Estrategias para afrontar la represión

La escalada represiva en estos últimos tiempos ha venido a raíz del aumento de la protesta social ante la crisis, y por ello, el Estado se encuentra en la necesidad de blindarse ante una posible escalada de conflictos sociales que desestabilicen los cimientos del sistema. Con ETA disuelta (fuera del escenario político actual), el Estado esta tratando de fabricar nuevos enemigos, y en este caso, ha tocado a las anarquistas, aunque no solamente. Colectivos antifascistas y la izquierda extraparlamentaria también se están viendo afectados por la represión, incluidas las plataformas ciudadanas. Casos como el de Alfon, el de Carlos y Carmen y otras detenciones a raíz de las últimas huelgas generales, las operaciones Pandora y Piñata, Aturem el Parlament, el Caso Expert en el cual piden años de cárcel a quienes defendieron su puesto de trabajo, represaliadas en la huelga indefinida de técnicos y técnicas de Movistar… son conocidos en nuestros ambientes. Ahora nos preguntamos, ¿qué es la represión y cuál es su objetivo? ¿en qué medida nos afecta y qué consecuencias nos produce? ¿estamos respondiendo adecuadamente a toda esta oleada represiva? Son cuestiones que iremos respondiendo a continuación para que podamos enfrentar la represión más eficazmente.

¿Qué es?

La represión es la manifestación del monopolio de la violencia del Estado, la cual, es utilizada para establecer el actual orden capitalista evitando el surgimiento de nuevas formas de organización política y social que amenacen su paz social. Hay que entender que la represión no es una deriva autoritaria de los Estados ni por su corrupción, sino que es inherente al capitalismo para que este sistema económico pueda mantenerse. La represión se materializa en varios niveles:

– En el más ‘directo’ encontramos a los cuerpos policiales y las fuerzas armadas, pues éstas actúan como fuerzas de choque que neutralizan las nuestras a través de la violencia tanto fisica como psicologica.

– En el nivel intermedio encontramos al poder judicial y el Código Penal. A través del entramado judicial y legal, nos llevan aquí al terreno del Estado, donde nos obligan a jugar sus cartas y donde nos podemos jugar la prisión o multas.

– Y finalmente, el tercer nivel es el castigo: las multas, la prisión y el sistema penitenciario. Las multas son castigos economicos, para dejarnos sin recursos, mientras que la cárcel, a parte de privarnos de libertad, sirve para destruirnos fisica y moralmente apartándonos de nuestros seres queridos y la socialización con el resto de la sociedad.

El objetivo principal de la represión es obstaculizar y neutralizar nuestra capacidad de lucha así como impedir que crezcan alternativas políticas que rompan con la explotación capitalista y aspiren a una sociedad más justa. Para ello, las estrategias represivas van encaminadas a, por un lado, aislarnos de la sociedad y evitar que nuestras actividades ganen apoyos populares, y por otro, generar miedo entre la población, evitando así que la gente comience a cuestionar las continuas medidas antisociales (recortes en general, privatizaciones, precarización laboral, pérdida de derechos sociales…) que nos imponen. La recientemente aprobada ley de Seguridad Ciudadana, más conocida como Ley Mordaza, es un intento del poder político de avanzar en este camino, es decir, establecer un marco legal sobre la represión y preventivo en su aplicación. La finalidad es violentar directamente la organización colectiva, la protesta social y las acciones cuyo objetivo sea construir alternativas a su sistema. Con el tiempo se pretende que, no solamente desde el activismo anarquista se tenga temor, sino que en general como sociedad asumamos y acatemos una serie de normas que van en la línea de reforzar su control dictatorial, a costa de normalizar la represión y amenazar preventivamente con severos castigos y venganzas ejemplarizantes ante la lucha social.

No debemos olvidar que, como herramienta inherente al capitalismo, la represión ha estado presente en toda la contemporaneidad histórica, por situar un periodo concreto que desemboca en la actualidad. A distintos niveles y con una gradualidad muy variada, las prácticas represivas por parte de la clase dominante hacia las disidencias políticas y sociales, se han venido dando de manera interrelacionada en el mismo espacio temporal y en lugares geográficos distintos. Podemos hablar de periodos temporales de distintos grados de represión en todos los países del mundo, ejercida esta represión siempre en escalada creciente cuanto mayor es la organización y resistencia ofrecida por la clase trabajadora.

Los montajes policiales, como un recurso de la perfecta maquinaria del Estado, como herramienta para la represión con el fin del mantenimiento del statu quo, deben ser asumidos como lo que son: una aberrante manipulación judicial y mediática que tratan de poner al conjunto de la sociedad en contra de los movimientos sociales comprometidos con la lucha. Estos montajes no son casuales sino sistemáticos, donde las irregularidades en los procesos judiciales, la manipulación de las pruebas, los testimonios sesgados, las declaraciones embusteras de la policía, etc, están a la orden del día. Actualmente, la represión nos está salpicando de dos maneras fundamentales: Primeramente, en manifestaciones en las que expresamos nuestras sensaciones de hartazgo y rabia, acabando arrolladas por la apisonadora policial. Segundo, organizando la solidaridad, y la lucha por la búsqueda de alternativas sociales, nos vemos atacadas antes incluso de llegar a crear una organziación potente o una red de coordinación, porque se infiltran en nuestras filas y consiguen reprimirnos antes de hacernos fuertes y difundir nuestras propuestas, criminalizando pensar o tener determinada ideología.

¿En qué medida la represión nos afecta?

Aunque la represión parezca que caiga con mayor peso sobre las anarquistas, la realidad ha demostrado que no. La represión cae sobre todos aquellos colectivos, personas u organizaciones que tengan el potencial de romper con su paz social, y por tanto, afecta a todo el movimiento popular: desde las activistas de la PAH y otros movimientos sociales, pasando por militantes de diferentes tendencias de izquierdas (comunistas, antifascistas, anarquistas, republicanas socialistas…), hasta huelguistas de cualquier sindicato mínimamente combativo o sin sindicar pero no agachan la cabeza. Entonces, ¿por qué los montajes policiales llamados Operación Pandora y Piñata han ido dirigidos expresamente contra anarquistas? La razones son sencillas: primero, a causa del cese de la actividad armada de ETA y su desaparición de la escena política, necesitan fabricar nuevos enemigos para infundir miedo entre la población. Y segundo, porque saben que el anarquismo no tiene una base social como otros movimientos sociales y que la estética insurreccionalista del anarquismo es fácilmente criminalizable, y por tanto, más facilidad para aislarnos política y socialmente del resto de la sociedad empujándonos hacia el bandidismo.

La represión es el principal factor de riesgo en la militancia política y social que puede caer sobre cualquier militante. Los daños producidos por la represión se traducen en un enorme desgaste en todos los niveles. Así pues, como activistas, somos conscientes del desgaste tan acuciante que supone la represión. En primer lugar, el daño físico: contusiones, lesiones y dolor al vernos expuestos a las agresiones policiales, además bastantes personas sufren consecuencias físicas graves y con secuelas para toda su vida (pérdida de órganos por pelotazos de la policía, marcas y disfunciones debido a torturas etc.) En segundo lugar, el desgaste psicológico: tanto para nosotras, como para las familias de represaliadas, puede ser muy grande la desestabilización emocional, las secuelas psicológicas, traumas, la inoculación del miedo, sensaciones de vulnerabilidad, impotencia, paranoia y debilidad, o sentirnos estigmatizadas socialmente. Pero la represión no solo afecta a nuestra integridad, también repercute en nuestra economía como es el caso de las multas y la necesidad de dinero para gastos judiciales tanto propios como para otras represaliadas además de para poder realizar campañas de visibilización, grupos y colectivos de apoyo y solidaridad con los y las presas… A nivel colectivo, la represión nos produce otro desgaste que tiene que ver con la carga de trabajo extra pero necesario al invertir esfuerzos en apoyar a nuestras compañeras, pues abandonar a las represaliadas supondría levantar la bandera blanca. En esta línea, se quiere decir que sin descuidar las principales vertientes en nuestro activismo, es cierto que mientras estamos trasladando bastantes de nuestros esfuerzos a la labor antirrepresiva, el trabajo constructivo de base en el que estamos inmersos los movimientos sociales existentes, se ve mermado en gran parte a costa de este esfuerzo de reacción frente a los golpes represivos que sufrimos.

No obstante, la represión no solo recae sobre los movimientos sociales, también afecta a los sectores más empobrecidos de la sociedad más preocupadas por buscarse la vida que por su estabilidad, a menudo mejor integradas en sus espacios (familia, pandilla, barrio) que en las conveniencias sociales y legales, tienden más a cometer lo que se suelen llamar «delitos comunes», como por ejemplo, delitos contra la propiedad, trapicheo con drogas… Este aspecto invisibilizado pero real, es otro castigo más a la pobreza. Esta clase de represión invisibilizada y aceptada socialmente, tiene su raíz en habernos robado la capacidad de análisis de las arduas situaciones sociales a las que el sistema capitalista nos expone en nuestra vida cotidiana, y que en concreto, empuja a las capas más azotadas por la pobreza de la clase trabajadora a cometer actos que provocan rechazo social. Hemos aceptado simplonamente el código moral dominante y sus normas sociales, de esta manera moralmente condenamos la usurpación, el hurto, la delincuencia común y juzgamos a las «malhechores» como si de defender a ultranza el bien social se tratara. Con ello, olvidamos que deberíamos analizar y establecer críticas sobre cuál es el origen de estos hechos, por qué somos los y las pobres quienes para sobrevivir nos vemos arrastradas en muchas ocasiones a estas prácticas. La delincuencia es el reflejo de que algo va muy mal en una sociedad, y que la desigualdad social y económica es la causa principal de la misma.

Ante todo esto, ¿cómo estamos reaccionando?

Cuando se parten de análisis erróneos, se llegan a conclusiones erróneas. Tal es el caso que los análisis hechos desde el anarquismo hasta hoy apuntaban solamente a que la represión era más fuerte contra las anarquistas porque somos la única tendencia que pone en peligro al sistema, y puesto que estamos contra el Estado, era normal que nos persiguieran con más saña que contra el resto de tendencias políticas. De ésto han salido incluso ideas románticas acerca de la persecución del Estado contra las anarquistas, presentándonos como una suerte de inocentes justicieras que luchan por una sociedad libre. ¡Craso error si tenemos en cuenta los puntos anteriormente expuestos aquí!

De este manera, en cuanto al modo de enfrentar esta represión, se ha enfocado mucho en un pulso de tú a tú, es decir, del «anarquistas vs Estado», lo que ha llevado a un enfrentamiento de tipo guerra de guerrillas dentro de un contexto marcado por una desigualdad descomunal de fuerzas, en el cual, los únicos actores de la contienda son la maquinaria represiva del Estado (policía, sistema judicial y penitenciario) contra anarquistas, que operan en pequeños grupos de afinidad informales en estado de semiclandestinidad en muchos casos, aunque existan otros casos donde hay más anarquistas involucradas en la lucha antirrepresiva. No obstante, el gran problema es el propio hermetismo de estas luchas hasta hoy. Al mirar solamente a las presas anarquistas y no al resto de represaliadas, ha llevado a las anarquistas a una lucha meramente autorreferencial y únicamente enfocada a las propias anarquistas, alejando este frente del resto de los movimientos populares, cuyas activistas también sufren golpes represivos y condenas, culpando además al resto por no solidarizarse con las anarquistas represaliadas.

De hecho, esta desigual correlación de fuerzas ha ocasionado que las luchas antirrepresivas de carácter anarquista adquieran una forma defensiva, donde al Estado le es fácil hacernos la guerra sucia y manejarnos como quieran, sea infiltrando secretas en nuestros colectivos o forzar a que nos solidaricemos con unas compañeras atacadas por puro azar para obtenernos más información, ficharnos y así mantenernos más controladas sabiendo de antemano que somos muy pocas y prácticamente sin apoyo popular. Esto supone también que acabemos actuando por inercia y forzadas por la coyuntura, cuyo principal síntoma es el tirar del acción-reacción, lo que se traduce en «golpe policial importante – respuesta en las calles». Incluso en ocasiones, las respuestas en las calles provocan el efecto contrario al deseado: en vez de ganar más apoyos populares, provoca su rechazo (como pueden ser armar unos disturbios en actos antirrepresivos, utilizar la estética del encapuchado y las consignas autorreferenciales). Estas dinámicas dan como consecuencia que en la cuenta de resultados nos salgan números negativos, es decir, suponen más detenciones y rechazo popular, lo que provoca más aislamiento y pérdida de simpatía entre la población e incluso entre los propios movimientos sociales.

Otro problema que se observa es la repetición de modus operandi que se ha demostrado que no funcionan: los mensajes autorreferenciales en las manifestaciones, el autoaislamiento culpando al resto de personas su indiferencia ante la represión, y el peor de todos, una estética inapropiada traducida en campañas antirrepresivas en que aparecen imágenes de disturbios, ataques a la policía, barricadas y encapuchadas, con lemas que no buscan el apoyo popular, sino que desafían directamente al Estado. Con esto además, alzamos a nuestras presas casi a la posición de mártires, haciendo flaco favor al movimiento antirrepresivo, porque somos útiles en las calles y no llenando las cárceles. La automartirización además es un signo de debilidad al basarse en el victimismo, o llegando en otras ocasiones a adoptar posiciones arrogantes y vanguardistas donde relacionan la radicalidad de las luchas por la cantidad de militantes presas. En muchos casos descontextualizamos los hechos y algunos movimientos buscan dar a conocer sus siglas, a través de los mártires de las luchas sociales. Parece que la consigna única y válida es la demostración a cualquier precio de la inocencia de nuestras compañeras. Sabemos que en muchas ocasiones, según los códigos penales de cada Estado, estaremos incurriendo en delitos que sabemos tipificados como tales, si aceptamos la legitimidad de una lucha contra el poder dominante que ejerce su violencia estructural, nos debería importar poco la culpabilidad de una compañera represaliada, y por lo tanto ejerceremos el apoyo mutuo automáticamente, porque asumiremos que los principios que nos mueven son los mismos. En otras palabras, atendemos a la legitimidad de las luchas, no a la legalidad. Más aún, en un escenario social donde la norma es «todas contra todas», seguimos abiertas a críticas por nuestras acciones -legales o ilegales-, pero de otros miembros de nuestra clase esperamos, en ese caso, un tirón de orejas, no que nos denuncie a las instituciones de la clase opresora. La represión no es motivo para exigir adhesiones acríticas, pero la crítica no es motivo para entregarnos unas a otras a la represión.

Hasta ahora, hemos estado repitiendo esquemas que se han demostrado ineficaces. No hemos visto que uno de los objetivos de represión es aislarnos para tenernos controladas. Por ello, es necesario romper este aislamiento, situación no solo provocada por la represión estatal, sino fomentada incluso entre las propias anarquistas, lo cual supone condenarnos a nosotras mismas. El distanciamiento con los movimientos sociales y los procesos de lucha actuales nos relega únicamente a los ghettos políticos, espacios herméticos incapaces de influir en la realidad material, lo que nos lleva también a esta incapacidad para enfrentar la represión marcada por la dificultad de encontrar apoyos fuera de nuestros círculos. La ineficacia de los métodos ocasiona otro desgaste extra en forma de frustración y desmoralización al invertir enormes esfuerzos para cosechar pocos resultados, aun teniendo que afrontar las propias personas solidarias la represión. Por ello, es momento de replantearnos un cambio de tácticas y estrategias con el fin de encontrar una salida hacia delante ante esta escalada represiva y no ya responder solo como anarquistas, sino también como todo el movimiento popular.

Unas pinceladas para el avance.

Por supuesto, no todo va a ser flagelarnos o hundirnos ante los peligros que sufrimos como militantes políticos, ni acabar siendo correa de transmisión del miedo al resto de la sociedad, ese ya es el trabajo de los medios de comunicación controlados desde la clase dominante. No obstante, después de conocer los detalles sobre lo que es la represión y lo que nos supone física, psicológica y socialmente, nuestra labor para avanzar será encontrar nuevos caminos o explorar algunos ya conocidos para autodefendernos y protegernos unas a otras en el ejercicio de nuestra lucha según nuestras convicciones. Por ello, expondremos unas bases de cara a construir unas estrategias de avance. Debemos aprender a informarnos colectivamente sobre la represión que podemos sufrir, dado el riesgo que corremos en cualquier protesta social actualmente. Es imprescindible difundir la información a nuestro alcance y realizar talleres y charlas, dando a conocer diversas experiencias represivas, con el objetivo de saber identificar de dónde viene esta represión y cuál es la legitimidad de quien la ejerce. Solo de esta manera podremos comprender que necesitamos el apoyo colectivo, y estar conectados con los movimientos sociales de manera amplia, pues si algo nos puede unir es la lucha contra la represión.

La maquinaria represiva tiene tácticas y estrategias. La policía no es tonta, al contrario, sabe en todo momento lo que está haciendo. El Estado justamente nos quiere empujar hacia el bandidismo o el terrorismo de baja intensidad, despojándonos de cualquier contenido político y social constructivo y jugando a una guerra de desgaste donde nos manejan como quieren, recibimos y encajamos duros golpes y nos hacen la vida imposible. En esta posición, aunque el Estado podría tranquilamente acabar con nosotras, les beneficia mantenernos en una lucha de tú a tú permanente para pintarnos como enemigo interno de cara a infundir miedo a la población. Tenemos que buscar, por tanto, una salida hacia delante ante semejante situación y a partir de aquí es donde tenemos que trazar hojas de ruta para superar esta dinámica.

Primero, tenemos que fortalecernos internamente. Por ello, lo esencial es cuidarnos a nosotras mismas, lo que nos lleva a tomar medidas de prevención adecuadas. Como primera barrera: medidas de seguridad y discreción en las redes y en la vida real, no compartir información sensible evitando facilitar información a los cuerpos represivos. Actualmente, las medidas de ataque del aparato estatal están íntimamente relacionadas con el avance tecnológico, por lo tanto, para conocer cuáles son las metodologías de represión actual y qué pretenden cada una de ellas, deberemos aprender cuáles son estas herramientas utilizadas contra nosotras y las estrategias para evadirlas. Para evitar la represión debemos acercarnos a la mimetización, sin destacar e incluso trabajar con suma discreción, como se ha hecho tantas veces. Como segunda barrera, establecer anteriormente en un documento que entregaremos a algún familiar o compañera de confianza, cómo se ha de proceder en la coyuntura de que nos veamos atacadas por la represión estatal, es decir, estar prevenidas y que no nos sorprenda desorganizadas. En caso de caer sobre nuestras compañeras, los cuidados y la asistencia, tanto psicológica como legal, para evitar que se derrumben o se quemen es vital para no tener bajas en nuestras filas. Estos cuidados van desde el envío de cartas de apoyo a las personas presas hasta estar cerca de aquellas envueltas en procesos judiciales, los grupos de apoyo y plataformas de solidaridad son la única manera de sentir cerca los lazos de amistad de quienes nos apoyan. Entran también en la prevención, como tercera barrera, el minimizar o evitar en todo lo posible más represalias en los actos de solidaridad con las personas represaliadas, esto es, tratar de no generar más carga de trabajo y no encajar más golpes represivos cuando salimos a las calles en apoyo a las personas detenidas, multadas y/o presas.

Lo segundo es la necesidad de dotarnos de herramientas de análisis para conocer a qué nos enfrentamos y poder dar respuestas efectivas. En este sentido, es necesario documentar las experiencias de otras luchas antirrepresivas para aprender de sus errores y aciertos. Todo esto servirá para elaborar estrategias con las que enfrentar la represión de forma eficaz, superando la inercia, minimmizando el desgaste y poner un punto de inflexión en las luchas sociales, asi para no caer una y otra vez en los mismos errores señalados. Difundir cada caso de represión en un contexto social concreto, como ejemplo de la injusticia del sistema capitalista. Afirmar a otras personas que no se tratan de formas autoritarias puntuales del sistema político, ni son casos aislados, sino que la represión es inherente al sistema de dominación impuesto. En este sentido, ayudar a construir una memoria viva sobre la represión contra las disidencias obreras organizadas tanto en el Estado español como internacionalmente, facilitará atesorar una perspectiva histórica enriquecedora, encaminada a comprender el presente.

De cara al exterior, necesitamos superar el problema del aislamiento y la marginalidad para poder conseguir más apoyos. Las campañas antirrepresivas tienen que tener la mayor visibilidad posible, por ello, es de vital importancia que trascendamos el hermetismo. Ante esto, tenemos que seguir trabajando en los siguientes puntos:

– La inserción en los movimientos sociales/populares. Debemos reconocernos en las luchas cotidianas como personas que luchan contra toda esta serie de injusticias que azotan a la clase trabajadora a causa de la reestructuración del capitalismo, y que las anarquistas somos personas que también compartimos problemas comunes con el resto de mortales pero que no se encierran en épocas nostálgicas, ni se quedan contemplando los disturbios de otras partes del mundo ni se quedan en eternos debates teóricos, sino que estamos igual que otras personas en primera línea presentando batalla. Y que además, desde el anarquismo planteemos alternativas políticas realizables y permitan mantener y escalar los actuales conflictos sociales al margen de las instituciones. Solo formando parte de los movimientos populares, es decir, completamente insertos en ellos, conseguiremos que, al caer sobre nosotras la represión, tengamos una base social de apoyo amplia. Logrando esto, superaremos el aislamiento.

– Estrategias comunicativas y renovación estética. ¿A quiénes benefician cuando el anarquismo es visto como caos, barbarie, destrucción, fuego, barricadas, terroristas, etc? Exacto, a la clase dominante. Claro que de cara para dentro, sabemos las propias anarquistas que no somos esas definiciones pero de cara al exterior, ¿qué hacemos para demostrar lo contrario a estas descalificaciones? Más estética del encapuchado, los disturbios y sus justificaciones, en vez de aportar experiencias constructivas de las anarquistas en las luchas sociales. Otro punto importante es no reivindicar siempre la ideología, pues la represión no cae solo encima de las anarquistas, cae sobre la clase trabajadora en su conjunto, en concreto a aquellas personas que luchan, independientemente si son sindicalistas, comunistas, socialistas, anarquistas o sin ideología definida, hasta sobre aquellas personas sin recursos que terminan cometiendo pequeños delitos. Resaltar siempre la ideología (¡son anarquistas y por eso los encierran!) en vez de su condición social (trabajadora, en paro, precaria, estudiante, …) en las campañas antirrepresivas solo servirá para movilizar a anarquistas minimizando la posibilidad de conseguir adhesiones de personas no anarquistas. Sin embargo, la reivindicación de la ideología de la represaliada tendrá más o menos éxito dependiendo del grado de inserción del anarquismo en los movimientos populares, lo cual indica que existe una retroalimentación entre estrategias comunicativas e inserción social. También es importante presentar una imagen cercana de las represaliadas: como vecinas, personas integradas en el barrio y con buenas amistades, que poseen una conciencia social y por ello luchan por causas justas, evitando que las represaliadas se vean como locas, extrañas y antisociales.

Una buena estrategia comunicativa debe enfocarse a lograr el máximo apoyo y difusión posibles, y debe encaminarse a despertar la solidaridad de otras personas al margen de su ideología. Para ello hay que huir de las estéticas agresivas y la autorreferencialidad, optando por unas imágenes más cercanas.

– Multisectorialidad y política de alianzas. Como ampliación de la inserción social, la multisectorialidad es una estrategia que parte de trascender el propio sector de lucha, en este caso, tender puentes desde los frentes antirrepresivos con otros frentes tales como el sindicalismo y el movimiento obrero, el movimiento estudiantil, las mareas en defensa de los servicios públicos, movimientos barriales (vivienda, okupación, vecinales), luchas territoriales/ambientales/ecologistas, etc…, puesto que la represión nos golpea a todas las que luchan en estos ámbitos. La política de alianzas implica tejer alianzas tácticas con otras tendencias políticas con quienes compartamos objetivos inmediatos comunes (que no metodologías, metas políticas y programáticas). Esto quiere decir que tenemos que superar la costumbre de mirar hacia nuestras propias presas y solidarizarnos con represaliadas de otras tendencias políticas con las que podamos compartir espacios de lucha, así como tratar de trabajar conjuntamente para sumar fuerzas con el fin de fortalecernos ante la escalada represiva no solamente como anarquistas, sino como movimiento popular en conjunto. A través de esta propuesta, pretendemos una escalada en los conflictos y suponga además una estrategia de avance.

Unas palabras finales

De las numerosas experiencias de luchas antirrepresivas, podemos extraer importantes lecciones que nos sirvan para la reflexión colectiva, sortear los callejones sin salida y construir metodologías, hojas de ruta y estrategias eficaces. Podemos ver el ejemplo de la lucha antirrepresiva del pueblo vasco y su masividad, así como la campaña por la libertad de Alfon. En todas estas campañas se ha buscado la mayor difusión posible y que se sumen la mayor cantidad de personas a la causa. No obstante, en las campañas por la libertad de las detenidas en las Operaciones Pandora y Piñata, tuvo un enfoque más dirigido a anarquistas convencidas que a personas no anarquistas, y lo único que provocó la solidaridad de personas fuera del ámbito anarquista con estas anarquistas detenidas fueron los montajes policiales chapuceros acusándoles de terrorismo por tener libros, petardos y botes de campingás. Sirva también como experiencias la manifestación del 232º Centígrados en Madrid, donde se logró la multisectorialidad (confluencia con huelguistas de Telefónica-Movistar y trabajadoras de Correos, entre otros colectivos de barrio), aunque no se superaron algunos lemas autorreferenciales como «Muerte al Estado y viva la anarquía». Ese mismo día tuvo lugar también la manifestación #LluitantRespondrem en Barcelona, en cuya convocatoria acudieron casi todas anarquistas, y además hubo destrozos en el transcurso de los actos, terminando disuelto la convocatoria por cargas policiales y pasadas unas horas, 6 personas fueron detenidas. En cambio, en la convocatoria de Madrid, los actos terminaron más tarde y el ambiente ha sido propicio para sumar apoyos y tejer lazos de unión entre quienes acudieron.

El balance muestra diferentes resultados: mientras que en Madrid el saldo salió positivo al darse unos pequeños pasos adelante pese al pequeño fallo de la autorreferencialidad en algunos lemas, en Barcelona, la cuenta de resultados dio negativo, ya que se optó por una metodología que se demostró no funcionar y que provocó más rechazo que simpatías de cara al exterior generando justificaciones de culpabilidad contra las anarquistas, contando además con las 6 detenciones horas después.

Ahora con la entrada en vigor de la Ley Mordaza que supone un retroceso más de libertades y derechos civiles, urge que trabajemos en formar frentes antirrepresivos que trasciendan nuestro propio mundo militante, que se integren en la lucha social y suponga además un cambio radical en nuestros métodos de lucha en otros ámbitos. Podríamos entender el movimiento antirrepresivo también como una forma de ataque y no solo defensivo. Normalmente tendemos a reaccionar frente a la represión de una forma defensiva pidiendo como mucho la libertad de nuestrxs compas encarcelados, hay que dar un paso más y avanzar de la necesidad militante a la necesidad social, hay que hablar de las chavalas que son diarimente secuestrados por el estado por temas relacionados con el trapicheo de drogas o pequeños robos, esto es al final el 90% de los casos de gente que entra a prisión, dato como que somos unos de los paises con menor tasa de crimen y mayores condenas creo que son importantes a la hora de analizar todo esto. Las únicas armas contra la represión son, no solo la solidaridad y el apoyo mutuo, sino también la inserción social, las estrategias comunicativas y la multisectorialidad. Aspiremos a superar las dinámicas de acción-reacción y el aislamiento. Hay que ganar en eficacia y hacer que enfrentar la represión no sea una carga de trabajo extra, sino que dicha carga de trabajo se traduzca en un mayor fortalecimiento de los movimientos populares al tejer redes de solidaridad más sólidas para que nuestra legitimidad supere la legalidad burguesa.

Lusbert y Angel Malatesta
Con aportaciones de Bari y MrBrown

Los límites de la libertad de expresión

La libertad de expresión siempre ha estado y está presente en nuestras reivindicaciones y la defendemos como un derecho fundamental. Sin embargo, ¿hay límites en ella? ¿Todas y absolutamente todas las ideas se pueden expresar y tolerar? Así como la libertad social entendida por los y las anarquistas debe ir acompañada de responsabilidades tanto a nivel individual como colectivo, y que en ella no tiene cabida la libertad de explotación ya que la explotación supone la restricción de la libertad; en la libertad de expresión, ¿podrían tener cabida ideas que fomenten el odio o hagan apología de la opresión? Y es que la libertad de expresión no solamente apelamos a ello desde los sectores revolucionarios. En ocasiones, cuando de alguna manera ponemos trabas a la expresión de ideas contrarias, entre sectores reaccionarios también la van reivindicando y tratando de posicionarse como víctimas.

Pienso que para abordar este tema con mayor rigor debemos tener en cuenta las relaciones de poder¹, pues sin comprenderlas, podríamos llegar a poner al mismo nivel la censura de la clase dominante contra nosotras y nuestra «censura» hacia las ideas apologistas de la opresión. Recordemos que sino hay relaciones de poder equidistantes, no se pueden tratar usando la misma vara de medir. No obstante, censurar ideas que no concuerden con las nuestras es un acto autoritario y contradice con nuestros principios de libertad, además que la censura en ciertos casos puede producir el efecto contrario al deseado si se ha llevado unas campañas contra la censura y unos medios adecuados. Si tenemos argumentos sólidos para rebatir las ideas que reproducen las opresiones, sean clasistas, heteropatriarcales, racistas o ¿especistas? no tendríamos por qué impedir que se expresen. Pero sí que no las deberíamos tolerar en nuestros espacios ya que son las que combatimos. ¿Por qué tolerar las opresiones estructurales contra las que luchamos?

Los límites en la libertad de expresión están en que debemos defenderla frente a ideas que pretendan coartarla, reconocer las posturas victimistas que defienden las opresiones e impedir que, bajo el pretexto de la libertad de expresión, sean reproducidas en nuestros espacios. Pese a todo, en este artículo he decidido no dar nada por sentado y dejar un final abierto al debate. ¿Qué opináis al respecto?

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1- Para más información sobre las relaciones de poder, aquí.

Grecia, solidaridad y acciones de les preses polítiques

En contra de las cárceles de alta seguridad

Inmediatamente tras la re-estructuración del gobierno y el vergonzoso cierre de la sesión parlamentaria, lxs representantes políticxs del capital local e internacional deciden dar prioridad al proyecto de ley para crear cárceles de alta seguridad durante las sesiones de verano del parlamento. El proyecto de ley será debatido el día 17 de junio.

El proyecto propuesto concibe la creación de tres tipos de cárcel de represión escalada. Lxs prisionerxs por deudas serán encarceladxs en alas «más leves» llamadas alas tipo A. La mayoría de prisionerxs serán «almacenadxs» en alas de tipo B bajo terribles condiciones. Al mismo tiempo, las alas de tipo C serán creadas para prisionerxs consideradxs bajo la categoría de «especiales y conocidamente peligrosxs.»

El objetivo de este proyecto de ley son lxs anarquistas y lxs comunistas, quienes fueron encarceladxs por sus acciones políticas, aquellxs prisionerxs indisciplinadxs, es decir, aquellxs que pelean contra la cruel realidad del encarcelamiento y aquellxs prisionerxs acusadxs de crimen organizado.

Lxs presxs en las alas tipo C experimentarán «una prisión dentro de la prisión.» Se denegará cualquier permiso de salida y el acervo comunitario para reducir tiempo de condena.  Otras de las características de estas prisiones  propuestas por el proyecto de ley son: las condiciones de salida se endurecerán sustancialmente (un mínimo de 10 años de prisión para lxs presxs de tipo C). También se creará un sistema de control panóptico. Además, la dirección de las prisiones obtendrán, mediante las instituciones, súper poderes para ejercer opresión arbitraria, así como la delegación de la custodia a las Fuerzas Especiales de la Policía Griega, la cual verá el uso de armas de fuego flexibilizado.

Mientras tanto, también se promueve a lxs matonxs y los premios a aquellxs que cooperen con la policía. El objetivo es aplicar la mano más dura con los grupos políticos armados, así como la creación de personas que se sientan culpables, y la prevención de ósmosis entre lxs prisionerxs que resisten contra el sistema y lxs otrxs prisionerxs.

La re-estructuración de las prisiones griegas no es una iniciativa fragmentada del Estado griego, sino que está totalmente enmarcada dentro de los dictámenes de la Unión Europea. En un contexto general de re-estructuración de las relaciones sociales y del capital, la re-estructuración de las prisiones es simplemente otra pieza más de ese «moderno estado de emergencia.»

Bajo condiciones de profunda crisis sistémica, la represión es una elección central del sistema que busca disciplinar a la sociedad y defender los intereses manchados de sangre de la clase dominante. El término «enemigx internx» está en auge. No solamente lxs enemigxs armadxs del capitalismo, sino toda persona que resiste y disputa el monopolio estatal de la violencia es ahora considerada como unx «saboteadorx económicx.»

Las condiciones especiales de detención para aquellxs «dentro de los muros», y las especiales condiciones de vigilancia para aquellxs «fuera de los muros», hacen de la lucha fuera y dentro de las prisiones dos cosas totalmente entrelazadas. El objetivo primario de este ataque estatal son aquellxs encarceladxs por sus acciones políticas y aquellxs prisionerxs que resisten, puesto que lucharon, y siguen luchando, por la destrucción de esta moderna brutalidad. Nuestra solidaridad con las luchas de aquellxs que están encarceladxs es una instancia de la guerra social y de clase por una sociedad libre y atáxica.

Como respuesta directa a los planes del Estado, lxs prisionerxs están organizando varias acciones, empezando por abstener de comer durante tres días la comida de las prisiones (los días 18, 19, y 20 de junio con inmediatas perspectivas de resistencia escalada).

Lucha constante hasta la abolición de la última prisión

Asamblea Abierta de Anarquistas y Anti-Autoritarixs en Contra de las Prisiones de Alta Seguridad

Traducido por La Colectividad para Regeneración Libertaria

Desmitificación de la policía

Yelin (@JYelin_)

“Están para protegernos”, “son necesarios para que nadie se pase de la raya”, “velan por nuestra seguridad”, “sin ellos, todo sería un caos”. Estas son algunas de las frases que escucharíamos si preguntásemos sobre la policía a determinadas personas en nuestra sociedad. “No tienen la culpa, solo obedecen órdenes”, “solo hacen su trabajo”, “también, tienen una familia y tienen que mantenerla de alguna forma”, “no todos son responsables de lo que hacen algunos”. Estas otras recibiríamos también de otras tantas que intentan justificar sus actos represivos. Si nos damos cuenta, vemos que las anteriores respuestas no son más que la reproducción de la ideología dominante, la cual el proletariado ha ido asimilando: esa ideología que utilizan los cuerpos represivos del Estado para asegurar su propia existencia y funcionamiento, ayudado por los Aparatos Ideológicos del Estado como los medios masivos de información o la cultura que le dan una buena imagen de cara a la sociedad. Así por ejemplo, vemos constantemente películas o series de televisión donde se nos presenta a la policía como el bien que lucha contra el mal. Podemos plantearnos una cuestión: ¿para qué sirve la policía?

La policía, también llamadas fuerzas de seguridad o fuerzas del orden, es aquel cuerpo que se encarga de velar por la seguridad de la ciudadanía. O eso nos cuentan. Así, necesariamente tiene que existir una amenaza para que se cumpla esta afirmación. Directamente, nos lleva a pensar que esa amenaza la representan aquellas personas que cometen crímenes (robos, asesinatos…), las marginadas sociales o las inmigrantes. Sin embargo, poca gente es consciente de que la gran mayoría de estas personas son producto del sistema capitalista (o del patriarcado, en caso de la violencia machista): la existencia de la propiedad privada de los medios de producción que provoca la desigual distribución de la riqueza, y empuja a las peor situadas socialmente a cometer crímenes para su propia subsistencia; crímenes que son causados generalmente por las condiciones sociales, políticas y económicas. Por ejemplo, si una persona que durante toda su vida ha sido pobre ve cómo la sociedad trata a otra que pertenece a una familia adinerada, con admiración y respeto, no podrá evitar compararlo con su situación, que es tratada con desprecio. No será de extrañar que esta persona quiera ser como la otra, e intentará por todos los medios conseguirlo, a través del engaño y la mentira y cometiendo algún crimen de vez en cuando. Con esta función podríamos plantearnos una paradoja: si la policía está para combatir los crímenes, pero estas continúan existiendo mientras el sistema que los produce sigue vigente, ¿significa esto que no son eficaces? ¿No sería mejor buscar una alternativa y eliminar el problema de raíz? Y si se diera el hipotético (e improbable) caso de que los crímenes se erradicaran en el capitalismo, ¿para qué seguir manteniendo a la policía? Por tanto, vemos que la policía, en vez de velar por la seguridad de la ciudadanía, perpetúa los crímenes ya que vive de ellos, con la ayuda de las prisiones, que hablaremos de ellos más adelante.

La policía es aquella institución del Estado que se encarga de mantener el orden público. O eso nos dicen. Con esta afirmación, nos hacen creer que, sin policía, viviríamos en una sociedad de constantes altercados, disturbios y violencia generalizada, en definitiva, en un caos. Pero deberíamos detenernos en el concepto de “orden público”. El orden público es el estado legal en el que todas las sociedades deberían estar para su normal funcionamiento y desarrollo, y conservar así su orden social. El orden social, por su parte, es la estructura social, con sus jerarquías, normas e instituciones socialmente aceptadas. Por tanto, mantener el orden público implica mantener el orden social, ese orden social que en la actual sociedad capitalista es la propiedad privada de los medios de producción, valores como el individualismo o la competencia, o la posición privilegiada de la burguesía respecto al resto de la población, que se reproducen y se materializan en el hambre que pasa la gran mayoría de las habitantes del planeta, las guerras imperialistas, los cientos de desahucios diarios en el Estado español, la corrupción política, el desigual reparto de la riqueza, las numerosas asesinadas por violencia machista, las redadas racistas, la dura represión que provoca heridas e incluso muertas, las detenciones por motivos políticos, y así un largo etcétera. Por tanto, sí es verdad que mantienen el orden público, pero nos ocultan todo lo que conlleva mantener ese orden público que acabamos de explicar. Aun así, se puede plantear otra contradicción: si la policía está para impedir disturbios, ¿por qué en las manifestaciones sin apenas policía siempre son tranquilas, mientras que en las que hay un gran despliegue policial es más probable que se sucedan? Cualquiera que deje su inmovilismo de lado, puede comprobar que esto es cierto.

Para llevar a cabo las anteriores funciones, tienen a su disposición un arsenal de armas e instrumentos que para una persona cualquiera está prohibida su posesión. Y a partir de esto, llegamos a su principal labor: la represión mediante la fuerza. Para la clase dominante, siempre es preferible gobernar mediante la ideología, pero si esta falla, echa mano de la fuerza para seguir conservando sus privilegios. Y ahí están la policía, el Ejército o las prisiones para defender a la burguesía. No es casualidad que en tiempos de crisis económica y descontento social, la represión policial se ve aumentada. ¿No es la policía quien acalla las voces de las manifestantes con sus porras y pelotas de goma? ¿No es la policía quien tortura en comisarías a las detenidas? ¿No es la policía la encargada de ejecutar los desalojos de los centros sociales y los desahucios que dejan a numerosas familias en la calle sin alternativa habitacional? Es aquí donde se aplican esas justificaciones de acciones policiales que mencionamos al principio del texto. Justificaciones que se quedan en nada si nos paramos a analizarlas. No, no sirve la excusa de que “obedecen órdenes”, porque como se demostró el pasado 22M, la policía también muestra inconformidad respecto a mandatos manifestándose en contra de ello, y aun así, sigue ejecutando desahucios y apalizando a jóvenes, adultas e incluso ancianas, y a veces, hasta disfrutan de ello. No, tampoco vale el pretexto de que “solo hacen su trabajo” o que “tienen familia y necesitan mantenerla”. Cada persona es consciente del trabajo que realiza y responsable de las acciones que lleva a cabo, y todo el mundo pertenece a una familia. Existen muchas otras profesiones y nadie obliga a nadie ser policía. Y tampoco sirve aquello de que “no todos son responsables de lo que hacen algunos”. Si bien es cierto que hay agentes que no han participado nunca en un desahucio o agredido a nadie, sus compañeros sí, lo que los convierte en cómplices ya que no posicionarse en casos injustos implica posicionarse en contra de la víctima. ¿Alguien ha visto alguna vez a agentes policiales recriminar a un compañero suyo por agredir a otra persona?
Esta función es la que caracteriza a la policía, una institución que está formada por personas del pueblo, de la clase obrera, que a cambio de un sueldo pagado por el propio pueblo, mantiene el statu quo de la clase dominante y defiende sus privilegios. Si hay una reivindicación en contra del actual sistema, ahí está la policía para reprimir; si hay centros sociales libres y autogestionados u ocupaciones de edificios vacíos para realojar a personas sin techo, ahí está la policía para desalojarlos; si hay comentarios en redes sociales que cuestionan el sistema establecido, ahí esta la policía efectuando detenciones para amedrentar. Vemos por tanto, que la policía de por sí es un aparato represor.

Bien es cierto que hay otras funciones que desempeña la policía que nada se les puede achacar. Es el caso de la intervención en desastres naturales o en accidentes, o la regulación del tráfico que ejercen las agentes de movilidad. Sin embargo, estas funciones no son inherentes al cuerpo policial, algo que solamente ellas puedan hacer. En el primer caso, hay otros órganos como los bomberos o los servicios sanitarios que intervienen en dichos sucesos, además de numerosas voluntarias entre la población que ponen en práctica su solidaridad con las víctimas y afectadas, haciendo que la labor policial no sume ni reste, y por tanto, sea innecesaria su presencia. En el segundo caso, su actividad puede ser reemplazada perfectamente por personas que tengan la voluntad y deseen ejercer dicho cargo, recibiendo anteriormente un curso de formación: no es necesario que sea la policía quien regule el tráfico.

Tras visibilizar estas funciones y actuaciones policiales, no es de extrañar que personas defensoras de esta institución vuelvan a reproducir la ideología dominante. “Tienes demasiado odio”, “normal que hagan lo que hagan si la gente va provocando”, si tanto odias a la policía, no denuncies cuando te roben”. Éstas suelen ser las frases más repetidas. Hay que tener claro que el odio a la policía no es gratuito, sino consecuencia de todas sus agresiones, manipulaciones, criminalizaciones, etc. Tampoco es malo, ya que su violencia es institucional y amparada por el Estado y las leyes capitalistas, así como tampoco es malo odiar al hombre que acosa y agrede mujeres o al blanco que discrimina por motivos étnicos: odiar a quien oprime no es malo. La supuesta provocación tampoco es excusa para justificar sus actuaciones, ya que los insultos, amenazas y desprecio hacia la policía es consecuencia de la rabia producida por la violencia institucional del sistema y el Estado (paro, recortes, desahucios, agresiones policiales…). Además, están perfectamente preparados para soportar este tipo de situaciones. Por otro lado, ya hemos mencionado que también desempeñan otras funciones no represivas: es el caso de las denuncias. Hay que tener en cuenta que estas funciones sirven como lavado de cara, para mejorar su imagen y reforzar esa idea que nos transmiten de que la policía es la defensora del pueblo. Si nos dicen que velan la seguridad de la ciudadanía y combaten los crímenes, necesariamente van a tener que ofrecer a las víctimas esa posibilidad de denunciar para que sea creíble. Las denuncias, por su parte, existen porque hay crímenes, la mayoría de los cuales son, como hemos explicado anteriormente, causados por la desigualdad social provocada por la propiedad privada, es decir, mientras esta propiedad siga existiendo, seguirá habiendo crímenes y, por tanto, denuncias. Sin embargo, ya hemos mencionado que no se odia a la policía por estas funciones que tienen como fin dar una buena imagen, sino por su actividad represiva y defensora de los intereses de la clase dominante, y por tanto, no existe esa supuesta hipocresía en la persona que odia a la policía y decide presentar una denuncia.

Mención aparte merece la policía en otros tipos de sociedad distintas al capitalismo actual, como es el socialismo de Estado (o capitalismo de Estado) de la antigua URSS, y veremos que su función tampoco se aleja mucho. Según la teoría de Lenin (Marx nunca se refirió a la dictadura del proletariado como un Estado obrero, y el propio Engels se la atribuía a la Comuna de París), el proletariado organizado en la vanguardia, el Partido Comunista, dirigirá la revolución social que “destruirá” el Estado burgués y “construirá” un “Estado proletario” con el que ejercerá la “dictadura del proletariado” necesaria para alcanzar la sociedad sin clases, el comunismo. En esta etapa previa, los medios de producción pasarán a ser propiedad del Estado, que organizará la nueva sociedad y que en teoría se irá extinguiéndose gradualmente hasta su completa desaparición. Sin embargo, la heterogeneidad de la clase proletaria, con sus divisiones de intereses entre unas capas y otras, nos lleva a pensar que las categorías obreras mejor desarrolladas y organizadas formarán parte de esa vanguardia y serán quienes se apropien del Estado, y que podrían constituir la futura clase dominante. Por otra parte, es obvio que las revoluciones son periodos de desorden generalizado y que es necesario establecer un orden para que la vida sea posible; será el Estado quien establezca ese orden que, sin embargo, es ficticio e impuesto desde arriba (frente al orden surgido por la iniciativa popular que proponemos las anarquistas), y por tanto, no se adecuará a las necesidades del pueblo. Al ser un orden impuesto, se necesitará algún órgano para su mantenimiento: cuál mejor que la policía, que además, defenderá los intereses de la burocracia dominante. La represión seguirá siendo su función principal, y entre sus víctimas se encontrarán, aparte de burgueses, marxistas no leninistas, anarquistas y todas aquellas personas consideradas por el Estado “enemigos de la revolución”. La gran represión desatada por el asesinato de Sergéi Kirov, donde se eliminaron hasta a integrantes del Partido Comunista como Kámenev o Zinóviev (que se enfrentaron contra Stalin por el control del Partido), con especial protagonismo de la NKVD; o la campaña de arrestos llevada a cabo por la Cheka tras la fracasada insurrección de los marinos de Kronstadt en 1921, son ejemplos de la actividad represiva de la policía en un sistema distinto del capitalismo actual.

Por último, cabe destacar que también existe una estrecha relación entre la policía, las leyes y las prisiones. El sistema capitalista necesita un gobierno que cree unas leyes que legalicen la explotación del proletariado por parte de la burguesía y su apropiación de lo producido por la clase trabajadora, y que les proteja de cualquier amenaza que pongan en peligro sus privilegios. Leyes que vamos interiorizando desde pequeñas relacionándolo con la justicia, a través de la educación que recibimos y los valores morales que nos van transmitiendo. Un ejemplo de estas leyes puede ser la inviolabilidad de la propiedad privada. Ahora bien, si alguien se da cuenta de que no siempre las leyes son justas, que existen leyes injustas, y se las salta o simplemente protesta contra ellas, aparece en escena la policía para reprimir y realizar algunas detenciones. Esas personas detenidas tendrán que pasar por un juicio, donde se decidirá si es culpable o no de lo que se les acusa. Esta decisión se hará en base a las leyes capitalistas, esas que defienden los privilegios de la clase dominante, y si finalmente la acusada es declarada culpable, se recurrirá al castigo, ya sea económicamente o con el ingreso en prisión. Nos podemos preguntar cuáles son los objetivos de las cárceles. Las prisiones son instalaciones en los cuales se pretende aislar a los individuos peligrosos de la sociedad y reeducarlos para su posterior reinserción. O una vez más, eso nos dicen. El hecho de aislar a una persona con el objetivo de su reinserción social resulta paradójico. El aislamiento a un ser humano es una forma de maltrato psicológico, que favorece el desarrollo de trastornos mentales y que provoca la supresión de sus derechos y libertades. Si tenemos en cuenta también las torturas y los maltratos físicos a las que se ven sometidas muchas presas casi diariamente, deducimos que las cárceles son centros en los que no hay ninguna disposición de reeducar a las presas, sino que más bien las anulan como personas y, por tanto, nos daremos cuenta de que las prisiones, en realidad, dificultan esa reinserción social que en teoría se pretende. Además, la existencia de estas instalaciones disuaden al pueblo de cometer actos contrarios a la ley, intentando asegurar así una población obediente y sumisa. ¿Cuántas veces nos habrán dicho “no hagas tal cosa que si no te meterán en la cárcel”? También se encarcelan a las personas por motivos políticos, gente que se muestra contrario al sistema político y económico, acallándolas y evitando que se extienda una posible oposición. Podemos concluir lo siguiente: el capitalismo necesita crímenes que él mismo produce para mantenerse, y que son perpetuados por la policía y el sistema penitenciario. Así, vemos que es imposible erradicar el crimen dentro de la sociedad capitalista. Alternativas hay, que pasan por el cambio de sistema económico, la socialización y autogestión de los medios de producción, y la práctica de valores como el apoyo mutuo que sí permitirían a aquellas personas que comentan actos antisociales (que quedarían reducidas a las que tienen alguna enfermedad mental que anulan parcial o totalmente su capacidad de decisión) ser reeducadas y reinsertadas en la sociedad.

No podemos terminar el artículo sin mencionar a Miguel e Isma, dos jóvenes en prisión provisional sin juicio ni pruebas desde el pasado 22M acusados de cometer distintos delitos en las cargas policiales de aquel día; a Noelia Cotelo, presa anarquista que ingresó hace 5 años en prisión por motivos no políticos con una condena de dos años y medio, que ha sufrido humillaciones, vejaciones y violaciones por parte de los carceleros, y que por no mantenerse callada ante los abusos le han caído otras nuevas condenas que han ampliado su estancia; a las prisioneras de los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE) cuyo único delito es proceder de un país distinto y no tener papeles; a las asesinadas por la policía mientras estaban detenidas como el caso de Yassir El Younoussi el pasado 31 de julio de 2013 en la comisaría de Tarragona; a todas las presas políticas y presas comunes que ahora mismo están sufriendo la brutalidad del sistema penitenciario; a todas las desahuciadas por esos policías del “solo estoy cumpliendo órdenes”; a todas las que han resultado heridas, o simplemente golpeadas, a causa de la brutalidad policial mientras defendían derechos básicos de las personas o protestaban por mejores condiciones de vida; a todas aquellas que han resultado víctimas de manipulaciones y engaños policiales que tenían como objetivo amedrentar y limitar su actividad política; a todas esas personas que diariamente son identificadas por la policía solamente por tener una tonalidad de piel más oscura; a todas esas periodistas independientes agredidas en manifestaciones solo por querer mostrar una realidad distinta a la que nos tienen acostumbradas los medios de comunicación que solo informan acorde a los intereses de sus dueños; a las personas que tratan de cruzar la frontera de Melilla escapando de la miseria de sus países de origen saqueados por las potencias capitalistas y son brutalmente rechazadas por la Policía Nacional o la Guardia Civil, llevándose como recuerdo profundas y desgarrantes heridas causadas por las cuchillas de la valla; a Patricia Heras, que se suicidó después de ser acusada, junto con otras personas, sin pruebas y después de manipulaciones el 4 de febrero de 2006 de haber dejado en coma a un policía de una pedrada que nunca existió; a esas personas a las que la policía ha dejado daños irreversibles como el ojo perdido de Esther Quintana, la visión perdida de un chaval y el testículo reventado de otro el 22M, o el asesinato de Íñigo Cabacas después de un partido de fútbol; y un largo etcétera. Ejemplos hay muchos, y en la inmensa mayoría de los casos vemos cómo la policía actúa con total impunidad. Queda claro cuáles son las funciones de la policía, a quiénes protegen y sirven, y que son responsables de lo que hacen en todo momento. Concluimos por tanto que la policía es innecesaria para la población, pero imprescindible para una élite dominante en el mantenimiento de sus privilegios. Hasta Lisa Simpson lo sabe.

Las cifras del Estado policial

“Cuerpo Nacional de Policía
siempre dispuesto al servicio de España
protector del ciudadano, de la Paz
y de nuestra Democracia,”
-Del himno oficioso del CNP.

Desde su constitución, en 1941, a partir de elementos destacados de la Falange o purgados del Cuerpo de Seguridad y Asalto republicano, la Policía Armada franquista, los grises, fueron uno de los principales pilares del régimen criminal instaurado. Aunque ya no sean tan impactantes, pues volvemos a vivir ese tipo de violencia en nuestras carnes, las imágenes de este cuerpo reprimiendo con violencia a trabajadores y estudiantes han pasado a la historia.

Sabemos que, para 1968, con una población de 32 millones de habitantes, contaban los grises con 20.000 efectivos. A estos hay que sumarles 60.000 efectivos de la guarda civil, la que se encargó de acabar con la resistencia del maquis, de vigilar las entradas y salidas del Estado-prisión español y de mantener, en el mudo rural, el statu quo de miseria agraria. Otros 8.200 tenía el Cuerpo General de policía, dentro de la cual se encuadraban las brigadas político-sociales, célebres por sus torturadores. Menor era el papel de las escasas guardias urbanas, que tan solo asumían funciones de asistencia y circulación y no constituían entonces cuerpos armados. No cabe duda de que, junto con el ejército y la iglesia, la policía era uno de los pilares del régimen franquista. ¿Cómo nos encontramos actualmente?

Están por todas partes.

Si los efectivos policiales del franquismo se acercaban a los 90.000, actualmente la cifra se ha inflado hasta ser el Estado español, según Eurostat, el país de la UE con más policías por habitante: 505 agentes por cada 100.000. La media es de 338.

Examinando los datos, nos encontramos con 90.181 efectivos de la Nacional y 84.400 de la Guardia Civil. El régimen autonómico también contribuye a aumentar la presencia policial sobremanera, sumando 30.000 efectivos las distintas policías autonómicas. Las policías locales presentes en 1700 municipios del Estado, encuadran unos 66.000 efectivos. En total, más de 270.000 elementos. Una cifra tres veces mayor que la de finales de los 60, con una población que solo ha crecido un 46%.

En definitiva, el régimen del 78 hace parecer ridículo al Estado policial franquista. Cabe decir que, desde la muerte del dictador, ninguno de los cuerpos policiales herederos de los de entonces ha sufrido una purga, limitándose a una centralización y a un par de cambios en la coloración del uniforme. Son los mismos, pero ahora son más.

Calabozos, dolor y miedo.

Jugando un papel tan importante en el mantenimiento del orden político de corrupción y privilegios desde hace décadas, la policía del Estado español ha demostrado poseer una notable impunidad para emplear toda clase de medios ajenos a lo que se considera un Estado de derecho, pasando por encima del derecho humano a no ser sometido a tortura, penas crueles o tratos degradantes.

Según Amnistía Internacional existe una total impunidad policial en casos de tortura, que se aplica especialmente contra personas extranjeras. Tampoco se cumple en ningún caso el derecho de los torturados a una reparación. De acuerdo al informe de la Coordinadora para la Prevención y Denuncia de la Tortura en el año  2012 el CNP fue denunciado por tortura y malos tratos en 117 ocasiones, 19 la Guardia Civil, 32 los Mossos d´Esquadra, 15 la Ertzaintza y 26 las distintas Policías Locales, afectando estos casos a 851 personas. Estas cifras son solo una pequeña parte del total, teniendo en cuenta que buena parte de los torturados son inmigrantes indocumentados sin medios para denunciar. No son actos puntuales, ocurren por sistema y en todos los cuerpos. El hecho de que más de la mitad, 591 personas, fueran agredidas tras movilizaciones sociales, es prueba de lo que se pretende.

Solo en el año 2013 se produjeron, bajo custodia o en el transcurso de operaciones policiales, 43 muertes. Suman 916 desde 2001, cifras del Centro de Documentación contra la Tortura. La policía, en el Estado español, mata y mata impunemente. El indulto para los asesinos y torturadores queda, en el 100% de los casos, garantizado por el Estado. No se busca sino proteger una herramienta de terror político.

Un madero, mil lapiceros.

Las políticas neoliberales todo lo recortan, excepto la represión. Los presupuestos de 2013 aumentaban el presupuesto para antidisturbios en un 1780%, pasando de 173.670 euros a 3,26 millones. Por el contrario, se recorta en seguridad ciudadana. No hay excusa posible, no se pretende “combatir el crimen”, sino la protesta ante la miseria que pretenden imponer.

A esto se suma organización de nuevas unidades dedicadas exclusivamente a la represión. A los 2744 agentes de la UIP (Unidad de Intervención Policial) se suman 2.200 agentes de los 72 grupos de la UPR (Unidad de Prevención y Reacción). Distintas Policías Locales y Autonómicas  han creado también sus unidades represivas, caso de la UAPO en Zaragoza o la Brigada de Refuerzo de la Ertzaintza, ampliada en 2012.

Encontramos igualmente novedades en el material de estas unidades. Por nada menos que medio millón de euros, se ha adquirido un nuevo camión con cañón de agua, con una presión regulable de 10 a 16 bares de presión y 7000 litros de capacidad. Se busca sustituir los viejos camiones, que contaban con una autonomía de 4000 litros y cuyos cañones tenían una potencia mucho menor. Por lo visto, son muy necesarios más de 10 bares si se quieren sacar ojos a presión, como pudimos ver en Turquía cuando se emplearon vehículos del mismo tipo.

Ante las denuncias por el uso de las pelotas de goma, que han dejado 2 muertos y 11 pérdidas de ojo desde los años 90, se está procediendo a su sustitución por proyectiles de Foam en Cataluña. Este tipo de proyectiles son tan dañinos como las pelotas de gomas, sin embargo, se han impuesto gracias a la excusa de que “no rebotan y son más precisos” por lo que, al contrario que las pelotas, no darán “por error” a la cara u órganos vitales. Sin embargo, como ha denunciado el SUP (Sindicato Unificado de Policía), se está entrenando a los nuevos antidisturbios para saltarse los reglamentos y disparar por encima de las piernas.

Más dinero, nuevo equipo y una nueva generación de agentes entrenados para dar rienda suelta a la violencia represiva del Estado. Mientras el desempleo, la precariedad laboral y la destrucción de los servicios públicos extienden la miseria, se hace necesario blindar a un Estado cada día más autoritario.

Lo que está por venir.

Dice la presentación al Anteproyecto de Ley de Seguridad Ciudadana que “El derecho a manifestación se ha ejercido ampliamente en los dos primeros años de esta Legislatura”. Pero, parece, que no se va a permitir que esto siga pasando. Tras dos años de gobierno del Partido Popular sus apoyos sociales comienzan a resquebrajarse y el pueblo trabajador comienza a ver que la solución a sus problemas pasa por la acción colectiva. La reciente victoria del barrio burgalés de Gamonal ante la especulación urbanística, desatando la solidaridad a lo largo de todo el Estado, es prueba de ello. Si hay estallido social, van a estar preparados, con una justicia que pasa por encima de los jueces en una distopía autoritaria que nos traslada a los cómics del Juez Dredd.

A este aumento del poder de la policía estatal hay que añadir los privilegios concedidos a la seguridad privada. En nuestro Estado existen 85.000 guardias de seguridad que, con la nueva Ley de Seguridad Privada, podrán detener, cachear e identificar en la vía pública. Un refuerzo a la represión que evidencia lo corporativo del régimen en el que nos encontramos.

Negar que nos encontramos ante el mayor Estado policial de Europa, en el que todo vale para defender los privilegios de una oligarquía caciquil, es ya negar la evidencia. Ante ello debemos actuar, debemos hacernos fuertes, reforzando los lazos colectivos y comunitarios contra la represión. Siendo conscientes de que entre los que roban y gobiernan y nosotros se encuentran ellos, una barrera de porras, cascos y escudos, contra la que más nos vale estar preparados.

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