurarse a toda prisa no se le refuerza, se le remata. Las instituciones deben ser vistas como el adversario al que se le arrebatan cosas por la fuerza, a través de la presión y el desgaste; el contrincante al que se mina hasta que se le pierda el temor y el respeto. No como el arma que es buena o mala en función de quién tenga la empuñadura. Más allá del maquiavelismo y el oportunismo de la hipótesis, tengo una cosa clara: también los ratones antes de ser devorados imaginan estar jugando con el gato. Eso es jugar a la política: creer que le estás dando cuartelillo al que está apunto de fagocitarte.

Yo no juego a juegos donde las reglas las imponen otros. Y hay un anarquismo que tampoco. Ese anarquismo sabe dónde está su lugar natural para incidir en la vida social, se aleja de las peleas de capilla y se une a las aspiraciones del pueblo para punzarlas, hostigarlas, y ver si pueden ir más lejos. Este anarquismo no se establece en unos parámetros de superioridad moral (y lamento si mi retórica lo da a entender, pero no es mi intención repartir sopas con hondas), no lo propongo porque sea “la última palabra” en revolución social; lo planteo por una simple cuestión de supervivencia. O nos abocamos a la endogamia de “la anarquía para los anarquistas” (cuando la anarquía debe ser para la gente de a pie) o nos dejamos matar metiéndonos en estructuras de poder que nos comerán y excretaran antes de darnos cuenta. Hasta ahora esas parecían ser las únicas opciones: o cerrarse en banda o entregarse con armas y municiones. No puede ni debe ser así, nuestra supervivencia y la de nuestro mensaje está en el combate, está en la calle, está en las necesidades más instintivas del pueblo. Es necesario detectar qué necesita, ver si nuestra praxis puede proporcionárselo, adaptar nuestras herramientas al momento, elaborar un programa que dé soporte teórico a nuestras conquistas y, una vez alumbrado el camino, compartir dichas herramientas y colectivizarlas (sabiendo cuándo hacerse a un lado).

No me importan las caricaturas; lo de “anarquismo barriobajero” o “anarco-lumpen” no es la primera vez que lo oigo. Me importan los resultados. El anarquismo callejero ha proporcionado la mejor carta de presentación de nuestra práctica en años. La mayor ocupación de inmuebles del Estado español no la ha conseguido un partido, una coalición electoral ni una organización pro-sistema; la ha iniciado una organización anarquista a través de herramientas anarquistas y haciendo funcionar un modelo anarquista sin necesidad de que los implicados lo fueran. Ese anarquismo de barrio ha dado 71 viviendas a 71 familias que equivalen a más de 250 personas. No habla la teoría; hablan los números, hablan los hechos, habla la tozuda realidad.

Ruymán Rodríguez | Federación Anarquista Gran Canaria

Lee aquí la segunda parte.

Makhno, el insurreccionalismo y comedores veganos

«Si Makhno levantase la cabeza, os daba a las insus unas cuantas collejas.»
«El insurreccionalismo ibérico sigue siendo literatura incendiaria, riotporn y comedores veganos.»

Estos comentarios, a priori desafortunados y cuya autoría reivindico, fueron vertidas en las redes sociales por mí hace no demasiado tiempo que encendió la ira de ciertos personajes que se declaran insurreccionalistas. A estas alturas, muchas sabréis que soy muy crítico con esta tendencia dentro del anarquismo, ya que veo en el actual anarquismo insurreccionalista errores estratégicos garrafales. No obstante, que sea crítico no implica que quiera aportar una crítica con rigor al asunto, cosa que quiero dedicar en este artículo al margen del típico flame de Internet (comentario muy subido de tono y cargado de insultos, ad hominems y críticas destructivas). Sin querer caer en mitos e idealizaciones sobre el insurreccionalismo, aquí voy a aportar otra mirada que sirva para la crítica constructiva.

La tendencia insurreccionalista básicamente parte de tensionar los conflictos sin importar la coyuntura en que se encuentre ni cómo estén articulados las fuerzas sociales y políticas en el escenario, generando pequeñas insurrecciones cotidianas que se vayan extendiendo entre la población y que llegue finalmente a lograr una insurrección de masas. No obstante, aquí cabría distinguir entre insurrección e insurreccionalismo (la tendencia que propone las insurrecciones como estrategia), y que una insurrección no siempre es de caracter revolucionario. La propia definición de insurrección nos da unas pistas: un levantamiento violento contra el orden establecido. Esta definición abarca un gran abanico de tipos de levantamientos, que pueden tener detrás diversas tendencias políticas. Así pues, podemos hablar de levantamientos con carácter popular o levantamientos reaccionarios de tipo fascista, por ejemplo. De hecho, el insurreccionalismo no es exclusivo del anarquismo, sino que también esta táctica la pueden adoptar el marxismo-leninismo, como veremos más adelante.

Comenzando a aclarar el insurreccionalismo anarquista, miremos por un momento a Néstor Makhno. Las ideas de Makhno seguramente chocarían mucho con el pensamiento insurreccionalista actual, pues Makhno era un gran estratega y apelaba básicamente a la disciplina voluntaria, y la unidad teórica y de acción, valores con los que levantó un ejército bien estructurado en cuyas filas solo estaban formadas por combatientes de clase trabajadora (campesinos y obreros). Muy lejos del informalismo y los pequeños grupos de afinidad que pregonan hoy el actual insurreccionalismo. Makhno también encabezaría un movimiento que llevaría su nombre y su Ejército Negro era un ejército insurreccional que combatió entonces a la reacción aristocrática de la época, la naciente burguesía, también a la pequeña burguesía y al Ejército Rojo cuando trataron de liquidar el movimiento makhnovista. Sí, Makhno fue insurreccionalista, los guerrilleros y guerrilleras que combatieron en las filas del Ejército Negro también lo fueron. No obstante, el movimiento makhnovista no logró ser tal por la adoración al fuego de la revuelta y el caos, ni lo dejaron todo a la improvisación ni tuvieron como base los discursos incendiarios que acostumbramos ver en el insurreccionalismo actual, no. El movimiento makhnovista era la expresión de las masas campesinas por conquistar la organización de sus vidas en base a la libertad y la cooperación. El Ejército Negro era pues la fuerza armada que defendía esas conquistas.

Volviendo la mirada hacia casos más actuales, podemos ver que el insurreccionalismo del MIL (Movimiento Ibérico de Liberación) y los grupos autónomos se distancian de la rama nihilista actual de, por ejemplo, el FAI/FRI (Federación Anarquista Informal/Frente Revolucionario Internacional), ya que desde el MIL por ejemplo, sí buscaban una base social de apoyo en la clase trabajadora a través de acciones como expropiaciones de dinero a bancos para financiar las huelgas.

Luego, entre el insurreccionalismo de corte marxista-leninista encontramos a las Brigadas Rojas (Brigate Rosse) que operaron en Italia entre los años 1969 y 1987, y el MIR (Movimiento de la Izquierda Revolucionaria) fundado en 1985 en Chile y que actualmente siguen existiendo. En concreto el MIR, a parte de la lucha armada, siguen la estrategia del poder popular para tener bases sociales. Posiblemente existan otras organizaciones marxistas de cariz insurreccionalista, pero menciono estas a modo de ejemplo.

Como acabamos de ver, el insurreccionalismo puede tener detrás diferentes tendencias ideológicas, lo cual, no se puede hablar de insurreccionalismo como tendencia en sí. Respecto a los errores estratégicos en el insurreccionalismo, uno de los principales errores son el descuido de las base social al desvincularse de las luchas sociales, lo que en ocasiones llevaría a adoptar posturas vanguardistas, pretendiendo adelantarse a los procesos sociales que se dan en una determinada coyuntura. Sin embargo, este caso no es la regla, puesto que en el caso del MIR, su estrategia del poder popular les permitió sobrevivir, mientras que las Brigadas Rojas no pudieron al verse empujados hacia el terrorismo únicamente —sin olvidar que en aquella época en Italia la OTAN saboteó el auge del comunismo mediante atentados atribuidos falsamente al Partido Comunista—, lo cual hizo que se desvinculasen de las bases sociales y terminasen aislados y neutralizados. Otro de los grandes errores son sus análisis de la coyuntura, que tienen más de literatura que de información sobre la realidad material sobre el cual trabajar en la transformación social. Además de esto, la apuesta total por la improvisación y la destrucción en el ahora, sin tener estrategia política alguna ni hojas de ruta ni objetivos marcados y más o menos concretados más allá de la máxima de la libertad, así como la entrega total a la volatilidad de los grupos de afinidad informales, hacen que ciertas insurreccionalistas acaben invirtiendo muchas fuerzas para acabar yendo forzadas por la coyuntura tirando del «acción-reacción».

A pesar de estos errores, tengo que reconocer que el insurreccionalismo nacido de los años ’70 y ’80 fue una respuesta contundente y necesaria, como un toque de atención y una salida hacia delante ante la derrota generalizada de las izquierdas a la izquierda de la URSS, entre las cuales se incluye el anarquismo, estancadas en el burocratismo, incapaces de innovar y de adaptarse a la coyuntura de un neoliberalismo naciente. Es en aquella época en que el insurreccionalismo y las subculturas como el anarkopunk permitieron, de alguna manera, la supervivencia del anarquismo. No obstante, mucho ha llovido desde aquellas décadas de finales del siglo XX. Unos 30 años después, la coyuntura cambió y está cambiando rápidamente y estamos asistiendo a una época en que las subculturas están siendo asimiladas por el capitalismo y la reestructuración capitalista que no es más que otra vuelta de tuerca del neoliberalismo siempre a la ofensiva, además del acecho del fascismo como tendencia para captar sectores descontentos de la población. Por ello, nos urge cambiar de estrategias. Nos toca realizar de nuevo los análisis de coyuntura y articularnos como alternativa política seria que plante cara al neoliberalismo y se supere la mera resistencia para poder pasar a la ofensiva, pero no una ofensiva de disturbios y pequeñas insurrecciones, sino una ofensiva a partir de un proyecto de mayorías, del poder popular como fuerza política revolucionaria.

Volviendo al hilo, en cuanto al insurreccionalismo anarquista, hay casos y casos. En el caso de la región española, la afirmación de que el insurreccionalismo aquí no es más que literatura incendiaria, riotporn (darle más importancia a los disturbios y pajearse con el fuego, obviando el trasfondo de un conflicto social en cuyos acontecimientos hayan disturbios) y comedores veganos acierta bastante de lleno si lo comparamos con Atenas por ejemplo, donde las anarquistas insurreccionalistas, incluso de la rama nihilista, hacen cosas por el barrio liberando espacios (okupas), manteniendo a raya a la policía, los fascistas, el tráfico de drogas y protegiendo a la población inmigrante que ve en Exarchia un barrio seguro, así como la fuerte solidaridad que desatan por las militantes presas. A pesar de todo, hay que decir que no toda residente en Exarchia es anarquista, sino personas no expresamente ideologizadas que se volcaron hacia la autogestión como respuesta a la aguda crisis económica griega. En cambio, aquí en el Estado español siquiera podría decirse (según algunas compañeras) que existe el insurreccionalismo. No hace falta indagar mucho para encontrarnos con textos incendiarios en cualquier página web o en un panfleto insurreccionalista en el Estado español, ni qué decir de la estética del encapuchado, el fuego y las barricadas que acompañan a los textos y sus espacios. ¿Y qué hay de acciones más allá de montar comedores veganos para conseguir algo de financiación, que en vez de parecer medios, parecen convertidos en fines? Desde luego que no puede compararse con las compañeras insurreccionalistas griegas. Ni Gamonal ni Can Vies tienen que ver con las insurreccionalistas puesto que, en el caso de Gamonal, las respuestas fueron articuladas desde las asambleas vecinales y la victoria fue posible no gracias a los disturbios, sino a la movilización del pueblo y la solidaridad desatada en todo el territorio español. Y en el caso de Can Vies es similar, con más de 17 años de historia creando barrio y con diversos colectivos sociales y políticos articulando las protestas. Así que, que no se cuelguen medallitas solo porque hayan sido protestas violentas, que parece ser además lo único que valoran, obviando el tejido social creado. He aquí las razones por las cuales publiqué las frases aquí expuestas al principio del texto, pues además el pensamiento de Makhno dista mucho del imaginario insurreccionalista actual en el Estado español.

Como conclusiones finales  y apartir de todo lo dicho, puedo decir que el insurreccionalismo solo podrá tener cierto éxito si consigue tener una base social de respaldo (que permitiría resistir los golpes represivos que fácilmente neutralizan la actividad insurreccional al aislarla de la sociedad), que le dé contenido político y constituya así una fuerza real revolucionaria. De hecho, incluso desde el anarquismo social se tendrá que adoptar la estrategia insurreccional cuando nos hayamos constituido como fuerza política real, como pueblo articulado políticamente, cuando hayamos realizado nuestro proyecto de mayorías, y llevemos el conflicto de clases al nivel político-militar (revolución social o guerra popular), como está pasando en Rojava y como ha pasado con el movimiento makhnovista. Dicho de otra manera, las estrategias tienen que adecuarse en cada coyuntura. No se puede adoptar una estrategia insurreccional sin tener apenas inserción en movimientos sociales y populares amplios, sin haber un alto grado de conflictividad social en el cual estén en marcha procesos de creación de poder popular y, por tanto, su articulación política; ni tampoco podemos apostar únicamente por la estrategia de inserción social, estrategia que en la coyuntura inmediata es más que acertada pero que no lo será cuando se construya un contrapoder popular y haya que pasar a la ofensiva.

No tengo principios

Cuando terminé 2º de bachillerato y me preparé para presentarme al examen de selectividad (las PAU), cuatro chavales y dos chavalas estaban en la entrada del centro escolar donde tenía lugar dichos exámenes. Eran bastante jóvenes y no llevaban muchas pintas. Uno de ellos hablaba por un megáfono criticando las PAU y la Universidad, así como la educación en general. Uno de ellos llevaba una bandera anarquista y una chica me dio una octavilla que acepté gustosamente. En esa época tenía una mente muy volátil. Tan pronto como me interesaba el leninismo como la socialdemocracia o el anarquismo. Pero no me preocupaba de tener una tendencia política marcada y siempre me definía como de izquierdas. No obstante, esa octavilla me convenció. Era un breve texto que llamaba a no entrar en la Universidad, porque allí es una fábrica de mano de obra cualificada que servirían para satisfacer las demandas empresariales. Pero hice las PAU igualmente y al final decidí irme a FP.

En dos años cabé mis estudios y la empresa donde hacía las prácticas me hizo el indefinido. Desde entonces, pude emanciparme y ser independiente con un trabajo que medianamente me gustaba y sueldo aceptable. Nada más domiciliar mi nómina, el banco me ofreció una ganga de hipoteca que no dudé en firmar ya que pensé que con este sueldo y trabajo estable, lo podría pagar sin problemas. Eran los felices años 2002, en el que podías creerte clase media sin serlo y hacerte amiga del jefe porque él también trabajaba, te pagaba tu salario religiosamente, no te exigía horas extras, hacía cenas de empresa bastante a menudo y nos integraban, te dejaban cogerte más días de vacaciones… No sabía entonces los peligros que suponían hacerte más amiga del jefe que de tus compañeras, pero fue así. Éramos tan colegas que la explotación asalariada se disimulaba demasiado bien.

Pero llegó la crisis y la cosa cambió. Nos tocaron la jornada, los salarios y los horarios. Despidieron a algunas compañeras pero no hacíamos nada porque nos impedía razonar adecuadamente por el buen trato de la dirección que han tenido con nosotras durante mucho tiempo. A esto hay que añadirle su chantaje emocional: «tengo familia», «todos tenemos que apretarnos el cinturón», «me duele mucho más que a ti», «estamos en el mismo barco», «si cierro te vas a la calle»… Cosas así nos repetía el jefe. Las cenas de empresa dejaron prácticamente de hacerse, quedábamos en plantilla algo más de la mitad y haciendo horas extras sin cotizar. Pero callábamos. Ninguna quería irse al paro. Hasta que un día perdí la cabeza e insulté y amenacé al jefe. No aguantaba más y me dieron la patada. Unos días más tarde, una compañera de trabajo me comentó que debía haberme sindicado puesto que, según ella, el sindicato es la organización de los y las trabajadoras para defensa de sus intereses como clase.

—Da igual, ya es tarde y estoy en el paro —le respondí—. Posiblemente no encuentre trabajo.
—No te rindas todavía. Ve echando currículums y tirando de contactos, que algo saldrá. Por cierto, no perdamos el contacto tampoco, querida.

Seguí su consejo y en unos meses, me llamaron desde una ETT. Me vi forzada a aceptar cualquier cosa ya que hace un mes que tenía agotada la prestación por desempleo. A partir de entonces, decidí afiliarme a un sindicato que se decía anarquista para ver si podía luchar contra esta precariedad. No obstante, el sindicato no cumplía las expectativas que puse en él, pues los y las compañeras del ‘sindi’ dedicaban más tiempo a hacer otras actividades propias de colectivos sociales que sindicalismo. A mí me interesaba hacer cosas en el curro y en las asambleas siempre proponía el cómo afrontar el problema de la subcontratación con pocos resultados. Pero casi siempre allá donde aterrizaba me era imposible hacer algún tipo de actividad sindical, porque cualquier pequeño indicio de sindicalismo era motivo de calle. Así de gratis y por las buenas: calle. Aunque lo peor de todo, era lo poco que ayudaban las compañeras del sindicato. La volatilidad era terrible y me sentí sola. Al rato, la ETT quiso prescindir de mí. Por esta vez, gracias al sindicato conseguí una indemnización por despido. Y vuelta a empezar, esta vez tirando de cursillos del INEM y como no tenía suficientes días cotizados, solo pude coger el subsidio de desempleo: 426 míseros euros.

De aquí a unas semanas, el banco comenzó a acosarme con el desahucio. Estaba soltera, no quería tener pareja por miedo a perder la independencia que tengo gracias a la soltería. No obstante, una casualidad de la vida me jugó una buena pasada. Cuando volvía de hacer una compra una mañana, me encontré a unos 100m un grupo de gente gritando «no toleramos ni un desahucio más», rodeada por decenas de policías buscando alguna manera de dispersar a las personas allí concentradas sin que se note demasiado porque pasaban entonces mucha gente. Era una avenida bastante concurrida. Cuando me acerqué a ellas, un policiía me paró para identificarme sin motivo alguno. Querían intimidar a todas aquellas que quieran sumarse a la convocatoria de Stop Desahucios, aunque no lo consiguieron porque cada vez más personas se paraban a observar y las vecinas se asomaron a la ventana gritándoles a los policías que se vayan. Cuando llegó la comisión judicial, les notificaron que aplazarían el desahucio y podrían sentarse a negociar con el banco. Todo acabó bien y entonces hablé con personas allí concentradas para explicarles mis problemas y qué podía hacer.

A partir de entonces, me hice activista anti-desahucios y participaba a menudo en la asamblea de vivienda. Dejé finalmente el sindicato y mientras estaba en el paro, las compañeras de esta asamblea me ayudaban en lo que podían, incluso a negociar un alquiler social con el banco. Estuve con ellas unos meses parando desahucios, solidarizándome con las reperesaliadas y participando en manifestaciones convocadas por otros colectivos y organizaciones.

Unos días más tarde, pude encontrar trabajo gracias a un compañero de la asamblea. Durante el período de prueba, he estado bastante explotada pero observando la actividad sindical en la empresa, y hablando con sindicalistas de distintas centrales a la salida del trabajo contándoles mi situación. Necesitaba un sindicato que funcione como tal y que defienda los intereses de la clase a la que pertenezco, que sea participativo y acoja nuevas propuestas, que sea operativo en la empresa y pelee. Da igual si es anarquista o no, si participa en el comité de empresa o no. La cuestión es que sea funcional, que sirva como herramienta de lucha porque este es el papel de un sindicato, y el sindicato ni es un grupo de amigos ni son redes clientelares ni organizaciones políticas.

Cuando superé el período de prueba, me hicieron un contrato de año y medio, con salario más o menos decente y cotizando por fin. No dudé en sindicarme unos días después de haber escogido el que más se adecuaba a mí y donde me sentí más cómoda. A partir de entonces, comencé mi actividad sindical en la empresa y poco a poco estaba consiguiendo simpatizantes que venían a mi centro por una ETT. Mi idea era la de integrar al mismo centro de trabajo a las trabajadoras subcontratadas con las de plantilla. Durante este tiempo, tampoco dejé la asamblea de vivienda que se integró en la asamblea de barrio. Entonces llegó una convocatoria de huelga a nivel regional y estuvimos trabajando en prepararla para que se lleve con éxito.

Para el día D paralizamos casi toda la empresa y nos hemos llevado también a todas las subcontratadas. Nuestra central sindical consiguió ser la más representativa de la empresa, y la más combativa, a pesar de participar en el comité de empresa, cosa que no me terminó de convencer del todo pero lo asumí por cuestiones tácticas. En una manifestación, se me acercó un chaval de otro bloque de una manifestación paralela a increparme.

—¿Tu ahora qué haces allí? ¿No eras anarquista o es que no sabes que tu sindicato está en los comités de empresa?
—Sí. ¿Y qué importa eso cuando los miembros del comité no deciden sobre la asamblea? Quise un sindicato que pelee en la empresa y por eso…
—¡Venga ya! Eres una vendida, ¡no tienes principios!

Aquello último me marcó mucho. No sabía qué responderle y volví con mi gente. Sin embargo, estaba segura de que si existiera un sindicato igual de combativo y sin participar en las elecciones sindicales, me iría allí.

Cuando volví a casa, al ordenar un poco mi habitación encontré ese panfleto que repartieron el día de las PAU. Lo volví a leer y me tumbé en la cama a reflexionar. «No tienes principios»— me resonaba aquella voz. Sí. No tengo principios. Nunca los tuve. ¿Para qué? ¿Para reafirmarse en el grupo de amigos? ¿Postureo? Las circunstancias de mi vida me han llevado hasta aquí: a haber sido engañada por las falsas ilusiones burguesas, luego a plantar cara a los problemas sociales cotidianos, a ayudar a las más desfacorecidas, a aquellas que les amenazan con quitarles la casa, a las que tienen problemas en el trabajo, a quienes dan la cara y sufren los porrazos, las multas y las penas de prisión, a quienes les niegan la atención sanitaria y ésta se vea cada vez más deterioradas… En mi efímera adolescencia soñaba con el fuego de la revuelta y las miradas de complicidad en cada disturbio, con okupar casas y vivir del pillaje, no trabajar nunca y simplemente vivir la vida salvaje, errante, viajando por el mundo de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo. O si no es eso, dejar el trabajo asalariado e irme a una cooperativa integral a hacer mi vida, a encerrarme en la burbuja de una sociedad paralela y pasar de las luchas reformistas, esas que paran desahucios, negocian alquileres sociales, piden aumentos de salario, cumplimientos del convenio, no privaticen los servicios públicos… y dedicarme a la realización personal y espiritual. Todo para tener principios y ser coherente.

Pero la realidad fue un duro revés para mí. Esos sueños adolescentes se desvanecen cuando contacté con la realidad, cuando me di cuenta que aquello en lo que creía en la adolescencia no era más que literatura o de unas cuantas aventureras que quieren su libertad en el ya, o de personas sensatas que experimentan modelos de vida alternativos. A pesar de todo, la realidad en la que me ha tocado vivir tiene otras dinámicas y jamás coincidirá con mis expectativas y mis caprichos. Me ha tocado esta situación, no puedo cambiar el pasado y corregir los errores que cometí. Ahora se trata de salir adelante.

Envuelta en un mar de dudas, me pregunto, ¿dónde está esta gente con principios? ¿Dónde están que no las veo en las asambleas de barrio? ¿Dónde están cuando damos la cara parando desahucios u ocupando sucursales bancarias? Incluso, ¿dónde están cuando liberamos un edificio entero para realojar a las familias desahuciadas? ¿Dónde están cuando pedimos solidaridad con unas compañeras represaliadas, sin importar sus ideologías políticas, pero luego nos increpan por desconocer los casos de encarcelamiento de sus compañeras anarquistas? ¿Dónde están cuando se necesita apoyos en las huelgas indefinidas? ¿Dónde están, en general, cuando apostamos por la construcción de movimientos populares, por contribuir al crecimiento del sindicalismo combativo en los centros de trabajo, por el crecimiento del movimiento estudiantil y en general, por extender las luchas? De hecho, la gente de los movimientos sociales en general (incluidas algunas anarquistas) que no resaltaba sus principios era la que estaba en primera línea dando batalla, aunque hay excepciones… Otras simplemente aparecen encapuchadas en las manifestaciones para tirar piedras y luego desaparecer, para que luego, las que no van preparadas para la guerrilla urbana se coman la brutalidad policial y las represalias. ¿Quiénes son esa gente con principios? ¿La vanguardia del proletariado? ¿La revolución de unas minorías?

Definitivamente, no tengo principios. Al menos no aquellos que se tienen como excusa para no dar un palo al agua. El problema es que, parece ser, que esa gente con principios se desentiende de todo. Pasa de todo lo que no entren en sus principios. Su pedantería les hacen ser las mismas personas que ellas mismas critican. Porque los principios deberían servir como base para construir alternativas políticas reales, para la intervención social y el fortalecimiento de los movimientos populares, para elaborar estrategias políticas, hojas de ruta, programas y proyectos de mayorías. En definitiva, para construir y no para el postureo, el folclore y los sectarismos. Y lo que le falta a esa gente con principios es que bajen de su pedestal o de sus altares y sean humildes, que se preocupen por los problemas sociales y participen en buscar soluciones, que se manchen como lo hacemos todas las que luchamos, que dejen de excusarse todo el rato y transmitir actitudes derroteras y, en su lugar, transmitan motivaciones y ambición aportando sus granitos de arena.

Análisis de conflictos sociales. Una aproximación

La conflictividad social ha existido desde los inicios de la humanidad hasta la actualidad y seguramente en el futuro, y va a continuar sucediéndose mientras sigan desigualdades sociales estructurales provocados por las relaciones de producción capitalistas. Empezamos con lo básico: ¿Qué es un conflicto? Un conflicto, en términos generales, se da cuando existen dos o más partes enfrentadas, lo que en este caso sería el enfrentamiento colectivo entre dos o más grupos humanos dentro de una misma sociedad. Hay muchos tipos de conflictos: bélicos (guerra popular, guerra civil, guerra imperialista…), laborales, vecinales/barriales, de clases, etc en el cual están involucrados numerosos actores, pero en este artículo vamos a trazar unas líneas básicas para el estudio y análisis de los conflictos sociales, ya que es importante que desde el anarquismo nos dotemos de herramientas analíticas para obtener información sobre el cual trabajar en la creación de hojas de ruta orientadas a la transformación social.

En varias ocasiones, hemos visto análisis tan simples como, por ejemplo, que la intensidad de unos disturbios marcaba la radicalidad de los conflictos así como algo que se utilizaba como baremo para medir cuán politizada y luchadora era una parte de esa población. Estos análisis tan pobres solo sirven para construir espacios de confort y autocomplaciencia en el cual se disfruta del espectáculo de las revueltas. No obstante, un conflicto social es mucho más complejo que lo que se ve, que casi siempre suelen ser las acciones que más resaltan del conflicto, es decir, las acciones simbólicas y espectaculares. Para tener una buena base para el análisis de conflictos, necesitamos pues tener en cuenta los siguientes factores, los cuales, los acompañaremos con un breve ejemplo de la guerra de Kobanê como supuesto práctico:

Antecedentes. Este es el punto de partida de nuestro análisis. En este apartado, tendremos que analizar la evolución histórica de la población en donde se dieron origen los conflictos. Una vez tengamos los datos de su historia, procederíamos a encontrar las causas que dieron lugar al estallido del conflicto y sus detonantes.

Kobani es una ciudad de mayorías kurdas. La etnia kurda constituye uno de los pueblos sin Estado más grandes de Oriente Próximo que han tenido una cultura de resistencia que impidió que sean aplastados o absorbidos por los Estados-nación de la región. En concreto, Kobani es uno de los tres cantones que forman Rojava, el Kurdistán occidental, que recientemente han declarado la autonomía democrática, proyecto político llevado a cabo a iniciativa del PYD, partido hermano del PKK que opera en Turquía. Entonces, Kobani funciona bajo el confederalismo democrático, cuyas bases son el feminismo, el ecologismo y un comunalismo inspirado en el zapatismo, que en la práctica se traduce en un sistema de democracia directa en el cual las bases son las asambleas que actúan en diversos ámbitos de la vida cotidiana (género, comunidad, economía,…) en donde se toman las decisiones que atañen a la población.

Al estallar la guerra civil siria, la región de Rojava eligió no participar en ninguno de los bandos enfrentados y así conseguir una relativa paz en el norte de Siria. No obstante, esa relativa paz fue perturbada, a mediados de septiembre de 2014, por la invasión del Estado Islámico que venía desde Iraq y pasando por Siria. Atacaron Kobani ya que querían primero conseguir un respiro tras algunas pérdidas en Iraq y alcanzar la frontera turca, lo que supondría también dividir los cantones que formaban Rojava. Las milicias kurdas YPG e YPJ no tardaron en reaccionar.

Espacio y tiempo. Los conflictos siempre se dan en un espacio en concreto y en un período de tiempo determinado. Aquí tendremos que situar en el mapa las zonas en las cuales se dan los conflictos, la expansión a otros territorios, las retiradas o sus desplazamientos; así como marcar en la línea temporal los inicios, los acontecimientos y su continuidad en el presente o su finalización.

La batalla en Kobani duró aproximadamente cuatro meses, siendo el día 27 de enero del 2015 el día de la declaración oficial de la liberación de la ciudad. No obstante, el conflicto no termina aquí, pues los combates todavía continúan hoy a las afueras de la ciudad.

¿Dónde se sitúa Kobani? Kobani es una ciudad fronteriza con Turquía al norte de Siria y toma esta posición en el mapa:

Al anterior mapa habría que complementarlo con otros más que muestran la variación de los frentes de batalla, como por ejemplo, éstos: 1, 2, 3, 4 y 5.

Tejido social y actores involucrados. El tejido social es la composición social de los territorios en conflicto, es decir, cómo están distribuidas las clases sociales, la distribución de la riqueza, su componente cultural y étnico, el grado de organización popular y cohesión entre las clases populares, etc. Y cuando hablamos de actores aquí, hablamos de entidades colectivas que se articulan como una fuerza política que juega un determinado papel en el conflicto. Un actor político es aquella fuerza que interviene en el escenario político y social, y su nivel de fuerza se caracteriza primero por la base social y el apoyo popular que tiene, y luego, por su grado de cohesión interna (unidad teórica, organizativa y de acción).

A lo largo de un conflicto, las fuerzas de los actores varía en función de quiénes tienen una mejor estrategia política y por tanto, influir más en el tejido social y los movimientos populares. Hay que tener en cuenta primero que, como los gases, toda fuerza o actor político tiende a ocupar todo el espacio posible y, por tanto, los vacíos políticos no existen. Tampoco podemos pensar en solo dos opuestos enfrentados, sino que hay que verlo como un conjunto de relaciones entre las fuerzas políticas en el tablero, como la neutralidad, las alianzas tácticas/estratégicas o políticas, las rivalidades y las enemistades o de confrontación directa. Además de esto, tendremos que distinguir entre actores principales, quienes protagonizan el conflicto en el cual participan, y actores secundarios, que forjan alianzas con los principales o son independientes sin llegar a tener influencias decisivas. Durante un conflicto, pueden irrumpir en escena nuevos actores (fuerzas políticas que van ganando base social, jugando acertadamente la política de alianzas y aumentando su capacidad ofensiva) y/o que otros actores bajasen del escenario (debilitamiento interno, escisiones, estancamiento, aislamiento de su base social…, en otras palabras, pérdida de fuerzas e influencia en el escenario).

La composición social de Kobani no solo es de mayorías kurdas, sino también en la región conviven otras etnias como asirias, turcomenas, árabes, entre otras, que también han sido incluidas en la participación política y la sociedad de la región. También, conviven diferentes confesionalidades religiosas, como cristianas, musulmanes, laicas, entre otras. En Kobani no podría señalar con exactitud la composición de clases, aunque una aproximación a ella nos diría que predominan prácticamente las clases populares con capacidad para administrar la economía y la política. Rojava en general y en concreto Kobani están en una situación de embargo llevado a cabo por Turquía y el gobierno del KRG con Barzani a la cabeza y aliados de Turquía y Occidente. Hay que decir que no toda la población se adscribe al confederalismo democrático, aunque tienen voz igualmente y pueden participar en las asambleas.

Los principales actores en este conflicto son, en un lado: el PYD como fuerza política, las YPG-YPJ junto con otras milicias kurdas menos conocidas como fuerzas político-militares. Y en el otro lado, se encuentra el Estado Islámico (ISIS). Los actores secundarios serían, por un lado, fuerzas aliadas de las kurdas: Pershmergas (la milicia del KRG que decidieron finalmente ofrecer apoyo militar a Kobani pese a sus diferencias políticas), el Ejército Libre Sirio (entrada posterior) y EEUU (aunque jugó un papel muy pasivo, pero con la excepción de algunos bombardeos y envíos de suministros para las YPG/YPJ). Y en el otro, se encontraba Turquía que ofrecía apoyo logístico al ISIS así como económico comprándoles el petróleo. 

Escenario y acontecimientos. La configuración de los movimientos populares y su fuerza real dependerá de los actores políticos principales en el escenario, así como de las fuerzas políticas enemigas con quienes están directamente enfrentadas. El escenario son los lugares donde se dan los acontecimientos que forman parte del conflicto, es decir, donde tienen lugar los enfrentamientos directos y la implementación de las estrategias de los actores políticos y movimientos populares en escena.

Los acontecimientos forman parte del desarrollo de los conflictos, los cuales son todas las acciones llevadas a cabo en el transcurso de un conflicto. Además, serían la parte más visible, y es por el cual se entran a conocer los conflictos. En esta parte, se analizan las acciones, reacciones y los movimientos de cada parte involucrada, así como las tácticas y estrategias llevadas a cabo por los actores políticos y los movimientos populares.

Ante los ataques terroristas del ISIS, gran parte de la población civil huyó de la ciudad buscando refugio tras la frontera turca. La salida de la población civil permitió a las milicias hacer más agilmente sus maniobras militares. Quienes se quedaron, ofrecieron todo su apoyo, tanto logístico como de cobijo a las milicias para que puedan realizar sus misiones. De hecho, las YPG/YPJ estaban totalmente integradas con aquellas personas que decidieron quedarse en la ciudad para ofrecer todo el apoyo posible. Gracias a la perfecta sincronía entre fuerzas político-militares y la población civil, resistieron y pudieron vencer, y esto es, el pueblo articulado políticamente.

La guerra se desarrolló en la misma ciudad de Kobani, donde en los días más críticos el ISIS dominó más de la mitad de la ciudad, y en los alrededores. Militarmente, el ISIS fue superior ya que traía armamento pesado de Iraq y tenía afluencia de nuevos militantes que entraban a Siria sin muchos problemas a través de la frontera turca. Entraron con tanques, atacaron con morteros y lanzacohetes, además de utilizar coches bomba y atentados, así como matanzas hacia la población civil. No obstante, el ISIS no pudo contra la articulación político-militar del pueblo. Las YPG e YPJ, armados solo con armamento ligero y algunos lanzacohetes, pudieron con mucho esfuerzo y sacrificio, aguantar los embates del ISIS e incluso lanzar contraofensivas exitosas contra los terroristas, entre ellas, una que liberó una gran zona al oeste de Kobani en octubre. Relatar todos los sucesos y batallas daría para largo si además tenemos que incluir las acciones que siguieron otros actores políticos secundarios.

Trasfondo. Aquí realizaremos el análisis a un nivel más teórico y estructural, donde tendremos en cuenta los intereses, las motivaciones y aspiraciones de cada bando enfrentado, así como sus tendencias políticas (bases ideológicas), hojas de ruta, objetivos, reivindicaciones y programas. Incluso podría añadir los significados que tenga tal conflicto, lo representativo que puede llegar a ser, sus similitudes con conflictos pasados y el valor simbólico.

David Graeber escribió acerca de la similitud entre la guerra de Kobani con la Revolución Social de 1936 en España, en el cual, se compara la pasividad de la comunidad internacional y la poca repercusión y cobertura mediáticas que tuvo así como la vida en Rojava. Además de ello, la guerra tuvo un valor simbólico de un enfrentamiento entre los fanatismos y totalitarismos representados en los yihadistas y la libertad de los pueblos en Kobani y las milicias. Esta guerra retrató también que a la comunidad internacional no le interesa que exista una verdadera democracia en Oriente Próximo, donde tiene cabida la diversidad religiosa y étnica que conviven pacíficamente. Por otro lado, también demuestra que el socialismo libertario (aunque no perfecto debido a la difícil situación) no es una utopía, que es posible por mucho que lo nieguen los capitalistas. Las YPG e YPJ se comprometieron a defender la revolución hasta la muerte y en ningún momento renunciaron a este compromiso ni abandonaron a su gente, a la base social que confió sus esperanzas en las milicias, mientras que el ISIS es utilizado por las potencias occidentales para mantener constantemente una situación de guerra y tener excusa para intervenir en ella y disputarse los recuros petrolíferos. 

Al liberar oficialmente la ciudad de Kobani gracias a la ayuda de los Pershmergas y parte del Ejército Libre Sirio, los combates a partir de entonces fueron más holgados, ya que además capturaron mucho armamento y municiones que dejaron los terroristas derrota tras derrota. Rápidamente, se liberaban los pueblos de alrededor y poco a poco, la gente iba regresando a Kobani y a los pueblos liberados. Todas estas victorias dan unas inyecciones brutales de moral para el pueblo kurdo y las etnias oprimidas de Oriente Próximo, además de servir como ejemplos y motivaciones para la lucha de los pueblos del resto del mundo.

Consecuencias, finalización o continuidad, y «lo que deja». En todos los conflictos siempre hay daños, tanto materiales y físicos como psicológicos y morales. Por ejemplo, en el caso de los bélicos, deja muertes, ruinas, caos, desabastecimiento, éxodos, barbarie… Luego, hay coflictos que terminan y otros que continúan o entran en un nuevo ciclo con nuevos actores y nuevos intereses enfrentados. En la finalización, veríamos los resultados y consecuencias tanto en la población local como en otras partes cercanas o con vinculación a las zonas de conflicto, quiénes salieron victoriosos y quiénes tuvieron que cargar con la derrota, así como qué experiencias (errores y aciertos) dejaron en las luchas. Todo ello formaría parte del «lo que deja». Son las enseñanzas que quedarán grabadas en las páginas de la historia. En caso de que continuara, lo más acertado es buscar un hueco para intervenir a favor siempre de las clases explotadas, sea apoyando un conflicto lejano o intervenir directamente si nos queda muy cerca.

A pesar de la victoria sobre el ISIS en Kobani, la ciudad está completamente destrozada. Son solo ruinas y cadáveres y se ha convertido en un lugar prácticamente inhabitable como la ciudad de Homs, arrasada por la guerra. No obstante, surgieron muchas iniciativas de reconstrucción de Kobani en el cual participan colectivos e individualidades, entre ellos, la DAF, un colectivo anarquista turco muy afín al confederalismo democrático que ha estado apoyando a la lucha kurda desde tiempo atrás. Por entonces, al menos Kobani ya logró la paz con la eliminación del ISIS, pero les quedan la ardua tarea de reconstrucción.

Por una vez en la historia, el pueblo ha conseguido una victoria bien merecida y lograda que festejamos también el resto de pueblos del mundo. Esta victoria nos demuestra también que la guerra y la revolución se han de hacer a la vez, que solo el pueblo en armas puede lograr este importante acontecimiento, sin requerir de gobernantes ni ejércitos profesionales, sino una fuerza armada emanada desde el corazón de las clases populares. Seguramente les quedarán muchos retos incluso dentro del propio territorio. Sin embargo, aún el conflicto no ha concluido, pues la amenaza del ISIS sigue allí y los combates también. La situación del conflicto ha cambiado y se ha vuelto favorable para las kurdas por ahora, aunque no por ello tengamos que relajarnos.

Estos factores constituyen las líneas generales para el análisis riguroso de conflictos sociales, y decimos generales porque habrá conflictos en que se necesitarían añadir más factores u omitir ciertos puntos. Añadir también que todos los factores anteriormente mencionados están estrechamente relacionados entre sí, no pueden ser utilizados aisladamente. Por otro lado, he omitido bastantes datos en el supuesto práctico debido a que he tratado de ser lo más breve posible para no alargar demasiado el artículo, y que por lo visto, un análisis completo de un conflicto social requeriría un artículo muy muy extenso. He escogido este ejemplo porque creo que los conflictos bélicos de esta índole ilustran mejor la metodología de este tipo de análisis, lo que no quita que se pueda aplicar esta herramienta analítica para extraer información rigurosa y detallada de otros conflictos sociales, como las huelgas, las de barrio, territoriales, indígenas, etc.

Otro dato que tengo que señalar es que cualquier conflicto social tiene base en la lucha de clases, por lo tanto, es imposible entender bien un conflicto social sin tener una perspectiva de clase en los análisis. Estos conflictos sociales son manifestaciones coyunturales, con mayor o menor grado de intensidad, de la lucha de clases.

El objetivo principal del que deriva la dotación de herramientas analíticas es la intervención social y política de las anarquistas de cara a construir un proyecto de mayorías y revolucionario, no para quedarse única y exclusivamente en el mundo académico. Este análisis tampoco es neutral porque la neutralidad solo es la reproducción de los valores del sistema dominante, por lo tanto, nosotras la rechazamos. No obstante, sí pretende ser objetivo, imparcial y riguroso, ya que solo partiendo de estas bases podremos conseguir información veraz sobre la que trabajar y partir de bases sólidas para construir nuestras estrategias políticas. Por último, podéis probar a aplicar estas bases para analizar los conflictos en Gamonal, Can Vies y la huelga de técnicos y técnicas de Movistar y observad luego los resultados obtenidos.

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